Por José Luis Rodríguez-Núñez






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fecha de publicación28.01.2016
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Al otro lado del Edén
Por José Luis Rodríguez-Núñez
No puedo dormir, ¿quién podría? Esta noche siento que mi cama es un gran lago helado, con una enorme ballena roncando junto a mí.

—Hola, Paz, ¡cuánto tiempo!

Tu voz, desde esta tarde, aún retumba en mi cabeza y ha llenado de sangre mis venas y mi corazón muerto desde que me marchaste. Supongo que Juan se habrá dado cuenta de mi rubor, de mi desmayo, pues se ha acercado y me ha sostenido por el codo y qué te pasa, cariño.

Mis pezones se han erizado como antaño al oírte, al contemplarte, al olerte. He cerrado los ojos, tratando de olvidar, pero no he podido imaginar otra cosa que tu cuerpo desnudo, tu pelo mojado y tu alma jadeante, después de aquella primera vez, en nuestro nido de estudiantes, tu hoyuelo de pecado susurrándome cálido este es el aroma de la fruta prohibida.

—Nada, Juan, supongo que estoy cansada y he bebido demasiado en la comida.

Él se ha quedado mirándote, como un leopardo acechando su presa, con el vello erizado, hasta que me he visto obligada a presentarte, un hilo de temblor brotando de mi garganta.

—Mira, Juan, es Aurora, una compañera de los tiempos de la facultad.

Y me hubiera gustado añadir esas noches después de los exámenes, cargadas de alcohol, marihuana y complicidad, las dos deseando llegar a casa, abrazarnos en nuestra intimidad secreta, aisladas del mundo, burlándonos de nosotras y de los demás, queriendo detener el tiempo en ese instante, para siempre.

—Hola, Aurora, ¿cómo estás? Vaya sorpresa, la verdad, Paz nunca me había hablado de ti. Una amiga tan guapa, que callado te lo tenías, ¿eh?

Su galantería me ha dado ganas de vomitar, la náusea nuestra de cada día, mientras vuelvo a sentir, al mirarte, un hálito de vida que recorre mi sistema nervioso y las rodillas que quieren dejar de temblar.

—Es que… fue hace tanto tiempo.

Un siglo, no, un milenio, ¿cuánto ha pasado de verdad? Aún retumba en mis tímpanos el portazo de mi adiós, de mi vergüenza y mi miedo, del triunfo del convencionalismo, ahogando tus lágrimas de pasión y no vuelvas nunca más, no quiero volver a verte.

—Encantada, Juan. Sí, Paz tiene razón, hace una eternidad. Mirad, os presento a Pepe, mi marido.

Y me has mirado con esa promesa tan tuya, ese guiño de misterio del amor primero, como si apenas nos hubiésemos despedido ayer y no hubiese ardido por dentro aquella mañana lluviosa, cuando volví a buscarte, sofocada de arrepentimiento, y me enteré de que te habías marchado, sin dejar señas, al extranjero, me dijeron.

—Mucho gusto, Pepe. Entonces, ¿conocéis a Amaya? La verdad es que hace unas fiestas increíbles.

Juan y Pepe se han puesto a charlar de nada, mientras tú me has rozado el antebrazo con tus dedos de ámbar y me has vuelto a susurrar en el oído, a ver si nos volvemos a ver a solas, como antes, Paz, estás preciosa y yo he pensado tú también lo estás, pero las palabras no han llegado a salir de mí.

Al despedirnos me has dado tu número de móvil, con naturalidad, dos viejas amigas que quieren recuperar el tiempo perdido, y Juan y Pepe han dicho mira que cosas tiene la vida, podíamos quedar con los niños, salir juntos, al fin y al cabo no se regresa a la ciudad natal todos los días, ¿cuánto tiempo habéis vivido en Argentina?

Mientras acaricio el papel arrugado donde los números mínimos me miran felices, sé que por fin ha llegado la respuesta a esa pregunta de cada velada, el desgarro que me ha asaltado cada día, después del ritual del hastío, buenas noches niños, buenas noches, Juan, un besito y hasta mañana, mientras mi ser regresaba a esa escalera desvencijada, a la puerta de aquel piso que fue testigo de nuestro amor, a aquel llanto salado de incomprensión y abandono.

¿Quién podría dormir esta noche?

EN SILENCIO, por Rasta.

Van a premiar a Sergio por su último cortometraje y no voy a negar que merece la pena volver a Madrid para celebrarlo y acudir a la cena de ex antiguos alumnos, aunque algunas de sus calles aún me duelan, aunque ciertas caras conocidas me devuelvan al pasado, aunque mi vida haya cambiado tanto en los últimos ocho años que me sienta fuera de lugar… Giselle no deja de hablar un solo momento y yo ya hace un rato que puse el piloto automático…es suficiente con esta sonrisa idiota y ausente y asentir cada medio minuto para que parezca que todo va bien, que me interesan sus elogios a mi ciudad natal, a la ciudad que abandoné con prisas, con lágrimas, para refugiarme en el azul plácido de Giselle… porque nunca nos hizo falta hablar para entendernos ¿verdad? Nunca, ni aún cuando apenas nos conocíamos. Tu silencio era tan claro para mí que, aún en la distancia, sabía lo que me estabas queriendo decir… Incluso cuando no habías aparecido aún yo ya notaba tu llegada próxima, del mismo modo en que los animales pueden prever la cercanía de un desastre natural… Por eso Giselle se difumina y sé que esa silla libre, enfocada y nítida, es para ti. Giselle me pregunta si quiero más vino y le digo que sí. Al llevarme la copa los labios, cierro los ojos, aspiro y me doy cuenta de que ya no llevo esmoquin, sino unos pantalones cortos y una camiseta blanca. Todo es blanco y azul, salvo tus ojos negros que me pueden, que me entienden, que sonríen. El silencio en la terraza de Santorini, el vino, tus ojos negros… Y Giselle que no se calla, y tu silla que sigue vacía pero que pronto ocuparás… lo sé, lo sé por el cosquilleo en el vientre… “¿En el alto o en el bajo vientre?”, me preguntas, rompiendo el silencio y dejando la copa, dejando la terraza de nuestro apartamento, de la mano… Cambie nuestros silencios cómplices por ruido, sonidos, palabras, buscaba desesperadamente llenar el silencio cuando me fui, ocupar el tiempo para no pensar que ya no iba a prever tu llegada nunca más. El silencio pasó de ser nuestro aliado a ser un muro infranqueable… Giselle habla de nuestros hijos con un tipo al que no reconozco que está sentado a su lado, y que seguramente aprecia su monólogo banal y cómodo que impide tener que buscar un tema con el que rellenar el tiempo con un desconocido… o quizá de verdad le interesan nuestros hijos, a saber… “Tuviste lo que querías”, me dirás sin hablar cuando te sientes en tu silla, justo enfrente de mí. Estabilidad. Hijos. Justo lo que no querías tú. Justo lo que quería Giselle. Y yo te diré, sin abrir la boca, que me fui a buscar lo que quería y perdí los silencios compartidos para siempre.

Sólo espero que Giselle no te dé la paliza, me moriré de vergüenza o peor… me dará lo mismo. Te reconoceré al mirarte que soy un perdedor, porque me permití perderte. Me mirarás y me dirás una vez más que los momentos que se dejan pasar ya nunca volverán.
***
Giselle duerme y yo fumo el primer cigarro tras ocho largos años de silencio, asomado al balcón de nuestra habitación de hotel. Son las cuatro de la mañana y no puedo dormir.
Llegaste… no me equivoqué, era tu silla. Llegaste… del brazo de aquel hombre que te trataba como si fueras de porcelana. Llegaste y no pude hablar contigo en silencio, como tantas veces. Llegaste tan cambiada…
Pero sé que, peso a todo, me “viste”… pese a tus gafas oscuras, tu bastón blanco… sé que me viste y que cuando pasé a tu lado camino del baño para evitar que alguien me viese llorar, me dijiste…
“Lo siento, al final ya ves que voy a tener un niño en breve… aunque nunca podré ver su carita, ni hablar simplemente mirándole a los ojos, como únicamente podía hablar contigo”.

PÉRTIGA RAFAEL BORRÁS

En realidad se llama Perpetua Tío Gallardo. A los dieciocho años medía un metro ochenta y mucho y jugaba de ala-pivot con unas facultades portentosas. Cuando la otra noche entró en el estadio, Roberto llevaba un buen rato pegando brincos con su mujer en mitad de un corro, al son de los berridos de una banda que en esos momentos estaba fusilando a Bruce Springsteen. Con la colaboración de la barra libre y del Bloody Mary, su Palmira estaba ya más que razonablemente achispada.

Distinguió a Pértiga de lejos: con los tacones que calzaba hubiera podido lamer un listón a casi dos metros. En la pista de baile el rumor de los cuerpos enmudecía a su paso. La misma de siempre, reconoció para sí Roberto; pero no, la misma no, tal vez era otra más hecha, aún más alta, sin duda más suculenta, la que cruzaba la cancha como una carabela el horizonte: femenina y alerta. Sublime. A su lado caminaba un mastodonte insulso y mate. Pértiga, así, como suena, con esdrújula fuerte, toda una mujer rozando la cuarentena al compás de una marcha triunfal. Roberto hizo memoria: según las compañeras del equipo su nombre de pila sonaba a funeraria, el primer apellido le sentaba como un tiro y con el segundo era un puro insulto; así que soldaron las primeras sílabas de cada palabra y Pértiga la rebautizaron. Y nunca le importó, puesto que de aquella muchachita ese alias decía solo verdades: tan flexible como contundente, tan filiforme como ágil, un prodigio encestando y un martillo pilón bajo el tablero.

Pero esa noche acudían allí para homenajear al viejo míster de la escuela del club que se jubilaba. Cumplía setenta años y a su alrededor se reunieron muchos jugadores a los que enseñó; más de trescientos entre mujeres y hombres de todas las edades. Un celebración de confraternidad en el viejo estadio, escenario de triunfos o de lágrimas, románticamente iluminado con guirnaldas y cientos de farolillos.

También Pértiga divisó de primeras a Roberto entre el bosque de pinos humanos de más de dos metros. Llegaron al grupo, hola y hola, cómo vas, te veo genial, ¿conoces a mi marido?, ¿no?, pues mira, éste es Luís, ¿y tú a mi mujer? ¿no?, pues te presento a Palmira, ¡enhorabuena, bribón, qué mujer te llevaste!, y cuánto tiempo sin saber nada, sí, ¿quince años? pero parece que fue ayer, ¡alto, todos al suelo, nos hemos hecho mayores!, y risas y cumplidos y roces.... Y Pértiga que se inhibe: increíble, no está igual, está mejor; hace veinte años de morenito larguirucho pero aplicado, de escanearme en la cancha y sumar puntos en la camilla de masajes después de la ducha. ¡Uf! Pero ahora más... ¿cuajado?... no, no, más... exquisito, eso es, ¡exquisitísimo! En cambio Luís, si seré idiota, que después de tres años de locura con Roberto fuera a casarme con este pedazo de orangután peludo, míralo, si lo sé porque le conozco, que hace como que se esfuerza por parecer alegre, y natural, y no le sale. Penoso. Y, mientras, Roberto sonríe alternativamente a su mujer, a Luís y a Pértiga como una autómata, que por Dios, que esto de asistir a fiestas con la propia pareja es muy duro, ¡como puede existir gente que lo tenga por costumbre! A esta Pértiga ya no le cabe más morbo, ¿fue chica tabla alguna vez? La invitación puntualizaba que era «opcional» el asistir con compañía; tarado, imbécil y otra vez tarado.

Llega la hora del discurso. Queridos alumnos, anuncia el míster ante el micrófono, quisiera deciros que os agradezco a todos que hayáis venido, y que me siento orgulloso de haber fomentado en vosotros la pasión por este deporte que...

El grupo de las dos parejas permanece de pie, cara al entarimado. Roberto con su mujer a la derecha afiliada al Bloody Mary, sudorosa y ausente. A su izquierda, Pértiga con su marido. Ésta vuelve la cabeza y le dirige a Roberto un mohín con una sonrisita adjunta. Se frota un pendiente con los dedos índice y corazón cruzados, ¿recuerdas? Sí, claro, la señal para que te siga. Ella le susurra a su marido espérame aquí, voy a saludar a unas viejas amigas, y Roberto algo al oído de su mujer. Pértiga que camina hacia el bar, Roberto que sale tras ella a los pocos minutos.

Ha sido divertido, reconoce él con un suspiro, y sonríe tímido mientras apoya un codo en el mostrador de bebidas, en un lateral de la cancha. Y Pértiga que sí, y fíjate que nadie nos mira, todo el mundo pendiente del míster, y lanza el triple ganador a canasta: ¿cuánto tiempo te vas a quedar en la fiesta? Roberto va a contestar, pero antes de que diga nada Pértiga le sella la boca con dos dedos, y prosigue: ¿quieres que comprobemos si en el vestuario hace el mismo calor de siempre..., o prefieres dejarlo para más tarde?

—No pretenderás que... esta noche... ahí abajo... los dos, otra vez...

—Escucha. Mañana es mi cumpleaños. Cuarenta, como tú; un número redondo que quiero dedicarte. Te lo mereces. ¿Te acuerdas de mis veinte? Estuviste inmenso. Eras un fenómeno en el cuerpo a cuerpo... Por cierto, ¿dónde te metiste en 1999?

Roberto alza los hombros y sonríe simulando ignorancia.

—No recuerdo. Sería el año que viví en la Luna.

—Pues me debes la reválida de los treinta; pero esta noche he hecho que traigan una tarta y todo el equipo me va a cantar el Happy Birthday to You, yo pediré mi deseo y tendrás que satisfacérmelo. Sería una buena idea que antes de la tarta y ahora que los tenemos a los dos entretenidos nos perdiéramos en el vestuario, con lo que tú te evitas una bronca con tu mujer y yo otra con Luís. Manual del Perfecto Casado, capítulo primero, estrategias de despiste.

—¿¡Hablas en serio!?

—¡No, que va!, solo te tomaba el pelo —y Pértiga ríe a carcajadas—, pero apártate de mí, o cuando pase un minuto de la medianoche estarás en peligro.

—¿Me amenazas?

—No, Roberto, te asesoro.

Y Roberto reflexiona, y chasquea la lengua.

—El caso es que acabo de decirle a Palmira que olvidé la cartera en el coche. Lo hemos aparcado muy lejos; casi media hora entre ida y vuelta. Si tardo menos sospechará que le he mentido.

Tuvo muchas más dificultades en el cuerpo a cuerpo que la misma noche de 1989: quizá las prisas, o el alcohol, o el vecindario, o todo junto. Pértiga quedó sobre la camilla en tiempo muerto, con los ojos fijos en los fluorescentes del techo. ¿Ya está? ¿Es todo? No fue como para ganar un entorchado, desde luego, pero Roberto concluyó que todavía era joven y que no debía mortificarse con desazones.

Cuando estaba anudándose la corbata, aventuró el último tiro libre.

—¿Tienes correo electrónico?

—Sí, claro —le repuso ella.

—Si te escribo, ¿me contestarás?

—No lo sé. Depende de lo que me cuentes —sentenció. Y, tras mojarse la yema del pulgar en la punta de la lengua, le borró del mentón con mimo un resto de carmín.

La margarita
Andrea Hernández Mingorance

Yaiza sonríe y me lleva de la mano entre el tumulto de personas. La fiesta está abarrotada de gente a la que apenas conozco. Menos mal que según Yaiza era una fiesta privada, cincuenta personas como mucho, no te preocupes, Jonay. Intento animarme y bailar de forma relajada pero creo que para eso me faltan unas copas más. Así que dejo a Yaiza hablando con una amiga y me dirijo a la barra.
Una vez acomodado mi codo y sosteniendo un malibu con limón en la mano me dedico a observar el ambiente. La gente baila y salta al son de una canción de Timbaland, al menos la música es buena. Desde mi posición llego a contemplar la puerta por la que no paran de entrar personas. Tomo un trago largo y entonces es cuando entra ella. Lleva un peto vaquero y una camisa rosa, el pelo recogido en dos coletas, las rodillas llenas de moretones como siempre y la mochila de Pokemon cargada con los libros del colegio. Han pasado tantos años que me cuesta reconocerla pero es ella sin duda. Gara, la niña del flequillo. Pasea elegantemente subida a unos tacones mientras su vestido ondea con su movimiento. Pero no va sola, la acompaña un hombre que la agarra férreamente del brazo.
— Por fin te encuentro, vamos a bailar
Yaiza sonríe y me arrastra de vuelta a la pista de baile. Mientras la sigo, vuelvo a vislumbrar a Gara. Ella corre hacia mí, con las manos en la espalda. Tengo un regalo para ti, me dice y me tiende una margarita. Yo la cojo y la tiro al suelo, las flores son cosas de niñas cursis. Ella se echa a llorar. La música se ralentiza, Yaiza me pone los brazos en el cuello y junta su cuerpo al mio.
Mientras, Gara se balancea al ritmo de la canción fuera de la pista. Mira inquisitivamente a Aday y le señala con la cabeza la marea de bailarines. Pero a Aday no le apetece bailar. Gara se encoge de hombros y sigue moviéndose en el sitio. Pasea su mirada por las parejas que bailan en el centro y de repente reconoce a Jonay que baila muy pegado a una mujer. Jonay, el niño de ojos claros, mi primer amor. Aday le agarra del brazo y dice que ha cambiado de idea, rodea su cintura y empieza a mover los pies mientras le acaricia la cabeza. Su mirada se clava en suelo, donde cayó la margarita y sus ojos se empiezan a inundar de lágrimas, no quiere llorar delante de Jonay así que sale corriendo y se esconde en el hueco debajo de la escalera.
La gente a su alrededor ríe y charla animadamente. Gara siente la presión de la mano de Aday en su cintura y contempla a Jonay. Entonces él levanta la cabeza del hombro de su novia y sus miradas se encuentran. Jonay se sienta a su lado y permanece durante un instante sin decir nada, mientras las lágrimas finalizan su recorrido por mis mejillas. Nos quedamos en silencio, noto que Jonay está buscando las palabras adecuadas. Tras un momento de reflexión me dice que lo siente, que no me quería ofender y me tiende la margarita que arrojó. Me seco las lágrimas y sonrío.

La música deja de sonar durante un instante, el DJ tiene que descansar. Yaiza comenta algo pero apenas la escucho. La gente se dispersa y se dirige hacia la barra o se acomoda en los sofás. Gara me dirige otra mirada. No sé si tendré la suficiente valentía para encararme a ella. Cojo aire y le pregunto si quiere ser mi novia. Ella parece sorprendida durante un instante, mira la margarita y empieza a deshojarla: le quiero, no le quiero, le quiero…. Momentos de tensión, el último pétalo dice que no me quiere. Pero ella no lo arranca sino que se ríe con su carcajada infantil. Entonces se acerca y me da un beso fugaz. Mi primer beso.

El DJ vuelve a la cabina y empieza a pinchar música. La gente vuelve a la pista pero yo me quedo apoyado en la barra, oyendo como Yaiza ríe con alguien, con una risa estrepitosa. En el otro extremo de la pista veo a Gara discutir con su acompañante. No sufras pequeña. Ella me mira y nos quedamos un rato observándonos. Llueve pero parece que te da igual, los demás niños salen corriendo a refugiarse pero tú ríes. Estamos solos tú y yo en el patio del colegio. Te deshaces las dos coletas y empiezas a dar vueltas, sonriéndome. Camino hacia ella hipnotizado, esquivando a todas las personas. Ella también se mueve y nos encontramos en el centro de la pista de baile. Nuestras manos se entrelazan y pega su cuerpo al mío. La música es lenta y ese momento parece eterno. Mis manos encuentran su cintura, sus manos mis hombros, sus ojos los míos. Ya no hace falta deshojar una margarita. Me acerco a ella y mis labios se posan suavemente en los suyos.

Braguetero

Max Chirinos

Te había incomodado ver cómo Macarena le bailaba a Andrés, ese delicioso escote que alguna vez fue todo para ti te estaba volviendo loco. “En la vida hay amores que nunca… pueden olvidarse…” merodeaba sobre el tabladillo y, mientras Zoila te confundía con su ídolo “Luis Miguel”, solo querías que acabe la puta balada para por fin salir de ahí e ir por más trago… Tu cuerpo se escarapeló al descubrir que Macarena te correspondía de cuando en vez con un felino flirteo. Sí, no te había echado tierra y, mejor aún, te extrañaba, tigre…
En la cama del Sheraton, los dos cuerpos se revolcaban con desenfreno, con esa pasión que sólo la furtividad logra encender. Se contemplaban sin tregua, parecían entenderse sin hablar. Los cuerpos estaban empapados y las sonrisas se veían imborrables. Entraron juntos en la ducha y otra vez continuaron con el sólido abrazo.
“Dale a tu cuerpo alegría…” Ah, no, esa payasada no la bailabas ni cagando, así que lograste zafar el brazo y dándole la espalda huiste de la pista de baile hacia la barra. Tu novia trajo a su primo de la mano de su pareja, los presentó con entusiasmo y te hiciste el huevón, Macarena te siguió el juego. Ofreciste tragos a todos. Te esforzaste mucho por despegar la mirada de sus apetitosos pechos. ¡Salud, por los nuevos amigos!…
Se vistieron y abandonaron la habitación bajando a la cafetería del hotel. Él encendió un puro y ella, un mentolado. Les sirvieron café en pequeñas tazas de porcelana. Hubo algo en la conversación que la hizo enfurecer. Ella alzó la voz, él parecía no inmutarse. Se puso de pie y le arrojó el café en la cara y luego, lo abofeteó. Con las manos trató de contener el incesante llanto mientras sus resonantes zapatos de taco aguja la llevaban hacia la calle. Una vez que la perdió de vista, se secó la cara con la servilleta y, fijando los ojos en algún lugar del techo, terminó su puro con suaves y triunfantes bocanadas…
“Procura coquetearme más… y no reparo de lo que te haré…” Zoila aplaudía sentada tarareando a “Chichi Peralta”. Era un poco incómodo para ti estar con ellos en la mesa, es decir, con Macarena. Te movió el piso, tus hormonas se dispararon a niveles máximos, no te habías sentido así desde muchísimos años atrás: tu razón estaba totalmente sometida, obnubilada. En el pasado, tu balanza había parecido contundente: Zoila, fea pero millonaria. Macarena, un manjar pero con poco dinero. Andrés no le soltaba la mano, se moría por ella. Macarena se excusó y se fue al baño, aprovechaste la oportunidad y corriste detrás. Metros antes del destino, pudiste cogerle el brazo, clavar tus ojos en los suyos y darle un apasionado picotazo. Te empujó y te abofeteó con tal fuerza que tu cara volteada vio en cámara lenta cómo se acercaba un inesperado puño: era Andrés. Cuando recuperaste la conciencia, yacías tendido sobre el jardín, tu nariz no paraba de sangrar, y hacía no mucho que Zoila había dejado sobre tu frente parte de tu fallida inversión: su anillo de compromiso.
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