De viaje por los países socialistas






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V
LA GENTE REACCIONA EN PRAGA COMO EN CUALQUIER PAIS CAPITALISTA
Praga ha asimilado las influencias mas indigestas sin engordar demasiado y sin úlceras en el estómago. Es un término medio entre la antigüedad mejor conservada y el presente mas cuerdo. Hay una callecita —la calle de Los Alquimistas— que es uno de los pocos museos hechos con sentido común. Lo hizo el tiempo. En el siglo XVII había allí unas tiendecitas donde se vendía inventos maravillosos. Los alquimistas se quemaban las pestañas en la trastienda buscando la piedra filosofal y el elíxir de la vida eterna. La ingenua clientela que esperó el milagro con la boca abierta —que sin duda ahorró dinero para comprar el elixir de la vida eterna cuando lo pusieran en la vitrina— se murió esperando con la boca abierta. Después se murieron también los alquimistas y con ellos sus fórmulas magistrales que no eran otra cosa que la poesía de la ciencia. Ahora las tiendecitas están cerradas. Nadie ha tratado de falsificarlas para impresionar a los turistas. En lugar de dejar que se llenen de murciélagos y telarañas para que se les vea la edad, las casitas son pintadas todos los años con amarillos y azules rudimentarios, infantiles, y siguen pareciendo nuevas, sólo que no con una novedad de ahora sino del siglo XVII. No hay placas ni referencias eruditas. Uno pregunta a los checos: "¿Qué es esto?". Y los checos responden con una naturalidad tan humana que lo hacen sentirse a uno en el siglo XVII: "Esta es la calle de Los Alquimistas".

Así es Praga: su antigüedad no parece anacrónica. En los vericuetos de la ciudad vieja se encuentran en un mismo caserón una cervecería histórica con reproducciones de Picasso y un almacén de calculadoras eléctricas. Uno pregunta a los chechos por qué tiene a Picasso en una cervecería antigua, y los checos responden: "Es que a alguna gente le gusta a Picasso". Los contrastes no son violentos. La ciudad está hecha con los elementos de la tradición discretamente aprovechados, con un orden y un buen gusto al cual no se le ven las cuerdas, como no se le ven las cuerdas al sistema, al régimen comunista, a la revolución, a la industria —que es la mejor equilibrada de Europa— ni a las marionetas checas que son las mejores del mundo.

Nosotros pasamos en Praga varios días a la deriva y no encontramos un grueso indicio que nos permitiera pensar que estábamos en una ciudad de Europa occidental. Hay un orden natural, espontáneo, sin policías armados. Es el único país socialista donde la gente no parece sufrir de tensión nerviosa y donde uno no tiene la impresión —falsa o cierta—de estar controlado por la policía secreta.

La influencia soviética es difícil de determinar a pesar de que se dice que los gobernantes checos son los más fieles a Moscú. La estrella roja está en las locomotoras, en los edificios públicos, pero no parece postiza. Nosotros no vimos un solo militar soviético. Los mármoles y la aplastante pastelería de Moscú no han trastornado la unidad arquitectónica de Praga. Hay una personalidad nacional fuerte y dinámica que se manifiesta en cada detalle y que elimina esa impresión de servilismo oficial, voluntario, lagarto, que vimos en Alemania Oriental y que habíamos de encontrar después en Hungría.

Hace pocos días los obreros de una fábrica de Varsovia le preguntaron a Gomulka por qué las democracias populares no tenían un nivel de vida tan alto como los países capitalistas. "No todos los países capitalistas tienen un nivel de vida más alto que las democracias populares", respondió Gomulka. "Y sin duda ninguna lo tiene más alto que Checoeslovaquia". No tengo datos que permitan confirmarlo, pero el aspecto exterior de la multitud, la apariencia general de la calle, permiten pensar que Gomulka no anda lejos de la razón. En Checoeslovaquia la gente no se interesa mucho por la política. En las otras democracias populares esa es una asfixiante obsesión: no se habla de otra cosa. Entre los estudiantes que logramos frecuentar advertimos una preocupación primordial por sus conocimientos y muy poco interés por la política. Manifiestan francamente su inconformidad por el control de las publicaciones extranjeras y el aislamiento forzoso del país. Algunos —de convicciones políticas evidentes— consideran que la censura es necesaria en las otras democracias populares pero absolutamente superflua en Checoeslovaquia. Nosotros tuvimos oportunidad de conocer al traductor de García Lorca un profesor de español, de 35 años, impresionantemente tímido y nervioso, de una seriedad intelectual admirable. Conoce a fondo la literatura española y está interesado de una manera especial por la novela suramericana. Dos libros colombianos traducidos al checo y definitivamente agotados en pocas semanas, fueron objeto de sus comentarios entusiastas: "La Vorágine", de José Eustasio Rivera y "Cuatro años a bordo de mí mismo", de Eduardo Zalamea Borda.

La gente reacciona en Praga como en cualquier país capitalista: Esto —que podría parecer una tontería— es interesante, pues en la Unión Soviética reaccionan de otra manera. En Praga y en Moscú hicimos la prueba del reloj. Es sencilla: Franco y yo adelantamos nuestros relojes en una hora, subimos a un tranvía y viajamos de pié, agarrados a la barra, de manera que nuestros relojes fueron perfectamente visibles. Un hombre —50 años, gordo, nervioso— nos miró con un aire de aburrimiento. De pronto miró mi reloj: las 12.30. Se sobresaltó. Con un gesto mecánico levantó el puño de su camisa y leyó la hora en su reloj: las 11.30. Se acercó el reloj al oído, comprobó que estaba andando, pero sus ojos ansiosos, desolados, buscaron en torno suyo el reloj más cercano y se encontraron con el de Franco. También allí eran las 12.30. Entonces se abrió paso con los codos, descendió antes de que el tranvía se detuviera y se perdió a saltitos entre la multitud.

En París y en Roma la reacción es la misma. En Moscú yo tuve el reloj en las horas más arbitrarias, anduve con él por todas partes y la gente se acercaba a examinarlo pero con una curiosidad distinta. Eso nos permitió saber que la producción de relojes es muy escasa en la Unión Soviética. Poca gente los usa. Lo que les llamaba la atención de los nuestros era su apariencia dorada, su forma, su calidad, pero me parece que a nadie se le ocurrió mirar la hora. Los soviéticos pagaban lo que uno les pidiera por un reloj de pulso. En los tranvías de Praga la gente vive sus pequeños problemas: los señores aparentan no ver a las señoras para no cederles el puesto, las señoras se embrollan buscando el dinero en la cartera, no aprietan a tiempo el botón de la parada y luego insultan al conductor. En Moscú no tienen el reflejo de leerlos periódicos por encima del hombro del vecino: la actualidad periodística no se sigue de cerca, no constituye sobresalto de todos los días como en occidente. Los moscovitas —que en la calle son locuaces y comunicativos— viajan en el Metro con el mismo fervor con que viajan las señoras occidentales en el tranvía metafísico de la misa de cinco.

Hay en Checoeslovaquia una cosa notable, diferente a todo lo que yo había visto hasta entonces: los militares. Es sorprendente la manera como están incorporados a la vida civil. En la estación del ferrocarril hacen cola para comprar los tiquetes, se pelean con los civiles por un puesto en el vagón, cargados de maletas y cacharros, y ponen la gorra para guardar el puesto mientras llevan a orinar a los niños. No parecen militares sino civiles vestidos de militar. En el comercio de Praga hacen el mercado con sus mujeres, llevando de un lado el niño menor y del otro lado la bolsa con los pañales y el tetero. Yo vi un oficial con la gorra en la mano, llena de tomates, esperando que su mujer desenredara la cremallera de una bolsa para meterlos. Otro tenía a su hijo acaballado en la nuca para que pudiera ver por encima de la multitud una vitrina de marionetas. Se puede pensar que esto es una falta de dignidad profesional. Es más probable que sea una valerosa prueba de dignidad humana.

Después de haber atravesado a Checoeslovaquia en cuatro sentidos, con absoluta libertad, tengo la impresión de que allí lo único que llama la atención en un extranjero son los bluejeans. La gente se detenía a reirse francamente, a preguntarnos de qué planeta nos habíamos descolgado, a causa de los bluejeans. Los checos no sólo tienen buena ropa sino que se advierte una preocupación evidente por vestirse bien. Yo vi muchas mujeres tan bien vestidas como en París. Un extranjero vestido de una manera normal puede pasar inadvertido. Eso no sucede en la Unión Soviética y en las otras democracias populares, donde habría que ponerse un vestido muy viejo, muy ordinario y muy mal hecho, para no llamar la atención.

Franco se quedó en Praga pues no tuvo manera de justificar su viaje en el consulado de Polonia. Acordamos que nos encontraríamos a mi regreso para viajar juntos a Moscú. Me parece que su aguda capacidad de observación me hizo mucha falta en Varsovia. En el vagón me acompañó un viejo campesino con toda su familia —la mujer y ocho hijos, tres sobrinos y un cerdito de pocos días—. Ellos solos ocupaban el compartimiento. El viejo me contó su vida haciendo dibujos con el dedo en el vidrio de la ventanilla. Vivía en una casa muy grande a pocas horas de la frontera polaca.

La tierra no está colectivizada en esa región, la producción es individual, pero el estado facilita la maquinaria y cómpralos productos. Me invitó a que fuera a su casa en Navidad para comernos el cerdito. Cuando descendió del tren —en una estación pobre y muy limpia— me advirtió por la ventanilla que tuviera cuidado con el pasaporte: los polacos los persiguen para fugarse del país.

A medida que nos acercábamos a la frontera polaca el número de pasajeros se hizo más escaso. Al anochecer me encontré completamente solo en el tren. Me acosté a dormir. El contralor checo me despertó para pedirme el tiquete. Después de escrutar mi cara me habló en italiano. Había estado en Milán durante la guerra. Allí se casó. Ahora tenía cuatro hijos que hablaban indiferentemente el checo y el italiano. Dos de ellos estaban de vacaciones en Milán y los otros en un campo de verano del estado. Como no tenía nada que hacer, compró en la próxima estación dos docenas de cerveza y siguió contándome su vida hasta la frontera. Yo le pregunté si estaba contento de su país y él desplegó su sonrisa orificada y me dijo, textualmente: "¿Qui siamo tutti communiste, capisci? ". También él —y esto me alarmó— me hizo la advertencia espontánea de que tuviera cuidado con el pasaporte en Polonia.

"Los polacos no son comunistas", me explicó. "Ellos dicen que lo son pero van a misa todos los domingos".

También esta vez tuvimos que esperar cuatro horas en la frontera. Es desesperante: en Europa occidental uno se da cuenta de las fronteras por el cambio de idioma en los letreros. Los trenes no se detienen. Los europeos necesitan visas para muy pocos países e inclusive los franceses pueden entrar a Italia sin pasaporte, con la carta de identidad. En la cortina de hierro el paso de una frontera es un acontecimiento. Hay que declarar el dinero a la entrada del país y presentar a la salida las constancias del cambio bancario, para que las, autoridades sepan que no se está especulando con el dinero extranjero. Pero inclusive esos trámites no demoran más de 10 minutos. Los trenes esperan dos horas en la última estación de un país, atraviesan la frontera custodiados por militares, y demoran otras dos horas en la primera estación del otro país.

En territorio polaco los agentes que me pidieron el pasaporte debieron darse cuenta de que se trataba de una visa especial —cosa que yo ignoraba— porque me pidieron la credencial del Congreso de cine. Se llevaron todos los papeles. Un momento después vino un agente que hablaba francés y me hizo pasar a un vagón polaco. Yo protesté: los vagones polacos son los más incómodos de Europa. El agente me explicó que el cambio era indispensable. Anotó el número del puesto que ocupé y me advirtió al despedirse:

—No se mueva de ese puesto. En Varsovia espere que todo el mundo descienda del tren.

Durante la noche fui despertado varias veces por los pasajeros que trataban de acomodarse sin encender las luces. Al amanecer, el vagón de primera clase estaba lleno de gente vestida como en un vagón de cuarta clase, las mallas atestadas de maletas y bultos amarrados con cuerdas. La mayoría empezó a leer desde cuando salió el sol, antes de las cuatro de la mañana. Dos pasajeros —un hombre y una mujer— leían novelas de Jack London. Una mujer con traje sastre, de buena calidad pero gastado por el uso y con un sombrero de vampiresa de cine mudo hundido hasta las pestañas, examinó mi reloj con una insistencia indiscreta. Después me di cuenta de que no sólo ella sino también la gente que leía descuidaba por momentos la lectura para examinar el reloj.

Cerca de las ocho abrieron los paquetes del desayuno: pan negro, salchichón y frutas. Algunos destaparon latas de conserva. Yo no tenía provisiones ni dinero polaco, de manera que asistí al desayuno colectivo con unos terribles deseos de estar en Italia donde los pasajeros de tercera reparten la comida entre los compañeros de viaje. Los polacos comían en silencio. Levantaban la cabeza para masticar, mientras contemplaban mi reloj con la expresión igualmente vaga y concentrada con que se ve una película. Yo disimulé mi incomodidad mirando el campo, tan pobre, tan diferente al de Checoeslovaquia. La escasa maquinaria agrícola era muy vieja y muchos campesinos —la mayoría mujeres— trabajaban la tierra con métodos primitivos. Antes de llegar a Varsovia la mujer de sombrero me preguntó intempestivamente si hablaba francés. Mi voz fue un acontecimiento en el vagón. Los libros se cerraron. No había el menor indicio de hostilidad sino una curiosidad un poco ansiosa en las miradas. Me preguntó mi nacionalidad. Yo no se si los polacos tienen una estimación especial por los suramericanos o si están convencidos de que nos estamos muriendo de hambre, pero lo cierto es que cuando revelé mi nacionalidad todos tuvieron el mismo reflejo: abrieron sus paquetes y me abrumaron con cosas de comer con una generosidad exagerada y conmovedora. La mujer del sombrero me tradujo una pregunta del hombre que leía a Jack London:

—¿Usted es rico?

Los otros esperaron la respuesta. Como yo respondí negativamente ellos no parecieron desilusionados sino incrédulos. La mujer insistió en que yo debía ser fabulosamente rico puesto que llevaba reloj de oro. Expliqué que era simplemente dorado. Para demostrarlo rayé el baño de oro con una navaja, pero ellos no parecieron convencidos. El diálogo fue muy cordial. A pesar de eso no he podido saber en qué punto cometí una falla. En algún momento los polacos empezaron a conversar entre ellos. Yo estaba un poco embotado por el malestar de la cerveza. No recuerdo exactamente lo que dije, pero sé que no me prestaron la menor atención. Inclusive me parecieron hostiles. En el resto del viaje no volvieron a dirigirme la palabra, salvo una vez, en la estación de Varsovia. Ellos empezaron a echar sus maletas por la ventana. Yo permanecí inmóvil de acuerdo con las instrucciones del agente de aduana. No tenía ninguna dirección. Pensaba meterme en el primer hotel que encontrara y buscar más tarde a los organizadores del congreso. La última muchacha que abandonó el vagón se sorprendió de mi inmovilidad y me soltó una frase en polaco. Sólo pude entender una palabra.

—Varsava.

Yo le hice señas de que sabía que ya estábamos en Varsovia pero que debía permanecer en mi puesto. Ella me soltó otra parrafada. Yo me alcé de hombros y ella hizo exactamente la misma cosa. Al salir tiró con fuerza la puerta del compartimiento.

Cuando el tren se desocupó, un polaco muy joven, vestido a la italiana, rubio, muy limpio, entró directamente a mi puesto. Me saludó en perfecto español con una ligera cadencia argentina. Era Adán Waclawek, encargado de asuntos sudamericanos en un periódico de Varsovia. Desde la frontera habían trasmitido mis datos y debieron pensar que el mejor interprete para un periodista suramericano era un periodista polaco que había pasado mucho tiempo en la Argentina y conocía al dedillo la situación de la América del Sur.

Me condujo al hotel. Por la ventanilla del automóvil vi una ciudad escueta, con grandes vacíos materiales, pero con mucha gente. Todo estaba perfectamente seco pero —no se por qué— me pareció que en Varsovia había estado lloviendo sin tregua durante muchos años. Al pasar frente al Palacio de la Cultura —un pastel de crema de 36 pisos— Adán Waclawek dijo, con una intención indefinible: "Es un regalo de la Unión Soviética". No sé todavía si fue un reconocimiento o una disculpa. Mas adelante reconocí un edificio huevo, de cinco pisos, el único de Varsovia cuya fotografía está en todos los vagones del ferrocarril y en los consulados occidentales. "Es un almacén del estado", me informó el intérprete espontáneamente. Yo tuve la impresión de que estaba sufriendo. Por lo menos en el sector que atravesábamos no había nada que ver. Había una desolación dolorosa. "Es una bella ciudad", dije, no sé por qué, pero seguramente porque no podía resistir más el silencioso sufrimiento de Adán Waclawek. "No es cierto", dijo él. "Todavía no se puede decir ni siquiera que sea una ciudad". Luego me habló de la reconstrucción: los nazis no dejaron piedra sobre piedra. Debo reconocer que Adán Waclawek no tenía suerte esa mañana. El camino de la estación al hotel era precisamente el menos reconstruido.

En el hotel "Bristol" había una pieza reservada y en la administración del hotel un sobre con 300 zlotis. No me tomé el trabajo de averiguar su equivalencia en dólares pero me alcanzó cómodamente para los gastos menores durante mi permanencia en Polonia. Adán Waclawek me instaló en la pieza, me dio algunas instrucciones preliminares y me anunció que volvería a buscarme después del almuerzo. Creo que eso hacía parte del malestar de la cerveza: la impresión de que el intérprete tenía órdenes de vigilarme. Todo funcionaba con una perfección sospechosa. Rápidamente me cambié de ropa y abandoné el hotel con el propósito de conocer a Varsovia por mi cuenta y riesgo.
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