De viaje por los países socialistas






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títuloDe viaje por los países socialistas
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II
BERLÍN ES UN DISPARATE

El único rastro de Europa en Berlín Occidental es la chamuscada catedral con una torre despuntada por las bombas. Los norteamericanos, como los niños, tienen horror de los murciélagos. En lugar de apuntalar los pocos paredones que quedaron en pie después de la guerra y hacer con ellos una ciudad de remiendos, aplicaron un criterio más higiénico y mucho más comercial: borrón y cuenta nueva.

El primer contacto con esa gigantesca operación del capitalismo dentro de los dominios del socialismo me produjo una sensación de varío. Toda la mañana estuvimos buscando la ciudad, dando vueltas dentro de ella sin encontrarla. Es asimétrica, sin pies ni cabeza, pero sobre todo carece todavía de un centro donde se experimente la emoción de haber llegado.

Las extensas zonas sin reconstruir son parques provisionales. Hay calle que parecen transplantadas, en bloque desde Nueva York. En algunas partes la voracidad comercial va más aprisa que la técnica y se han instaladolos grandes negocios un año antes de que se retiren los andamios. Al lado de una pirueta de la arquitectura moderna —un rascacielos que parece una sola ventana de vidrio— hay una aldea de barracas donde almuerzan los albañiles. Una multitud ansiosa, atropellada, circula sobre plataformas de madera, entre la vibración de los taladros, del olor del asfalto hirviendo, de las grúas que evolucionan por encima de las estructuras metálicas y los grandes anuncios de Coca-cola. De esa bulliciosa operación quirúrgica empieza a surgir algo que es todo lo contrario de Europa. Una ciudad resplandeciente, aséptica, donde las cosas tienen el inconveniente de parecer demasiado nuevas.

Se ha dicho que esa es la experiencia arquitectónica más interesante de Europa. Es evidente. Desde un punto de vista técnico Berlín Occidental no es una ciudad si no un laboratorio. Los Estados Unidos llevan la batuta. No tengo datos de la cantidad de dólares invertidos en la reconstrucción ni de la forma en que se han hecho las inversiones. Pero los resultados están a la vista.

Yo creo humildemente que es una ciudad falsa. Los turistas norteamericanos la invaden en verano, se asoman al mundo socialista, y aprovechan la oportunidad para comprar en Berlín Occidental artículos importados de los Estados Unidos que allí son más baratos que en Nueva York. Uno no se explica cómo puede sostenerse un hotel tan bueno como los mejores de los Estados Unidos, con piezas modernas, televisión, cuarto de baño y teléfono por cuatro marcos diarios, es decir, un dólar. En la congestión del tránsito no hay un automóvil que no sea de último modelo. Los anuncios de los almacenes, la propaganda, la carta en los restaurantes, están escritos en inglés. En el territorio de Alemania Occidental hay cinco emisoras donde nunca se ha transmitido una palabra en alemán. Cuando uno advierte todo eso y piensa además que Berlín Occidental es un islote enclavado en la cortina de hierro, que no tiene relaciones comerciales a 500 kilómetros a la redonda, que no es un centro industrial considerable, que el intercambio con el mundo occidental se hace en aviones que aterrizan y decolan en el aeródromo situado en el centro de la ciudad, a un ritmo de un avión cada dos minutos, uno está obligado a pensar que Berlín Occidental es una enorme agencia de propaganda capitalista. Su empuje no corresponde a la realidad económica. En cada detalle se advierte el deliberado propósito de ofrecer una apariencia de prosperidad fabulosa, de desconcertar a la Alemania Oriental que contempla el espectáculo con la boca abierta por el ojo de la cerradura.

El límite oficial entre los dos Berlinés es la puerta de Brandemburgo, donde flota la bandera roja con la hoz y el martillo. A 50 metros hay un letrero alarmante: "Atención, usted va a entrar en el sector soviético". Nosotros llegamos frente a ese letrero al atardecer, después de haber conocido a Berlín Occidental. Por puro instinto, Franco disminuyó la velocidad. Un policía ruso nos hizo señas de detenernos, inspeccionó el automóvil con una mirada enteramente administrativa y luego nos dio la orden de seguir adelante. El paso es tan sencillo como esperar un verde en el semáforo. Pero el cambio se nota. Y es brutal. Entramos directamente a la "Unter Den Linden", la gran gran avenida bajo los tilos, considerada en otra época como una de las más hermosas del mundo. Ahora sólo quedan troncos de columnas ahumadas, portales en el vacío, cimientos cuarteados por el musgo y la hierba. Ni un sólo metro cuadrado ha sido reconstruido.

A medida que se penetra en el Berlín Oriental se comprende que hay más que una diferencia de sistemas, dos mentalidades opuestas a cada lado de la puerta de Brandemburgo. Los escasos bloques intactos del sector oriental tienen todavía los impactos de la artillería. Los almacenes son sórdidos, parapetados detrás de las troneras abiertas por los bombardeos, y con artículos de mal gusto y de una calidad mediocre. Hay calles enteras con edificios desfondados de cuyos pisos superiores, solo queda el cascarón. La gente sigue viviendo apelmazada en los pisos inferiores, sin servicios sanitarios ni agua corriente, y con la ropa puesta a secar en las ventanas como en los vericuetos de Nápoles. De noche, en lugar de los anuncios de publicidad que inundan de colores el Berlín Occidental, del lado oriental sólo brilla la estrella roja. El mérito de esa ciudad sombría es que ella sí corresponde a la realidad económica del país. Salvo, la avenida Stalin.

La réplica socialista al empuje del Berlín Occidental es el colosal mamarracho de Avenida Stalin. Es aplastante, tanto por las dimensiones como por el mal gusto. Una indigestión de todos los estilos que corresponde al criterio arquitectónico de Moscú. La avenida Stalin es una inmensa perspectiva con residencias parecidas a las de los pobres ricos de provincia, pero amontonadas una encima de otra, con incalculables toneladas de mármol, de capiteles con flores, animales y máscaras de piedra y agotadores portales con estatuas griegas falsificadas en cemento armado.

El criterio de quienes concibieron ese esperpento es elemental. La gran avenida de Hitler fue la "Unter Den Linden". La gran avenida del Berlín socialista — más grande, más ancha, mas pesada y más fea— es la avenida Stalin. En Berlín Occidental se construye una ciudad para ricos, los mismos que se dieron cita antes de la guerra en la "Unter Den Linden". La avenida Stalin es la residencia de 11.000 trabajadores. Hay restaurantes, cines, cabarets, teatros, al alcance de todos. Cada uno de ellos es un despilfarro de cursilería: muebles forrados en peluche violeta, alfombras verdes con bordes dorados, y sobre todo, espejos y mármoles por todos lados, hasta en los servicios sanitarios. Ningún obrero en ninguna parte del mundo y por un precio irrisorio vive mejor que en la avenida Stalin. Pero contra los 11.000 privilegiados que allí viven, hay toda una masa amontonada en las buhardillas, que piensa —y lo dice francamente— que con lo que costaron las estatuas, los mármoles, el peluche y los espejos, habría alcanzado para reconstruir decorosamente la ciudad.

Se ha calculado que si estalla una guerra Berlín durará 20 minutos. Pero si no estalla, dentro de cincuenta, cien años, cuando uno de los dos sistemas haya prevalecido sobre el otro, las dos Berlines serán una sola ciudad. Una monstruosa feria comercial hecha con las muestras gratis de los dos sistemas.

Ya en la actualidad —y no solo por su aspecto exterior— Berlín es un disparate. Para apreciar su vida íntima, para mirarla por el revés y descubrir las costuras, hay que meterse al Metro. Una hora antes de suicidarse, ya con los rusos en la puerta de su casa, Hitler dio orden de inundar el Metro para que la gente que se había refugiado en él saliera a pelear a la calle. Por eso es sórdido y húmedo, pero es el medio que utiliza el pueblo de Berlín —la gente pobre de ambos lados— para sacar partido de la sorda contienda que los dos sistemas libran en la superficie. Hay gente que trabaja en un lado y vive en el otro, arreglándoselas de la mejor manera posible para aprovechar lo mejor de cada sistema. En ciertos sectores basta con atravesar la calle. Una acera es socialista. La otra es capitalista. En la primera, las casas, los almacenes, los restaurantes pertenecen al estado. En la segunda son de propiedad privada. En teoría, quien vive en una acera y atraviesa la calle para comprar un par de zapatos, comete por lo menos tres delitos de cada lado.

Pero en Berlín todas las disposiciones son teóricas. Hay acuerdos muy precisos para impedir la especulación, la fuga de capitales, la desmoralización de los sistemas. En principio no se puede gastar en un lado y devengar en el otro. Cada operación comercial debe estar precedida de una justificación de la fuente de ingresos. Pero en la práctica las autoridades se hacen de la vista gorda. Lo único que interesa son las apariencias. El pueblo de Berlín, que podía pasar de lado a lado caminando por la calle, respeta las reglas del juego y pasa por el Metro, por donde todo el mundo sabe que se pasa, pero se ignora oficialmente.

La prueba más escandalosa de esa encarnizada batalla se nos ofreció en el momento de comprar marcos orientales en un Banco de Berlín Occidental. Nos hicieron la liquidación a 17 marcos orientales por dólar. Franco creyó honestamente que el funcionario estaba equivocado: el cambio oficial es de 2 marcos por dólar. Pero el funcionario nos explicó que el curso normal no se tenía en cuenta en Berlín Occidental, cuyos bancos —a la vista de todo mundo y en una operación perfectamente legal— dan 17 marcos orientales por dólar. Casi ocho veces más del cambio oficial. En teoría era una operación inútil. Nosotros no podríamos comprar nada en Alemania Oriental sin demostrar que el dinero había sido devengado en el país. Pero nada más que en teoría. Con veinte dólares cambiados en Berlín Occidental recorrimos de arriba abajo la Alemania Oriental. Hechas las cuentas, una pieza en el mejor hotel, con baño, radio, teléfono y desayuno en la cama, nos costaba 75 centavos colombianos. Un almuerzo completo en los mejores restaurantes, veinte centavos colombianos, incluido el servicio, las estatuas, los espejos y la música de Strauss.

Quienes no tienen las claves de esa ciudad donde nada es completamente cierto, donde nadie sabe muy bien a qué atenerse y los actos más simples de la vida cotidiana tienen algo de juego de manos, viven en un estado de ansiedad permanente. Se sienten sentados en un barril de pólvora. Parece que nadie tuviera la conciencia tranquila. Una noticia que en París se interpreta como una nueva necedad de los cancilleres repercute en Berlín con el estruendo de un cañonazo. El estallido de una llanta puede ocasionar un pánico.

Leipzig es otra cosa. Después de cuatro horas de automóvil a través de una retorcida alameda, entramos a Leipzig por una calle angosta y solitaria, apenas con espacio para los rieles del tranvía. Eran las 10 de la noche y empezaba a llover. Las paredes de ladrillos sin ventanas, las bombillas tristes del alumbrado público me recordaban las madrugadas bogotanas en los barrios del sur.

En el centro, la ciudad disfrutaba de una paz sospechosa, La iluminación era tan escasa como en los suburbios. La única señal de vida eran los anuncios en neón en los bares del estado — "H.O."— con muy poca clientela civil y algunos soldados. Después de buscar inútilmente un restaurante abierto —un "Mitropa"— nos decidimos por un hotel. El personal de la administración solo hablaba alemán y ruso. Era el mejor hotel de Leipzig montado sobre los mismos conceptos de la decoración de la avenida Stalin. En el mostrador, una exhibición de todos los periódicos comunistas del occidente recibidos por avión. Una orquesta de violines tocaba un valse nostálgico en el bar iluminado con arañas de vidrio, pesadas y declamatorias, donde la clientela consumía en silencio champaña sin helar con un aire de distinción lúgubre. Las mujeres otoñales, lívidas de polvo de talco, llevaban sombreros pasados de moda. La música flotaba en un perfume intenso.

Un grupo de hombres y mujeres en uniformes de caza, impecables en sus largas chaquetas rojas, con gorras negras y botas de montar, tomaba té con galletitas en un rincón de la sala. Sólo faltaban los enormes perros blancos manchados de negro para que aquel grupo pareciera descolgado de una litografía inspirada en lo más revenido de la aristocracia inglesa. Nosotros —en blue Jeans y mangas de camisa, todavía sin lavarnos el polvo de la carretera— constituíamos el único indicio de la democracia popular.

Nosotros habíamos ido a ver. Pero después de 24 horas en Leipzig ya no se trataba simplemente de ver sino de entender. Quince días antes —como un truco de la casualidad— habíamos estado en Heildelberg, la ciudad estudiantil de Alemania Occidental, impresionante como ninguna otra en Europa por su diafanidad y su optimismo. Leipzig es también una ciudad universitaria, pero una ciudad triste, con viejos tranvías atestados de gente desarrapada y deprimida. No creo que haya más de veinte automóviles para medio millón de habitantes. Para nosotros era incomprensible que el pueblo de Alemania Oriental se hubiera tomado el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones, y sin embargo fuera un pueblo triste, el pueblo más triste que yo había visto jamás.

Los domingos, la multitud se vuelca en los jardines de diversión donde se toca música de baile, se toman bebidas gaseosas y se pasa en fin una tarde agotadora por un precio muy reducido. En la pista de baile no cabe ni un alfiler, pero las parejas apelmazadas, casi inmóviles, tienen el mismo aire de disgusto de la multitud enlatada en los tranvías. El servicio es lento y hay que hacer colas de media hora para comprar el pan, los billetes del tren o las entradas a un cine. Nosotros necesitamos dos horas, en un jardín de diversión donde había que abrirse paso con los codos por entre los enamorados y los viejos matrimonios con sus niños, para comprar una limonada. Una organización como esa, férrea pero ineficaz, es lo más parecido a la anarquía.

No podíamos entender. Aquello era como haber ido al cine por matar al tiempo y haberse encontrado con una película de locos, sin pies ni cabeza, con un argumento hecho exclusivamente para desconcertar. Porque es por lo menos desconcertante que en el mundo nuevo, en pleno centro de la revolución, todas las cosas parezcan anticuadas, revenidas, decrépitas.

Franco y yo nos habíamos olvidado de Jacqueline. Todo el día anduvo detrás de nosotros, rezagada, observando sin interés las polvorientas vitrinas donde se exhiben a precios escandalosos artículos de pacotilla. Al almuerzo dio muestras de vida: protestó por la falta de Coca-cola. Por la noche, en el restaurante de la estación, después de una hora de espera, sofocados por el humo, por el olor, por la música de la orquesta que le entraba a la clientela por un oído y le salía por el otro, Jacqueline se exasperó:

—Este es un país atroz, dijo.

Franco estuvo completamente de acuerdo. Al día siguiente muy temprano salió a buscar explicaciones. Recordó que en Leipzig funciona la Universidad Marx-Lenin, donde estudian marxismo muchachos venidos de todo el mundo. Es un ambiente de paz y meditación, con discretos edificios entre árboles, lo más parecido a un seminario católico. Tuve la suerte y el placer de encontrar allí un grupo de estudiantes suramericanos. Gracias a ellos, nuestras observaciones —que hubieran podido ser subjetivas— se afirmaron sobre bases concretas. Y gracias también, naturalmente, a la terrible fiestecita que tuvimos esa noche en casa de Herr Wolf.

III
LOS EXPROPIADOS SE REÚNEN PARA CONTARSE SUS PENAS. . .

Herr Hermann Wolf nos cayó en circunstancias imprevistas. Después de comida Jacqueline se fue al hotel. Franco y yo continuamos con un estudiante chileno que en adelante se llamará Sergio, con la advertencia de que es un nombre falso. Es un hombre de 32 años, abogado, con una beca de la Alemania Oriental para una especialización en economía política. Hace dos años salió clandestinamente de su país. Desde entonces está en Leipzig.

A las once, la ciudad dormía. Sergio nos llevó a un cabaret del estado, — "Femina"—, el único sitio de diversión abierto hasta las dos de la madrugada. Yo creía haber visto ese lugar en otra parte, hasta cuando Franco me recordó que en realidad no lo había visto: lo había leído en alguna novela existencialista. La iluminación indirecta, cárdena sobre paredes negras, acentuaba el ambiente espectral y los motivos superrealistas pegados en el muro. Al fondo de un salón con mesas para cuatro, estaba la pista de baile, circular, y después la plataforma de la orquesta en un trópico de cartón piedra. Tocaban un mambo.

Ocupamos una mesa cerca a la pista. Un mozo de frac, ceremonioso y de maneras equívocas, se entendió con Sergio en alemán. El ambiente estaba para opio pero pedimos cognac. Mientras tanto, Franco pasó al salón del fondo en busca de los servicios sanitarios. Cuando regresó a la mesa Sergio bailaba un swing con una muchacha de la mesa vecina. Yo empezaba a aburrirme.

—Anda al sanitario, dijo Franco. Aquello es sensacional.

Yo pasé el salón del fondo. Había tres puertas marcadas: W.C. En la puerta del centro, reservada a las operaciones mayores, estaba lo que debía ver: un taxímetro conectado a la cerradura. Una mujer instalada en un escritorio esperaba la salida del cliente. El taxímetro marcaba 30 pfennig. Cuando el cliente salió puso los 30 pfennig en el platillo del escritorio y agregó una propina para la mujer.

Al regreso me di cuenta de que el salón del fondo se prolongaba hacia la derecha en una laberíntica mezcolanza de la Divina Comedia y Salvador Dalí. Hombres y mujeres postrados de la borrachera protagonizaban escenas de amor, lentas y sin imaginación. Era gente joven. Yo no había visto nada igual en Saint Germain-des-Pres donde el existencialismo es un dispositivo que se monta en verano para los turistas. Hay más autenticidad en los bares de Via Margutta, en Roma, pero con menos amargura. No era un burdel, pues la prostitución está prohibida y severamente castigada en los países socialistas. Era un establecimiento del estado. Pero desde un punto de vista social era algo peor que un burdel.

Al extremo del laberinto, iluminado con candelabros entre cortinas negras, el amor continuaba en un bar reservado. Algunos hombres solos bebían cognac. Otros dormían con la cabeza apoyada en el bar. Yo ocupé un taburete y pedí un cognac. Franco llegó en el instante en que uno de los hombres golpeó contra el mostrador la copa empuñada. Se hizo añicos. El hombre ni siquiera se miró la mano ensangrentada. Indiferente a la furiosa parrafada que le soltó la encargada del bar, sacó un pañuelo y lo empuñó en la mano herida. Con la otra tiró sobre el mostrador un rollo de billetes, sin contarlos, sin pronunciar una palabra.

—Qué horror, murmuró Franco. Nunca había visto gente tan desesperada.

Yo no sentía horror. Sentía lástima. Volví a la pista de baile dispuesto a irme al hotel. Pero la muchacha que había bailado con Sergio estaba sola en nuestra mesa. La invité a bailar. Sergio bailaba con una rubia inquietante, mucho mas alta que él. El contacto con mi pareja producía una impresión desapacible. "Esta vieja no tiene huesos", le dije a Sergio al pasar. El soltó una carcajada.

—Exacto, dijo. Es contorsionista en un circo.

Debió traducirle el diálogo a la rubia porque ella rió a su vez. En su risa me di cuenta de que no era nada sofisticada y mucho más joven de lo que me pareció a primera vista. Yo volví a la mesa. Franco conversaba con el mesero de frac. Invitó a bailar a la contorsionista y antes de levantarse me dijo en francés, para que no entendiera el mesero:

—Este tipo tiene deseo de contar todo.

Hablaba italiano. Su compostura, sus ademanes de prestidigitador, todo se fue al diablo cuando le dije que era periodista de Colombia, América del Sur, interesado en la situación de las democracias populares. Empezó por decirme que había aprendido el italiano en un campo de concentración. Después se descosió la pechera acartonada y sin solución de continuidad me ordenó: "Toque esta camisa". Yo la toqué: era de tela burda. "Pues bien —siguió diciéndome— esta camisa me cuesta el sueldo de un mes". En una especie de gozosa liberación siguió haciéndome un inventario de todo lo que llevaba encima, Por último se quitó el zapato para mostrarme la media rota en el talón.

—De acuerdo, le dije. Pero la comida es más barata que en occidente.

El se encogió de hombros. "La comida no es todo", explicó. Se abrió de brazos en una actitud meridional y exclamó:

—En el campo de concentración comía mal pero era más feliz que aquí.

Franco volvió a la mesa sin la contorsionista. Terminada la tanda Sergio vino a decirnos que la rubia nos invitaba a terminar la fiesta en casa de sus amigos. Eran dos mujeres más y un hombre. Pasamos a su mesa. Sergio hizo las presentaciones. Primero las mujeres. Luego el hombre, un alemán de 45 años, sin nada de particular, salvo la espontaneidad de su sonrisa. Ese era Herr Wolf.

Me pareció un grupo de gente sana, simple, muy diferente del resto de la clientela. La mujer mayor era la esposa de Herr Wolf. Las otras dos, la rubia y una morena de 17 años, eran estudiantes de educación física. La explicación de que esa familia saludable se encontrara en aquel podridero la conocí después. En Alemania Oriental hay una categoría social parasitaria: los expropiados. Son los burgueses de los tiempos de Hitler cuyos bienes han sido nacionalizados previa indemnización. Muy pocos aceptaron el puesto que el gobierno les ofreció en sus antiguos negocios. Prefirieron vivir de sus rentas en la esperanza de que se caiga el régimen. El gobierno ha fundado hoteles, bares y restaurantes de lujo para las delegaciones extranjeras y los funcionarios oficiales, donde las cosas cuestan un ojo de la cara. Como son sitios muy caros para el pueblo, sólo los expropiados pueden frecuentarlos, y el gobierno está encantado porque es una manera de recobrar el dinero de las indemnizaciones. Los expropiados se reúnen a contarse sus penas, a cuchichear contra el gobierno, a rascarse unos a otros como los burros y a devolver la plata al estado a cambio de una noche de valses tristes y de champaña sin hielo. Uno de esos sitios era nuestro hotel.

Pero las indemnizaciones no son hereditarias. Los expropiados tienen hijos, parásitos adolescentes que ayudan a los viejos a gastarse la plata mientras están vivos. Es una generación ignorante, sin perspectivas, sin ningún gusto por la vida, criada en un ambiente de resentimientos, en la evocación diaria de un pasado esplendoroso. Detestan los valses tristes y consideran que la champaña tiene muy poco alcohol. Para desconectarlos de la sociedad, el estado creó esos cabarets donde se saca el dinero hasta en los servicios sanitarios, una especie de campo de concentracion donde los hijos de los expropiados se encierran a podrirse vivos.

Herr Wolf no pertenece a esa clase. En su juventud tuvo un almacén de discos. Fue oficial de comunicaciones en la guerra. Ahora trabaja en un taller de artículos eléctricos y su mujer es responsable de un internado de señoritas. Viven en un entresuelo de dos cuartos, cocina eléctrica y nevera, pero sin servicio sanitario, en el mismo edificio del internado. Los domingos, Herr Wolf se pone un vestido de campesino típico, baja las escaleres saltando deportivamente y se va a cultivar remolachas en el huerto. A su esposa —que es más que alegre, alegrona— le gusta la fiesta. Un sábado de cada mes Herr Wolf la lleva a bailar. Si alguna de las muchachas del internado se ha quedado sin programa se la llevan consigo. Esa noche se llevaron a dos. Como el único lugar abierto hasta la madrugada era el cabaret "Femina", allá fueron a parar, sin que nadie pensara en el peligro de la contaminación.

Sergio se había hecho pasar por periodista. Los estudiantes extranjeros prefieren conservar el incógnito para no tropezar con la gente que detesta al gobierno. Cuando la rubia le dijo a Herr Wolf que todos éramos periodistas extranjeros, él se sintió seguro, olfateó la ocasión de desahogarse contra el gobierno, y nos invitó a que fuéramos a terminar la fiesta en su casa.
Herr Wolf no es un conspirador. Es un buen ciudadano que se da cuenta de las cosas y las interpreta con buen humor. Desde la primera botella de cognac empezó a burlarse de la situación. Su esposa nos preparó un café imposible con sabor de chicoria. "Está preparado de mala fe", dije yo, para provocar a Herr Wolf. "Me perdonan", replicó él muerto de risa. "Esa porquería es lo único que se encuentra en Alemania". Yo sabía que era cierto. Desde nuestra llegada a Leipzig habíamos renunciado al café.

El radio trasmitía un programa de música bailable y después de cada tanda un boletín oficial. Herr Wolf lo apagaba mientras pasaba el boletín. "No hablan sino de esa asquerosa política", decía, y Sergio nos confirmaba: era propaganda del régimen. A las tres de la madrugada se transmitió el último despacho y la estación se despidió con el himno nacional. Entonces yo sugerí que buscáramos una estación extranjera para seguir bailando. Herr Wolf resplandeció de felicidad. En la onda de las estaciones extranjeras sólo se escuchaba un ruido agudo e intermitente como las conversaciones del pato Donald. Yo lo comprobé con mis propias manos: las estaciones del exterior estaban intervenidas.

No era incomprensible que Herr Wolf detestara el régimen. Lo alarmante era que las dos muchachas que no conocían otra cosa, que eran educadas por el estado con un sueldo y la promesa de un porvenir seguro, eran tan intransigentes como Herr Wolf. Se sentían avengozadas por la calidad de sus trajes, deseaban saber algo de París, donde se leen novelas de todo el mundo y el nylon es un producto popular. Franco les dijo que era cierto, pero les recordó que los estudiantes no tienen sueldo en los países capitalistas. Eso no les importaba. La respuesta de ellas, de la mayoría de los estudiantes que conocimos e inclusive de los estudiantes de marxismo de la Universidad Marx-Lenin, fue aproximadamente la misma:

—Que no nos paguen nada pero que nos dejen decir lo que nos da la gana.

Sorprendido por esa subversión unánime yo recordé que las ultimas elecciones habían dado un resultado del 92 % favorable al gobierno. Herr Wolf, muerto de risa y dándose golpes de pecho, manifestó:

—Yo voté por el gobierno.

Las elecciones fueron libres. Pero hubo un jurado de votación en cada cuadra con la lista completa de los vecinos. Herr bajó a votar a las 10 de la mañana. "De todos modos —nos explicó— un policía hubiera venido a las tres de la tarde a recordarme mis deberes de ciudadano". El voto es secreto, pero Herr Wolf prefirió votar por el gobierno para evitar complicaciones.

Yo le grité a Sergio:

—Dile a Herr Wolf que yo digo que él es un cobarde.

Herr Wolf se rió. "Eso dicen todos los extranjeros", replicó. "Yo quisiera verlos aquí en un día de elecciones". Tal vez nadie podía entenderlo mejor que un colombiano. El orden público en Alemania Oriental se parece mucho al de Colombia en los tiempos de la persecución política. La población tiene terror a la policía. En Weimar Franco detuvo el automóvil frente a un agente para que dos muchachas alemanas que nos acompañaban le preguntaran una dirección. Ellas se negaron. Preferían preguntárselo a cualquiera que no fuera un policía.

Al amanecer, cuando todos estábamos medio borrachos y Herr Wolf no cuidaba el volumen de sus palabras, sonó el timbre de la puerta. Fue un momento dramático. Por primera vez vi serio a Herr Wolf, que ordenó silencio y murmuró: "¡La policía!". Las dos muchachas saltaron hacia el dormitorio. Nosotros asumimos una actitud de suecos mientras la esposa de Herr Wolf fue a abrir la puerta. Era el agente del periódico oficial que llevaba la edición de ese día y solicitaba el pago de la suscripción mensual. La suscripción no es obligatoria, pero todos los meses el agente llama a la puerta para preguntar gentilmente si quieren renovarla. Nadie dice que no. La mujer de Herr Wolf, todavía temblorosa, tiró el periódico sobre la mesa y confesó que en dos años de suscripción no habían leído ni los titulares.

Esa mañana, desayunando en el restaurante de la estación, Franco tuvo un ligero altercado con Sergio. Lo acusó de no haberse enfrentado a Herr Wolf. Sergio es comunista. Franco opinaba que los estudiantes debían asumir una actitud enérgica frente a los elementos subversivos. Completamente sereno, con un acento de sincera pesadumbre, Sergio exclamó:

—Todo lo que Herr Wolf ha dicho es la verdad.

No sólo Sergio sino un apreciable número de estudiantes de la Universidad son de la misma opinión. Consideran que en Alemania Oriental no hay socialismo. No es una dictadura del proletariado sino de un grupo comunista que ha tratado de seguir al pié de la letra las experiencias soviéticas, sin tomar en cuenta las circunstancias especiales del país. Hitler eliminó los buenos comunistas. Los sobrevivientes, que vieron a tiempo los errores del gobierno actual, fueron eliminados por el grupo dominante. La juventud marxista está convencida de que la realidad no corresponde a la doctrina pero no se aventura a los riesgos de una rectificación.

Los obreros están bien pero carecen de conciencia política. Hacen consideraciones absolutas y no entienden por qué el gobierno les dice que el proletariado está en el poder y tienen que trabajar como burros para comprar un vestido que les cuesta el sueldo de un mes. En cambio los obreros de la Alemania Occidental, que son explotados, tienen más confort, mejor ropa y derecho de huelga. El pueblo no se resigna a llevar la carga para que las generaciones futuras vivan mejor. Nadie trabaja con entusiasmo: la industria de confecciones, sin el estímulo de la competencia, fabrica unos horribles vestidos de espantapájaros. Como no hay patrones, como nadie los despide, como no entienden qué significa el socialismo sin zapatos, los encargados del servicio se cruzan de brazos, mientras los clientes esperan y no les importa que hagan cola toda la tarde de un domingo para tomarse una limonada. Desde los ministerios hasta las cocinas hay un complejo embrollo burocrático que sólo un régimen popular podría desenredar.

El arma legal sería la huelga. Pero el derecho de huelga no existe porque el régimen es dogmático: dicen que es un disparate que estando el proletariado en el poder los proletarios hagan huelga para protestar contra si mismos. Es un sofisma. "La revolución —nos decían los estudiantes marxistas— no se ha hecho en Alemania. La trajeron de la Unión Soviética en un baúl y la pusieron aquí sin contar con el pueblo".

El pueblo no ve el desarrollo de la industria pesada, le importa un pito los huevos fritos al desayuno y lo único nuevo que ve es que Alemania está partida en dos y hay soldados rusos con ametralladoras. Los habitantes de Alemania Occidental ven exactamente lo mismo: el país dividido y soldados americanos en automóviles de último modelo. Ninguno de los dos protesta porque saben que perdieron la guerra y por el momento tienen la cabeza bajo el ala. Pero en secreto todos saben lo que quieren, antes de hablar de socialismo o de capitalismo: la unificación de Alemania y la evacuación de las tropas extranjeras.

Yo creo que en el fondo de todo hay una pérdida absoluta de la sensibilidad humana. La preocupación por la masa no deja ver al individuo. Y eso, que es válido con respecto a los alemanes, es válido también con respecto a los soldados rusos. En Weimar la gente no se resigna a que un soldado ruso con ametralladora guarde el orden en la estación del ferrocarril. Pero nadie piensa en el pobre soldado. Precisamente en Weimar pasamos una noche por un parque cerrado del cual salían las notas de una marcha militar. Era una fiesta en el casino de los oficiales rusos. Nos invitaron a entrar, por señas, y allí adentro encontramos un ambiente cordial, saludable, un poco campechano. La pista de baile, hecha de barro amasado, estaba rodeada de grandes retratos en colores de los jerarcas soviéticos. La orquesta militar inició una pieza anticuada, muy parecida al charleston, que los oficiales con sus mujeres bailaban a saltitos. Uno de ellos, agobiado de condecoraciones, sacó a bailar a Jacqueline. Una matrona evangélica vestida de campesina ucraniana se acercó a Franco y con una graciosa reverencia, los grandes volantes de la falda sostenidos con la punta de los dedos, lo invitó a bailar. Yo hice lo mismo con la esposa de otro oficial. Había en la pista un entusiasmo violento, demasiado saludable, que nosotros tratábamos de digerir a la fuerza.

En medio de aquella nostálgica evocación de la tierra natal, dos soldados bailaban juntos, medio dormidos por una borrachera boba.

Cuando fui a sentar mi pareja, Sergio hablaba con un oficial que sabía un poco de alemán. Dijo que nos envidiaba porque Íbamos para Moscú. Debió traducir la noticia al ruso, porque un grupo de oficiales con sus mujeres se acercaron a nosotros como para ver de cerca esos privilegiados en viaje hacia la Unión Soviética. Siguieron conversando con Sergio a través del militar que hablaba alemán. Algunos de ellos, decían, llevaban dos años de gestiones para ser removidos de Alemania, donde vivían como parásitos, sin hacer nada, rodeados de fotografías de paisajes rusos y añorando el momento de regresar a su país.

La conversación fue interrumpida por Jacqueline, quien buscaba un intérprete para saber qué había querido decirle su oficial durante el baile. Ruborizado hasta las orejas, el oficial repitió la frase en ruso. El militar que sabía alemán se la tradujo a Sergio, éste la repitió en español y Franco se la hizo llegar a Jacqueline en francés. Todo el mundo soltó la carcajada. Era una declaración de amor. Al darse cuenta de que la concurrencia había comprendido, el oficial se puso a saltar como un niño, muerto de risa y con la nariz atomatada:

—Si lo sabe mi mujer me mata, gritaba. Que no lo sepa mi mujer.

Esos son los militares rusos. Se aburren como ostras en un país cuya lengua ignoran, donde saben que se les detesta. Se les ve aparecer con una cara de cemento armado, impresionantes, hasta cuando uno descubre que su aspecto feroz es pura timidez. Particularmente los soldados son montaraces, cimarrones, buenotes, sacados a lazo de las remotas aldeas soviéticas. No es mentira: cuando entraron a Berlín despedazaban los lavamanos porque creían que eran instrumentos de guerra. Algunos de esos están todavía en Alemania, sin mujeres, emborrachándose solos y bailando unos con otros en los casinos. Esa costumbre de bailar dos hombres, que es corriente en la Unión Soviética, es en Alemania Oriental una necesidad impuesta por el medio.

Nosotros los encontrábamos en parejas, merodeando en torno a las muchachas que se detenían a ver las vitrinas después del cine. Se les hace la boca agua pero no se atreven a acercarse porque saben que las muchachas los reciben con dos piedras en la mano. Hasta las escasas prostitutas clandestinas los evitan por temor de ser denunciadas. Hace un año, en Weimar, dos de esos soldados no soportaron más. Después de haber bebido y bailado toda la noche en una fiesta de hombres solos, salieron a la calle y violaron la primera mujer que encontraron a la mano. El guayabo fue atroz: para escarmiento de la tropa fueron fusilados en presencia de sus compañeros.
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