De viaje por los países socialistas






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títuloDe viaje por los países socialistas
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VI
CON LOS OJOS ABIERTOS SOBRE POLONIA EN EBULLICION
Durante algún tiempo conservé el recuerdo de que la multitud de Varsovia camina en fila india y arrastra trastos de cocina, latas vacías, toda clase de cacharros metálicos que hacen un ruido destemplado y continuo sobre el pavimento. Después me expliqué objetivamente esa visión de pesadilla. En Varsovia hay muy pocos automóviles. Cuando no pasan los antiguos tranvías reformados, cojeando por el exceso de pasajeros, la ancha y arbolada avenida Marszalkowa pertenece por completo a los peatones. Pero la multitud densa, desarrapada, que dedica más tiempo a mirar las vitrinas que a comprar en los almacenes, conserva la costumbre de circular por las aceras. La impresión es que camina en fila india, porque no se desparrama en la calle vacía. No hay pitos, ni motores de explosión, ni pregones callejeros. El único ruido que se oye es el rumor puro de la multitud: un ruido continuo de trastos de cocina, latas vacías y toda clase de cacharros metálicos.

En algunos sectores esa impresión desaparece a causa de los camiones con altoparlantes que transmiten música popular y especialmente —otra vez— canciones suramericanas. Pero esa alegría, forzosa impuesta por decreto, no se refleja en la multitud. Uno se da cuenta desde el primer momento de que la vida es dura, de que se ha sufrido mucho con las grandes catástrofes y de que hay un drama nacional de minúsculos problemas domésticos. El comercio es tan pobre como en Alemania Oriental, salvo las librerías que son los establecimientos más modernos, más lujosos, limpios y concurridos. Varsovia está llena de libros y sus precios son escandalosamente bajos. Un autor muy cotizado es Jack London. Hay salones de lectura abiertos y ocupados desde las 8 de la mañana, pero los polacos no se conforman con sentarse en ellos sino que llenan con la lectura, todos los vacíos de la vida. En las colas que se forman para esperar el tranvía —duran el día entero— o para comprar los artículos de primera necesidad, los polacos leen libros, revistas, folletos de propaganda oficial, con una abstracción que tiene algo de religioso.

Yo no pude entender qué hace tanta gente en la calle. Está comprobado que la desocupación no es problema en Polonia. Pero a la multitud se le va la vida mirando vitrinas. Los almacenes del estado ofrecen cosas nuevas que parecen viejas y a precios elevados. La gente se amontona en las puertas antes de que sean abiertas. Yo estuve varias horas mezclado con la densa clientela del almacén más fotogénico de Varsovia subiendo y bajando las escaleras mecánicas y puedo decir que la gente recorre el almacén y sale con las manos vacías. Es como si el hecho de convencerse de que la plata no alcanza para comprar fuera también una manera de hacer el mercado.

Los sacerdotes y monjas se mezclan a la multitud en proporción tan notable como en Roma. Se les encuentra por todas partes, en las conferencias políticas, en las reuniones culturales, hojeando en las librerías una revista con los feroces bigotes de Stalin en la portada. En la avenida Marszalkowa me sorprendió un Cristo coronado de bombillas eléctricas a cuyos pies ardían dos lámparas de aceite. Algunos transeúntes se detenían un momento frente a él para santiguarse. Más tarde había de acostumbrarme a esas imágenes religiosas enclavadas en una capital socialista. Hay imágenes de la Virgen de construcción reciente. Uno de los primeros edificios reconstruidos fue la catedral. Las iglesias están abiertas todo el día y desde la calle se ve a los electores del secretario del partido comunista, Ladislav Gomulka, postrados y con los brazos abiertos frente a Cristo. AI final de nuestra visita turística a la catedral de Varsovia, una anciana que rezaba en voz alta frente al altar mayor se incorporó a nuestro paso y nos pidió una limosna. Debo decir que es el único mendigo que vi en la cortina de hierro.

El aspecto general es de una profunda pobreza. Más impresionante que en Alemania Oriental y en Hungría. Pero hay un hecho en favor de los polacos: sometidos a prolongadas privaciones, destrozados por la guerra, rematados por las exigencias de la reconstrucción y los errores de sus gobernantes, ellos tratan de seguir vivos con una cierta nobleza. Están remendados pero no rotos. Son pobres hasta un extremo imposible de describir, pero se ve que afrontan la pobreza con una rebeldía que no es por lo menos evidente en Alemania Oriental. Dentro de sus ropas viejas y sus zapatos gastados los polacos conservan una dignidad que infunde respeto.

La reconstrucción de Varsovia es un esfuerzo nacional con muy pocos antecedentes. El Ghetto es ahora una plaza desierta y pelada, lisa como una mesa de carnicería. Así estaba el centro de la ciudad la mañana de la liberación. No sólo no había ciudad: no había ni siquiera polacos. Los que quedaron —ayudados por los que se repatriaron más tarde— se empeñaron en reconstruir piedra por piedra una ciudad de la cual no había quedado piedra sobre piedra y lo hicieron con una especie de ferocidad vengativa, con la misma temeridad simbólica con que la caballería polaca se enfrentó a lanza con los tanques de Hitler. Primero se reconstruyó la ciudad sobre el papel: planos, fotografías, documentos históricos. Una comisión de académicos vigiló la autenticidad de la reconstrucción de manera que la nueva ciudad fuera exacta a la antigua. Para rehacer la muralla medieval fue preciso fabricar un tipo especial de ladrillo cuya fórmula había desaparecido hace siglos.

Es curioso el efecto de esa ciudad hecha sobre fotografías. Las callecitas medievales huelen a pintura fresca. Las fachadas de 400 años no han sido todavía terminadas. En los andamios hay pintores nacidos en 1925 que han tenido que inventar de nuevo técnicas y fórmulas olvidadas para repintar murales que mañana por la mañana tendrán 300 años. Esa empresa titánica ha sido hecha a costa de pan y zapatos.

En la unidad arquitectónica de Varsovia hay un accidente: el Palacio de la Cultura regalo de la Unión Soviética y copia fiel del ministerio de educación de Moscú. Los polacos —a quienes no se les puede hablar de los rusos porque se desatan en improperios— terminarán por dinamitarlo. Se dice que Stalin lo hizo poner allí sin consultar con la opinión de Polonia, como agradecimiento a los gobernantes que bautizaron con su nombre la plaza más grande de Varsovia. Ahora la plaza se llama Plaza de la Cultura, pero el palacio sigue allí, inquebrantablemente staliniano, con la estrella roja en la cúspide. En ese inmenso mamarracho vacío donde uno se pierde tan fácilmente como en la catedral de San Basilio de Moscú, hay salas de conferencias, teatros, cines, sedes de organizaciones culturales. Los sábados en la noche, en verano, el gobierno instala un sistema de altoparlantes por donde sale un torrente de jazz que la juventud baila hasta la una de la mañana. "Todos nuestros esfuerzos se fueron al diablo" me decía un profesor de historia que participó en la reconstrucción. "El Palacio de la Cultura nos abrió una tronera en la tradición".

Algunos polacos no creen ni siquiera que sea un regalo. Piensan que fue una obra de los antiguos gobernantes para adular a Stalin. Quienes admiten que fue un regalo encuentran en él otro motivo de resentimiento contra los rusos: cuando se construyó el Palacio de la Cultura los polacos vivian como ratas en los cascarones de los edificios destruidos. No se entiende por qué la Unión Soviética hizo un regalo tan costoso y tan inútil en un momento en que Polonia padecía —como padece aún— la escasez de viviendas. Desde cuando Gomulka llegó a su puesto y el país empezó a disfrutar de la libertad de expresión, se inició un proceso público contra el Palacio de la Cultura y es un proceso que todavía no ha terminado. Hace pocas semanas se le preguntó a Gomulka en una manifestación: "¿Es cierto que el Palacio de la Cultura fue un regalo de la Unión Soviética?". Gomulka prefiere no afrontar ese tema. "Es cierto" respondió y se anticipó a cualquier comentario malicioso:

—A caballo regalado no se le mira el diente.
Una noche encontré en el hotel un mensaje de Adán Waclawek. Debí interpretarlo mal porque pensé que se trataba de una conferencia. No tuve tiempo de comer. Tomé un taxi, le hice ver la dirección al chofer y él me depositó sin más comentarios frente a un sombrío edificio rodeado de árboles en las afueras de Varsovia. Era una fiesta de gala. Yo estaba en bluejeans pero no me ocupé de ese detalle burgués porque había oído decir que en las democracias populares se podía asistir a las fiestas de cualquier manera. Hace tres años la delegación soviética al festival de Venecia invitó a los periodistas a una recepción en el hotel Excelsior. Quienes se presentaron en camisa de verano fueron rechazados en la puerta por un sirviente de librea. "Cuando vayan a Moscú pueden entrar como quieran", nos dijo un miembro de la delegación. "Aquí se impone el traje de etiqueta y nosostros respetamos las costumbres del país". En Varsovia no se cumple esa regla que yo había confundido en mala hora con un principio doctrinario. Los hombres se habían vestido de negro y las damas, con modelos copiados de las revistas francesas, se habían echado encima sus escaparates de joyas.

Yo no tenía tiempo de regresar al hotel. Adán Waclawek insistió en que la cosa no tenía importancia, de manera que yo me instalé con los otros invitados en torno a una larga mesa donde había muchas cosas de comer y, sobre todo, muchas botellas de ese diabólico vodka polaco de 46 grados. Los hombres besaban la mano de las señoras. Por la manera de darla yo me di cuenta de que las señoras esperaban que también las besáramos los extranjeros. Inclusive los grupos polacos hablaban francés entre ellos. Los temas de conversación no me parecieron espontáneos. Parecía como si cada cual se interesara primordialmente en demostrarle a los otros que su francés era mejor y que conocía a fondo las materias de conversación más rebuscadas.

Poco después me di cuenta de que en aquel ambiente de aristocracia arruinada había un rincón democrático: los choferes de los automóviles oficiales también estaban en la fiesta. No se mezclaban al resto de la concurrencia. Yo me fui con ellos, no porque tuviera nada contra la costumbre polaca de besar la mano de las damas, sino porque me parecía algo así como un contrasentido histórico hacerlo en bluejeans y guayabera. Los choferes estaban vestidos como nos vestimos nosotros, los choferes de todo el mundo y yo me sentía en mi ambiente. Inclusive intervine en la conversación con ese polaco limpio y fluido que cualquiera es capaz de hablar después del tercer vodka.

Cuando los vapores del alcohol se hicieron más densos la concurrencia se mezcló. Entonces los choferes también besaron la mano de la señoras. Yo no pude escapar. Después había de darme cuenta de que esa costumbre, que yo consideraba un resabio de las clases expropiadas, se conserva en todos los sectores del pueblo polaco. El socialismo —que ha dado a todo el mundo los mismos derechos— no ha hecho sino ensanchar las posibilidades: ahora los choferes podemos besar las manos de las señoras. Es inolvidable el embarazo del coronel Webbs, delegado de la Biblioteca del Congreso de Washington, un gringo platinado y práctico que viajaba con dos mudas de nylon en un maletín de la P.A.A., y que en algún momento de la fiesta se acercó a decirme: "Si yo hubiera sabido que era cuestión de besar la mano me hubiera quedado en la cama con bronconeumonía".

A mí me pareció sin embargo que aquella mezcolanza de joyas y motores de explosión no es posible en Polonia antes del tercer vodka. Los miembros de la antigua aristocracia que aún viven en Cracovia —ciudad de un conservatismo hermético— se defienden de la creciente marea del proletariado en sus residencias privadas. Algunos de ellos colaboran con el régimen. Asisten a las recepciones y se fruncen físicamente cuando se encuentran con su ministro, hijo de un zapatero de Zakopane, o con un dirigente industrial sacado con grúa del fondo de una mina. El proletariado por su parte no ha logrado vencer por completo su timidez.

El comedor del hotel "Bristol" no es caro para un obrero especializado. Los sábados en la noche se instalan en una mesa con sus mujeres vestidas con rosados brillantes y no saben muy bien que hacer con las manos. A veces las ocupan en marcar el compás de los valses que ejecuta una orquesta en traje de noche. Uno se da cuenta de que están incómodos, de que no les gusta esa atmósfera de servilleta y que se sobresaltan cuando se dispara un corcho de champaña. Los expropiados sonríen por debajo de la solapa y se atreven a decir a los extranjeros que en Polonia no prende la revolución porque los obreros tienen complejo de inferioridad.

Poco antes de terminar la fiesta, un polaco muy nervioso les dio algunas instrucciones a los choferes. A mi me dio personalmente algunas que debieron tener un carácter muy especial porque los choferes soltaron una carcajada. El comprendió que yo no hablaba polaco, me identifiqué y entonces él examinó mi vestido, me abrazó con uno de esos ataques de entusiasmo de que sólo son capaces los polacos y los rusos y me dijo: "Usted es un verdadero comunista, camarada". Me mostró discretamente el resto de la concurrencia con un aire de superioridad despreciativa.

—Esos no, agregó—. Esos están marchando porque les conviene o porque no pueden hacer otra cosa.

Era director de una revista de arte. Me hizo un reportaje sobre la música popular colombiana y pocos días después encontré en el hotel un sobre con una tarjeta suya y el pago del reportaje: 200 zlotis. Sólo volvería a acordarme de ese dinero en la frontera, una semana más tarde.

El delegado húngaro era un viejito con algo de oso, pleno de chocheras y de dolor en los riñones, a quien yo hacía bromas a causa de su nombre: Andrea. Hablaba un poco de italiano. En la mesa se sentaba a mi lado. Yo observé que andaba por todas partes acompañado de un húngaro joven, discreto y simpático, que se hacía pasar por su intérprete, que en efecto hablaba cuatro idiomas, pero que no parecía cumplir sus funciones. Una noche necesité una máquina de escribir y le dije a Andrea —el señor Andrea— que me prestara la suya. El consultó con su intérprete. Este le dio el visto bueno y subió con nosotros a la pieza a buscar la máquina. Cuando la administración del hotel solicitó el pasaporte, Andrea no tenía el suyo. Lo tenía su intérprete. A la primera oportunidad le pregunté a qué se debía ese misterio. Con una ingenuidad de 75 años el señor Andrea me preguntó si yo no era comunista. Entonces me reveló el secreto: el intérprete era un detective. El señor Andrea es una autoridad en cinematecas. A pesar de que es un funcionario oficial la policía húngara —que no le tiene ninguna confianza—lo mandó a Varsovia con un detective. Se trataba de evitar que el viejo utilizara el pasaporte para fugarse de la cortina de hierro. El muchachote ortodoxo, digno de la confianza oficial, le daba hasta el dinero de los cigarrillos con una cierta solicitud maternal, con el mismo cariño con que le hubiera dado de mamar a un viejo que podía ser su abuelo.

Ese fue el único caso de control policivo que recuerde en Polonia y no dice nada de la situación polaca sino de la situación húngara. Por el contrario, es asombrosa la libertad con que los polacos se pronuncian contra el gobierno. Gomulka es intocable. Pero es el único. En el Palacio de la Cultura se está presentando una pieza, escrita por un estudiante y representada por un grupo experimental, que es una sátira a los ministros, con nombres propios.

Ni siquiera en la Unión Soviética—donde el empuje de la juventud es indiscutible— se advierte una ebullición juvenil más intensa que en Polonia. Es superior o por lo menos más histérica que en cualquier país de Europa Occidental. Al contrario de lo que sucede en Checoeslovaquia, los estudiantes polacos tienen una participación activa en la política. Todos los periódicos y revistas estudiantiles —desde cuando subió Gomulka está saliendo uno nuevo cada mes— intervienen directamente en las cosas del gobierno. La Universidad es un barril de pólvora. La situación había llegado a tal extremo que el periódico "Po Prostu" fue clausurado por el gobierno. Fue un golpe moral para el estudiantado que está aprovechando su luna de miel con la libertad de prensa para disparar por todos lados. La medida ha dado origen a violentas manifestaciones públicas.

No creo que sea simplista relacionar esa intensa actividad estudiantil con el número de librerías,el costo de los libros y la avidez con que leen los polacos. En Hungría, un comunista comentaba: "Polonia no es una democracia popular. Es una colonia cultural de Francia y todo lo que hicieron fue sacudirse de la influencia soviética para volver a la influencia francesa". Los húngaros están bien correspondidos. Un comunista polaco comentaba: "Los comunistas húngaros son siervos voluntarios de la Unión Soviética, sectarios, dogmáticos con todos los vicios del antiguo marxismo". Un comunista polaco abrazó en Budapest a un comunista húngaro: "Estamos emocionados —le dijo— por la revolución que hizo el pueblo húngaro en octubre". El húngaro se puso verde de rabia. "No fue una revolución", protestó. "Fue una contrarevolución armada por la reacción". Así andan las cosas en familia. Ambos de otra parte, estaban de acuerdo en relación con Checoeslovaquia: "A los checos —decían— lo único que les interesa es vender". Yo les dije que a mi modo de ver Checoeslovaquia era la única democracia popular sólida. "Eso no es una democracia popular", replicaron. Me dieron el argumento —ignoro si es cierto o si fue para ponerme de su lado— de que Checoeslovaquia vendió armas a Rojas Pinilla.

Por encima de esas diferencias domésticas, es evidente que Checoeslovaquia y Polonia son los únicos países socialistas que tienen los ojos vueltos hacia el occidente. La primera con mucho tacto en relación con los soviéticos, negociando a derecha e izquierda. Tiene relaciones comerciales con casi todos los países del occidente. Es la única democracia popular donde hay un cónsul colombiano, que por cierto no figura en el directorio telefónico de Praga. Polonia en cambio se vuelve hacia el occidente a la brava, desbarrando contra los rusos y al parecer con un objetivo puramente cultural. La enseñanza del francés es una tradición que se conserva en los hogares. Hay familias de obreros —antiguos emigrados de Francia— que lo enseñan a sus hijos antes de que aprendan el polaco en la escuela. En todos los establecimientos públicos de Varsovia se habla francés.

Los escritores franceses que no tienen buena audición en su país —en especial los comunistas desgajados del partido por los sucesos de Hungría— encuentran un público formidable en Polonia. Un periódico de París publicó hace poco un titular: "Para saber lo que piensa la izquierda francesa hay que leer la prensa de Varsovia". Algunos de los últimos artículos de Sartre han sido impresos primero en polaco que en francés. En la prensa de Varsovia hay polémicas encarnizadas entre muchos de los mejores escritores franceses y escritores polacos, de la cuales no se tiene noticia en París.
Es difícil saber qué es lo que quieren los polacos. Son complicados, trabajosos de manejar, de una susceptibilidad casi femenina y con tendencias al intelectualismo. La situación en que se encuentran se parece mucho a su modo de ser. Gomulka —secretario general del partido— es un héroe nacional que nadie discute. Pero yo encontré muy pocos polacos de acuerdo con el gobierno. La prensa independiente —y algunos comunistas, como el clausurado "Po-Prostu"— se apoya en la más pura doctrina marxista para tirarle piedras al régimen. La necesidad del socialismo no se discute, pero se niega de plano la competencia de los equipos actuales. Se les acusa de no tener en cuenta la realidad del país y los mismos que formulan esa acusación organizan huelgas, manifestaciones y encuentros callejeros con la policía para exigir cosas que la situación económica no perrrite.

Hay un acuerdo general: el antisovietismo. Se asegura que cuando Gomulka viajó a Moscú —después del plebiscito que confirmó su popularidad— Ios polacos estaban convencidos de que sería secuestrado en el Kremlin. Ellos creen a los rusos capaces de todo. Como Gomulka regresó entero con la noticia de que las tropas soviéticas no podrían evacuar a Polonia inmediatamente, muchos de quienes votaron por él se pasaron a la oposición. "Las cosas han cambiado en la Unión Soviética", manifestó Gomulka en una entrevista con obreros. "Se acabó la época de los procesos secretos y las ejecuciones en masa". No convenció a nadie. Eso no quiere decir que los polacos prefieren a los Estados Unidos. Yo creo —por lo que he podido conversar con ellos— que son tan antiamericanos como antisoviéticos. A muchos les pregunté francamente qué querían y me respondieron: "El socialismo". Pienso que lo quieren sin etapas: ya. La cúspide del prestigio político son Gomulka y el cardenal Vyszynsky. Están corriendo en llave y con ellos corre el país entero embrollado en una situación contradictoria que no puede durar mucho tiempo. El antiguo régimen había abolido la enseñanza religiosa y puesto al cardenal bajo vigilancia policiva en un convento. Había abolido la libertad de expresión, el derecho de huelga, la iniciativa de las masas en la construcción del socialismo: era la dictadura de un grupo a órdenes de Moscú. La policía política impuso el orden por el terror. Ladislav Gomulka —el dirigente comunista más popular— fue enviado a la cárcel . Cuando la presión de las masas liberó a Gomulka y lo llevó en hombros hasta la secretaría del partido, lo primero que este hizo fue disolver la policía política, llamar a juicio a los responsables de los crímenes cometidos por ella y poner en libertad al cardenal. Es cierto: Gomulka y el Cardenal no han conversado nunca, se conocen por los retratos. En una actitud sin antecedentes, el primado de Polonia! recorrió los pulpitos pidiendo a los católicos votar! por el candidato comunista, Se embrolló con el Vaticano. Gomulka, por su parte, se embrolló con la Unión Soviética y con los duros de su partido, pero restableció la enseñanza religiosa. El pueblo ganó terreno. Gomulka ganó terreno. El cardenal Vyszynsky ganó terreno. ¿Qué diablos pasó? Una cantidad de polacos son católicos y comunistas al mismo tiempo. Asisten el sábado a la reunión de la célula y el domingo a la misa mayor.

En nuestro viaje a Cracovia fuimos acompañados por una enfermera de 20 años —de una madurez prematura, en todo sentido— miembro activo de la juventud comunista y de un movimiento de acción católica. Se llama Ana Kozlowski. Yo ocupé el trayecto —14 horas— en tratar de servir al mismo tiempo a dos señores. Ella no admite una división precisa ente la militancia comunista y la militancia católica. Piensa que en determinadas circunstancias —las circunstancias de Polonia— las dos cosas conducen al mismo fin. Le pregunté si esa teoría la había aprendido en las clases de marxismo o en las de religión. "En ninguna de las dos", respondió ella con una asombrosa convicción. "Lo estamos aprendiendo en la experiencia polaca".

No presento el testimonio de Ana Kozlowski como una conclusión definitiva sobre la situación. Me interesa su caso. Creo que los polacos están atascados en definir matices doctrinarios mientras la situación económica adquiere proporciones dramáticas. A veces, por la vehemencia con que exponen los argumentos más simples, producen la impresión de estar inventando la pólvora. Cuando no pueden más se hacen con los dedos un revoltijo de pelos y exclaman con una convicción apasionada: "Nosotros somos los únicos que sabemos para donde vamos". Adán Waclawek —mi intérprete— tenía nociones más claras. En cierta ocasión contemplábamos el atardecer sobre el Vístula. En los suburbios flameaban las chimeneas de las fábricas. Adán me habló de la situación de Polonia con una intensidad apasionada y no completamente limpia de patetismo. "Los comunistas occidentales nos han ocasionado un perjuicio enorme", manifestó. "Han pintado esto como un paraíso. Los extranjeros vienen con la ilusión y a nosotros nos cuesta trabajo hacerles entender la realidad: aquí la vida es un drama de cada minuto". Contempló el remoto resplandor de las fábricas. "Pero estamos encontrando el camino", concluyó. "Si nos dan siquiera 10 años más de paz tendremos suficiente poder para impedir la guerra por nuestra cuenta". Esa claridad es casi excepcional. En los polacos con quienes hablé en Varsovia y después en Moscú y en Budapest, yo creo haber encontrado un principio de confusión.

A Cracovia se le ve el conservatismo en la cara. Aún la vía pública, el aire libre, tienen algo de conventual. Es un reducto católico. Ana Kozlowski me contaba que los estudiantes cracovianos —educados en un estrecho círculo familiar— son resistentes al socialismo. La llegada de una delegación extranjera fue conocida por toda la ciudad. A las nueve de la noche la puerta del hotel estaba bloqueada por una multitud de niños que solicitaban autógrafos. Un delegado se hizo un turbante con una bufanda de colores y provocó un escándalo. Dos horas después las calles estaban desiertas. Algunas prostitutas otoñales, lamentablemente pintadas, merodeaban en el parquecito situado frente al hotel. Los pocos hombres que encontramos en la callle estaban completamente borrachos, con esa profunda borrachera de los cinco sentidos propia de los polacos. Ana Kozlowski se empeñó en convencerme de que el alcoholismo en Polonia no tiene nada que ver con el sistema. Es tan antiguo como la nación polaca. Pero Gomulka debe estar más preocupado que ella: hace poco subió en un 30 % el precio del vodka.

Entramos a un cabaret donde nada ha cambiado desde el pasado siglo. La decoración de peluche es vieja, los muebles son viejos, los músicos y sus instrumentos son viejos y tocan una música que la juventud no sabe bailar. Había un fuerte olor a desinfectante. Aunque todo estaba muy limpio la atmósfera tenía algo de polvoriento. Un mesero con unos pantalones de peluche verde y una chaquetilla del mismo material —un traje de luces— se dirigió a mi en polaco. Ana me tradujo: no quería servirme porque estaba sin corbata. El mesero se dio cuenta de que yo era extranjero, me pidió excusas en francés y me explicó "que a la clientela polaca se le exigía la compostura en el vestir "para evitar que los obreros entren en ropa de trabajo". No había gente joven. Un viejito como de 80 años bailó una Polka con una mujer muy gorda embalada en un traje de flores y fueron aplaudidos por la concurrencia. Yo hice lo posible por bailar. Ana —que tampoco sabía— se excusó con el argumento de que la juventud polaca sólo sabe bailar la música moderna y en especial el jazz. En el curso de la pieza sostuvo un diálogo con una mujer que me había estado examinando con una franca curiosidad y que parecía divertirse mucho con sus propias observaciones. Preguntó si yo era mexicano. Ana le respondió que si y la mujer preguntó entonces si yo no tenía revólver.

—Mucho cuidado, concluyó. Dígale que en Polonia está prohibido disparar contra los músicos.

A las cinco de la mañana salimos para el campo de concentración de Auswisch (sic). El señor Webbs —delegado de U.S.A.— me manifestó su repugnannancia por aquella evocación de la carnicería científica de los alemanes. Se instaló en el autobús con la condición de que no le mostraran los hornos crematorios. Ana estaba en retardo. Desde cuando subió al autobús se fijó en las camisas que el señor Webbs y yo llevábamos esa mañana. No hizo ningún comentario mientras el señor Webbs no cambió de puesto y ella quedó sola conmigo. Entonces examinó mi camisa con una grande atención y dijo textualmente:

—Ese es el famoso nylon.

De buena fe le dije que al regreso al hotel le regalaría la camisa y en la expresión de sus ojos me di cuenta de que había metido la pata. "Es una camisa de hombre", dijo. Y luego, sin solución de continuidad: "Nosotros necesitamos todavía cinco años para producir el nylon". Estaba convencida de que cuando Polonia produzca nylon será más barato y de mejor calidad. Mientras tanto, el hecho simple de no usarlo hace parte de la dignidad nacional. Ana evocó indignada la forma en que algunas muchachas polacas —durante el festival de la juventud—, asaltaron a los delegados occidentales para comprar camisas de nylon y relojes de pulso. Yo le pregunté si no había en su actitud mucho de nacionalismo. Ella se encogió de hombros.

—Probablemente, dijo.

Las interminables alambradas del campo de concentración de Auswisch están intactas. Los alemanes no tuvieron tiempo de dinamitarlo. Es más impresionante que el de Mathausen —a pocos kilómetros de Viena— aunque no tiene la espectacular escalera de piedra que sube desde el fondo de la cantera hasta el campo: 1.200 escalones. El de Buchenwald —en Weimar— alcanzó a ser dinamitado y los visitantes tienen que reconstruirlo mentalmente de acuerdo con las indicaciones del guía. En Auswisch nada ha sido movido de su sitio. Los hornos crematorios están al final de un sistema de tres cuartos: el primero es una pequeña sala de baño con dos docenas de duchas. Cuando las comisiones de la Cruz Roja Internacional inspeccionaban el campo los nazis les mostraban aquellos cuartos inocentes para convencerlos de la organización de la higiene. Uno no se explica cómo esas comisiones no se daban cuenta de que no había tubos de desagüe. Nunca salió agua por esas duchas: salió gas venenoso mientras las finanzas de Hitler alcanzaron para esos lujos. Después salió sencillamente el humo de los hornos crematorios conectados al sistema de duchas. El segundo es una cámara refrigerada. Se calcula que en determinado momento los nazis ejecutaban 250 personas por día. Los hornos crematorios no daban abasto. Aún en invierno los cadáveres tenían que esperar el turno en su purgatorio refrigerado. La única diferencia entre un horno crematorio y un horno de pan es la puerta blindada. En Auswisch están todavía las parihuelas en que metían a asar los cadáveres. La operación duraba una hora. Los encargados de los hornos la ocupaban jugando al poker como esperan las señoras jugando canasta a que se dore el pollo. La diferencia es que el humo de los cadáveres se escapaba con las duchas para asfixiar doce personas más. Era una progresión geométrica: tres cadáveres proporcionaban el material para producir doce.

Seguí con atención las reacciones del delegado alemán. Un hombre tranquilo, con una barba roja —como Barba Azul— y una pipa eterna apagada en los labios. Siguió con un cierto aire astronómico las explicaciones del intérprete. Es una actitud clásica de los alemanes. Los comentarios sobre las atrocidades del nazismo les resbalan por el pellejo sin erizarlos y se puede decir delante de ellos lo que se quiera que no se alteran ni disculpan. En Budapest yo había de ver a un alemán en el momento en que un húngaro explicaba la inutilidad estratégica, la mala fe con que los nazis dinamitaron el puente Elizabeth, sobre el Danubio, considerado como el mejor de Europa. Alguien cometió la insensatez de preguntarle al alemán que opinaba de eso. El respondió secamente: "Me parece deplorable". En el campo de concentración de Buchenwald, el guía alemán nos dijo: "Nuestra desgracia es que somos científicos inclusive para organizar una matanza". En Alemania, cada vez que tenía algo que ver con ese pueblo extraordinariamente cordial, alegre, camarada, de una hospitalidad comparable apenas a la de España y una generosidad comparable apenas a la de la Unión Soviética, yo me rompía la cabeza sin poder entender los campos de concentración. En los campos de concentración me rompía la cabeza sin poder entender a los alemanes.

El atroz cientifismo de los nazis se aprecia muy bien en Auswisch. Las salas de cirugía donde los médicos de Himmler hacían sus experiencias de esterilización humana son impecables. Hay —intacto— un laboratorio de elaboración de substancias humanas. Por una puerta entraba un hombre vivo y por la otra salía el bagazo. Adentro quedaba todo lo que una persona tiene de materia prima. Se organizó una próspera industria de cuero humano, de textiles de cabellos humanos, de derivados de la manteca humana. En Austria vi un enorme pedazo de jabón de pino adornado con flores. Alguien tenía motivos para creer que aquel jabón era su tío. En Auswisch hay una exposición de esos artículos y uno comprende que esa industria siniestra tenía un excelente porvenir en el mercado: una maleta fabricada con cuero de hombre es de una calidad superior. Yo no creía que un hombre sirviera para tanto que sirve inclusive para hacer maletas.

Los polacos no dan cifras. Se limitan a mostrar. Cuando uno ve esas cosas y sabe que tiene que contarlas por escrito comprende que tiene que pedirle permiso a Malaparte. Hay una galería de vitrinas enormes llenas hasta el techo de cabellos humanos. Una galería llena de zapatos, de ropa, de pañuelitos con iniciales bordadas a mano, de las maletas con que los prisioneros entraban a ese hotel alucinante y que tienen todavía etiquetas de hoteles de turismo. Hay una vitrina llena de zapatitos de niños con herraduras gastadas en los tacones: botitas blancas para ir a la escuela y porrones de botas de los que antes de morir en campos de concentración se habían tomado el trabajo de sobrevivir a la parálisis infantil. Hay un inmenso salón atiborrado de aparatos de prótesis, millares de anteojos, de dentaduras postizas, de ojos de vidrio, de patas de palo, de manos sin la otra mano con un guante de lana, todos los dispositivos inventados por el ingenio del hombre para remendar al género humano.

Yo me separé del grupo que atravesó en silencio la galería. Estaba moliendo una cólera sorda porque tenía deseos de llorar. Penetré a un corredor profundo en cuyas paredes estaban los retratos de las víctimas —inclusive 15.000 apatridas— que los liberadores del campo lograron rescatar de los archivos. Frente a uno de los retratos estaba Ana Koslowski.Yo observé el retrato: una persona asexuada, con la cabeza pelada, enfrentada a la cámara con una mirada severa.

— ¿Es hombre o mujer? , pregunté:

Ana no me miró. Me arrastró suavemente hacia la puerta.

—Hombre, respondió— Es mi papá.

En mi última noche en Varsovia Ana Koslowski me llevó al hotel y me trajo los extraordinarios carteles con que se anunciarion en Varsovia las películas de Emilio Fernández, el indio mexicano. Se los encomendaron a los pintores jóvenes y ahora los originales están en un museo. Vivieron también muchos polacos despelucados, de esos que se ponen bravos en las discusiones, que dicen que hay que fusilar a los capitalistas y a última hora le demuestran a uno —con hechos—— que el sentimentalismo es una enfermedad incurable, una tara de la humanidad. En el automóvil que me conducía a la estación, Adán Waclawek —quien pocos momentos antes me había dicho que era insensible a las despedidas— me soltó un discurso sentimental. "Con los americanos es distinto", dijo. "Ustedes vienen y uno sabe de antemano que no los volverá a ver jamás". En estos casos —para no quedarme a vivir— yo acostumbro a soltar una palabrota. Eso fue lo que hice. Ya en la plataforma del tren Adán Waclawek me dio una moneda muy pequeña, brillante, una unidad de la moneda polaca que yo no había conocido. Me explicó que habían sido retiradas de la circulación porque los traficantes del mercado negro las convertían en medallas de la Virgen para venderlas a un precio mayor. Por esa noticia yo hubiera aplazado el viaje 24 horas, pero ya era imposible: mi visa estaba vencida.

—¿Es que en Polonia hay un mercado negro? , pregunté.

—Un mercado negro internacional, me respondió Adán Waclawek caminando junto con el tren que arrancaba en ese momento. Es uno de nuestros grandes problemas.

A las cuatro de la madrugada tocaron en el compartimiento-dormitorio. Era la aduana. El agente se dirigió a mí en polaco, yo hice señas de que no entendía y le di el pasaporte. El vio que estaba en regla y me hizo una nueva pregunta. El pasajero que viajaba en la litera de arriba me tradujo al español: "Le pregunta si no lleva dinero polaco". Yo dije que no. Luego me acordé de los 200 zlotis del reportaje. Dentro de cinco minutos, ese dinero —que no es exportable— no me serviría para nada. Se los di al guardia.

—No tenemos derecho a decomisarle este dina» me dijo él a través del intérprete. Ha debido gastarlo antes de salir de Polonia.

Yo no había tenido tiempo. El dijo que estaban abriendo el restaurante de la estación y que podía comprarme alguna cosa. A mí no se me ocurría nada. El insistió y yo me di cuenta de que lo estaba haciendo perder el tiempo.

—Cómpreme cigarrillos —dije.

Volvió 10 minutos después reventando de risa. Empujó hasta el interior del camarote dos bultos de cigarrillos: 200 cajetillas. El intérprete me informó que con ese dinero hubiera podido comprar una cámara fotográfica. Yo me dispuse a dormir, pero el guardia siguió allí, escribiendo en un talonario. Me entregó el recibo. Tenía que pagar un derecho de exportación.

Le explique que mi único capital polaco eran los cigarrillos. Entre el guardia y el intérprete se estableció entonces un diálogo. El guardia reflexionó. "Yo no puedo recibir el pago en cigarrillos", dijo. "Pero puedo comprarle 20 paquetes que es el valor de los derechos". Entonces yo conté veinte paquetes y se los entregué. El me los pagó y yo le devolví los 20 zlotis. Después empujé hacia la puerta el resto del paquete abierto y le dije que lo fumara como recuerdo. El respondió que no tenía derecho a aceptarlos porque ya era mercancía exportada. La situación me pareció tan divertida que resolví seguirla. Le hice ver que las 20 cajetillas que me compró habían regresado al país de contrabando. El se encogió de hombros.

—Puedo aceptarle un cigarrillo, dijo.

Se lo di. El guardia me dio fuego y me deseó buen viaje. Dos horas después los dos bultos de cigarrillos fueron decomisados en Checoeslovaquia porque yo no tenía coronas para pagar los derechos de importación.
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