Paisaje irlandés y libros, muchos libros






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Paisaje irlandés y libros, muchos libros
Clive Staples Lewis (Jack para sus amigos) nació en Belfast (Irlanda del Norte) el 29 de noviembre de 1898. Era hijo de un abogado (Albert Lewis) y de la culta hija (Flora Hamilton) de un pastor protestante. Por el lado paterno, descendía de agricultores galeses, mientras que, por el materno, había generaciones de profesionales y clérigos protestantes hasta llegar, según cuenta Lewis, a «un caballero normando cuyos restos descansan en la abadía de Battle». En esta obra autobiográfica y en otras aparecen varias anécdotas de su infancia.

Su hermano Warren (conocido como Warnie), tres años mayor, fue el amigo inseparable de la infancia. Vivieron felices y despreocupados en un hermoso entorno natural a las afueras de la ciudad. Los hermanos se entregaron a la creación de un mundo imaginario sobre el que elaboraron historias, mapas, etc. y en el que influyeron lecturas como las de Beatrix Potter, llenas de animales con características humanas. Tras la marcha de Warren a un colegio en Inglaterra, Lewis dedicó mucho tiempo a examinar la biblioteca de sus padres, abarrotada de libros de historia, biografías y novelas.

En 1908, la madre de Lewis murió de cáncer tras una larga convalecencia. Fue un duro golpe para los hermanos y su padre, que se vio agravado por la muerte, el mismo año, de un abuelo y un tío paternos. En algún momento, antes o después de la muerte de su madre (Lewis dice no recordarlo bien en su autobiografía), descubrió lo que llamaba «alegría» («joy» en inglés) al entablar contacto con libros sobre mitología nórdica, quedando fascinado por sus paisajes, dragones, héroes, dioses, etc. Algún tiempo después, entre 1911 y 1913, descubrió la música de Wagner, el sonido ideal para recrear aquellas fascinaciones. La «alegría» se convertiría en la «experiencia central» para él. Era un «deseo insatisfecho» que quería volver a sentir una y otra vez, sin poder identificarlo y sin saciarlo.

Unas semanas después de la muerte de su madre, Lewis fue enviado al centro educativo del que era también alumno su hermano: Wynyard School en Watford, Hertfordshire (al que Lewis llama Belsen en sus escritos), dirigido por el temido Reverendo Robert Capron (al que denominaban Oldie).

Fue aquí donde tuvo un primer contacto serio con el cristianismo en su forma anglicana. Aunque sus padres asistían regularmente a la iglesia, la religión no fue algo muy significativo en la infancia de Lewis hasta este momento). Entre las nuevas lecturas a las que se entregó en esos años estaba la ciencia-ficción, con obras como las de H. G. Wells. Lewis guardó un recuerdo horrible de aquel colegio, en el que apenas se les enseñaba nada (salvo geometría, la materia favorita de Capron) y se utilizaban violentos métodos de castigos corporales. En 1910 el colegio cerró y, al año siguiente, Lewis entró en Cherbourg House (denominada por Lewis como Chartres), una escuela preparatoria del Malvern College.

En esos años, Lewis descubrió sus aptitudes para el latín y el inglés, a la vez que se dio cuenta de la existencia de otras religiones y del mundo del ocultismo, lo que le alejó del cristianismo. De lo primero se encargó la lectura de los clásicos, como Virgilio, y de lo segundo, la gobernanta del colegio, interesada en «la teosofía, las doctrinas de los Rosa-Cruz y el espiritualismo, toda la tradición ocultista anglo-americana».

En 1913 Lewis entró por un año en el Malvern College (que denominaba Wyvern), del que ya había salido su hermano, que se preparaba para la carrera militar. En ese tiempo continuó leyendo sin parar, descubriendo la mitología celta. Y en 1914 conoció al que sería uno de sus grandes amigos de por vida. El hijo de unos vecinos de su familia, Arthur Greeves (1895-1966), cayó enfermo y Lewis fue invitado a visitarlo. Sin gran entusiasmo, fue a su casa y se encontró en su mesilla, junto a la cama, el libro Mitos Nórdicos. No hizo falta más para entablar una fuerte amistad.1

En 1914, Warren, que había ingresado en una academia militar, fue llamado a combatir a Francia en la I Guerra Mundial. Mientras, Lewis fue enviado a estudiar en Great Bookham, Surrey, con un profesor particular que había enseñado antes a su hermano y su padre: W. T. Kirkpatrick (amistosamente llamado «el gran Knock»). El nuevo profesor le introdujo en la lectura de los clásicos griegos y latinos, a la vez que le ofrecía una espléndida biblioteca de autores antiguos y modernos.

Pero en aquellos felices días de estudio, la mente de Lewis estaba dividida. Amaba la mitología; pero era un ateo convencido: «Creía que casi todo lo que amaba era imaginario; y casi todo lo que creía real lo veía horrible y sin sentido. Las excepciones eran algunas personas (a las que amaba y sabía que eran reales) y la naturaleza, es decir, la naturaleza tal y como aparece ante los sentidos.». Imaginación y razón tardarían mucho en reconciliarse.

El 6 de diciembre de 1914, se confirmó y comulgó como un ateo, para agradar a su padre, al tiempo que escribía a Greeves que todas las religiones «son simplemente invenciones humanas». Sin embargo, su racionalismo ateo empezó pronto a darle problemas, y no precisamente desde el frente cristiano, sino leyendo al poeta romántico irlandés W. B. Yeats:

«La diferencia era que Yeats creía. Sus «siempre vivientes» no eran sólo un invento o un deseo. Realmente creía que había un mundo de seres más o menos como aquellos y que el contacto entre ese mundo y el nuestro era posible. [...]. Aquí había un hueso muy duro de roer. Comprenderás que mi racionalismo se basaba inevitablemente en lo que yo creía que eran los descubrimientos de las ciencias y al no ser un científico tenía que aceptar esos descubrimientos por confianza, por autoridad. Bien, aquí tenía una autoridad diferente. Si hubiera sido cristiano no hubiera tenido en cuenta su testimonio porque pensaba que ya tenía fichados a todos los cristianos y que me había deshecho de ellos para siempre. Pero descubrí que había gente, que no eran ortodoxos tradicionales, y que, sin embargo, rechazaban toda la filosofía materialista. [...]. En Maeterlinck me encontré con el espiritualismo, la teosofía y el panteísmo. De nuevo era un adulto responsable (y no cristiano) el que creía en un mundo detrás, o alrededor, del material. [...] una molesta gota de duda cayó sobre mi materialismo. Sólo era un «quizá». Quizá (¡oh, dicha!), quizá no tuviera nada que ver con la teología cristiana. [...]».

En 1921 Lewis pudo visitar a Yeats en Oxford, dos años antes de que recibiese el Premio Nobel de Literatura.

Lewis quedó fascinado por el mundo de lo oculto, de lo mágico. Pero, finalmente, la búsqueda de la alegría le hizo abandonarlo desilusionado: «Lentamente y con muchas recaídas empecé a ver que la experiencia mágica era tan irrelevante para la Alegría como lo había sido la experiencia erótica. [...] el Deseo real se marcha diciendo: «¿qué tiene que ver esto conmigo?».

Y fue en aquella época (1916) en la que Lewis recordaba haber entrado en contacto nuevamente con el cristianismo, de la mano de los escritos de ficción del clérigo protestante George McDonald:

«[...]. El jefe del tren y yo teníamos para nosotros solos toda la larga plataforma de madera de la estación de Leatherhead. [...]. Me acerqué al puesto de libros y elegí uno mal encuadernado de la colección Everyman, Phantastes: A Faerie Romance, de George McDonald. Luego llegó el tren.

[...]. Aquella noche empecé a leer mi libro nuevo.

Los caminos arbolados de esa obra, los enemigos fantasmales, las damas buenas y malas, estaban tan cerca del mundo que yo imaginaba habitualmente que me atraían sin que yo percibiese ningún cambio. [...]. Pero en otro aspecto todo era distinto. Todavía no sabía (y tardé mucho en des-cubrirlo) el nombre de la nueva cualidad, la sombra brillante, que residía en los viajes de Anodos [el personaje de la historia]. Ahora lo sé. Era Beatitud. [...]. Era como si la voz que me había llamado desde el final del mundo ahora estuviese hablando a mi lado. [...]. Hasta ahora cada visita de la Alegría había hecho que el mundo normal fuese, momentáneamente, un desierto [...]. Pero ahora veía que la sombra brillante salía del libro hacia el mundo real y se quedaba en él, transformando todos los objetos comunes y, sin embargo, ella seguía inmutable. O más exactamente, vi que los objetos comunes se fundían con la sombra brillante. [...]. Aquella noche mi imaginación fue, en cierto modo, bautizada; el resto de mi cuerpo, naturalmente, tardó más tiempo. No tenía ni idea de dónde me había metido al comprar Phantastes».

Kirkpatrick escribió al padre de Lewis alabando su capacidad como lector, crítico literario y traductor de griego; y le convenció para que le enviase a la universidad. Llegó a Oxford el 4 de diciembre de 1916, y entró en el University College. Aunque, como irlandés, podría haber sido eximido de participar en la guerra, se alistó voluntario en 1917.
La guerra y la universidad


En los meses previos a la entrada en combate, Lewis hizo amistad con uno de sus compañeros de armas, el también irlandés Edward F. C. Moore (conocido como Paddy). Él y su hermana de 11 años, Maureen, vivían con su madre, Janie King Moore, que estaba separada de su marido desde hacía años. Lewis entabló gran amistad con la Sra. Moore, acompañando a la familia durante sus permisos, mientras que sus relaciones con su padre se enfriaban. Al parecer, Lewis prometió a Paddy que, si moría en la guerra, se ocuparía de su familia. Pronto fueron destinados al frente en Francia. El 15 de Noviembre de 1917, Lewis telegrafió a su padre para que viniera a despedirlo antes de embarcar; pero no fue. Lewis cruzó el Canal de la Mancha y llegó a las trincheras, el día de su 19 cumpleaños, como segundo teniente de infantería (Somerset Light Infantry).

Aun allí siguió aprovechando el tiempo libre para leer. A principios de 1918 enfermó y fue enviado a un hospital en Le Tréport. Donde leyó a uno de los autores cristianos que más le influirían, G. K. Chesterton. De nuevo en el frente, fue herido por metralla de su propio ejército el 15 de abril en la batalla de Arras, cerca de Lillers, mientras que Paddy desapareció.

Pronto fue enviado a un hospital en Londres, al que su padre tampoco fue a visitarlo. El convaleciente joven se trasladó a Bristol, para estar más cerca de la Sra. Moore. Tras el fin de la guerra y la confirmación de la muerte de Paddy, Lewis vivió con la madre y la hermana de su compañero.

Tras una breve visita a Belfast, volvió a Oxford en enero de 1919, a donde, en 1920, la Sra. Moore y su hija se trasladaron y alquilaron con Lewis una casa en Headington Quarry. Poco después, publicaba la colección de poemas Spirits in Bondage (Espíritus en cautiverio) donde renegaba de Dios con un agresivo ateísmo y recreaba su mundo imaginativo, lleno de románticos jardines y criaturas mitológicas.

A pesar de las frecuentes tareas domésticas que la Sra. Moore imponía al estudiante, Lewis se las apañó para obtener las máximas calificaciones y terminar una nueva obra poética, Dymer (publicada en 1926). Lewis siempre soñó con una carrera poética; pero nunca tuvo éxito en ese tipo de literatura. Tras la obtención de la licenciatura en Filología clásica e inglesa, buscó empleo con poco éxito, dando clases de filosofía en el curso 1923/24. Pero, finalmente, obtuvo en 1925 una plaza en Oxford, como tutor y profesor de lengua y literatura inglesa en el Magdalen College, puesto que mantuvo hasta 1954, y que abandonó para ocupar la cátedra de literatura medieval y renacentista en Cambridge.

Entre las numerosas lecturas de Lewis, seguía Chesterton, a quien admiraba, «dejando a un lado su cristianismo». La lectura de Bergson, hizo a Lewis desechar la idea de Schopenhauer de que el universo podía no haber existido: «un atributo divino, el de la existencia necesaria, apareció en mi horizonte. Aún estaba, y por mucho tiempo, ligado a lo que no debía, al Universo, no a Dios». Lewis adoptó lo que denominaba: «un monismo estoico».

Sin embargo, no duraría mucho. Entre sus amigos de Oxford estaba Owen Barfield, con intereses semejantes, pero cuyas ideas diferían ampliamente. Para horror de Lewis, Barfield acabaría convirtiéndose a la antroposofía de Steiner:

«Aquí estaban los dioses, los espíritus, la vida de ultratumba y la preexistencia, la iniciación al conocimiento de lo oculto, la meditación. «¿Por qué? (maldita sea) Es medieval», protesté; todavía tenía el «orgullo cronológico» de mi época y utilizaba el nombre de épocas anteriores como vituperio». A partir de esto, ambos iniciaron una polémica intelectual que duraría varios años. Barfield le hizo ver que su «ingenuo» realismo era inconsistente.

«[...]. Si se acepta (como realidad inamovible) el universo de los sentidos, ayudados por instrumentos y coordinado de tal forma que da lugar a la «ciencia», hay que ir mucho más lejos (como han hecho muchos desde entonces) y adoptar una teoría de la lógica, la ética y la estética que afecta al comportamiento. [...]. Ahora, creía, que tenía que dejarlo [el realismo]. A menos que estuviera dispuesto a aceptar una alternativa increíble, tenía que admitir que la mente no era un epifenómeno recién llegado, que todo el universo era, en último extremo, mental, que nuestra lógica era la participación en un logos cósmico».

Pronto Lewis se dio cuenta de que «Todos los libros empezaban a volverse en mi contra»: desde antiguos como Platón, Esquilo o Virgilio, a modernos como McDonald, Chesterton, Johnson, Spenser, Milton, Donne, Thomas Browne, George Herbert, etc., todos eran religiosos, peor aún, cristianos. Paralelamente, los escritores no cristianos empezaron a resultarle cada vez menos interesantes.

Tras comenzar a dar clases en Oxford, hizo una gran amistad con el profesor y escritor J. R. R. Tolkien (católico y catedrático de literatura anglosajona en Oxford desde 1925), que discutió ampliamente con Lewis la relación entre los mitos «paganos» y el cristianismo. Lewis conoció a Tolkien hacia 1927 y ambos empezaron a reunirse regularmente y leerse sus escritos, forjando una intensa amistad. De ahí vendría la formación, a principios de los 30, de «The Inklings», que se reunían los jueves por la tarde en las habitaciones de Lewis en el Magdalen College y también los martes por la mañana en el pub «The eagle and child». Al grupo se unieron también Warren, Barfield, Hugo Dyson, Charles Williams y otros más. Las reuniones formales de los jueves, dejarían de realizarse en 1949; mientras que las de la mañana seguirían, sin embargo, hasta la muerte de Lewis.
El «converso más remiso de Inglaterra» se convierte en «apóstol de los escépticos»
El pensamiento de Lewis fue evolucionando hacia posturas más teístas. Adoptó un hegelianismo aguado que pronto pasó a convertirse en berkelianismo. Lewis hablaba de Dios, sin llamarle así, sino «Espíritu» y diferenciándole del «Dios de la religión popular». Pero según intentaba vivir día a día con su filosófico Dios, Lewis veía con horror que éste se iba tornando más real y que era más difícil distanciarlo del «Dios de la religión popular». Finalmente, en 1929, Lewis se convirtió plenamente al teísmo.

Uno de sus compañeros de búsqueda espiritual en ese momento era Alan Griffiths, alumno suyo, con quien mantenía correspondencia. Ambos eran teístas y estaban interesados por indagar sobre la religión.2 Tras las polémicas con Barfield, incluso los antiguos mitos paganos eran tratados con «una actitud más respetuosa»; pero miles de religiones les rodeaban. ¿Cómo orientarse en esa confusión?

Según escribió a Greeves, fueron Dyson y Tolkien quienes llevaron a Lewis a apreciar las semejanzas entre el cristianismo y los mitos, y resolver su vieja cuestión sobre la verdadera religión. A partir de ahí, Lewis consideraría el cristianismo como el cumplimiento de las aspiraciones ansiadas y soñadas en los mitos. El cristianismo es un «mito verdadero», un mito que «ocurrió realmente» en la historia.

La noche del 19 de septiembre de 1931, Lewis tuvo una larga charla con Tolkien y Dyson sobre estos temas. El día 28 fue con Warren al Zoo de Whipsnade «Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, y cuando llegamos al zoológico, sí». El encuentro con el Dios «cristiano» fue el fin del interés por la alegría, para Lewis había sido un indicio, una pista, apuntando al Dios perdido.

El 24 de septiembre de 1929 murió de cáncer Albert Lewis. Los dos hermanos estaban definitivamente solos.

Siempre habían sido buenos compañeros y ahora que Lewis regresaba al cristianismo, al que también, por su propio camino, se había acercado Warren en 1930, volvían a estar juntos. El dinero dejado por su padre sirvió para comprar una casa (The Kilns) en 1930. Finalmente, en 1932, Warren se retiró del ejército como mayor y fue a vivir con Lewis y la familia Moore. Warren era un gran aficionado a la historia del siglo XVII francés, y llegó a publicar hasta diez libros.

Además, Warren ayudó a su hermano como secretario. Tras su muerte, editó una colección de cartas de su hermano y publicó una voluminosa historia de la familia Lewis y su diario personal.

Tras su conversión al cristianismo, C. S. Lewis preparó su primera obra de apología del cristianismo, un tanto autobiográfica, en 1933, El regreso del peregrino (el título recordaba el clásico de Bunyan, El progreso del peregrino). Su siguiente obra, en 1936, estaría dedicada a su campo de estudio literario profesional, La alegoría del amor. Un estudio sobre la tradición medieval, que le reportaría un notable prestigio académico.

Fueron éstos los años dorados de los Inklings. Uno de ellos, Charles Williams, autor de libros que podrían considerarse como fantasías religiosas, influiría en obras posteriores de Lewis. Entre los libros que se leían estuvo El Señor de los anillos de Tolkien y obras de ciencia-ficción y apologética de Lewis. Era éste un ambiente muy peculiar, lleno de conversación, teología, filosofía, literatura, cerveza, té, tabaco y buen humor. Lewis llegaría a decir que allí pasaba sus horas más felices. Era un ambiente masculino, que favoreció la leyenda de un Lewis misógino y desconocedor de las mujeres. Esto no debe extrañar en la sociedad británica de entreguerras donde pervivían los colegios privados masculinos, clubes sólo para hombres y pubs en los que una mujer nunca pondría los pies.

Sin embargo, Lewis tenía mucha más vida social, entablando gran amistad con la poetisa Ruth Pitter (convertida al cristianismo tras las charlas de Lewis en la BBC), la escritora Dorothy Sayers, la monja anglicana Hermana Penelope (Lawson) y otras mujeres, a pesar de algunas expresiones despectivas en sus obras hacia el sexo femenino.

Lewis y Tolkien eran grandes lectores de ciencia-ficción. En los años 30 llegaron a un curioso acuerdo, Lewis escribiría sobre viajes en el espacio y Tolkien sobre viajes en el tiempo. De ahí salieron la trilogía Ramson de Lewis, y una obra no publicada de Tolkien, El camino perdido, en el que los personajes se trasladan desde el siglo XX al mundo mítico de Tolkien, más conocido por otras de sus obras como El señor de los anillos. Las aventuras de Ramson (publicadas en 1938-1945) describen los viajes de este personaje por el sistema solar, que descubre que la Tierra es el único planeta «caído» en el pecado y dominado por el diablo.

La recepción de sus obras de ciencia-ficción fue limitada hasta el éxito de Cartas del diablo a su sobrino en 1942, en las que el viejo diablo Screwtape, aconseja a su joven sobrino sobre la mejor manera de tentar a un humano.3

Mientras, Lewis publicó una obra en la que profundizaba en uno de los temas teológicos que le habían preocupado, y a la que imprimió un carácter apologético que repetiría después en muchas obras más: El problema del dolor apareció en 1940. Allí Lewis se mostraría como un decidido defensor de la doctrina cristiana. Esto le hizo muy conocido y fue llamado a dar conferencias, en especial para los pilotos de la fuerza aérea (R.A.F.), lo que le llevó a viajar por varias bases aéreas, perfilando así una apologética de claro enfoque popular. La fama de Lewis como apologista llegó hasta el punto de que, ya en 1949, se publicó un libro titulado C. S. Lewis: apóstol de los escépticos (por el estadounidense Chad Walsh).

Pero el primer peldaño hacia el gran éxito no lo dieron sus libros, sino la radio. En 1939 comenzaba la segunda Guerra Mundial y, ante el avance nazi por toda Europa, Gran Bretaña se convirtió en el último bastión de Europa Occidental.

El éxito, aunque limitado, de sus obras anteriores, y una mayor apertura hacia la reflexión espiritual propiciada por una situación de crisis como la guerra, abrieron la puerta. El 7 de febrero de 1941, el director de programas religiosos de la BBC, impresionado tras leer El problema del dolor, le propuso hacer una serie de programas de radio sobre el cristianismo. Lewis contestó: «De lo que quiero hablar es de la ley natural o del bien y del mal. Pienso que el Nuevo Testamento, predicando arrepentimiento y absoluciones, cuenta con una audiencia que ya cree en la ley natural y que es consciente de su desobediencia a dicha ley. En la Inglaterra moderna no se debería dar esto por supuesto y por tanto la mayoría de los arrepentidos empiezan en una posición demasiado adelantada. El primer paso es crear, o recuperar, el sentido de culpa» (Hooper, W. y Green, R. L. C. S. Lewis: A biography, 1974).

Las charlas fueron en agosto, los miércoles, de 19:45 a 20:00 h.: Correcto e incorrecto: ¿una clave del significado del universo? Posteriormente grabó: ¿Que creen los cristianos?, Comportamiento cristiano y Más allá de la personalidad. Con ese material Lewis redactó Mero cristianismo (1952).

Paralelamente, en 1942 se formó en Oxford el Club Socrático para discutir, creyentes y no creyentes, «los pros y los contras de la religión cristiana». Lewis fue su presidente hasta 1955. Fue en ese contexto donde la filósofa católica G. E. M. Anscombe criticó el capítulo 3 de Los Milagros en un famoso debate en 1948).

Una nueva incursión en el género teológico-fantástico fue El gran divorcio, en 1945. En aquellos años de guerra, los hermanos Lewis recibieron varios niños de Londres refugiados por los bombardeos aéreos, como ocurriría después a los cuatro protagonistas infantiles de El león, la bruja y el armario (1950), que encuentran un armario que les abre un mundo fantástico: Narnia. Finalmente fueron siete las conocidas como «Crónicas de Narnia» que Lewis publicó a lo largo de los años 50, con un gran éxito entre el público infantil hasta nuestros días. El personaje central es Aslan, un león cuya actividad en Narnia resulta un paralelo de Jesucristo.
Del amor a la pena y más allá
El 10 de enero de 1950 llegó a Lewis la carta de una nueva admiradora norteamericana, Helen Joy Davidman. Joy había nacido en New York en 1915, hija de emigrantes judíos euro-peos. El abuelo paterno había sido un judío ortodoxo, pero su padre se hizo ateo. La familia materna sólo mantenía una práctica externa de judaísmo.

Durante su adolescencia, Joy adoptó un ateísmo militante, y decidió vivir para el hedonismo: «[...]. Yo fui atea e hija de un ateo; asumí que la ciencia había refutado a Dios, al igual que asumí que la ciencia había probado que la materia era indestructible...[...]».

Sin embargo, sus primeros poemas estaban llenos de referencias religiosas, aunque fuesen críticas. Una de sus historias, Apostata, recibió el premio de relato corto Bernard Cohen (1934). Tras estudiar en la Universidad de Columbia, se convirtió en profesora de inglés, viviendo los años desesperados de los EE.UU. de la Gran Depresión. Entonces muchos miraban al modelo comunista soviético como alternativa ante la crisis del capitalismo. Paralelamente, el arte soviético (literatura, música, cine, etc.) también despertaba admiración.

Varios profesores entraron en el partido comunista, donde también ingresó Joy en 1938. En 1937, abandonó el puesto de profesora para dedicarse a escribir su primera novela, Anya. Sus ideas políticas se reflejarían, sin embargo, más en su poesía, parte de la cual aparecería en la revista comunista Nuevas Masas. En 1938 publicó un libro de poemas: Carta a un camarada, que ganó el Premio Russell Loines del Instituto Nacional de Artes y Letras. Sus éxitos también le valieron un puesto como periodista en Nuevas Masas.

En 1940 se publicó Anya con gran éxito, mientras los acontecimientos políticos se precipitaban. El general Franco había vencido en España, y Europa se precipitaba en la II Guerra Mundial. Joy, dispuesta a apoyar aún más la causa comunista, se incorporó a la Liga de Escritores Norteamericanos, entre cuyos objetivos estaba la lucha contra el fascismo.

Ciento cincuenta poetas publicaron un libro de poemas, entre ellos William Lindsay Gresham (Bill). Nacido en Baltimore (Maryland) en 1909, sus padres se trasladaron posteriormente a New York y se separaron. Bill desempeñó todo tipo de trabajos, desde cantante de folk a comentarista de música, cine y libros en el Evening Post. Tras un breve matrimonio y la muerte de su mejor amigo en la Guerra Civil Española, Bill, que ya era miembro del Partido Comunista, se alistó. Pasó más de un año en España, sin llegar a entrar en combate y asistió al caos en el que se convirtió el bando republicano al final de la guerra: «Volví a casa con la amargura de una guerra perdida, un ligero ataque de tuberculosis, y una larga pesadilla de conflictos neuróticos».

Insatisfecho con su vida y crítico con el partido, acudió a un psicoanalista, pero su situación empeoró hasta intentar suicidarse. Después, empezó un curso de psicoanálisis y pasó a una intensa búsqueda espiritual, desde las prácticas de meditación oriental al tarot. A pesar de su inestabilidad, Joy se enamoró de él y se casaron en 1942.

Los problemas empezaron inmediatamente, a los escasos ingresos de las actividades literarias de la pareja se sumaron los continuos gastos del psicoanálisis y la cada vez mayor afición de Bill por la bebida. Las dificultades no disminuyeron con el nacimiento de su primer hijo, David, en 1944. Joy se distanciaba cada vez más del partido, y finalmente, dejó Nuevas Masas en 1945. A finales del mismo año nació Douglas. Mientras, entre el alcohol y una aventura extramatrimonial, Bill intentaba escribir la novela Callejón de pesadilla.

En un intento por evitar las continuas recaídas de Bill en la bebida y la infidelidad, Joy le convenció para alejarse de la ciudad y vivir en el campo. Pero su alcoholismo continuó y empezó a hacerse violento, golpeando a ella y a los niños. Un día de 1946 que Bill fue a New York, llamó a Joy en un estado de nervios lamentable y, finalmente, colgó. Al llegar la noche, sin noticias, Joy se sintió desesperada y acabó orando.

Cuando llegó Bill, ambos comenzaron a estudiar las religiones. Ayudados por las obras de C. S. Lewis, comenzaron un acercamiento al cristianismo. Finalmente la novela de Bill se publicó en 1946. El éxito fue mayor del esperado, y la Twentieth Century Fox compró los derechos para realizar una película que se estrenó al año siguiente. La nueva situación económica les permitió trasladarse a una casa mayor.

Joy empezó su segunda novela Bahía del llanto, mientras Bill escribía Torre del limbo, al tiempo que vencía su alcoholismo. En 1948, los cuatro ingresaron en la iglesia presbiteriana.

Al año siguiente, la historia de Joy apareció en el periódico New York Post (Una mujer comunista: historia íntima de ocho años en el partido). Joy criticaba el marxismo en estos términos: «No se trata de unos hombres malos pervirtiendo una buena filosofía... sino de una filosofía corrupta pervirtiendo a muchas personas que empiezan siendo excepcionalmente buenas y desinteresadas». Sus testimonios aparecieron en 1951: El rodeo más largo (Joy) y De comunista a cristiano (Bill).

Pero Bill era demasiado inquieto como para estabilizarse, pronto volvió a sus variados intereses espirituales, desde el esoterismo a diversas religiones orientales. Lo peor fue que también volvió a la infidelidad. Dadas la circunstancias, Joy pensó que sería bueno tener un tiempo de separación y decidió viajar a Inglaterra, dejando a su familia al cuidado de su prima, Renée Pierce, que intentaba escapar con sus hijos de su violento y borracho marido. Así Joy llegó a Inglaterra en 1952. Su primera entrevista con Lewis fue el 24 septiembre.

Esas navidades visitó a los Lewis en su casa. Precisamente en esos días llegó una carta de Bill anunciado que estaba enamorado de Renée y quería el divorcio. Lewis aconsejó a Joy aceptarlo.

A su regreso a EE.UU. en enero de 1953, Joy encontró a Bill en uno de sus ataques violentos tras emborracharse. El divorcio de Joy fue paralelo al de Renée, que se casó con Bill en 1954. A finales de 1953, Joy se trasladó a Inglaterra con sus dos hijos, instalándose en Londres y visitando los tres a los Lewis en navidades. Pero la vida en Londres iba a ser difícil, en especial dada la irregularidad en los pagos de la pensión por parte de Bill.

Estos momentos difíciles para Joy coincidieron con algunos de los mayores triunfos académicos de Lewis. En 1954 terminó su monumental volumen Literatura inglesa en el siglo XVI para la Historia de la literatura Inglesa de Oxford. En ese mismo año aceptó la Cátedra de Literatura Medieval y Renacentista en Cambridge, pasando al Magdalene College de esta universidad en 1955. Sin embargo, los años posteriores a la II Guerra Mundial fueron, paralelamente a su éxitos literarios, el fin de algunas de sus amistades como la de Tolkien. Narnia no era el tipo de perfecto submundo de creación que Tolkien admiraba y la apologética popular de Lewis tampoco era de su gusto. Las relaciones se fueron enfriando progresivamente.

En 1955 se publicó la última obra de ficción de Lewis: Mientras no tengamos rostro, que sería su favorita. Se trata de su obra más alegórica, basada en un mito clásico, Eros (el amor, hijo de Venus) y Psyque (el alma), con elementos cristianos. Es una de sus obras más complejas, que puede recibir muchas interpretaciones (no todas incompatibles), entre las que se encuentra la búsqueda platónica del alma por el amor divino. La reflexión sobre los amores humanos continuó en unas charlas que Lewis grabó para emitirse en EE.UU. con el tema Los cuatro amores (1958), publicadas en 1960. En esas obras, y en Cautivado por la alegría, parece que Joy jugó un importante papel aconsejando a Lewis.

En 1955, Joy se trasladó a Oxford, muy cerca de la casa de Lewis, de forma que podían visitarse a diario. Ese año, Joy publicó un libro sobre los diez mandamientos, Humo en la montaña, que tuvo un prólogo de Lewis. La relación se fue estrechando para disgusto de muchos de los amigos y admiradores de Lewis, que no simpatizaban con aquella judía, ex-comunista y divorciada. Por si fuera poco, su llano y desinhibido lenguaje norteamericano, resultaba un tanto chocante para el ambiente británico de Oxford. Además, Lewis, que había rechazado introducir temas personales en las relaciones con sus amigos, no iba a conseguir imponer a Joy a los demás que habían tenido que dejar, desde siempre, sus esposas en casa.

A principios de 1956, el Ministerio del Interior denegó a Joy la renovación del permiso de residencia y, para evitar su vuelta a los EE.UU., Lewis se casó con ella en la Oficina de Registro de Oxford el 23 de abril de 1956. Según él, era una pura formalidad realizada para ayudar a una amiga, sin más pretensiones. Pero, el 19 de octubre, Joy fue ingresada en un hospital donde le detectaron cáncer de huesos. Lewis no se echó atrás, se dio cuenta que tenía que cuidar de Joy y que su relación debía formalizarse. Ambos querían una boda religiosa; sin embargo, el obispo anglicano de Oxford no podía permitirlo: Joy era una mujer divorciada y no se aceptaba que volviese a casarse. Pero para Lewis, además del hecho de que Bill era un alcohólico violento y reiteradamente infiel a Joy, había buenas razones para no considerar el matrimonio de Joy como válido desde un punto de vista cristiano: ambos se habían casado antes de ser cristianos y sin una ceremonia religiosa, es más, Bill había estado casado anteriormente otras dos veces. Pero estos argumentos no eran muy efectivos en el entorno anglicano, que consideraba válido un matrimonio civil. Ante la grave situación de Joy, Lewis dejó de preocuparse por lo que otros pudieran pensar y, en diciembre, anunció su pasado matrimonio en The Times, para sorpresa de muchos de sus amigos. Finalmente, un sacerdote anglicano, ex-alumno de Lewis, Peter Bide, los casó en una sencilla ceremonia en el hospital el 21 de marzo 1957, al tiempo que pedía por la recuperación de Joy.

Fascinantemente, la enfermedad se detuvo durante tres años, hasta el punto de que pudieron viajar a Irlanda para unas vacaciones en 1958.

Los años 1958 y 1959 fueron felices para ambos. Pero el cáncer reapareció en octubre de 1959. Antes de que el estado de Joy empeorase, realizaron un viaje a Grecia en abril de 1960, junto a June y Roger Lancelyn Green. Estos días fueron de gran alegría para ambos; pero, a la vuelta, el cáncer esperaba de nuevo. Joy se sometió a una mastectomía que detuvo el cáncer temporalmente. Finalmente, el cáncer se extendió y Joy murió el 13 de julio de 1960. «Cáncer, cáncer, y cáncer. Mi madre, mi padre, mi mujer. Me pregunto quién será el siguiente en la lista». Lewis quedó muy abatido tras la muerte de Joy; su lucha con Dios y la renovación de su esperanza pueden seguirse en una especie de diario: Una pena observada, publicada bajo seudónimo en 1961 (Texto 8). Después aparecieron algunas obras más: La imagen descartada: introducción a la literatura medieval y renacentista, 1964 (en las que describe la cosmovisión de esas épocas con gran entusiasmo y despliegue de erudición) y Cartas a Malcolm, 1964 (reflexiones sobre la oración).

Pero la salud de Lewis había empezado a resentirse durante la enfermedad de Joy, apareciendo osteoporosis y alta tensión. En 1961 se encontraba demasiado enfermo para someterse a la operación de próstata que necesitaba. En julio de 1963 quedó en coma 24 horas tras un ataque al corazón.

Ya recuperado comentó: «Después de haber sido conducido tan suavemente y sin ningún dolor hasta la Puerta, resulta duro ver que se cierra ante las propias narices, sabiendo que habré de pasar otra vez por el mismo proceso algún día, ¡y quizás de una forma mucho menos placentera! ¡Pobre Lázaro! Pero Dios sabe lo que hace».

En aquel verano, Lewis recibió la visita de Walter Hooper, seminarista episcopaliano estadounidense de 32 años, que se encontraba en Oxford en un curso de verano.

Posteriormente, Hooper (ordenado sacerdote en 1965 y convertido al catolicismo en 1988) se encargaría de las publicaciones póstumas de Lewis. Recientemente, sus actividades han dado lugar a una acalorada polémica.

Lewis mejoró transitoriamente y Hooper, que le había acompañado y ayudado como secretario durante el verano, volvió a EE.UU. El 22 de noviembre Lewis murió en su casa, el mismo día que J. F. Kennedy y A. Huxley. Su tumba está en el cementerio de la iglesia de la Santísima Trinidad, Headington Quarry.

Warren le sobrevivió diez años más. En 1973 fue enterrado con C. S. Lewis. Sus documentos cruzaron el océano y pasaron a la colección del Dr. Clyde S. Kilby, en el Wheaton College, Illinois, EE.UU. Los hermanos Lewis habían cruzado la puerta, esta vez definitivamente. Desde entonces, la leyenda se agranda continuamente.


1 Los padres de Greeves asistían a la Iglesia de Hermanos. Sin embargo, él osciló entre distintas creencias religiosas.

2 Griffiths también se convirtió al cristianismo, como monje católico.


3 En esa correspondencia, se utiliza un lenguaje invertido, en el que Dios es el Enemigo y el demonio, Nuestro Padre de las Profundidades.

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