Literatura de posguerra






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títuloLiteratura de posguerra
fecha de publicación10.04.2017
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LITERATURA DE POSGUERRA (1940-1970). Dividida por géneros literarios y épocas

Novela:

AÑOS 40:

Es una década de búsqueda, la guerra provoca que se abandonen las tendencias renovadoras o experimentales impulsadas por los noventayochistas. Parece como si la novela de estos años casara con el realismo de la segunda mitad del s.XIX, Baroja y Galdós son los grandes maestros. Este tipo de novela pasó a llamarse novela existencial, realista y tremendista, reflejo amargo de vidas humanas. Dos obras importantes marcan la resurrección de este género: La familia de Pascual Duarte, en la que Cela cuenta la dura vida de un hombre marcado por una vida mísera y Nada de Carmen Laforet, que presenta un ambiente sórdido de ilusiones fracasadas, a través de las vivencias de una infeliz universitaria en Barcelona.

Otros importantes novelistas fueron Torrente Ballester y Miguel Delibes. De este último se deben destacar novelas tan conocidas como La sombra del ciprés es alargada, Cinco horas con Mario, El camino, Los santos inocentes, El hereje….

También hubo un deseo de olvido y evasión por el que nacieron novelas como Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio o los relatos de Álvaro Cunqueiro.

AÑOS 50:

Al empezar la década, la novela española empieza a manifestar muestras de cansancio en cuanto al “tremendismo” de los años 40 e inicia el camino hacia el relato objetivista. Entre la publicación de La Colmena, de Cela y Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos, predomina la llamada novela social, que pretende ofrecer el testimonio de un estado social desde una conciencia cívica y ética. Dicha tendencia queda consolidada con El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, una novela de contenido crítico, narrada según la técnica conductista u objetivista y que recoje el habla coloquial con una fidelidad insuperable.

En este grupo también encontramos a Ana María Matute, Carmen Martín Gaite (Entre visillos), Ignacio Aldecoa (El fulgor y la sangre), Fernández Santos, Juan Goytisolo (La resaca), etc.

Todos ellos tratan los siguientes temas y ambientes: la dura vida del campo, el mundo del trabajo, la burguesía insolidaria, temas urbanos (lo suburbano marginal), la evocación de la guerra…, a través de unas técnicas narrativas basadas en el realismo directo. El lenguaje suele ser sobrio y los diálogos reflejan el habla viva de los distintos sectores sociales.

AÑOS 60:

Con la publicación de Tiempo de silencio se cierra el camino de la tendencia social-realista y se abren nuevos rumbos, en busca de una renovación formal y estilística. Para ello, se empiezan a tener en cuenta a los grandes innovadores extranjeros (Joyce, Kafka, Virginia Woolf, Hermnan Hesse, Dos Passos, Hemingway…). Además, la nueva novela hispanoamericana (Cien años de soledad de García Márquez) causa un gran impacto. Y se rehabilita a ciertos novelistas “no sociales” sino imaginativos y creadores de los años 40 (Torrente Ballester, Cunqueiro…).

Las inquietudes experimentales afectan al tratamiento de los temas (lo imaginario desborda el realismo), a la estructura (desorden cronológico) y a las diversas técnicas (narración, descripción, diálogo…). Así nace la llamada novela experimental, con obras tan innovadoras como Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, Volverás a Región de Juan Benet, Oficio de tinieblas de Cela, Parábola de un naúfrago de Delibes o La saga/fuga de Ballester.

La temática sigue centrada en la problemática de la sociedad, pero está más encaminada hacia la desmitificación del proletariado y el compromiso burgués, o bien hacia la denuncia de la educación de la posguerra (Las ninfas de Francisco Umbral).

Poesía:

AÑOS 40:

Empiezan a publicar de nuevo los componentes de la generación del 36, que ya publicaban antes de la guerra. Dicha generación recibió también el nombre de “generación escindida”, lo que se manifiesta en la oposición entre poesía “arraigada” y poesía “desarraigada”. La primera la trabajan autores con firmes raíces en la vida, como Luis Rosales, Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo… Se trata de una poesía neoclásica, intimista y conforme con el entorno, expresada con formas serenas y un hondo sentimiento religioso. Sus grandes modelos son los “poetas del Imperio”, con Garcilaso de la Vega al frente.

Frente a esta, la poesía desarraigada expresa la angustia de quienes se sienten disconformes en un mundo que les parece caótico y doloroso. Su humanismo dramático hace que se les relacione con las corrientes existencialistas, de hecho muchos de ellos desembocarán más tarde en la llamada “poesía social”. Su estilo suele ser bronco, directo, menos preocupado por las formas y lo decorativo, con un tono trágico y tremendista. El más importante fue el poeta Dámaso Alonso (también de la generación del 27) con su obra Hijos de la ira, al que acompañan otros como Blas de Otero y Celaya, en sus primeros momentos.

Pero estas dos tendencias no son las únicas, surgen también algunos autores difícilmente clasificables como, José Hierro. O los del grupo cántico de Córdoba, que cultivan una poesía pura.

AÑOS 50:

Surge la poesía social, concebida como medio de denuncia y de transformación de la sociedad. Otorga un absoluto predominio al contenido y recurre a un lenguaje claro y directo para conseguir llegar a la mayoría. La belleza ya no es su objetivo.

Las dos grandes obras de este periodo son Pido la paz y la palabra de Blas de Otero y Cantos iberos de Gabriel Celaya, en las que ambos poetas superan su anterior angustia existencial y se abren a los sufrimientos de los demás. La solidaridad es ahora la palabra clave. Decía Celaya: “La palabra es un instrumento para transformar el mundo. La poesía es un arma cargada de futuro”.

Otro poeta importante fue José Hierro.

AÑOS 60:

Con el tiempo acaban comprendiendo que es ilusorio e imposible querer transformar el mundo con poesía, así va creciendo el despego por la poesía social anterior. Y, aunque no se abandona la preocupación por el hombre, ni el inconformismo ante el mundo, ahora domina cierto escepticismo y un retorno al intimismo, desembocando en la poesía de la experiencia, de estilo antirretórico, pero depurado y denso. Se procura el enriquecimiento de la lengua poética y se potencian los valores formales del poema.

Todos sus autores tienen algo en común, vivieron la guerra durante su infancia, sostienen posturas ideológicas de izquierdas y en el futuro ejercerán un especial magisterio en posteriores promociones. Los más importantes fueron: Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Francisco Brines y José Agustín Goytisolo.

Teatro:

AÑOS 40:

El final de la guerra se ha llevado a conocidos talentos como Valle, Lorca, Alberti, Casona…, ahora faltan grandes maestros. Y, aparte de las restricciones políticas, domina un público burgués con un afán de diversión trivial.

En el “teatro comercial” se representa la alta comedia, de construcción tradicional, normalmente con intención moral. Es muy frecuente el teatro cómico, en el que destacan dos grandes nombres Jardiel Poncela (Eloísa está debajo de un almendro) y Miguel Mihura (Tres sombreros de copa, un prodigio del humor del absurdo, disparatado y poético).

Frente a este, aparece el “teatro preocupado por graves problemas sociales”, un teatro serio, encarado con la realidad y que pronto adquirirá un acento social. Su gran exponente es Buero Vallejo con Historia de una escalera, donde representa la tragedia de unas vidas frustadas con toques de ácido humor. Y Alfonso Sastre y su Escuadra hacia la muerte.

AÑOS 50:

Durante este periodo y parte del siguiente poco es lo que cambia en el teatro comercial. Sin embargo, es el teatro social el que revoluciona la escena española, ya que pretende conmocionar las conciencias del público para así propiciar la transformación de la sociedad. Sus principales representantes fueron los ya citados Alfonso Sastre (Muerte en el barrio) y Buero Vallejo, partidarios de un teatro de testimonio y denuncia.

Junto a ellos, otros autores abordan temas como la vida dura de los humildes, la emigración forzosa, la intolerancia y opresión de los poderosos…, todo ello sustentado por un sólido realismo, algo que provocó en muchos casos la censura o el rechazo. Ejemplos de este teatro de denuncia son La camisa de Lauro Olmo, Las salvajes en Puente San Gil de Martín Recuerda, etc.

AÑOS 60:

A medida que avanzan los años 60, mientras unos autores siguen defendiendo el teatro realista y social anterior, otros deciden buscar una renovación de la expresión dramática, surge así una nueva vanguardia escénica. Sigue siendo un teatro de protesta ante la dicatadura y la falta de libertad, lo que cambia es la forma, el enfoque realista es sustituido por símbolos o parábolas. El lenguaje acoge nuevos tonos (lo grotesco, lo poético…) y se desarollan todavía más los recursos extraverbales, inspirándose incluso en la pantomima y el circo. Pero su desarrollo sigue siendo díficil, lo que provoca que algunos solo puedan estrenar sus obras en representaciones limitadas de “teatro independiente”. Por ejemplo, Fernando Arrabal tuvo que exiliarse a Francia, donde sí consiguió la fama que merecía, por obras como Pic-Nic, obras audaces y provocadoras que en España estuvieron prohibidas hasta el cambio democrático. Aunque Francisco Nieva fue una excepción, pues no tuvo problema a la hora de llevar sus obras a escena.

Paralelamente, el teatro comercial sigue por sus cauces. Antonio Gala ha procurado aunar audiencia mayoritaria y dignidad estética (Los verdes campos del Edén, Los bellos durmientes…).

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