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María Pia López
Un ensayo y una novela. Lo que está en juego, como han señalado los

lectores que hemos escuchado, es el cuerpo. Un cuerpo que se escurre frente a la palabra pero que a la vez es palabra. Un cuerpo que es porque es en la lengua aunque el discurso se afronte a un problema –o a varios- cuando trata de explicar lo que en el cuerpo transcurre. No sería escurridizo sino fuera porque es afectividad pensante y materia de la lengua. No sería algo si no fuera ese escurrirse o ese desbordarse en el mismo momento en que se constituye. Las sociedades imaginan su sujeción. También estructuran sus disciplinas. Se dirigen, como supo un filósofo francés, a los cuerpos; se inscriben en su superficie para afectar su profundidad.

Guillermo Saavedra, retomando a Benjamin, dijo que la experiencia queda fuera de los discursos. Objeto de una narración ya imposible, se nos presenta como escurridiza. Esa constatación es la fuerza que anima a estos libros, el dilema que activa dos tipos de escritura distintos y significativos. No se tratan de declamaciones respecto de lo inacabado y lo fallido sino de puestas en acto del problema.

Andruetto escribe su novela desde la ficción de un informe: el narrador pesquisa una vida a la que se asoma sin terminar de conocerla. En la distancia de ese desconocimiento va configurando datos, hechos, interpretaciones que, finalmente, dejan al lector ante la constatación de la imposibilidad de conocer las instancias fundamentales de la historia de la protagonista. Eva, siempre una desconocida. El informe tiene el formato de una narrativa burocrática y policial. Escritura del seguimiento y de la reconstrucción. No se sabe quién indica el procedimiento, pero sí me parece que es claro que ese tipo de mirada supone un ejercicio de poder sobre aquel que resulta su objeto. Por eso, disiento con la interpretación de Susana Aguad cuando califica, a esa labor del informante, como “encomiable”. Porque no es objeto de encomio la objetivación que produce el registro efectuado a espaladas del investigado.

El otro tipo de escritura: el ensayo de Laura Klein. Si la novela avanza por la morosidad detallada del informe –que sólo va rodeando con sus palabras un silencio sobre aquello que el lector espera que diga-; el ensayo se despliega en la temporalidad de un rumiar. Se trata de una masticación de argumentos y problemas; de abordajes filosóficos, posiciones jurídicas, opiniones públicas. Es bien interesante la interpretación de ese estilo que realiza Silvia Bonzini, cuando señala que la escritura carece de tonos estridentes y se presenta con una modulación envolvente. Esto es, que para tratar un tema de apasionadas contraposiciones no elige el camino de la voz polémica o del sostenimiento de una posición sino el más complejo y arduo de una reflexión problematizante.

Fornicar y matar insiste en reponer, más allá de las discusiones sobre posiciones y opiniones generales, la pregunta por la experiencia singular. Y esa experiencia es la que necesariamente se sustrae cuando se piensa en términos jurídicos o en la lengua de un liberalismo que supone que hay dueños de los cuerpos y de las decisiones. Aquí se repone la experiencia trágica de la decisión singular, pero como tal esta también resiste al desarrollo del ensayo.

Ernesto Pérez piensa con la imagen de la trágica Medea tanto la novela de Andruetto como el libro de Klein. La tragedia es, precisamente, el afrontar la decisión para la cual todo está prescripto y a la vez incógnito. Se trata de la cuestión del origen: allí donde el cuerpo es atravesado por un deseo: el del amor, el del sexo, el de la maternidad, el de la negación de la maternidad. Por eso, en La mujer en cuestión importa el momento político pero a la vez no es lo que le da su fuerza fundamental, que está en la imposibilidad del informante, y junto con él, del lector de conocer el deseo que constituye su vida. Por eso, en el ensayo de Klein, los argumentos una y otra vez se suspenden para recordar que, finalmente, hay una decisión dolorosa y culpable. En la tragedia, todos somos culpables. Aún sin intención.

Somos culpables lectores de estos pensamientos en acto. Lectores de culpabilidades que no se niegan sino que se nos arrojan al rostro. Culpables de la curiosidad con la que deseamos la continuidad del informe del narrador de Andruetto –que sepa más, que objetive más, que persiga más, que nos diga más-; culpables de pretender y no poder enlazar las experiencias singulares con políticas generales. Culpables del amparo en consignas o del recurso a luminosas transparencias de posiciones lineales. Leemos, no para olvidar las culpas, no para ubicarlas en el catálogo de los conocimientos adquiridos, sino para que no dejen de repiquetear en nuestro pensamiento.

MESA 5

Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal

"Un Adán en Buenos Aires" deJulio Cortázar

Adán Buenos Aires la armonización tutelada” de Sebastián Hernaiz

Leopoldo Marechal, El suburbio

Susana Cella

En el comienzo del Libro III del Adán Buenosayres de Leopoldo Maréchal irrumpe un espacio: “Allí sobre un terreno desgarrado y caótico, se lazan las últimas estribaciones de Buenos Aires, rancheríos de tierra sin cocer y antros de lata en cuyo interior pululan tribus de frontera que oscilan entre la ciudad y el campo; allí, prometida del horizonte, asoma ya su rostro la pampa inmensa (...) entonces, a flor de tierra, se oye la palpitación de una vida oscura: cortan el aire silbidos estridentes y voces que se llaman desde la lejanía; el silencio se turba de pronto, como el agua de un charco rota, por una piedra, y se reconsturye al instante, más hondo que nunca; desparramadas en aquella extensión las hogueras arden, se reconocen entre sí, conversan a través del espacio según el idioma del fuego; y hay rostros humanos que soplan los tizones, perfiles que llegan y se saludan, manos que revuelven un cucharón en la olla rebosante. (P. 183-4). Ya asoma la pampa, la ciudad no ha terminado: el suburbio de Adán Buenosayres es un espacio a la vez limítrofe y continuo.

En el poema “Arrabal” (1921, publicado en Fervor de Buenos Aires, 1923), dice Borges:

.....................................

Mis pasos claudicaron

cuando iban a pisar el horizonte...

.....................................

Y sentí Buenos Aires

y literaturicé en el fondo del alma

la viacrucis inmóvil

de la calle sufrida

y el caserío sosegado.
Tanto para Marechal como para Borges el arrabal es el punto de llegada de una itinerancia, es un punto de detención y a la vez la posibilidad de explorar un territorio donde se halla comprometida la ciudad en tanto, siquiera liminar, es parte de ella, comparte algo de sus características, y al mismo tiempo es diferente, semejanza y diferencia donde la ciudad muestra su otredad. “Literaturizada en el alma”, el suburbio de Borges en los textos de la década del 20 aparece como “un vago suburbio ...entre cuyos tapiales hubo todo el poniente”... “Una manzana entera pero en mitá del campo...” (Versión de “Fundación mítica de Buenos Aires”, 1926), Villa Ortúzar (“Arrabal en que pesa el campo”, 1926), en la evocación de “Sin rumbo” de Eduardo Wilde (Prometeo y Cía.): también un caminante que hace un reconocimiento de la ciudad y puede ver: “cuando el sol saca los arrabales a la vergüenza pública y el pastito brilla en los huecos”.

Podría leerse una necesidad de realismo del arrabal cuando en el citado artículo, al referirse a Carriego, Borges afirma: “No hay un arrabal, hay diez arrabales. El arrabal abstracto, arquetípico, tan inventado por las letras de tango, es una haraganería de la observación, un término hueco”. La mirada de lo particular puede considerarse correlativa de la que traza espacios intersticiales como los mismos arrabales, espacios que en tal singularidad también revelan las discontinuidades: “considerar los conventillos como fenómeno típico del arrabal, siendo manifiesto que en los barrios muy apartados ya no existen y que las inmediaciones del centro están llenas de ellos”.

Borges acentúa la continuidad de la pampa donde el suburbio - los suburbios- quedan integrados a ese espacio mayor: “una e indivisible la he visto en la gobernación de su nombre y en nuestra provincia y en la puntita del suburbio... y en una caminata por la noche dura y desgarrada de Puente Alsina... Desde la plataforma de un Lacroze (Triunvirato abajo) la he visto... “. El espacio natural se transfigura por lo que la mirada lleva incorporada en la percepción -lo que implica también una forma de experiencia- y según el lugar y tiempo desde donde se mira. Los límites del barrio de Saavedra, Puente Alsina, diseñan una zona: suburbio como zona sub-urbana, ¿debajo de la ciudad? ¿un descenso a lo que debajo palpita?

“He literaturizado en el fondo de mi alma”, decía Borges, y en verdad, el espacio del suburbio, con su población peculiar, sus historias de coraje o traición se incorporaron a la tradición literaria de la ciudad rioplatense y así a la tradición literaria nacional con la marca imprimida por la capital. Una frase de Wilde rescatada por Borges, delinea la zona en una imagen: “perros oliendo el horizonte” … “que es significativa apretadamente de la grandeza y de la desolación del suburbio. La dimensión paródico-sublime del Adán Buenosayres es prueba suficiente. Si pensáramos en el viaje de Adán Buenosayres por la ciudad y sus escritos según la fijeza del camino cualquier todo hombre a su salvación, los “mundos” menores, espacios, personajes, etc. perderían su cualidad ideológica e histórica convirtiéndose en meros oponentes o ayudantes del héroe. Lo histórico, político y filosófico de la novela, disminuirían su riqueza significante si se abstractizara el recorrido, o bien si se lo disgregara disipando la incidente unidad –en un aprovechamiento del esquema y la alegoría- Más bien se trata de formas de integración, y ellas mismas aluden a una tendencia unitaria que apela simultáneamente a la pluralidad de voces, como novela polifónica, de imágenes, metáforas, reflexiones, de tonos: grave, humorístico, y de estilos (altos y bajos), que, lo mismo que lo figural en la novela remiten a esas imprescindibles postulaciones auerbachianas.

Los planos narrativo /poético /imaginario muestran la convergencia/divergencia que somete a la razón, la imaginación y la realidad a un sistema de autoprobaciones que, en la novela, alcanzan momentos culminantes, así por ejemplo la contraposición de la imagen sublime del Cristo de la Mano Rota y el parecer de Adán ante la presencia del Paleogogo, al final de la novela, como una letanía de comparaciones: Más feo que un susto a medianoche...
Marechal y los marechalistas en el año 2010

Ricardo Coler
Marechal es candidato firme a ser rescatado de un olvido injusto. Todos lo dicen. Voy por él como lector. Antes de entrar al libro leo los comentarios.

¿Cómo presentan en casi todas las notas a Marechal y al Adán Buenos Ayres?
• Cuando se publicó fue un enorme fracaso e hicieron falta veinte años para que se hiciera justicia.

• El autor era peronista. Un militante del campo nacional y popular que pasó al olvido por culpa de la revolución libertadora.

• Ganó el Premio Municipal de Poesía, el primer Premio Nacional de Teatro por Antígona Vélez y el Forti Glori por El banquete de Severo Arcángelo.

Adán Buenos Ayres fue un texto autobiográfico. Una novela escrita por alguien que, en esencia, era un poeta.

• Fue maestro y viajó a Cuba invitado como jurado.

• Perteneció al grupo de los “martinfierristas” junto con Borges y Jacobo Fijman. Los “martinfierristas” eran nacionalistas, a la manera de ser nacionalistas en ese momento, vale decir, antiimperialistas.

• En 1949 Julio Cortázar lo reivindica en una nota para la revista Realidad. Esa nota resultó clave, no tanto para Marechal como para nosotros.
¿Qué es lo que obvian cuando lo presentan?
• El Adán Buenos Ayres lo publica Sudamericana en el 48, la revolución libertadora fue en el 55. Es imposible que haya tenido que ver con el éxito del libro. Hubo 7 años de gobierno peronista con el libro en la calle.

• En una entrevista que le hizo Tomas Eloy Martinez para la revista Primera Plana, Marechal dijo: “yo nunca milité”. Si bien es cierto que apoyó al peronismo, su verdadera participación fue como funcionario. Y no es lo mismo ser funcionario que militante. Necesitaba trabajar y en el Adán Buenos Ayres, se queja con amargura crítica de lo que era el ministerio.

• Su única verdadera convicción fue la fe católica. “Yo confieso que sólo estoy comprometido en el Evangelio de Jesucristo, cuya aplicación resolvería por otra parte, todos los problemas económicos y sociales, físicos y metafísicos que hoy padecen los hombres".

• Leída con atención, la nota de Cortázar no resulta el mejor de los elogios. Es cierto que lo pondera, en especial en el uso del lenguaje, pero también explica las razones propias de la poca difusión el libro. Transcribo: “pocas veces se ha visto un libro menos coherente, y la cura en salud que adelanta sagaz el prólogo no basta para anular su contradicción más honda: la existente entre las normas espirituales que rigen el universo poético de Marechal y los caóticos productos visibles que constituyen la obra.”
Vamos al libro.
Hay algunos textos que pueden leerse sin conciencia de la época, no es el caso del Adán Buenos Ayres. Para leerlo es imprescindible tener en cuenta el momento en que fue escrito. La extensión es una marca del libro. Adán Buenos Ayres se despierta y va a ver a su vecino. Eso le lleva 60 páginas. Con un comienzo así, aunque después haya sido reconocida en medios universitarios, no hace falta echarle la culpa a la revolución libertadora para entender que, sin desmerecer al texto, sería un fracaso en librerías.

En la primera parte hace una descripción bastante interesante de las fantasías de un neurótico. No solo porque clasifica a las mujeres como santas y putas sino por cómo imagina su propio entierro y la muerte de los padres. Observa la escena desde afuera, como si estuviera en un palco, invisible, mirando lo que piensan y hacen los demás.

Aunque se reconoce como católico hace uso de toda la parafernalia pagana. Dioses, Cíclopes y musas le son imprescindibles para mover el relato y así poner en boca de los personajes las ideas de Platón, Aristóteles, Kant y Nietzsche. Utiliza los dioses a la manera de los filósofos, como una forma de acceder al mundo.

Un manejo increíble del lenguaje y una prosa poética bellísima le permitió escribir, a veces en la misma página, sobre el origen geológico de la pampa y su experiencia con un gliptodonte. Saltar del esoterismo islámico al hombre universal, la Atlántida y al gaucho. Mezclar a Santos vega, Juan sin Ropa y al neocriollo. Inventar neologismos como neotaita, paleólogo, neogogo. Hablar del compadrito y de la inmigración. Pasar de un tema a otro como si verdaderamente estuvieran relacionados.

Para las ideas filosóficas repite una mecánica. La inicia, la pone en tensión con otro personaje e inmediatamente la degrada, por lo general con una referencia escatológica. Las referencias escatológicas son harto frecuentes; supongo que en esa época debían resultar graciosas.

Marechal tardó mucho años en escribir el AB y durante toda la obra mantuvo un tono poco moralista. Pero al llegar al Libro Séptimo “viaje a cacodelphia”, se pone la sotana y arremete contra los adoradores del cuerpo, los lujuriosos, los adúlteros, los viejos verdes, los ultras ultracortesanos, la gula, y los aduladores.

Me pregunto si Marechal, al bajar los conceptos filosóficos a sus personajes, al hablar sobre la ética, la poética y la metafísica, tenía un interés didáctico o escribía lo que se le daba la gana. Reconozco que le envidio la posibilidad de escribir sobre lo que se le ocurriera sin necesidad de mantener la coherencia, con la licencia de terminar un libro de más de 600 páginas sin molestarse en ponerle un final y que haya encontrado un editor que lo aceptara y lo publicara. También que cada tanto alguien lo reivindique.

Para finalizar y ser honesto con el trabajo debo reconocer que escribo con bronca. En todas las reseñas de los rescatadores bien pensantes y políticamente correctos obvian el antisemitismo de la obra. Marechal era un peronista pero de los católicos. Escribió Adán Buenos Ayres en pleno ascenso del Partido Nazi y lo completó durante la Segunda Guerra Mundial cuando la posición de la intelectualidad argentina no estaba para nada definida. Como ignoro lo que pensaba el autor me remito al libro.

Adán Buenos Ayres no se priva de ningún comentario. Los personajes judíos son siempre tratados como parte de una “raza”. Una raza de sucios, vagos y amarretes. Haciendo un esfuerzo, esto es algo que se podría dejar pasar endilgándoselo al personaje. Pero lo que el autor trata de decir se vuelve explicito cuando habla de los Protocolos de los Sabios de Sion: cuando AB, en plena epifanía católica, insiste varias veces con la responsabilidad de los judíos en la muerte de Cristo. También cuando cuenta sobre los planes de un judío acaudalado para ligar a sus hijos con la sociedad argentina y así poder desparramarse y hacerse fuerte en todas las provincias. Una idea surgida del mismo lugar de donde nació el Plan Andinia.

En el descenso a los infiernos, la última parte de su libro, Adán Buenos Ayres guiado por su amigo alemán, va recorriendo pecados hasta llegar a la zona de mayor jerarquía del mal. La habitaba Samuel Tesler, su amigo judío.

Dejos las referencias al pie de página para no aburrir.

Ediciones Clarín, la biblioteca argentina, serie clásicos:

Pag 40,42, 82, 162, 163, 304, 305, 306, 450, 452, 470, 471, 472, 473, 474, 475, 500, 577.

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