Biblioteca virtual de autores clasicos






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caracteriza no es que él llegue a ser esto o aquello. En el filósofo, por el contrario, nada, absolutamente nada es impersonal; y es especialmen­te su moral la que proporciona un decidido y decisivo testi­monio de quién es él - es decir, de en qué orden jerárquico se encuentran recíprocamente situados los instintos más íntimos de su naturaleza.

7

¡Qué malignos pueden ser los filósofos! Yo no conozco nada más venenoso que el chiste que Epicuro se permitió contra Platón y los platónicos: los llamó dionysiokolakes. Esta pala­bra, según su sentido literal, y en primer término, significa «aduladores de Dionisio», es decir, agentes del tirano y gen­tes serviles; pero, además, quiere decir «todos ellos son co­mediantes, en ellos no hay nada auténtico» (pues dionysoko­lax era una designación popular del comediante). Y en esto último consiste propiamente la malicia que Epicuro lanzó contra Platón: a Epicuro le molestaban los modales grandiosos, el ponerse uno a sí mismo en escena, cosa de que tanto entendían Platón y todos sus discípulos, - ¡y de la que no entendía Epicuro!, él, el viejo maestro de escuela de Samos que permaneció escondido en su jardincillo de Ate­nas y escribió trescientos libros, ¿quién sabe?, ¿acaso por ra­bia y por ambición contra Platón? - Fueron necesarios cien años para que Grecia se diese cuenta de quién había sido aquel dios del jardín, Epicuro. - ¿Se dio cuenta? -

8

En toda filosofía hay un punto en el que entra en escena la «convicción» del filósofo: o, para decirlo en el lenguaje de un antiguo mysterium:

adventavit asínus

pulcher et fortissimus

[ha llegado un asno

hermoso y muy fuerte].

9

¿Queréis vivir «según la naturaleza»?. ¡Oh nobles estoicos, qué embuste de palabras! Imaginaos un ser como la natura­leza, que es derrochadora sin medida, indiferente sin medi­da, que carece de intenciones y miramientos, de piedad y justicia, que es feraz y estéril e incierta al mismo tiempo, imaginaos la indiferencia misma como poder - ¿cómo po­dríais vivir vosotros según esa indiferencia? Vivir - ¿no es cabalmente un querer-ser-distinto de esa naturaleza? ¿Vivir no es evaluar, preferir, ser injusto, ser limitado, querer-ser­diferente? Y suponiendo que vuestro imperativo «vivir se­gún la naturaleza» signifique en el fondo lo mismo que «vi­vir según la vida» - ¿cómo podríais no vivir así? ¿Para qué convertir en un principio aquello que vosotros mismos sois y tenéis que ser? - En verdad, las cosas son completamente distintas: ¡mientras simuláis leer embelesados el canon de vuestra ley en la naturaleza, lo que queréis es algo opuesto, vosotros extraños comediantes y engañadores de vosotros mismos! Vuestro orgullo quiere prescribir e incorporar a la naturaleza, incluso a la naturaleza, vuestra moral, vuestro ideal, vosotros exigís que ella sea naturaleza «según la Es­toa» y quisierais hacer que toda existencia existiese tan sólo a imagen vuestra - ¡cual una gigantesca y eterna glorifica­ción y generalización del estoicismo! Pese a todo vuestro amor a la verdad, os coaccionáis a vosotros mismos, sin em­bargo, durante tanto tiempo, tan obstinadamente, con tal fi­jeza hipnótica, a ver la naturaleza de un modo falso, es decir, de un modo estoico, que ya no sois capaces de verla de otro modo, - y cierta soberbia abismal acaba infundiéndoos in­cluso la insensata esperanza de que, porque vosotros sepáis tiranizaros a vosotros mismos - estoicismo es tiranía de sí mismo -, también la naturaleza se deja tiranizar; ¿no es, en efecto, el estoico un fragmento de la naturaleza?... Pero ésta es una historia vieja, eterna: lo que en aquel tiempo ocurrió con los estoicos sigue ocurriendo hoy tan pronto como una filosofía comienza a creer en sí misma. Siempre crea el mun­do a su imagen, no puede actuar de otro modo; la filosofía es ese instinto tiránico mismo, la más espiritual voluntad de poder, de «crear el mundo», de ser causa prima [causa pri­mera].

10

El afán y la sutileza, yo diría incluso la astucia, con que hoy se afronta por todas partes en Europa el problema «del mun­do real y del mundo aparente», es algo que da que pensar y que incita a escuchar; y quien aquí no oiga en el trasfondo más que una «voluntad de verdad», y ninguna otra cosa, ése no goza ciertamente de oídos muy agudos. Tal vez en casos singulares y raros intervengan realmente aquí esa voluntad de verdad, cierto valor desenfrenado y aventurero, una am­bición metafísica de conservar el puesto perdido, ambición que en definitiva continúa prefiriendo siempre un puñado de «certeza» a toda una carreta de hermosas posibilidades; acaso existan incluso fanáticos puritanos de la conciencia que prefieren echarse a morir sobre una nada segura antes que sobre un algo incierto. Pero esto es nihilismo e indicio de un alma desesperada, mortalmente cansada: y ello aun­que los gestos de tal virtud puedan parecer muy valientes. En los pensadores más fuertes, más llenos de vida, todavía sedientos de vida, las cosas parecen ocurrir, sin embargo, de otro modo: al tomar partido contra la apariencia y pronun­ciar ya con soberbia la palabra «perspectivista», al conceder ala credibilidad de su propio cuerpo tan poco aprecio como a la credibilidad de la apariencia visible, la cual dice que «la tierra está quieta», y al dejar escaparse así de las manos, con buen humor al parecer, la posesión más segura (pues ¿en qué se cree ahora con más seguridad que en el cuerpo pro­pio?), ¿quién sabe si en el fondo no quieren reconquistar algo que en otro tiempo fue poseído con una seguridad ma­yor, algo perteneciente al viejo patrimonio de la fe de otro tiempo, acaso «el alma inmortal», acaso «el viejo dios», en suma, ideas sobre las cuales se podía vivir mejor, es decir, de un modo más vigoroso y jovial que sobre las «ideas moder­nas»? Hay en esto desconfianza frente a estas ideas moder­nas, hay falta de fe en todo lo que ha sido construido ayer y hoy; hay quizá, mezclado con lo anterior, un ligero disgusto y sarcasmo, que ya no soporta el bric-a-bric [baratillo] de conceptos de la más diversa procedencia, que es la figura con que hoy se presenta a sí mismo en el mercado el denomi­nado positivismo, hay una náusea propia del gusto más exi­gente frente a la policromía de feria y el aspecto harapiento de todos estos filosofastros de la realidad, en los cuales no hay nada nuevo y auténtico, excepto esa policromía. En esto se debe dar razón, a mi parecer, a esos actuales escépticos anti-realistas y microscopistas del conocimiento: su instin­to, que los lleva a alejarse de la realidad moderna, no está re­futado, - ¡qué nos importan a nosotros sus retrógrados ca­minos tortuosos! Lo esencial en ellos no es que quieran volver «atrás»: sino que quieran - alejarse. Un poco más de fuerza, de vuelo, de valor, de sentido artístico: y querrían ir más allá, - ¡y no hacia atrás! -

11

Me parece que la gente se esfuerza ahora en todas partes por apartar la mirada del auténtico influjo que Kant ha ejercido sobre la filosofía alemana y, en particular, por resbalar pru­dentemente sobre el valor que él se atribuyó a sí mismo. Kant estaba orgulloso, ante todo y en primer lugar, de su ta­bla de las categorías; con ella en las manos dijo: «Esto es lo más difícil que jamás pudo ser emprendido con vistas a la metafísica». - ¡Entiéndase bien, sin embargo, ese «pudo ser»!, él estaba orgulloso de haber descubierto en el hombre una facultad nueva, la facultad de los juicios sintéticos a priori. Aun suponiendo que en esto se haya engañado a sí mismo: sin embargo, el desarrollo y el rápido florecimiento de la filosofía alemana dependen de ese orgullo y de la emu­lación surgida entre todos los más jóvenes por descubrir en lo posible algo más orgulloso todavía -- ¡y, en todo caso, «nuevas facultades»! - Pero reflexionemos: ya es hora. ¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?, se pregun­tó Kant, - ¿y qué respondió propiamente? Por la facultad de una facultad: mas por desgracia él no lo dijo con esas seis pa­labras, sino de un modo tan detallado, tan venerable, y con tal derroche de profundidad y floritura alemanas que la gen­te pasó por alto la divertida niaiserie allemande [bobería ale­mana] que en tal respuesta se esconde. La gente estaba inclu­so fuera de sí a causa de esa nueva facultad, y el júbilo llegó a su cumbre cuando Kant descubrió también, además, una fa­cultad moral en el hombre: - pues entonces los alemanes eran todavía morales, y no, en absoluto, «políticos realis­tas». - Llegó la luna de miel de la filosofía alemana; todos los jóvenes teólogos del Seminario (Stift) de Tubinga salieron enseguida a registrar la maleza - todos buscaban «faculta­des». ¡Y qué cosas se encontraron - en aquella época inocen­te, rica, todavía juvenil del espíritu alemán, en la cual el ro­manticismo, hada maligna, tocaba su música, entonaba sus cantos, en aquella época en la que aún no se sabía mantener separados el «encontrar» y el «inventar»! Sobre todo, una facultad para lo «suprasensible»: Schelling la bautizó con el nombre de intuición intelectual y con ello satisfizo los de­seos más íntimos de sus alemanes, llenos en el fondo de anhelos piadosos. A todo este petulante y entusiasta movimien­to, que era juventud, por muy audazmente que se disfrazase con conceptos grisáceos y seniles, la mayor injusticia que se le puede hacer es tomarlo en serio, y, no digamos, el tratarlo acaso con indignación moral; en suma, la gente se hizo más vieja, - el sueño se disipó. Vino una época en que todo el mundo se restregaba la frente: todavía hoy continúa hacién­dolo. Se había soñado: ante todo y en primer lugar - el viejo Kant. «Por la facultad de una facultad» - había dicho o al menos querido decir él. Pero ¿es esto - una respuesta? ¿Una aclaración? ¿O no es más bien tan sólo una repetición de la pregunta? ¿Cómo hace dormir el opio? «Por la facultad de una facultad», a saber, por su virtus dormitiva [fuerza dor­mitiva] - responde aquel médico en Moliere,

quia est in eo virtus dormitiva

cujus est natura sensus assoupire

[porque hay en ello una fuerza dormitiva

cuya naturaleza consiste en adormecer los sentidos].

Pero tales respuestas tienen su lugar en la comedia, y por fin ya es hora de sustituir la pregunta kantiana «cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?» por una pregunta distinta: «¿por qué es necesaria la creencia en tales juicios?» - es decir, ya es hora de comprender que, para la finalidad de conservar seres de nuestra especie, hay que creer que tales juicios son verdaderos; ¡por lo cual, naturalemente, podrían ser incluso juicios falsos! O, dicho de modo más claro, y más rudo, y más radical: los juicios sintéticos a priori no debe­rían «ser posibles» en absoluto: nosotros no tenemos ningún derecho a ellos, en nuestra boca son nada más que juicios falsos. Sólo que, de todos modos, la creencia en su verdad es necesaria, como una creencia superficial y una apariencia visible pertenecientes a la óptica perspectivista de la vida. - Para volver a referirnos por última vez a la gigantesca in­fluencia que «la filosofía alemana» -¿se comprende, como espero, su derecho a las comillas? - ha tenido en toda Eu­ropa, no se dude de que ha intervenido aquí una cierta virtus dormitiva [fuerza dormitiva]: los ociosos nobles, los virtuo­sos, los místicos, los artistas, los cristianos en sus tres cuar­tas partes y los oscurantistas políticos de todas las naciones estaban encantados de poseer, gracias a la filosofía alemana, un antídoto contra el todavía prepotente sensualismo que desde el siglo pasado se desbordaba sobre éste, en suma - sensus assoupire [adormecerlos sentidos]...

12

En lo que se refiere al atomismo materialista: es una de las co­sas mejor refutadas que existen; y acaso no haya ya hoy en Europa entre los doctos nadie tan indocto que continúe atri­buyéndole una significación seria, excepto para el uso ma­nual y doméstico (es decir, como una abreviación de los medios expresivos) - gracias sobre todo a aquel polaco Bos­covich, que, junto con el polaco Copérnico, ha sido hasta hoy el adversario más grande y victorioso de la apariencia visible. Pues mientras que Copérnico nos ha persuadido a creer, contra todos los sentidos, que la tierra no está fija, Bos­covich nos enseñó a abjurar de la creencia en la última cosa de la tierra que «estaba fija», la creencia en lo «corporal», en la «materia», en el átomo, ese último residuo y partícula te­rrestre: fue éste el triunfo más grande sobre los sentidos al­canzado hasta ahora en la tierra. - Pero hay que ir más allá to­davía, - y declarar la guerra, una despiadada guerra a cuchillo, también a la «necesidad atomista», la cual continúa sobreviviendo de manera peligrosa en terrenos donde nadie la barrunta, análogamente a como sobrevive aquella «necesidad metafísica», aún más famosa: - en primer término hay que acabar también con aquel otro y más funesto atomismo, que es el que mejor y más prolongadamente ha enseñado el cristianismo, el atomismo psíquico. Permítaseme designar con esta expresión aquella creencia que concibe el alma corno algo indestructible, eterno, indivisible, como una mó­nada, como un átomo: lesa creencia debemos expulsarla de la ciencia! Dicho entre nosotros, no es necesario en modo algu­no desembarazarse por esto de «el alma» misma y renunciar a una de las hipótesis más antiguas y venerables: cosa que suele ocurrirle a la inhabilidad de los naturalistas, los cuales, apenas tocan «el alma», la pierden. Pero está abierto el cami­no que lleva a nuevas formulaciones y refinamientos de la hi­pótesis del alma: y conceptos tales como «alma mortal» y «alma como pluralidad del sujeto» y «alma como estructura social (Gesellschaftsbau) de los instintos y afectos» desean te­ner, de ahora en adelante, derecho de ciudadanía en la cien­cia. El nuevo psicólogo, al poner fin a la superstición que has­ta ahora proliferaba con una frondosidad casi tropical en torno a la noción de alma, se ha desterrado a sí mismo, desde luego, por así decirlo, a un nuevo desierto y a una nueva des­confianza - es posible que los psicólogos antiguos viviesen de modo más cómodo y divertido -: pero en definitiva aquél se sabe condenado, cabalmente por esto, también a inventar -y, ¿quién sabe?, acaso a encontrar. -

13

Los fisiólogos deberían pensárselo bien antes de afirmar que el instinto de autoconservación es el instinto cardinal de un ser orgánico. Algo vivo quiere, antes que nada, dar libre curso a su fuerza - la vida misma es voluntad de poder -: la autocon­servación es tan sólo una de las consecuencias indirectas y más frecuentes de esto. - En suma, aquí, como en todas par­tes, ¡cuidado con los principios teleológicos superfluos! - como ese del instinto de autoconservación (lo debemos a la inconsecuencia de Spinoza-). Así lo ordena, en efecto, el mé­todo, el cual tiene que ser esencialmente economía de princi­pios.

14

Acaso sean cinco o seis las cabezas en las cuales va abriéndo­se paso ahora la idea de que también la física no es más que una interpretación y un amaño del mundo (¡según noso­tros!, dicho sea con permiso), y no una explicación del mun­do: pero en la medida en que la física se apoya sobre la fe en los sentidos se la considera como algo más, y durante largo tiempo todavía tendrá que ser considerada como algo más, a saber, como explicación. Tiene a su favor los ojos y los de­dos, tiene a su favor la apariencia visible y la palpable: esto ejerce un influjo fascinante, persuasivo, convincente sobre una época cuyo gusto básico es plebeyo, - semejante época se guía instintivamente, en efecto, por el canon de verdad del sensualismo eternamente popular. ¿Qué es claro, qué está «aclarado»? Sólo aquello que se deja ver y tocar, - hasta ese punto hay que llevar cualquier problema. A la inversa: justo en su oposición a la evidencia de los sentidos residía el en­canto del modo platónico de pensar, que era un modo
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