De viaje por los países socialistas






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Mas colas para la lotería que para el pan.
En la mañana la visión era menos sombría. Dispuesto a burlar la vigilancia de los intérpretes —que llegarían hasta las diez— me eché las llaves al bolsillo y descendí al vestíbulo por las escaleras. No utilicé el ascensor porque estaba situado justamente frente a la recepción y no hubiera podido salir sin ser visto por el administrador. La puerta de vidrios giratorios daba directamente sobre la avenida Rakoszi. No sólo el hotel sino todos los edificios de la avenida —desde el frontón con flores de la estación hasta las riberas del Danubio— estaban cubiertos de andamios. Es indescriptible la sensación que produce una avenida comercial cuya multitud se mueve entre esqueletos de madera. Una sensación fugaz, pues apenas di dos pasos fuera del hotel alguien me puso una mano en el hombro. Era uno de los intérpretes. De una manera cordial, pero sin soltarme del brazo, me condujo de nuevo al interior del hotel.

El resto de la delegación bajó a las diez como estaba previsto. El último fue Maurice Mayer. Entró al comedor con un espléndido saco deportivo, con los brazos abiertos, cantando el himno internacional de la juventud. Con una efusividad exagerada, sin dejar de cantar, abrazó uno por uno a todos los intérpretes, que le correspondieron con un júbilo desconcertante. Luego se sentó a mi lado, se ajustó la servilleta al cuello y me hizo una seña con la rodilla por debajo de la mesa.

—Se me había ocurrido desde anoche, dijo entre dientes. —Todos estos bárbaros están armados.

A partir de ese momento supimos a qué atenernos. Nuestros ángeles guardianes nos acompañaron a los museos, a los monumentos históricos, a las recepciones oficiales, impidiendo celosamente que entráramos en contacto con la gente de la calle. Una tarde —la cuarta en Budapest— fuimos a ver la hermosa panorámica de la ciudad desde la Torre de los Pescadores. Allí cerca hay una iglesia antigua convertida en mezquita por los invasores turcos y todavía decorada con arabescos. Un grupo de delegados nos desprendimos de los intérpretes y penetramos a la iglesia. Era enorme y destartalada, con pequeñas ventanas elevadas por donde penetraba a chorros la luz amarilla del verano. En uno de los escaños de adelante, sentada en una actitud absorta, una vieja vestida de negro comía pan con salchichón. Dos intérpretes entraron a la iglesia un momento después. Nos siguieron en silencio a través de las naves, sin decirnos nada, pero hicieron salir a la mujer.

Al quinto día la situación se había vuelto insostenible. Estábamos hasta la coronilla de visitar cosas viejas, mamotretos históricos, y de sentir que la ciudad, la gente que hacía colas para comprar el pan, para subir a los tranvías, parecían objetos inalcanzables detrás de los vidrios del autobús. La decisión la tomé después de almuerzo. Pedí la llave en la recepción donde advertí que estaba muy cansado y pensaba dormir toda la tarde, luego subí por el ascensor y descendí inmediatamente por las escaleras.

En la primera parada tomé un tranvía sin dirección. La multitud apretujada dentro del vehículo me miró como a un emigrante de otro planeta, pero no había curiosidad ni asombro en su mirada, sino un hermetismo desconfiado. Junto a mí, una anciana que con un viejo sombrero de frutas artificiales leía una novela de Jack London, en húngaro. Me dirigí a ella en inglés, luego en francés, pero ni siquiera me miró. Descendió en la primera parada, abriéndose paso a codazos, y yo me quedé con la impresión de que no era allí donde debía descender. También ella estaba asustada.

El conductor me habló en húngaro. Yo le di a entender que ignoraba el idioma y él a su vez me preguntó si hablaba alemán. Era un viejo gordo con nariz de cervecero y anteojos remendados con alambres. Cuando le dije que hablaba inglés, me repitió varias veces un frase que no pude entender. El pareció desesperado. Al término de la línea, en el momento de descenderme entregó al pasar un papelito con la frase escrita en inglés: "Dios salve a Hungría."

Casi un año después de los sucesos que conmovieron al mundo, Budapest seguía siendo una ciudad provisional. Yo vi extensos sectores donde las líneas del tranvía no han sido repuestas y continúan cerradas al tránsito. La multitud mal vestida, triste y concentrada, hace colas interminables para comprar los artículos de primera necesidad. Los almacenes que fueron destruidos y saqueados están aún en reconstrucción. A pesar de la bulliciosa publicidad que los periódicos occidentales dieron a los sucesos de Budapest, yo no creí que los estragos fueran tan terribles. Muy pocos edificios centrales tienen sus fachadas intactas. Después supe que el pueblo de Budapest se refugió en ellos y combatió durante cuatro días y cuatro noches contra los tanques rusos. Las tropas soviéticas —80.000 hombres con orden de aplastar la revuelta— emplearon la táctica simple y efectiva de emplazar los tanques frente a los edificios y destruir las fachadas. Pero la resistencia fue heroica. Los niños salían a la calle, subían a los tanques y lanzaban adentro botellas de gasolina en llamas. Las informaciones oficiales indican que en esos cuatro días hubo cinco mil muertos y veinte mil heridos, pero la envergadura de los estragos permite pensar que el número de víctimas fue mucho mayor. La Unión Soviética no ha suministrado cifras de sus pérdidas.

El alba del cinco de noviembre se levantó sobre una ciudad destrozada. El país estuvo literalmente paralizado durante cinco meses. La población sobrevivió a esa época gracias a los trenes de abastecimiento que enviaron la Unión Soviética y las democracias populares. Ahora las colas son menos largas, los almacenes de víveres empiezan a abrir sus puertas, pero el pueblo de Budapest sufre aún las consecuencias de la catástrofe. En los expendios de lotería —que constituyen una fuente de ingreso del régimen de Kadar— y en las casas de empeño —de propiedad del estado— las colas son más largas que en las panaderías. Un funcionario oficial me decía que, en efecto, la lotería es una institución inadmisible en un régimen socialista. "Pero no podemos hacer otra cosa", explicaba. "Eso nos resuelve un problema todos los sábados". Lo mismo ocurre con las casas de empeño. Yo vi frente a una de ellas una mujer haciendo cola con un carrito de niño lleno de trastos de cocina.

La desconfianza y el miedo aparecen por todas partes, tanto en el gobierno como en la población. Hay una cantidad de húngaros que vivieron en el exterior hasta 1948 y tanto ellos como sus hijos hablan todos los idiomas del mundo. Pero es difícil que hablen con los extranjeros. Ellos piensan que en esta época no puede haber en Budapest un extranjero que no sea invitado oficial y por eso no se atreven a conversar con él. Todo el mundo, en la calle, en los cafés, en los plácidos jardines de la isla Margarita,desconfía del gobierno y de sus invitados.

El gobierno, por su parte, siente que la inconformidad continua. En los muros de Budapest hay letreros escritos a brocha gorda: "Contrarrevolucionario escondido: temed al poder del pueblo". En otros se acusa a Imred Nagy de la catástrofe de octubre. Esa es una obsesión oficial. Mientras Imred Nagy padece un destierro forzoso en Rumania, el gobierno de Kadar embadurna las paredes, edita folletos y organiza manifestaciones contra él. Pero todas las personas con quienes logramos hablar —obreros, empleados, estudiantes, o incluso algunos comunistas— esperan el retorno de Nagy. Al atardecer —después de haber recorrido toda la ciudad— me encontré en el Danubio, frente a las ruinas del puente Elizabeth dinamitado por los alemanes. Allí estaba la estatua del poeta Pitofi separada de la Universidad por una plazoleta llena de flores. Diez meses antes —el 28 de octubre— un grupo de estudiantes atravesó la plaza pidiendo a gritos la expulsión de las tropas soviéticas. Uno de ellos se encaramó en la estatua con la bandera húngara y pronunció un discurso de dos horas. Cuando descendió, la avenida estaba colmada por hombres y mujeres del pueblo de Budapest que cantaban el himno del poeta Pitofi bajo los árboles pelados por el otoño. Así empezó la sublevación.

Un kilómetro más alia de la isla Margarita, en el bajo Danubio, hay un denso sector proletario donde los obreros de Budapest viven y mueren amontonados. Hay unos bares cerrados, calientes y llenos de humo, cuya clientela consume enormes vasos de cerveza entre ese sostenido tableteo de ametralladora que es la conversación en lengua húngara. La tarde del 28 de octubre esa gente estaba allí cuando llegó la voz de que los estudiantes habían iniciado la sublevación. Entonces abandonaron los vasos de cerveza, subieron por la ribera del Danubio hasta la plazoleta del poeta Pitofi y se incorporaron al movimiento. Yo hice el recorrido de esos bares al anochecer y comprobé que a pesar del régimen de fuerza, de la intervención soviética y de la aparente tranquilidad que reina en el país, el germen de la sublevación continúa vivo. Cuando yo entraba a los bares el tableteo se convertía en un denso rumor. Nadie quiso hablar. Pero cuando la gente se calla —por miedo o por prejuicio— hay que entrar a los servicios sanitarios para saber lo que piensa. Allí encontré lo que buscaba: entre los dibujos pornográficos, ya clásicos en todos los orinales del mundo, había letreros con el nombre de Kadar, en una protesta anónima pero extraordinariamente significativa. Esos letreros constituyen un testimonio válido sobre la situación húngara: "Kadar asesino del pueblo", "Kadar traidor", Kadar, perro de presa de los rusos".
Una prostituta me dice: "Yo era estudiante comunista".
Durante la cena confié mis experiencias a Maurice Mayer. El se rió. Hacía tres noches que no dormía en el hotel y había logrado una abundante documentación sobre la vida nocturna de Budapest. Estaba deprimido por el espectáculo de la prostitución, por la manera desesperada cómo las mujeres se emborrachan hasta el amanecer, y un poco excitado por la sensación de peligro que se experimenta en los bares nocturnos. Esa noche me llevó a vivir sus experiencias.

En Hungría, como en todos los países socialistas, la prostitución está prohibida. Pero yo no había visto en ninguna parte una prostitución más triste, más dramática y menos productiva que la de Budapest. Una muchacha de 18 años —Natalia Tardos— se extasió en el recuento de su vida, de sus experiencias eróticas, con una impudicia que parecía tener mucho de masoquismo. No lo hizo de balde. "Qué quieren ustedes", explicó. "Yo pierdo tiempo hablando y es justo que cobre algo por perder el tiempo". El precio lo impuso ella misma de antemano y se hizo pagar por adelantado de acuerdo con la mejor tradición: cinco florines, es decir, cincuenta centesimos de dólar.

María Tardos era estudiante de filología. Habla corrientemente el inglés, el francés y el ruso. Antes de los sucesos de octubre formaba parte de la juventud comunista, lo mismo que su hermano mayor, ahora refugiado en Austria. Su padre era obrero en una fábrica de confecciones y miembro del partido comunista. Todos ganaban bien, pero la situación económica era dura y Maria Tardos empezó a prostituirse desde los quince años con sus compañeros de Universidad. Era un medio fácil de procurarse ciertos artículos en el mercado negro. El 23 de octubre su padre empuñó las armas contra el régimen y manifestó que había ingresado al partido porque los comunistas tenían ciertos privilegios bajo el gobierno de Rakoszi. Fue muerto en la batalla de Budapest. Sola con su madre, sin control y sin perspectivas. María Tardos cambió definitivamente la vida universitaria y las concentraciones políticas por la azarosa vida nocturna de Budapest.

Ese no es más que un caso. Nosotros conocimos varios entre las pocas muchachas —ninguna mayor de 25 años— que podían expresarse en inglés, español o francés. Algunas son obreras, viven con su familia, y arreglan el escaso salario con la prostitución ocasional. A partir de la media noche seles encuentra en esos bares brumosos donde una orquesta de violines toca una múscia nostálgica hasta el amanecer. Nosotros vimos un grupo de muchachas mezclado en una de esas espectaculares reyertas con la policía, incapaz de controlar un pueblo amargado y sin perspectivas.

Esa noche consideré terminadas mis experiencias en Budapest. Regresamos al hotel a las cuatro. Sentados en el vestíbulo, esperándonos, había dos falsos intérpretes y un intérprete verdadero. Completamente sereno Maurice Mayer les contó lo que habíamos visto. Yo puse algo de mi parte. Entonces los tres hombres —por primera vez desde nuestra llegada— no parecieron asustados sino tristes. Al día siguiente los ángeles guardianes no vinieron a desayunar. No volvieron jamás. Volvió en cambio el intérprete del desdén romántico en la mirada —que más tarde se reveló como teórico del marxismo— y pronunció un discurso de desagravio. Nos dio una excusa válida por la escolta de civiles armados. "Ustedes comprenden nuestra situación" explico: "En Budapest hay una situación dificil y nosotros nos sentimos obligados a proteger a nuestros huéspedes".

A partir de ese día la atmósfera se transformó. Los intérpretes se humanizaron y pudimos actuar con absoluta libertad. Se constituyó una comisión oficial de la cual hicieron parte dos miembros del comité central del partido comunista, que durante once horas —en el plácido marco del lago Balaton— respondió a nuestras preguntas y discutió con nosotros los aspectos más delicados de la situación. Ellos nos presentaron a Janos Kadar y nos condujeron a escuchar su discurso. He aquí por qué estaba yo el 20 de agosto en la misma tribuna de Kadar.
Kadar: "Yo sé que muy pocos quieren a mi gobierno".
Ujpest es una importante región agrícola que desempeñó un papel significativo en los sucesos de octubre. El primer día se pronunció contra el régimen, pero cuando los antiguos terratenientes capitalizaron el movimiento y trataron de recuperar las tierras expropiadas, los campesinos de Ujpest , apoyaron a Kadar y no opusieron resistencia alguna a los tanques soviéticos. Es por eso por lo que Kadar —que busca en los campesinos el apoyo que no tiene en los obreros— recorrió los 132 kilómetros tortuosos que separan a Ujpest del palacio de gobierno para celebrar el aniversario de la constitución socialista.

Encontramos una aldea en domingo adornada con flores, banderas y numerosos letreros de propaganda oficial, pero fuertemente custodiada por la policía. En la carretera dejamos atrás las caravanas de camiones oficiales cargados de campesinos y los modernos automóviles de fabricación rusa de los funcionarios públicos. En la placita sin estatua, con casas de colores alegres, los niños campesinos comían helados en torno a una banda rural que ejecutaba valses sentimentales. Al fondo de una calle angosta con ventorrillos de cerveza, salchichas, y sandwiches de jamón, estaba el terreno de fútbol sin graderías. Habían construido una tribuna de madera con las sillas de la escuela pública y tres micrófonos conectados a un sistema de altoparlantes distribuidos por toda la aldea. Para entrar al terreno de fútbol se necesitaba una credencial especial. El resto de la población escuchó los discursos desde las tiendas donde se repartían gratis alimentos y bebidas sin alcohol. Nosotros subimos a la tribuna junto con el cuerpo diplomático de los países socialistas. Un momento después la banda militar inició el himno de Hungría y los miembros del gabinete, en mangas de camisa, resoplando de calor, entraron precedidos por un hombre como de 49 años, de una calvicie incipiente, con un ordinario vestido de paño color crema, una modesta corbata verde tejida en hilos de seda y una conmovedora apariencia de hombre doméstico y bueno: Janos Kadar. Un grupo de la primera fila inició la ovación. El resto de la concurrencia lo secundó sin entusiasmo. Eso fue así durante el curso de la manifestación y aún en los momentos más dramáticos del discurso.

Yo no tenía una idea muy precisa de cómo podía ser un auténtico obrero en el poder antes de conocer a Kadar. Su modestia natural, su absoluta falta de apetito oficial, su aspecto de hombre que va los domingos al jardín zoológico a tirar cacahuetes a los elefantes, son simplemente estremecedores. Cuando le correspondió el turno se quitó el saco y se acercó a los micrófonos. Había perdido el gemelo de la manga derecha de la camisa y lo buscó conla mirada a su alrededor sin perder un átomo de su dignidad. Luego se enrolló la manga hasta el codo, tomó agua y pronunció un discurso breve, directo, muy bien organizado, del cual lo más sincero y lo único que me pareció realmente importante fue la amarga verdad de la primera frase: "Yo sé que muy poca gente quiere mi gobierno".

Aquel discurso, nuestra agotadora conferencia con la comisión oficial —que nos dio una versión franca pero atenuada de la situación—, las numerosas conversaciones con la gente de Budapest, el contacto directo aunque fugaz con el jefe del gobierno, el estudio concienzudo y desapasionado de la realidad húngara, me permitieron llegar a una conclusión: en otras circunstancias, Janos Kadar hubiera sido el hombre de Hungría. Yo creo que es inteligente, capaz y honesto y notablemente humano, pero que está metido en un atolladero, atado de pies y manos a una situación política sin salida y en circunstancias de una dificultad colosal. El pueblo no le perdona —y él lo sabe— que hubiera llamado a las tropas soviéticas. Pero si no lo hubiera hecho, ni Kadar, ni el partido comunista, ni nada que se parezca a la democracia estuviera ahora en el poder. Un dirigente comunista me decía: "Kadar se sacrificó. Cuando las cosas estén consolidadas tendremos que hacerlo a un lado para ganarnos la confianza del pueblo. En ese sentido, y desde nuestro punto de vista, Kadar es un héroe".
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