Edgar Allan Poe Ilustrado por Gustave Doré Con un estudio de Ramón Gómez de la Serna






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fecha de publicación08.09.2015
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El Cuervo

Edgar Allan Poe

Ilustrado por Gustave Doré

Con un estudio de Ramón Gómez de la Serna





Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,

meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral

y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,

como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.

Es un visitante –me dije–, que está llamando al portal;

sólo eso y nada más.”


¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado Diciembre!

Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.

Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma

en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal

de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar

y aquí nadie nombrará.




Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas

me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal

que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:

No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;

un tardío visitante esperando en mi portal.

Sólo eso y nada más”.


Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:

Caballero –dije–, o señora, me tendréis que disculpar

pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido

y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal

que dudé de haberlo oído...”, y abrí de golpe el portal:

sólo sombras, nada más.


La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,

y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;

pero en este silencio atroz, superior a toda voz,

sólo se oyó la palabra “Leonor”, que yo me atreví a susurrar...

sí, susurré la palabra “Leonor” y un eco la volvió a nombrar.

Sólo eso y nada más.


Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos

pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.

Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;

veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.

Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.

¡Es el viento y nada más!”.


Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,

agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.

Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,

con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,

en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;

fue, se posó y nada más.




Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,

en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.

Ese penacho rapado –le dije–, no te impide ser

osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;

¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.


Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa

me sorprendió aunque el sentido fuera tan poco cabal,

pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido

ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.

Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal

que se llamara “Nunca más”.


Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,

como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.

No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna

hasta que al fin musité: “Vi a otros amigos volar;

por la mañana él también, cual mis anhelos, volará”.

Dijo entonces :”Nunca más”.
Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;

Sin duda –dije–, repite lo que ha podido acopiar

del repertorio olvidado de algún amo desgraciado

que en su caída redujo sus canciones a un refrán:

Nunca, nunca más”.
Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía

planté una silla mullida frente al ave y el portal;

y hundido en el terciopelo me afané con recelo

en descubrir que quería la funesta ave ancestral

al repetir: “Nunca más”.
Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra

al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;

eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada

sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.

¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,

y ya no usará nunca más!.



Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso

mecido por serafines de leve andar musical.

¡Miserable! –me dije–. ¡Tu Dios estos ángeles dirige

hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!

¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!”.

Dijo el cuervo: “Nunca más”.


¡Profeta! –grité–, ser malvado, profeta eres, diablo alado!

¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad

trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,

a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,

dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.



¡Profeta! –grité–, ser malvado, profeta eres, diablo alado!

Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,

dile a este desventurado si en el Edén lejano

a Leonor , ahora entre ángeles, un día podré abrazar”.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.




¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un paso atrás;

¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!

¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje

quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!

¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.


Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,

en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;

y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,

cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;

y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,

no se alzará...¡nunca más!.

El cuervo y la muerte

Ramón Gómez de la Serna

En Edgar Poe. El genio de América, Buenos Aires, Editorial Losada, 1953, páginas 89-104 (versión parcial).

En: http://www.temakel.com/texolsernacuervopoe.htm
En una noche de obscura imaginación, un pájaro vuela sobre los árboles. Desciende luego. Y se posa sobre una rama. Mueve levemente sus alas. Llama a un poeta. El poeta escucha. Y piensa en el reptil de la tragedia que no quiere abandonar la mirada humana. La muerte y la noche siempre vuelven. Quizás, alguna vez todo era una larga exhalación de día, de Sol, de claridad. Pero ya no. Nunca más la luz escapará de las mordeduras repetidas de la muerte. “Nunca más”, never more, repite el pájaro, El cuervo, que repite a su vez el poeta, Edgar Allan Poe.

El cuervo es, sin dudas, el poema fundamental del genial autor de La caída de la casa Usher. En su ensayo Filosofía de la composición, Poe explica el modo de construcción del poema. Lejos de ser sólo un arrebato de afiebrada inspiración, la imagen del parlante pájaro nocturno surgió mediante un estricto método compositivo. A partir de la búsqueda de un efecto, y mediante un preciso razonamiento, el poeta determina un encadenamiento de ciertos recursos expresivos. El cuervo, su color negro, el amante desgarrado, la tormenta, el blanco busto de Palas Atenea, son la consecuencia de una determinación razonada de medios, un procedimiento racional que, para un escritor de claro nervio romántico como Poe, no dejó de llamar la atención de Jorge Luis Borges.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) nació en Madrid y perteneció a la generación de 1914, o novecentismo. Escribió su primer libro a los 14 años. Se alió a las vanguardias europeas, cuando surgió la guerra civil española marchó a Buenos Aires. Desde el café de Pompo, difundió el espíritu vanguardista. Creó la innovadora obra teatral Los medios seres, próxima al surrealismo; como era previsible, no obtuvo buena acogida en el público. Renovó el costumbrismo. Introdujo el vocablo ismos en el diccionario castellano como parte de la difusión de las vanguardias. Creó un nuevo género: la greguería, donde, mediante la unión de imágenes, se busca provocar efectos sorpresivos. Su obra Greguerías (1917), Flor de Greguerías (1933), Total de greguerías (1955), versan sobre esta innovación. Gómez de la Serna escribió más de cien novelas, ensayos, obras de teatro y biografías.

En su Edgar Poe. El genio de América, Gómez de la Serna se sumerge en la riqueza simbólica y poética de la obra de Poe. Destaca la posible influencia en su futuro poema de la trágica muerte, por tisis, de Virginia, la joven esposa de Poe. Relaciona el impacto poético de la presencia de El cuervo con un poema de Heine; y, para pensar el dudodoso desapego de Poe respecto a la inspiración, apela a las observaciones de Mallarmé y Baudelaire. Un descenso del escritor español al Mundo dominado por el pájaro del misterioso vuelo entre la Luna y la muerte.

Esteban Ierardo

El primer poema de la época moderna es El cuervo que queda fijo e inmortal en el árbol genealógico, en el alto ciprés que le perpetúa en lo imperecedero.

Vive el poeta en esa época bajo el signo del aguafuerte y por eso graba Poe en su noche de mayor inspiración la figura del pajarraco que es más negro que la negrura.

El americano pálido y con sus ojeras típicas de americano –ojeras de ser epilogal y contemplador de problemas, que tiene nada menos que ser el ente nuevo– se ha dedicado a usar su derecho al horror. Ha escrito muchas cosas en que impera el miedo que no puede ser imitado, pues un protón mas o menos y ya no es miedo ni oro sino falacia.

Dedicado al terror y el misterio –que no es la intriga policíaca o cinematográfica de sus imitadores–, siente el goce osado y férvido de ver levantarse ante él el hecho trágico –la muerte, el suceso; ve en lo trágico la muerte, el suceso, lo que verá el lector–, que es lo que exalta y supera la realidad.

Un día –escribió Rémy de Gourmont–, leyendo el Prometeo encadenado, tuve la sensación de un cuento de Poe, La caída de la casa Usher. Ningún poeta desde los griegos ha tenido como Poe el sentimiento de la fatalidad, de la necesidad trágica.”

Angel Mosso en su obra La Paura dice que:

...nadie como él ha sabido describir más minuciosamente el miedo, analizar y hacer sentir con más intensidad el dolor de las emociones que atontan, las palpitaciones que hacen estallar el corazón, que destrozan el alma, el afán sofocante de la angustiosa agonía del que espera la muerte.”

Por ese estado de su alma es por el que todas sus heroínas –descubrimiento mío– llevan debajo de la camisa su sudario con borde de encaje que hace más encantadoras sus piernas de alabastro; Poe estaba propicio a ver y oír El cuervo y su palabra.

La cosa sucede una noche de 1843 mientras estaba en su mecedora mirando el hogar de la chimenea en el que no quedaban más que rescoldos de poemas.

En la vida hay que saber y poder dar el grito. ¡Pobre del que muere sin dar el grito!: Poe lo da dos veces, cuando grita: “¡Never more!” y cuando grita: “¡Eureka!”.

La habitación está llena de papeles como si en una votación privada el poeta se hubiese elegido a sí mismo.

Suele gritar por las mañanas:

¡No tiréis mis poemas de ayer para que yo crea que son los del mañana!

En ese noche de frío, tal vez nevaba, cuando se hace el balance del año pasado y se apoquina con el augurio del año nuevo, Poe ve el célebre cuervo, el que desde ese momento va a ser el más célebre de todo el semanario de los cuervos.

Los cultores de la noche conocemos la presencia de este huésped de pico amarillo. Si no con la minuciosidad que se le presentó a Poe, es unas veces el reloj, otras el remate de la biblioteca, otras un sombrero olvidado sobre un mueble.

Algo se metamorfosea en cuervo algunas noches y el gran poeta no hizo más que retenerlo y hacerlo hablar. Su milagro.

En la granja fría había anidado el cuervo, y como tenía las maderas pintadas de blanco se le veía acurrucado en sus aleros.

Poe andaba vestido de confianza por su cabaña y la enferma lucía su pálida belleza en la habitación en que estaba aislada del Mundo.

La desgracia que vivían dentro de su felicidad le grababa aguafuertes en el alma, y él sabía que en el largo futuro de aquella tragedia compartida saldrían fantasías salvadas, protagonistas transformables, salas de silencio admirables.

Primero guardó su secreto y no dijo a Virginia nada de la llegada de El cuervo, en el que presentía la alegoría poemática máxima ¡pero lo que le había costado que penetrase en su despacho, atraído por el olor blanco a bellísimo cadáver futuro!

Allí estaba encerrado durante aquellos días de frío y de incertidumbre en que se fraguó el poema, quieto y prolongando la vista, sin cansarse en denegar la felicidad al que la tenía ya tan sentenciada.

Cuando él, algún día, explicara la génesis de su magnífico poema ya tratará de disculparse, de hablar de matemáticas poéticas, todo para encubrir el ensañamiento del poeta que abusa de sus dolores más íntimos, que deja que El cuervo se abreve en la tumefacción del corazón, que lo retiene día tras día dando de comer de su desesperanza.

El cuervo estuvo muchos días encerrado en el despacho de Poe, bebiendo de su tinta, dándole plumas que tajar para que la letra fuese superevidente.

No fue un poema fácil sino encarnizado, con mordeduras en los dedos del escritor, más duro cuando se encerraba a continuarlo después de haber visto la demacración creciente de Virginia y llevarse a la boca su pañuelo de Verónica.

Borró indudablemente estrofas vagas, de dolor vulgar, y las substituyó por otras de mayor desconsuelo, un desconsuelo que no fuese retórico sino grave, mate, elegante al estrellarse contra la idéntica respuesta.

Era necesario amañar su dolor para el hallazgo macabro de El cuervo atraído por el perfume blanco de ella fuese más eficaz.

Él oye al cuervo no sólo frente a los estrofas que escribe y que en medio de todo son una concesión sino entre dos cosas embozadas que se le han presentado muchas veces y se le presentaría siempre si viviese una vida sin fin.

Lo que él quiere es dar el secreto de la cabeza viva metiéndose en la muerte esperada, pero ante esa pretensión el cuervo le lanza su “¡Jamás!” tenebroso.

Él quiere revelar como la belleza quiere alargar el amor, envolverse en él como la serpiente se enreda a la serpiente, pero El cuervo vuelve a graznar su “Jamás” burlón con una burla de luto.

El único animal que se burla y se eleva sobre el hombre es el pájaro.

Poe pensó en el vampiro mudo, en los grandes murciélagos que chillan como monos, en el mirlo negro que también parla, pero que es por naturaleza frívolo, en el cuco burlón –y tan cuco como aprovecha del nido ajeno para empollar– y desde luego aparta de su mente al loro, al que habría que teñir de negro para darle misterio.

Sólo el cuervo tenía dignidad para encararse con el hombre, repitiendo una sola palabra, porque es lacónico, como él solo.

El cuervo de pico rojo amarillento y en el que sólo resalta el blanco de los ojos quedó como disecado frente a él como el doctor del diagnóstico final de la desahuciada.

Con esa sinceridad subconciente del poeta se acogió Poe al único animal que si es el preconizador de la Verduga también es el último amigo del hombre, pues cuando ya es pura carroña y todos le han abandonado sólo él le encuentra exquisito.

Siempre vestido de entierro es, además, el pájaro que el día de la resurrección vomitará sus cadáveres.

En su torre de silencio apareció la silueta del cuervo que no mata sino espera.

(...)

En años anteriores, otro poeta de éxito universal en vida, Enrique Heine, había escrito en su cancionero un poema en que aparecía el cuervo cuya representación onomatopéyica en alemán era otro “Nevermore”, un: “Kopf-ab!, Kopf-ab!”, también con un extraño significado pesimista de “¡Fuera la cabeza!” o cosa por el estilo, es decir, una frase verduga para el alma y la esperanza.

No he visto nunca hacer alusión comparativa a esta hermandad de los cuervos de esos dos grandes poetas que son Poe y Heine, aunque la crítica ha señalado concomitancia con otros poetas menores de su tiempo.

¿Leyó Poe la canción con estribillo de Heine en alguna revista de la época? Probablemente no supo de ella nada y se trate sólo de una coincidencia de grandes almas temerosas del destino, pero merece el hallazgo una aclaración.

Los poetas de almas profundas y afines cuando están sobre la tumba son rápidas en captar la superación. Les basta el signo de la sombra de un ala que pasó.

El poema de Enrique Heine repite de esta manera el estribillo:
Para distraer las penas

de mi infortunado amor,

a cazar, fusil en mano

salí al bosque una ocasión;

y el ave de mal agüero

lúgubremente gritó:

Kopf-ab!, Kopf-ab!
Dejo en su lengua original el estribillo como se podría dejar en el poema de Poe “Nevermore!”, ya que según cuenta el mismo Poe eligió esa palabra y no la quiso abandonar más que por su significado por el poder de sus erres y por la largadura honda de su o.

En el poema de Heine hay también esa recámara trágica y ese incognital dramatismo, del posterior poema de Poe, pues ve en el bosque a su novia en brazos de otro amador y dispara sobre él, que cae bañado en sangre:
Poco después –del verdugo

el cortejo aterrador

conmigo al frente cruzaba

el bosque –¡paso veloz!

Y el ave de mal agüero

desde la selva graznó:

¡Kopf -ab, Kopf-ab!
Algunos traductores al castellano de este poema de Heine agravaron su estribillo y tradujeron “'Degollación, degollación”, llegando uno de ellos a cambiar el cuervo por otro pájaro, por el “¡Ya se acabó!”, que según los naturalistas tiene un canto triste con cierto dejo humano que le hace lanzar en la noche del bosque ese “¡Ya se acabó!” que le da nombre.

El caso es que en la onomatopeya del graznido el significado es lo de menos –pues a los más es aproximativo– y el segundo poeta puede ya haber mejorado el significado escapándose a la onomatopeya, siendo esta quizá la genialidad indiscutible de Poe, que además sin dudas de ninguna especie vio a El cuervo no en su rama del bosque sino en su despacho y sobre el busto de Palas Atenea.

(...)

El cuervo se queda revoloteando por el Mundo y en la lejana Inglaterra la gran poetisa que después había de ser la señora Browing y que entonces sólo era la señorita Barret, que está imposibilitada en un canapé forrado de raso azul, le escribe:

El cuervo ha producido en Inglaterra un paroxismo de horror. Algunos de mis amigos lo admiran por miedo y otros por la música que hay en su poema. Oigo hablar de personas perseguidas por el “Nunca más”, y un conocido mío que tienen la desgracia de poseer un busto de Palas no puede ya soportarlo cuando llega el atardecer.”

Los misterios de un poema son como los misterios de una estrella, pero los editores, como hemos dicho, tientan a Poe para que de explicaciones sobre su composición, y el pobre Poe, que está lleno de miseria y que teme que se le escape el éxito, da explicaciones para el público de pionners, para los ingenieros, para los calculadores, suponiendo que su poema despeinado y terrorista, fue escrito con matemática y cálculo.

Hasta revela que primero pensó que su interlocutor fuese el loro, puesto que es el animal que habla, pero eso le pareció grotesco.

Cuando pasó el momento de la anécdota desgarrada de la que nace el poema, y frente a los que le reprochan por sentimental, quiere mistificar su arte y hacerlo superintelectual, sin pensar que la biografía le perseguirá con sus datos sangrantes.

Quiere que se crea en una premeditación estética, pero como todo trastorno del espíritu trae barbaridades inversionadas, él invirtió los términos de la verdad.

No se puede discutir sobre el motivo del poema. Es ganas de jugar al ajedrez estúpido de la hipocresía.

Diga él lo que quiera cuando pasa el luto y no debe a los demás la explicación íntima.

Ese cuervo no se hubiera presentado nunca si Virginia no hubiera tenido la tisis galopante –como raptada sobre el caballo galopador del caballero de la Muerte– y su atroz desconsuelo no hubiera vencido al sonsonete de la retórica y la poética.

Nevermore” quiere decir que si hay uno de esos cortes fatales de la vida que son los desahucios de muerte, no se repetirá nunca la felicidad habida.

Nunca más volverá a estar sana tu amada”, fue la frase que sublimizó El cuervo.

Mallarmé, que, como Baudelaire, sólo creyó en la “inspiración”, se pregunta ante las falaces explicaciones de Poe:

¿Nos habrá inducido a error el poeta norteamericano?”

y se contesta a sí mismo:

No. Lo pensado, pensado queda; y una idea prodigiosa se escapa de las páginas que, escritas con posteridad (y sin fundamentos anecdóticos, eso es todo) no por ello dejan de ser congeniales de Poe, sinceras. Esto es que todo acaso debe ser proscripto de la obra moderna, sin que pueda sino fingírsele en ella,; y que el aletazo eterno no excluye que la mirada lúcida escrute el espacio devorado por su vuelo.”

La explicación que Poe da de El cuervo es buena solo para los neófitos.

Quiso envolver en su secreto mayor lo que ya era un secreto desgarrador y a voces.

Quiso dotar de fría imaginación a su poema para imponerse a lo que a su alrededor querían que todo tuviese fría máquina y patente de invención.

Así me respetarán más.”

se dijo, y creó la falsa fórmula ingenieril del poema más sincero del Mundo porque fue el estado agudo de su corazón desengañado al ver a su amada tuberculosa.

Pero cerremos la discusión. El viudo no quería ser un humano desgraciado, un poeta de la bohemia y del dolor. No le parece elegante para el provenir. No quiere estar manchado de esa sangre que ni siquiera es del crimen.

Pero el resumen más macabro es que el autor recibió por este poema que había de triunfar en el Mundo entero, cinco dólares y una copia de él debida al mismo Poe que la hizo para regalarla a su amigo Samuel Whitaker, y que puede considerarse como el original, por haberse destruido el que sirvió en la imprenta del Evening mirror y que ha sido adquirida recientemente para el British Museum en la suma aproximada de cien mil dólares.

Se declara enemigo mortal de la teoría de la inspiración y de la intuición estética del creador y así parece reaccionar contra los románticos que no aseguran el “proceso lógico” que él, tan fatalista y delirante, defendía ahora.

Baudelaire aclara el acto inesperado de Poe, diciendo que esas declaraciones suyas eran la charlatanería a que a veces tiene derecho el poeta, y añade en concepto más aclaratorio lo siguiente:

La Poética –nos enseñaron siempre– fue construida y modelada en vista de los poemas. He aquí un poeta que pretende que su poema ha sido compuesto según su poética. Tenía, a la verdad, un genio altísimo, y más inspiración que nadie, si se entiende por inspiración la energía, el entusiasmo intelectual, y la facultad de mantener sus facultades siempre despiertas. Pero amaba también la labor pertinaz más que otro alguno; repetía con frecuencia –él, un original cumplido– que la originalidad es materia de aprendizaje, lo cual no quiere decir que sea cosa transmisible por medio de la enseñanza. El azar y lo incomprensible eran sus dos grandes enemigos. ¿Quiso presentársenos, por una jactancia singular y pintoresca como muchos menos inspirado de lo que era en realidad? ¿Disminuyó la aptitud gratuita de que era dueño, para atribuir a la voluntad el papel más brillante? Me inclinaría a creerlo; pero no hay que olvidar que el genio suyo, por ardiente y ágil que fuera, atesoraba íntima pasión por el análisis, por las combinaciones y cálculos. Uno de sus axiomas favoritos era, además, el siguiente: “Todo, en una poesía como en una novela, en un soneto como en un cuento breve, ha de cooperar al desenlace. Un buen autor tiene ya en vista su última frase, mientras escribe la primera”. Gracias a ese método admirable, el escritor puede comenzar su obra por el fin y trabajar cuando se le ocurra en cualquiera de sus partes. Los fanáticos del delirio se rebelarán sin duda ante estas máximas cínicas; pero a cada cual le será dado tomar de ellas lo que bien le parezca. Siempre resultará útil mostrar cuánto beneficio puede, de la deliberación, conseguir el arte; y hacer notar a la gente mundana cuán intensa labor requiere este objeto de lujo que llamamos Poesía.”

La verdad sobre esta glosa es que en Poe logró, como él dijo en horas de menos coacción:

...una poesía escrita por la poesía misma.”

Pero sobre esos puros engaños del poeta –que se ha enterado de su poesía cuando se la han devuelto impresa– se espejea el agua manantial de la verdad. Poe, vestido de negro, con el rostro de actor poeta y de suicida lento, se levanta en las reuniones a petición de todos, recita su poema maravilloso.

En sus últimos viajes de conferenciante por las opulentas y ajardinadas capitales de Norte América, en pie sobre el alto pedestal del estrado como número final, recita El cuervo, y la gente no quiere irse de la sala, porque quiere verle un rato más, ya que, según un testigo de aquellas recitaciones:

Poe era la mejor realización de un poeta, en fisonomía, aire y maneras, que jamás se haya visto y la insólita palidez de su cara aumentaba su interés melancólico.”

Nos hemos embozado en El cuervo y toda obra poética resulta sentimentaloide hasta que guardamos la capa maestra.

Veamos a Poe con su negro gorro frigio en alma de corvacho, ya totalizado por su poema, hasta que, por fin, en el malecón último, borracho de vino y de muerte, oiga el “Nunca más”, como último aviso y despedida.

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