Biblioteca virtual de autores clasicos






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personal: los unos no quieren renun­ciar a ningún precio a su «responsabilidad», a la fe en sí mis­mos, al derecho personal a su mérito (las razas vanidosas se encuentran en este lado -); los otros, a la inversa, no quieren salir responsables de nada, tener culpa de nada, y aspiran, desde un autodesprecio íntimo, a poder echar su carga sobre cualquier cosa. Estos últimos, cuando escriben libros, sue­len asumir hoy la defensa de los criminales; una especie de compasión socialista es su disfraz más agradable. Y de he­ cho el fatalismo de los débiles de voluntad se embellece de modo sorprendente cuando sabe presentarse a sí mismo como la religion de la souffrance humaine [la religión del su­frimiento humano]: ése es su «buen gusto».

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Perdóneseme el que yo, como viejo filólogo que no puede de­jar su malicia, señale con el dedo las malas artes de interpre­tación: pero es que esa «regularidad de la naturaleza» de que vosotros los físicos habláis con tanto orgullo, como si - - no existe más que gracias a vuestra interpretación y a vuestra mala «filología», - ¡ella no es un hecho, no es un «texto», an­tes bien es tan sólo un amaño y una distorsión ingenuamente humanitarios del sentido, con los que complacéis bastante a los instintos democráticos del alma moderna! «En todas par­tes, igualdad ante la ley, - la naturaleza no se encuentra en este punto en condiciones distintas ni mejores que noso­tros»: graciosa reticencia con la cual se enmascara una vez más la hostilidad de los hombres de la plebe contra todo lo privilegiado y soberano, y asimismo un segundo y más sutil ateísmo. Ni dieu, ni maitre [ni Dios, ni amo] - también vo­sotros queréis eso: y por ello «¡viva la ley natural! » - ano es verdad? Pero, como hemos dicho, esto es interpretación, no texto; y podría venir alguien que con una intención y un arte interpretativo antitéticos supiese sacar de la lectura de esa misma naturaleza, y en relación a los mismos fenómenos, ca­balmente el triunfo tiránico, despiadado e inexorable de pre­tensiones de poder, - un intérprete que os pusiese de tal modo ante los ojos la universalidad e incondicionalidad vi­gentes en toda «voluntad de poder», que casi toda palabra, hasta la propia palabra «tiranía», acabase pareciendo inutili­zable o una metáfora debilitante y suavizadora - algo demasiado humano -; y que, sin embargo, afirmase acerca de este mundo, en fin de cuentas, lo mismo que vosotros afirmáis, a saber, que tiene un curso «necesario» y «calculable», pero no porque en él dominen leyes, sino porque faltan absolutamen­te las leyes, y todo poder saca en cada instante su última con­secuencia. Suponiendo que también esto sea nada más que interpretación - ¿y no os apresuraréis vosotros a hacer esa objeción? - bien, tanto mejor. -

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La psicología entera ha estado pendiendo hasta ahora de prejuicios y temores morales: no ha osado descender a la profundidad. Concebirla como morfología y corno teoría de la evolución de la voluntad del poder, tal como yo la concibo - eso es algo que nadie ha rozado siquiera en sus pensamien­tos: en la medida, en efecto, en que está permitido reconocer en lo que hasta ahora se ha escrito un síntoma de lo que has­ta ahora se ha callado. La fuerza de los prejuicios morales ha penetrado a fondo en el mundo más espiritual, en un mun­do aparentemente más frío y más libre de presupuestos - y, como ya se entiende, ha tenido efectos nocivos, paralizantes, ofuscadores, distorsivos. Una fisio-psicología auténtica se ve obligada a luchar con resistencias inconscientes que habitan en el corazón del investigador, ella tiene contra sí «el cora­zón»: ya una doctrina que hable del condicionamiento recí­proco de los instintos «buenos» y los «malos» causa, cual si fuera una inmoralidad más sutil, pena y disgusto a una con­ciencia todavía fuerte y animosa, - y más todavía causa pena y disgusto una doctrina que hable de la derivabilidad de to­dos los instintos buenos de los instintos perversos. Pero su­poniendo que alguien considere que incluso los afectos odio, envidia, avaricia, ansia de dominio son afectos condi­cionantes de la vida, algo que tiene que estar presente, por principio y de un modo fundamental y esencial, en la econo­mía global de la vida, y que en consecuencia tiene que ser acrecentado en el caso de que la vida deba ser acrecentada, - ese alguien padecerá semejante orientación de su juicio como un mareo. Sin embargo, tampoco esta hipótesis es, ni de lejos, la más penosa y extraña que cabe hacer en este reino enorme, casi nuevo todavía, de conocimientos peligrosos: - ¡y de hecho hay cien buenos motivos para que de él perma­nezca alejado todo el que -pueda! Por otro lado: una vez que nuestro barco ha desviado su rumbo hasta aquí, ¡bien!, ¡ade­lante!, ¡ahora apretad bien los dientes!, ¡abrid los ojos!, ¡fir­me la mano en el timón! - estamos dejando atrás, navegan­do derechamente sobre ella, sobre la moral, con ello tal vez aplastemos, machaquemos nuestro propio residuo de mora­lidad, mientras hacemos y osamos hacer nuestro viaje hacia allá, - ¡pero qué importamos nosotros! Nunca antes se ha abierto un mundo más profundo de conocimiento a viajeros y aventureros temerarios: y al psicólogo que de este modo «realiza sacrificios» - no es el sacrifizio delf intelletto [sacri­ficio del entendimiento], ¡al contrario!, - le será lícito aspi­rar al menos a que la psicología vuelva a ser reconocida como señora de las ciencias, para cuyo servicio y prepara­ción existen todas las otras ciencias. Pues a partir de ahora vuelve a ser la psicología el camino que conduce a los proble­mas fundamentales.

Sección segunda

El espíritu libre

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O sancta simplicitas! [¡Oh santa simplicidad!] ¡Dentro de qué simplificación y falseamiento tan extraños vive el hom­bre! ¡Imposible resulta dejar de maravillarse una vez que hemos acomodado nuestros ojos para ver tal prodigio! ¡Có­mo hemos vuelto luminoso y libre y fácil y simple todo lo que nos rodea!, ¡cómo hemos sabido dar a nuestros sentidos un pase libre para todo lo superficial, y a nuestro pensar, un divino deseo de saltos y paralogismos traviesos!, - ¡cómo hemos sabido desde el principio mantener nuestra ignoran­cia, a fin de disfrutar una libertad, una despreocupación, una imprevisión, una intrepidez, una jovialidad apenas comprensibles de la vida, a fin de disfrutar la vida! A la cien­cia, hasta ahora, le ha sido lícito levantarse únicamente sobre este fundamento de ignorancia, que ahora ya es firme y gra­nítico; a la voluntad de saber sólo le ha sido lícito levantarse sobre el fundamento de una voluntad mucho más fuerte, ¡la voluntad de no-saber, de incertidumbre, de no-verdad! No como su antítesis, sino - ¡como su refinamiento! Aunque el lenguaje, aquí como en otras partes, sea incapaz de ir más allá de su propia torpeza y continúe hablando de antítesis allí donde únicamente existen grados y una compleja sutile­za de gradaciones; aunque, asimismo, la inveterada tartufe­ría de la moral, que ahora forma parte, de modo insupera­ble, de nuestra «carne y sangre», distorsione las palabras en la boca de nosotros mismos los que sabemos: sin embar­go, acá y allá nos damos cuenta y nos reímos del hecho de que la mejor ciencia sea precisamente la que más quiere re­tenernos dentro de este mundo simplificado, completamente artificial, fingido, falseado, porque ella ama, queriéndolo sin quererlo, el error, porque ella, la viviente, - ¡ama la vida!

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Después de tan jovial preámbulo no quisiera que no se oyese una palabra seria: se dirige a los más serios. ¡Tened cuida­do, vosotros los filósofos y amigos del conocimiento, y guar­daos del martirio! ¡De sufrir «por amor a la verdad»! ¡Inclu­so de defenderos a vosotros mismos! Corrompe toda la inocencia y toda la sutil neutralidad de vuestra conciencia, os vuelve testarudos en enfrentaros a objeciones y trapos ro­jos, os entontece, os animaliza, os convierte en toros el he­cho de que vosotros, al luchar con el peligro, la difamación, la sospecha, la repulsa y otras consecuencias aún más toscas de la enemistad, tengáis que acabar presentándoos como de­fensores de la verdad en la tierra: - ¡como si «la verdad» fue­se una persona tan indefensa y torpe que necesitase defenso­res!, ¡y precisamente vosotros, caballeros de la tristísima figura, señores míos mozos de esquina y tejedores de tela­rañas del espíritu! ¡En última .instancia, bien sabéis que no debe importar nada el hecho de que seáis precisamente vosotros quienes tengáis razón, y asimismo sabéis que hasta ahora ningún filósofo ha tenido todavía razón, y que sin duda hay una veracidad más laudable en cada uno de los pe­queños signos de interrogación que colocáis detrás de vues­tras palabras favoritas y de vuestras doctrinas preferidas (y, en ocasiones, detrás de vosotros mismos), que en todos los solemnes gestos y argumentos invencibles presentados ante los acusadores y los tribunales! ¡Es preferible que os retiréis! ¡Huid a lo oculto! ¡Y tened vuestra máscara y sutileza para que os confundan con otros! ¡U os teman un poco! ¡Y no me olvidéis el jardín, el jardín con verjas de oro! Y tened a vues­tro alrededor hombres que sean como un jardín, - o como música sobre aguas, a la hora del atardecer, cuando ya el día se convierte en recuerdo: - ¡elegid la soledad buena, la sole­dad libre, traviesa y ligera, la cual os otorga también derecho a continuar siendo buenos en algún sentido! ¡Qué veneno­sos, qué arteros, qué malos hace a los hombres toda guerra prolongada que no se puede llevar a cabo utilizando abierta­mente la fuerza! ¡Qué personales hace a los hombres un temor prolongado, un tener fijos los ojos largo tiempo en enemigos, en posibles enemigos! Estos expulsados de la so­ciedad, estos perseguidos durante mucho tiempo, hostiga­dos de manera perversa, - también los eremitas a la fuerza, los Spinoza o los Giordano Bruno - acaban siempre convir­tiéndose, aunque sea bajo la mascarada más espiritual, y tal vez sin que ellos mismos lo sepan, en refinados rencorosos y envenenadores (¡exhúmese alguna vez el fundamento de la ética y de la teología de Spinoza!), - para no hablar de esa majadería que es la indignación moral, la cual, en un filóso­fo, es el signo infalible de que ha perdido el humor filosófico. El martirio del filósofo, su «sacrificarse por la verdad», saca a luz por fuerza la parte de agitador y de comediante que se hallaba escondida dentro de él; y suponiendo que hasta aho­ra sólo se haya contemplado al filósofo con una curiosidad artística, puede resultar ciertamente comprensible, con res­pecto a más de uno de ellos, el peligroso deseo de verlo tam­bién alguna vez en su degeneración (degenerado en «már­tir», en vocinglero del escenario y de la tribuna). Sólo que quien abrigue ese deseo tiene que saber con claridad qué es lo que, en todo caso, logrará ver aquí: - únicamente una co­media satírica, únicamente una farsa epilogal, únicamente la permanente demostración de que la tragedia prolongada y auténtica ha terminado: presuponiendo que toda filosofía naciente haya sido una tragedia prolongada. -

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Todo hombre selecto aspira instintivamente a tener un casti­llo y un escondite propios donde quedar redimido de la mul­titud, de los muchos, de la mayoría, donde tener derecho a olvidar, puesto que él es una excepción de ella, la regla «hombre»: - a excepción únicamente del caso en que un ins­tinto aún más fuerte lo empuje derechamente hacia esa re­gla, como hombre de conocimiento en el sentido grande y excepcional de la expresión. Quien en el trato con los hom­bres no aparezca revestido, según las ocasiones, con todos los cambiantes colores de la necesidad, quien no se ponga verde y gris de náusea, de fastidio, de compasión, de melancolía, de aislamiento, ése no es ciertamente un hombre de gusto supe­rior; mas suponiendo que no cargue voluntariamente con todo ese peso y displacer, que lo esquive constantemente y, como hemos dicho, permanezca escondido, silencioso y or­gulloso, en su castillo, entonces una cosa es cierta: no está hecho, no está predestinado para el conocimiento. Pues si lo estuviera, algún día tendría que decirse «¡que el diablo se lle­ne mi buen gusto!, ¡pero la regla es más interesante que la excepción, - que yo, que soy la excepción!» - y se pondría en camino hacia abajo, sobre todo «hacia dentro». El estudio del hombre medio, un estudio prolongado, serio, y, para esta finalidad, mucho disfraz, mucha superación de sí mismo, mucha familiaridad, mucha mala compañía - toda compa­ñía es mala, excepto la de nuestros iguales -: esto constituye una parte necesaria de la biografía de todo filósofo, tal vez la parte más desagradable, la más maloliente, la más abundan­te en desilusiones. Mas si el filósofo tiene suerte, cual corres­ponde a un favorito del conocimiento, encontrará auténti­cos abreviadores y facilitadores de su tarea, - me refiero a los llamados cínicos, es decir, a aquellos que reconocen sencilla­mente en sí el animal, la vulgaridad, la «regla», y, al hacerlo, tienen todavía el grado necesario de espiritualidad y pruri­to como para tener que hablar sobre sí y sobre sus iguales ante testigos: - a veces se revuelcan incluso en libros como en su propio excremento. El cinismo es la única forma en que las almas vulgares rozan lo que es honestidad; y el hombre superior tiene que abrir los oídos siempre que tropiece con un cinismo bastante grosero y sutil, y felicitarse todas las ve­ces que, justo delante de él, alcen su voz el bufón carente de pudor o el sátiro científico. Se dan incluso casos en que a la náusea se mezcla la fascinación: a saber, allí donde, por un capricho de la naturaleza, el genio va ligado a uno de esos machos cabríos y monos indiscretos, como ocurre con el Abbé [abate] Galiani, el hombre más profundo, más pers­picaz y, tal vez, también el más sucio de su siglo - era mucho más profundo que Voltaire y, en consecuencia, también bas­tante menos locuaz. Con mayor frecuencia ocurre, como ya se ha insinuado, que la cabeza científica está asentada sobre un cuerpo de mono, y un sutil entendimiento de excepción, sobre un alma vulgar, - entre médicos y fisiólogos de la mo­ral sobre todo, un caso nada raro. Y allí donde sin amargu­ra, sino más bien despreocupadamente, hable alguien del hombre como de un vientre con dos necesidades y una cabe­za con una sola; en todos los sitios donde alguien no vea, busque ni quiera ver nunca más que hambre, apetito sexual y vanidad, como si éstos fuesen los auténticos y únicos re­sortes de las acciones humanas; en suma, allí donde se hable «mal» (schlecht) - y no sólo «perversamente» (schlimm) - del hombre -, el amante del conocimiento debe escuchar su­til y diligentemente, debe tener sus oídos en todos aquellos lugares en que se hable sin indignación. Pues el hombre in­dignado, y todo aquel que con sus propios dientes se despe­daza y desgarra a sí mismo (o, en sustitución de sí mismo, al mundo, o a Dios, o a la sociedad), ése quizá sea superior, se­gún el cálculo de la moral, al sátiro reidor y autosatisfecho, pero en todos los demás sentidos es el caso más habitual, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado. -

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Es difícil ser comprendido: en especial si uno piensa y vi­ve gangasrotogati [al ritmo del Ganges] entre hombres que piensan y viven de otro modo, a saber, kurmagati [al ritmo de la tortuga] o, en el mejor de los casos, mandeikagati, «se­gún el modo de caminar de la rana» 35 - ¿acabo de hacer todo lo posible para que resulte difícil comprenderme también a mí?, - y debemos estar cordialmente reconocidos por la bue­na voluntad de poner cierta sutileza en la interpretación. Mas en lo que se refiere a «los buenos amigos», los cuales son siempre demasiado cómodos y creen tener, justamente por ser amigos, derecho a la comodidad: hacemos bien en con­cederles de antemano un espacio libre y una palestra de in­comprensión: - así tenemos algo más de qué reír; - o en eli­minarlos del todo, a esos buenos amigos, - ¡y también reír!

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Lo que peor se deja traducir de una lengua a otra es el
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