Biblioteca virtual de autores clasicos






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tem­po [ritmo] de su estilo: el cual tiene su fundamento en el ca­rácter de la raza, o, hablando fisiológicamente, en el tempo medio de su «metabolismo». Hay traducciones hechas ho­nestamente que casi son falsificaciones, pues constituyen vulgarizamientos involuntarios del original, y ello simple­mente porque no se supo traducir el tempo valiente y alegre de éste, el tempo que salta por encima de todo lo que de peli­groso hay en cosas y palabras y ayuda a dejarlo de lado. El alemán es casi incapaz de usar el presto [rápido] en su len­gua: por lo tanto, es lícito inferir legítimamente, también es incapaz de muchas de las más divertidas y temerarias nuan­ces [matices] del pensamiento libre, propio de espíritus libres. Así como el buffo [bufón] y el sátiro son ajenos a su cuerpo y a su conciencia, así Aristófanes y Petronio le resultan intra­ducibles. Todo lo serio, pesado, solemnemente torpe, todos los géneros fastidiosos y aburridos del estilo están desarro­llados entre los alemanes con abundantísima multiformi­dad, - perdóneseme que diga, pues es un hecho, que ni si­quiera la prosa de Goethe, con su mezcolanza de tiesura y gracia, constituye una excepción, ya que es reflejo de los «buenos tiempos antiguos», de los cuales forma parte, y ex­presión del gusto alemán en la época en que todavía existía un «gusto alemán»: el cual era un gusto rococó in moribus et artibus [en las costumbres y en las artes]. Lessing es una excepción, gracias a su naturaleza de comediante, que enten­día muchas cosas y era entendido en multitud de ellas: él, que no en vano fue el traductor de Bayle y que gustaba de refu­giarse en la cercanía de Diderot y Voltaire y, aún más, entre los autores de la comedia romana: - también en el tempo [ritmo] amaba Lessing el librepensamiento, la huida de Ale­mania. Mas cómo sería capaz la lengua alemana de imitar, ni siquiera en la prosa de un Lessing, el tempo de Maquiavelo, quien en su Príncipe nos hace respirar el aire seco y fino de Florencia y no puede evitar el exponer el asunto más serio en un allegrissimo impetuoso: acaso no sin un malicioso senti­miento de artista por la antítesis que osaba llevar a cabo, - los pensamientos eran largos, pesados, duros, peligrosos, y el tempo, de galope y de óptimo y traviesísimo humor. A quién, en fin, le sería lícito atreverse a realizar una traduc­ción alemana de Petronio, el cual ha sido, más que cualquier gran músico hasta ahora, el maestro del presto, por sus in­venciones, ocurrencias, palabras: - ¡qué importan, a fin de cuentas, todas las ciénagas del mundo enfermo, perverso, in­cluso del «mundo antiguo», cuando se tiene, como él, los pies, el soplo y el aliento, la liberadora burla de un viento que pone sanas todas las cosas haciéndolas correr! Y en lo que se refiere a Aristófanes, aquel espíritu transfigurador, comple­mentario, en razón del cual se le perdona a Grecia entera el haber existido, suponiendo que hayamos comprendido a fondo qué es todo lo que en ella precisa de perdón, de trans­figuración: - no sabría yo indicar cosa alguna que me haya hecho soñar más sobre el secreto de Platón y su naturaleza de esfinge que este petit fait [pequeño hecho], afortunada­mente conservado: que entre las almohadas de su lecho de muerte no se encontró ninguna «biblia», nada egipcio, pita­górico, platónico, - sino a Aristófanes. ¡Cómo habría sopor­tado incluso un Platón la vida - una vida griega, a la que dijo no, - sin un Aristófanes! -

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Es cosa de muy pocos ser independiente: - es un privilegio de los fuertes. Y quien intenta serlo sin tener necesidad, aunque tenga todo el derecho a ello, demuestra que, probablemente, es no sólo fuerte, sino temerario hasta el exceso. Se introdu­ce en un laberinto, multiplica por mil los peligros que ya la vida comporta en sí; de éstos no es el menor el que nadie vea con sus ojos cómo y en dónde él mismo se extravía, se aísla y es despedazado trozo a trozo por un Minotauro cualquiera de las cavernas de la conciencia. Suponiendo que ese hombre perezca, esto ocurre tan lejos de la comprensión de los hom­bres que éstos no lo sienten ni compadecen: - ¡y él no puede ya volver atrás!, ¡no puede retroceder ya tampoco a la compa­sión de los hombres! -

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Nuestras intelecciones supremas parecen necesariamente - ¡y deben parecer! - tonterías y, en determinadas circuns­tancias, crímenes, cuando llegan indebidamente a oídos de quienes no están hechos ni predestinados para ellas. Lo exo­térico y lo esotérico, distinción ésta que se hacía antigua­mente entre los filósofos, tanto entre los indios como entre los griegos, persas y musulmanes, en suma, en todos los si­tios donde se creía en un orden jerárquico y no en la igual­dad y en los derechos iguales, - no se diferencian entre sí tanto porque el exotérico se encuentre fuera y sea desde fue­ra, no desde dentro, desde donde él ve, aprecia, mide y juzga las cosas: lo más esencial es que él ve las cosas de abajo arri­ba, - ¡el esotérico, en cambio, de arriba abajo! Hay alturas del alma que hacen que, vista desde ellas, hasta la tragedia deje de producir un efecto trágico; y si se concentrase en unidad todo el dolor del mundo, za quién le sería lícito atre­verse a decidir si su aspecto induciría y forzaría necesaria­mente a la compasión y, de este modo, a una duplicación del dolor?... Lo que sirve de alimento o de tónico a una especie superior de hombres tiene que ser casi un veneno para una especie muy diferente de aquélla e inferior. Las virtudes del hombre vulgar significarían tal vez vicios y debilidades en un filósofo; sería posible que un hombre de alto linaje, sólo en el supuesto de que llegase a degenerar y sucumbir, adqui­riese propiedades por razón de las cuales fuese necesario ve­nerarlo desde ese momento como santo en el mundo infe­rior a que había descendido. Hay libros que tienen un valor inverso para el alma y para la salud, según que de ellos se sir­van el alma inferior, la fuerza vital inferior, o el alma supe­rior y más poderosa: en el primer caso son libros peligrosos, corrosivos, disolventes, en el segundo, llamadas de heraldo que invitan a los más valientes a mostrar su valentía. Los li­bros para todos son siempre libros que huelen mal: el olor de las gentes pequeñas se adhiere a ellos. En los lugares donde el pueblo come y bebe, e incluso donde rinde veneración, suele heder. No debemos entrar en iglesias si queremos respirar aire puro. - -

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En nuestros años jóvenes venerarnos y despreciamos care­ciendo aún de aquel arte de la nuance [matiz] que constituye el mejor beneficio de la vida, y, como es justo, tenemos que expiar duramente el haber asaltado de ese modo con un sí y un no a personas y a cosas. Todo está dispuesto para que el peor de todos los gustos, el gusto por lo incondicional, quede (; cruelmente burlado y profanado, hasta que el hombre aprende a poner algo de arte en sus sentimientos y, aún me­jor, a atreverse a ensayar lo artificial: como hacen los verda­deros artistas de la vida. La cólera y la veneración, que son cosas propias de la juventud, parecen no reposar hasta haber falseado tan a fondo las personas y las cosas que les resulte i posible desahogarse en ellas: - la juventud es ya de por sí una cosa inclinada a falsear y a engañar. Más tarde, cuando el alma joven, torturada por puras desilusiones, se vuelve por fin contra sí misma con suspicacia, siendo todavía ardiente y salvaje incluso en su suspicacia y en sus remordimientos de conciencia: ¡cómo se enoja consigo misma, cómo se despe­daza impacientemente a sí misma, cómo toma venganza de su prolongada auto-obcecación, cual si ésta hubiera sido una ceguera voluntaria! En este período de transición nos castigamos a nosotros mismos por desconfianza contra nuestro propio sentimiento; sometemos nuestro entusias­mo al tormento de la duda, incluso sentimos la buena con­ciencia como un peligro, como autodisimulo y fatiga de la honestidad más sutil, por así decirlo; y, sobre todo, tomamos partido, por principio, contra «la juventud». - Un decenio más tarde: y comprendemos que también todo eso - ¡conti­nuaba siendo juventud!

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Durante el período más largo de la historia humana - se lo lla­ma la época prehistórica - el valor o el no valor de una acción fueron derivados de sus consecuencias: ni la acción en sí ni tampoco su procedencia eran tomadas en consideración, sino que, de manera parecida a como todavía hoy en China un ho­nor o un oprobio rebotan desde el hijo a sus padres, así en­tonces era la fuerza retroactiva del éxito o del fracaso lo que inducía a los hombres a pensar bien o mal de una acción. Denominemos a este período el período premoral de la hu­manidad: el imperativo «¡conócete a ti mismo! » era entonces todavía desconocido. En los últimos diez milenios, por el con­trario, se ha llegado paso a paso tan lejos en algunas grandes superficies de la tierra que ya no son las consecuencias, sino la procedencia de la acción, lo que dejamos que decida sobre el valor de ésta: esto representa, en conjunto, un gran aconteci­miento, un considerable refinamiento de la visión y del crite­rio de medida, la repercusión inconsciente del dominio de va­lores aristocráticos y de la fe en la «procedencia», el signo distintivo de un período al que es lícito denominar, en senti­do estricto, período moral: la primera tentativa de conocerse a sí mismo queda así hecha. En lugar de las consecuencias, la pro­cedencia: ¡qué inversión de la perspectiva! ¡Y, con toda segu­ridad, una inversión conquistada tras prolongadas luchas y vacilaciones! Desde luego: una funesta superstición nueva, una peculiar estrechez de la interpretación lograron justo por esto conquistar el dominio: se interpretó la procedencia de una acción, en el sentido más preciso del término, como pro­cedencia derivada de una intención; se acordó creer que el va­lor de una acción reside en el valor de su intención. La inten­ción, considerada como procedencia y prehistoria enteras de una acción: bajo este prejuicio se ha venido alabando, censu­rando, juzgando, también filosofando, casi hasta nuestros días. - ¿No habríamos arribado nosotros hoy a la necesidad de resolvernos a realizar, una vez más, una inversión y un despla­zamiento radical de los valores, gracias a una autognosis y profundización renovadas del hombre, - no nos hallaríamos nosotros en el umbral de un período que, negativamente, ha­bría que calificar por lo pronto de extramora1 hoy, cuando al menos entre nosotros los inmoralistas alienta la sospecha de que el valor decisivo de una acción reside justo en aquello que en ella es no-intencionado, y de que toda su intencionali­dad, todo lo que puede ser visto, sabido, conocido «consciente­mente» por la acción, pertenece todavía a su superficie y a su piel, - la cual, como toda piel, delata algunas cosas, pero ocul­ta más cosas todavía? En suma, nosotros creemos que la in­tención es sólo un signo y un síntoma que precisan de inter­pretación, y, además, un signo que significa demasiadas cosas y que, en consecuencia, por sí solo no significa casi nada, creemos que la moral, en el sentido que ha tenido hasta aho­ra, es decir, la moral de las intenciones, ha sido un prejuicio, una precipitación, una provisionalidad acaso, una cosa de rango parecido al de la astrología y la alquimia, pero en todo caso algo que tiene que ser superado. La superación de la mo­ral, y en cierto sentido incluso la autosuperación de la moral: acaso sea éste el nombre para designar esa labor prolongada y secreta que ha quedado reservada a las más sutiles y honestas, también a las más maliciosas de las conciencias de hoy, por ser éstas vivientes piedras de toque del alma. -

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No queda remedio: es necesario exigir cuentas y someter a juicio despiadadamente a los sentimientos de abnegación, de sacrificio por el prójimo, a la entera moral de la renuncia a sí: y hacer lo mismo con la estética de la «contemplación desinteresada», bajo la cual un arte castrado intenta crearse hoy, de manera bastante seductora, una buena conciencia. Hay demasiado encanto y azúcar en esos sentimientos de «por los otros», de «no por mí», como para que no fuera ne­cesario volvernos aquí doblemente desconfiados y pregun­tar: «¿No se trata quizá - de seducciones?» - El hecho de que esos sentimientos agraden - a quien los tiene, y a quien saborea sus frutos, también al mero espectador, - no consti­tuye aún un argumento a favor de ellos, sino que incita ca­balmente ala cautela. ¡Seamos, pues, cautos!

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Cualquiera que sea la posición filosófica que adoptemos hoy: mirando desde cualquier lugar, la erroneidad del mun­do en que creemos vivir es lo más seguro y firme de todo aquello de que nuestros ojos pueden todavía adueñarse: - a favor de esto encontramos razones y más razones que querrían inducirnos a conjeturar que existe un principio engañador en la «esencia de las cosas». Mas quien hace responsable a nuestro pensar mismo, es decir, a «el espíritu», de la falsedad del mundo - honorable escapatoria a que recurre todo cons­ciente o inconsciente advocatus dei [abogado de Dios] -: quien considera que este mundo, así como el espacio, el tiempo, la figura, el movimiento, son inferencias falsas: ése tendría al menos un buen motivo para aprender por fin a desconfiar de todo pensar: ¿no nos habría venido jugando el pensar hasta ahora la peor pasada de todas?, ¿y qué garantía habría de que no continuará haciendo lo que siempre ha he­cho? Con toda seriedad: la inocencia de los pensadores tie­ne algo que resulta conmovedor y que inspira respeto, y esa inocencia les permite continuar encarándose aún hoy a la consciencia con el ruego de que les dé respuestas honestas: por ejemplo, si ella, la consciencia, es «real», y por qué en rea­lidad está tan decidida a no saber nada del mundo exterior, y otras preguntas del mismo género. La creencia en «certe­zas inmediatas» es una ingenuidad moral que nos honra a nosotros los filósofos: pero - ¡nosotros no debemos ser hombres «sólo morales»! ¡Prescindiendo de la moral, esa creencia es una estupidez que nos honra poco! Aunque en la vida burguesa se considere que la desconfianza siempre a punto es signo de «mal carácter» y, en consecuencia, una fal­ta de inteligencia: aquí entre nosotros, más allá del mundo burgués, y de su sí y su no, - qué nos impediría ser poco inte­ligentes y decir: el filósofo tiene derecho al «mal carácter», pues es el ser que hasta ahora ha sido más burlado siempre en la tierra, - el filósofo tiene hoy el deber de desconfiar, de mirar maliciosamente de reojo desde todos los abismos de la sospecha. - Perdóneseme la broma de esta caricatura y este giro sombríos: pues precisamente yo mismo he aprendido hace ya mucho tiempo a pensar de otro modo, a juzgar dé otro modo sobre el engañar y el ser engañado, y tengo pre­parados al menos un par de empellones para la ciega rabia con que los filósofos se resisten a ser engañados. ¿Por qué no? Que la verdad sea más valiosa que la apariencia, eso no es más que un prejuicio moral; es incluso la hipótesis peor de­mostrada que hay en el mundo. Confesémonos al menos una cosa: no existiría vida alguna a no ser sobre la base de apreciaciones y de apariencias perspectivistas; y si alguien, movido por la virtuosa exaltación y majadería de más de un filósofo, quisiera eliminar del todo el «mundo aparente», en­tonces, suponiendo que vosotros pudierais hacerlo, - ¡tam­poco quedaría ya nada de vuestra «verdad»! Sí, ¿qué es lo que nos fuerza a suponer que existe una antítesis esencial entre «verdadero» y «falso»? ¿No basta con suponer grados de apariencia y, por así decirlo, sombras y tonos generales, más claros y más oscuros, de la apariencia, - valeurs [valores] di­ferentes, para decirlo en el lenguaje de los pintores? ¿Por qué el mundo que nos concierne en algo - no iba a ser una fic­ción? Y a quien aquí pregunte: «¿es que de la ficción no for­ma parte un autor?», - ¿no sería lícito responderle franca­mente: por qué? ¿Acaso ese «forma parte» no forma parte de la ficción? ¿Es que no está permitido ser ya un poco irónico con el sujeto, así corno con el predicado y el complemento? ¿No le sería lícito al filósofo elevarse por encima de la credu­lidad en la gramática? Todo nuestro respeto por las gober­nantas: ¿mas no sería hora de que la filosofía apostatase de la fe en las gobernantas? -

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¡Oh Voltaire! ¡Oh humanitarismo! ¡Oh imbecilidad! La «verdad», la
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