De viaje por los países socialistas






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IV
PARA UNA CHECA LAS MEDIAS DE NYLON SON UNA JOYA.
Hace dos años solicité en la embajada soviética de Roma una visa para viajar a Moscú como enviado especial de una agencia de prensa. En cuatro visitas sucesivas respondí cuatro veces a la misma encuesta formulada por cuatro funcionarios diferentes. Por último me prometieron enviar por correo una respuesta que todavía no ha llegado. En París fueron más breves y más explícitos. En el complicado edificio de la calle Grenelle me hicieron pasar por tres salones decorados con litografías de Lenin y el mismo funcionario que me recibió en el primero me respondió en el último en un francés apenas inteligible: sin una invitación de un organismo soviético era inútil solicitar la visa.

La situación ha cambiado en el último año. En París se organizan caravanas turísticas que en 15 días visitan a paso de conga los puertos del mar Báltico y el mar Negro. Es un viaje peligroso para un periodista honesto: se corre el riesgo de formarse juicios superficiales, apresurados y fragmentarios, que los lectores podrían considerar como conclusiones definitivas.

Cuando se me presentó en Berlín la oportunidad de asistir al VI Congreso de la juventud de Moscú, pensé que aquello era peor que las caravanas turísticas. En lugar de 500 seríamos 40.000. La Unión Soviética se había preparado dos años para recibir a los delegados de todo el mundo y esa era una razón para pensar que en vez de la realidad soviética íbamos a encontrarnos con una realidad fabricada para los extranjeros. Eso es comprensible. Los países socialistas saben que la mayoría de quienes asisten a los festivales no son comunistas, que van preparados para descubir defectos y que no tienen suficiente formación para interpretar derechamente sus experiencias. Más aún: en el festival de Moscú se exigió concretamente que se acreditara la menor cantidad posible de comunistas. "La astucia de los polacos no tiene límites", me decía hace dos años en Roma una muchacha italiana que asistió al festival en Varsovia. "Para hacernos creer que en Polonia hay libertad religosa, abrieron las iglesias y pusieron por todas partes funcionarios públicos disfrazados de curas". La verdad es que la reconstrucción de Varsovia empezó por los templos católicos y que los sacerdotes no comprometidos en política disfrutan de una libertad absoluta. Los capitalistas más honestos menospreciaron el esfuerzo nacional de la reconstrucción y se contentaton con saber que en Varsovia no hay automóviles, que la gente está mal vestida y que los ascensores se atascan entre dos pisos. En Varsovia cuchicheó todo el mundo porque el primado de Polonia, cardenal Mynszenki, estaba en la cárcel. En cambio nadie observó —ni siquiera los delegados comunistas— que también estaba preso Ladislav Gomulka, el dirigente comunista que un año después del festival había de ser liberado por el pueblo para que se hiciera cargo de los destinos de Polonia.

Algunos gobiernos occidentales aprovechan los 15 días del festival para infiltrar espías con instrucciones precisas. En Moscú circuló una hoja impresa en inglés con consignas contra la Unión Soviética. Igual cosa ocurrió en los festivales anteriores. A sabiendas de que esas cosas suceden, los países socialistas —con todo el derecho— se las arreglan para que los delegados encuentren una nación vestida con ropas de pontificar en un multitudinario domingo de 15 días. Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para recibir una visita. A los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar.

Franco era de otra opinión. El pensaba —y ahora me doy cuenta de que tenía razón— que la superficialidad de los juicios se debe en parte a los mismos delegados. Hay que saber lo que es un festival para entender que se pueda estar 14 días en una ciudad sin conocerla. En Moscú hubo un festival de cine con cuatro funciones diarias. Un festival mundial de teatro al mismo tiempo que unas olimpiadas y 325 exposiciones de pintura, fotografía, arte folclórico y vestidos típicos de todo el mundo. Una competencia de música y danzas, con seis sesiones diarias, se desarrollaba al mismo tiempo que los seminarios de arquitectura, artes plásticas, cine, literatura, medicina, filosofía y electrónica. Hubo conferencias sobre infinidad de temas tratados por especialistas de todo el planeta. Cada organismo soviético importante organizó una recepción con invitados de todas las delegaciones. Cada una de las 382 delegaciones invitó a una recepción a las otras delegaciones. Sólo la delegación francesa —sin contar los representantes culturales, deportivos y científicos— tenía casi 3.000 miembros. En las horas menos recargadas había que escoger entre el circo chino, una visita con Pablo Neruda, una entrada al Kremlin, una muestra de la cocina japonesa, una invitación a una granja colectiva, las marionetas checas, el ballet hindú, un encuentro de fútbol entre húngaros e italianos o una entrevista privada con una delegada sueca. Todo eso apelotonado en un estrecho margen de 15 días y en una ciudad aplastante donde se necesita una hora para llegar a cualquier parte. Yo creo sinceramente que algunos delegados no tuvieron tiempo de ver un ruso.

Franco pensaba que podría aprovecharse la confusión. Había que desinteresarse de los espectáculos y salir a la calle a hablar con la gente venida de todos los rincones de la Unión Soviética, ávida de hablar con los extranjeros después de 40 años de desconexión total con el resto del planeta. Había que escoger entre el festival y una idea bastante aproximada de la realidad soviética. Nosotros sacrificamos el festival.

Si la visa soviética me costó seis años de insistencia, en cambio la visa polaca la obtuve en 10 minutos y sin pronunciar una palabra. Yo había logrado que se me admitiera como observador en el congreso Internacional de Cinematografía, en la confortable compañía de 22 delegados. La credencial estaba escrita en polaco, de manera que me presenté al consulado con dos fotografías y puse la invitación sobre el escritorio del portero. A través de la puerta del despacho oí la voz del cónsul que se comunicaba por teléfono con Varsovia y que pronunciaba mi nombre de una manera bastante arbitraria. Un cuarto de hora después tenía la visa polaca en el bolsillo.

Jacqueline, cuyas vacaciones habían terminado, regreso a París. Franco depositó el automóvil en un garaje de Berlín y seguimos en tren hacia Praga. No teníamos la visa checa. El viaje duró 15 horas, pero cuatro de ellas las pasamos en la frontera, en un tren vacío que fue sometido a un control riguroso. En el último pueblo alemán hicimos una estación de dos horas, a pesar de que las formalidades de aduana se cumplieron en cinco minutos. Al atardecer el tren se movió. Abandonó la estación lentamente, a una velocidad menor que la marcha de un hombre, y así pasó a través de una aldea con letreros en alemán. Al otro extremo de la aldea se detuvo frente a un puente con un letrero en checo escrito a pincel sobre un fondo de tela roja. Sobre el puente había media docena de soldados con ametralladoras. El tren reanudó la marcha cuando los soldados verificaron si no había nadie escondido en los ejes de los vagones. Luego se repartieron a los dos lados del tren y lo escoltaron caminando a paso normal a través de un sendero disimulado entre la hierba. Un kilómetro más adelante estaba la primera estación checa. Allí esperamos otras dos horas.

Lo único notable era la música de los altoparlantes y las mujeres embutidas en uniformes de ferroviarios. Es corriente ver una mujer con pantalones. Pero es un poco extraña la impresión de verlas con un uniforme entero, camisa, corbata y zapatos masculinos, y un moño disimulado con la gorra. Después había de darme cuenta que el servicio de todas las estaciones checas está a cargo de mujeres vestidas de esa manera. Hacía calor...Mi deformación de encontrar parecidos entre las cosas europeas y mis pueblos de Colombia, me hizo pensar que aquella estación ardiente, desierta, con un hombre dormido frente a un carrito de refrescos con frascos de colores, era igual a las polvorientas estaciones de la Zona Bananera de Santa Marta. La impresión fue reforzada por los discos: boleros de los Panchos , mambos y corridos mexicanos. El bolero "Perfidia" fue repetido varias veces. Pocos minutos después de la llegada transmitieron "Miguel Canales", de Rafael Escalona, en una interpretación notable que yo no conocía.Traté de bajar para ver el disco pero el vagón estaba con llave. Una mujer ferroviaria me indicó por señas que no podía descender mientras no estuvieran revisados los pasaportes.

Los agentes de aduana eran dos, jóvenes, cordiales, con impecables uniformes de verano, ligeros y confortables como los del ejército norteamericano. Uno de ellos hablaba francés. Nos pidió la visa checa. Yo le dije que no la teníamos y el agente no pareció sorprendido. Después de entenderse con su compañero se llevó los pasaportes.Volvió más tarde a decirnos que estaban en comunicación telefónica con Praga. A la media hora teníamos una visa de tránsito con derecho a permancer 15 días en Checoeslovaquia.

Aquella simplificación de los trámites estableció un primer contraste con el burocratismo de la Alemania Oriental. Luego encontramos otros. Los refrescos, la excelente cerveza checa, se venden en vasos de cartón con una advertencia impresa: "Destruya este vaso después de usarlo". Esas precauciones higiénicas se encuentran por todas partes. Los restaurantes son limpios, claros, eficaces, y los servicios sanitarios mejores que en cualquier país de Europa Occidental. Mucho mejores —naturalmente— que en París.

Terminado el control, una puerta debió abrirse en alguna parte, porque una multitud salió atropellándose de los pasadizos subterráneos para subir al tren. Los hombres estaban vestidos con ropa de buena calidad. Las mujeres en su inmensa mayoría llevaban pantalones de hombre, confeccionados para hombres, con bragueta y los botones del lado derecho. Particularmente los niños estaban vestidos con cuidado y buen gusto. Los militares cargados de maletas y bultos, con sus mujeres y sus hijos, hacían vida común con la multitud.

Un momento después el tren se deslizaba por una región agrícola mecanizada, aprovechada hasta el último centímetro. Por todas partes se veían gigantescas obras de ingeniería hidráulica acabadas o en construcción. En las cercanías de Praga los campos de cultivo fueron sustituidos por centros industriales. En la primera noche nos cruzamos con un tren interminable cargado de autobuses nuevos y maquinaria agrícola sin usar. Franco trató de abrir la ventanilla. Un checo como de cuarenta años, en cuyas rodillas dormía una niña arropada con una gabardina, observó sus esfuerzos por bajar el cristal bloqueado. Le indicó a Franco en francés:

—Haga presión hacia adelante.

Nuestro compañero de viaje nos explicó que los buses y la maquinaria agrícola eran material de exportación para Austria. Nos dijo que Checoeslovaquia era el surtidor de maquinaria de muchos países occidentales y de todo el mundo socialista, incluyendo la Unión Soviética. Era un agente de comercio que regresaba de Francia en el cuarto viaje que hacia este año al exterior. Nos manifestó que no era comunista, que la política lo tenía sin cuidado, pero que se sentía bien en Checoeslovaquia. No le interesaba tentar fortuna en América. Su pasaporte tenía una limitación: sólo podía utilizarlo para viajes relacionados con sus actividades comerciales. Esta vez le habían permitido llevar a su hija de doce años a conocer a París. Varias semanas más tarde, en mi viaje de regreso a Francia, también encontré en el tren una familia checa que venía de vacaciones. Un francés les hizo una confidencia: en París hay un sitio donde se cambia dinero checo a un precio tres veces más alto que el oficial. El checo rehusó el ofrecimiento.

—Eso perjudica nuestra economía, dijo.

Es un caso particular que contrasta con la actitud de algunos profesionales de Alemania Oriental. Los directores de teatro y los médicos de ese país ganan sueldos desproporcionados. El estado los educa, los especializa, y luego tiene que pagarles muy caro para que no emigren al occidente. Yo no encontré ningún checo que no estuviera más o menos contento con su suerte. Los estudiantes manifiestan apenas su inconformidad con el innecesario control de la literatura y la prensa extranjeras y las dificultades para viajar al exterior.

La noche en que llegamos a Leipzig Franco pensó que nuestra primera impresión se debía a las apariencias: la iluminación triste y la llovizna. A Praga llegamos a las once de la noche, con la misma llovizna, y nos encontramos con una ciudad viva, alegre, que correspondía a la que vimos doce horas después, en una espléndida mañana de verano. La oficina de información internacional de la estación nos mandó al Hotel Pálace, el mejor de Praga. Allí nos informaron que hay dos tipos de cambio: el cambio normal, aproximadamente cuatro coronas por dolar, y el cambio turístico, que es el doble. La diferencia consistía en que al cambio turístico nos daban el sesenta por ciento en bonos que sólo podían ser gastados dentro del hotel. Hechas las cuentas, por cuatro dólares podíamos tomar una pieza con baño, teléfono y las tres comidas. La cena fue servida con un excelente vino francés que no se encuentra por ese precio en los restaurantes baratos de París.

A la media noche recorrimos el centro de la ciudad. En los cafés de la avenida Wenseslav un chorro de música que se mezclaba al rumor de la multitud que salía del cine y el teatro. Tomando cerveza en las terrazas abiertas bajo los árboles, esa multitud pensaba en España después de haber asistido a los dos espectáculos que agotaron localidades en la última temporada: "La muerte de un ciclista", la película de Barden, y "Mariana Pineda", el drama de García Lorca.

Un grupo que salió de un cine entró a un cabaret situado en el mismo edificio. Consultamos los precios. La entrada valía cinco coronas y la cerveza cuatro. Era uno de esos cabarets de tipo internacional que durante el verano europeo cuestan una fortuna. Una cantante con un descote en pantalla panorámica cantaba la versión checa de "Siboney".

Pedimos cerveza. Yo tomé la mía lentamente tratando de descubrir un detalle que me permitiera pensar que no estábamos en una ciudad capitalista. Franco sacó a bailar una muchacha de la mesa vecina. Era martes. La clientela no estaba tan bien vestida como lo habría estado en Italia en iguales circunstancias. Era más bien la clase media colombiana en un baile de sábado. Al finalizar la tanda, Franco vino a presentarme su pareja. Hablaban en inglés. La invitamos a sentarse. Ella fue a la mesa vecina a ponerse de acuerdo con sus compañeros de fiesta y volvió a la nuestra con su vaso de cerveza. Yo dije a Franco:

—No encuentro ningún indicio de la diferencia de sistema.

El me hizo caer en la cuenta: los precios. Cuando salí a bailar me advirtió: "Fíjate en la cantante". Yo lo hice mientras bailaba. Era una rubia platinada, muy baja a pesar de los tacones, vestida con un traje de noche azul marino. No descubrí nada especial. Franco insistió:

—Mira la punta de sus pies.

Allí estaba lo que debía ver: las medias de nylon raídas en los dedos.

Yo protesté: no podía partirse un pelo en cuatro para descubrir las fallas de un sistema. En París hay una multitud de hombres y mujeres que duermen en las aceras envueltos en periódicos, aún en invierno, y sin embargo no se ha hecho la revolución. Pero Franco insistió en que era una apreciación importante. "Hay que saber valorar los detalles", dijo. "Para una mujer que se preocupa de su suerte una media raída es una catástrofe nacional". Terminó su cerveza y volvió a la pista.

Bailó dos tandas sin volver a la mesa. Por su manera de bailar pensé que se estaba entendiendo muy bien con su pareja, una muchacha muy delgada, muy fina, con un buen sentido del humor. Desaparecieron largo rato. Cuando volvieron a la mesa comprendí que habían estado bebiendo en el bar porque Franco estaba medio borracho. Tomó una cerveza más. Luego, con la voz enternecida por la borrachera, le propuso a su pareja en el oído que lo acompañara al hotel. Ella se rió, y remedando la ternura de Franco murmuró en su oreja:

—Anda a la otra mesa y pídele permiso a mi marido.

La atmósfera se desarmó. Mas tarde los dos grupos se reunieron. La muchacha contó la anécdota y todo el mundo se rió. A Franco se le bajó la cerveza a los pies pero el marido de la muchacha se encargó de sortear la situación. Propuso que fuéramos a ver el amanecer desde el castillo de la ciudad vieja. Compró dos botellas de vodka polaco y a las tres de la madrugada empezamos a subir por callejuelas empedradas, cantando corridos mexicanos. De pronto la pareja de Franco se sentó en la acera, se quito las medias y las guardó en la cartera.

—Hay que cuidarlas, nos dijo— Las medias de nylon cuestan un dineral.

Dorado de felicidad, Franco me dio un golpe en la espalda. Yo lo comprendía. Era el mismo alborozo que yo experimenté en Niza —la playa más cara de Europa— cuando descubrí que al subir la marea los detritus de la ciudad salen a flote en el agua donde nadan los millonarios.
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