El imperio del sur: el isláM






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fecha de publicación08.03.2016
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EL IMPERIO DEL SUR: EL ISLÁM


En el s VII la Península Arábiga era un territorio prácticamente despoblado, habitado únicamente por tribus de pastores nómadas, enfrentadas entre ellas por el control del agua, y, pequeños grupos de comerciantes. Sólo en las regiones costeras se practicaba una agricultura sedentaria que permitió la aparición de algunas ciudades por las que pasaban también las rutas caravaneras. En una de estas ciudades, La Meca, se encontraba el santuario de la Kaaba, en el que se guarda una piedra negra sagrada para ellos. La adoración en este santuario es el único elemento común que tienen los árabes anteriores a Mahoma, puesto que eran politeístas y cada tribu tenía unos dioses diferentes.

En el 570 nace en la Meca, Mahoma, cuyos lazos familiares le permitieron dedicarse al comercio y viajar. Sus viajes le pusieron en contacto con las religiones judía y cristiana, monoteístas y, le facilitaron tiempo para la meditación, fruto de la cual nació una nueva religión: El Islam. En el año 622 tuvo que huir de la Meca y se refugió en Medina. Este hecho conocido como la Hégira, marca el inicio del calendario musulmán. En los años siguientes Mahoma y sus seguidores lucharon contra sus enemigos e iniciaron la expansión “territorial” de la nueva religión. A la muerte del profeta se había logrado la unidad política y religiosa de todas las tribus de la península Arábiga.

A la muerte del profeta, sus seguidores eligieron a su suegro, Abu Bakr, para que le sucediera. Se inicia así un periodo de expansión territorial, pero también de organización de un nuevo estado que tomará como modelo la organización política de los territorios conquistados, es decir, tardo romana. Abu Bakr adopta el titulo de califa, jefe político y religioso, y, aunque su poder religioso esta limitado por las revelaciones de Mahoma, que no pueden ser modificadas ni ampliadas, su poder político y militar es máximo, lo que pronto crea disputas internas por el poder.

A Abu Bakr le sucedieron otros tres califas, familiares del profeta, a los que se conoce como califas ortodoxos o “justos”. Ellos protagonizan el primer periodo de evolución islámico y el período de mayor expansión militar, pero, con el último de ellos tuvo lugar la primera división del mundo islámico entre los chiitas y los sunitas.



A finales del s VII la lucha por la sucesión del califa permitió la llegada al poder de la familia Omeya, quienes trasladaron la capital a Damasco y establecieron las bases de un poder político centralizado, todo depende del califa. La enorme extensión del imperio conquistado les llevó a dividir el territorio en provincias y a organizar una administración rígida y eficaz que regulara la compleja y heterogénea organización del imperio. Para lograrlo se inspiran en los modelos bizantino y persa, caracterizados por tener cargos políticos, militares y administrativos que actuaran en nombre del poder central. El califa era asistido por sus consejeros o visires que se encargaban de dirigir los principales servicios del imperio. En las provincias, llamadas emiratos, gobernaban los emires o valíes, en un principio sólo con autoridad civil, pero con el tiempo también militar. En algunas provincias, especialmente conflictivas o fronterizas, se establecen los sultanes jefes militares que con el tiempo darán titulo a los soberanos de los reinos islámicos. Al frente de las ciudades estaban los cadíes , jueces encargados de aplicar la ley según las leyes del Corán, que se encargan también de la política local y los ritos religiosos.



En el 750, otra dinastía, la de los Abasíes, se rebeló contra los omeyas y se instauró en el poder. Con ellos se alcanzó la máxima expansión territorial, dominando desde el Océano Atlántico hasta el Indico, pero también se iniciaron las luchas internas por el poder que provocaron la desintegración del imperio. Con ellos se inició la tendencia orientalizante, que dio lugar a uno de los períodos culturales de mayor esplendor. Su reforma del ejército dio lugar a la participación en él de pueblos no árabes, entre los que destacan los turcos, pueblo musulmán procedente de las estepas de Asia y los bereberes del norte de África; y, al fin de la supremacía árabe en el poder. En el 1055, el jefe de la guardia pretoriana turca, se apodera de Bagdad y se proclama “emir de emires”, dejando al califa la función religiosa.

En el s XI el mundo musulmán se divide en tres califatos: el omeya en Córdoba, el fatimí en Egipto y el turco en Bagdad.

La rápida (s. VII- XI) expansión del islam fue posible gracias a la conjunción de tres elementos, aparentemente independientes, pero relacionados entre si. Tradicionalmente se ha dado una gran importancia a la yihad, o guerra santa, obligación de los creyentes de difundir el islam. Otro elemento a tener en cuenta es la existencia de un ejército fuerte y disciplinado del que destacaba la caballería. Con los Omeyas sólo podían formar parte del ejército los árabes, pero los Abasidas permitieron que se alistaran personas de distintas procedencias, lo que derivó en un ejército de mercenarios que a partir del s X interviene en asuntos políticos. Pero sin ninguna duda, el factor determinante y, el que hizo posible la expansión cultural fue la integración de los pueblos conquistados, a los que se permitió conservar su propia religión. Los cristianos y los judíos, mayoría en los territorios conquistados, pudieron conservar su religión, dirigir sus comunidades y, mantener sus costumbres y tradiciones a cambio del pago de un tributo. A pesar de estos privilegios, los musulmanes tenían ventajas sociales y económicas, por ello, la mayor parte de los habitantes de los territorios conquistados se islamizaron.

Esta islamización no impidió que la sociedad musulmana se mantuviera dividida, no sólo por su riqueza o posición social, sino también por su origen árabe o no. Esta división se hizo patente en el campo, donde residía la mayor parte de la población, a pesar de que las ciudades fueron el centro de toda la actividad económica debido a la gran importancia del comercio. Las tierras pertenecían a grandes propietarios, generalmente de origen árabe, pero también había un importante número de campesinos libres que trabajaban alquerías y huertas cercanas a las ciudades, donde vendían sus productos.



Los árabes mantuvieron los cultivos y sistemas de explotación de los pueblos conquistados, pero introdujeron el regadío, aprendido en el desierto, donde la escasez de agua les llevó a desarrollar una amplia red de acequias, cisternas, aljibes, acueductos y pozos, además de nuevas técnicas como la noria o el molino de agua. También difundieron nuevos cultivos, como el arroz, los cítricos o el algodón.



En las ciudades existía un numeroso grupo de artesanos que alcanzaron una gran perfección en sus trabajos de cuero, papel, cerámica o metales. Aunque trabajaban en pequeños talleres, la floreciente artesanía era organizada y controlada por el Estado, que gestionaba su comercialización en los zocos o mercados. Esto hizo que el comercio fuera muy activo tanto a nivel local como internacional. De hecho, el comercio es al base de la economía islámica. Los comerciantes vendían los artículos que elaboraban los artesanos y compraban otros artículos de valor en tierras lejanas. Para lograrlo desarrollaron una extensa red de rutas comerciales, tanto terrestres como marítimas. Las rutas terrestres les ponen en contacto con China e India a través de grandes caravanas de camellos, que portan seda, pólvora, especias, etc. Una parte de estas mercancías se queda en el propio imperio, pero otra, se exporta al norte de Europa a cambio de madera y armas. Las rutas marítimas recorren el Mediterráneo, el mar Rojo y el océano Indico, ya que los musulmanes poseen la mejor flota y los puertos comerciales más activos. También en este campo los musulmanes destacaron por sus avances técnicos, como el astrolabio, que permite medir la posición de los astros o, la brújula.



La enorme importancia del comercio musulmán convirtió a su moneda en la más importante y apreciada y fue aceptada por todos los Estados medievales. Basada en el solido de oro bizantino, el dinar musulmán eliminó todos los signos cristianos para incluir en ellas leyendas árabes.
Además del comercio, o quizá gracias a él, hay otro elemento que caracteriza al mundo musulmán, la importancia de la ciudad como centro de la vida económica, política, religiosa y cultural. Su trazado es irregular, con calles estrechas y laberínticas y, casas pequeñas y cerradas para proteger el interior de las miradas de los curiosos. Suelen estar amuralladas, aunque disponen de varias puertas que se cierran por la noche. La parte más importante de la ciudad es la medina, donde están los edificios más destacados, como la mezquita, el zoco o los baños. Alrededor de ella se disponen los arrabales y los barrios más pobres, donde se sitúan los talleres más ruidosos o malolientes. El centro de la vida política esta en el Alcázar o fortaleza, donde residen la autoridad local y los funcionarios. La vida social y económica se desarrolla entorno al zoco y los baños.



La ciudad fue también el centro de la cultura islámica, fraguada gracias al contacto con numerosas culturas tan diversas como las asiáticas y las mediterráneas. Su importancia ha sido vital no sólo para la ciencia, muy avanzada para su tiempo, o el arte, sino, fundamentalmente, por ser la principal conservadora de los conocimientos del mundo antiguo y transmitirlos al mundo occidental. Además de los avances técnicos ya comentados, los árabes contribuyeron al avance de la filosofía con personajes como Avicena y Averroes, que recopilaron y difundieron el pensamiento de Aristóteles y al de la poesía con obras como Las Mil y una noche, recopilación de cuentos tradicionales de diversos territorios conquistados. El árabe se impuso rápidamente como vehículo de comunicación entre los países y como principal medio de expresión. Muchas obras griegas y romanas se conocen gracias a las traducciones árabes.

A los árabes les debemos grandes avances en matemáticas, incluido el concepto del 0 que no existía en el mundo romano. Y, aunque de origen hindú, fueron ellos los que difundieron el uso de los “números arábigos” que se usan actualmente. También alcanzaron un alto nivel de desarrollo en medicina, describiendo enfermedades, sus causas y sus curas. Destaca especialmente Avicena, por establecer los principios de la medicina preventiva. Otra ciencia en la que destacaron fue la astronomía, donde gracias a observatorios como los de Damasco o Bagdad, afirmaron que los planetas giraban entorno a un cuerpo y no a un punto. Y por último, aunque no fueron sus creadores, si fueron los difusores de inventos como la brújula, el astrolabio, la pólvora o la seda.



En cuanto al arte, al carecer de una tradición propia, adoptaron las técnicas y formas de los pueblos conquistados, por ello, la principal característica del arte islámico es su capacidad para sintetizar los principales rasgos del arte de otros pueblos. Una de sus características más destacada es el uso de materiales pobres que se cubren con una decoración muy creativa llena de juegos de luz y sombra. La arquitectura es la manifestación mas abundante, debido a las mezquitas y palacios, en las que predomina el arco de herradura. La religión islámica prohíbe las imágenes, por ello apenas hay escultura y pintura figurativa, la decoración consiste en temas vegetales, geométricos o caligráficos con textos del Corán, poemas o alabanzas. Los artistas musulmanes alcanzaron un gran desarrollo en las llamadas artes menores, destacando la cerámica, el vidrio y el marfil.


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