Nació en Cúllar Vega (Granada) en 1961. Es autor de “Los días subterráneos”, “La hélice entre los sargazos”, “Nubes de piedra” -libros de relatos publicados en






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títuloNació en Cúllar Vega (Granada) en 1961. Es autor de “Los días subterráneos”, “La hélice entre los sargazos”, “Nubes de piedra” -libros de relatos publicados en
fecha de publicación29.05.2015
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Ángel Olgoso nació en Cúllar Vega (Granada) en 1961. Es autor de “Los días subterráneos”, “La hélice entre los sargazos”, “Nubes de piedra” -libros de relatos publicados en ediciones no venales-, “Granada, año 2039 y otros relatos” (Ed. Comares), “Cuentos de otro mundo” (Ed. Dauro), “El vuelo del pájaro elefante” (Ed. Cuadernos del Vigía) y “Los demonios del lugar” (Ed. Almuzara).
Entre sus galardones cabe destacar el Premio de la Feria del Libro de Almería, el Certamen de Literatura Erótica “Gruta de las Maravillas” de la Fundación Juan Ramón Jiménez, el Premio Caja España de Libros de Cuentos, el Premio Internacional de Cuentos Ilustrados de la Diputación de Badajoz, el Premio Clarín de relatos convocado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el Certamen de Cuento Marco Fabio Quintiliano y el Premio de Literatura de Terror Villa de Maracena. Ha sido finalista del Certamen Gustavo Adolfo Bécquer de la Junta de Andalucía, del Premio de Relatos Alfonso Grosso, del Premio NH de Relatos, del Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza y del Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción “Premio Axxón” en Argentina.
Es, además, fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis y miembro de la “Amateur Mendicant Society” de estudios holmesianos.
Relatos suyos se han incluido en “Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español” (Ed. Páginas de Espuma), “Cuentos del alambre. Antología de nuevos cuentistas granadinos” (Ed. Traspiés), “Noche de Relatos” (NH Hoteles), “Grandes minicuentos fantásticos” (Ed. Alfaguara), “Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera” (Ed. Montesinos), “Granada 1936. Relatos de la guerra civil” (CajaGranada) y “Cuento vivo de Andalucía” (Univ. de Guadalajara, México). También ha publicado relatos en las revistas digitales Relatocorto, The Barcelona Review, Narrativas (España), Ficticia (México), Axxón, El ruido de las nueces, Axolotl (Argentina), Letralia (Venezuela) y Arenas Blancas (Nuevo México).
Ha sido traducido al inglés y al alemán.

 

 

LA MUJER TRANSPARENTE 

La mujer se desnuda, unta de miel todo su cuerpo con minuciosidad, se revuelca a conciencia en un montón de trigo dispuesto en el pajar, recoge parsimoniosamente los granos pegados a la piel, uno por uno, y elabora con ellos una sabrosa torta que dará a comer al hombre cuando regrese. Con la leña del horno arden también pasadas aflicciones y crueldades, se queman una vez más temores y egoísmos, las lágrimas estallan de nuevo entre chispas esparciendo un fragante aroma que perfuma la casa como si fuese incienso. Los ojos de la mujer, vigilantes y esperanzados, se dirigen a la entrada y su corazón late con una fuerza que parece ensanchar las puertas. Se ha soltado la cinta del pelo y ha adornado la mesa con flores en torno al pastel incitador. Cuando el hombre llega, pasa ante la mujer sin detenerse y sin mirarla, anunciando que viene comido.

 

EL ESPEJO 

El barbero tijereteaba sin descanso. El barbero afilaba una y otra vez la navaja en el asentador. Clientes de toda laya acudían al local, abarrotándolo. El barbero manejaba las tijeras, el peine y la navaja con velocísimos movimientos tentaculares. Ser barbero precisa de unas cualidades extremas, formidables, exige la briosa celeridad del esquilador y el tacto sutil del pianista. Sin transición, el barbero despojaba a la nutrida clientela de sus largos mechones, de sus desparejas pelambres, señalizaba lindes en el blanco cuero cabelludo, se internaba en sus orejas y en sus fosas nasales, sonreía, pronunciaba las palabras justas, apreciaciones que sabía no serían respondidas, mientras los clientes miraban sin mirar el progreso de su corte en el espejo, coronillas, nucas, barbas cerradas, sotabarbas, patillas de distinta magnitud, luchanas, cabellos que planeaban incesantemente en el aire antes de caer formando ingrávidas montañas: el barbero nunca imaginó que el pelo de los cadáveres pudiera crecer con tanta rapidez bajo tierra.

 

 

LOS BAJÍOS 

Se untan con pomadas para cicatrizar las terribles grietas que deja en su piel la humedad constante y reblandecedora. Frotan sin piedad sus uñas con estropajos y perfuman su cuerpo con artemisa y lavanda para enmascarar el hedor a pescado. Toman infusiones con miel para suavizar sus destrozadas cuerdas vocales. Pero el efecto es poco duradero: ningún emplasto las libra del dolor de garganta, de las profundas estrías, del sabor submarino a algas que prevalece sobre cualquier empeño. Y, rendidas, vuelven disciplinadamente a su ocupación, como bestias uncidas al yugo, como esos niños con las orejas clavadas al banco de trabajo en la fábrica, regresan a su puesto en esta isla rocosa sin discutir la índole de su tarea, doce horas con el agua hasta la cintura, absortas entre las piedras infestadas de minúsculos cangrejos, percebes y pulgas de mar, en compañía de los cormoranes, de las flagelaciones de espuma, de la rutinaria pesadilla de las tormentas, del gemido agónico de los ahogados, siempre ojo avizor tras cualquier barco que cabotea cerca o hace ondear las velas, las grímpolas y las flámulas, llorando en silencio, soñando con subir a bordo y escapar lejos de estos bajíos, surcar las aguas crestadas de blanco hacia no importa qué país, perderse tierra adentro en un bosque de hayas, en un desierto quemado por el sol salvaje, en una atronadora ciudad, en las herbosas laderas de una montaña. Mientras tanto, la sombría marea baja les absorbe la vitalidad y sienten que su piel se va apagando como la de un lagarto que acabase de morir, ya no es más que un manchón de plata, con largos cabellos apresados en salitre y esa pronunciación de escamas abajo. Sin embargo, a pesar de todo, aún cantan con exquisita dulzura, quizá lo hagan al dictado de arcaicas servidumbres, pero cantan sin parar, aún cautivan, aún entonan promesas que atraerán irresistiblemente a marinos incautos.

 

ÁRBOLES AL PIE DE LA CAMA 

Volvía del trabajo, al anochecer, cansado, casi enfebrecido, cuando se me ocurrió que me gustaría ser un animalillo silvestre, que sabría administrar esa vida simple, limpia de la confusión y el alboroto de las preocupaciones, que podría acomodar con facilidad mi conciencia a ese estado ideal. Como una bendición, alguien, lejos de escamotear mi deseo, me dio la forma de una criatura peluda y diminuta y me soltó en el bosque. Era, como vi después, una vida descorazonadora: no sentía interés por otra cosa que no fuera acarrear alimentos, avariciosa e infatigablemente, hasta mi agujero al pie del tronco de un árbol podrido; los límites de cada territorio desencadenaban continuos litigios entre los habitantes de la fronda; las voces de los pájaros me ensordecían; los parásitos habían invadido mi pelambre; los apareamientos resultaban tan gravosos como los espulgos; y mis ojos revolaban de pánico en sus órbitas cada vez que presentía a los rapaces. Aquel desconsuelo, por fortuna, no duró demasiado. Un día se acercó con sigilo un trozo de oscuridad y, aunque husmeé su hedor a distancia y oí luego las pisadas y los furiosos ladridos, apenas tuve tiempo de entrever sus dientes cerrándose sobre mí.

 

 

LOS BUENOS CALDOS 

En la anochecida, cuando el extraño pasó a nuestro lado, le abrimos el cráneo con el grueso sarmiento que usamos en estas ocasiones. Un solo golpe, certero y sin rabia, nada más. El sombrero que el desconocido llevaba requintado en la cabeza rodó como a diez pasos. Mi hermano lo levantó del almagre y se lo puso en la suya. Sería un buen año aquel. Encendimos el candil. Su luz hizo rebrillar las palas. Nos remangamos y estudiamos con curiosidad el cuerpo durante unos segundos antes de enterrarlo al pie de una cepa, primorosamente, bien encamado en la hondura, como manda la tradición en vísperas de vendimia, para que su sangre retinte las uvas, para que su cecina nutra las raíces y rice los pámpanos, para que sus huesos den vigor a esta tierra requemada por la calígine y pongan a crecer el viñedo hasta que corran los jugos, nobles, únicos, virtuados por su secreto fermento.

 

 

LA QUINTA EXTINCIÓN 

El asteroide se aproxima a un pequeño planeta. Magnífico en sus dimensiones y en su velocidad vertiginosa, se ha ido desbarbando durante miles de años y sólo ahora el azar le permitirá morir, golpear la corteza del cuerpo verdiazul con una determinación suicida, con un apocalíptico bramido que se propagará al instante a través de su atmósfera. Pero, contra toda lógica, desviado paulatina e imperceptiblemente de su trayectoria, el asteroide roza, sobrepasa el punto de mínima distancia y escapa de la atracción del planeta. Después su estela se pierde en el vacío, en dirección a los sargazos de viejas nebulosas. Para los seres del pequeño planeta no ha sido más que un brevísimo destello, un parpadeo a destiempo, el latido de una vena en la frente del cielo. Ajenos al peligro, indiferentes al artífice de otro posible destino, los dinosaurios no interrumpen sus premiosas luchas, pastan o devoran, procrean, persisten como amos en su mundo armónico, silencioso e inabarcable, mientras los diminutos mamíferos que huronean y se ocultan entre las grietas nunca tendrán la menor oportunidad.

ESPACIO

Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias.

Escribí una novela de trescientas páginas y no cabía ni un alfiler, todo se hacinaba en aquella sórdida ratonera, había codazos y campos minados, multitudes errantes que morían y volvían a nacer, cargamentos extraviados, hechos que se enroscaban y desenroscaban como una tenia infinita, los temas eran desangrados a conciencia en busca de la última gota, no prosperaba el aire fresco, se sucedían peligrosas estampidas formadas por miles de detalles intrascendentes, el piso de este caos ubicuo y sofocador estaba cubierto con el aserrín de los mismos pensamientos molidos una y otra vez, los árboles eran genealógicos, los lugares, comunes, y las palabras pesados balines de plomo que se amontonaban implacablemente sobre el lector agónico hasta enterrarlo.

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