Taller de creación literaria dirigido por Juan Diego Mejía






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LA QUIJOTADA

Taller de creación literaria dirigido por Juan Diego Mejía

Librería Luvina

Escrito por: Germán Mariño

Bogotá, septiembre del 2012

CAPÍTULO UNO

Eduardo odia la literatura. La odia desde cuarto de bachillerato, cuando un rechoncho curita que les dictaba literatura española les hizo pasar meses estudiando gramaticalmente la primera página del Quijote: que si el complemento circunstancial, que si el pretérito pluscuamperfecto…

Por ello, se quedaría sin descifrar las escenas del Quijote pintadas sobre unas baldosas azules que enmarcaban la zona de ingreso al colegio haciéndole honor a su nombre: El Quijote.

La única vez que perdió una materia fue literatura española. Nunca había aparecido un número rojo en su libreta. Siempre había sido un alumno brillante que se ubicaba entre los mejores del curso, pero al perder una materia quedaba ranqueado como “uno más”, como “uno del montón”. Para colmo de males, la habilitación fue tremendamente tediosa: parte de sus vacaciones las tuvo que emplear en memorizar los nombres de los autores de decenas de libros de literatura. La literatura como gramática y como memorización. Inolvidable paradigma pedagógico.

El rajarse en literatura implicó en términos familiares una “sanción”: no irían el fin de semana al hotel Guadaira, en Melgar; paseo que les brindaba el padre a su hermano gemelo y a él todos los años como premio al buen estudiante. Adiós piscina, adiós desayuno bufet. Lo peor fue que su hermano se negó a ir solo a pesar de no haber perdido ninguna materia. Un gesto de solidaridad que Eduardo no sabía si aplaudir o reprochar, pero que se le retorcía en el estómago. Ciertamente, era su hermano quien más anhelaba la piscina. Eduardo no podía dejar de preguntarse si hubiera hecho lo mismo por su hermano. Esas vacaciones tampoco pudo mirar televisión las tardes que se vio obligado a prepararse para habilitar. Nada de detectives: ni Columbus, el de la gabardina arrugada, ni Bareta, el del pajarraco.

Pero los impases con el curita no paraban ahí. Una vez en la ruta del colegio, la cual cuidaba el curita, los grandes (de último año) que se hacían en las bancas de atrás se quedaron mirando dos perros que al terminar de aparearse se habían quedado pegados. Hicieron tanta alharaca que le fue imposible no husmear lo que pasaba, haciéndose acreedor a una sanción colectiva por su curiosidad: una semana entera sin usar el bus del colegio. Por esa época Eduardo no atinaba a entender qué había pasado y obviamente tampoco se atrevió a preguntar.

La sanción representaba un serio problema para él: debía coger bus particular, cosa que no sabía hacer, y, además, pagarlo de la plata de su mesada. La situación era tan embarazosa que por primera vez dijo una gran mentira en su casa: debía levantarse temprano para ir a entrenar básquet. Sin embargo, todo finalizó mal, pues un compañero del equipo mandó a decir por teléfono con la muchacha del servicio que los entrenamientos eran los sábados por la mañana, enterándose así todo el mundo de su enredada patraña.

Uno del montón, dudas sobre solidaridad compartida, calificativo de mentiroso, vacaciones destrozadas, imposibilidad de descodificar los dibujos de las baldosas del colegio: el curita aquél generó en la vida de Eduardo una “debacle”, un recuerdo, más que ingrato, traumático.

Muchos pensarán que un episodio como el acontecido no tiene por qué llegar a generar odio o fobia, como lo quieran llamar. Cuando mucho, dirán que no pasa de ser un recuerdo harto, una “mamera”.

Pero no. Hay cosas en la vida, ¿quién diablos sabe por qué?, que generan odios. Inconscientes, desproporcionados, tremebundos. Qué tal la fobia a las alturas o a la oscuridad o a los recintos cerrados. O el odio a la sopa de Mafalda o los odios contra la remolacha o el brócoli (esos arbolitos que sólo comen los conejos). O el odio de Hitler contra los judíos, que dejó 5 millones incinerados en los campos de concentración. O el de los palestinos por los judíos o el de los judíos por los palestinos. O el odio contra los homosexuales o contra los perros o los gatos. Sin ir más lejos, la mayoría de los compañeros de bachillerato de Eduardo, también por los buenos oficios de un curita, odian las matemáticas. Recuerdan con angustia el verse obligados a retener las 15 diferentes clases de factorización o a resolver como sucesivas tareas diarias centenares y centenares de ejercicios del álgebra de Baldor, mecánicamente agenciados por un gremio de profesores que pensaban que entre más alumnos rajaran eran mejores maestros. Valiente estupidez.

¿En qué diablos pensaría el curita de literatura? ¿Creería que con tan estoico y espartano método les inculcaría a sus alumnos gusto por la literatura? ¿Acaso deseaba lucir sus habilidades como gramático ante unos muchachos ignorantes? Eduardo, entre chiste y chanza, hasta había llegado a pensar que el curita profesaba secretamente algún culto satánico para el cual la literatura debería ser extirpada de la civilización, cuestión que dejó de parecerle una extravagancia el día que se enteró de que Pinochet había llegado a prohibir la enseñanza de la lógica matemática en Chile. Como si fuera poco, sobre el curita corría el chisme de que le gustaba tocar a sus alumnos. De todos modos, la frasecita inicial del Quijote: “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” a Eduardo sólo le traía recuerdos tan perturbadores que en verdad “no quería acordarse”.

El Quijote fue el primer y único libro de literatura que tuvo en la vida. Se lo había comprado su padre cuando lo pidieron en el colegio. Era un libro gordo, con pasta dura y con un grabado sobre los molinos de viento en la carátula. Su padre le comentó que lo había comprado en una librería que quedaba en el Pasaje Rivas, cerca de su oficina. Se lo entregó un domingo a la hora del almuerzo, único día de la semana en que su trabajo le permitía sentarse a la mesa con la familia.

El regalo de su padre no corrió con buena suerte: el día que se graduó de bachiller, Eduardo, arrancándole página por página, lo quemó en la chimenea de su casa. La chimenea se prendía poco porque no había quedado bien construida; le faltaba tiro, lo que hacía que el humo inundara parcialmente la sala. Sin embargo, su hermano gemelo había descubierto accidentalmente que al no usar leña sino papel el problema se acababa. Lo supo una noche cuando para iniciarla utilizó las hojas de un viejo directorio telefónico y, aunque los troncos nunca terminaron de prender, hizo finalmente una fogata con papel.

Y claro, el Quijote era un libro con muchas hojas. Y entre el crujir que se producía al arrancarlas del libro y el chirriar de la incineración, Eduardo obtuvo media hora de enorme goce. Disfrutó segundo a segundo la inmolación de las hojas a través de llamas que dibujaban sombras chinas. Años después recordaría ese fuego como un exorcismo purificador.

CAPÍTULO DOS

Cuando llegó el momento de escoger una carrera, Eduardo no dudó un instante: no quería nada que tuviera que ver con las malditas “letras”.

Ciertamente la carrera a escoger estaba signada por una serie de estereotipos: existían carreras para “machos”, como las ingenierías, y carreras para niñas, como psicología. También se encontraban las carreras de moda: ingeniería de sistemas para los hombres y comunicación social para las mujeres. Carreras como música o derecho, y aún arquitectura, eran muy raras y dependían más bien de la tradición familiar. Y estudiar para educador (además de que le recordaba al curita) sólo era para los “proletos”.

Sacó uno de los mayores puntajes en el ICFES. Le fue muy bien porque en las pruebas existía la posibilidad de escoger algunas materias y lógicamente no seleccionó literatura.

Se presentó a matemáticas puras; es decir, no se prepararía para dictar clases en los colegios, para ser un simple profesor de bachillerato: se formaría como un investigador. A la Universidad Nacional se presentaron ese año cerca de 50.000 bachilleres para 5.000 cupos: ingresaría solamente el 10 por mil. A matemáticas puras se presentaron 200 para 12 cupos. Eduardo pasó ocupando el segundo puesto en los resultados (existía un aspirante mejor que él, lo que nunca dejó de preocuparlo). Como estudiante siempre se imponía los mayores retos, por eso fue monitor de las materias con mayor mortandad académica: topología y álgebra matricial.

Al terminar la carrera, por ser el mejor alumno de su promoción, se fue becado a los EE.UU., donde sacó su PhD en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts). Aceptó la beca aunque realmente su familia bien hubiera podido pagar sus estudios en el extranjero, pues tenía plata y además el dólar valía 1,50 pesos. El MIT era por esas épocas el templo sagrado de la alta tecnología. De ahí que la elitista Universidad de los Andes, relativamente recién fundada en Bogotá, enviara a sus alumnos de ingeniería a culminar allá su carrera.

Su tesis fue en matemáticas aplicadas a los computadores, concretamente sobre el diseño de programas para jugar ajedrez. Consistía en analizar pormenorizadamente centenares de partidas de los grandes maestros para extractar de ellas las diversas estrategias utilizadas. No era el súper programa capaz de doblegar a los genios, pero podía llegar a ganarle a 50 ó 60 experimentados contrincantes jugando con ellos simultáneamente. De todos modos era un aporte significativo en el área, porque permitía que los jugadores se tomaran su tiempo en responder, modificando la regla de los computadores existentes donde las respuestas deberían generarse contra reloj. En lo que sí abundaba su programa era en la evasión de los engaños, cuestión que enloquecía a los computadores. En el engaño se sacrificaban fichas de una manera aparentemente loca. Un computador no entendía tal comportamiento, pues no estaba incorporado en su memoria y se “desvirolaba”. Su programa, en cambio, lograba “entender” el truco y manejar la situación: era capaz de “manipular la locura”. Por tales peculiaridades su tesis fue Cum Laude, es decir, laureada, honor que ningún colombiano había logrado en el MIT hasta el momento.

Para cuando Eduardo hizo su tesis, la historia de los programas de ajedrez tenía ya sus años. A finales de 1960, tras perder su título mundial, Botvinnik decide retirarse y consagrar su vida a supervisar el programa de computador Kaissa, que gana los primeros campeonatos del mundo entre máquinas en 1974 (Estocolmo). En 1988, en el torneo abierto de los EE.UU., el maestro danés Bent Larsen es derrotado por Deep Thought, el primer ordenador de la IBM que juega ajedrez. Kasparov cae en 1997 ante Deeper Blue, el nuevo monstruo de la misma compañía.

Los programas de computador inicialmente estudian a altísimas velocidades las posibles respuestas al movimiento de una ficha del “enemigo” (análisis), para proceder a realizar la evaluación, la cual tiene en cuenta el valor de la pieza (el peón vale menos que el caballo, por ejemplo). Finalmente, el programa toma la decisión moviendo la ficha con la lógica del Minimax (mínimo de esfuerzo con máximos resultados). Un programa como el Grandmaster Book contiene 25 millones de movimientos incluidos básicamente en los finales de las partidas, desde donde, devolviéndose, el computador obtiene el mapa de la posible jugada. Entre más finales contenga su memoria, más potente será su respuesta.

Su programa no era muy fuerte porque el denominado “horizonte” era muy reducido; horizonte se denomina a los finales de la partida. Los computadores pesados poseían miles de ellos, pero eso implicaba un trabajo de centenares de personas durante varios años. Todo se trata de algoritmos definidos en un plano cartesiano. El “mate Pastor”, famoso por derrotar al contrincante en 4 jugadas (el mínimo posible), inventado, como lo dice su nombre, por un pastor (no de ovejas sino de hombres), comienza con el saque del peón del rey que se ubica en la casilla 4 y se registra como P4R. A continuación se moverá la reina a la casilla 2 del alfil del rey (lo que se escribe R2AR) y así sucesivamente.

El mate Pastor es, entonces, una de las tantas estrategias existentes en el ajedrez. Y cada maestro posee una impronta constituida por una gran estrategia que se desglosa lentamente durante la partida según las circunstancias dadas. Un maestro, por ejemplo, protege su rey con un enroque prematuro. Otro hace avanzar su reina con profundidad inusitada. Otro convierte sus alfiles en armas mortales.

Tardó casi dos años haciendo el programa de ajedrez. Fue extenuante, pero logró adquirir la paciencia y disciplina para sistematizar el conocimiento de los otros, cuestión que a la larga sería trascendental en su vida. Él no tenía que ser un genio en ajedrez, bastaba con descifrar a los campeones.

A su mejor, y prácticamente único amigo, lo conoció cuando hizo sus estudios en EE.UU. Fueron compañeros en el doctorado. Es un ingeniero que se especializa en construcción de túneles a punta de utilizar de manera controlada la dinamita. Comparte con él el gusto por los videojuegos, los cómics y los programas de monitos animados donde algún superhéroe se enfrenta a las fuerzas oscuras del mal. Eduardo “mama gallo” modificando el texto central del programa que más le gusta, Pinky y Cerebro, haciendo que a la pregunta de Pinky: “¿Cerebro, qué vamos a hacer esta noche?”, Cerebro le conteste: “lo mismo que hacemos todas las noches: tratar de destruir el mundo” (no conquistar, como reza el estribillo original). Es un solitario igual que él y, aunque no odia la literatura, posee frente a ella una actitud aún más demoledora: le es completamente indiferente.

Eduardo regresó a Colombia y se enganchó en una internacional petrolera con un sueldo tan rimbombante que en ningún mes alcanzaba a gastar siquiera la cuarta parte. Su trabajo consistía en diseñar programas de computación que simularan los impactos de las explosiones necesarias para realizar las perforaciones. En “plata blanca”, no hacía ni más ni menos que predecir matemáticamente el resultado de la detonación de una pequeña bomba. Eduardo se convirtió, sin pretenderlo, en terrorista ecológico. Para él era como un juego de ajedrez, pero sus cálculos en el papel terminaban demoliendo ríos subterráneos y cimientos de enormes montañas.

CAPÍTULO TRES

Le encanta leer. Tiene libros de todo, obviamente menos de literatura. Su referente es Leonardo da Vinci, que incursionó en temas tan diversos como el cuerpo humano, la construcción del helicóptero y la pintura. Eduardo se vanagloria de ser como los hombres del renacimiento, que todo lo aprendían solos. Y si bien es cierto que le enseñaron matemáticas y computación, todo lo demás le tocó aprenderlo de forma autodidacta.

Arregló su biblioteca de manera similar a la de su multifacético y admirado profesor Carlo Federici, un matemático italiano que se había venido huyendo del fascismo y ordenaba sus libros según áreas del conocimiento. El estante No. 1 estaba dedicado a la historia de la ciencia y la tecnología, donde se encontraban libros como Historia Social de la ciencia, de John D. Bernal. El estante No. 2 contenía los libros de física, donde sobresalían obras de Einstein como La física, aventura del pensamiento y La teoría de la relatividad. El No. 3 era de química, el No. 4, de biología y así para todas las ciencias naturales. Y, claro está, más de una docena de estantes dedicados a matemáticas y computación.

Pero también se preocupaba por las ciencias sociales, por las cuales, en algunos tópicos, llegó a apasionarse tanto o más como por las matemáticas. Le encantaba la antropología, de la cual aprendió su método etnográfico que le permitía saber mucho de los demás a partir de la observación y la pregunta. No dejaba de aludir a los etólogos, que compartían la vida con los animales en la selva para lograr conocerlos. Leyó sobre economía, pero menospreciaba el marxismo porque, como decía una canción de Les Luthiers, Marx se había dedicado a escribir un libro sobre el capital, en lugar de amasarlo. De la sociología estudió fundamentalmente a Bourdieu, pues le interesaba comprender las representaciones sociales, esas creencias inconscientes que son compartidas por muchísimas personas, incluso de diversos sectores sociales, y que en últimas hasta definen los que se aprueba o reprueba socialmente, por ejemplo qué significa “literatura”. Y para cada una de las disciplinas poseía uno y a veces hasta dos estantes.

También tenía un espacio dedicado a las enciclopedias. Allí reposaban la
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