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Ecos entre el psicoanálisis y la literatura

Jorge Chamorro
Quería hacer en primer lugar una observación sobre estas Jornadas. A mi entender, estas Jornadas están montadas en una asimetría, que tiene sus efectos. La asimetría es que no discutimos textos psicoanalíticos, sino discutimos textos literarios. Pero hay gente de las Letras y psicoanalistas. Entonces, tengo la impresión de que los psicoanalistas hacen síntomas. Síntomas llamamos a formas particulares de tratarse con ese texto que no es de su natural intimidad. Entonces, me parecía que esto era un dato que seguramente hay razones desde el psicoanálisis para que el psicoanálisis se articule a las Letras. Pero no hay tan buenas razones para que la gente de Letras se articule al psicoanálisis, sino habría textos de psicoanálisis para discutir aquí. Por eso, me parecía que esta asimetría era interesante y no dejaba de producir efectos en los trabajos específicamente de los psicoanalistas. Me parece que de todas las formas posibles de posicionarse sintomáticamente -para nosotros sintomáticamente es forma particular de relacionarse con algo, síntoma quiere decir eso-, una de las formas posibles es el olvido de la propia posición, o sea el que pasa directamente a posicionarse en el marco de las Letras. La otra posición es el aplastamiento de las particularidades. Es una historia esto del psicoanálisis, llamado aplicado, que aplasta la singularidad de la literatura, e interpreta, psicologiza las Letras. Me parece que en este sentido, en toda intersección hay estos problemas, intersección también entre psicoanálisis y psiquiatría, y distintas formas de la intersección, plantea respuestas particulares. Yo me ubico, les digo, para pensar esto y para tratara de escapar un poco a estas particularidades que menciono, me ubico del lado de ecos. Entonces pienso en términos de ecos del psicoanálisis en la literatura y de ecos de la literatura en el psicoanálisis. Sobre ese fondo me voy orientando para transmitir lo que les planteo. Yo diría que el articulador fundamental, a mi entender, entre el psicoanálisis y al literatura se llama escritura. Este es el dato fundamental. Letras de un lado, letras del otro. Texto de un lado, texto del otro. Narrador de un lado -y ahí hago una pequeña cuestión-, narrador de un lado, metalenguaje del otro. Hago una equivalencia entre lo que es el metalenguaje de un paciente hablando de sí, en vez de hablar sino hablando de sí, y hago una equivalencia entre el narrador y el paciente que se autodescribe y no habla. En esa articulación creo que hay que dar cuenta de una particularidad. Porque ¿qué tiene que ver el psicoanálisis con la escritura? No es tan obvio. Para la historia, para su práctica, para el sentido común si ustedes quieren, el psicoanálisis es una práctica de palabras, y entonces no es obvio por qué el psicoanálisis se orienta hacia la escritura y qué gana con la escritura. Esta es la pregunta que me hago, por eso es nuestro puente con la literatura. Porque hay razones profundas por las cuales el psicoanálisis pasa de la palabra a la escritura. El escrito tiene entonces, para nosotros, la función de una precipitación de las palabras que permite al sujeto localizar lo más singular de su ser. Pero aclarando que la letra no es una plasmación de las palabras sino que crea una instancia nueva que está fuera de lo legible. Es decir, fuera del sentido. Este es el movimiento del psicoanálisis hacia alrededor de lo que llamamos la letra. Este camino de la letra fuera de sentido como es obvio nos coloca en una perspectiva especial respecto de la literatura, o sea que esto nos embarca y nos ordena en la literatura -inclusive los escritos que han sido formulado en estas Jornadas- desde una perspectiva particular. Respecto de la literatura, en la medida en que la divide entre la literatura se dirige al mundo -a lo que podríamos llamar la referencia-, y aquella que se centra en su propio texto, es decir -en términos que usamos- una literatura que se letra, o sea que se absorbe en su propia letra. Hay formulaciones que se han hecho en estas Jornadas que voy a usar para ilustrar qué quiero decir con esto. En esto que estoy diciendo, tenemos una plena convergencia con Foucault que se pregunta qué es un autor, y Roland Barthes le responde diciendo que el que lee es el que escribe. Y el autor, por lo tanto, es un producto de lectura. Esto es clave para nuestra intersección en los ecos entre la literatura y el psicoanálisis. Sobre este fondo quisiera subrayar, es decir escribir, algunas de las cosas dichas y escuchadas en estas Jornadas. En primer lugar, Néstor Perlongher. Hay algunas reflexiones que uno podría decir que es una trayectoria que muestra la implicación del sujeto con su propio ser en lo que tiene algunas resonancias con el héroe trágico. Me parece que ahí todo lo que se dice, se ha dicho a través de las cartas a Baigorria, etcétera, es la resonancia de alguien que pensamos, desde el punto de vista ético, como alguien que inexorablemente recorre un camino hasta el final. Como decía James Joyce “Lo que yo escribo es más real que la realidad”. Y esto por eso, tiene alguna resonancia entre la literatura dirigida hacia la realidad y la literatura dirigida a lo que James Joyce llamaba lo real. Recuerden que James Joyce en la biografía de Ellmann dice y llora 48 horas, creo, porque su mujer le dice que si es un genio se haga entender, dice Joyce “Yo escribo de esa parte del humano que no se entiende. Yo escribo sobre eso y eso es también humano”. El otro punto que también quería subrayar es el punto – no voy a mencionar a cada uno en particular-, ese punto donde un informe es un informe que pretende describir la realidad es una afección, en el texto de Andruetto. Hace resonar otro texto que nos interesa en este punto que es esta intersección entre realidad y ficción, pero que al mismo tiempo es en la pluma de la autora una ficción. La lucha de todos los psicoanalistas con la realidad de la vida de sus pacientes y su narraciones, lo que podemos llamar el metalenguaje que hacen sobre su vida es el verdadero obstáculo. Por eso aprendemos de la literatura a producir esa otra realidad que es más real y que es la que determina el sujeto. Invocamos aquí, creo que la vez pasada lo invoqué también -no estoy seguro-, el mono de Kafka cuando testimonia frente a la academia. Lo primero que aprendió del hombre el mono, dice Kafka, es a escupir. Es un hecho que el hombre escupe, no hay más que ver algún partido de fútbol para ver que los hombres escupen. Es un acto curioso de separarse del objeto de su cuerpo, en esto coincide con el guanaco que también escupe. Parece que los músicos escupían, dado que se dice salió más rápido que escupida de músico, entonces debo suponer que los músicos escupían. De hecho, el mono aprende la humanidad a través de este particular rasgo y testimonia en forma hablada de su pasaje a lo humano. Sin embargo, hay lago que en el se escribe meas allá de la palabra, es decir de lo que testimonia. Esto que se escribe en el mono y que trasciende su adaptación al hombre es el goce llamado sexual, dado que cuando se retira de la academia en su casa lo espera una mona. Podemos decir mona es la letra del mono, es lo que nombra su goce. Hay una letra de Horacio González, en el texto Arte de viajar en taxi, que me pareció se articulaba a esto que estoy diciendo. Habla de un gesto malogrado. La letra es un gesto que no sirvió a la comunicación y escapó a la pragmática. La letra no tiene una función pragmática. Y el gesto malogrado tampoco. Queda, dice Horacio, queda del lado del sujeto que lo realiza. Me parece una metáfora excelente de la letra. La irrupción de una letra deja al individuo perplejo, es decir, como dice el autor “rascándose la cabeza”. El contexto en el que se escribe un libro, otros datos mencionados aquí en estas Jornadas, el contexto para leer un libro es solidario del sentido o la motivación del autor. Ambos elementos avanzan hacia lo que podríamos llamar las motivaciones. Esto nos recuerda nuevamente la pregunta sobre el autor y recuerda el texto de Marguerite Yourcenar sobre Mishima cuando distingue la biografía de un autor del autor que construimos con nuestra lectura. Dice: la biografía es una cosa y el autor que se construye con la lectura es otra. Es exactamente la producción de un analista que a partir del texto que escucha y lee, es decir subraya, crea un nuevo autor -el sujeto del análisis- que se separa de la voluntad de decir del neurótico. “El narrador no es inocente” es otra de las frases escuchadas. Esta fórmula que se utiliza nos permite decir que en efecto no es inocente pero se propone como tal y esta inocencia se presenta como vocación de objetividad. Pero como bien dice la autora de esta frase, él elige los personajes, lo que se consigna y lo que se excluye, en ese sentido hacer historia es en cierta forma desplegar un fantasma, una ficción, una interpretación. “Como si otro hablara en nuestra garganta” es otra de las expresiones escuchadas. Expresión de Gombrowicz subrayada, es paradigmática de la constitución de todo sujeto, que es la que distingue el narrador y el que es escrito por lo que se dice, este nuevo autor que el texto constituye. Lo que se va tratando de cernir es un sí mismo, que también fue mencionado, personal, nacional, etcétera, que al mismo tiempo que se escapa es acotado, reconocido, finalmente escrito. El fantasma de la totalidad también fue discutido. Es decir, cuando se trato el tema de la antología. Como lo señala uno de los que comentó el texto, este fantasma conecta de alguna forma con la función del narrador y del relator.

Horacio González
Hay palabras ya pronunciadas, que suenan a un lenguaje que tiene un grado de preparación antigua y sin embargo postulan lo nuevo. Nada más embutido en la fragua retórica que heredamos de milenios y milenios de crítica del lenguaje, que decir que debe haber algo nuevo. Los lenguajes, yo los veo, como la coartada con lo que se postula la novedad y el acto de decirlo cae a plomo sobre el vaciadero que recoge las infinitas veces que se ha dicho lo mismo. Decir lo nuevo sobre el engarce de lo viejo es el secreto del lenguaje. Para el que nos escucha es necesaria una generosidad en la medida que debemos aceptar el estímulo de lo porvenir en medio de una reiteración de lo ya dado, es decir, el porvenir aherrojado en lo que tantas veces no vino. Estar diciendo lo nuevo, que es una ambición que preside cualquier vínculo, es desear lo más viejo del lenguaje. Ambicionar lo nuevo es lo único verdaderamente viejo que hay. Pero solo en la entretela insoportable del lenguaje. Bien lo dice la convocatoria: lo “siempre nuevo”, es decir, una perennidad basada en lo mismo de lo otro. Esto es, la rutina que siempre le es necesario a la originalidad.

Respetamos las rutinas, las formas deliciosas de las rutinas, esto se festeja muchas veces poéticamente, llegar al lugar conocido, encarnar la familiaridad absoluta, pero en general no pensamos que toda nuestra vida transcurra en esa reiteración, y por lo tanto dotamos al lenguaje de cierta capacidad de inaugurar fórmulas, o lo que después podrá convertirse en fórmulas, pero que tienen un rango de irreproducibilidad, y pertenecen a ese momento y no a otro. Entonces la pregunta de ¿habrá tiempo en el lenguaje para lo siempre nuevo?, que es una fórmula sobre el tiempo, indudablemente. Sería posiblemente aquello que haya que responder en relación a que cuando hablamos estamos siempre en presente. Pues el lenguaje se frustraría si no puede mostrar la inevitable originalidad de todo lo que transcurre en su capacidad de crear relaciones presentes, que prenden al pasado y al futuro al punto de inhabilitarlos para ser tales. Serán en todo caso el presente-futuro o el presente-pasado.

En ese sentido, la idea de un lenguaje siempre nuevo me da la impresión que es un mito muy importante, es un mito formidable. La idea que generalmente tenemos del lenguaje, es como productor de una temporalidad que no se recuesta en algo ya acontecido. Eso me parece que es una particularidad que forma parte de una angustia que existe permanentemente, conjurada con el gusto -muchas veces manifestado, otras veces no- de que las reiteraciones. El hogar del lenguaje no hace más que inventar motivos recurrentes. Por lo tanto, no los inventa sino que tiene su mayor satisfacción en estar invocando aquello que ya habría ocurrido, es el tema de la charla tan linda que recién escuchamos de Nicolás Casullo, así me parece. Le habla a los que creen que algo estaría siempre ocurriendo, reiterando motivos de novedad sin ver que todo ya ha pasado. Lo de Nicolás era muy concluyente, pues constituía su gran tema. Era la manera de decir, o el intento de decir “algo ya pasó” y lo que creés que va a pasar, “ya pasó”. Y los que no se dan cuenta están pensando de una manera inadecuada al no tener en cuenta que algo, eso que importa y lo que estás mentando ahora, ya pasó. Eso lo llevaba a Nicolás al pensamiento mítico, a pensar sobre el mito, lo que había pasado era un mito que sólo podía estar en el presente de una manera que declarara que ya había pasado, como ruinas, una palabra que a Nicolás le gustaba mucho. Entonces en el habla, -no distingo demasiado acá habla y lenguaje, sé que hay que distinguirlo porque toda la teoría contemporánea lo ha distinguido- pero digamos el material sensible que al llamarlo lenguaje involucra el habla e involucraría la escritura para no hacerlo muy largo. Bueno, en ese sentido me parece que todos tenemos una sensibilidad para el lenguaje en relación a poder detectar lo que ya ha sido dicho, y lo decimos ingenuamente creyendo que no ha sido dicho, y lo que citamos de una manera habilidosa, sabiendo que ya ha sido dicho pero entregándonos pesimistamente o resignadamente a la idea de que hablar es reconocer que todo ha sido dicho. Bajo esa condición, aparece lo “siempre nuevo”. La novedad es que lo siempre nuevo ya ha ocurrido.

Son todos los temas que Nicolás había frecuentado. Entonces eso plantea un problema por lo menos en relación a la conversación, sin ningún encuadre posible o con el encuadre amplio de lo que llamamos amistad, en fin, una interrelación de personas que están situadas en relación a esa práctica existencial que es la conversación. Ahí evidentemente tiene que haber un acuerdo en relación a la tolerancia de todo lo que ya ha sido dicho y se dice, ya sea sin percibir que ha sido dicho, haciéndose posible la conversación como divina repetición, donde lo nuevo sería la forma fallida en que se entrecortan los tramos ya dichos. Quizás toda ha sido hablado, pero varía la forma de entonarlo o las escorias del lenguaje que se presentan cada vez en un lado distinto. Se trata de un fallido intento de originalidad que no condenamos porque la originalidad puede ser precisamente ese fallo, como tantas veces se ha dicho.

La desilusión del lenguaje es admitir que cada vez que ocurre es siempre nuevo, y no, no es así pero está bien hacer la pregunta. Lo nuevo no ocurre más que como quiebra cada vez diferente en el seno de lo que ha sido dicho. Siempre debemos creer que hay en el lenguaje, en el tiempo del lenguaje, algo que será lo siempre nuevo. Sino sería una asfixia muy grande en la historia de la humanidad. La “humanidad”, pero situado en Buenos Aires, porque si lo situamos en otro plano es imposible hablar de este modo. En la historia de la humanidad, a la cual pertenecemos con pleno derecho sin que nadie nos haya avisado, es un modo de sentirnos hablantes. Al ser hablantes, en cualquier lengua que sea, ya tenemos derecho a emplear el concepto de humanidad. Pero situada. El lenguaje es concepto abstracto y situación concreta, en proporciones que no conocemos. Evidentemente hay lugar para lo siempre nuevo en la temporalidad del lenguaje pero hay que aceptar el modo en que este es un obstáculo no conocido por el mismo.

Recuerdo a Sartre en el famoso episodio de la mala fe que impugna los lenguajes que quieren ser transparente de punta a punta. Es una expresión interesante que él usa. Es decir, la transparencia total sería el lenguaje del divulgador, el lenguaje que quiere ser transparente de punta a punta es un lenguaje que no sabe que el obstáculo tiene una permanencia. El obstáculo puede ser sentido común, lo que yo llamé el engarce, y el modo en que jamás sabremos que pliegues internos del lenguaje deben acudir a nuestra memoria para sentirnos auténticos al hablar. Entonces, el obstáculo más bien se lo deja en la opacidad del lenguaje. Toda esa versión del existencialismo, incluso en Merleau Ponty, me parece que es aceptar que hay algo precategorial, o antipredicativo lo llamó, que es la condición de lo que no podemos decir, como antelación real de lo que podemos decir. Admitir el obstáculo y por lo tanto escribir a partir del obstáculo, sería lo que permite hacer todas esas cosas. El obstáculo es lo que intenta conjurarse, lo que intenta escribirse con un enorme esfuerzo porque es como si surgieran en un presente todas las formas encubiertas que no sabemos pronunciar a modo de inauguración quizá, si es que este concepto puede usarse fácilmente. Lo “siempre nuevo” es el tiempo como obstáculo del lenguaje.

Entonces, siendo así yo podría decir que todos estamos en pos de lo siempre nuevo y cuando aparece eso, aparece bajo un precio enorme, de algo que quiso ser transparente de punta a punta y sin embargo se encontró con la imposibilidad de decirlo todo en una línea real del lenguaje. Entonces hay que enrarecer enormemente la escritura y exponerse ante la comunidad como réprobo, réprobo de la dificultad de la escritura o entrar en las grandes corrientes de la divulgación donde se cree que algo hay siempre nuevo. Aquí visualizo los gerentes de las modas, crédulo en la novedad antes que en el molde de “novedad” que precisa el pasado para hacer su tarea circular, repetitiva, carcelaria casi. No hay nada más curioso que una moda filosófica, que las atravesamos permanentemente. Y, sin embargo, al atravesar esa moda y parecer bajo el amparo de lo siempre nuevo no nos gustaría que se nos diga “esto ya ha sido pronunciado, esto ya ha sido dicho”, quien lo hace es un personaje medio aguafiestas, es un personaje que tienen todas las sociedades, todas las universidades tienen ese tipo de personaje, y no queremos escucharlo porque efectivamente queremos una novedad en el lenguaje. La novedad de lo viejo-nuevo, de lo siempre nuevo, como algo para lo que siempre hay tiempo porque está fundado precisamente en el tiempo ya transcurrido.

Me parece justo querer una novedad en el lenguaje, y al mismo tiempo me parece justo elaborar nuestro lenguaje sabiendo bien cuales son las amenazas que lo acechan. Suponer que esa transparencia no puede existir con ningún tipo de facilidad, por lo que debemos imaginar que no podemos creer que hablamos en términos nuevos, sino que el hablar siempre es original en la tolerancia al trabajo corrosivo del tiempo, siempre el mismo y siempre corroyendo partes diferentes. Los esquemas ya pronunciados no son banales, son el tiempo que intenta liberarse de sí mismo. Y, para decirlo de otra manera, sólo con los esquemas ya pronunciados, si somos complacientes con ellos, puede alguna vez -y ese es un tema de los grandes poetas, no sé si de alguien más-, puede aparecer entonces lo que aquí se llama lo nuevo.
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