Biblioteca virtual de autores clasicos






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de lo que un espíritu puede liberarse y cuál es el lugar hacia el que quizá se vea empujado entonces? Y en lo que se refiere a la peligrosa fór­mula «más allá del bien y del mal», con la cual evitamos al menos ser confundidos con otros: nosotros somos algo dis­tinto de los libres-penseurs, liberi pensatori, Freidenker [li­brepensadores], o como les guste denominarse a todos esos bravos abogados de las «ideas modernas». Hemos tenido nuestra casa, o al menos nuestra hospedería, en muchos paí­ses del espíritu; hemos escapado una y otra vez de los enmo­hecidos y agradables rincones en que el amor y el odio pre­concebidos, la juventud, la ascendencia, el azar de hombres y libros, e incluso las fatigas de la peregrinación parecían con­finarnos; estamos llenos de malicia frente a los halagos de la dependencia que yacen escondidos en los honores, o en el dinero, o en los cargos, o en los arrebatos de los sentidos; in­cluso estamos agradecidos a la pobreza y a la variable enfer­medad, porque siempre nos desasieron de una regla cual­quiera y de su «prejuicio», agradecidos a Dios, al diablo, a la oveja y gusano que hay en nosotros, curiosos hasta el vicio, investigadores hasta la crueldad, dotados de dedos sin es­crúpulos para asir lo inasible, de dientes y estómagos para digerir lo indigerible, dispuestos a todo oficio que exija perspicacia y sentidos agudos, prontos a toda osadía, gracias a una sobreabundancia de «voluntad libre», dotados de pre­almas y post-almas en cuyas intenciones últimas no le es fá­cil penetrar a nadie con su mirada, cargados de pre-razones y post-razones que a ningún pie le es lícito recorrer hasta el final, ocultos bajo los mantos de la luz, conquistadores aun­que parezcamos herederos y derrochadores, clasificadores y coleccionadores desde la mañana a la tarde, avaros de nues­tras riquezas y de nuestros cajones completamente llenos, parcos en el aprender y olvidar, hábiles en inventar esque­mas, orgullosos a veces de tablas de categorías, a veces pe­dantes, a veces búhos del trabajo, incluso en pleno día; y, si es preciso, incluso espantapájaros, - y hoy es preciso, a sa­ber: en la medida en que nosotros somos los amigos natos, jurados y celosos de la soledad, de nuestra propia soledad, la más honda, la más de media noche, la más de medio día: - ¡esa especie de hombres somos nosotros, nosotros los espí­ritus libres!, ¿y tal vez también vosotros sois algo de eso, - vosotros los que estáis viniendo?, ¿vosotros los nuevos filóso­fos? -

Sección tercera

El ser religioso

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El alma humana y sus confines, el ámbito de las experien­cias humanas internas alcanzado en general hasta ahora, las alturas, profundidades y lejanías de esas experiencias, la his­toria entera del alma hasta este momento y sus posibilida­des no apuradas aún: ése es, para un psicólogo nato y amigo de la «caza mayor», el terreno de caza predestinado. Mas con cuánta frecuencia tiene que decirse desesperado: «¡uno solo!, ¡ay, nada más que uno!, ¡y este gran bosque, esta selva virgen!» Y por ello desea tener unos centenares de monteros y sabuesos finos y doctos que poder lanzar tras la historia del alma humana y cobrar en ella su pieza. En vano: una y otra vez hace la comprobación radical y amarga de que es di­fícil encontrar auxiliares y perros para todas las cosas que precisamente excitan su curiosidad. El inconveniente con que se tropieza al enviar doctos a terrenos de caza nuevos y peligrosos, en los cuales se precisan valor, inteligencia, suti­leza en todos los sentidos, consiste en que aquéllos dejan de ser utilizables precisamente allí donde comienza la «caza mayor», pero también el peligro mayor: - cabalmente allí pierden ellos sus ojos y su hocico de sabuesos. Para adivinar y averiguar, por ejemplo, cuál es la historia que el problema de la ciencia y de la conciencia ha tenido hasta ahora en el alma de los homines religiosi [hombres religiosos] sería necesario tal vez ser uno mismo tan profundo, estar tan he­rido, ser tan inmenso como lo fue y estuvo la conciencia in­telectual de Pascal: - y luego continuaría haciendo falta siempre aquel cielo desplegado de espiritualidad luminosa, maliciosa, capaz de dominar, ordenar, reducir a fórmulas desde arriba ese hervidero de vivencias peligrosas y doloro­sas. - ¡Pero quién me prestaría a mí ese servicio! ¡Y quién tendría tiempo de aguardar a tales servidores! - ¡Es evidente que brotan demasiado raramente, son muy improbables en todas las épocas! En última instancia, uno tiene que hacerlo todo por sí mismo para saber algunas cosas: es decir, ¡uno tiene mucho que hacer! - Pero una curiosidad como la mía (no deja de ser el más agradable de todos los vicios, - ¡per­dón!, he querido decir: el amor a la verdad tiene su recom­lpensa en el cielo y ya en la tierra. –

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Esa fe que el primer cristianismo exigió y no raras veces alcanzó, en medio de un mundo de escépticos y librepgnsado­s meridionales que tenía detrás de sí y dentro de sí una lu­cha secular de escuelas filosóficas, a lo que hay que añadir la educación para la tolerancia que daba el Imperium Roma­m [Imperio Romano], - esa fe no es aquella cándida y ce­ñuda fe de súbditos con la cual se apegaron a su Dios y a su cristianismo, por ejemplo, un Lutero o un Cromwell o cual­ otro nórdico bárbaro del espíritu; antes bien, era ya aquella fe de Pascal, que se parece de manera horrible a un continuo suicidio de la razón, - de una razón tenaz, longe­va, parecida a un gusano, que no se deja matar de una sola vez y con un solo golpe. La fe cristiana es, desde el principio, sacrificio: sacrificio de toda libertad, de todo orgullo, de toda autocerteza del espíritu; a la vez, sometimiento y escar­nio de sí mismo, mutilación de sí mismo. Hay crueldad y hay fenicismo 45 religioso en esa fe, exigida a una conciencia re­blandecida, compleja y muy mimada: su presupuesto es que la sumisión del espíritu causa un dolor indescriptible, que el pasado entero y los hábitos todos de semejante espíritu se oponen a ese absurdissimum [cosa totalmente absurda] que se le presenta como «fe». Los hombres modernos, con su em­botamiento para toda la nomenclatura cristiana, no sienten ya la horrorosa superlatividad que había para un gusto anti­guo en la paradoja de la fórmula «Dios en la cruz». Nunca ni en ningún lugar había existido hasta ese momento una au­dacia igual en invertir las cosas, nunca ni en ningún lugar se había dado algo tan terrible, interrogativo y problemático como esa fórmula: ella prometía una transvaloración de to­dos los valores antiguos. - El Oriente, el Oriente profundo, el esclavo oriental fueron los que de esa manera se vengaron de Roma y de su aristocrática y frívola tolerancia, del «catolicis­mo» 46 romano de la fe: - y no fue nunca la fe, sino la libertad frente a la fe, aquella semiestoica y sonriente despreocu­pación frente a la seriedad de la fe lo que sublevaba a los esclavos en sus señores, contra sus señores. La «ilustración» subleva: en efecto, el esclavo quiere lo incondicional, com­prende sólo lo tiránico, también en la moral, ama igual que odia, sin nuance [matiz], a fondo, hasta el dolor, hasta la en­fermedad, - su mucho y escondido sufrimiento se subleva contra el gusto aristocrático, que parece negar el sufrimien­to. El escepticismo con respecto al sufrimiento, que en el fondo es tan sólo un rasgo afectado de la moral aristocráti­ca, ha contribuido no poco a la génesis de la última gran re­belión de esclavos, comenzada con la Revolución francesa.

47

Dondequiera que ha aparecido hasta ahora en la tierra la neurosis religiosa, la encontramos ligada a tres peligrosas prescripciones dietéticas: soledad, ayuno y abstinencia se­xual, - pero sin que aquí sea posible decidir con seguridad cuál es la causa y cuál es el efecto, y si en absoluto hay aquí una relación de causa y efecto. Lo que autoriza esta última duda es el hecho de que cabalmente uno de los síntomas más regulares de esa neurosis, tanto en los pueblos salvajes como en los domesticados, es también la lascivia más súbita y de­senfrenada, la cual se transforma luego, de modo igualmente súbito, en convulsiones de penitencia y en una negación del mundo y de la voluntad: ¿ambas cosas serían interpretables acaso como epilepsia enmascarada? Pero en ningún otro lu­gar deberíamos abstenernos tanto de las interpretaciones como aquí: no hay ningún tipo en torno al cual haya prolife­rado hasta ahora tal multitud de absurdos y supersticiones, ningún otro tipo parece haber interesado más, hasta este momento, a los hombres, incluso a los filósofos, - sería hora de mostrarse un poco frío precisamente aquí, de aprender cautela o, mejor todavía, de apartar los ojos, de alejarse de aquí. - En el trasfondo de la última filosofía que ha apareci­do, la schopenhaueriana, encuéntrase aún, constituyendo casi el problema en sí, ese espantoso signo de interrogación que son la crisis y el despertar religiosos. ¿Cómo es posible la negación de la voluntad?, ¿cómo es posible el santo? - ésta parece haber sido realmente la pregunta gracias a la cual se hizo filósofo Schopenhauer y por la que comenzó. Y de este modo fue una consecuencia genuinamente schopenhaueriana que su secuaz más convencido (acaso también el último, en lo que a Alemania se refiere -), es decir, Richard Wagner, fina­lizase justamente ahí la obra de toda su vida y acabase sacan­do a escena, en la figura de Kundry, ese tipo terrible y eter­no, tipe vécu [tipo vivido], en carne y hueso; en la misma época en que los médicos alienistas de casi todos los países de Europa tenían ocasión de estudiarlo de cerca, en todos los lu­gares en que la neurosis religiosa - o, según lo llamo yo, «el ser religioso» - tuvo en el «Ejército de Salvación» su última irrupción y aparición epidémicas. - Si se pregunta, sin em­bargo, qué es en realidad lo que en el fenómeno entero del santo ha resultado tan irresistiblemente interesante a los hombres de toda índole y de todo tiempo, también a los filó­sofos: eso es, sin ninguna duda, la apariencia de milagro que lleva consigo, es decir, la apariencia de una inmediata suce­sión de antítesis, de estados psíquicos de valoración moral antitética: se creía aferrar aquí con las manos el hecho de que de un «hombre malo» surgía de repente un «santo», un hom­bre bueno. La psicología habida hasta ahora ha naufragado en este punto: ¿y no habrá ocurrido esto principalmente porque ella se había colocado bajo el dominio de la moral, porque ella misma creía en las antítesis morales de los valo­res, y proyectaba tales antítesis sobre la visión, sobre la lec­tura, sobre la interpretación del texto y del hecho? - ¿Cómo? ¿Sería el «milagro» tan sólo un error de interpretación? ¿Una carencia de filología? -

48

Parece que a las razas latinas su catolicismo les es más ínti­mo y propio que el cristianismo entero en general a nosotros los hombres del Norte: y que, en consecuencia, la incredu­lidad en los países católicos ha de significar algo total­mente distinto que en los países protestantes - a saber, una especie de sublevación contra el espíritu de la raza, mientras que en nosotros es más bien un retorno al espíritu (o falta de espíritu -) de la raza. Nosotros los hombres del Norte prove­nimos indudablemente de razas bárbaras, también en lo que se refiere a nuestras dotes para la religión: nosotros estamos mal dotados para la religión. Es lícito hacer una excepción con los celtas, los cuales han proporcionado por ello también el mejor terreno para la recepción de la infección cristiana en el Norte: - en Francia es donde el ideal cristiano ha llega­do a su pleno florecimiento, en la medida en que el pálido sol del Norte lo ha permitido. ¡Cuán extrañamente piadosos con­tinúan siendo para nuestro gusto incluso esos últimos escépticos franceses, en la medida en que hay en su ascen­dencia algo de sangre celta! ¡Qué olor tan católico, tan no­alemán tiene para nosotros la sociología de Auguste Comte, con su lógica romana de los instintos! ¡Qué olor jesuítico desprende aquel amable e inteligente cicerone de Port-Ro­yal, Sainte-Beuve, a pesar de toda su hostilidad contra los je­suitas! Y el propio Ernest Renan: ¡cuán inaccesible nos re­sulta a nosotros los hombres del Norte el lenguaje de ese Renan, en el que, a cada instante, una pizca cualquiera de ten­sión religiosa hace perder el equilibrio a su alma, alma vo­luptuosa en el sentido refinado y amante de la comodidad! Basta con repetir tras él estas bellas frases suyas, - ¡y cuánta malicia y petulancia se agitan enseguida, como respuesta, en nuestra alma, probablemente menos bella y más dura, es de­cir, más alemana! - disons donc hardiment que la religion est un produit de l'homme normal, que l'homme est le plus dans le vrai quand il est le plus religieux et le plus assuré d'une desti­née infinie... C'est quand il est bon qu'il veut que la vertu co­rresponde á un ordre éternel, c'est quand il contemple les cho­ses d'unemaniere désintéressée qu'il trouve la mort révoltante et absurde. Comment ne pas supposer que c'est dans ces moments-lá, que l'homme voit le mieux?... [digamos, pues, re­sueltamente que la religión es un producto del hombre nor­mal, que el hombre está tanto más en lo verdadero cuanto más religioso es y cuanto más seguro está de un destino infi­nito... Cuando es bueno, quiere que la virtud corresponda a un orden eterno; cuando contempla las cosas de una manera desinteresada, encuentra que la muerte es indignante y ab­surda. ¿Cómo no suponer que es en estos momentos cuando el hombre ve mejor?]. Estas frases son tan antipódicas de mis oídos y de mis hábitos que, cuando las encontré, mi primer movimiento de cólera escribió al margen: la niaiserie reli­gieusepar excellence! [ ¡la bobería religiosa por excelencia! ] - ¡hasta que mi último movimiento de rabia terminó por ha­cérmelas gratas, esas frases, con su verdad puesta cabeza abajo! ¡Resulta tan exquisito, tan distinguido, tener antípo­das propios!

49

Lo que nos deja asombrados en la religiosidad de los anti­guos griegos es la indómita plenitud de agradecimiento que de ella brota: - ¡es una especie muy aristocrática de hombre la que adopta esa actitud ante la naturaleza y ante la vida! - Más tarde, cuando la plebe alcanza la preponderancia en Grecia, prolifera el temor también en la religión; y el cristia­nismo se estaba preparando. -

50

La pasión por Dios: de ella hay especies rústicas, cándidas e importunas, así la de Lutero, - el protestantismo entero carece de la delicatezza [delicadeza] meridional. En ella hay ese oriental estar-fuera-de-sí que se presenta en un esclavo inmerecidamente agraciado o elevado, por ejemplo en San Agustín, el cual carece, de una manera ofensiva, de toda aris­tocracia de gestos y de deseos. En ella hay una delicadeza y concupiscencia femeninas que aspiran de manera púdica e ignorante a una unio mystica et physica [unión mística y fí­sica], como ocurre en Madame de Guyon 5°. En muchos ca­sos la citada pasión aparece, bastante curiosamente, como disfraz de la pubertad de una muchacha o de un joven; a ve­pes incluso como histeria de una solterona, y también como la ultima ambición de ésta: - ya varias veces la Iglesia ha cano­nizado a la mujer en un caso así.

51

Hasta ahora los hombres más poderosos han venido incli­nándose siempre con respeto ante el santo como ante el enigma del vencimiento de sí y de la renuncia deliberada y suprema: ¿por qué se inclinaban? Atisbaban en él - y, por así decirlo, detrás del signo de interrogación de su apariencia frágil y miserable - la fuerza superior que quería ponerse a ,prueba a sí misma en ese vencimiento, la fortaleza de la vo­luntad, en la que ellos reconocían y sabían venerar su propia fortaleza y su propio placer de señores: honraban algo de sí mismos cuando honraban al santo. A esto se añadía que el »,pectáculo de un santo los volvía suspicaces: tal monstruo­&ad de negación, de anti-naturaleza, no será deseada en Vano, así se decían, haciéndose preguntas. ¿Acaso hay un motivo para hacer eso, un peligro muy grande, que el asceta conoce más de cerca, gracias a sus secretos consoladores y vi­sitantes? En suma, los poderosos del mundo aprendían un nuevo temor en presencia del santo, atisbaban un nuevo po­der, un enemigo extraño, todavía no sojuzgado: - la «voluntad de poder» era la que los obligaba a detenerse delante del santo. Tenían que hacerle preguntas - -

52

En el «Antiguo Testamento» judío, que es el libro de la justi­cia divina, hombres, cosas y discursos poseen un estilo tan grandioso que las escrituras griegas e indias no tienen nada que poner a su lado. Con terror y respeto nos detenemos ante ese inmenso residuo de lo que el hombre fue en otro tiempo, y al hacerlo nos asaltarán tristes pensamientos sobre la vieja Asia y sobre Europa, su pequeña península avanzada, la cual significaría, frente a Asia, el «progreso del hombre». Cierta­mente: quien no es, por su parte, más que un flaco y manso animal doméstico y no conoce más que necesidades de ani­mal doméstico (como nuestros hombres cultos de hoy, in­cluidos los cristianos del cristianismo «culto» -), ése no ha de asombrarse ni menos todavía afligirse bajo aquellas rui­nas - el gusto por el Antiguo Testamento es una piedra de to­que en lo referente a lo «grande» y lo «pequeño» -: tal vez ese hombre seguirá pensando que el Nuevo Testamento, el libro de la gracia, es más conforme a su corazón (hay en él mucho del genuino olor tierno y sofocante que exhalan los rezado­res y las almas pequeñas). El haber encuadernado este Nue­vo Testamento, que es una especie de rococó del gusto en to­dos los sentidos, con el Antiguo Testamento, formando un solo libro llamado la «Biblia», el «Libro en sí»: quizá sea ésa la máxima temeridad y el máximo «pecado contra el espíri­tu» que la Europa literaria tenga sobre su conciencia.

53

¿Por qué el ateísmo hoy? - «El padre» en Dios está refutado a fondo; también «el juez», «el remunerador». Asimismo, su «voluntad libre»: no oye, - y si oyese, no sabría, a pesar de todo, prestar ayuda. Lo peor es: parece incapaz de comuni­carse con claridad: ¿es que es oscuro? - Esto es lo que yo he averiguado como causas de la decadencia del teísmo euro­peo, sacándolo de múltiples conversaciones, interrogando, escuchando; a mí me parece ciertamente que el instinto reli­gioso está en un momento de poderoso crecimiento, - pero que ese instinto rechaza, con profunda desconfianza, justo la satisfacción teísta.

54

¿Qué es, pues, lo que la filosofía moderna entera hace en el fondo? Desde Descartes - y, ciertamente, más a pesar de él que sobre la base de su precedente - todos los filósofos, con ¡la apariencia de realizar una crítica del concepto de sujeto y de predicado, cometen un atentado contra el viejo concepto del alma -es decir: un atentado contra el presupuesto funda­mental de la doctrina cristiana. La filosofía moderna, por ser un escepticismo gnoseológico, es, de manera oculta o decla­rada,
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