Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman






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Noé Jitrik
No hay cómo salir de casa para enfrentarse con la diversidad del mundo. Y la maravilla de llegar a un lugar donde se dicen cosas que despiertan resonancias, imágenes, ideas, olvidos que despiertan de su sueño. Yo me veo llegar en un estado raro, confuso, casi pisando torpemente, sonambúlico, todo es un poco oscuro y, de pronto, con las evocaciones que brotan de la boca de los demás empieza un concierto de voces que pueden o no conjugarse con lo que tal vez yo quería decir, eso que había más o menos pensado cuando me invitaron a participar, pero que me envía a otro y más intenso lugar.

Por ahora, entonces, las resonancias importan más que lo que yo quería decir, por ejemplo las que surgen de la entrevista a Nicolás Casullo: escucharla me suscita tantas cosas que no podría enunciarlas sin caer en un archivo de mi propia vida, al menos de un momento de mi vida. Algo, sin embargo, no se escapa, no sólo lo que fue un esbozo de relación con Nicolás, que nunca fue plena ni total, sino también lo que se desprende de los otros nombres que también surgieron en el documental y en estas Jornadas: Nicolás Rosa, más cercano, más íntimo, a veces conflictivo, una relación cuyo ritmo irregular dibuja una figura extraña, un acercarse y alejarse, un claroscuro: hubo momentos en que parecíamos entendernos y otros en los que predominaba lo abrupto, discrepancias que daban la impresión de ser insalvables de tan severamente radicales que parecían. O bien el nombre de Marechal, que también fue evocado aquí y con quien tuve alguna relación episódica, con una cuota de culpa de mi parte: yo había escrito sobre él sin conocerlo y cuando, después de quince años, estuve cerca de él sentí que lo que yo había pergeñado no era realmente correcto, si cuando lo hice me sentí diciendo algo, ahora me disgustaba, no terminaba de comprender su justificación. Y el también abundantemente evocado Lamborghini con quien tuvimos acuerdos muy serios en el orden poético; admiré sus tentativas, creí que las comprendía y quiero pensar él también comprendía las mías o, al menos, lo que yo le decía.

Un mundo de gente se me aparece, experiencias variadas, todas intensas y todas juntas hoy y aquí. Pero también me resuenan ideas en lo que escuché aquí. Por ejemplo, la relación entre psicoanálisis y literatura tal como la formuló Jorge Chamorro es un tema que me preocupó hace ya tiempo; en lo que hace años escribí hay una tentativa de entender la cuestión como relación entre dos lenguajes en apariencia diferenciados, ajenos uno respecto del otro. En el momento en que me metí en el tema, que Chamorro explicó muy bien, me parecía, modestamente, que, al menos, había algo en común entre ellos; conjeturé que no sólo ambas tenían como fundamento el lenguaje sino que el objeto que ambas perseguían podía entenderse como un modo particular y específico de psicosis, no siendo ellas forzosamente prácticas psicóticas. En otras palabras, si escribir, pensé entonces, o hacer literatura, tiene algo de neurosis o de psicosis, es precisamente de eso, la neurosis o la psicosis, que se ocupa el psicoanálisis. En consecuencia, pensé, y subsidiariamente, la relación suscita una cuestión que les importa a una y otro, a saber la “representación”.

Quiero decir: en algún momento la relación psicoanálisis y literatura se entendió sencillamente como representación en la literatura de lo que podía importar en el psicoanálisis; quizás Freud mismo tuvo un poco la culpa. Pero eso es trivial si vemos este punto en términos de relaciones interdiscursivas o interlingüísticas. Había muchas posibilidades de hacer esas reflexiones considerando ciertos textos en particular, como los de Roberto Arlt por ejemplo, o extendiéndolas a otros, uno de Rulfo o uno de Bianco. Además, y quizás correlativamente, otra idea que me resuena se vincula con la trasegada cuestión del realismo que surge de la hace un momento evocada declaración de James Joyce. Mientras escuchaba, yo estaba pensando en una réplica a sus afirmaciones pero debo matizar lo que se me había ocurrido porque Horacio González trajo el nombre de Macedonio Fernández, muy separado en sus dichos de lo que Joyce pudo haber pensado, declarado y aun hecho. Macedonio, para decirlo de paso, no sólo tenía una idea muy clara y precisa acerca de eso que se designa como realismo sino que la formuló con todas las palabras: no se trata de realismo sino de realidad, proclamó, recuperando quizás la consigna vanguardista que había enunciado Huidobro: “Yo no quiero cantar en un poema a la rosa, quiero hacer un poema como la rosa”, había escrito. Estos enunciados, el de Macedonio y el de Huidobro, ponen en cuestión ambos conceptos, si lo son, me refiero a representación y realismo. Macedonio decía: “Yo no quiero ser como esos vendedores de espejos, yo no quiero hacer realismo, quiero hacer realidad”.

Hay que ver el alcance que pueden tener tales propuestas; por de pronto, implican un modo de pensar que emergió y tomó forma mucho después en otros lugares, con mucha mayor fuerza que por aquí; muchas ideas o imágenes macedonianas reaparecen en la explosión teórica francesa de los años sesenta como si a nadie se le hubieran ocurrido antes. En cuanto a tales imágenes, ideas y conceptos no quiero perder una mención que hizo Horacio González al pasar acerca de la conversación.

De paso, debo decir que yo estoy en esta mesa en una posición bastante difícil, no sólo porque estoy al costado sino porque no es fácil escuchar y pensar al mismo tiempo: los ritmos son diferentes, las velocidades disímiles y uno tiene que hacer un gran esfuerzo si quiere conciliarlas porque una cosa es disponerse a escuchar y recibir y otra es tener que hacer algo con lo que se recoge. Mi modo de resolver el conflicto es simple, tomo palabras que aparecen y se me iluminan, tomo conceptos aislados y sueltos y me quedo en ellos con la esperanza de que me ofrezcan esa síntesis entre escuchar y pensar. Así, la palabra “conversación”, que salió de boca de González, me remite a un tema que para mí ha sido capital y sobre el cual me he detenido e incluso he escrito. Por decir sólo un aspecto del asunto, y haciendo una definición muy rápida pero como ejemplo de su posible riqueza, me pareció, al tratar de entenderlo en su concepto, que la forma de la conversación en un momento determinado da cuenta de los conflictos y las limitaciones principales de una cultura. De modo que se puede determinar qué está pasando en una sociedad si se percibe cómo se conversa. Y si se admite que, en otro de sus aspectos, la conversación vincula, se puede relacionar igualmente con una afirmación de Chamorro acerca de la relación entre subjetividad e instrumentalidad, en el sentido de aquello de que la subjetividad se vale para manifestarse o, mejor dicho, para producir. Y otra más, en el sentido, acerca de la idea de lo que no se puede alcanzar con el lenguaje y que no sería, desde mi punto de vista y desde ciertas reminiscencias también, un déficit sino algo así como lo propio de toda práctica lingüística de intercambio, pero esencialmente lo propio de la poesía.

Ezra Pound decía “La poesía es lo que queda cuando se han olvidado todos los poemas”. Hay que pensar en esta frase, la veo luminosa, presenta, en su revés, la obsesiva idea de la “falta” que sería aquello que precisamente nos justifica en la relación con el objeto que la provoca. Es más, diría que una construcción verbal, especialmente en la poesía –cuya consideración permite quizás irradiar sobre otras construcciones verbales-, que está constituida sobre esas faltas que son las propias de los signos mismos que siempre son falta de algo, de aquello que significa.

Dicho esto al pasar, pero como para entrar más de lleno en materia, quisiera retomar ahora algunas cosas sueltas que se me fueron depositando en una escucha que podría designar como de atención flotante o meramente distraída, de la que tengo la mejor opinión porque es un camino para oír lo que uno no sabe qué está pasando. La primera tiene que ver con algo que ocurrió ayer, una palabra que pronunció Alejandro Pidello, que está aquí presente, la palabra “murmurar”. Me quedé en ella. Me impresionó, no sabía muy bien por qué, pero poco a poco la palabra misma se me fue precisando y su alcance se me fue haciendo claro.

Si, en un acercamiento elemental me refiero a una especie de paradigma a partir del verbo murmurar y dejo salir sus derivas no puedo menos que señalar que una de ellas es la palabra “murmullo”, y otra la palabra “murmuración”. Estos tres términos, no es un misterio, tienen alcances semánticos diferentes: “murmurar”, un verbo, implica una actividad; “murmullo”, un sustantivo, es un algo, filosóficamente es una cosa; “murmuración”, otro sustantivo, es una práctica muy connotada. Me atrevería a decir que si superponemos este paradigma, por llamar a la serie de alguna manera, sobre el campo del interés que nos es común, murmurar sería equivalente a escribir: la escritura es un murmurar, o sea una aproximación a través de palabras a algo, no quiero decir a qué. El murmullo sería equivalente al texto mismo que emite voces silenciosas, si la figura es válida, que murmuran, que dicen y no dicen, que sustraen y proponen, que dan y quitan, el texto es ese objeto misterioso que suena como una voz apagada. Y, por fin, la murmuración sería la crítica, esto parece un chiste. Pero me parece que lo que entendemos por crítica en la relación con el murmullo y con el murmura es esa murmuración que rodea, que circula, que trata de atrapar, que trata de entender, que tratar de denigrar o que trata de calumniar, que trata de chismear, de comentar, la murmuración es un poco todo eso. Ese es un punto muy arbitrario y todos me van a condenar por eso, supongo, y espero sería correcto que lo hicieran, adecuado, justiciero que lo hicieran. La otra cosa es también algo que salió ayer y que se vincula con la evocación de Gombrowicz y el libro de González sobre el viaje en taxi. Se habló, creo, de lo que propone el diario de Gombrowicz, lo que dice el diario de Gombrowicz y lo que dice el diario de González, pero en realidad ambos diarios descansan sobre la idea del viaje. La idea del viaje que es una idea central en la narrativa; no sé si en otros textos literarios, por ejemplo no lo es tanto en el teatro, no lo es tanto en la poesía. En la narrativa sí. Y el viaje se ha trasladado, la instancia del viaje físico -ir de acá para allá- se ha trasladado a la literatura desde muy antiguo. La Ilíada es el relato de un viaje, y así siguió, el Quijote es el relato de un viaje. Y casi toda la gran narrativa implica desplazamientos. Diría que en la vida el viaje es una perspectiva de cambio, perspectiva de descubrimiento que fue realizada en cierto modo en dos viajes históricamente muy importantes, el de Marco Polo y el de Cristóbal Colón. Dos viajes físicos de gran trascendencia cultural para occidente. En la literatura, qué puede haber significado que el viaje haya motivado narración. Yo creo que es algo así como una ansiedad del espacio, la ansiedad del espacio es lo que hace que las narraciones recurran a desplazamiento para poder realizarse, para poder concebirse como lo propio de la narración, como lo intrínseco, como lo específico de lo que es la narración. Históricamente esto tiene mucha importancia porque, precisamente, si en el Quijote el viaje es fundamental, lo que importa no es la locura, lo que importa no es las costumbres, incluso la riqueza del lenguaje es complementaria; lo que hay en el fondo es ese desplazamiento que, precisamente, esa es la virtud de la literatura, temporaliza al mismo tiempo porque ese viaje en el relato obliga a detenerse, requiere también de un tiempo humano que no está necesariamente representado. Además, la percepción de esa relación entre viaje y narrativa me parece que es también la puerta abierta a la modernidad. Porque en la Edad Media, la cosa no estaba resuelta de esa manera. La gente históricamente no viajaba, en un libro muy curioso, muy interesante de la Escuela de Oxford de Historia me informé, supe, leí que en aldeas italianas, en aldeas españolas que distaban 5 kilómetros unas de las otras no sólo que los habitantes no se vinculaban, no sólo no hacían intercambios, sino que también tenían dialectos diferentes. De ahí a la escritura teológica como propia del no viaje, de la inmovilidad, me parece un principio de cierto tipo de explicación, muy endeble pero un tipo de aproximación. Así que el viaje que surgió también aquí es intrínseco la narrativa, y en los diarios de viaje culmina de una manera, en algunos casos, soberana porque declara también el elemento subjetivo que justifica también ese orden literario.

Otra cosa que quería señalar es esto, es precisamente la cuestión del lenguaje. Debo decir que la fórmula con que se convoca esta mesa: ¿Habrá tiempo en el lenguaje para lo siempre nuevo? Parece más bien una fórmula poética. No sé si es un poema que alguien escribió o que a alguien se le ocurrió. Tiene, me parece, un cierto tufillo heideggeriano o, si es mucho decir, de preocupaciones que podríamos quizás reconocer en Heidegger. Sus términos -la frase se puede dividir en dos: “habrá tiempo en el lenguaje” por una parte y “para lo siempre nuevo” por otra- inquietan, tienen cierto misterio o generan una incertidumbre. Por comenzar, ¿por qué esa ubicación del tiempo en el lenguaje? ¿O es que el lenguaje es algo que recoge el tiempo? ¿O es procesado por él y en qué sentido? O bien, ¿quién procesa el tiempo tratándose del lenguaje? Luego, y en segundo lugar, ¿no está implícita una pregunta acerca de qué es o sería el lenguaje? ¿Sólo un modo de habla que, si se vincula con la segunda parte de la frase, cambia de acuerdo a lo “nuevo”?

Dicho de otra forma, al abordar la invitación o la incitación estaríamos, al emplear determinado tipo de construcciones lingüísticas, manejando conceptos propios de un lenguaje actual, sensible o no a estímulos novedosos que vendrían no del lenguaje mismo sino de otra y acaso indefinible parte. Pero si nos quedamos en la primera parte de la frase, se diría que el problema que plantea, o sea la cuestión del lenguaje en el tiempo, se le presentó claramente al fundador de la lingüística moderna. Me refiero a Ferdinand de Saussure que mencionó ese tema pero de inmediato lo descartó como no constituyente de la lengua, que es lo que le importaba: dejó de lado la acción del lenguaje en el tiempo y, a la inversa, del tiempo en el lenguaje, porque según él no era pertinente para su propósito esencialmente descriptivo del sistema, la noción de tiempo, señaló, era relativamente ajena a su construcción del sistema lingüístico. En cambio, ciertos filósofos ingleses se detienen en lo que de Saussure desdeñó y señalan, como un punto fuerte de una teoría novedosa, que hay acciones que se realizan por medio de palabras, en especial los verbos que son, como se sabe, los elementos del lenguaje que encierran y vehiculizan porciones de tiempo, al menos las convencionales: no arbitrariamente se dice que el presente, el pretérito o el futuro son tiempos verbales.

De manera que, sin deuda ninguna a estas teorías porque esas distinciones vienen de lejos, las gramáticas, como tentativas para regular el uso de lenguaje, se ordenaron en relación con estas distinciones. En breve conclusión, pues, no hay inconveniente en sostener que el tiempo está metido en el lenguaje, es inherente a él en el sentido de los modos de acción que posee el lenguaje, de desplazamiento o de desarrollo. Por lo tanto, ¿a qué tiempo se refiere la fórmula invitante? Lo menos que en este momento se puede decir es que es desconcertante. Por eso, mientras escuchaba a Horacio González yo me sentía atraído por esta fórmula y me distraía tratando de discernir su alcance. Creo que la dificultad consiste en que la formulación suscita una cantidad de reflexiones que envían a otros lugares teóricos que, se puede advertir, he rozado apenas.

Y, en segundo lugar, la invocación a “lo siempre nuevo”. Si dejamos de lado aquella primera preocupación acerca de lo que “hace cambiar” en el lenguaje y entendemos que eso que se piensa como lenguaje es un modo de relación de las palabras entre ellas, reconocible en determinada época, se puede pensar que lo que va cambiando en la sociedad va modificando necesariamente esa relación. Siempre ha sido así. Pero hay algunos momentos en que este “siempre así” es más radical que otros. Puede ser que tales momentos se describen o se explican por razones de orden político en la medida en que lo político es el mayor productor, o el más visible, de los cambios. Y aun a riesgo de ser un poquito profesor quiero decir que esta preocupación me viene de una lectura que hice cuando estudiaba y que fue importante para mí, una de esas experiencias que nos hacen sentir que aprendemos algo para siempre: era una historia de la lengua, española por supuesto, de Tomás Navarro Tomás.

Es un libro luminoso que muestra, nada menos, cómo se formó la lengua que hablamos, el castellano por supuesto. Navarro Tomás muestra las sucesivas modificaciones que dan lugar a las formas con las que nos manejamos y que se deben siempre a conflictos o alcances políticos. Así por ejemplo, como momento originario, el imperio romano invadió no sólo territorios sino también lenguajes locales y los modificó hasta el punto de hacerlos desaparecer pero, ciertamente, nunca del todo; una línea de trabajo filológico se planteó, desde Ramón Menéndez Pidal a Amado Alonso, como objeto de investigación recuperar esos restos considerando que antes, en el momento de la forzada convivencia, partes o elementos de los lenguajes sojuzgados penetraron en el latín y a su turno lo fueron modificando en diversos registros, no sólo de vocabulario sino de estructura así como de entonación. Luego, en otro movimiento histórico importantísimo, lo que se conoce como la irrupción de los bárbaros modificó ese latín ya transformado dando lugar a la multiplicidad de lenguas denominadas “romances”.

Creo que estas situaciones deben ser tenidas en cuenta al referirse, sea como fuere, al lenguaje. Los imperios, como estructuras que tendían o tienen a totalidades, tienen relación con las modificaciones que se pueden registrar en los lenguajes. En el campo hispánico, por ejemplo, hay una fecha característica, 1492, que liga viaje, imperio y lenguaje: Colón y América, expulsión de moros y judíos y consolidación de la monarquía española, y gramática de Nebreja. Los tres términos se entretejen: junto con la salida de las naves y su éxito el imperio necesita consolidarse en todos los órdenes y la gramática es uno de los cementos que le darían la unidad deseada. En el lenguaje ven el sentido de su existencia misma aunque, desde luego, lo mismo podría decirse de la religión, pero no estamos hablando de eso. Ese lenguaje que sale de la gramática de Nebreja es el que seguimos usando y que ha sido modificado innumerable veces justamente por la irrupción de lo nuevo, tal como se enuncia en la invitación. En consecuencia, y pegando un salto argumentativo, diría que tengo la impresión de que planeando por sobre la pregunta, y como preocupación secreta, está la irrupción de otro imperio, el del lenguaje electrónico o como se quiera llamar. Es un fantasma del que se habla, por cierto, pero sin reconocer que se está pensando que eso que viene –o sea lo nuevo porque otras novedades mayores no hay en esta materia-, puede estar entrando en el lenguaje tal como lo conocemos hasta modificarlo y vaya uno a saber dónde eso podría parar. Y, como eso que es nuevo es propio de este tiempo, estaríamos diciendo que algo así como que el tiempo está en el lenguaje.

Sería necio negar que esta perspectiva de modificación existe pero no es tan claro dónde ni cómo. ¿Se podrá hacer una distinción en este punto? Creo que esa posibilidad salta a la vista: una cosa es el lenguaje propio de esa práctica, o manía, o como se la quiera llamar, que es la literatura y otra el lenguaje de la comunicación general. En tal sentido, podría afirmarse que es probable que en el lenguaje de la comunicación lo nuevo, tal como se ha dicho, esté incidiendo de una manera muy considerable en determinados registros de la realidad, hasta el punto de ampliar el orden de la comunicación. Pero en la literatura quizás no sea así todavía y vaya a saber si va a ser así.

Quiero invocar, en apoyo de esta afirmación, algo que salió hoy mismo en Radar, un comentario al diario personal de Alejandra Pizarnik que se publica, creo, por primera vez. Es una frase, que quiero evocar: “A los dieciocho años tuve una necesidad imperiosa de escribir”. Es una confesión que pudo haber hecho cualquier escritor; yo, por ejemplo, que sentí esa necesidad o la posibilidad de hacerlo un poco antes, a los catorce. En mi caso, esto no quiere decir que tuviera una noción clara de lo que podría ser literatura ni de que al satisfacer esa necesidad iría a entrar de inmediato al campo literario: simplemente quería escribir así como, con más claridad y fuerza, Gauguin quiso pintar y lo logró.

¿Tiene que ver esa necesidad con la literatura o con un lenguaje específico, qué explica? ¿A qué tipo de pulsión pertenece? Chamorro nos acercó a esta cuestión con agudeza y pertinencia. Pero entonces, satisfacer esa necesidad ¿deja entrar lo nuevo? ¿No hay ahí otro movimiento explicativo, considerando estos términos, tiempo y nuevo, un ida y vuelta que implicaría por un lado una voluntad fuerte de ruptura de códigos y por otro un retorno a códigos preliminares? Pero que no merecería, la primera, una calificación de revolucionario y el segundo necesariamente de reaccionario. La trayectoria de Borges es en este sentido ejemplar porque irrumpe como revolucionario queriendo romper prácticas establecidas de lenguaje y regresa a un lenguaje articulado un poco a la antigua, obviamente a la antigua. Es decir, hay idas y vueltas, en un sentido retornos, que hacen que las experiencias de lecturas o las experiencias de conservación sean siempre objetos de modificaciones pero en su propio campo, no necesariamente determinadas por impactos que puedan venir directamente del exterior. Que hay fuerzas del exterior que modifican los comportamientos escriturarios no me cabe ninguna duda. Por ejemplo, en el plano de la literatura, la mera presencia, y no digo el aprendizaje, del psicoanálisis como perspectiva de introspección ha entrado concretamente en la práctica escrituraria, se lo puede reconocer aun en escritores que no han tenido la menor idea de lo que era el psicoanálisis. Es decir que no es por deliberación que eso se produjo sino por una interacción esencialmente cultural, que yo, para culminar mis rodeos, llamaría lo nuevo, del mismo modo en que otras prácticas, cuyos discursos, son poderosos han logrado entrar en el lenguaje incrustándose en él.

De modo que si, por un lado, tenemos que tener en cuenta la estabilidad del lenguaje, y también de la literatura, pero igualmente las tentativas de ruptura, y de ahí los retornos a estabilidades que nunca van a ser las mismas, sino así alimentadas van a ser mucho más ricas, y por otro discursos de otra índole, no literarios, que también penetran y modifican algún registro del lenguaje, las construcciones verbales que se van produciendo literariamente, dan cuenta de que la vida social no es inmóvil y tampoco la de la literatura ni la artística, sino que se van modificando por las confluencias de todas estas fuerzas y de todos estos factores.

Desde esta perspectiva se alteraría también otro asunto, que reaparece continuamente, formulado en algunos momentos de manera tan rígida, entre modernidad y posmodernidad, que tiene un sabor más ideológico que argumentativo. La modernidad existe siempre, en el sentido de que los lenguajes son siempre modificados en relación con las fuerzas reales que en cada momento actúan de una manera casi imperceptible pero que van produciendo tonos y registros que permiten reconocerlos como propios de una época; de este modo, hablar de “posmodernidad” carece de contenido y, en consecuencia, también la oposición.
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