Por: Luis R. Salgado Ballesteros






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El poeta Altamirano


Ignacio Manuel Altamirano


Por: Luis R. Salgado Ballesteros
Capitulo I
La infancia provinciana

En el atardecer el joven Altamirano de raza indígena como sus padres, regresaba del campo, el hambre que sentía, lo empujaba a caminar de prisa, al llegar a su jacal de hueso y horcones con techo de teja, sintió un gran alivio, pues sabía que Doña Gertudris Basilio, su madre, estaría hincada sobre el comal echando memelas; eran las seis de la tarde de un día veraniego en 1848.
En Tixtla Guerrero, el clima es extremoso, por esa razón como era tiempo de calor, no traer una camisa de manta y pantaloncillo largo, no era motivo de regaño de su estricto padre Don francisco Altamirano, dedicado de lleno a la agricultura, alejado de los pronunciamientos militares de la época y las insurrecciones rurales, por causa de la invasión a la tierra de los pueblos del Estado de Guerrero, ello porque existía la idea generalizada de que el Federalismo favorecía la desintegración del territorio nacional. El año en que nace el indio Altamirano, se empieza a debatir la Reforma a la constitución.
Dicho clamor se refería a que existieran fórmulas más certeras que acoplaran las necesidades y costumbres de la época.
En la escuela rural, Ignacio Manuel se apuraba por aprender lo poco que podía enseñarle el maestro rural, apresuraba el paso para llegar lo antes posible, antes que cualquier compañero, ello a pesar de que la escuela no quedaba cerca pus había que andar descalzo por una brecha de terraceria por una hora aproximadamente, sin embargo, el deseo de aprender, podía más que saber que sus bolsas estaban casi siempre vacías y el bule con agua era lo más que podía tener, hasta llegar de regreso al jacal; los hijos de los vecinos de la misma condición abandonaban casi siempre los estudios que se podían ofrecer en ese caserío.
Camino a la escuela, Ignacio Manuel, suspiraba apretando los libros bajo sus brazos fuertemente como si quisiera de este modo exprimir el conocimiento, su vestimenta de manta manchada por el uso constante, era el único testigo de su inmenso deseo de aprender.
La calma del campo sólo era interrumpida por el vuelo de las cucuchas, pájaros que volaban en parvadas por el apacible lugar de la provincia mexicana en un lugar distante, a una hora aproximadamente de Tixtla.
Ignacio Manuel y su hermano José Rafael, se encontraban sentados al pie de un gigantesco árbol de hule, observaban con extraordinaria atención el paso de iguanas y armadillos, que se escondían alarmados al menor ruido de hojarasca; las tardes en el campo que a diario exploraban en aquella parte del Estado de Guerrero, obligaba a poner atención a lo que la naturaleza exponía ante sus ojos.
En esa primera infancia, los hermanos eran como todos los muchachos de provincia cazadores de iguanas y aves del campo, eran y pertenecían a esa valiente raza, cuya existencia, transcurre en los campos… apaciblemente.
Ignacio Manuel, tenía unos doce años, con un gran desarrollo físico que le hacia aparentar más edad, era observador, de esos adolescentes que en su imaginación creen estar en una selva rodeado de animales salvajes que invitan al peligro, a la aventura.
Nuestro personaje, hijo de padres indígenas, en sus frecuentes incursiones en el campo, había ganado ya el conocimiento que permite la observación del ambiente que le rodeaba, del esplendor de la naturaleza con todas sus bellezas y secretos.
Su hermano José Rafael, un año mayor, ayudaba a sus padres en la labor, por lo que muy poco tiempo tenía para juegos, pero eso si, prestaba un gran servicio a la casa, ya fuera acarreando agua, barbechando la tierra y al cuidado de las mulas y los pocos animales que ayudaban en la labor de la siembre principalmente de maíz.
Ignacio Manuel convivía muy poco con sus hermanos debido a que eran totalmente diferentes, pues la paciencia natural de uno contrastaba con la hiperactividad del hermano mayor que siempre deseaba hacer algo, cazar con reportera, trepar a los árboles o comer sus frutos, toronja, limón dulce, guayabas, apenas si lograba contener la impaciencia de su hermano.
“Vamos, ten clama José Rafael, de verdad que eres impaciente, sólo te gusta corretear y comer”. Pero le respondía; “siempre que venimos al campo, sólo se te ocurre mirar los pájaros y oler las flores del campo, a nadie de nuestros amigos y hermanos se le ocurre permanecer sentado tanto rato en el mismo lugar”.
“Pero en un lugar tan apacible, debemos descubrir todo lo que encierra conocer las plantas, las flores y los animales que aquí habitan”.
Durante algún rato observaron con atención, que ni una sola de las aves animaba la tranquilidad del lugar, en aquella hora calurosa del día, y ningún animal se apartaba de la sombra de las malezas y los matorrales.
“¡Lo ves!, no salen las aves de sus cuevas tenemos que cazarlos, puedes hacer lo que quieras, yo entre tanto, acecharé las parvadas de los pájaros y de esta forma cada quien puede pasar el rato de la forma que desee”.
José Rafael al fin comprendió que lo que le aconsejaba su hermano era excelente, puesto que eran diferentes en cuanto a gustos y preferencias y decidió iniciar una búsqueda por los matorrales, a un adolescente como él, habituado al campo no podría satisfacerle la contemplación que tanto embelezaba a su hermano.
Llamó a su perro, quien acudió pronto al llamado y pronto ambos desaparecieron entre árboles y juncos.
Ignacio al quedarse sólo, se recostó en el tronco más próximo, a reflexionar sobre la vida de las aves y los animales del campo, pensaba que de la contemplación se adquiere la paciencia que lleva a la inspiración más elevada, que lejos en ese entonces, se hallaba de suponer que abría de adquirir una trascendencia literaria tan notable en el campo de las artes.
En esa época se clasificaba a los niños en “hijos de razón” e “hijos de sin razón”, resumen de la política teológica de la época de la conquista, reflejaba en atropellos hacia los jornaleros ignorantes y sus familias en la pequeña comunidad de Tixtla en el estado de Guerrero, el conocimiento relativo a su pequeña infancia sólo se refería a los cuentos y anécdotas que contaban a los niños los ancianos del lugar.
La natural e innata inteligencia de este joven, se distinguía de los hijos de blancos y mestizos, era notable por su rapidez para captar y asimilar las enseñanzas que recibía.
En aquella pequeña región apartada de la civilización se hablaba de “lo avispado de ese chamaco” e incluso en pláticas de adultos, se vislumbraba la posibilidad de que tal capacidad bien merecía trasladarlo a la ciudad capital, que en sea época era Toluca.
Al llegar a la ciudad, el raciocinio del indio Tixtleco, era sorprendentemente notable, con gran sorpresa vislumbra una gran ciudad de concreto, que nunca jamás imaginó conocer. Al llegar a este lugar, el recuerdo del viaje a pie descalzo, y acompañado de su padre, todo lo veía diferente, con melancolía; dormir a cielo abierto en el trayecto de Tixtla a Toluca era algo que de forma alguna representó algún sacrificio.
Las recomendaciones de su madre, Doña Gertudris Basilio, eran como mandamientos divinos que le abrieron las puertas a su gran imaginación, de encontrar cosas nuevas por vivir y aprender, pero las bases de su aprendizaje; sin duda las obtuvo de sus padres, quienes siempre le recordaron el respeto a sus mayores, a dar el santo, su padre, un tanto más despreocupado por sus conocimientos, no lo apartaba del deber paterno de apoyar a su hijo con todo lo que tuviera a su alcance, aún cuando se tuviera que andar grandes distancia para lograr que su hijo estudiara.

Capitulo II
La primera ilusión
En el corral acostumbraba contemplar por largo rato a los animales, a los que alimentaba, caballos guajolotes, gallina, así como a un viejo semental en la entrada del jacal, existía un horno de lodo hecho por su padre, sentado Ignacio Manuel veía consumirse un leño entero, contemplaba el avance de las brazas incandescentes que ganaban poco a poco la corteza, para convertirse después en ceniza. Se perfilaba la noche de un día de marzo, sentado en una silla de mecate con las manos apoyadas sobre las rodillas, miraba concentrado la lumbre.
Tenía doce años, sus cabellos obscuros sin un corte definido afirmaban su raíz indígena. Escuchaba a su madre hablar sobre la faena diaria en la que todos los miembros de la familia tenían asignada su labor diaria y la tarde transcurría con un repaso de lo que habría de hacerse al día siguiente, sentía que la voz cantarina y sonora de su madre, se perdía en aquel corral en donde era tan dichoso.
Tan absorto se encontraba que una notó que su madre lo observaba con atención, con alegría, pues toda madre sabe de la melancolía de los hijos.
“¡En que piensas hijo! He notado que eres muy callado y te pasas muchos ratos a solas, sin hablar con tus hermanos”. Con el rostro iluminado por una sonrisa contestó: “En nada importante madre”, inclinándose para acariciarle la mejilla, “me agrada que te preocupes cuando me ves así”, mientras le sonreía y balanceaba la cabeza, en su voz se denotaba una gran elocuencia, la madre cruzó sus brazos morenos sobre el pecho en actitud inquisitoria. El arduo trabajo del campo no lograba envejecerla, el gran ropón bordado en color rosa, contrastaba con el sucio mandil manchado por el barro a causa de la faena, ante su presencia, de cara redonda nariz corta y grandes pechos, aquella mujer aparentaba una fuerza superior a la de cualquier mujer normal.

El amor que le profesaba a sus hijos y esposo era notable, mujer acostumbrada a respetar al esposo ayudándolo en lo que fuera necesario. Así eran las mujeres de ese tiempo, valientes, trabajadoras, amorosas, costumbres que se adueñaban del corazón antes que la fatiga o la razón la hiciera claudicar o cansarse; primero era el deber de esposa con los hijos y el trabajo del campo, pero a esta mujer no le desagradaba su función de madre amorosa, de esposa abnegada, fiel y solidaria en el trabajo, costumbre que se enraizaba desde la más tierna infancia en las mujeres indígenas, bellas enseñanzas sin duda sugería esta mujer indígena a sus muchachos, pero sin duda sospechaba que Ignacio Manuel era muy diferente a sus hermanos, a veces, le asaltaba el temor de que pudiera estar enfermo, dada su pasividad que contrastaba con sus otros hijos, por un instante pensó en los sentimientos que pudieran estar inquietando a su hijo, pero aquella mujer que había inculcado tanta fortaleza a su familia lo miró, como para estar segura que no era mal momento el que atravesaba por la vida de su hijo.
Ignacio Manuel con las manos extendidas hacia el fuego, como si quisiera asir las llamas con sus rudas manos maltratadas por el trabajo en el campo, la atajo “madre nada atormenta mi corazón y estoy feliz de estar a tu lado”.
Doña Gertrudis con ademán comprensivo rodeó con sus brazos a su querido hijo, “tus hermanos son tan felices que te confío mis sospechas para que cuando lo creas prudente puedas confiar en tu madre”, “no debes ni mencionarlo madre, pues se que en ti puedo guardar mis dudas y secretos”.
“El domingo te llevaré a la plaza para que veas a tus amiguitas, la hija de Don Plácido gusta mucho de platicar contigo”, mientras hablaba sumergía a su hijo en un torbellino de ilusiones. “¿Has hablado con tu padre?” “querida madre bien conoces el carácter hosco y retraído que tiene, lo conoces mejor que yo, cree tanto en el trabajo que no puede pensar en nada más, no quiero alterar su vida con mis cosas que realmente no tienen sustento, no pasa nada en mi vida que deba preocuparte, cuando sea el momento te aseguro que ustedes serán los primeros en saberlo”. Es verdad hijo mío, observas un equilibrio que permite cerciorarse que separas las cosas del corazón, me dejas tranquila y se que nada te sucede”.
Doña Gertrudis elevó hacia su hijo sus bellos ojos negros pensando que estaba encomendado a todos los santos, cuyas imágenes constituían los adornos religiosos que toda casa católica tiene en su interior y segura estaba que el motivo de su preocupación se había desvanecido, no había realmente motivo de preocupación.
Fuera de la habitación, resonaban gritos y risas, Ignacio Manuel se asomó por uno de los huecos de la vieja puerta de madera, en el corral sus hermanos tiraban de la cuerda atada a una polea para amarrar a un viejo semental que les habían prestado; la faena era motivo de risas y bromas entre ellos, en una atmósfera de buen humor, urgido por terminar la conversación con su madre, Ignacio Manuel salió hacia el corral para unirse a la fiesta.
En su pueblo Ignacio Manuel siempre procuraba alternar con amiguitos más instruidos que pudiera considerar a su altura, aún cuando fueran mayores, lo que raramente encontraba, el compartir ilusiones y esperanzas, reproducía vívidamente el sueño de trasladarse a una gran ciudad en donde fuera posible cubrir toda esa sed de conocimientos que sólo el Instituto Científico Literario de Toluca podría cubrir.
El ingreso a dicho instituto se cristaliza, gracias a una beca que le concede el gobierno del Estado de México, al que en aquellos tiempos pertenecía Tixtla, ahora situado en el Estado de Guerrero.
La necesidad hace milagros, sobre todo cuando sin saber de donde, el hambre de saber se convierte en parte de algo cotidiano, que debe hacerse, como vestirse o alimentarse. La beca fue la puerta de entrada del conocimiento verdadero ya que en el instituto, al notar sus facultades de estudio y asimilación, lo nombrar bibliotecario del propio instituto, lo que no pudo causar más felicidad en alguien tan deseoso de aprender, de sentirse por sus conocimientos digno de elogio y reconocimiento.
El sentimiento de saberse pobre, pero con muchos conocimientos, formó en el joven Ignacio Manuel la satisfacción de sentirse admirado y reconocido por su vasta cultura e integridad intelectual, a la edad de 16 años, feliz al saberse en el lugar de sus sueños, rodeado de gran número de libros de todos los temas, principalmente el político que era de su principal agrado y a raíz del buen trato y atención de los directivos del Instituto y algunos amigos, como Ignacio Ramírez, quien termina por ejercer en su persona una grana influencia intelectual y política. Cumple así su gran deseo de prepararse culturalmente.
Capitulo III
La historia liberal
En aquel tiempo en abril de 1853, Santa ana inicia una política represiva, aumentando la censura y el destierro de los liberales, convirtiendo su gobierno en una dictadura vitalicia, la cual enfrenta el grave problema de la escasez financiera y el endeudamiento, producto de la revueltas e inestabilidad política que establecieron absurdos impuestos, lo que agrava aún más la precaria situación del país, esto aunado a la dictadura local, así como al expansionismo norteamericano que en su tiempo se había apropiado de la mitad del territorio mexicano, tal situación despierta en el joven indio sentimientos nacionalistas, el principal argumento para apropiarse de nuestro territorio utilizado por los norteamericanos fue un error en el mapa con el que se había negociado el “Tratado de Guadalupe”, para la construcción de una vía férrea y la consecuente estrada de un moderno ferrocarril que serviría de base a la importación de maquinaria.
El año que tomó el poder Santa Ana, propició que el repudio a la dictadura se generalizara, y el pronunciamiento contra esta misma en la que participa activamente Altamirano, facilita que estalle la insurrección en marzo de 1854, con el “Plan de Ayutla” promovido por Juan N. Álvarez e Ignacio Comonfort, el plan desconocía al gobierno y exigía la elección de un gabinete que se instituyera en una República representativa y federal. Los maestros del Instituto Literario, como liberales que eran intelectuales de la época y formadores de una gran corriente de opinión, no tardaron en sufrir persecuciones de tipo político; Ignacio Ramírez, quien laboraba como catedrático del Instituto, es despedido por apoyar la corriente liberal, en la que sobresale por su activismo. Ignacio Manuel incursiona en la poesía mexicana con gran éxito, los ratos libres eran para nuestro personaje momentos de gran inspiración, las etapas difíciles por las que pasaba el país eran motivo de inspiración y cualquiera pensaría que estos problemas sociales causarían en el joven Altamirano el deseo de no realizar trabajo literario alguno, sin embargo no era así, la afabilidad del maestro quien mostraba siempre una sonrisa que adornaba aquel rostro moreno, de facciones indígenas, estando convencido de que la poesía, aparte de causarle una gran tranquilidad espiritual minimizaba las angustias y vicisitudes de la época, que eran en verdad preocupantes, la literatura formaba parte de su propia esencia de poeta y escritor.

Capitulo IV
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