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Adrián Cangi
Al levantar la tapa de la olla no salta la lujuria: saltan los cadáveres”

Néstor Perlongher
Con mi encadenamiento a la tierra pagola libertad de mis ojos”

Antonio Porchia

La tierra arrabal y la mirada orfebre, a medias entre Florida y Boedo, se compone como un acto de fasto. Le hacía falta a nuestra literatura la exaltación de un expósito. Aquel expuesto al borde y excéntrico a los modos, dueño de una sofisticada artimaña. De joven supo que el hombre es la obra efímera de su propia obra eterna, aunque sintió y pensó sin Dios y sin Estado.

Entre los Tratados sobre Néstor Perlongher (1997) de Nicolás Rosa y Un barroco de trinchera (2006), correspondencia de Néstor Perlongher a Osvaldo Baigorria (1978-1986); entre el falso tratado y la correspondencia como crónica, la mirada se yergue percutante sobre la tierra y se desfonda anular en el arrabal, buscando un suelo para el pensamiento y una visión para la libertad..La letra del poeta se satura hasta sustraerse, se sustrae hasta excederse como efecto. Letra que gira sobre sí doblando un latido y pulsando una respiración. Hace pasar una vibración y una atmósfera, un casillero vacío en el sentido y una purgación del cuerpo. Fulgor y escoria, pozos de sentido y crispación de la materia, corren hacia la abundancia. El despojo es como un precursor sombrío que nos permite asir el fulgor antes que el relámpago. Nunca es sólo un cuerpo sino una vida lo que se goza en el estilo. Los “juegos retóricos” esconden una vida de resistencia política en el espíritu de la letra. Resistencia que sólo se alcanza cuando la letra perfora la crónica para volverse poesía.

La sustancia política expresa el deseo de marcharse y el imperativo de quedarse en la relación desdichada. Aunque no desea el buen sentido ni de la “patriótica junta” ni de la moral militante, juega con el nombre de la identidad y se resiste a elegir el propio bando, porque no quiere determinarse por propiedades calculables. Dice las nominaciones reales pero sabe que la verdad no pasa de un pájaro que un gato desgarra. Al ritmo del alcohol, en el encierro represivo de una ciudad paranoica y asesina, vive sus prácticas con terror y libera su pluma de fértil delirio, buscando el afuera de otros mundos, en el tejido de la historia. Para quien padece de “soledad, melancolía y paranoia” en los años de hierro, y su reino se reduce a la escritura como una “pavada retórica”, -así la llama-, cada oración de barricada encuentra su doble poético, para sacarle el cuerpo al enemigo. Una “lengua bajo fuego” se inflama de fervor y tensa la verba.

Al compromiso de la letra opone la precariedad del deseo; al oprobio de la moral que esclaviza, el jeroglífico de la diferencia; al silencio de la censura, la expresión de los cadáveres. Ante “una ciudad apagada como una lamparita quemada”, escandida de rostros cabizbajos y amedrentados, el sueño tropical corta la penumbra. Apaleado por sus preferencias sexuales, perseguido por el callejeo y delatado por sus vecinos, busca en Brasil una tierra de nuevos conchabos. Y cuando la embriaguez patriótica del sacrificio “devuelve soldados de pies amputados por el deseo de unas islas”, mira la pampa y la tundra desde climas más cálidos y proclives a otras tropelías. Un horizonte más permisivo se abre a la penumbra de los fantasmas de la noche azul. A distancia ve nuestra política como una “revolución retórica” e indica que los subsuelos bárbaros insisten en su permanencia. Sabe que el paraíso no existe: de la paranoia argentina al océano de mendigos brasileños, asiste a una definitiva fragmentación de los lazos, a una insistencia de las identidades y a un modelado de los cuerpos bajo sospecha.

La sustancia poética expresa dos sentidos a la vez que pulsan en el colorinche mientras la abyección pulveriza al sujeto. La disolución de las sustancias abre el abismo superficial que escapa al sentido único. Quiasmos que esquivan el presente, deformaciones que afirman entidades resbaladizas y paradojas que valoran dos sentidos simultáneos a la vez. La atmósfera política y el placer de la letra modelan el oxímoron que se escabulle de la contradicción para hacer imposible la identificación. Verbos en infinitivo, declinaciones preposicionales y artículos indefinidos conducen a lo inasignable en la persona de la enunciación y en el género. Como un lejano Pitecántropo no siente horror por los retruécanos y transmuta la profundidad y la altura en superficie. Las oscilaciones entre “ella”, “él” y “lo” le sientan bien. Si algo venera la escritura de Perlongher es un simulacro sin modelo, ni jerarquía, ni orden, ni teleología. Extranjero a las voces esperables que no ama familia, patria, belleza y oro más que al propio tránsito. Se dona en composiciones precarias en el vacío. Esas que quedan entre los cuerpos: brillos y estertores como efectos antes que semen, sudor y lágrimas como actos. Se dice: restos de un naufragio y arte del olvido como espíritu de la letra. Se escribe: cuerpo inenarrable que se escurre de soslayo.

Nicolás Rosa fue el maestro-amigo que me introdujo en los tránsitos hacia la letra del poeta. Néstor Perlongher, el que cursó el impulso hacia tierras y lecturas inesperadas. Entre ambos, una traslación de intensidades y una declinación entre las cosas fue cerrando mi contorno hacia una poética del concepto, de las prácticas vitales y la escritura. Se pregunta Porchia “Mi suerte, ¿habría podido ser mejor? No se sabe de ninguna suerte que haya podido ser mejor”.

El periplo de la lengua en Néstor Perlongher

Ana Meyer
Que renuncie quien no pueda unir su horizonte

con la subjetividad de la época”
Néstor Perlongher es de esos escritores que provocan adhesión o rechazo, su estilo rompe con todas las normas, es decir, transgrede las reglas de la escritura mientras su vida corre contrarreloj.

Él mismo lo decía: “El eje de la experiencia extática es la salida de sí”
No por azar Nicolás Rosa ha analizado tanto de su escritura, de sus formas, dado que Rosa también forma parte de la escuela de escritores que transgrede la lengua.

Ambos pertenecieron a una época donde la poesía y la narrativa escritas en América del Sur se vieron obligadas a convivir dentro de un clima de asesinatos y desapariciones que exigían un silencio ominoso.
Podríamos nombrar a Perlongher como de un subversivo de la lengua, su escritura queda ubicada en lo que él mismo Nicolás Rosa ha dado en llamar “la ficción crítica”, en un espacio, donde el escritor se junta con el crítico, y como parlêtre que está atravesado por el lenguaje, lo que le permite jugar con él.

Este homenaje que hoy se realiza en el espacio de Autopistas de la Palabra produce un anudamiento entre escritura y psicoanálisis poniendo en tensión el lenguaje, podemos compararlo con lo que Freud hizo con la obra de Ibsen o Lacan con “La carta robada”, el cuento de Poe. Se trata de ir más allá de…, de atravesar la lengua.

¿Qué oponer al lenguaje de los significantes amos sino la violencia de los lenguajes extralimitados y su desorganización, la destrucción en otro tipo de orden de los significantes y de los significados y por sobre todo la destrucción del sentido?

Lacan dice a propósito de esto: “No es el poder, lo que confiere la libertad que deriva del discurso del dominio, sino la habilidad de escapar al poder de los significados impuestos por el Otro”.
Tomaré como paradigma algunos fragmentos de la Cartas que Perlongher escribió a Osvaldo Baigorria entre 1978 y 1986
“Buenos Aires ,12 de junio de 1979

Dear Osw:

(…) La reticencia de asesinar gallinas es compartida por mi – es uno de los pocos rasgos en común con mi familia- .

Cuando vivíamos en Avellaneda, nos regalaron unas gallinas vivas, con el fin de que las comiéramos. Por meses, se les improvisó un gallinero en el tragaluz: nadie se animaba a empuñar contra ellas el cuchillo homicida.

Nuestro común trabajo sobre la moral –recuerdas osw? –está desperrando, pese a los cajones donde oscuramente mora, cierto interés. En caso de que suceda lo peor –la publicación o la autorización para que lo citen-, incluyo tu nombre (era margot?)?

La denominación bajo la que ocultamos nuestra incerteza es –como imaginarás- imbancable para la Argentina. (…) Mis periplos me han obligado a abandonar el estudio de portugués, cuando tenga algo más de tiempo me dedicaré al inglés, pero juro solemnemente, y me despido con los besos y abrazos de costumbre, democráticamente repartidos entre tú y la concha, de quien espero desconchantes nuevas. chau. néstor”
Se trata de una palabra intensa, que no se somete a reglas, sino que se desvía para oponerse a la norma.

Plantea una escritura en que se da, en un mismo tiempo, la construcción y la deconstrucción de relaciones e historias del espacio.

Al igual que las formaciones del inconsciente, sueño, acto fallido, chiste, este tipo de escritura ficcional, oculta, disfrazada “le permite decir lo real en los embrollos de lo verdadero”, “¿qué es lo verdadero sino el verdadero real?” Por esta misma razón podemos decir que el inconsciente tiene estructura de Witz (chiste)
Podemos hablar de una escritura que se desliza por los límites de lo ominoso, tal como Freud plantea este significante en su escrito del mismo nombre de 1919, es decir, entre lo familiar y lo aterrador, lo que antes fue familiar, pues en un punto del texto freudiano coinciden ambas significaciones .

Freud ilustra este escrito con el clásico cuento de E.T.A Hoffmann, “El Hombre de la Arena”, dando cuenta con ello de lo aciago, de lo funesto, de lo trágico.

En este caso, como un encuentro de escrituras en un caleidoscopio donde fluye lo hostil, lo embadurnado, lo barroco, lo pecaminoso, lo pornográfico, esquema éste que no resulta fácil en un primer encuentro, como parte de un juego de seducción entre el autor y el lector.

Para Freud, lo ominoso es algo que, destinado a permanecer en lo oculto, ha salido a la luz. Lo familiar-entrañable que ha experimentado una represión y retorna de ella. El prefijo “un” de la palabra unheimlich es la marca de la represión. Freud nos habla de ello en el texto citado, “heimlich-unheimlich”, que derivan del sustantivo Heimlichkeit.

A menudo se tiene un efecto ominoso cuando se borran los límites entre fantasía y realidad, cuando aparece frente a nosotros como real algo que habíamos tenido como fantástico. Por esta razón, Freud recurre a la ficción y pone como paradigma el cuento de Hoffmann, “El Hombre de la Arena” .
Nos dice Freud en el texto:

“Hay angustia cuando en ese marco aparece lo que ya estaba, mucho más cerca, en la casa: Heim,…ese huésped desconocido que aparece de manera imprevista. Lo que es Heim, nunca pasó por los rodeos , por las redes, por los tamices del reconocimiento: permaneció unheimlich, menos inhabituable que inhabitante, menos inhabitual que inhabitado.”
Perlongher bregó por una sociedad más justa, con un compromiso muy fuerte en su militancia donde el concepto de libertad abarca asimismo el ámbito de la sexualidad. Un juego provocador que evoca pulsión de vida-pulsión de muerte. Algo así como “un nudo de significaciones donde derivan los restos de un naufragio del sentido”, se trata de otra lingüística, la del deseo “¿El deseo de la lengua o la lengua del deseo?”; es una travesura de la lingüistería, usando el significante que usa Lacan para hablar de la subversión del lenguaje, aquello que no pertenece al campo del lenguaje.

¿Esta subversión en la lengua podríamos pensarla desde Cortázar en el capítulo 68 de “Rayuela”, donde el autor usa el Gíglico, un lenguaje inventado, un lenguaje de la intimidad. Por medio de ese dialecto los personajes recurren a un código propio, un lenguaje privado que es pensado como una lengua del amor.
El saber-sabor de la lengua, sólo exige lamer la hinchazón de la lengua, frases que se escuchan erotizadas y marcan el latido pulsional del texto.

El texto respira, late, palpita, se yergue en lo esdrújulo del significante…” donde la pulsión invocante atraviesa el texto desde “la inflación (barroco ornamental, el de la exornación y la voluta si se quiere ”) “y de la deflación (barroco fúnebre, cenéreo y cenotáfico, si se lo desea”) .

Esta lectura quizás nos permita decir que la escritura de este autor se destaca por una singularidad perversa y polimorfa como la del niño que Freud presenta en “Tres Ensayos” , es decir, no tiene absolutamente nada de ingenua, se trata de una escritura que atraviesa los cuerpos desde la sexualidad con grados de extrañamiento a las relaciones que se establecen y con una familiaridad desconocida por una extimidad.
Baigorria define “barroco de trinchera” como: “una lengua que se abre bajo fuego, en medio del combate, en una posición más subterránea que la oración de barricada”
¿Qué me evoca el texto “Néstor Perlongher un barroco de trinchera”?, a modo de jeroglífico el autor desaparece con cada personaje, no es él, es la lengua que fluye como un río atravesada por la no relación sexual, un lenguaje poético que le permite a Perlongher decir su deseo sin trabas, alcanzar lo real de la lengua, lo ominoso como lo imposible de decir, donde sólo la poesía puede alcanzar ese punto, sin llegar a tocarlo.

Evoco asimismo la escritura joyceana, una escritura por fuera del sentido, “nonsense”. Es una escritura que sólo adquiere sentido cuando se la escucha en un juego homofónico, al igual que el Finnegan´s Wake, del que dice Lacan en el seminario sobre Joyce: “(…) era tan sólo su propia canción(…)” , en su caso, Joyce le imprime a la lengua un sentido musical que da como consecuencia una lengua que privilegia lo fonético.
Lacan nos dice que la escritura sin sentido de Joyce cobra sentido y significación recién cuando es leída por el Otro, necesita de la mirada del Otro para sostenerse, a su vez, Borges señalando su extensa biblioteca decía “aquí no hay ningún libro mío pues cuando lo termino, ya no me pertenece”, agregamos, le pertenece al otro..

De la obra de Rosa y de la Perlongher podemos decir que sus lenguas díscolas no se dejan sujetar por los corsés de las normas y que su escrituras operan con el sesgo propio abriendo un surco en la escritura misma, dejando marca, dejando una inscripción, lo que les permite, a cada uno en su estilo, transmitir aquello que no puede ser dicho.

Al igual que con Joyce o con Borges, la escritura de estos artífices de la lengua, pertenece a una escritura que es del Otro, no les pertenece.

El mismo Nicolás Rosa lo afirma cuando dice: “que un intelectual vive de prestado, la lectura de sus libros no dan la certeza de que él ha pagado con creces sus cuentas”.


Perlongher: insatisfecho, tratado, mártir

Carlos Dante García
Perlongher, insatisfecho

El primer efecto que como lector me produjo la lectura de las 12 cartas que Perlonger le escribió a Osvaldo Baiogrria es el de tomar cierta distancia de la imagen del escritor Perlongher, aquel que hizo del exceso una bandera y del barroco, -mal entendido, como se verá-, un estilo de batalla. Un sociólogo que se adelantó a los estudios queer y que unió, de manera espléndida, la experiencia con la erudición en sus travesías riesgosas por las noches cariocas de los taxi-boy, confundiendo la investigación participante con la experiencial. Toda investigación es participante.

Su nomadismo lo muestra como un ser siempre insatisfecho del lugar, de su condición, de su propio estilo aguerrido de intervenir. En los dos Informes se revela en forma intensa su lucha: como cuando menciona como ironía que entre los textos de circulación prohibida en Córdoba, se hallaba “La sexualidad femenina“ de Freud. O como cuando en el otro Informe sostiene que ser homosexual es una manifestación de afirmación y dignidad humana. Su lucha colaboró para que cualquier expresión humana se desarrollara en una sociedad civil, con libertad de palabra, de lo plural y lo diverso, entre ellas, el psicoanálisis. Fue un defensor del derecho a las pulsiones, propias y ajenas, al propio goce y al mismo tiempo encarnaba la defensa de utopías. Recordemos que en el campo de la política Lacan está contra todo lo que es para.
Perlongher, tratado

Tengo en mis manos “Tratados sobre Néstor Perlongher” de Nicolás Rosa. ¿Cómo trata Rosa a Perlongher? Lo ubica enfrentado a una larga tradición relumbrante de la literatura americana: romanticismo, modernismo, barroco americano, literatura gauchesca. Tratante de la letra barroca, lo sitúa entre dos fronteras: el misticismo y la revolución afirmando que en la letra perlonghiana son compatibles. Excéntrico de pertenecer a algún canon se puede llegar a lo inexpresable por propia saturación del decir. Esto es lo que realiza Perlongher, según Rosa y escribe los tres tratados, organizando una lectura de su obra mediante una crítica literaria que se apoya en gran parte en la teoría de Lacan, no siempre articulada con precisión.

Algunos ejemplos: El primer tratado, “Sobre el estilo”, está basado en “Alambres” y sostiene que la renegación es la constante de esos textos en tanto que de la lengua poética “toma lo peor, digo la peor parte, es porque es sabido que de lo peor se extrae mayor goce”. No necesariamente de lo peor se extrae mayor goce y en todo caso hay que definir qué es lo peor de una lengua poética. El Tratado segundo: “breve intermedio sobre la obscenidad, “se basa en una frase de Lacan en la que éste destaca que “en ninguna parte como en el cristianismo la obra de arte se descubre en forma más patente como lo que es desde siempre y en todas parte obscenidad”, del Seminario “Aún”. Ahora bien, Nicolás Rosa interpreta que la obscenidad es de alguna manera erotismo fracasado, pulsión fuera de foco. Debemos considerar que la obscenidad en el Seminario “Aún”, tiene como interlocutor a Freud, quien consideraba que en la satisfacción de la creación de todo arte hay condiciones de satisfacción, distinguiendo poesía lírica (desahogo de una sensibilidad intensa), de poesía épica (goce del triunfo heroico) y de poesía dramática (el penar del héroe). El poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno de nuestras fantasías. Así, desde el psicoanálisis, en la poesía distinguimos la satisfacción del que escribe de la del lector.

Podríamos entonces preguntarnos: ¿Cuándo hay poesía? Cuando en cada oportunidad un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro dándonos la presencia de un ser, de determinada relación fundamental, que lo hace también nuestro, según nos propone Lacan en el Seminario “El deseo y su interpretación”. La poesía hace que no podamos dudar de la autenticidad de la experiencia de San Juan de la Cruz, ni de Proust, ni de Gerard de Nerval. La poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo. En el Tratado de la política de las sustancias, Rosa distingue el asunto político en la poesía perlongheriana. Por eso, el ojo de Perlongher no es el ojo barroco. Para Rosa, Perlongher extingue los significantes políticos del barroco, entre la erección y la flaccidez. A través de una corrupción de la semántica a partir de la dislocación de las formas flexionables de los paradigmas: todo torso tiene su dorso, todo jabe su jaleo o su jarabe; elasticidad de las flexiones morfológicas, sintácticas y de sentido. El neo -barroso es al neo- barroco lo que éste al barroco; un clinamen, una organización anárquica del declive y una lengua de la oblicuidad: una ortofonía abyecta.
Perlongher, el mártir

Cualquiera sea el caso, en las cartas, en informes, en poesías, en la lógica de su vida, Perlongher testimonia y es testigo de un sufrimiento más o menos puro. ¿Cuál es su especificidad? Muchos críticos, colegas y comentadores lo ubican como un escritor marginal, excéntrico, maldito, que escribe en una lengua que mezcla un vocabulario culto, de resonancias gongorinas, carnavalizándose con términos llamados domésticos y barriales. Se puede leer en las cartas -que van cambiando-: páginas plagadas de una retórica de tretas de ocultamiento, manifestando una pelea entre lo que se dice y lo que no se dice, haciendo un cálculo de censura, hasta páginas fileteadas con juegos de términos neológicos, alusivos, que testimonian de un goce que Freud llamaría, una prima de placer estética obtenida para sí y para el lector. Algunos las designaron: de lo confesional a lo confusional. Es una escritura que si bien juega con la lengua está ligada al yo y a ciertos ideales.

Podríamos ahora preguntarnos, qué es la poesía en Perlongher. El no hacer poesía lo culpabilizaba, así lo testimonian sus cartas y, a medida que más escribía y publicaba sus poemas, menos deprimido, más hacedor estaba, más luchador. El poetizar, como él lo llamaba, tenía una función esencial en su vida: lo alejaba de las penurias de las exigencias del vivir; trataba de experimentar la disolución de su yo en lo que él denominó: viaje de disolución del yo como trance. Hay que tener en cuenta una de sus últimas declaraciones, en respuesta a una entrevista con el antropólogo Edward Mc Rae: “busco llegar mediante el éxtasis a la experiencia en que vos no sos vos, no sos vos quien habla”. Perlongher trataba, al barrerse, de acercarse a la experiencia del psicótico para quien es hasta casi natural manifestar que no es él el que habla, sino que manifiesta la experiencia de ser hablado. Perlongher trataba de percibir la experiencia de ser hablado. Investigaba las formas disidentes de la subjetivación a nivel social y experimentaba la imposibilidad de ser hablado; este era su martirio. Lacan, en el Seminario “Aún”, en el capítulo IX, titulado “Del Barroco” promueve un aforismo:

“Allí donde eso habla, goza, y no sabe nada”.
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