Índice de esta digitalización






descargar 1.05 Mb.
títuloÍndice de esta digitalización
página1/37
fecha de publicación08.06.2015
tamaño1.05 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   37

Página



Narcisismo de vida, narcisismo de muerte



Obras de André Green en esta biblioteca

«Pulsión de muerte, narcisismo negativo, función desobjetalizante», en La pulsión de muerte

De locuras privadas

«Desconocimiento del inconciente (ciencia y psicoanálisis)», en El inconciente v la ciencia

La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Aspectos fundamentales de la locura privada

El lenguaje en el psicoanálisis

El trabajo de lo negativo

Las cadenas de Eros. Actualidad de lo sexual
Narcisismo de vida, narcisismo de muerte

André Green

Amorrortu editores

Biblioteca de psicología y psicoanálisis

Directores: Jorge Colapinto y David Maldavsky

Narcisisme de vie, narcissisme de mort, André Green

© Editions de Minuit, 1983

Primera edición en castellano, 1986; primera reimpresión, 1990;

segunda reimpresión, 1993; tercera reimpresión, 1999

Traducción. José Luis Etcheverrv

Única edición en castellano autorizada por Editions de Minuit, París, Francia, v debidamente protegida en todos los países. Queda hecho el depósito que previene la ley ne 11.723. © Todos los derechos de la edición castellana reservados por Amorrortu editores SA. Paraguay 1225. 7a piso, Buenos Aires.

La reproducción total o parcial de este libro en forma idéntica o modificada por cualquier medio mecánico o electrónico, incluyendo fotocopia, grabación o cualquier sistema de almacenamiento v recuperación de información, no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

Industria Argentina. Made in Argentina.

ISBN 950-518-478-6

ISBN 2-7073-0635-5, París, edición original

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, en marzo de 1999.

índice general

11 Prólogo. El narcisismo y el psicoanálisis: ayer y hoy

29 Primera parte. Teoría del narcisismo

31 1. Uno, otro, neutro: valores narcisistas de lo mismo

78 2. El narcisismo primario: estructura o estado

127 3. La angustia y el narcisismo

165 Segunda parte. Formas narcisistas

167 4. El narcisismo moral

196 5. El género neutro

209 6. La madre muerta

239 Epílogo. El yo, mortal-inmortal


Índice de esta digitalización


Índice de esta digitalización 8

Prólogo. El narcisismo y el psicoanálisis: ayer y hoy 10

Primera parte. Teoría del narcisismo 25

1.Uno. otro, neutro:
valores narcisistas de lo mismo
(1976) 25

2.El narcisismo primario: estructura o estado
(1966-1967) 63

3.La angustia y el narcisismo (1979) 102

Segunda parte. Formas narcisistas 133

4.4. El narcisismo moral
(1969) 133

5.El género neutro
(1973) 156

6.La madre muerta
(1980) 167

Epílogo. El yo. mortal-inmortal
(1982) 192

Referencias 212



Alcánzame esa copa, quiero leer en ella. Shakespeare, Ricardo II (IV, 1, 276).

Así, en una persona, a muchas represento, Y ninguna satisfecha. . . (V. 5, 31).

. . . Lo que soy, no cuenta Porque a mí, ni a hombre que hombre sea Nada conforma, hasta que no lo alivia Ser nada. . . (V, 5, 38).

¡Elévate, alma mía! Tu sitio está en lo alto Mientras mi tosca carne se hunde, para morir aquí. (V, 5, III).

Ahora bien, como el yo vive atareado pensando en una multitud de cosas, y como no es mas que el pensamiento de esas cosas, cuando, por casualidad, en lugar de tener delante esas cosas, de repente da en pensar en sí mismo, sólo encuentra un aparato vacío, algo que él no conoce y, para conferirle alguna realidad, le agrega el recuerdo de una figura que percibió en el espejo. Esa cómica sonrisa, esos bigotes desparejos, he ahí lo que desaparecerá de la superficie de la Tierra. (. . .) Y mi yo me parece todavía más nulo cuando así lo veo ya como algo que no existe. Proust, A la recherche du temps perdu (La fugitive), Ed. de la Pléiade, 3, pág. 456.

Prólogo. El narcisismo y el psicoanálisis: ayer y hoy

En las horas del jardín

Analizar es ensayar una diferenciación en la masa compacta y a menudo confusa de los hechos -confusa en mayor medida si se renunció a percibirlos desde la unidad aparente del discurso-, siguiendo ejes que se consideran apropiados para descubrir una composición distinta del objeto, una composición que no es manifiesta; así se revelará su verdadera índole. Es más difícil alcanzar esta meta ideal cuando nos alejamos del objeto del mundo físico para acercarnos al objeto psíquico. En efecto, si los objetos del mundo de la naturaleza sólo oponen al examen una respuesta pasiva, los objetos humanos le agregan una resistencia activa que estorba su desocultamiento, si es legítimo calificar así el resultado de la investigación.

Cuando el análisis recae sobre el yo, una de las principales razones de esta oposición tenaz es el narcisismo. El cemento que mantiene constituida la unidad del yo ha reunido sus componentes imprimiéndole una identidad formal que para su sentimiento de existencia es tan preciosa cuanto lo es el sentido por el que se aprehende como ser. Por eso mismo el narcisismo opone una de las más feroces resistencias al análisis. ¿Acaso la defensa de lo Uno no supone, en virtud de ella misma, el rechazo de lo inconciente, que implica la existencia de una parte del psiquismo que actúa por su propia cuenta en desafío al imperio del yo? Para aprehender esto, sin embargo, hacía falta primero que el trámite analítico consiguiera individualizar su existencia y su función. Porque tenemos ahí un nuevo obstáculo para el análisis de los objetos humanos: los ejes y los constituyentes que los componen no se entregan de manera inmediata al espíritu por la observación o la deducción. Por eso se pudo negar que la teoría psicoanalítica derivaba de la experiencia, hasta tal punto parecía que la retícula interpretativa debía ser previa a toda comprensión, por parcial que fuera, de los sucesos psíquicos y, más todavía, de la estructura del sujeto.

El narcisismo fue en cierto modo un paréntesis en el pensamiento de Freud. La sexualidad es la constante indestronable de la teoría íntegra del inventor del psicoanálisis, pero su poder es de continuo cuestionado por una fuerza adversa que, por su parte, experimentó cambios con el paso de los años. Antes del narcisismo fueron las pulsiones de autoconservación; después, las pulsiones de muerte. En el interregno que se extiende de la primera a la última teoría

11

de las pulsiones, el narcisismo resulta de la libidinización de las pulsiones yoicas, que hasta ese momento se consideraban empeñadas en la autoconservación. Sin duda que fue un salto decisivo para Freud llevar la sexualidad al interior del yo, cuando, en un primer abordaje, este parecía escapar a su imperio. Con el descubrimiento del narcisismo, creyó haber descubierto la causa de la inaccesibilidad al psicoanálisis que ciertos pacientes mostraban. Como en ellos la libido se había retirado de los objetos y se había replegado sobre el yo, era imposible una trasferencia, en todos los sentidos de ese término, y por lo tanto una elaboración de la psicosexualidad. que había encontrado refugio en un santuario inviolable. En esa época, Freud entendía que la perturbación fundamental de la psicosis provenía de ese retiro de la libido, que hallaba más satisfacción donde había encontrado asilo que en la aventura de la libido de objeto, fuente de satisfacciones diferentes pero también de innumerables decepciones, riesgos, incertidumbres.

Era preciso, entonces, descubrir el narcisismo como subconjunto de la psique antes que se pudiera dar razón de su puesto en la tópica, la dinámica y la economía de la libido. Esta dimensión de la vida psíquica no se impuso enseguida en el psicoanálisis. Hicieron falta unos veinte años de reflexión y de experiencia para que Freud se decidiera a enunciar la hipótesis de su existencia en el escrito canónico sobre el tema, "Introducción del narcisismo" (1914). A los analistas, esta adquisición teórica les pareció pertinente y esclarecedora; cuál no sería entonces su asombro cuando, no habiendo trascurrido aún siete años, Más allá del principio de placer (1921) salía a escena para afirmar que esa pertinencia era ilusoria porque conducía a una concepción monista de la libido.

En suma, el narcisismo era un engañoso señuelo, tanto más eficaz porque imprimía en la teoría la seducción de que él mismo era expresión: la ilusión unitaria, que esta vez afectaba a la libido. Freud decidió entonces poner fin a esta peripecia de su pensamiento y propuso la última teoría de las pulsiones, en que se oponían pulsiones de vida y pulsiones de muerte. La hipótesis de las pulsiones de muerte estaba destinada a suscitar controversias. La sexualidad, por su parte, cambiaba su ubicación. Ya no eran las pulsiones sexuales, sino las pulsiones de vida las que se oponían a las pulsiones de muerte. Lo que sólo parece un matiz trae serias consecuencias. Es que frente al espectro de la muerte, el único adversario que se puede medir con él es Eros, figura metafórica de las pulsiones de vida. ¿Qué se reagrupa en esta nueva denominación? La suma de las pulsiones descriptas precedentemente, que ahora se reúnen en un solo rótulo: las pulsiones de autoconservación, las pulsiones sexuales, la libido de objeto y el narcisismo. En suma, todos los constituyentes de las anteriores teorías de la pulsión sólo son subconjuntos reunidos por una idéntica función: la defensa y el cumplimiento de la vida por Eros, contra los efectos devastadores de las pulsiones de muerte.

12

Advertimos hasta qué punto el amor, que parece incuestionado, lo más "natural" que existe, sin embargo es contrariado desde todos los ángulos. No sólo tiene que enfrentar a un temible adversario que en definitiva siempre prevalece, sino padecer las querellas que dividen su propio campo porque cada uno de los subconjuntos está en conflicto con los demás en el propio seno de las pulsiones de vida. Así, aun dentro de la vida, ciertas fuerzas —incluido el principio de placer- colaboran con las pulsiones de muerte sin saberlo. Hacía falta audacia para proponer a los psicoanalistas, dominados todavía por el apetito de conquista, el reconocimiento de ese implacable ejército de las sombras, las potencias de muerte, que socava sus tentativas terapéuticas.

Lo que al comienzo no era más que una especulación, que los psicoanalistas no estaban obligados a admitir, con el paso de los años se convertiría, por verificación de la clínica -y también de los fenómenos sociales-, en una certidumbre, al menos para Freud, puesto que no se puede afirmar que encontrara en este punto aceptación unánime.1 Parece, no obstante, que la comunidad analítica se empeñó más en discutir las innovaciones teóricas de Freud que en manifestar su adhesión a la teoría destronada por ellas, en que el narcisismo ocupaba el lugar central.

Podemos citar otra razón para el olvido del narcisismo, tanto por parte de Freud como de sus discípulos: la creación de la segunda tópica, que traía consigo una reevaluación del yo. Esta innovación fue mucho mejor recibida que la pulsión de muerte. Parecía que Freud quisiera minar la moral de sus tropas, puesto que el enemigo que arruinaba sus esperanzas terapéuticas demostraba ser prácticamente invencible. En ese momento se habría podido esperar que a favor de la nueva concepción del yo se retomaran problemas planteados por el narcisismo, contemplados desde el ángulo de la segunda tópica y de la última teoría de las pulsiones en un empeño de integración de los logros del pasado y los descubrimientos del presente. Nada de eso sucedió. Freud, que sin duda se reprochaba haber hecho excesivas concesiones al pensamiento de Jung, ¿habrá querido deliberadamente romper con sus anteriores concepciones? No es imposible. Lo cierto es que el narcisismo perdería más y más terreno en sus escritos en favor de las pulsiones de destrucción. Testimonio de esto, la revisión de sus perspectivas nosográficas, que restringieron el campo de las neurosis narcisistas a la melancolía exclusivamente o,

13

si se quiere, a la psicosis maníaco-depresiva, mientras que la esquizofrenia y la paranoia pasaban a depender de una etiopatogenia distinta. En cuanto a la melancolía, si bien se la mantenía en la jurisdicción del narcisismo, se la presentaba como expresión de un cultivo puro de la pulsión de muerte. Queda entonces por descubrir una articulación, necesaria, entre el narcisismo y la pulsión de muerte; Freud no se ocupó de ello, y ha dejado a nuestro cargo ese descubrimiento. La mayoría de los trabajos que aquí reunimos intentan, de manera implícita o explícita, pensar las relaciones entre narcisismo y pulsión de muerte: lo que he propuesto llamar narcisismo negativo.

Después de Freud, el narcisismo conocería un doble destino. En Europa, la obra de Melanie Klein, enteramente centrada en la última teoría de las pulsiones de Freud (acaso ella es el único autor que tomó realmente en serio la hipótesis de las pulsiones de destrucción, aunque le dio un contenido muy diferente), ignora el narcisismo. Entre sus seguidores, sólo H. Rosenfeld trató de integrarlo en las concepciones kleinianas; en efecto, ni H. Segal, ni Meltzer ni Bion le dan cabida en sus elaboraciones teóricas. Y no le otorga más atención la obra de Winnicott, que tan profundamente difiere dejas teorías de Melanie Klein, no obstante que deriva de ellas.

En cambio, del otro lado del Atlántico el narcisismo renacería de sus cenizas, primero bajo la pluma de Hartmann, aunque de manera relativamente incidental. Pero sería Kohut quien habría de volver a ponerlo en vigencia en el psicoanálisis. Su obra The Analysis of the Self2 alcanzó gran popularidad. Pronto Kohut haría escuela, no sin despertar resistencias. En primer lugar, en los que pretendían ser "freudianos clásicos" -de hecho eran hartmannianos-, sin que verdaderamente se averiguara en qué se fundaba su oposición, puesto que la lectura de Kohut permite inscribirlo en la filiación de Freud y de Hartmann o, más exactamente, en la filiación de Freud interpretado por Hartmann. Sin duda, queda sujeta a debate la manera de comprender el material comunicado por los analizandos, y de darle respuesta, cuando cabe. Pero la oposición vendría también de otro lado: de Kernberg, en particular, quien defendía una concepción de las relaciones de objeto que es un poco tributaria de Melanie Klein (a pesar de que pone en entredicho sus teorías), pero todavía más de Edith Jacobson, cuya obra no es suficientemente apreciada. Por otra parte, tanto Kohut como Kernberg fueron muy discutidos por la escuela inglesa, cuyos postulados fundamentales son muy diferentes.

En esta situación, Kohut pasó por el teórico que había conseguido la resurrección del narcisismo. Equivocadamente. En efecto, si

14

la comunidad psicoanalítica no profesara una ignorancia, teñida a veces de desprecio, hacia los trabajos psicoanalíticos franceses, habría reconocido que. en Francia. Grunberger se había anticipado a Kohut en este camino. Y si no hubiera pesado sobre Lacan durante tanto tiempo un ostracismo que sólo hace poco tiempo se ha levantado, se habría advertido que el narcisismo es una pieza maestra de su aparato teórico. El movimiento psicoanalítico francés de posguerra siempre acordó al narcisismo la mayor atención, aunque, en este campo como en los demás, se hayan expuesto concepciones más o menos divergentes. Así, si me es lícito hablar de mis propias contribuciones, el lector informado advertirá con facilidad que las opiniones que sostengo son diferentes de los puntos de vista tanto de Lacan como de Grunberger.

No cabe lamentar esta falta de acuerdo sobre un problema, aunque sea tan decisivo; al contrario, tenemos que saludar el hecho de que elaboraciones teóricas inspiradas en interpretaciones diferentes reaviven la controversia, puesto que la luz sólo puede nacer del cotejo de las ideas.

Los debates a que hoy mueve el narcisismo giran, en el fondo, en torno de un problema que me parece mal planteado. Todo se reduce a averiguar si se puede atribuir al narcisismo autonomía, o si se trata, en las cuestiones que plantea, del destino singular de un conjunto de pulsiones, que es preciso considerar en relación estrecha con las demás. Por mi parte, no veo la necesidad de elegir entre una u otra estrategia teórica; las enseñanzas de la clínica nos autorizan a creer que existen, en efecto, estructuras y trasferencias narcisistas, es decir, en las que el narcisismo se sitúa en el corazón del conflicto. Pero ni unas ni otras se pueden pensar ni interpretar aisladas, desdeñando las relaciones de objeto y la problemática general de los nexos del yo con la libido erótica y destructiva. Todo depende de una ponderación, que el analista se ve precisado a hacer por sí solo, sin que en la situación analítica se pueda apoyar en consejo alguno; se ve reducido a su propio criterio, no importa cuán esclarecido. Y las más de las veces se tratará de una ponderación intuitiva, para no decir imaginativa.

La prevalencia del narcisismo en ciertos cuadros clínicos abona la suposición de que en el seno del aparato psíquico existe una instancia cuya fortaleza es bastante para reunir en torno de sí investiduras de índole idéntica, todas las cuales poseen características diferenciadas en medida suficiente para justificar que se las distinga. No se sigue de esto, con necesidad, que la formación de las estructuras narcisistas obedezca a un desarrollo enteramente separado, movido por fuerzas intrínsecas, e independiente de las pulsiones orientadas hacia el objeto. Parece que un afán de claridad nos impusiera decidir sobre lo primario y lo derivado en las relaciones entre libido yoica y libido de objeto, en particular a la luz de la última

15

teoría de las pulsiones. Acaso esta preocupación causal es la responsable de cierta confusión en el debate. En efecto, salvo si uno está obsesionado por cierta concepción del desarrollo, a saber, una supuesta reconstrucción de los componentes del esquema evolutivo del aparato psíquico, que indicaría los puntos en que se apoya, es mucho más fecundo determinar la organización de las configuraciones clínicas y discernir el tipo de coherencia a que obedecen, a fin de deducir de ahí los ejes organizadores del psiquismo. En cuanto al empeño de decidir, en nombre de una cientificidad que se niega a admitir el carácter en alto grado conjetural de toda construcción o reconstrucción del psiquismo infantil, si las manifestaciones observadas son de origen primitivo o secundario, he ahí, las más de las veces, un combate nunca resuelto, sobre todo en lo que atañe al narcisismo, porque, en efecto, sobre este no se puede obtener testimonio alguno de una pretendida validación por la observación, puesto que los fenómenos que a él se refieren se sitúan en el mundo más interior del sujeto. En la situación en que nos encontramos, el valor heurístico de las teorías contradictorias se aprecia en el campo de los hechos clínicos que son capaces de abarcar y de los que pretenden dar razón. Si las formas clínicas que se querrían atribuir a funciones arcaicas son a menudo confusas y no siempre permiten percibir con claridad los distingos que se postulan en la metapsicología, es poco probable que el conjunto de los fenómenos reconducibles al narcisismo sean productos de trasformación de pulsiones ajenas a él. Es legítimo pensar que aun donde el cuadro es poco claro, existen los esbozos de lo que después se podrá expandir con la floración plena de los caracteres que todo el mundo llama narcisistas.

Aun si se reconoce al narcisismo su existencia como concepto de pleno derecho, es empero imposible no plantear el problema de sus relaciones con la homosexualidad (conciente o inconciente) y con el odio (hacia el prójimo o hacia sí mismo). Ahora bien, está claro que en el acto de citar a estos vecinos, que son los más cercanos, nos vemos obligados a tomar en cuenta a todos los demás conceptos teóricos del psicoanálisis, se refieran a las pulsiones objetales, al yo, al superyó, al ideal del yo, a la realidad o al objeto.

De igual modo, si existe un lazo muy estrecho entre el narcisismo y la depresión, como bien lo había advertido Freud, me parece no menos innegable que los problemas del narcisismo ocupan un primer plano en las neurosis de carácter —lo que no era difícil prever, y no sólo para los casos en que existe una esquizoidia acusada-, en la patología psicosomática y,
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   37

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Índice de esta digitalización iconDigitalización: Innombrable

Índice de esta digitalización iconTesis no publicada: 21
«Índice» o «Contenido», título que escribiremos centrado y en negritas. Esta página debe aparecer sin numeración

Índice de esta digitalización iconRecuentos para Demián (Los cuentos que contaba mi analista) Digitalización...

Índice de esta digitalización iconSinopsis En pocos años, la digitalización de los contenidos culturales...

Índice de esta digitalización iconUna película es siempre un paseo por las emociones. Desde el cine...

Índice de esta digitalización iconJean-claude barreau y guillaume bigot
«desmemoriados» (esta palabra describe bastante bien la situación). Por una irónica paradoja, nunca se ha hablado tanto del «deber...

Índice de esta digitalización iconYerma poema trágico en tres actos y seis cuadros Personajes
«Mi mujer está enferma: voy a matar este cordero para hacerle un buen guiso de carne. Mi mujer está enferma: voy a guardar esta enjundia...

Índice de esta digitalización iconEsta historia esta sacada de un poeta llamado Gustavo Adolfo Bécquer

Índice de esta digitalización iconResumen esta monografía está enfocada al área de literatura, centrándose...

Índice de esta digitalización iconB Resumen: Dichosas las cosas que no tienen vida, porque ésta está llena de de dolor






© 2015
contactos
l.exam-10.com