De viaje por los países socialistas






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Todo hombre con zapatos amarillos, fue linchado.
Es increíble pero cierto: Janos Kadar está haciendo el mismo juego que hace cinco años criticó violentamente al régimen Kakoszi. Esa es la contradicción en que lo han colocado las circunstancias y debe ser esa su amargura. En 1952 —cuando el nivel de vida había subido en un 50 % en relación a los años anteriores a la guerra— los codiciosos y atolondrados dirigentes de la época, entusiasmados con el éxito del primer plan quinquenal, decidieron forzar la maquinaria del socialismo y realizar en tres años el segundo plan quinquenal. Se impusieron gravámenes imposibles a los campesinos para hacer enormes inversiones en la industria. Se decretó la colectivización forzosa de la tierra. La maquinaria agrícola se paralizó en los campos porque la mano de obra especializada fue requerida por el colosal estómago de la industria. En un año la población obrera de Budapest aumento en un 8 %, pero el gobierno no había previsto ese aumento, de manera que no pudo resolver el problema inminente: la superpoblación y la escasez de viviendas. La producción de artículos de consumo fue descuidada en beneficio de la industria pesada. Los obreros que habían apoyado con entusiasmo el primer plan quinquenal, asfixiados por la situación, amontonados en un cuarto, sin ropa, sin zapatos y con una conciencia política que el mismo régimen les había inculcado, empezaron a reventar. Dos miembros del partido comunista comprendieron la gravedad de la situación y dieron la voz de alarma. Uno era un dirigente político: Imred Nagy. El otro era de la base, hijo de un modesto obrero y él mismo obrero especializado en el montaje de maquinaria pesada, veterano de la resistencia, autodidacta, doctrinario, aficionado a los crucigramas e intérprete de canciones populares en las fiestas de sus amigos: Janos Kadar. Ellos dijeron que el gobierno de Rakoszi estaba haciendo un disparate y el régimen no les respondió con un discurso sino con un hecho concreto: los mandó a la cárcel. El círculo se cerró: Los intelectuales marxistas proclamaron las mismas ideas de Nagy y de Kadar y corrieron la misma suerte. Los estudiantes fueron amenazados con la pérdida de sus derechos. Los obreros que trataron de protestar fueron denunciados por sus compañeros comunistas, expulsados y conducidos a prisión. La policía política impuso el orden por el terror. En el exterior, la emisora "Europa libre" prometía un paraíso que el pueblo húngaro desesperado tomó al pie de la letra. Solapados, al acecho, los viejos terratenientes en sus residencias otoñales, el cardenal Miszensky en la cárcel, la poderosa reacción húngara infiltrada por todas partes esperó el momento de saltar al cuello de sus enemigos. El 28 de octubre de 1956 había tantos obreros en las cárceles como en las fábricas. Estimulados por la valiente voltereta de Polonia, un grupo de estudiantes de Budapest organizó un homenaje al poeta nacionalista Pitofi y aprovechó la oportunidad para pedir la reforma de la cátedra del marxismo y de la enseñanza del ruso, el retiro de las tropas soviéticas, la revisión del pacto de Varsovia, la reversión de las minas de uranio de Hungría que son explotadas por la U.R.S.S., la pluralidad de los partidos políticos, la abolición de la estrella roja de la bandera, el escudo y los edificios públicos y la eliminación de la policía política. Eran las 11.25 de una espléndida mañana del perfumado otoño de Budapest.

La gente salió a la calle pidiendo a gritos que se fueran las tropas soviéticas y las tropas soviéticas se fueron. Las cárceles fueron abiertas para liberar las víctimas de la represión y con ellos salieron los delincuentes comunes. Por la frontera austríaca salieron 100.000 húngaros. Gente honesta, trabajadores asfixiados, adolescentes seducidos por la promesa de la radio "Europa libre", pero también todos, absolutamente todos los delincuentes comunes.
Un funcionario comunsita me dijo: su reportaje nos perjudica. Pero tal vez nos sirva!
La acción violenta se orientó en primer término contra la policía política. La policía ordinaria, de vigilancia y de tránsito —húngaros comunes y corrientes empleados de policías— abrieron sus cuarteles y repartieron sus armas entre la multitud. El resto lo suministraron los soldados. Las tropas soviéticas, que habían convivido con los húngaros de la calle en ocho años de ocupación, de comprensión de sus problemas humanos, les dejaron muchas armas e incluso dos tanques antes de retirarse de Budapest. La policía política fue ejecutada. Pocos meses antes la policía secreta había liquidado la producción de calzado de un tipo y una calidad especiales. Eran zapatos amarillos. Entre la multitud insurrecta corrió el rumor de que todos los que llevaban zapatos amarillos eran detectives. Se despecharon por la derecha: ejecutaron a todo el que llevaba zapatos amarillos y en esa forma liquidaron al 42 % de la policía secreta.

Los almacenes fueron saqueados y el pueblo se vistió con ropa nueva y organizó suculentas comilonas en la calle. Era una cuestión de apetitos atrasados que un partido comunista sano hubiera podido capitalizar. Pero en la práctica el partido comunista no existía. Los militantes honestos estaban en la cárcel. Los otros, hastiados de dogmatismo, de sectarismo, de persecuciones internas, se sumaron a la insurrección. Otros —como el padre de María Tardos—manifestaron que se habían afiliado al partido por conveniencia. Una minoría se encerraron en su casa hasta cuando volvieron las tropas soviéticas y lucharon con ellas hombro a hombro. Esos constituyen ahora el mejor soporte de Kadar. Algunos comunistas sinceros pero engañados se quedaron con la boca abierta. "El gobierno nos había convencido —me decía uno de ellos—de que el pueblo estaba con nosotros y en octubre nos dimos cuenta de que no era cierto". Un militante comunista que ahora ocupa una posición destacada me explicó por qué no salió a defender el régimen: "Mi mamá estaba muy asustada y no me dejó salir a la calle".

El pueblo no estaba definitivamente contra el socialismo sino contra el régimen de opresión. Por eso, con una buena memoria asombrosa, llamó al poder a Imred Nagy. En su gabinete figuró Janos Kadar, quien en la noche del 1º de noviembre dirigió a los insurrectos un discurso que es inolvidable a pesar de que ahora el mismo Kadar ha querido olvidar.

En ese instante, la reacción —más fuerte, más identificada en sus intereses, con más experiencia política que el partido comunista— había capitalizado el movimiento. Budapest era un caos. La frontera austríaca estaba abierta. El régimen de Nagy perdió el control de la situación y en un discurso atolondrado pidió el auxilio de occidente para sostenerse en el poder. En dos días se constituyeron 14 partidos políticos, entre ellos uno desaparecido desde los tiempos de Horty. Una asociación de boy-scouts se creyó con suficiente autoridad para solicitar un ministerio. El cardenal Miszensky pidió la restitución de las tierras expropiadas a la Iglesia y los antiguos terratenientes se prepararon a recobrar las suyas a mano armada. Convencido de que ya no tenía autoridad, de que la insurrección había sido canalizada por la reacción y de que él mismo sería expulsado del gobierno, Imred Nagy hizo una maniobra desconocida hasta ahora en occidente y que conozco de fuente oficial húngara: se reunió con sus amigos políticos en su residencia de Budapest y fundó el partido comunista clandestino con un programa de oposición que empezaría a aplicarse desde la mañana siguiente. Janos Kadar estaba en esa reunión. Su decisión irreflexiva, atropellada, fue un golpe de estado: se separó de Nagy, organizó el partido obrero campesino con 17 miembros y llamó por teléfono a la embajada soviética. Tuvo que insistir dos veces: el embajador no quería pasar al teléfono porque estaba en la cama con un resfriado.

De cada cien obreros, diez llevan ametralladoras.
El problema es sacar a Kadar del atolladero. Es seguro que tanto él como la Unión Soviética aprovecharían la oportunidad de una retirada decorosa. Pero el occidente no ha propuesto una fórmula que les permita salvar la cara y es el pueblo húngaro quien está pagando las consecuencias. El país está en una situación desesperada. Hungría no tiene una industria independiente. Ellos importan el hierro, fabrican la maquinaria y la exportan para ganarse las divisas. Las minas de uranio continúan en poder de la Unión Soviética. "Nosotros no podemos hacer nada", se nos dijo. "Hungría no tiene capital suficiente para explotar esas minas". Todo el peso de la reconstrucción reposa sobre los campesinos y la Unión Soviética tiene demasiados problemas internos para enderezar a Hungría.

La primera medida del régimen de Kadar fue un alza general de salarios. Durante cinco meses esos salarios fueron pagados a pesar de que todas las fuerzas de producción del país estaban paralizadas. Ahora empieza a moverse, pero los salarios no corresponden a la realidad económica, el gobierno no se atreve a reducirlos de nuevo y los obreros no creen en la reconstrucción. la desconfianza reina en las fábricas. Los trabajadores sabotean la economía. El partido comunista —que antes de octubre tenía 800.000 miembros— está reducido a 350.000. El régimen sostiene el orden a través de los trabajadores de confianza y cada uno de ellos está recibiendo un fusil-ametralladora para que defienda el poder. Pero aún en esa repartición de armas se advierte la desconfianza. Es imposible saber si muchos de esos trabajadores no volverán a utilizar las armas contra el régimen. En una fábrica de Budapest que visitamos dos días antes de abandonar el país hay 200 obreros. Veinte de ellos son miembros del partido. El gobierno sólo se ha atrevido a armar a siete. Esa es la proporción de la confianza.

Como es difícil establecer quién está con quién, qué piensa cada cual del régimen; como la falla principal de un régimen que se dice popular es que no tiene nada de popular, el gobierno confía —y lo pide en proclamas, discursos y folletos— que los ciudadanos adictos al gobierno denuncien a la oposición clandestina. El ambiente creado por ese sistema de delación de espionaje, de emboscada psicológica, es sencillamente monstruoso. En Budapest nadie tiene confianza de nadie. La semilla está en la Universidad. Antes de octubre la juventud comunista tenía 750.000 miembros. Ahora tiene 150.000. La minoría gobiernista tiene poder para denunciar a quienes se oponen al régimen. La cátedra de marxismo, que había sido abolida, fue restablecida hace dos meses. Un grupo de estudiantes marxistas, que siguen siendo marxistas pero que están contra Kadar, nos explicaban en esta forma la razón de su inconformidad. "Nosotros somos marxistas porque hemos estudiado por nuestra propia cuenta. Participamos en la revuelta de octubre porque una cosa es el marxismo y otra cosa es la ocupación rusa y el régimen de terror de Rakoszi. Las clases de la Universidad no tienen nada que ver con el marxismo: el texto oficial es la historia del partido comunista soviético".

Kadar no sabe qué hacer. Desde el momento en que hizo su precipitada llamada a las tropas soviéticas, comprometido hasta los tuétanos con una patata caliente entre las manos, tuvo que renunciar a sus convicciones para salir adelante. Pero las circunstancias lo empujan hacia atrás. Se embrolló en la campaña contra Nagy a quien acusó de vendido al occidente porque es la única manera de justificar su propio golpe de estado. Como no puede subir los salarios, como no hay artículos de consumo, como la economía está destrozada, como sus colaboradores son inexpertos e incapaces, como el pueblo no le perdona que haya apelado a los rusos, como no puede hacer milagros, pero como tampoco puede soltar la patata y salirse por la tangente, tiene que meter la gente a la cárcel y sostener contra sus principios un régimen de terror más atroz que el anterior que él mismo había combatido. La noche de nuestra despedida en el comedor del hotel, hablando con un dirigente comunista de la forma cruda y destapada en que pensaba escribir este reportaje, él se sintió un poco desconcertado, pero luego reflexionó.

—Eso nos ocasionará un grave perjuicio, —dijo. Pero tal vez nos ayude a bajarnos del potro.
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