Jorge L. Borges Adolfo Bioy Casares Seis problemas para don Isidro Parodi






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títuloJorge L. Borges Adolfo Bioy Casares Seis problemas para don Isidro Parodi
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II


Cuatro meses después, Fang She fue a visitar a Isidro Parodi. Era un hombre alto, fofo; su cara era redonda, vacua y tal vez misteriosa. Tenía un sombrero negro de paja y un guardapolvo blanco.

—Muy justo (3)—respondió Parodi—. Si no le parece mal, le contaré lo que sé y lo que no sé del asunto de la calle Deán Funes. Su paisano, el doctor Shu T'ung, aquí ausente, nos hizo un cuento largo y enrevesado, donde colijo que en 1922 algún hereje le robó una reliquia a una imagen muy milagrosa que ustedes saben venerar en su tierra. Los curas se hacían cruces con la novedad y mandaron un misionero para castigar al hereje y recuperar la reliquia. El doctor dijo que Tai An, según confesión propia, era el misionero. Pero a los hechos me atengo, dijera el sabio Merlino. El misionero Tai An cambiaba de apelativo y de barrio, sabía por los diarios el nombre de cuanto buque llegaba a la Capital y espiaba a cuanto chino desembarcaba. Estos floreos pueden ser del que está buscando, pero también del que se está escondiendo. Usted llegó primero a Buenos Aires; después llegó Tai An. Cualquiera pensaría que el ladrón era usted, y el otro, el perseguidor. Sin embargo, el mismo doctor dijo que Tai An se demoró un año en el Uruguay, con la ilusión de vender obleas. Como usted ve, el que primero llegó a América fue Tai An.

»Mire, yo le referiré lo que saco en limpio. Si me equivoco, usted me dirá "la embarraste, hermano" y me ayudará a salir del error. Doy por seguro que el ladrón es Tai An, y usted, el misionero: si no el enredo no tiene ni pies ni cabeza.

»Hacía tiempo que Tai An le mezquinaba el cuerpo, amigo Fang She. Por eso cambiaba sin parar de nombre y de domicilio. Al fin se cansó. Inventó un plan que era prudente a fuerza de ser temerario, y tuvo la decisión y el coraje de llevarlo a la práctica. Empezó por una compadrada: hizo que usted fuera a vivir a su casa. Ahí vivía la señora china, que era su querida, y el mueblista ruso. La señora también andaba atrás de la alhaja. Cuando salía con el ruso que también hablaba con ella, lo dejaba de campana a ese doctor de tantos recursos, que si la circunstancia lo exige se pone tranquilamente un florero en el traste y queda disfrazado de mueble. De tanto pagar el biógrafo y otros locales, el ruso, estaba sin un cobre. Echó mano a la historia antigua y le prendió fuego a la mueblería, para cobrar el seguro; Tai An estaba de acuerdo con él: le ayudó a hacer esas lámparas que fueron leña para el incendio; después el doctor, que estaba más trepado al sauce que una salamandra, los pescó a los dos avivando el fuego con diarios viejos y aserrín. Vamos a ver qué hace la gente durante el siniestro. La señora lo sigue como una sombra a Tai An; está esperando el momento, en que el hombre se decida a sacar la alhaja del escondrijo. Tai An no se preocupa por la alhaja. Le da por salvarlo a usted. Este auxilio puede aclararse de dos maneras. Lo fácil es pensar que usted es el ladrón y que lo salvan para que no se muera con el secreto. Mi opinión es que Tai An lo hizo para que usted no lo persiguiera después; para comprarlo moralmente, si hablo claro.

—Es cierto —dijo sencillamente Fang She—. Pero yo no me he dejado comprar.

—El primer supuesto no me gustó —continuó Parodi—. Aunque usted hubiera sido el ladrón, ¿quién podía temer que se muriera con el secreto? Además, de haber realmente algún peligro, el doctor hubiera salido como telegrama, con florero y todo.

»El otro día todos se fueron, y a usted me lo dejaron más solo que a un ojo de vidrio. Tai An fingió una pelea con Nemirovsky. Yo le atribuyo dos motivos: primero, hacer creer que no estaba combinado con el ruso y que desaprobaba el incendio; segundo, llevarse a la señora y desapartarla del ruso. Después éste la siguió cortejando y entonces se pelearon de veras.

»Usted enfrentaba un problema difícil: el talismán podía estar escondido en cualquier lugar. A primera vista, un lugar parecía libre de toda sospecha: la casa. Había tres razones para descartarla: ahí lo habían instalado a usted; ahí lo dejaron viviendo solo después del incendio; la había incendiado el mismo Tai An. Barrunto, sin embargo, que al hombre se le fue la mano: yo, en su caso, don Pancho, hubiera desconfiado de tanta prueba demostrando un hecho que no precisaba demostración.

Fang She se puso de pie y dijo gravemente:

—Lo que usted ha dicho es verdad, pero hay cosas que no puede saber. Yo las referiré. Cuando todos se fueron, tuve la convicción de que el talismán estaba escondido en la casa. No lo busqué. Le pedí a nuestro cónsul que me repatriara, y confié la noticia de mi viaje al doctor Shu T'ung. Éste, como era de esperar, habló inmediatamente con Tai An. Salí, dejé el baúl en el Yellow Fish y regresé a la casa. Entré por el terreno baldío y me escondí.

»Al rato llegó Nemirovsky; los vecinos habían comentado mi partida. Después llegó Tai An. Juntos, simularon buscarme. Tai An dijo que tenía que ir a un remate de muebles, en la calle Maipú. Cada uno se fue por su lado. Tai An había mentido: a los pocos minutos volvió. Entró en la casilla y salió trayendo la pala con la que tantas veces yo había trabajado el jardín (4). Encorvado bajo la luna, se puso a cavar junto al sauce. Pasó un tiempo que no sé computar; desenterró una cosa resplandeciente; al fin, vi el talismán de la Diosa. Entonces me arrojé sobre el ladrón y ejecuté el castigo.

»Yo sabía que tarde o temprano me arrestarían. Había que salvar el talismán. Lo escondí en la boca del muerto. Ahora vuelve a la patria, vuelve al santuario de la Diosa, donde mis compañeros lo encontrarán al quemar el cadáver.

»Después, busqué en un diario la página de los remates. Había dos o tres remates de muebles en la calle Maipú. Me asomé a uno de ellos. A las once menos cinco ya estaba en el Hotel El Nuevo Imparcial.

ȃsta es mi historia. Usted puede entregarme a las autoridades.

—Por mí, puede esperar sentado —dijo Parodi—. La gente de ahora no hace más que pedir que el gobierno le arregle todo. Ande usted pobre, y el gobierno tiene que darle un empleo; sufra un atraso en la salud, y el gobierno tiene que atenderlo en el hospital; deba una muerte, y, en vez de expiarla por su cuenta, pida al gobierno que lo castigue. Usted dirá que yo no soy quién para hablar así, porque el Estado me mantiene. Pero yo sigo creyendo, señor, que el hombre tiene que bastarse.

—Yo también lo creo, señor Parodi —dijo pausadamente Fang She—. Muchos hombres están muriendo ahora en el mundo para defender esa creencia.

Pujato, 21 de octubre de 1942

 

(1) De ningún modo. Nosotros —contemporáneos de la ametralladora y del bíceps— repudiamos esta molicie retórica. Yo diría, inapelable como el estampido: "En el piso bajo instalo el salón de ventas y el atelier; en el superior, encierro a los chinos." (Nota de puño y letra de Carlos Anglada.)

(2) En efecto, el doctor sonrió y saludó. (Nota del autor.)

(3) El duelo está empeñado; el lector ya percibe el cliquetis de los floretes rivales. (Nota marginal de Gervasto Montenegro.)

(4) Toque bucólico. (Nota original de José Formento.)

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