Jorge L. Borges Adolfo Bioy Casares Seis problemas para don Isidro Parodi






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Jorge L. Borges
Adolfo Bioy Casares

Seis problemas para don Isidro Parodi



Ni Borges ni Bioy son Bustos Domecq


Dos grandes escritores en español de este siglo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, crearon en connivencia, creo que siguiendo un juego entre inglés y pirandelliano, a un autor que fue capaz de escribir tres novelas de corte policiaco y cuyo interés lexicográfico reside en la reconstrucción paródica de un idioma argentino que se quiere así reconstruido. Fue en 1942, en plena Guerra Mundial, cuando la civilización en que habían sido educados estos dos escritores parecía seriamente amenazada, en que aparece en las librerías argentinas un libro de extraño título, Seis problemas para don Isidro Parodi, firmado por un tal H. Bustos Domecq (al que le siguieron en 1946 Dos fantasías memorables y, ya en el cercano 1967, Crónicas de Bustos Domecq), que tenía la particularidad de acercar al lector en español un modo de abordar la novela de misterio hasta entonces exclusivo de la cultura británica. Eran los años en que la novela negra norteamericana todavía no se había revelado como un género mayor para la intelectualidad de la posguerra europea y aún andaba impresa en el execrable papel de los pulp fiction, idónea como lastre para los buques mercantes que cubrían el trayecto atlántico entre los Estados Unidos e Inglaterra.

Pronto se supo (o acaso se supo siempre) que Bustos Domecq era una recreación, ¿seríamos capaces de poner pseudónimo?, de Jorge Luis Borges y de Adolfo Bioy Casares. Que Borges no ha dejado "discipulaje" literario pocas dudas existen hoy día, pero lo cierto es que su magisterio influyó, cuando aún era joven, en muchos miembros de su generación. Bioy Casares, quince años menor que Borges, escritor de una pluma tendente a lo fantástico, se unió al grupo que giraba en torno a la figura de Virginia Ocampo, Sur, hasta el extremo de emparentar, se convirtió en su cuñado, con esa extraña y despótica figura de la cultura argentina. Sur fue, tanto por los contenidos de la revista del mismo título como por los títulos publicados por la editorial, un punto de referencia obligado de la intelectualidad argentina, que recibía con los brazos abiertos lo mejor de la cultura europea y norteamericana. Borges y Bioy fueron parte importante de aquel proyecto cultural, que miraba con mayor preocupación cualquier avatar acaecido en Europa que alguna catástrofe más cercana en lo geográfico, pero a años luz de sus preocupaciones mentales. Esa extraña disociación entre identidad cultural y patria llevó, curiosamente, a una lúcida visión de la realidad política de Argentina y, de ahí, el rechazo, pienso que mutuo, que tuvo Borges con el dictador Perón desde el instante mismo de la llegada al poder del general.

Borges y Bioy realizaron, asimismo, una labor editorial importante durante decenios y no sólo en Sur. Cuatro años después de que saliera a la luz este libro que nos ocupa, Borges firmó un manifiesto contra Perón y éste intentó humillarle nombrándole Inspector de alimentos en los mercados de Buenos Aires, cargo que Borges rechazó. Fue entonces cuando el autor de Ficciones se tuvo que ganar la vida con actividades docentes y editoriales. Sur estaba ahí, pero, asimismo, la editorial Emecé en la que éste, junto a Bioy Casares, dirigieron la colección "El Séptimo Círculo", donde se dio a conocer en español lo mejor de la literatura policiaca del momento. En realidad, creo que, visto con los años, fue la mejor colección de novela policiaca que ha existido en los países de habla hispana.

Seis problemas para don Isidro Parodi surge, pues, de la necesidad que tenían ambos escritores de dar rienda suelta a sus preferencias y, con cierta perversión, ajustar las cuentas de su argentinidad a través del lenguaje. Pienso que, hoy día, lo que queda de este libro es ese esfuerzo memorable por dar entidad a ciertos argentinismos y llenarlos de significación plástica. Sabido es que hubo en Argentina escritores llamados populares, entre ellos Roberto Arlt, a los que Borges y en general todo el grupo Sur despreciaban por su descuido idiomático. Esta novela es una respuesta, inteligente por lo demás, para deshacer algunos malentendidos sobre la supuesta "antiargentinidad" de sus autores. El resultado es espléndido y digno de la inteligencia casi perversa de Jorge Luis Borges.

H. Bustos Domecq, autor del libro, cumple una condena de cadena perpetua por un crimen del que se supone, por mor del tono de la obra, es inocente. Desde la celda 273 resuelve asesinatos y otros problemas criminales y, sin embargo, es incapaz de demostrar su inocencia, porque un funcionario de la comisaría 8 le debe dinero y no le interesa que don Isidro se lo reclame. Esta endeble estructura, endeble e inverosímil, permite que don Isidro acceda a los universos más surrealistas y a la resolución de los problemas más abstrusos con el sólo concurso de su inteligencia. Es, por tanto, un hombre que mantiene una línea abierta con el mundo por una única vía, la espiritual, y, a partir de ahí, se expande una correlación de corte matemático que adquiere su justa correspondencia, o verosimilitud, con la realidad. Esa verdad es la única prueba que tiene don Isidro para demostrarse a sí mismo que no es el don Segismundo calderoniano, y, por lo tanto, se puede permitir el lujo, porque además es un personaje moderno, de ser paródico, satírico, inteligente pero nunca trágico.

Y es ese tono de parodia lo que hace único este libro y que le distingue de la más acerba tradición británica del género. Como dice la señorita Adelma Badoglio, educadora de su educando don Isidro: "Sus cuentos policiales descubren una veta nueva del fecundo polígrafo: en ellos quiere combatir el frío intelectualismo en que han sumido este género sir Conan Doyle, Ottolenghi, etc. Los cuentos de Pujato, como cariñosamente los llama el autor, no son la filigrana de un bizantino encerrado en la torre de marfil; son la voz de un contemporáneo, atento a los latidos humanos y que derrama a vuelapluma los raudales de su verdad".

Tanto es así que es ese espíritu juguetón, paródico hasta el sarcasmo, inteligente hasta decir basta lo que distingue la obra de Bustos Domecq de la de Jorge Luis Borges o la de Bioy Casares. Porque los problemas de suspense que propone el libro no dejan de ser pálidos reflejos de los de un Conan Doyle o los de una señora atroz como Agatha Christie, pero el tono de retranca argentina es único y, diría, casi inigualable. No hay en Borges ni en Bioy una obra semejante en su lucidez satírica y ésta es la ventaja de Bustos Domecq en su argentinidad con respecto a los dos autores antes citados. Se podrá decir que la obra de Borges es más límpida, profunda, más matizada, más doliente... se dirá que la de Bioy planea en su fantástica visión hacia cielos que don Isidro Parodi ni siquiera puede vislumbrar, pero la gracia, la desenvoltura, la falta de cualquier gravedad es patrimonio de Bustos Domecq, y esa gracia se murió, o se agotó, que para el caso es lo mismo, con las tres obras antes reseñadas, y, además, esa gracia, que podía haber caído en un costumbrismo de corte social, se expande en una obra con ribetes de juego de acertijos propios del cuarto de estar de un hogar burgués, casi inocente en su pasmo. Tamaña perversidad sí puede ser digna de Borges, podría incluso ser patrimonio de Bioy, que hubiese perdido la compostura, pero esa alianza entre casticismo e intelecto es un espacio reservado a Bustos Domecq, es su descubrimiento, y por eso tiene entidad real, y por eso sólo escribió tres obras, y por eso no aparece en las Obras completas de Jorge Luis Borges ni en el catálogo de obras escritas por Bioy Casares, y por eso no sabemos cuándo murió ni maldita la falta que nos hace saberlo..., sólo conocemos de él algunos estudios, el de su educanda, el de don Gervasio Montenegro y poco más. En las alturas en que se colocaba Sur, don Isidro Parodi nunca podría entrar, pero lo cierto es que Bustos Domecq dejó cumplida venganza proponiendo seis acertijos que, se sepa todavía hoy, no consiguieron resolver ni Borges ni Bioy. Creo que esta recreación, por lo anteriormene señalado, es uno de los más hermosos juegos que se ha permitido en el siglo la literatura en lengua española y por eso es un libro que debería ser calificado de señero, aunque la palabra sea digna de que la machaque el habla de Isidro Parodi.

 

Jorge Luis Borges


Nació en Buenos Aires en 1899 en el seno de una familia acomodada, en la que se había mezclado la sangre portuguesa y la inglesa. De 1914 a 1921 recorrió Europa, primero Italia y, luego, Suiza y España, donde se relacionó con los movimientos literarios de vanguardia, en especial el Ultraísmo, que llevó a Argentina.

Amigo de Macedonio Fernández, fundó con él la revista ultraísta Proa mientras colaboraba en diversos periódicos y revistas de la época. Firmó un manifiesto contra el general Perón que le llevó a padecer cierto ostracismo social en la década de los cuarenta y cincuenta. Sin embargo, a paritr del estudio crítico que escribió Roger Caillois en Gallimard para la edición de Ficciones en francés, la fama de Borges comienza a ser internacional, siendo reconocido como uno de los grandes escritores del siglo. En 1980 recibió el Premio Cervantes. Murió en 1986 en Ginebra. Para el caso que nos ocupa fue un genial recreador de Bustos Domecq.

 

Adolfo Bioy Casares


Hijo de una familia de terratenientes, nació en 1914 en Buenos Aires. En 1932 conoció a Borges, al que le unió una afinidad literaria y una amistad poco común. Renegó de los seis primeros libros que escribió, por lo que hay que considerar su primera obra La invención de Morel, de 1940. Su literatura, de corte fantástico, anticipa ciertas modas literarias que adquirieron fama mucho después, como el nouveau roman de Robbe Grillet. Rastreó, junto a Borges, la existencia literaria de Bustos Domecq y, juntos, publicaron en 1942 el libro de éste, Seis problemas para don Isidro Parodi. Pocos como él han sabido cantar la vida cotidiana del Buenos Aires de los años veinte y treinta y, asimismo, son escasos los narradores en español cuya obra adquiera los matices fantásticos de sus narraciones. En 1990 recibió el Premio Cervantes.

Juan Ángel Juristo

H. Bustos Domecq


Transcribimos a continuación la silueta de la educadora, señorita Adelma Badoglio:

«El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año 1893. Después de interesantes estudios primarios, se trasladó con toda su familia a la Chicago argentina. En 1907, las columnas de la prensa de Rosario acogían las primeras producciones de aquel modesto amigo de las musas, sin sospechar acaso su edad. De aquella época son las composiciones: Vanitas, Los Adelantos del Progreso, La Patria Azul y Blanca, A Ella, Nocturnos. En 1915 leyó ante una selecta concurrencia, en el Centro Balear, su Oda a la "Elegía a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, proeza que le valiera una notoriedad ruidosa pero efímera. Ese mismo año publicó: ¡Ciudadano!, obra de vuelo sostenido, desgraciadamente afeada por ciertos galicismos, imputables a la juventud del autor y a las pocas luces de la época. En 1919 lanza Fata Morgana, fina obrilla de circunstancias, cuyos cantos finales ya anuncian al vigoroso prosista de ¡Hablemos con más propiedad! (1932) y de Entre libros y papeles (1934). Durante la intervención de Labruna fue nombrado, primero, Inspector de enseñanza, y, después, Defensor de pobres. Lejos de las blanduras del hogar, el áspero contacto de la realidad le dio esa experiencia que es tal vez la más alta enseñanza de su obra. Entre sus libros citaremos: El Congreso Eucarístico: órgano de la propaganda argentina, Vida y muerte de don Chicho Grande, de, ¡Ya sé leer! (aprobado por la Inspección de Enseñanza de la ciudad de Rosario), El aporte santafecino a los Ejércitos de la Independencia, Astros nuevos: Azorín, Gabriel Miró, Bontempelli. Sus cuentos policiales descubren una veta nueva del fecundo polígrafo: en ellos quiere combatir el frío intelectualismo en que han sumido este género Sir Conan Doyle, Ottolenghi, etc. Los cuentos de Pujato, como cariñosamente las llama el autor, no son la filigrana de un bizantino encerrado en la torre de marfil; son la voz de un contemporáneo, atento a los latidos humanos y que derrama a vuela pluma los raudales de su verdad.»


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