Lengua castellana y literatura 2º Bachillerato. Comentario de Texto






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DORIO DE GADEX.- ¡Padre y Maestro Mágico, salud!

MAX.- ¡Salud, Don Dorio!

DORIO DE GADEX.- ¡Maestro, usted no ha temido el rebuzno libertario del honrado pueblo!

MAX.- ¡El épico rugido del mar! ¡Yo me siento pueblo!

DORIO DE GADEX.- ¡Yo, no!

MAX.- ¡Porque eres un botarate!

DORIO DE GADEX.- ¡Maestro, pongámonos el traje de luces de la cortesía! ¡Maestro, usted tampoco se siente pueblo! Usted es un poeta, y los poetas somos aristocracia. Como dice Ibsen, las multitudes y las montañas se unen siempre por la base.

MAX.- ¡No me aburras con Ibsen!

PÉREZ.- ¿Se ha hecho usted crítico de teatros, Don Max?

DORIO DE GADEX.- ¡Calla, Pérez!

DON LATINO.- Aquí sólo hablan los genios.

MAX.- Yo me siento pueblo. Yo había nacido para ser tribuno de la plebe y me acanallé perpetrando

traducciones y haciendo versos. ¡Eso sí, mejores que los hacéis los modernistas!

DORIO DE GADEX.- Maestro, preséntese usted a un sillón de la Academia.

MAX.- No lo digas en burla, idiota. ¡Me sobran méritos! Pero esa prensa miserable me boicotea. Odian mi rebeldía y odian mi talento. Para medrar hay que ser agradador de todos los Segismundos. ¡El Buey Apis me despide como a un criado! ¡La Academia me ignora! ¡Y soy el primer poeta de España! ¡El primero! ¡El primero! ¡Y ayuno! ¡Y no me humillo pidiendo limosna! ¡Y no me parte un rayo! ¡Yo soy el verdadero inmortal, y no esos cabrones del cotarro académico! ¡Muera Maura!
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ZARATUSTRA entra y sale en la trastienda, con una vela encendida. La palmatoria pringosa tiembla en la mano del fantoche. Camina sin ruido, con andar entrapado. La mano, calzada con mitón negro, pasea la luz por los estantes de libros. Media cara en reflejo y media en sombra. Parece que la nariz se le dobla sobre una oreja. El ¡oro ha puesto el pico bajo el ala. Un retén de polizontes pasa con un hombre maniatado. Sale alborotando el barrio un chico pelón montado en una caña, con una bandera.

EL PELÓN.- ¡Vi-va-Es-pa-ña!

El CAN.- ¡Guau! ¡Guau!

ZARATUSTRA.- ¡Está buena España!

DON GAY.- Es preciso reconocerlo. No hay país comparable a Inglaterra. Allí el sentimiento religioso tiene tal decoro, tal dignidad que indudablemente las más honorables familias son las más religiosas. Si España alcanzase un más alto concepto religioso, se salvaba.

MAX .- ¡Recémosle un Réquiem! Aquí los puritanos de conducta son los demagogos de la extrema izquierda. Acaso nuevos cristianos, pero todavía sin saberlo.

DON GAY.-Señores míos, en Inglaterra me he convertido al dogma iconoclasta, al cristianismo de oraciones y cánticos, limpio de imágenes milagreras. ¡Y ver la idolatría de este pueblo!

MAX .- España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de África.

DON GAY.- Maestro, tenemos que rehacer el concepto religioso en el arquetipo del Hombre-Dios. Hacer la Revolución Cristiana con todas las exageraciones del Evangelio.

DON LATINO.- Son más que las del compañero Lenin.

ZARATUSTRA.- Sin religión no puede haber buena fe en el comercio.

DON GAY.- Maestro, hay que fundar la Iglesia Española Independiente. [...]

MAX .- Hay que resucitar a Cristo.

DON GAY.-He caminado por todos los caminos del mundo y he aprendido que los pueblos más grandes no se constituyeron sin una Iglesia Nacional. La creación política es ineficaz si falta una conciencia religiosa con su ética superior a las leyes que escriben los hombres.

MAX .- Ilustre Don Gay, de acuerdo. La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero: La Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes: El Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones: El Cielo, una kermés sin obscenidades a donde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María. Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere.
13

MAX .- ¿Quién eres, compañero?

EL PRESO.-Un paria.

MAX .- ¿Catalán?

EL PRESO.- De todas partes.

MAX .- ¡Paria!... Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto. Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora.

EL PRESO.- Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés y a orgullo lo tengo.

MAX .- ¿Eres anarquista?

EL PRESO.- Soy lo que me han hecho las Leyes.

MAX .- Pertenecemos a la misma Iglesia.

EL PRESO.- Usted lleva chalina.

MAX .- ¡El dogal de la más horrible servidumbre! Me lo arrancaré, para que hablemos.

EL PRESO.- Usted no es proletario.

MAX .- Yo soy el dolor de un mal sueño.

EL PRESO.- Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos.

MAX .- Yo soy un poeta ciego.

EL PRESO.- ¡No es pequeña desgracia...! En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto

menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.

MAX .- Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.

EL PRESO.- No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos: Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente sesalva pereciendo!
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EL RETIRADO.- El Principio de Autoridad es inexorable.

EL ALBAÑIL.- Con los pobres. Se ha matado, por defender al comercio, que nos chupa la sangre.

EL TABERNERO.- Y que paga sus contribuciones, no hay que olvidarlo.

EL EMPEÑISTA.- El comercio honrado no chupa la sangre de nadie.

LA PORTERA.- ¡Nos quejamos de vicio!

EL ALBAÑIL.- La vida del proletario no representa nada para el Gobierno.

MAX.- Latino, sácame de este círculo infernal.

Llega un tableteo de fusilada. El grupo se mueve en confusa y medrosa alerta. Descuella el grito ronco de la mujer, que al ruido de las descargas, aprieta a su niño muerto en los brazos.

LA MADRE DEL NIÑO.- ¡Negros fusiles, matadme también con vuestros plomos!

MAX.- Esa voz me traspasa.

LA MADRE DEL NIÑO.-¡Que tan fría, boca de nardo!

MAX.- ¡Jamás oí voz con esa cólera trágica!

DON LATINO.- Hay mucho de teatro.

MAX.- ¡Imbécil!

El farol, el chuzo, la caperuza del SERENO, bajan con un trote de madreñas por la acera.

EL EMPEÑISTA.- ¿Qué ha sido, sereno?

EL SERENO.- Un preso que ha intentado fugarse.

MAX.- Latino, Ya no Puedo gritar... ¡Me muero de rabia!... Estoy mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin... No le asustaba, pero temía el tormento... La Leyenda Negra en estos días menguados es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga. ¿Has oído los comentarios de esa gente, viejo canalla? Tú eres como ellos. Peor que ellos, porque no tienes una peseta y propagas la mala literatura por entregas. Latino, vil corredor de aventuras insulsas, llévame al Viaducto. Te invito a regenerarte con un vuelo.
15

DON LATINO.- Yo era el redactor financiero. En París nos tuteábamos, Rubén.

RUBÉN.- Lo había olvidado.

MAX.- ¡Si no has estado nunca en París!

DON LATINO.- Querido Max, vuelvo a decirte que no te pongas estupendo. Siéntate e invítanos a cenar. ¡Rubén, hoy este gran poeta, nuestro amigo, se llama Estrella Resplandeciente!

RUBÉN.-¡Admirable! ¡Max, es preciso huir de la bohemia!

DON LATINO.- ¡Está opulento! ¡Guarda dos pápiros de piel de contribuyente!

MAX.- ¡Esta tarde tuve que empeñar la capa y esta noche te convido a cenar! ¡A cenar con el rubio Champaña, Rubén!

RUBÉN.- ¡Admirable! Como Martín de Tours, partes conmigo la capa, transmudada en cena. ¡Admirable!

DON LATINO.- ¡Mozo, la carta! Me parece un poco exagerado pedir vinos franceses ¡Hay que pensar en el mañana, caballeros!

MAX.- ¡No pensemos!

DON LATINO.- Compartiría tu opinión, si con el café, la copa y el puro nos tomásemos un veneno.

MAX.- ¡Miserable burgués!

DON LATINO.- Querido MAX, hagamos un trato. Yo me bebo modestamente una chica de cerveza y tú me apoquinas en pasta lo que me había de costar la bebecua.

RUBÉN.- No te apartes de los buenos ejemplos, Don Latino.

DON LATINO.- Servidor no es un poeta. Yo me gano la vida con más trabajo que haciendo versos.

RUBÉN.-Yo también estudio las matemáticas celestes.

DON LATINO.- ¡Perdón entonces! Pues sí, señor, aun cuando me veo reducido al extremo de vender

entregas, soy un adepto de la Gnosis y la Magia.

RUBÉN.-¡Yo lo mismo! [...]

MAX.- ¿Tú eres creyente, Rubén?

RUBÉN.- ¡Yo creo!

MAX.- ¿En Dios?

RUBÉN.-¡Y en el Cristo!

MAX.- ¿Y en las llamas del Infierno?

RUBÉN.-¡Y más todavía en las músicas del Cielo!

MAX.- ¡Eres un farsante, Rubén!

RUBÉN.- ¡Seré ingenuo!

MAX.- ¿No estás posando?

RUBÉN.-¡No!

MAX.- Para mí, no hay nada tras la última mueca. Si hay algo, vendré a decírtelo.

RUBÉN.-¡Calla, Max, no quebrantemos los humanos sellos!

MAX.- Rubén, acuérdate de esta cena. Y ahora mezclemos el vino con las rosas de tus versos. Te escuchamos.

RUBÉN se recoge estremecido, el gesto de ídolo, evocador de terrores y misterios. MAX. ESTRELLA, un poco enfático, le alarga la mano. Llena los vasos DON LATINO. RUBÉN sale de su meditación con la tristeza vasta y enorme esculpida en los ídolos aztecas.

RUBÉN.- Veré si recuerdo una peregrinación a Compostela... Son mis últimos versos.

MAX.- ¿Se han publicado? Si se han publicado, me los habrán leído, pero en tu boca serán nuevos.

RUBÉN.- Posiblemente no me acordaré. [...]

RUBÉN asiente con un gesto sacerdotal y, tras de humedecer los labios en la copa, recita lento y cadencioso, como en sopor, y destaca su esfuerzo por distinguir de eses y cedas.

RUBÉN.- ¡¡¡La ruta tocaba a su fin. /Y en el rincón de un quicio oscuro, / nos repartimos un pan duro /conel Marqués de Bradomín!!!





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Los girasoles ciegos

Alberto Méndez

Los girasoles ciegos

Alberto Méndez

1

He observado atentamente el rostro blanco de Elena. Su palidez ya no es tan macilenta como en el momento de la muerte. Sencillamente ha perdido todos los colores. Quizás la muerte sea transparente. Y heladora. Durante las primeras horas he sentido la necesidad de mantener su mano entre las mías, pero poco a poco me he encontrado unos dedos sin caricias y he sentido miedo de que fuera ése el recuerdo que quedara grabado en mi piel insatisfecha. Llevo varias horas sin tocarla y ya no soy capaz de reposar junto a su cuerpo. El niño sí. Ahora yace exhausto acurrucado junto a su madre. Por un momento he pensado que pretendía devolver el calor al cuerpo inerte que le sirvió de refugio mientras duró el zumbido de la guerra.

Sí. Hemos perdido una guerra y dejarnos atrapar por los fascistas sería lo mismo que regalarles otra vez otra victoria. Elena ha querido seguirme y ahora sabemos que nuestra decisión ha sido errónea. Quiero pensar que jamás se cometió un error tan generoso.

Debimos hacer caso a sus padres, a los que pido perdón por permitir que Elena me acompañase en mi huida.

Que te quedes, no te harán daño, le dije. Que te sigo. Que me matan. Que me muero. Hablábamos de la muerte para dejar la vida al descubierto. Pero nos equivocábamos. Nunca debimos emprender un viaje tan interminable estando ella de ocho meses. El niño no vivirá y yo me dejaré caer en los pastos que cubrirá la nieve para que de las cuencas de mis ojos nazcan flores que irriten a quienes prefirieron la muerte a la poesía.
2

Este texto fue encontrado en 1940 en una braña de los altos de Somiedo, donde se enfrentan Asturias y León. Se encontraron un esqueleto adulto y el cuerpo desnudo de un niño de pecho sorprendentemente conservado sobre unos sacos de arpillera tendidos en un jergón; una piel de lobo y lana de cabra montesa, pelos de jabalí y unos helechos secos les cobijaban. Los dos cuerpos estaban juntos y envueltos en una colcha blanca, «como formando un nido»… En 1952, buscando otros documentos en el Archivo General de la Guardia Civil, encontré un sobre amarillo clasificado como DD (difunto desconocido). Dentro había un cuaderno con pastas de hule, de pocas páginas y cuadriculado, cuyo contenido transcribo… No había más señal de vida, pero el informe sí recoge –y eso es lo que me indujo a leer el manuscrito– que, en la pared, había una frase que rezaba: «Infame turba de nocturnas aves». El texto es éste:

PÁGINA 1 Elena ha muerto durante el parto. No he sido capaz de mantenerla a este lado de la vida. Sorprendentemente, el niño está vivo. Ahí está, desmadejado y convulsivo sobre un lienzo limpio al lado de su madre muerta. Y yo no sé qué hacer. No me atrevo a tocarlo. Seguramente le dejaré morir junto a su madre, que sabrá cuidar de un alma niña y le enseñará a reír, si es que hay un sitio para que las almas rían. Ya no huiremos a Francia. Sin Elena no quiero llegar hasta el fin del camino. Sin Elena no hay camino. ¿Cómo se corrige el error de estar vivo? ¡He visto muchos muertos pero no he aprendido cómo se muere uno!

PÁGINA 2 No es justo que comience la muerte tan temprano, ahora que aún no ha habido tiempo para que la vida se diera por nacida. He dejado todo como estaba. Nadie podrá decir que he intervenido. La madre muerta, el niño agitadamente vivo y yo inmóvil por el miedo. Es gris el color de la huida y triste el rumor de la derrota…

3

Por fin, llegó [el capitán Alegría] a Somosierra, un pueblo de granito y pizarra que necesita el paisaje para ser hermoso. Llegó al atardecer, con un sol oblicuo y denso a sus espaldas que le permitió acercarse a la caseta del fielato* donde los guardianes del camino habían instalado sus reales. Allí estaban los soldados del ejército que había ganado la última batalla, con los uniformes, las botas, los tabardos y las armas que él había administrado tantos años. No sintió ni nostalgia ni arrepentimiento, pero sí melancolía.

Les observó tras su difusa miopía durante horas, incluso cuando la noche se echó encima y los soldados tuvieron que encender hogueras para iluminar el camino y calentarse. Observó la parodia de un cambio de guardia, hecho al buen tuntún y con una desgana que reflejaba más hastío que victoria.

Debió de ser entonces cuando nació la reflexión que recogió en unas notas encontradas en su bolsillo el día de su segunda muerte, la real, que tuvo lugar más tarde, cuando se levantó la tapa de la vida con un fusil arrebatado a sus guardianes.

«¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra? No, ellos quieren regresar a sus hogares adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños de la vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos. Se amalgamarán con quienes han sido derrotados, de los que sólo se diferenciarán por el estigma de sus rencores contrapuestos. Terminarán temiendo, como el vencido, al vencedor real, que venció al ejército enemigo y al propio. Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de la guerra.»

Todos los pensamientos y con ellos la memoria debieron de quedar sepultados bajo la fiebre, bajo el hambre, bajo el asco que sentía de sí mismo, porque haciendo acopio de la poca fuerza que aún le quedaba, arrastrándose ya, pues ni siquiera incorporarse pudo en el último momento, se aproximó al cuerpo de guardia lentamente, sin importarle el asombro y la repulsión que sintieron los soldados al ver arrastrarse esos despojos.

Cuando el llanto se lo permitió, dijo:

–Soy de los vuestros.
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