Sergio Chejfec es un nuevo punto de partida (Beatriz Sarlo)






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fecha de publicación12.07.2015
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Sergio Chejfec

La experiencia dramática

Candaya Narrativa 22

ISBN: 978-84-938903-6-0

172 págs. 21X14cm

PVP 15 €
Sergio Chejfec es un nuevo punto de partida (Beatriz Sarlo)





LA OBRA: LA EXPERIENCIA DRAMÁTICA

Rose y Félix se encuentran una vez por semana en una ciudad anónima para pasear y conversar. Nada los alienta ni los extravía tanto como esos diálogos escenificados a los que se someten en bares o durante incansables caminatas urbanas. Aunque no lo mencionen, luego de cada encuentro Rose y Félix tienen la extraña sensación de haber dicho más de lo que esperaban y menos de lo que querían decir. La experiencia pasada y los pliegues del presente suscitan, sin formularlas, un mismo tipo de preguntas: ¿Actuar la vida es la única forma de vivirla? ¿Es menos verdadera cuando se la representa?
En los últimos tiempos, le dan vueltas sobre todo a una cuestión, que les lleva a valorar, desde una inesperada perspectiva, su propio pasado y la historia de algunos seres cercanos: Rose es una actriz vocacional y en sus clases de interpretación debe revivir la experiencia más dramática de su vida. Pero no sabe cuál es. ¿Tiene que haber sido dramática en el momento en que se produjo? ¿Puede haber adquirido su dramatismo después? ¿Es un solo momento agudo y definitivo? ¿Se trata de una sucesión de hechos tristes que se encadenan?
El narrador propone un fascinante ejercicio de intensidad tanto teatral como descriptiva, en cuyo desarrollo se van suscitando enigmas y vacilaciones acerca de lo efectivamente ocurrido. En La experiencia dramática, se narra un diálogo pero, ante todo, se representa, y esa es una de las fascinantes paradojas de la novela, la imposibilidad de comunicación: el miedo a quedarse sin temas, el peso sólido de los silencios, las intervenciones que se convierten en inesperados soliloquios, frases que son eslóganes para salir del paso, el cruce de lógicas desvinculadas y provenientes de órdenes de pensamiento distintos...

Como Mis dos mundos (que se ha convertido ya en un libro de culto), La experiencia dramática es una novela sobre el caminar a la manera de Walser, Sebald o Magris. La historia se va desarrollando al compás del deambular de los personajes y de los juegos de espacios que recorren. Un caminar que, al ser ahora compartido, proporciona el placer secreto de abandonarse a la ruta que el otro decide y propicia aquello en lo que Sergio Chejfec es un maestro indiscutible: la escenificación del pensamiento, en el que minuciosos y a menudo aleatorios detalles sirven sobre todo para corporeizar conceptos y construir abstracciones.

Los borrosos límites entre realidad y representación, la memoria y sus extraños resortes, la sorda devastación del desarraigo o el intento de explicar cómo las nuevas formas de comunicación tecnológica (google maps, especialmente) han alterado nuestra forma de percibir el mundo, son algunas de las inciertas, pero sugestivas reflexiones que Félix, autorretrato intelectual de Sergio Chejfec, comparte con el lector.
La experiencia dramática es asimismo la crónica de una peculiar mirada, la mirada de dos paseantes, que el autor define como navegantes de la soledad y que, tal vez por eso, se sienten especialmente atraídos por los paisajes de desolación embellecida de la ciudad postindustrial. Pero es, sobre todo, una novela sobre la mirada a los otros, al escurridizo interior de los otros, que puede adivinarse en un gesto mínimo, en una pequeña reacción aparentemente intrascendente. Y esos otros (Félix, Rose, el marido de Rose, el hermano del marido de Rose) son los hombres sin atributos del siglo XXI: el extranjero que se inventa una mujer que no existe para no acentuar su sensación de desamparo; la mujer que se aísla de todos el día de su boda, cuando toda su atención se ve extrañamente absorbida por un juguete de lata no más grande que su mano; el ser borroso al que sólo define su constancia en mantener la voluntad menguada; el moribundo, al que ya no le queda ni pasado ni futuro. De ahí la relevancia de esta novela, que como todas las de Chejfec, sólo es posible leer entregándose al influjo hipnótico de una estética minimalista y muy personal, un exigente ejercicio de intensidad, en el que cualquier imagen y esbozo suscitan un torrente de enigmas e ideas estimulantes.

Novela de atmósferas densas y de historias reducidas, La experiencia dramática deja la sensación de haber asistido a un prolongado momento escénico que solamente dura en la sensibilidad del lector.

Afincado fuera de su país desde 1990, el argentino Chejfec representa una de las escrituras novelísticas más intrigantes y sólidas en el panorama del castellano actual. 

EL AUTOR: SERGIO CHEJFEC



Sergio Chejfec nació en Buenos Aires en 1956. Entre 1990 y 2005 vivió en Caracas y desde entonces reside en Nueva York. 

Ha publicado las novelas: Lenta biografía (1990), Moral (1990), El aire (1992), Cinco (1996), El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999), Boca de lobo (2000), Los incompletos (2004), Baroni: un viaje (2007; Candaya, 2010), Mis dos mundos (Candaya, 2008) y La experiencia dramática (2012, Candaya 2013). Es autor también de los libros de poemas: Tres poemas y una merced (2002) y Gallos y huesos (2003), y del libro de ensayos El punto vacilante (2005).

Es uno de los autores más sólidos y prestigiosos del nuevo canon de la literatura argentina y su obra narrativa ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués y hebreo. En Sergio Chejfec. Trayectorias de una escritura (Edición de Dianna C. Niebyski), quince autores de diferentes nacionalidades analizan la totalidad de su obra.

DE LA LITERATURA DE SERGIO CHEJFEC LA CRÍTICA HA DICHO:

En repetidas ocasiones, Enrique Vila-Matas ha expresado su admiración por la literatura de Sergio Chejfec e incluso lo ha convertido en personaje de sus dos últimos libros: Chet Baker piensa en su arte y Aire de Dylan.

“El último libro que he leído y que, por cierto, me ha interesado enormemente ha sido Mis dos mundos (Candaya, 2008) de Sergio Chejfec. En él se desarrolla la crónica de un paseante, de un caminador, en la línea de Walser, Magris o Sebald. Un buenísimo escritor, no puedo contenerme” (Enrique Vila-Matas, Hermano Cerdo) “El argentino Sergio Chejfec se debate entre las estrategias novelísticas presumiblemente antagónicas de Joyce y de Simenon. Entre la narración como arte y como discurso. El mundo interior y el exterior. En su novela Mis dos mundos se muestra cómplice de ambas tendencias y las combina abriéndose a prometedores territorios literarios” (Enrique Vila-Matas, Babelia, El País).

“La capacidad de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956) de dotar de materia y cuerpo a los pensamientos y elucubraciones de los personajes de sus novelas lo ha colocado en el selecto grupo de los escritores argentinos más respetados dentro y fuera de su país. La traducción al inglés de Mis dos mundos en la prestigiosa editorial estadounidense Open Letter Books no para de acaparar alabanzas. Con La experiencia dramática que puede ser considerada la más teatral de sus novelas y no sólo por lo explícito de su título, Sergio Chejfec rompe cuatro años de silencio” (Antonio Jiménez Morató, Revista Eñe, Diario Clarín).

“Barthes decía que la literatura debería obstinarse en resistir “a los discursos tipificados que la rodean”. Si es así debería ser algo muy parecido a lo que ha buscado de manera extrema Chejfec en esta novela (...) Chejfec se sitúa en la zona más tenue de la ficción. Trabaja con muy pocos elementos tradicionales que no utiliza de manera tradicional. La ciudad está descrita con una precisión plástica que no responde a la percepción real sino, precisamente, a algo que puede ser imaginado en un libro de imágenes. La ciudad es la escenografía de la caminata de los personajes” (Beatriz Sarlo, Diario Perfil)

“Sergio Chejfec no es anecdótico. Me atrevo a decir que es uno de los pocos novelistas filósofos. En todos sus libros se reconoce un humor muy plácido, que vibra en el borde mismo de la seriedad y que contiene una dosis adicional de su oralidad cálida, vacilante y, a la vez, perfecta. Chjefec ejecuta rituales incomparables, en los que el azar aporta su ufano grano de sal” (Luis Chitarroni, Revista Eñe, Diario Clarín).

“En Lenta biografía, su primera novela, Sergio Chejfec se pregunta: “¿De qué manera algo intangible como el pensamiento se convierte en palabras?” Y a partir de allí toda su producción literaria girará en torno de esa pregunta. Los libros de Chejfec nos internan en un oscuro pantano de signos que signos que socavan todo tipo de certezas. El tiempo y el espacio son las coordenadas sobre las cuales se configura su particular forma de narrar. Sus personajes caminan y piensan, escuchan y asocian, avanzan y retroceden. La experiencia dramática, su décima novela, es como Glosa de Saer, una novela peripatética que transcurre como si se tratase de un larguísimo plano, en una secuencia de tiempo continuo” (Virginia Cosin, Revista Eñe. Diario Clarín).

“Comparar al narrador de La experiencia dramática con uno de los avatares de Dios no es del todo desatinado, sise recala en su invasivo e invisible modo de vigilar los pasos y pensamientos de la pareja protagonista (...) Hay en Chejfec una curiosidad no importada de niño prodigio, o de aprendiz de relojero, por saber cómo funcionan las cosas, los animales, las personas (...) En su literatura hay una voluntad de depurar el lenguaje para dejar en evidencia la arquitectura de un pensamiento. Su estilo es ante todo un ejercicio de precisión. La literatura de Chejfec es una suerte de eslabón perdido entre la magdalena proustiana y la puntillosidad del Nouveau roman. La desconfianza ante las certezas, las conclusiones rotundas, y las ideas clausuradas son una cualidad indiscutible del narrador de La experiencia dramática (...) Tal vez el mayor de los enigmas de la literatura de Chejfec sea el de no haber sido aún debidamente reconocido. Si bien el autor no juega con cartas fáciles –argumentos raquíticos, personajes incompletos que no predisponen a la identificación, prosa de una musicalidad poco pedagógica- es innegable que es un escritor con un proyecto y una poética singulares” (Débora Vázquez, ADN. La Nación).

ALGUNAS REFLEXIONES DE SERGIO CHEJFEC SOBRE SU ESCRITURA:

Mi obra es tentativa, va cambiando y derivando hacia cosas en las que antes no había pensado. No siento fidelidad hacia una estética en particular y mi formación fue un poco asistemática, es por eso que me parece que soy algo ecléctico. Sí creo en la idea del riesgo, lo llamo así por falta de una palabra mejor. No vale la pena escribir libros similares a otros, uno debe plantearse la creación como un desafío.

Siempre me ha interesado la literatura de los detalles, sólo que antes eran más indeterminados en su contexto. Creo que a veces mis libros proponen una especie de convivencia entre determinación e indeterminación, porque a mi entender en esa frontera es donde se produce la ficción, o por lo menos el tipo de ficción un poco abstracta y cavilante que me gusta ensayar.

No me interesa tanto cómo ocurren las cosas sino cómo se describen; y en la elaboración de esa descripción es donde encuentro la aventura narrativa que me atrae. Por eso mis textos son un poco reflexivos, con una leve inclinación a lo ensayístico. Sin embargo yo no opondría ensayismo y ficción. Creo que muchas veces contribuyen a establecer equilibrios variables. Hay una densidad que la ficción sola ya no puede crear, y viceversa. Me interesa intervenir en la frontera de ambos registros.

No me gustan las novelas convencionales, como tampoco las que se proponen ser correctas o sintonizar el momento, la moda, lo previsible...

No es cierto que la literatura deba ser simple porque es simple la realidad. La realidad nunca es simple, incluso si solo quisiéramos asignarle valores. Cuando más loca, enrevesada e incomprensible es una literatura, más honesta es con la realidad.

El idioma se demuestra más apto cuando puede decir lo máximo con lo menos. Me interesa hacer literatura con poco, porque esa escasez supone, efectivamente, una nueva posibilidad para el lector.

Idealmente, para mí el tiempo de la escritura debe coincidir con el de la acción. En la medida en que el relato es una explicitación del entendimiento y de la sensibilidad, el lector comparte el escenario con el narrador. El narrador se convierte en lector de sí mismo

TRES FRAGMENTOS DE LA EXPERIENCIA DRAMÁTICA

“No hace mucho, un párroco quiso graficar en la misa dominical la idea que tenía de Dios. Explicó que siempre se ha dicho que Dios está en todas par­tes y que acompaña a todo el mundo en todo mo­mento. Lo difícil, sugirió, es hacer tangible esa pre­sencia, ofrecer ejemplos prácticos que no dejen lugar a dudas. Hizo silencio y enseguida agregó que Dios es como los mapas en línea (dijo textualmente “Goo­gle Maps”). Puede observar desde arriba y desde los costados, es capaz de abarcar con la mirada un conti­nente o enfocarse en una casa, hasta hacer zoom so­bre el patio de una casa. Y así, como todos los pre­sentes en ese momento podían imaginar, nada escapaba a su vigilancia. Ahora bien, agregó, Dios funcionaba como los mapas digitales, pero mejor, porque no estaba reducido a la representación visual y sus distintas modalidades (mapa, relieve, tránsito, etc.): estaba en condiciones de abarcar literalmente todo, desde las voces y sonidos en el aire hasta los sentimientos más inconfesables, de un modo tal que podía prescindir de la visualización sin mayor pro­blema, cosa imposible para Google Maps. El párroco dibujó con la mano un gesto de advertencia, o acla­ración, y siguió diciendo que ello no significaba que los mapas digitales fueran equivalentes a Dios, sino que eran un ejemplo del, como dijo, funcionamiento divino de Dios. En ese momento se hizo nítido un murmullo, como si los asistentes repitieran para sí las últimas palabras del cura. Después, al igual que siem­pre, al término de la misa se formaron grupos en el pequeño atrio; y entre quienes conversaban algunos de cuando en cuando dirigían la vista hacia el cielo como si temieran lluvia.

Esta anécdota ha quedado grabada en la me­moria de Félix, la recuerda en cualquier circunstancia y cuando menos lo espera. En realidad son muy pocas las veces en las que piensa en Dios, y raramente en los términos usados por el párroco. En cambio sí piensa con frecuencia en los mapas digitales, en miradas su­periores y en acciones levemente trascendentales. Concibe los mapas en línea como aparatos escénicos de vigilia continua, dentro de los cuales se siente in­cluido más allá de lo que haga o dónde esté en deter­minado momento; y por la combinación que encar­nan entre observación insomne y fatal permanencia, se han convertido en un modelo de funcionamiento de la realidad diaria que le resulta muy inspirador. No piensa que desde la aparición de los mapas digitales su vida haya mejorado o sea menos indistinta, ni siquiera diferente, pero sí advierte que sus desplazamientos en general se han transformado en algo verificable por partida doble, como si en algún momento hubiese empezado a sembrar un rastro o halo electrónico y ahora tuviera a la mano una forma de asistir a lo que antes hacía pero no podía ver con sus propios ojos.”

(Páginas 7-8)

“A veces se internan en calles por las que nadie camina: un barrio de grandes galpones tipo industrial hace tiempo olvidados que muy de cuando en cuan­do recibe la visita de un auto. Son edificios gigantes y silenciosos, algunos con los ventanales rotos, gracias a los cuales aves de la ciudad y del extrarradio consi­guen refugio. Los pocos vehículos que aparecen se mueven despacio, como si no llegaran a encontrar el punto de destino frente a la desesperante repetición de perspectivas y fachadas.

En esta ocasión Rose teme que terminen lle­gando a ese barrio. Sabe que la zona es una de las preferidas de Félix, y más de una vez ella ha dirigido los pasos de ambos, sin que él lo advierta, a través de calles que en cierto momento y sorpresivamente de­rivan en el lugar, provocando en Félix una reacción de sorpresa, obvio, y también de alegría, similar, piensa Rose, a los gestos de los niños inesperada­mente recompensados. En gran parte debido a estas felices sorpresas es que Félix ha preferido desde un principio dejar los recorridos en manos de Rose. No sólo porque están en la ciudad de ella, sino porque le gusta someterse a su iniciativa y adoptar una acti­tud de pasividad, es una especie de gratitud sobreen­tendida y en ocasiones anticipatoria de los premios que ella le depara. Pero ahora es distinto. En el ba­rrio de los galpones Rose sentirá más frío, aparte lle­garán ahí cuando haya anochecido. La belleza del lugar, ya de por sí incierta y hasta equívoca, se habrá entonces replegado; en medio de la oscuridad noc­turna podrán verse los reflejos medio inertes de lu­ces esporádicas, muchas de ellas exhibiendo un ex­traño movimiento de sombras tras las zonas de estribaciones urbanizadas, dibujando con sus titila­ciones nuevos pozos de oscuridad.

Y es precisamente este paisaje de desolación embellecida, unido al frío, el motivo de su resistencia, sencillamente porque no siempre tiene ganas de hacer un esfuerzo y descubrir lo bello en lo estropeado, o lo sugestivo en la devastación y el abandono.”

(Páginas 133-135)

En realidad, la mujer de Félix no existe. No es producto de su imaginación, ya que nunca la ha imaginado, sino que es producto de los encuentros con Rose. Según él cuenta cuando las conversaciones derivan hacia el tema, y como una manera de evadir­lo, ella viaja con mucha frecuencia. Esto despierta en Rose una mezcla de desconcierto y admiración, por­que para ella viajar es sinónimo de libertad y de vérti­go. Cuando le toca viajar, Rose prepara cada detalle con mucha anticipación. Félix nunca viaja; en cam­bio su esposa aparentemente sí, todo el tiempo. Jamás se le habría ocurrido a Rose desconfiar de Félix. Esto es de tal modo evidente, que el mismo Félix, martiri­zado durante una temporada por la idea de ser sobre todo un farsante, debió reconocer para sí mismo que ningún motivo oscuro, o inapropiado, estuvo en la base de su engaño, sino básicamente la idea de repo­ner un equilibrio. Félix es extranjero y considera la falta de pareja sentimental como una disminución que amplifica su desarraigo —aún más teniendo en cuenta al marido de Rose: su existencia, que puede ser borrosa, o por momentos equívoca, pero presencia al fin, se hace evidente como algo natural y constante, que siempre estuvo allí y seguirá estando.

(Página 149)

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