O pinión El mal sexo






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títuloO pinión El mal sexo
fecha de publicación29.05.2015
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Opinión

El mal sexo

Por Lorena Rodríguez, para pl.com

Durante los últimos años del franquismo y primeros de la transición, el español de a pie, crecido bajo la firme supervisión de la educación más puritana, comenzó a observar el inicio de un movimiento pendular, quizá excesivo, en el que el sexo lo impregnaba todo. Fue la época del destape, la profusión del cine porno y la literatura erótica, que el recato hacía aparecer como manifestaciones especializadas. Se realizaban películas de alto contendido sexual como tema, y literatura de colección erótica con sus correspondientes premios. Una de las más emblemáticas, La sonrisa vertical, nació en 1979. Una década después, Las edades de Lulú de Almudena Grandes gana este certamen literario con un planteamiento digno y de gran eficacia que incluyó a su autora de una sola vez en el olimpo de los escritores. Este año ha vuelto a reeditarse para nostálgicos, pero dudamos que si fuera escrita en este momento tuviera alguna repercusión.

Con el tiempo, la inclusión del sexo como una faceta más de la realidad social propició que las escenas eróticas fueran incluidas progresivamente en cualquier tipo de narración con desigual fortuna.

Nuestros escritores, aptos para describir el proceder de un asesino, para trasladarnos a lugares exóticos, para imaginar el sentir de un niño, parecen incapaces de resolver con maestría una escena de sexo cuando es mucho más probable que les resulte una vivencia bastante más cotidiana que ayudar al prójimo a abandonar este mundo, explorar zonas recónditas o meterse en los zapatos de un menor.

Las causas son múltiples, pero la primera puede ser esta misma cotidianidad del acto sexual. No es verdad que la literatura refleje la vida, sino la excepcionalidad de ella. Una historia digna de ser contada tiene que tener algún ingrediente novedoso o inquietante que la haga merecedora del relato, de la misma forma que al narrar nuestra biografía, junto a las fechas clave de referencia, contamos aquellos fragmentos que nos explican frente a otros: lo excepcional.

Los escritores actuales, bien avisados de ello y sin contar con el apoyo sensitivo que la imagen da a los medios visuales, intentan peculiarizar sus escenas de sexo a través del recurso a lo escatológico o a lo anecdótico. Un verdadero maestro en ello es Philip Roth, que llega al extrañamiento a través de escenas perturbadoras encaminadas a satisfacer nuestra faceta más morbosa alejándose del planteamiento erótico clásico. Gonzalo Suárez, gran narrador además de cineasta, confiesa no haber explicitado jamás una escena de sexo en sus relatos. Sin embargo tuvo que soportar una avalancha de protestas de críticos y lectores por haber sugerido en un cuento el encuentro sexual de dos ancianos vestidos de Micky Mouse.

Una dificultad añadida es que, además, se debe intentar que la escena no solo adorne el relato, sino que ayude a avanzar la trama y colabore con ella. Hacer de lo doméstico lo extraordinario impulsa a veces al estrambote. Juan Bonilla busca la originalidad en Nadie conoce a nadie, haciendo que el protagonista extienda una raya de coca sobre una cicatriz en el vientre de su novia, tras lo cual hunde la nariz en su sexo.

Otro motivo de la falta de naturalidad a la hora de describir secuencias íntimas es la tendencia, y no sólo española, a identificar al autor con su obra. Aún en la actualidad, Vladimir Nabokov sigue siendo preguntado en ruedas de prensa sobre qué se siente al ser el hijo de un pederasta. No es extraño, por tanto, que la creatividad se vea mermada por el pudor de nuestros escritores, ni que otros se aprovechen de esta confusión y la exploten. Hernán Minoya declara como autobiográficas las escenas más escabrosas de Todas putas, lo cual ha mermado en credibilidad lo que ha aumentado en réditos económicos.

No parece que la descripción de unos ritos ancestrales pueda ser más difícil de plasmar sobre el papel que cualquier otra circunstancia. Pero quizá con la normalización de lo sexual en la literatura el lector ha cambiado; ya aquel libro que sorprendía por sus descripciones explícitas ha dejado de ser observado como valiente y se exige que tras la elevación de temperatura de la página venga algo más que lo justifique. Y, sobre todo, que ello no interrumpa el ritmo de la narración de todo el libro. Magistral fue la descripción del encuentro de Emma Bovary con uno de sus amantes en un carruaje durante horas, o la masturbación de Reilly en La conjura de los necios. Hace mucho que no aparece nada así.

El nuevo argumento estelar de la literatura sexual es el deseo homoerótico, moda seguramente pasajera, que dejará de sorprender por sí misma en el momento en que la normalización de este sector social sea una realidad más allá de las leyes. De momento se van produciendo cosas interesantes apoyadas, sin duda, por el hecho de que suelen plantear sus argumentos personajes con doble vida, con contradicciones internas y el fantasma del SIDA sobrevolando las páginas: autoafirmación, amor y muerte, los temas estrella de la literatura de todos los tiempos. Podremos esperar magníficos resultados siempre que no se cometan los errores de la literatura de tema heterosexual: especialización, saturación y búsqueda de la singularidad por el extrañamiento en el lo que no es más que otra faceta de la vida.

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