Cine español






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Cine español



Preguntas preliminares:


  1. ¿Cuáles son los directores más famosos españoles/latinoamericanos más destacados de la historia?

  2. ¿Cuáles son los directores más famosos españoles/latinoamericanos más destacados de la actualidad?

  3. ¿Cuáles son las películas más famosas de España?

  4. ¿Conoces o has visto alguna película española que ha ganado el premio Óscar?

  5. ¿Cómo se llaman los premios que se entregan en Espaňa?

  6. ¿Qué opinas del cine español?

  7. ¿Qué series españoles conoces?

  8. Comenta alguna película española/hispanoamericana que has visto

  9. ¿Qué opinas del cine español?

  10. ¿Cuál es la diferencia entre el cine checo, estadounidense y español/hispanoamericano

historia


En mayo de 1896 llegó a España el cinematógrafo de los hermanos Lumière, y en los meses siguientes varios operadores franceses filmaron los primeros cortometrajes documentales. El primer español en rodar con el cinematógrafo fue Eduardo Jimeno con Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza (1897). El primer filme argumental se debe a Fructuoso Gelabert (Riña en un café, 1897).

Sin embargo, el inicio del cine de ficción argumental, que exigía ya de una infraestructura industrial básica, puso de relieve lo que sería el continuo problema de la producción cinematográfica española: la disparidad entre el abundante potencial creativo y la debilidad de la industria. A pesar de todo, antes de la I Guerra Mundial (1914-1918) existían en el país más de mil salas de exhibición y una veintena de productoras. Durante el conflicto bélico se produjeron en España más de 200 películas. Al terminar la guerra, la industria europea se recuperó, desplazando a la española, que entró en un periodo de crisis.

En el cine español habrá personalidades aisladas, sin continuidad suficiente que posibilite una producción competitiva a escala internacional y proteja el mercado nacional de la creciente colonización estadounidense.

Los pioneros experimentadores, como Segundo de Chomón, que fue un gran innovador en el cine de animación, se vieron obligados a trabajar en Italia o en Francia. La producción nacional comenzó a basarse en la tradición literaria (Don Juan Tenorio, 1908, de Ricardo de Baños), en el costumbrismo folclórico (Malvaloca, 1927, de Benito Perojo) o taurino (Currito de la Cruz, 1925, de Alejandro Pérez Lugín y Fernando Delgado), y en episodios históricos tópicos (Agustina de Aragón, 1928, de Florián Rey), temas que durante años han dominado el panorama del cine español. La zarzuela filmada representaría en 1923 el 50% de la producción cinematográfica en España.

cine sonoro


La llegada del sonoro en 1929 causa un hundimiento de la producción nacional al tener que sonorizar las películas en el extranjero. Por ejemplo, La aldea maldita (1929), de Florián Rey, película mítica rodada en versión muda, se tuvo que llevar a París para grabar el sonido, se estrenó en esa ciudad, y tan sólo se exhibió comercialmente en versión sonora.

Durante la II República (1931-1936), se intentó organizar una industria solvente. En 1932 se crean en Barcelona los estudios Orphea y, en Valencia, la sociedad Cifesa (Compañía Industrial Film Española, S.A.); en 1934, en Madrid, nacen los estudios CEA (Cinematografía Española y Americana) y Filmófono, de la mano de Luis Buñuel, que trataban de hacer un cine comercial español de calidad. La primera película sonora producida en España fue Carceleras (1932), de José Buchs. Las producciones de mayor éxito volvieron a ser las de las temáticas tópicas antes descritas: Nobleza baturra (1935), de Florián Rey, o La verbena de la Paloma (1935), de Benito Perojo. Durante la Guerra Civil española, la industria volvió a sufrir un nuevo estancamiento, y las producciones cinematográficas tenían fines propagandísticos.

Con el comienzo de la dictadura de Francisco Franco en 1939 el cine se convirtió en una industria de apoyo al régimen sujeta a una férrea censura previa. Luis Buñuel se exilió en México, al igual que alguna otra figura destacada de la naciente industria, perdiéndose buena parte de los recursos humanos y creativos del medio. Durante estos años, el cine se especializó en producciones típicamente de consumo (musicales y comedias).

Florián Rey sigue con el costumbrismo en Morena Clara (1936), al que se sumará ahora el género religioso con La hermana San Sulpicio (1934) o La mies es mucha (1948), ésta de José Luis Sáenz de Heredia, realizador que lleva al cine guiones patrióticos, como Raza (1941), sobre la figura de Franco. Otro género propio del periodo para la exaltación de los valores del franquismo es el retrato de figuras patrióticas, en el que se especializa Juan de Orduña, destacando sus obras Locura de amor (1948) y Alba de América y La leona de Castilla, de 1951.

Durante la posguerra hubo un intento de hacer un cine distinto, que ejemplifica el comediógrafo Edgar Neville (La torre de los siete jorobados, 1944), que no llega a cuajar. En la década de 1950, bajo la influencia del neorrealismo italiano, empiezan a aparecer obras realmente críticas desde el punto de vista social que, sin embargo, logran pasar la censura; son películas bien construidas pero con desigual suerte comercial; entre ellas cabe citar Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde, Bienvenido Mr. Marshall (1952), de Luis García Berlanga, o Cómicos (1953), Muerte de un ciclista (1955) y Calle mayor (1956) de Juan Antonio Bardem; e incluso Historias de la radio (1955), del propio José Luis Sáenz de Heredia.

Uno de los más grandes éxitos comerciales de esta época fue la película del director Ladislao Vajda, Marcelino Pan y Vino (1954).

En 1947 se crea el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, que posteriormente pasó a ser la Escuela Oficial de Cinematografía. Varias generaciones de cineastas se formaron en sus aulas y muchos impartieron después clases: directores como Berlanga, Bardem, Carlos Saura, Pilar Miró, Víctor Erice (El espíritu de la colmena, 1973, o El Sur, 1983), y directores de fotografía como Luis Cuadrado, Teo Escamilla, José Luis Alcaine o Xabier Aguirresarobe, hoy figuras destacadas de la industria nacional.

Otros nombres destacados de estas generaciones son el guionista Rafael Azcona y los productores Elías Querejeta y Andrés Vicente Gómez. Azcona, autor satírico que cultiva el humor negro y un costumbrismo que va de la farsa al absurdo surrealista, ha trabajado tanto con el italiano Marco Ferreri (en sus producciones españolas El pisito, 1958, o El cochecito, 1960), como con Luis García Berlanga, Carlos Saura, José Luis Cuerda (El bosque animado, 1987), José Luis García Sánchez (Divinas palabras, 1987, o Suspiros de España (y Portugal), 1995), Manuel Gutiérrez Aragón (El rey del río, 1994), Fernando Trueba (El año de las luces, 1986, y Belle Époque, 1992, Oscar a la mejor película extranjera). Todas ellas, pese a la diferencia de temáticas, año de producción y estilos, llevan su impronta inequívoca.

Otra línea de autores importante desde 1960 es la surgida en la Escuela de Barcelona, que se caracterizó por su propuesta de estructuras narrativas abiertas e innovadoras. Entre los cineastas que aún siguen en activo destacan Gonzalo Suárez (Ditirambo, 1967, o El detective y la muerte, 1994) y Vicente Aranda (El Lute, camina o revienta, 1987, o Amantes, 1991), realizadores que por otra parte mantienen entre ellos pocos elementos en común.

Durante la transición política y los años inmediatamente posteriores, se inició un estilo de cine de reflexión sobre la Guerra Civil, la posguerra y la vida durante el franquismo, en el que se combinan la denuncia, la sátira y la nostalgia, como muestran las producciones Las largas vacaciones del 36 (1975) o El largo invierno (1991), de Jaime Camino; Las bicicletas son para el verano (1983), de Jaime Chávarri, sobre obra teatral de Fernando Fernán Gómez; Asignatura pendiente (1977) y Volver a empezar (1982), Oscar a la mejor película extranjera, de José Luis Garci; La colmena (1982) y Los santos inocentes (1984), de Mario Camus; El año de las luces (1986), de Fernando Trueba; La vaquilla (1984), de Luis García Berlanga; o ¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura.

Aunque los autores de esta generación han tocado otros temas, su desigual éxito ha hecho que desde el punto de vista comercial, salvo muy contadas excepciones (destacan casos aislados, como el de Amanece, que no es poco, 1988, de José Luis Cuerda), el cine español de la década de 1980 no haya obtenido grandes logros debido, en parte, a su dependencia excesiva de las subvenciones públicas. En consecuencia, la comercialización exterior ha sido mínima, y la producción extranjera doblada, especialmente la estadounidense, ha seguido predominando dentro incluso del mercado nacional.

Al amparo del movimiento contracultural de la década de 1980, especialmente en Madrid y Barcelona, surgió un nuevo cine de pretensiones provocadoras, en un principio con vocación minoritaria, pero que más tarde ha resultado ser muy fructífero desde el punto de vista comercial. Dentro de esta corriente ha destacado, sobre todo, Pedro Almodóvar y, en una línea más convencional, el también productor Fernando Colomo. En Barcelona, entre las figuras más notorias se encuentra Bigas Luna con Bilbao (1978), Las edades de Lulú (1990) o Jamón, jamón (1992).

En los últimos tiempos, ha surgido un movimiento de nuevos realizadores que comparten el afán por llegar al gran público, con un rango temático más amplio y una narrativa más ágil. Entre los directores que comparten estos objetivos se encuentran, entre otros, Juanma Bajo Ulloa (Alas de mariposa, 1991, La madre muerta, 1993, y Airbag, 1997), Alex de la Iglesia (Acción mutante, 1992, El día de la bestia, 1995, y La comunidad, 2000), Julio Medem (Vacas, 1992, La ardilla roja, 1993, y Los amantes de círculo polar, 1998), Mariano Barroso (Mi hermano del alma, 1993, y Kasbah, 2000), Icíar Bollaín (Hola, ¿estás sola?, 1995), Agustín Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, 1995), Alejandro Amenábar (Tesis, 1996, y Los otros, 2000), Fernando León de Aranoa (Familia, 1996), Santiago Segura (Torrente, el brazo tonto de la ley, 1998) y Benito Zambrano (Solas, 1999). Fuera de los circuitos comerciales convencionales se sitúa la obra de José Luis Guerín, autor de filmes de corte documental como En construcción (2001).

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