La participacion ciudadana: posibilidades y retos






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LA PARTICIPACION CIUDADANA: POSIBILIDADES Y RETOS
Luis Aranguren Gonzalo

Bilbaoo, abril 2004

Introducción: de qué estamos hablando
Desde distintos sectores de la vida social se viene hablando con profusión de la necesidad de participación de la ciudadanía. Esta participación la entendemos:


  • en un sentido amplio, como el modo en que las personas de una comunidad toman parte en los asuntos públicos, porque de algún modo se ven afectados e implicados. Este vínculo participativo a menudo no es estable, sino que proviene de determinadas reacciones de la comunidad ante acontecimientos que les afectan. Los sucesos del pasado 11 de marzo en Madrid dan buena cuenta de ello. La participación en ese día y en los siguientes fue una muestra de reacción humana, humanitaria y humanizadora por acompañar, dignificar y enjugar el dolor de un pueblo. Las velas encendidas en Atocha, el Pozo y Santa Eugenia continúan expresando y revelando un modo de participación que no quiere olvidar, que hace memoria. Al tiempo, esa participación se extendió tres días más tarde en la cita electoral castigando al poder político que encubre la verdad.




  • En un sentido más restringido, la participación ciudadana se entiende como el modo en que los ciudadanos toman parte en la definición, elaboración y ejecución de las políticas públicas, más allá de las formas de participación vinculadas a los procesos electorales. Los procesos de desarrollo comunitario locales, que en este país, han caminado de la mano de personas como Marco Marchioni o Rodríguez Villasante, constituyen hoy experiencias pasadas y presentes, referencia para muchos barrios y ciudades.



De estas dos consideraciones se desprende alguna consecuencia no menos importante: la participación ciudadana se desarrolla tanto en espacios globales e internacionales como en los espacios locales del barrio, pueblo o comarca. Pues bien:


  • Cuanto más globales son los espacios de participación, más claramente se trata de una iniciativa de la sociedad civil organizada, con fuertes dosis de movimiento social político, con pretensiones de formular alternativas económicas y políticas, y con una opción estratégica normalmente de confrontación con los poderes establecidos. Ejemplo de ello es el Foro Social Mundial o las coordinadoras del tipo Vía Campesina, o las ONG que adquieren una fuerte presencia de lobby político, como es el caso de Green Peace o Amnistía Internacional




  • Cuanto más locales son los espacios de participación, más difusas quedan las fronteras de la iniciativa en el impulso participativo, más apoyo institucional reciben desde determinadas Administraciones Públicas y más se engloba esa participación en el mismo diseño de las políticas públicas desde la coordinación entre asociaciones locales, técnicos de servicios públicos locales y dirigentes de las administraciones públicas correspondientes.


1.- Contexto-Condiciones que reformulan la participación ciudadana
1.1..-En el corto plazo
En la “fábula de los tres hermanos”, de Silvio Rodríguez, se nos muestran dos actitudes básicas del ser humano en muchas facetas de la vida: las visiones cortas, el corto plazo y las visiones anchas, el largo plazo. En lo referente a la participación nos encontramos también, repetidas, estas características.

De tres hermanos el más grande se fue

por la vereda a descubrir y a fundar

y para nunca equivocarse o errar

iba despierto y bien atento

a cuanto iba a pasar,
De tanto en esta posición caminar

ya nunca el cuello se le enderezó

y anduvo esclavo ya de la precaución

y se hizo viejo queriendo ir lejos

con su corta visión.
Ojos que no miran

mas allá no ayuda al pie.
La corta visión de la participación actual se nos muestra a través de las siguientes características:


  • Participación delegada. La ciudadanía está acostumbrada a quejarse, a reivindicar, pero no a participar. De hecho, en un Informe de la Fundación Encuentro de comienzos de esta década se destacaba que la gente había “espabilado” y ya había incorporado a su haber la cultura de la queja; las asociaciones de consumidores han jugado un gran papel en esta nueva situación, pero eso ha tenido la contrapartida de crear la conciencia de que siempre son otros los que me representan, los que me defienden, los que hablan por mí. Delegamos para exigir, delegamos para no implicarnos del todo.




  • Participación escasa. Son pocos los que participan mucho y muchos los que apenas participan en algo o nada. Importa tomar conciencia de que somos una gota de agua en un océano, y que eso tiene la importancia que tiene, ni más ni menos. Desde el punto de vista de la cultura participativa, en España apenas el 22% de los españoles dice estar asociado a algo, y sólo un 12% reconoce tener un papel realmente activo en la entidad a la que pertenece. En otras palabras, el 78% de españoles no entra en la dinámica de la participación activa. De tan escasa participación, la mayor parte de ella se la lleva la que se vincula a actividades culturales entendidas de modo amplio (artísticas, deportivas, literarias, científicas, costumbristas, etc.). Las asociaciones filantrópicas, donde se encuentran los movimientos de solidaridad, pese a su notable incremento durante la última década del siglo XX, se queda en un 4,5% respecto al total de asociaciones1.


La musculatura moral participativa es preocupante. Existen muchas asociaciones, pero la gente no participa en sus asuntos más cercanos: el AMPA, la Asociación de vecinos, las reuniones de comunidades de vecinos, las juntas de distrito.


  • Participación no educada En el informe de la Fundación Encuentro sobre la sociedad civil en España, se señala el lastre de la larga dictadura política que padecimos y que “secuestró toda la vida pública, alejando así todas las preocupaciones colectivas de unos ciudadanos a los que se les pedía que se dedicaran a lo suyo, y el resultado no podía ser otro que la apatía, el desinterés y la desconfianza social, que en nada invitan a la cooperación o al simple intercambio o intercomunicación personal”2. Nos hemos sido educados en la cultura participativa.




  • Participación de servicios. Vivimos un cierto auge de aumento de voluntarios y de ONG de voluntariado. Sin entrar en detalles, se trata en su mayor parte de una participación limitada a la labor asistencial que desarrolla un modelo de participación caracterizado por su atomización en parcelas delimitadas desde los servicios sociales que cada lugar a un asociacionismo de servicios -en palabras de García Inda3, de perfil marcadamente socioasistencial, poblado de organizaciones y con escasa participación real y estable.




  • Participación para la intervención asistencialista. Se parte normalmente de la mentalidad de que existen personas con problemas a las que hay que dar respuesta. A ellas se apunta un tipo intervención paliativa y asistencialista. A no pocos inmigrantes se les sigue entregando ropa y comida, cuando lo que en verdad necesitan es integrarse efectiva y cordialmente en el barrio, y donde la participación ciudadana debe hacer más esfuerzos de sensibilización en la calle y con los vecinos que labor de despacho de atención al cliente necesitado. No hay demandas colectivas públicas o tal vez late en el ambiente que no hay soluciones colectivas.




  • Participación de uno en uno. El ejemplo del voluntariado es claro. Para muchos se trata de la expresión de un tipo de participación que nace no del interés hacia lo público, sino del interés hacia uno mismo, verificado en motivaciones bien expresivas o bien utilitaristas, que rompen la concepción de la acción colectiva. Este hecho va ligado al débil sentido del nosotros que estamos construyendo. En general, poseemos una concepción del nosotros excesivamente estrecha; tanto es así, que” lo nuestro” degenera en “lo mío”: mis asuntos, mi familia, mis aficiones, mi calle.




  • Participación virtual. Lo virtual hoy más que nunca, gana a lo real. En asuntos de solidaridad, más que tramas organizadas y con presencia efectiva, contamos con una sociedad civil virtual compuesta por ciudadanos conmovidos, pero estáticos; portadores de tarjetas solidarias, pero importadores de consumismo ciego; “fans” de moda blandosolidaria, como súbito seguimiento al último precepto del mercado. Cosa aparte, por otro lado, es la incentivación de la participación en concursos vía móviles o correos electrónicos, todo ello bajo el imperativo del “deprisa, deprisa, que llegas tarde”. La aparición está por delante de la participación, la aceleración gana a la conciencia ciudadana. Tan solo queda, como excepción de la regla, la manifestación convocada el día anterior a las elecciones generales del pasado día 14 de marzo ante la sede del PP en Madrid. La participación virtual en este caso sí que dio paso a una movilización real.




  • Participación desde la confusión público-privado. Entre nosotros existe una vivencia de lo público como lo que corresponde al Estado, pero ante lo cual los ciudadanos nos des-responsabilizamos. Jugamos la doble carta de lo público entendido como lo que es de todos, en la certeza de que, al final, no es de nadie.- Por otra parte, la participación se expresa en asuntos donde se cruza lo privado y lo público. Bauman hace notar en un artículo de The Guardian :


Si hay algo que garantiza hoy que la gente saldrá a la calle son las murmuraciones acerca de la aparición de un pedófilo. La utilidad de estas protestas ha sido objeto de crecientes cuestionamientos. Lo que no nos hemos preguntado, sin embargo, es si esas protestas en realidad tienen algo que ver con los pedófilos”4.
Personas que jamás han participado en la vida pública son los nuevos agitadores sociales que encuentran en casos particulares sin conformar la nueva causa de acción colectiva. “Hacer público todo aquello que despierte o pueda despertar curiosidad se ha transformado, en la actualidad, en el centro de la idea de “ser de interés público”. Lo público no es más que un conglomerado de preocupaciones y problemas privados”5. La suma de intereses particulares va dando como resultado la consecución de nuevos bienes comunes que responden al nombre de seguridad y orden. Pero se trata de una lógica perversa: “Cada quien está jugando a ganar el orden y la paz para que el otro no lo ataque, pero cada quien está jugando a lograr los mayores beneficios para él, dentro de este orden y de esta paz”6.
De lo dicho hasta este momento:


  • Constituimos, en fin, una ciudadanía débil y con escasa altura de miras. Apenas existe entidad suficiente para hablar en términos de sociedad civil organizada. Asistimos al declive de tramas relacionales y vecinales que han puesto nombre a la solidaridad primaria de este país durante muchos años. A excepción de situaciones excepcionales como las vividas el 11 de marzo en Madrid, la participación ciudadana es débil, inestable y en todo caso se desliza hacia la defensa de los intereses privados, dejando de lado la perspectiva del bien común. Como apunta Enrique Arnanz, “existe un enorme desequilibrio entre el hiperdesarrolo económico, político, legislativo y mediático de nuestra sociedad y el infradesarrollo de la participación comunitaria en nuestra propia sociedad”7


1.2.- En el largo plazo

Retomemos el canto de Silvio Rodríguez:

De tres hermanos el del medio se fue

por la vereda a descubrir y a fundar

y para nunca equivocarse o errar

iba despierto y bien atento

al horizonte igual.
Pero este chico listo no podía ver

la piedra, el hoyo que vencía a su pie

y revolcado siempre se la pasó

y se hizo viejo queriendo ir lejos

adonde no llegó.
Ojo que no mira

mas acá tampoco ve

Mirando más lejos y a lo ancho, advertimos un contexto que condiciona en buena medida los procesos de participación ciudadana en este país:


  • El cambio de época,. Más que época de cambios acelerados, asegura Ramonet con acierto, vivimos un cambio de época de enorme calado. Cambio económico, político, geopolítico, espiritual, religioso, cultural. Nos encontramos en medio y en lo profundo de lo que Jaspers denominaba tiempo-eje, un tiempo que va enterrando formas y estilos de vida y de organización social caducos, un tiempo que va anunciando a tientas nuevas formas de expresión, que posiblemente determinarán nuevas formas de organización. Con la caída de muro de Berlín terminó el siglo XX y con él la confrontación Este-Oeste, el protagonismo de partidos políticos y de sindicatos como modos exclusivos de representación política y laboral o la entronización de la democracia como la mejor de las fórmulas de organización política. Con los atentados del 11-S de 2001 comienza una nueva era, el triunfo de la globalización no sólo económica o tecnológica sino del terror. Esta globalización ha traído consigo formas de participación nuevas y de carácter global: el Foro Social Mundial comenzado en Porto Alegre es ejemplo de ello; la convocatoria planetaria contra la guerra en las principales ciudades del mundo el 14 de febrero de 2003 fue otra muestra, un auténtico plebiscito de condena de Occidente a una guerra sin sentido.




  • El cambio de concepción de Estado. La nueva era trae consigo el alumbramiento de un nuevo modelo de Estado, tras enterrar definitivamente el Estado Providencia que protegía al ciudadano desde la cuna hasta la tumba. Esta concepción, además de ser inviable técnicamente a toda la población en todos los sectores, ha des-responsabilizado en exceso a la propia ciudadanía, produciéndose en este momento un ajuste en el terreno de la complementariedad entre las diferentes administraciones públicas y las organizaciones sociales.


El modelo de Estado se juega en dos terrenos básicos: en el terreno de la concepción plurinacional de Estado español, acertando en la búsqueda de todos los reconocimientos particulares y en el refrendo del conjunto de la ciudadanía. En este sentido habría que alertar contra toda convocatoria a patriotismos desfasados. La participación ciudadana habita en la tierra del mestizaje, de la riqueza intercultural, de la convivencia en paz entre personas y grupos diversos
Por otra parte, la concepción de Estado se juega, asimismo, en la configuración de un auténtico Estado Social, que garantice la protección de los derechos sociales y económicos básicos, en especial de aquellos sectores más vulnerables de la población. La fórmula de gestión privada de servicios sociales en manos de ONG y del voluntariado sólo garantiza el abaratamiento de los costes. Lo que el Estado debe garantizar es la protección efectiva de esos derechos, y en ese caso no debe prostituirse el ejercicio de la participación ciudadana, a través por ejemplo del voluntariado, empleando a bajo coste personas con tan buena voluntad como escasa formación.


  • El cambio de solidaridad por seguridad . Tras la década de los noventa denominada de auge solidario, de proliferación de ONG, de sensibilización ante todo tipo de desastres naturales, hemos pasado a otro estadio. Vivimos en la era de la supervivencia ante las amenazas exteriores, y ello significa dimensionar la participación en la defensa de esta seguridad que, paradójicamente, tiene en los poderes públicos a sus máximos aliados. La creación de un Ministerio de Seguridad es una suerte de concesión y reconocimiento de esta preocupación cívica.


Al grito de “unidos en la lucha, no nos moverán” se revierten cantos y consignas que nacieron en los años 60 desde la perspectiva de la lucha por la justicia y por la igualdad, desde la convicción de que un mundo sin utopía es, como dice Serrat, un lento y aburrido camino hacia la muerte. En efecto, ese canto fue el que adornó durante un año las manifestaciones de vecinos de un barrio de Bilbao en el que Cáritas puso en marcha un centro de noche para toxicómanos y personas sin hogar.
Tenemos muy introyectada la ideología de la seguridad. La cultura de la satisfacción en la que vivimos se da a sí misma elementos de supervivencia, y esa supervivencia pasa por crear un clima de alarma generalizada. Así lo vio Galeano al vislumbrar el cambio de siglo:
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