La literatura es una fuente enriquecedora por el valor artístico que en ella adquiere el lenguaje






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El Proyecto de lectura para centros escolares (PLEC) es una sección del Servicio de Orientación de Lectura (SOL).

En sus tres apartados, el PLEC ofrece un conjunto de elementos que facilitarán al profesorado el trabajo con la lectura y la biblioteca en el Centro.

 ¿Qué aporta la lectura al lector? 

  1. Enriquece al niño en todos los aspectos de su persona: desde lo intelectual a lo afectivo, lo emocional, lo íntimo, lo onírico e incluso lo irreal.

  2. La literatura es una fuente enriquecedora por el valor artístico que en ella adquiere el lenguaje.

  3. Le prepara para la lectura de aprendizaje: si el muchacho disfruta de las fantásticas aventuras que se esconden en la Literatura Infantil también será capaz de estudiar con suficiente atención teoremas y teorías, ideas e ideologías, historias y filosofías que estén en otra onda a la de sus gustos, sus intereses y sus motivaciones.

  4. Aporta un amplísimo horizonte de fantasía y sueños, una estimulante mezcla de conjuros mágicos que permiten abrir mil puertas y descubrir infinitos mundos.

  5. Hace al lector flotar, reír, soñar, descubrir, acercarse a lo lejano en el tiempo y en el espacio, ponerse en la piel de otras personas, sufrir con ellas, alegrarse con sus éxitos, emocionarse con sus descubrimientos…

  6. Le ayuda a entender y en parte a solucionar sus problemas psicológicos y afectivos (miedos, complejos, celos...). No podemos esperar que la literatura haga milagros y retire las piedras del camino vital de nuestros hijos, pero sí le permitirán serenar su frustración o su pena demostrándoles que no está solo, que lo que le ocurre es natural, que hay otros muchos niños que pasan por sus avatares.

  7. Despierta su imaginación, su fantasía y potencia su creatividad: si le ofrecemos libros como La historia interminable (Ende), El manual de monstruos domésticos (Marijanovic) o El erizo de mar (Iela Mari), no sólo gozarán sino que potenciarán los músculos de su imaginación.

  8. Favorece el desarrollo de su espíritu crítico y de su capacidad de razonar, provocando y orientando la reflexión y el cultivo de la inteligencia.

  9. Aviva su sentido estético y su capacidad de apreciar y disfrutar de lo bello.

  10. Contribuye a su crecimiento en libertad: en la medida en que le dejemos elegir sus lecturas y en la medida en que la oferta que pongamos a su alcance sea plural en los enfoques, las estéticas, las épocas, los conflictos y los caracteres y reacciones de los personajes.

  11. Leer estimula las capacidades lingüísticas:

Enriquece el vocabulario y el uso de las estructuras del idioma y, en consecuencia, desarrolla la capacidad de expresión, tanto oral como escrita.

Perfecciona el conocimiento ortográfico: al ver la forma correcta de escribir cada palabra, su cerebro, inconscientemente, se impregna de información que luego le permitirá ser más certero al escribir.

Se familiariza, poco a poco, con las estructuras propias de los diferentes géneros y estilos literarios. Por ejemplo, siempre que una lectura comience por «érase una vez…» sabrá que está abriendo el tarro de las esencias de un hermoso cuento y se situará ante él con una predisposición muy diferente a la que le invitará un texto estructurado en líneas cortas (versos), porque adivinará que está introduciéndose en un poema.

  1. A través de la narración o lectura en voz alta, se potencia la capacidad de escucha, que amplía la atención y es tan importante en toda comunicación.

  2. Las lecturas compartidas estrechan los lazos afectivos y favorecen la expresión espontánea de los sentimientos y las emociones.

  3. Los cuentos nos enseñan sobre la condición humana: descubrimos el valor de la generosidad, la justicia, la esperanza. Pero también el odio, la ruindad, la violencia, la injusticia. Por eso debemos ofrecer libros con personajes bien perfilados, con caracteres coherentes, con comportamientos y personalidades variadas, no sólo «buena gente», porque en la vida real el niño encontrará de todo y la literatura puede ayudarle a relacionarse.

  4. El niño amplía su mundo interior, adquiere conocimientos de todo tipo (no sólo intelectuales, también morales y afectivos). Si los libros a los que se va asomando son atractivos y satisfacen sus deseos íntimos (sean estos recreativos, cognitivos o sociales), se favorecerá su gusto por conocer, descubrir y profundizar en la lectura para obtener nuevas prebendas.

  5. El libro acerca al niño el mundo de los adultos, le muestra sus estructuras, sus convencionalismos, sus valores y contravalores, sus hipocresías e incoherencias, y le sirve como estímulo para crecer en lo íntimo, en lo afectivo y en lo intelectual.

  6. Se desarrolla la memoria, porque el lenguaje artístico despierta, una y otra vez, las imágenes que se van atesorando en la memoria y que producen un deleite al espíritu.

  7. Afianza el proceso de madurez a través del desarrollo de la autonomía intelectual del niño, por lo que se convierten en garantía de la libertad personal del lector que puede manejar la historia a su antojo y en función de sus necesidades intelectuales y afectivas.

  8. El libro es un fabuloso instrumento para una permanente formación intelectual, moral, afectiva y estética del niño.

  9. Aumenta la lógica, al presentar sucesión de ideas, encadenadas con coherencia tanto en lo temporal, en lo espacial y lo narrativo.

  10. Facilita la comunicación: cuando el libro toca al niño, cuando se acomoda en su interior dejando un poso de efectividad (intelectual o afectiva), corre a compartirlo con un ser querido.

  11. Posibilita la desinhibición: muchos niños tienen problemas relacionales que se traducen en inseguridad, dependencia del adulto, incomunicación y, en casos extremos, agresividad. La lectura les puede ayudar a desinhibirse, al menos interiormente y eso les permitirá liberar parte de su frustración.

  12. Ayuda a descubrir los propios sentimientos: en ocasiones el niño no termina de identificar o aceptar sus sentimientos; sabe que le está pasando algo, que en su interior crece el desasosiego o la euforia y se siente confuso porque son emociones novedosas. Incluso puede suceder que el niño haya recibido una educación excesivamente restrictiva y punitiva y eso le mueva a «satanizar» esos sentimientos emergentes. La lectura le puede ayudar a entenderse y a aceptar lo que hierve en su interior.

  13. Acentúa el gusto por estar solo: aunque defendemos las lecturas compartidas como intercambio de nutrición afectiva, reconocemos que la peculiaridad intrínseca de la lectura es su condición de solitaria. Lo natural es leer a solas con uno mismo, buscando la postura, la ubicación, la disposición emocional, intelectual y física deseada, huyendo de todo aquello que turbe nuestro recogimiento interior y que vaya a impedir nuestro disfrute absoluto. Si el niño logra abstraerse del mundo que le rodea con un libro en las manos es porque está navegando a miles de leguas de aquí, porque el libro ha logrado ayudarle a trascender el espacio y el tiempo.

  14. Fomenta el ocio creativo y constructivo: uno de los dramas de nuestras sociedades urbanas es que los niños y jóvenes cada vez encuentran menos espacios para desarrollar su ocio. El empeño de los padres en que aprendan de todo (kárate, inglés, informática, ballet, danzas orientales, piano…) y la vergonzosa presión de los deberes escolares incitan al niño a amuermarse y ralentizar sus actividades libres en busca de un poco de sosiego. Los libros pueden abrir una ventana por la que penetre algo de creatividad y que despierte nuevos intereses y aficiones.

Kepa Osoro

http://sol-e.com/plec/documentos.php?id_seccion=6&id_documento=28&nivel=Primaria

Cómo ayudar al niño a convertirse en un lector feliz

Los niños tienen unos gustos e intereses literarios que deben ser respetados. La labor de padres y educadores es acompañarlos y orientarlos sin imponer sus propios gustos, ofreciéndoles lecturas que motiven, emocionen, diviertan, etc. Por otra parte, es importante la narración oral de libros desde edades tempranas, no sólo como motivación a la lectura sino también como acción generadora de lazos afectivos.

Los bebés no comen fabada
Aunque toda norma tiene sus excepciones y en cuestión de gustos no hay nada definitivo, no podemos olvidarnos de la capacidad digestiva del comensal que hemos invitado a nuestra mesa. Del mismo modo que nadie duda de que a un bebé no se le pueden dar alubias por el mero hecho de que ya sepa tragar papillas, no podemos pretender atragantar a un lector incipiente con la Divina Comedia o El Quijote porque ya sea capaz de descifrar los signos gráficos. Un empacho lingüístico a estas alturas puede provocar una definitiva alergia a las letras.

Alfombra de plumas, no de clavos
Si bajo un bebé que comienza a hacer sus pinitos hacia la posición erguida para comenzar a caminar colocamos una alfombra rebosante de clavos y cristales, lograremos con toda seguridad que no vuelva a levantarse porque sabrá lo que le espera si tropieza de nuevo.

Muchos padres y maestros olvidan que bajo unos pies descalzos –léase: «ojos ávidos de cuentos»– hay que situar una alfombra de plumas cuando pretenden que sus chavales de 5, 6 o 7 años se familiaricen con libros descomunales, repletos de letras minúsculas y fabricados en materiales poco agradables.

A los primeros lectores hay que darle libros cautivadores, amenos, deliciosos y delicados, seductores y humorísticos. Debe tenerse en cuenta su tamaño, sus formas, la suavidad y textura del papel, la calidad y expresividad de sus dibujos, las dimensiones y densidades de los textos...

No olvidemos que para un pequeño los libros tienen que entrar por todos los sentidos, no sólo por los ojos. A ellos les gusta jugar, manipular, espachurrar, llevarse a la boca, olisquear, lanzar y recoger. Si tememos que los libros se rompan, démosles aquellos que pueden resistir su furia investigadora.

El entrenador no juega
Aunque les encantaría hacerlo, ni Del Bosque ni Clemente pueden ya saltar al césped para demostrar sus cualidades futbolísticas. Han de dejar paso a los nuevos valores; han de conformarse con darles instrucciones y organizar tácticas. Pero a la hora de la verdad los que han de correr tras la pelota son sus muchachos. De igual manera, muchos adultos se empeñan en masticar primero la comida que harán tragar a la fuerza después a sus pupilos.

Creen que su condición de lectores experimentados les da derecho a imponer, elegir y dictar el modo, el momento, el lugar e incluso la emoción con la que los chavales habrán de desarrollar su proceso lector.

El entrenador ideal no es aquel que crea estrategias revolucionarias e invencibles, ni aquel que encorseta a sus jugadores en un reglamento rígido y autómata. Esta falta de flexibilidad creará una tensión que obligará a los deportistas a desenvolverse sin espontaneidad. El entrenador, animador o maestro genial será aquel que enseñe a sus aprendices a ser autónomos, a evolucionar sobre el césped-libro con inteligencia, libertad y capacidad de decisión. Aquel que ayude a cada individuo a encontrar lo mejor de sí mismo y a elegir su propio lugar en el equipo. Cuando ese sujeto se sienta él mismo, cuando perciba que se valora su idiosincrasia y capacidad, podrá rendir al máximo.

Enseñemos a nuestros chavales a ser críticos y libres, desarrollemos todas sus capacidades, reforcemos su autoestima y su razonamiento, hagamos que nos sientan como acompañantes y, al mismo tiempo, puntos de referencia... y ellos mismos irán creciendo como lectores y como personas. Dejemos que se equivoquen, que fracasen, que realicen jugadas arriesgadas que unas veces acabarán en gol y otras en un lanzamiento por encima del larguero.

Dejemos que escojan sus libros atraídos por una imagen deslumbrante, por una intuición, por una impresionante campaña publicitaria... y que luego se sientan desengañados. Permitámosles que dejen un libro en la página 6 o en la 32, que elijan una y otra vez hasta que encuentren su lectura ideal. No critiquemos sus devaneos, su aparente falta de constancia, su ficticia pereza.

Confiemos en ellos y hagámosles notar que estamos a su lado con la disposición de echarles una mano cuando lo precisen. Pero que sean ellos los que acudan a nosotros.

«¡Qué disgusto: me han impuesto sus gustos!»
¡Cómo nos gusta hablar de nuestros gustos! ¡Cómo nos gustaría que lo que nos gusta gustase a los demás! ¡Qué gusto da contagiar y compartir gustos! Pero, ¡ojo!, cada uno tiene derecho a paladear sus propios sabores. Qué aburrido sería estar siempre rodeados de gente idéntica a nosotros. Es inevitable apasionarse al hablar de nuestras aficiones, pero debemos ser respetuosos con las de los demás.

Debemos entender que lo que nos causa sorpresa, emoción, pasión, puede ser totalmente indiferente para quienes nos rodean. Si obligamos a nuestros hijos a leer exclusivamente libros de animales porque a nosotros nos encantan, lograremos dos cosas: que ellos aborrezcan a todo bicho viviente y que de paso no quieran ver un libro ni en pintura.

Profundicemos en la psicología, los gustos e intereses de los chavales que tenemos en nuestras manos. Procuremos conocer a fondo lo que aman, lo que les seduce, lo que desearían más que nada en el mundo, y desde esta información confidencial busquemos y rebusquemos en el pozo de nuestros conocimientos bibliográficos para darle a cada uno lo que desea.

Y si encontramos un muchacho indeciso, que no termina de saber qué tipo de historias o de aficiones le enganchan, abramos ante sus ojos un abanico lo más variado y atractivo posible y enseñémosle las virtudes de cada tema. Después, él mismo tomará la decisión y emprenderá el camino que guste.

«¡Quiero ser como el Capitán Garfio, no como Peter Pan!»
El niño –como cualquier lector, incluso diríamos que como cualquier espectador o partícipe de una obra de arte viva y estimulante– tiene necesidad de identificarse con los protagonistas de sus historias. De todos los personajes que aparecen en cada libro, el niño, consciente o inconscientemente, tiende a sentir una predilección clara por alguno de ellos.

Nos sorprendería saber que su favorito no es siempre el que nosotros esperábamos: tal vez le mole más el lobo que Caperucita; flipará más con la madrastra que con la cursi de Blancanieves; preferirá al Capitán Garfio antes que a Peter Pan…

Por eso le ofreceremos libros en los que los protagonistas estén bien perfilados psicológica y éticamente, personajes que habrán de ser creíbles y convincentes, coherentes y lógicos. Las historias sin héroes con carácter se olvidan pronto.

«¡Quiero conmoverme: llorar, reír, temblar de miedo!»
El niño que abre un nuevo libro tiene clara una cosa: desea fervientemente que el cuento le toque, le sacuda, le saque violentamente de la rutina, del aburrimiento, de lo convencional, del encefalograma plano en que la escuela y la televisión han convertido su vida. Quiere historias que le hagan tirarse por el suelo de risa, arrancarse los pelos y destrozarse las uñas por el miedo, revolverse indignado ante una injusticia, sentirse compungido por la muerte de un protagonista… ¡Quiere emociones, sentimientos intensos, sensaciones efervescentes!

«Dibujos que estimulen mi imaginación, no que la sepulten»
Sobre todo cuando son más pequeños, los niños agradecen la presencia de ilustraciones que enriquezcan su propia construcción simbólica de la historia, su recreación personal e intransferible de los personajes y los ambientes.

Saborea con placer la propuesta artística si ésta acompaña respetuosa y fielmente el texto y si representa nítidamente al héroe desde el principio hasta la última página, haciendo presentir por sus gestos tanto sus estados de ánimo como los avatares que está sufriendo en cada momento.

La imagen habrá de ser rica y variada y ampliar la información que aporta el texto sobre todo en los libros para los más pequeños en los que la extensión ha de ser limitada si no se quiere fundir el umbral de atención del niño.

«Soy único e irrepetible, no lo olvidéis»
Cada niño tiene sus gustos e intereses y estos irán variando con el paso del tiempo y en función también de los estímulos que el entorno (familiar y escolar) le ofrezca. Sería fantástico que todos los niños gozaron con todo tipo de libros y eso es lo que parece que creemos y esperamos los adultos. Pero seamos honestos y realistas: ¿a todos nosotros nos gustan todo tipo de lecturas?

Aceptemos y celebremos que nuestro hijo tenga sus propias preferencias, aunque en ciertos momentos nos parezcan disparatadas o incluso inconvenientes (¡no es bueno que sólo lea libros de pesadillas, monstruos y crímenes!). Ya llegará la literatura de calidad y los autores canónicos… ¡O no, tal vez no lleguen nunca!

Hay chavales a los que no les gustan los libros «para niños», los cuentos, porque los consideran ñoños, complejos o aburridos. Sólo disfrutan leyendo relatos de la vida natural, que les hablen de animales, de bosques, del universo, de la vida en otros planetas o en países lejanos. Los hay que sólo disfrutan con la prensa y los que sólo gozan con los tebeos (aunque a más de un adulto le parezcan subliteratura). Los más atrevidos aún son ¡los apasionados de los libros de poemas! (y a algún que otro padre machote le sale la vena sexista y tilda a su hijo de «afeminado»).

Cada cual tiene sus ritmos, sus pulsiones, sus intereses y sus momentos de explosión y descubrimiento. Los padres tenemos que acompañarles, abrir ante ellos una ventana lo más amplia y rica de lectura para que por ellas el niño deje penetrar el tipo de viento que necesite y anhele en cada momento.

De la narración oral a la pasión lectora
Leer libros a los niños es una de las labores más trascendentales y gratificantes que un maestro o un padre pueden hacer por la salud lectora de los muchachos. Por encima del interés pedagógico o científico del texto narrado hemos de situar la tremenda carga afectiva que encierra esta tarea.

Debemos reservar diariamente un rato a la narración gozosa de un relato motivador y emocionante. El niño esperará con ilusión estos momentos mágicos y todos disfrutaremos desde nuestro papel: ellos como oyentes apasionados y nosotros como generadores de fantasía y afecto.

Vamos a terminar con una frase de Pierre Gamarra: «No pueden leerse libros si antes no se ha leído el mundo».

Kepa Osoro

Por qué y para qué leer cuentos a los niños

Leer cuentos a los más pequeños puede ser muy beneficioso para ellos, no sólo desde una perspectiva lúdica, sino también intelectual y emocional. El artículo destaca algunas de las ventajas de esta actividad, desde la ejercitación de la imaginación hasta el apoyo que una historia puede prestar al niño a la hora de superar sus miedos o asimilar el mundo que le rodea. Se resalta también el importante papel que juega el narrador en la lectura, ya que es de él –y no sólo del texto– de quién muchas veces depende la actitud del niño ante el libro.
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