Como todas las mañanas, Pierre de Compagne se ha colocado el calcetín del pie izquierdo del revés. Es una manía






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fecha de publicación07.06.2016
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DOVER
Joan R. Tuset



Calais (Francia), 14 de Julio.

07.06 a.m.
Como todas las mañanas, Pierre de Compagne se ha colocado el calcetín del pie izquierdo del revés. Es una manía.

Primero, tras parar el despertador un par de minutos antes de que sonara, ha hurgado a tientas sobre la mesita buscando su paquete de Gitanes. Ha sacado un cigarrillo y, sin incorporarse, lo ha encendido.

A Nathalie no le gusta. Un día nos prenderás fuego a los dos en la cama.

A Pierre no le importa. No habría nada más romántico que encontrar dos cadáveres carbonizados, ya casi seniles, tumbados en la cama, piensa él.

Nathalie es su compañera de toda la vida. En el colegio, a los doce años, cuando ella llegó a Calais con sus tíos desde Anguleme, se conocieron. Ella los acababa de cumplir y a él le quedaban dos semanas para alcanzar los trece.

Las primeras salidas. Los primeros besos furtivos. Nathalie le adoraba. A medida que fueron creciendo él se fue convirtiendo en su príncipe, su guardián, su vigilia. La dependencia fue cada vez mayor.

Llegó la universidad.

El bueno de Pierre se decantó por la medicina; el hecho de que en Francia no hubiera carrera de criminología le coartó en su intento por convertirse en un buen detective. Él siempre había soñado en ser uno de los protagonistas de los libros que tanto apasionaban a su padre…

Pero… la medicina podía convertirle en… forense.

Así que hizo las maletas para irse a Lille; allí le esperaba una de las más prestigiosas universidades francesas y europeas. Por si fuera poco, hacía dos meses que se había constituido la universidad Lille II, dedicada especialmente a la Salud y al Derecho.

Corría el año 1971. Pierre estaba cercano a cumplir los veintiún años.

La situación económica de la familia de Nathalie le impidió seguirle. A pesar de todo, la cercanía entre las dos ciudades (unos noventa y cinco kilómetros) hizo que Pierre viajara cada fin de semana a Calais para ver a su familia pero, sobretodo, para estar con Nathalie.

Así pasaron los seis años que tardó Pierre en completar su formación.

El catorce de Julio de 1977 en la iglesia de Notre Dame de Calais aprovechando el jolgorio local por la fiesta nacional, Pierre y Nathalie se daban el oui y se iban a vivir a una pequeña casita en la rue des Marechaux, que había pertenecido a la familia de Compagne.

Pierrot, como le llamaba Nathalie, presentó su solicitud para ingresar en el cuerpo de la Policía Local de Calais y fue admitido en el acto. Desde los acontecimientos de mayo de 1968 costaba encontrar personas con aptitud para cubrir plazas en las fuerzas de orden público en Francia.
Han pasado treinta años. Hoy es catorce de Julio.

La pequeña casa de la rue des Marechaux se ha convertido en un hotelito y los de Compagne viven, ahora, en una casa bastante más grande, cerca de allí, con vistas al mar, al canal.

Pierre de Compagne se ha hecho con un nombre en el país. Desde hace diez años dirige desde la bucólica Calais el Departamento Nacional Francés para la Investigación de Criminales Reinsertados (DICRE), donde, tras trazar un perfil de todos los delincuentes que, tras cumplir periodo de encarcelamiento, vuelven a la vida regular, se dedica a vigilarles durante el periodo de tiempo que estima pertinente.

En estos diez años, ante el asombro de psicólogos cualificados, ha dado al traste con las hipótesis más variopintas acerca de criminales que parecían ser auténticos psicópatas, pero que en el fondo eran corderitos y ha conseguido hacer que algunos personajes a los que todo el mundo daba por completamente reinsertados dieran un paso en falso para poder detenerles a tiempo.
Pierre se pone las zapatillas. Huele a café. Como cada sábado, Nathalie se ha levantado diez minutos antes que él y le está preparando el desayuno. Sin decirle nada, se desliza silenciosamente al cuarto de baño. Se afeita. Toma una ducha, con agua fría, como a él le gusta, como cada día. Cuando se mira en el espejo, con el peine en la mano, dispuesto a alisarse el abundante cabello que aun tiene, observa la figura de Nathalie, apoyada en el marco de la puerta, mirándole. Ella sonríe. Él también. Se le acerca, le da un beso en los labios y le susurra:

  • Je t’aime.

Ella le coge la mano, le deposita un paquetito y se la cierra con cuidado.

  • Espero que te guste.

Hoy es el gran día, piensa él.

  • Ábrelo.

  • Attend, más tarde, cuando tú tengas el tuyo.

  • Ah. Pero… ¡Te has acordado!

  • Claro. Por eso decidí que nos casaríamos el catorce de Julio. – Risas. – De todos modos, lo tengo en la oficina. Luego te lo doy.


Desayunan los dos en silencio, viendo, en la televisión, el informativo matinal. Roland Virennes, le Noir, sale en pantalla. Pierre se estremece. ¿Qué habrá pasado? Yo le di el OK a la comisión hace dos meses…

La voz dice: se busca a este hombre por la presunta violación de tres menores y el asesinato de un sacerdote que, infructuosamente, intentaba protegerlas. El rótulo reza: Roland Virennes, alias le Noir.

Pierre busca en su cajetilla de gitanes otro cigarrillo.

  • Será una equivocación, - Nathalie se esmera en tranquilizarlo - ¿Cuántas veces se ha acusado a alguien que es inocente? No sería la primera. Tal vez el tipo pasara por allí y algún testigo que viera alguna cosa extraña haya dado su descripción; hay que reconocer que su aspecto asusta un poco… Yo me cambiaría de acera.

  • Merci, ma cherie. Tengo que averiguarlo. Sé que no lo hizo él. Estuve hablando con Virennes más de cuatro horas en Douai. La vida no le había regalado nada, pero él no es un asesino; ni mucho menos un violador. De todos modos, tranquila, - apura su café – sólo estaré de cuatro a cinco horas en la oficina y volveré. Nadie va a estropearnos nuestro aniversaire.


Él busca la corbata que ella le regaló justo el año anterior. Se esmera en hacer un bonito nudo; siempre tiene problemas con estas corbatas tan anchas. Lo consigue. Busca el pasador con la insignia del cuerpo, se pone la americana y, tras darle un tierno beso a Nathalie, sale de casa. En las escaleras que conducen a la calle se gira.

  • Encontrarás un papelito debajo de mi foto en tu mesita de noche. Te quiero.


Nathalie, de soltera Perigaux, perdió a sus padres a la edad de once años debido a un accidente de tráfico. Ella no viajaba con ellos en el autobús que los trasladaba de París a Angulema, adonde se disponían a visitar a sus abuelos. Se quedó en París, en casa de una amiga, preparando los pasos del programa para el festival de patinaje sobre hielo en el que iban a participar en dos semanas. Después de aquello, Nathalie colgó los patines y nunca más volvió a patinar. Deseó haber estado con sus padres en el fatal instante y culpó al patinaje por haberla alejado de ellos en ese momento.
Ahora, mira la silueta de Pierre doblando la esquina. Aún conserva una figura espléndida, se dice, observando las amplias espaldas de su esposo. Espero que tenga razón en el caso del tipo este, Virennes, y que todo sea un malentendido.

Entra en la casa y cierra la puerta. Se dirige a la habitación y busca en la mesita de noche la foto de Pierre; debajo hay un papelito doblado cuidadosamente.

“Te quiero, cherie; prepárate para estar lista entre las doce y la una. Ponte guapa, bueno, más guapa si cabe de lo que ya lo estas normalmente. Pasaré a recogerte para ir a Chez Armand. ¡Ah! ¡Sorpresa! Je t’aime”.

Ella sonríe. Chez Armand es el restaurante preferido de Nathalie. En todo el mundo (y ellos han viajado bastante) nunca ha encontrado una cocina tan suculenta como la de Armand, un corso bajito, de elegante mostacho, que trabaja como nadie el pescado fresco del canal.

Es un buen sitio para decírselo, piensa Nathalie. Por fin, cuarenta y cinco años después ha decidido volver a patinar. Va a empezar a tomar clases en el Pabellón de Deportes para recordar como se deslizaba sobre el hielo. Es el triunfo del presente sobre el pasado. Ahora, la felicidad les abruma y aún son relativamente jóvenes. Se siente pletórica. Espera que Pierre soluciones el affaire Virennes.
Diez minutos a buen ritmo, andando, llevan a Pierre de Compagne hasta la oficina, un edificio anexo a la comisaría principal de Calais, exclusivo para el DICRE. Durante el trayecto, todo el mundo le reconoce, le saluda, le aprecia. El responde amablemente a todos y con una sonrisa en los labios.


  • Bonjour, monsieur de Compagne.

  • Bonjour, Amelie.

Amelie Deschamps es su ayudante fiel desde los inicios del departamento. Él la contrató cuando ella tenía veinte años y un futuro prometedor. Ella se lo ha dado todo. Le ha ayudado en los momentos complicados, cuando las cosas no acababan de salir como habían estado previstas; incluso le hizo compañía cuando Nathalie sufrió la crisis de los cincuenta y quiso dejarlo todo. Fue su amante durante dos años, pero cuando él le dijo que todo había terminado ella lo entendió perfectamente y volvió a asumir, únicamente, su papel de ayudante eficiente. Es por eso por lo que él tanto la adora y la respeta y… Nathalie lo sabe.

Ella reconoce que tuvo a su marido abandonado y aprecia en Amelie lo que hizo por Pierre. También sabe que Pierre hizo todo lo posible por sacarla de aquella horrible depresión y que nunca se alejó de su lado; por eso, cuando todo volvió a la normalidad los tres quedaron unidos en un extraño triángulo sin mentiras.

  • Tenemos un problema. ¿Has visto las noticias o escuchado la radio esta mañana? Acusan a Virennes de violación y asesinato.

  • Oh! Mon dieu!

De compagne observa a Amelie y ve en sus ojos un destello de terror. Ella, la impasible; su eficiente y dicharachera mano derecha en el DICRE amagando flaquezas.

  • ¿Hay algo que no sepa que debería saber?

  • No.

  • ¿De verdad? – Pierre se siente padre, a veces, con Amelie. Si cree que le está escondiendo alguna información sobre el caso va a mostrarse amable, condescendiente y cariñoso hasta conseguir la confesión, el secreto. Ahora puede ver a Amelie como a su hija mayor, Isabelle.


Amelie es un año mayor que Isabelle y cinco años mayor que Beatrice, su pescadito.

Isabelle es la hija modelo que todo padre o madre quisiera tener. Siempre se mostró respetuosa con todos los que la han rodeado, en especial con sus padres y con sus suegros. Ha estudiado dos carreras universitarias, se ha casado con un hombre encantador que la quiere como a su vida y tiene dos maravillosos hijos a los que Pierre y Nathalie ven menos de lo que les gustaría. Isabelle vive en Londres con su familia y, aunque en menos de cuatro horas se puede cubrir el trayecto desde Calais, no deja de ser un engorro realizar ese viaje sólo para un día.

Beatrice es diferente. Fue concebida a bordo de un gran barco durante el crucero que los de Compagne realizaron por el Adriático para celebrar su aniversario de boda y nació prematuramente en el yate de unos amigos, tres semanas antes de lo previsto, en pleno Atlántico. Gracias a los conocimientos de Pierre en el campo de la medicina, el parto no sufrió complicación alguna y todo siguió el cauce correcto. Es, por tanto, casi obvio que Pierre la llame su pescadito.

Beatrice vive en Paris con Michel, una especie de artista que no acaba de decantarse por ninguna de las artes en concreto; dibuja caricaturas, escribe poemas, talla en madera, toca el violín… según Trix, es mejor que Stern. Su madre sufre por ella. No acaba de encontrar una ocupación que la satisfaga y, aunque es feliz con su artista, no deja de llamar a mamá cada dos por tres para contarle sus problemas económicos.


  • No, Pierre; de verdad. Lo que pasa es que esta mañana, mientras venía a la oficina he tenido un mal presentimiento… Es que incluso me ha parecido ver, a hora que lo has mencionado, al tipo este, Virennes; tan moreno y tan bajito, no creo que haya muchos hombres por la zona, con este aspecto. Pero no me hagas caso, habrán sido suposiciones mías.

Pierre de Compagne se sienta en su despacho. Sillón de cuero italiano. Mesa de caoba fina del Caribe. Las paredes bien surtidas de auténticos Impresionistas, menores, eso sí, pero buenos: dos Guillaumin, un Sisley, un Bazille y tres Caillebotte, su preferido. Pero el más importante lo tiene sobre la mesa. Formato de trece por dieciocho en papel fotográfico, en un sencillo marco de plata pulida: Nathalie y sus dos niñas cuando tenían dieciocho y catorce años, en la Riviera italiana.

Suena la alarma de su móvil. Son las nueve.

“Recoger regalo Nathalie. 11h. Camber way.”

  • Merde! No voy a llegar.

Amelie entra con el dossier de Roland Virennes. La cubierta muestra la palabra resolú. Pierre lo abre y lee sus propias conclusiones, tomadas seis meses atrás.

“Habiendo verificado el estado mental del sujeto de nombre Roland Virennes personalmente, en la prisión de Douai, en cuyas instalaciones me entrevisté con él por espacio superior a cuatro horas, expreso mi total convicción de que el mencionado sujeto presenta un cuadro de total adaptación al medio social en el que se ha desarrollado desde su puesta en libertad el pasado siete de octubre de 2006. Es más, me gustaría constatar que tengo dudas en cuanto al delito que se le imputó, dado que él persiste en proclamar su inocencia aún cuando se le ha concedido la libertad. Considero a monsieur Virennes totalmente capacitado para desempeñar cualquier tipo de trabajo, sea físico o no. Le autorizo a utilizar herramientas y, si fuera estrictamente necesario para su ocupación, armas. Además, ha puesto en conocimiento del DICRE que ha iniciado una relación con mademoiselle Camile Leblanc, de veintisiete años, encargada de tramitarle la salida de la prisión de Douai, en la que ha estado siete años. Camile Leblanc fue la abogada de oficio designada por el Estado para gestionar la libertad de Roland Virennes.

Considerando el buen juicio de mademoiselle Leblanc, pienso que ella jamás hubiera iniciado una relación con un tipo de carácter violento. Así pues, doy por resuelto el caso Virennes y, para que conste, firmo a 23 de enero de 2007.”

Las dudas empiezan a asaltar a Pierre. Tal vez hubiera precipitación. El tiempo que se suele utilizar para la investigación del sujeto y para dar el caso por resolú es de seis meses. ¿Por qué se cerró a los tres? De repente, abre los ojos. Coge el teléfono. Llama a París.

  • Hola cherie, ça va?

  • ¡Papá!

  • Hola preciosa, ¿cómo está mi pescadito?

  • Bien; ahora hablaba con Michel de mamá y de ti. Pensábamos ir a pasar unos días a Calais con vosotros. ¿Cómo estáis? ¿Y mamá? ¿Cómo va el aniversario?

  • Bien, bien, bien… Me abrumas con tanta pregunta. Podéis venir cuando queráis, ya sabes que tu madre y yo siempre os recibimos con los brazos abiertos. – Pierre hace una pausa. Toma aire. – Oye, cariño, ¿te acuerdas del tipo aquel que habías visto cantando viejas canciones de Edith Piaff y que te recordaba, por la voz, a Michel?

  • Oui, uno al que tú estabas investigando, n’est pas?

  • Oui, cherie. Dijiste que tenía cara de buena persona y que nunca le haría daño a nadie, ni a una mosca.

  • C’est vrai, papa.

  • Pues al tipo en cuestión se le acusa, ahora, de unas violaciones y de un asesinato.

  • No puede ser. No lo creas. ¿Hay pruebas?

  • No. Por eso te llamo.

  • No hagas caso. Seguro que le han tomado por otro. Me suena que era un personaje poco afortunado; siempre estaba en el lugar menos adecuado. Mala suerte, lo llamo yo. El único día que Michel se sacó más de quinientos euros, a diez metros de él, ese hombre no consiguió ni veinte. Recuerdo que le invitamos a comer algo y que luego estuvo agradeciéndonoslo durante horas. Al final logramos desembarazarnos de él pero prometió que nos debía una… pero, ¿por qué se le detuvo la primera vez?

  • Se le acusó de haber mantenido una relación sexual con su hijastra de dieciséis años y después, de haber matado, envenenándola, a la madre de esta. Nunca se pudo probar nada acerca del asesinato. Lo de la relación nunca lo negó, pero hay que tener en cuenta que, según la chica, era consentida. Él sostiene que cuando la difunta los pilló sufrió un ataque al corazón. Hay algún indicio, no obstante de que, tal vez, pudiera haber sido envenenada.

  • La chica, no hay duda.

  • Pero…

  • La chica, la chica. El poder salir del cascarón materno acostándote con el amante de tu madre da muchísimo morbo. Seguro que puso algo en las comidas a su madre. Búscala. Interrógala. Ha de ser tu sospechosa número uno.

  • Pero…

  • Hazme caso, papá; las hijas tenemos un sexto sentido para con los padres. Me parece que esto te está volviendo paranoico. Tú no tienes la culpa. Lo sé. Ese hombre… como se llame…

  • Virennes.

  • … Virennes es inocente. Tu pescadito lo dice.

  • Vale, vale. Buscaré a la chica. Oye, venid cuando queráis pero avisa a tu madre; ya sabes que le gusta tenerlo todo preparado.

  • O.K. papá; ciao.

Pierre se siente mucho mejor ahora, después de hablar con Trix. Pulsa el intercomunicador que le une con el despacho de Amelie Deschamps.

  • Amelie, voy a salir. No creo que vuelva. Voy a recoger el regalo de Nathalie al otro lado del canal. Busca a la hijastra de Virennes, creo que se llamaba Valentine o…

  • Vanessa, Vanessa Ferrand.

  • Exacto.

  • Tengo aquí su ficha. ¿La llamo?

  • Si. Concierta una cita con ella. No le digas nada de Virennes. A ver como respira ella. Dile, simplemente, que se trata de unas comprobaciones rutinarias acerca de algunas direcciones. Si sigue en Douai podemos vernos mañana mismo o, mejor, el lunes. Dile, incluso, que tenemos a alguien por allí. Ya iré yo mismo. Llama también a Lille y averigua todo lo concerniente al presunto crimen de Virennes.

  • Ya está hecho. He hablado con el comisario Leclercq mientras hablabas con tu hija. Me ha enviado un mail con toda la información de la que disponen; de hecho, ya lo tenían preparado pero dudaban de que hoy hubiera alguien aquí, en el DICRE.

  • Eres fantástica. ¿Qué se cuentan?

  • Lo sé. En fin, encontraron al curita muerto a causa de un balazo en pleno cuello. Una de las chicas estaba a sus pies llorando, presa de un ataque de histeria. De las otras dos, nada de nada. Como si se las hubiera tragado la tierra.

  • ¿Le han podido sacar algo?

  • Sólo que era un cochon. No paraba de repetirlo. Una y otra vez.

  • ¿Sólo eso? ¿Cochon? Para alguien que acaba de ser violada, ¿no te parece poco? No sé, sería más normal hijo de puta, cabrón, bastard, esas cosas… No me he visto en ninguna situación así, gracias al cielo, pero, no sé…

  • ¡Caray jefe! Vaya vocabulario. No sé, a mí, gracias a Dios, nunca me han violado. No puedo ni llegar a imaginarme lo que estaría pasando por mi cabeza; ni mucho menos por la de una niña de dieciséis años.

  • ¿Dieciséis?

  • Esta, sí, Las otras dos, quince.

  • Hum, nuestra Vanessa tenía dieciséis añitos cuando ocurrió todo aquello.

  • Sí, pero con metro setenta y ¡menudo cuerpazo! ¿No la recuerdas?

  • Oui! Ahora, sí. En fin, tengo que irme, sino perderé el ferry. Concierta la cita con el monumento y no se si mandarte a ti, no sea que a Nathalie le den celos.

  • Lo que quieras, ya sabes.

  • Lo sé. Si hay algo nuevo estoy en el móvil. Au revoir.

  • Au revoir.



Dover.

Roland Virennes, le noir, ve su foto en los aparatos de televisión de una tienda de electrodomésticos. No oye nada y no entiende lo que hay escrito debajo. Tras ponerse unas aparatosas gafas oscuras, entra en una taberna concurrida.

  • Cognac!

  • Yes, sir.

No hay televisión en marcha; claro, no hay evento deportivo que merezca la pena. Estos ingleses son así, piensa.
Aproximadamente un par de horas antes, Pierre de Compagne ha salido del DICRE casi corriendo; sólo le separan diez minutos de la terminal de ferrys. Ha tenido el tiempo justo. A la carrera, se ha lanzado hacia los muelles. Ha llegado justo a tiempo. Cuando ha subido a bordo, ha oído la sirena. El barco ha zarpado. Ha sacado un billete de ida y vuelta a Dover. Se ha apoyado en una columna decorativa de cartón piedra. Ha sacado su paquete de Gitanes. Quedaban tres cigarrillos. Ha encendido uno. Ha pensado que ya compraría en Dover.

En Calais, mientras, Nathalie se ha dado un baño reparador. ¿De qué?, se ha preguntado. Tal vez la tensión. Seguro que todo irá bien. Se ha envuelto en su albornoz violeta de rizo americano, regalo de Isabelle y los chicos. Ha olido su intenso olor a lavanda. Lo ha aspirado profundamente. Ha cogido dos paquetes de caramelos. Así dejará de fumar; le daré a escoger entre mis labios o un caramelo de miel y limón, sus preferidos. No podrá resistirse.
El ferry llega a Dover. Desembarco tranquilo, a pesar de la cola. En sábado, a esa hora, siempre hay más tráfico humano. Pocos coches. Parejas que van a dar una vuelta, de compras o, simplemente, a ver a algún familiar o amigo al otro lado del canal.

Si en media hora estoy de vuelta, a la una en Calais. Llamaré a Nathalie y le diré que me he retrasado una hora. Lo entenderá. Pensará que se trata del caso Virennes.

A buen paso, Pierre de Compagne se lanza a través de los muelles para alcanzar Camber way. Es un camino que a Nathalie no le gusta, pero a plena luz del día, seguro que no ocurre nada. Siete minutos y llega a Joy’s, una pequeña joyería donde hacen unos trabajos exquisitos en orfebrería. Tratan las piedras preciosas como nadie.

Nathalie se enamoró, hace un par de meses, durante una visita de los de Compagne a Dover, de una bonita esmeralda en forma de ‘ene’. La verdad es que es preciosa, pensó Pierre. Al lunes siguiente telefoneó a Joy para que le reservara la pieza para su aniversario. No problem, sir.



  • Good morning, sir.

  • Bonjour, monsieur Joy. – El joyero levanta la cabeza. Ha reconocido al francés que va a dejarle un montón de pasta en un momento.

  • ¡Ah! Mr. de Compagne, no le he reconocido al entrar. ¿Cómo está usted?

  • Muy bien, gracias. ¿Tiene mi “ene”?

  • Of course, sir. – El joyero saca de debajo del mostrador una bolsita de terciopelo verde botella y extrae de su interior la esmeralda. - ¿Qué le parece?

  • ¡Fantástica!

  • Se la prepararé.

  • Por favor. Ah, ¿Qué le debo?

  • ¿Libras o Euros?

  • Si no le importa, euros.

  • No problem, sir. – Joy saca una calculadora y efectúa un rápido cálculo pasando el precio original de la “ene” en libras a euros. – Serán… 750 euros.

A Pierre nunca le ha gustado usar tarjeta de crédito. Él es de la vieja escuela. Un buen fajo de billetes y todo arreglado. Saca de su billetera de piel cuatro billetes de 200 euros y se los extiende al joyero. Este le presenta un paquetito coqueto, exquisitamente preparado y le devuelve 50 euros.

  • Merci beaucoup.

  • No, monsieur, gracias a usted. Con clientes así, el negocio de la joyería iría viento en popa y, ya ve, cada vez trabajamos menos. Cualquier otra cosa que necesiten, ya saben donde encontrarnos. Salude a su esposa de mi parte. Good morning.

  • Bonjour.


Pierre se ha entretenido más de lo necesario en Joy’s. Tiene diez minutos para llegar a los muelles, al embarcadero. Decide volver por el mismo camino, los callejones que siempre le han dado tanto miedo a Nathalie. Ahora, a él, el trayecto se le antoja, también, más peligroso. Lleva encima una joya de valor y piensa que alguien puede haberle visto salir de la joyería. Vah. Paranoia; que tontería.

Enciende su penúltimo cigarrillo y empieza a dar largas zancadas. Voy a hacer feliz a Nathalie cuando le diga que voy a dejar de fumar. ¡Decidido! No voy a comprar más tabaco. El que me queda va a ser el último. Suena el móvil.
Roland Virennes toma su coñac parapetado tras sus aparatosas gafas oscuras. Es su tercera copa. El barman empieza a fijarse en él. Le noir lo percibe. Ahora cae. Mientras tomaba su segundo coñac, a través de los cristales de la taberna, le ha parecido ver a alguien conocido. Es el polizonte aquel de Douai, de Compagne; ¿Qué diablos estará haciendo aquí? ¿Me estará buscando? Mira el cartel que hay detrás de la barra: ‘1 copa de coñac: 6€ / 4L’. Busca en su cartera. Saca un billete de 20€. Lo deja sobre la barra y se va. En el momento en que se dispone a largarse hacia la estación de tren ve salir a Pierre de Compagne de la joyería que hay enfrente de la taberna donde ha estado tomando sus copas. Le ve detenerse. Merde. Pero, no; Pierre busca en el bolsillo de su camisa y saca un cigarrillo. Lo enciende. Reanuda la marcha. Vuelve a detenerse. Mete su mano derecha en el bolsillo izquierdo de su pantalón y saca el teléfono móvil. No escucha, lee. Parece que ha recibido un mensaje:

Pierre, se ha visto a Roland Virennes por Dover. Scotland Yard está sobre aviso. Amelie.’
Nathalie se ha puesto el vestido escarlata que tanto gusta a Pierre. Lo estrenó hace unos años, en la boda de Isabelle, pero le sigue sentando estupendamente. La señora de Compagne conserva una figura espléndida a pesar de sus cincuenta y seis años. Debido a su meticulosidad, Nathalie ha guardado la prenda en un estado primoroso. Parece realmente nueva. Va a acompañarla con zapatos negros de medio tacón, un ligero toque de maquillaje, algo de sombra de ojos, poquito, que es de día y luego se ve mucho; labios pintados a juego con el vestido, un poco más claritos; una gotita de perfume y lista.

Con los tacones, los treinta centímetros que le lleva Pierre parecen menguar. Suena el teléfono.

  • Allo?

  • Mamá, soy Trix. ¿Cómo estás?

  • Cherie! Bien. ¿Cómo estáis vosotros? ¿Qué tal por París?

  • Bien, bien. He hablado hace un ratito con papá. Estaba un poco consternado por lo del tipo este al que buscan…

  • Virennes.

  • Eso; hemos hablado y creo que le he tranquilizado un poco. Le he dicho que pensábamos ir unos días a Calais, ¿te importa?

  • ¡Que preguntas son esas! Podéis venir cuando queráis, pero haces bien en avisar porque así preparo la habitación.

  • Vendremos el lunes. ¡Tenemos buenas noticias!

  • ¿Estás embarazada? ¿Michel tiene trabajo? ¿Qué? ¿Qué?

  • Tranquila mamá, el lunes os lo contamos.

  • Va, nena, dime algo…

  • No se lo he dicho a papá y no te lo contaré a ti. Os lo diremos a los dos a la vez el lunes. Compra un buen Borgoña, tendremos que brindar. Además, te adelanto que son dos buenas… muy buenas noticias. Au revoir!

  • Vale… Au revoir.


Beatrice cuelga. Michel le coge los hombros y le da un tierno beso en el cuello. Poco a poco desliza sus labios por el cuerpo de ella hasta llegar al ombligo. Le acaricia el abdomen con las manos, mientras le besa, ahora, los labios.

  • Si es niño, Michel.

  • No, Pierre, como mi padre. Sabes que se lo prometimos.

  • Será niña y se llamará Michelle.

  • Ya veremos. Te quiero.

  • Del disco, nada, ¿no?

  • Ni del embarazo; rien de rien. Todo, el lunes. Cuando les digamos que vas a grabar con Itzhak Perlman no lo van a creer, ¡con lo que le gusta a mamá!

Sus cuerpos desnudos se funden en un abrazo y se refugian bajo la sábana de satén de color violeta. Se sienten felices. Después de muchas penurias, parece ser que todo va a empezar a ir bien.
Robert Crawford es el comisario jefe de Scotland Yard en Dover. Ha recibido por fax y por e-mail la fotografía de Roland Virennes, le noir. Tiene orden de caza y captura. La INTERPOL está detrás de todo. La policía francesa está al corriente. Es un tipo peligroso. Si va armado, tirar a matar.
Roland Virennes sigue a Pierre a unos veinte metros, tras sus aparatosas gafas oscuras. Tal vez pueda ayudarme.

No he hecho nada. Sólo estaba jugando con aquellas dos mocosas. De pronto, se oyen pasos de carrera. Virennes se gira y ve a tres policías corriendo hacia donde él se encuentra. No puede hacer otra cosa que escabullirse hacia un callejón por donde, sin él saberlo, se ha metido hace unos instantes Pierre de Compagne para atajar su camino hacia la terminal. Entonces ve pasar a los policías corriendo. Cuando se dispone a abandonar el callejón oye voces detrás de él.

  • …¡Dámelo! ¡Vamos!

  • No tengo nada que darle. Usted no sabe con quien está hablando. Mejor será que se vaya por donde ha venido y olvidemos este asunto. – Pierre está acorralado. Un tipo le ha seguido desde la joyería y ahora reclama la esmeralda. No está dispuesto a que le agüen el día. – Mire, tengo un par de cientos de euros, ¿es eso lo que quiere?

  • ¡Lo quiero todo! La pasta y las joyas que has comprado, ¡venga!

  • Está usted metiéndose en un lío. Soy policía. Si se marcha ahora mismo, olvidaré que le he visto. Tome el dinero y márchese.


Virennes ha observado la escena.

  • Tiene razón. Es madero pero buen tipo. A mí me soltó él.

  • ¿Quién eres tú? – El desconocido atracador de Pierre se ha sobresaltado con la aparición de Virennes.

  • Me acusaron de unos delitos que no cometí y gracias a él, desde que me soltaron hasta hoy he vivido más o menos tranquilo.

  • ¡Virennes!

El grito de Pierre, hasta cierto punto, alegre por escuchar una voz que le respalda, asusta al ladrón que, en ese momento está encañonándole con una pistola. Un disparo. La bala perfora la chaqueta y la camisa de Pierre y estalla contra lo que parece ser la columna vertebral del director del DICRE. Pierre cae al suelo, consciente pero inmóvil. El ladrón hurga en sus bolsillos y encuentra dos paquetes, coge la cartera y se va corriendo con las tres cosas. Al cruzarse con Virennes le lanza la pistola.

  • Yo, de ti, me largaría zumbando.


Roland Virennes se acerca a Pierre.

  • Está jodido, monsieur; ese cabrón le ha dado bien.

  • Lo sé… ¿Qué has hecho Virennes? ¿Por qué mataste a ese pobre cura? Anda, ayúdame a levantarme.


Mientras Roland Virennes, le noir, intenta levantar un cuerpo, casi inerte, cuarenta kilos más pesado que el suyo, sin conseguirlo, un tipo al que nadie presta atención sube al ferry de las 11:30, hora británica. Lleva unos cientos de euros robados, una esmeralda en forma de ene y un par de gemelos en forma de pe.

El cuerpo de Pierre de Compagne no responde. El balazo parece haberlo dejado parapléjico. Un pequeño hilillo de sangre le mana por el agujero que la bala le ha producido en el abdomen.

  • ¡Yo no maté a nadie! Sólo jugaba con aquellas guarras…

  • Tienen sólo quince años, Virennes.

  • ¡Quince años! Pues no lo parecía. ¡Que bien trabajaban! Mientras una me la comía yo le comía las tetas a la otra y… ¡que tetas!

  • Pero…

  • Entonces llegó la otra, la que parecía mayor. Ella pilló a ese cochon meneándosela… ¡un cura! ¡Cascándosela! ¿Dónde iremos a parar? Iba con su novio. A mí, ni me vieron. Una de ‘mis chicas’ era la hermana del novio. Él pensó que el cura las espiaba mientras ellas jugaban entre sí y se lo cargó. Yo me fui de allí lo más rápido que pude… Hasta ahora.

  • Te buscan a ti, Virennes…

El dolor es insoportable. Está mareado. Pierre pierde el conocimiento. Este tipo la ha palmado. Me largo. Descansa en paz, viejo. Virennes sale del callejón con la pistola del ladrón aún en su mano. Los policías alertados por el disparo han vuelto sobre sus pasos. Al ver a Virennes recuerdan la orden que Robert Crawford, su jefe, les transmitió procedente de la INTERPOL: Es un tipo peligroso. Si va armado, tirar a matar.
Roland Virennes, le noir, es acribillado a balazos en los muelles de Dover, cerca de la terminal de ferrys que le hubieran llevado de vuelta a Francia.
Nathalie empieza a preocuparse. Es, ya, más tarde de la una. Ha llamado a Amelie y esta le ha dicho que Pierre había tenido que salir. No te preocupes, Nathalie; ha tenido que ir a… Dover. Amelie teme chafarle la sorpresa a su jefe. No da más datos.

Nathalie llama a Pierre al móvil varias veces.

Amelie llama a Pierre al móvil varias veces.

Nadie responde.
Sobre las dos y media Pierre abre los ojos. El sonido de un timbre telefónico, el del tono de llamada de su móvil. Logra alargar la mano hasta el bolsillo de su camisa. Llega tarde. Han colgado. Ocho llamadas perdidas.

Nathalie, logra susurrar. Su tono de voz es tan leve que casi no se oye ni a él mismo. Casi con esfuerzo sobrehumano, logra marcar los nueve dígitos del número de Nathalie, en el momento en que el móvil se apaga. Las llamadas perdidas han acabado con la batería del aparato. Merde!.

Una lágrima empieza a descender por la mejilla de Pierre. Se sabe muerto. Lo que más le jode es que no podrá despedirse de Nathalie, de su Nathalie. Hurga en su chaqueta y logra palpar el paquete de Gitanes humedecido de sangre. El cigarrillo que le queda está milagrosamente seco. Logra llegar al mechero y lo enciende. El dolor desaparece por unos segundos. Ya ni oye los pasos que se aproximan a él. Sabe que sus Labios inhalan el humo del último pitillo, de la última calada. La derniere.

Nota de prensa en ‘Le Figaro’.

15 de Julio.
Scotland Yard, en una brillante operación conjunta con la Policía Francesa, logró abatir, ayer, en Dover al fugitivo Roland Virennes, conocido como “Le Noir”, después de que este hubiera acabado con la vida de varias personas, entre ellas, la del director del Departamento Nacional Francés para la Investigación de Criminales Reinsertados (DICRE), Pierre de Compagne.

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