Jorge iván carvajal posada licenciado en Medicina y Cirugía por la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia






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Sanar la Vida X

¿Cómo te sientes?; ¿Cómo los haces sentir?; ¿Cómo te sientes contigo mismo? El sentir es la materia prima de la imagen de sí, y esa imagen de sí, es una síntesis de tu valoración, de tu afecto, de tu aprecio, de tu capacidad de evocar o de prestar atención. Se trata de la autovaloración. Nos hemos minusvalorado, nuestra imagen de nosotros se ha derrumbado porque no ha habido cordialidad, ni amistad, ni atención, ni aprecio, ni afecto y obviamente nuestra imagen se derrumba. Y ahora les diré algo en apariencia paradójico: menos mal que esa imagen se derrumba. Menos mal, porque todavía nos miramos en el espejo de un Paraíso externo. Necesitábamos, para desarrollar nuestra identidad, un territorio inicial de sensibilidad, pero el del Paraíso es un territorio de sensibilidad que no es exigente y si permanecemos en él no crecemos. Es el territorio de la inocencia inconsciente, ahí no nos caemos porque alguien nos toma de la mano, allí estamos protegidos, allí tenemos una barrera y una emanación que es la del Padre y el Padre nos libra de todos los peligros. Pero obviamente un día, trascendemos ese territorio y nos caemos, es la caída. En esa caída sentimos que perdemos el Padre, entonces viene el territorio del Huérfano. Es el territorio de la orfandad; en el camino entre estos dos territorios, inocencia y orfandad, construimos lo que llamamos Seguridad. La Seguridad, tiene dos elementos, la confianza, -fianza interior- y la prudencia, que trascienden el territorio de la fe , pues esta es creer en algo que nos supera y trasciende, pero en confianza y prudencia revelamos algo inmanente que restaura la seguridad desde adentro. La esperanza es confianza en el porvenir; realmente la fe, la confianza, la prudencia, la esperanza, constituyen la infraestructura de una auténtica seguridad. Esta no se puede tener porque se compra un seguro de un millón de dólares. La auténtica seguridad es interior y está hecha de valores espirituales, de valores trascendentales y que a pesar de ser intangibles tienen un efecto cierto sobre la Fisiología. La fisiología de la confianza es la fisiología de la relajación, es la respuesta de la paz. El perdón genera confianza, hay confianza donde no hay juicio y donde no hay culpa. Pero la genuina confianza es una confianza en el ser, en la personalidad no se puede confiar, la personalidad es la apariencia. Cuando yo me relaciono contigo desde el ser y sé que aunque seas un ladrón, o un asesino, o un drogadicto, en ti hay una esencia pura, cristalina, trasparente y cuando yo no evoco tu sombra sino tu luz, entonces tú te puedes transformar. Lo vemos con las relaciones con los adictos. Cuando se tratan los adictos, de lo que uno menos habla es de la droga, o del pasado; uno habla de la luz, habla del porvenir, acepta a la persona con su adicción. El problema de los adictos, es que no reconocen que lo son. Una vez que hay un reconocimiento, un asumirse, empieza la solución pero la solución es imposible hasta que no se acepte que se es adicto. Hasta que no se acepte que se ha perdido el territorio de la seguridad no se ha resuelto el arquetipo de la orfandad. Cuando no resolvemos el arquetipo de la orfandad, entonces desarrollamos dependencia. La dependencia, es la primera gran enfermedad, es la enfermedad del territorio de la Seguridad y nace en la transición del Paraíso a la Orfandad. Es muy importante comprenderlo porque como humanidad estamos ahí. La humanidad todavía añora el Paraíso y llora por el Paraíso y pretende rescatar el Paraíso perdido. Se rebela contra la pérdida del paraíso y busca el paraíso desesperadamente, buscando el placer y el poder. Busca reconstruir un territorio del paraíso al exterior pero la lección del huérfano es la lección de la construcción de un territorio al interior. El paraíso es interior, el paraíso es un estado de conciencia. Y el dolor del huérfano es reconocer los propios límites, yo tengo fronteras, tengo límites; conocer eso es adquirir el justo sentido de las proporciones. Yo sé que no está la mano de Dios para salvarme si me tiro por el precipicio; yo sé que no soy Superman y no me puedo poner el vestido de Superman y tirarme del segundo piso, porque no va a estar papá detrás para retenerme; yo sé que tengo límites en mi territorio; sé que existen límites más allá de los cuales se puede perder la vida y la integridad; sé que hay restricciones. Pero si aprendo la lección no vivo las restricciones como limitaciones, sino como puntos de partida. El huérfano aprende que sus restricciones son un punto de partida y que él rescata la seguridad cuando reconoce su territorio. Ya no es el territorio del padre, ya no es territorio ajeno, sino su territorio. Ahí surge una variedad de integridad, que llamamos la tensegridad; la tensegridad es autogestión. El huérfano aprende como el hijo pájaro que tiene que volar con sus propias alas y que el arte de ser padre, es el arte de liberar, y que perdemos el paraíso para conquistar la libertad y la libertad nos lleva a un paraíso interior. Cuando conquistamos nuestras propias alas, cuando ya no dependemos, construimos un paraíso interior. Pero yo puedo, no aprender la lección del huérfano, puedo quedarme congelado en la orfandad y perder todo sentimiento de seguridad y cuando desaparece el soporte del padre, entonces lo reemplazo por un soporte exterior, busco columnas afuera que me sostengan. Sin embargo, cuando yo dependo de un soporte externo, estoy perdiendo el poder, estoy perdiendo la libertad, el libre albedrío. Puedo depender de papá gobierno, o mamá cocaína, o del dinero, o de otro tipo de poder, o depender del placer. Viene entonces, lo que se llama la primera gran inversión de la polaridad en la humanidad. Normalmente, la vida está alimentada por múltiples corrientes. Múltiples corrientes que son, desde electromagnéticas y físicas hasta espirituales, esas corrientes son como radiaciones, llamémoslas rayos. Dentro de esos rayos, uno va por la corriente emocional, otro va por la corriente mental, otro por la corriente física. Todos esos rayos son simplemente aspectos de la Vida Una y todos ellos están destinados a nutrir la vida; sin embargo, cuando yo invierto los términos y consagro la vida a una de estas líneas, me vuelvo exclusivo o exclusivista, es el monocultivo en la vida. Entonces, yo hago el monocultivo de la religiosidad, no de la religión, el monocultivo de la cocaína, el monocultivo de la ciencia como cientifismo y me olvido de todos los otros territorios, en ese momento estoy ingresando en un territorio mortal que es el territorio de la dependencia. Yo tengo este quantum de energía y de conciencia, este territorio, (señalando la totalidad de la circunferencia) este es mi centro, pero elijo solamente este sector y me consagro a él generando un vacío en todos los otros aspectos de la vida, como tengo una sensación de vacío, entonces, busco expandir este sector y lo que hago es un monstruo. Ese monstruo es una expansión en uno solo de los sectores de la vida, que cada vez me aleja más del centro, de mi propio centro y cada vez me lleva a puntos nodales periféricos donde yo experimento la pérdida de la integridad o la desintegración; esto es lo que se llama el modelo en expansión. El modelo en expansión es aquel en que tú te expandes y te expandes y como no encuentras nuevos límites, buscas nuevos límites en el territorio y mientras más te expandes en el territorio más vacío experimentas y mientras más vacío experimentas más necesidad de territorio tienes. Así por ejemplo uno encuentra una persona que tiene miles de millones de pesetas y cada vez que consigue un millón de pesetas, tiene sed de más y de más, y destruye su vida y destruye su familia, y destruye el planeta y destruye su entorno, y construye monopolios porque está en ese cáncer, eso es un cáncer. Está devorando su integridad a través de un proceso de expansión que es explosivo. Está entrando en el universo de la entropía, en el universo de la expansión, cuando el universo de la vida es el universo de la contracción, de aquello que va hacia un orden mayor. De tal manera, que yo primero me expando, porque mi Padre me ha expandido, porque mi Padre se contrae en mí para que me pueda expandir y soy el Inocente Inconsciente. Pero si yo sigo en proceso de expansión y no construyo un territorio dentro del paraíso, un territorio interior que sea el núcleo de contracción, donde le digo: “Gracias Padre, por la semilla, ahora yo tomo la semilla y siembro y produzco la cosecha de mi propio territorio”, si yo no nazco a la belleza de la orfandad, que es la pérdida del territorio externo, pero la conquista de la integridad y de la identidad separada del Padre caigo en el vacío y la pérdida de sentido. Miren los arquetipos y su secuencia como el latir de un corazón, Dios nos da el Universo, somos Inocentes Inconscientes, no sabemos lo que hacemos y nos expandimos, poblamos la Tierra y simultáneamente, destruimos la Tierra, somos como niños necios que no sabemos utilizar el instrumento que nos ha regalado la vida. Pero de pronto vemos que ese proceso de expansión es dañino y es nocivo e ingresamos en el territorio de la contracción, que es el territorio de la Orfandad y nos construimos un territorio seguro al interior. Y ese territorio seguro al interior nos permite rescatar nuestro poder y nuestra seguridad y entramos en una nueva dinámica de expansión y contracción. Si yo ya tengo este territorio y conozco este territorio, entonces, puedo expandir mis límites; ese territorio realmente me sirve para expandir los límites. Sin embargo, de nuevo, si expando los límites indefinidamente entro en el territorio de las fuerzas centrífugas y llega un punto de no retorno, es como un corazón, es la ley del corazón. El corazón, normalmente se contrae y se expande, él es autocontráctil, porque tiene fibras elásticas y esas fibras elásticas son como un resorte que tiene un punto de máxima expansión. Si ustedes no dañan el resorte y no lo llevan más allá de sus límites, el resorte regresa solo, es así como funciona el corazón. Pero si ustedes van a forzar la expansión ya no tienen punto de retorno, es decir, el resorte no puede regresar a su punto de partida. El viaje a través de los arquetipos es de ida y de regreso, realmente ese es el misterio del Hijo Pródigo: salir cada vez del hogar del Padre, tener la vivencia de la búsqueda y regresar de nuevo al corazón. Es el arte de salir del corazón, de hacer las cosas de corazón, desde el corazón, pero regresar de nuevo al corazón. Es muy importante comprender esto porque en el arquetipo de la Orfandad estamos viviendo todo el fenómeno del consumismo y de la dependencia y realmente buena parte de nuestras enfermedades son apenas variedades del consumismo, son variedades de dependencia, porque hemos perdido el poder y nos sentimos víctimas. Entonces el huérfano que no resuelve el conflicto del territorio, de la pérdida del paraíso, el que se queda llorando a la vera del camino, es la víctima y la actitud de víctima destruye el patrón de la personalidad, genera resentimiento, genera culpa, genera juicio y daña todo el patrón de relaciones humanas. Los infartos de las relaciones humanas aparecen ahí donde el huérfano no comprende su lección, donde el huérfano no asume su tarea. Por eso, buena parte de nuestra función como terapeutas, como médicos, como amas de casa, para sanar la vida es despertar y es despertar la gente de esta condición y preguntarle, ¿víctima de quién? La conclusión es que somos víctimas de víctimas de víctimas, y que no tiene ningún sentido ser víctima de alguien que ya fue víctima. Mi pregunta favorita con un paciente que se queja de la vida es esta, si a usted le van a dar un regalo y usted no lo recibe, ¿de quien es el regalo?; pues es del otro. Pero ¿por qué tienes que recibir ese regalo que no quieres recibir? Pregunta el Inocente hasta que aprende la ley de la no-resistencia, el Inocente se niega a perder el paraíso, se niega a salir del paraíso pero obviamente ya no tiene el paraíso, aunque se resiste a admitirlo ya no tiene un soporte en el paraíso. Como no tiene un soporte en el paraíso se busca un paraíso artificial y ese paraíso artificial lo lleva a embotar los sentidos para amainar el dolor de la perdida del paraíso. Y ese embotamiento de los sentidos lo lleva a consagrar la vida al placer, a consagrar la vida al poder y se olvida de su centro, se olvida del Hijo que es y el Hijo es conciencia y la conciencia está destinada a aprender, vinimos a aprender, él se niega a aprender la lección por esa razón. La vida consiste en salir de la Inocencia Inconsciente y regresar a través del zodíaco y a través de los arquetipos a la Inocencia Consciente. Miren un niño y miren un viejito, terminan pareciéndose y por eso se juntan y resuenan; por eso los abuelos disfrutan tanto con los nietos, porque los dos son blandos, los dos son humildes, tienen sentido del humor, están más allá de la construcción de territorios externos y de posesiones. Pero la diferencia entre los dos es que uno es la Inocencia Inconsciente y el otro, a través de la aventura de la vida, ha conquistado una parte del sector de la conciencia. Y por eso aparecen los cuentos, y por eso los cuentos no se los inventan los niños, se los inventan los abuelos para los niños. Porque los abuelos, a través de las leyendas, que son las historias de los Héroes en su recorrido por todo el Sendero de los Arquetipos han aprendido la lección y tienen nuevamente la Inocencia, recuperan la Inocencia. Se trata de ser inocentes pero inocentes conscientemente, porque cuando tenemos inocencia inconsciente, tenemos ingenuidad y la ingenuidad está muy cerca de la bobada o de la idiocia. Cuando somos ingenuos, frecuentemente nos comportamos como idiotas, pero lo peor de todo es que somos idiotas útiles. Es decir, que no hay nada más terrible que esa gente que se deja utilizar y se deja robotizar y se deja chantajear. Y es frecuente eso en el terreno de la relación, que eso que llamamos el terreno de la relación sea el terreno del chantaje, no el de la sensibilidad sino el de la sensiblería, ojo con eso. Y en la parte de la feminidad hay una desviación que se llama la sensiblería, lo femenino es sensible, esa es su esencia, esa es la tierra que soporta las semillas, que permite la evolución. Pero cuando la sensibilidad se convierte en sensiblería surge una gran ilusión, una neblina, una confusión en nuestras visiones, porque estamos en el mundo de la manipulación. Yo tengo lágrimas de cocodrilo, es decir, lloro cuando te veo. Ustedes han visto cómo surge la sensiblería, ya en el territorio de la infancia, observen cuando un niño se cae. El niño se cae pero no llora inmediatamente, eso no es automático, él trata de levantarse y mira hacia los lados y si hay alguien que lo pueda coger, entonces lanza el grito y le salen lágrimas de cocodrilo. Pero si sabe que hay alguien allí que lo va a confrontar, le va a decir: eso lo asumes tú, tú te caíste, eres dueño de tu cuerpo y de tu equilibrio, entonces no va a utilizar sus lágrimas. Y nosotros lo vemos en la relación en que, frecuentemente, hay lenguajes duales, los abuelos sobreprotegen, los padres confrontan y el niño se mueve en una esquizofrenia que realmente no aprende a confrontarse. No aprende a confrontarse porque no tenemos claridad de criterios en la relación. Así que miremos cómo tenemos que salir del territorio de la inocencia inconsciente. ¿Cuál es entonces, la respuesta del niño? La primera respuesta ante la pérdida del paraíso, es el temor. Es el temor de morir, el temor de no ser capaz, el temor de fracasar, todos esos temores nacen ahí cuando los tenemos que asumir. Un pájaro simplemente suelta su pichón para que vuele, ellos no van a estar abajo atajando a los pichones para que no se vayan a desnucar, sino que simplemente los sueltan para que vuelen. El arte de ser padre, es el arte de liberar. Hay una cosa bien especial: en nuestra cultura un adulto consigue el 15 ó 20 por ciento de lo que sueña, de lo que quiere, pero nosotros a los niños les damos el 80% de lo que nos piden, eso es una catástrofe porque estamos educando inválidos, porque estamos generando sobreprotección y dependencia. Yo no conozco cosa más terrible, más peligrosa, que nuestra riqueza, nuestra abundancia porque nuestra abundancia pervierte a nuestros hijos, porque les impide vivir el dolor, porque no les da los anticuerpos emocionales que necesitan para crecer. Y cuando tengan que afrontar la vida y ya no tengan a mamá o a papá, van a buscar la cocaína, o van a buscar la heroína. Eso es un drama pero ese drama no nació con ellos, nació con nuestra actitud. Nuestra actitud es que al hijo no le pase lo que a nosotros nos pasó, que no asuma las dificultades por las cuales nosotros pasamos, pero precisamente, nosotros somos hijos del dolor, somos hijos de las dificultades. Tenemos que aprender a dosificar los bienes de la tierra, porque hemos generado las más grandes injusticias. Mientras nuestros hijos tienen todo lo innecesario, cada 3 segundos se muere un niño de hambre física, cada tres segundos, eso es totalmente escandaloso. Ustedes dirían esto es problema del marxismo o del comunismo o del deterioro de intercambio en las relaciones internacionales, no; eso es problema de nuestra vida cotidiana, de nuestro estilo de vivir, de nuestro consumismo. ¿Cuantas cosas absolutamente innecesarias les compramos? Aquellas cosas no necesarias, se vuelven la pobreza emocional del niño, la pobreza de su personalidad, no hemos aprendido a fortalecerlos. Así que hay que enseñarles un territorio, el niño va a experimentar pánico. En este punto de transición viene el miedo y allí donde hay miedo o pánico no se puede manifestar el amor, porque el pánico genera reacción de ataque–huida y la condición del amor es respuesta de relajación, es decir, no puede haber amor donde no hay paz. Entonces el niño, entra en respuesta de fuga y se queda congelado, o entra en una respuesta contraria a la de fuga que es la temeridad. Y ustedes ven los muchachos temerarios, este muchacho que va a 300 Km. por hora en una moto pasándose el semáforo en rojo y todo eso. Uno ve que ha pasado desde un extremo al otro, pero lo que él tiene es miedo. Es un tipo especial de miedo, el miedo que ha adquirido una careta: que se llama temeridad pero la temeridad está muy lejos del heroísmo, porque la temeridad ha perdido el centro, es exactamente lo contrario al heroísmo. El temerario se estrella y el que se fuga no evoluciona, ambos son fracasos ante el miedo, el fracaso estará hasta que el niño aprenda algo bien importante: la prudencia, mi territorio tiene límites. Con la prudencia nace la primera expresión de sabiduría, el primer aprendizaje es prudencia. La prudencia significa reconocer, después de oscilar entre la fuga y el ataque, entre el temor y la temeridad, el justo medio. La primera parte del justo sendero del medio en nuestro camino, es conquistar la prudencia.
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