Sus diversos grados y de quienes lo poseen. Del segundo capítulo del libro primero del






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LOS HÁLITOS

DE LA

INTIMIDAD
(NAFAHÂT AL-UNS)

‘ABD AR-RAHMÂN AL-JÂMÎ


ÍNDICE

PRÓLOGO 3
CAPÍTULO I 18
CAPITULO II. — Del Tawhîd, sus diversos grados y de quienes lo poseen. Del segundo capítulo del libro primero del Tarjumat al-’Awârif 28
CAPÍTULO III. — De lo que se denomina ma’rifah, ‘ârif, muta’arrif y jâhil, y del primer capítulo del libro tercero del Tarjumat al-’Awârif 35
CAPÍTULO IV. — Explicación preliminar de las palabras wilâyah y walî 55
CAPÍTULO V. — De la diferencia que existe entre el milagro (al-mu’jizah), el carisma (al-karâmah) y el prodigio de perdición (al-istidrâj) 61
BIBLIOGRAFÍA 73

PRÓLOGO


El trabajo que aquí proponemos vendrá a ser, de hecho, la presentación en nuestro país de un autor sufí que, a pesar de su importancia, es poco conocido entre nosotros. Hoy en día, cuando los grandes nombres del sufismo han pasado a ser familiares para cualquiera que tenga cierto interés en lo que, para simplificar, podríamos llamar «filosofía mística», y la referencia a un Ibn ‘Arabî, un Rûmî, o un ‘Attâr ya no es infrecuente, el nombre de Jâmî permanece reservado todavía para los que se ocupan más particularmente del tema. Y existen buenas razones para que esto deje de ser así, y una de ellas la de que Jâmî fue, precisamente, un excelente divulgador de las enseñanzas del sufismo. Él, que invocaba siempre para sí sólo el papel de intérprete, es, en efecto, uno de los mejores expositores de todo lo relativo a aquél, y su obra es una vía de acceso particularmente útil a los autores más representativos.

Jâmî vino a ser como el colofón de toda una época del sufismo, y su obra tiene todo el valor de una síntesis. Último de los grandes poetas místicos persas, que no el menor, su obra es también un punto de confluencia de toda una variada tradición espiritual, que halló en ella una perfecta armonización.

Quizá no todos suscriban la afirmación de E. G. Browne de que Jâmî fue «uno de los más notables genios que haya dado nunca Persia, pues fue a la vez un gran poeta, un gran erudito y un gran místico1», pero desde luego ésta era la opinión de sus contemporáneos más ilustres, opinión que ha conservado la posteridad en Oriente.

Estudiado primero en Europa como poeta lírico2, la atención ha ido pasando a su faceta más directamente mística y filosófica, como dan razón de ello, en particular, recientes traducciones al inglés y al francés de algunos de sus tratados en prosa.
* * *
Mullâ Nûr ad-Dîn ‘Abd ar-Rahmân ibn Ahmad al-Jâmî nació en Jâm, cerca de Herât (hoy en Afganistán), el 23 sha’bân 817 A.H. (7-11-1414 A.D.), y murió en el propio Herât el 18 muharram 898 A.H. (9-11-1492 A.D.). Y aunque hizo algunos viajes, su vida y su obra se enmarcan en esa Herât del siglo XV, floreciente capital de los timúridas, a la que nos referiremos más adelante.

Su familia procedía, no obstante, de Dasht, en la región de Isfahân, y él empezó firmando sus obras como Dashtî. Para la adopción luego de su takhallus de Jâmî tuvo un doble motivo, como él mismo nos cuenta: «Jâm es mi país, y lo que destila de mi pluma no es sino una gota emanada de la copa (jâm) de mi padre, el shaykh al-Islâm. Por este motivo, sin ninguna duda, entre los letrados con doble título, mi sobrenombre poético es Jâmî».

Gran literato y gran metafísico, Jâmî es esencialmente un místico, y la primera experiencia que se conecta con esta faceta se produjo cuando él tenía sólo cinco años. Fue cuando acudió, junto con su padre, a escuchar al santo hombre Khwâjah Muhammad Pârsâ, shaykh de la tarîqah naqshbandiyyah, quien se detuvo en Herât de camino para la Meca. Sesenta años después, el propio Jâmî atribuía a la influencia de aquel encuentro el rumbo espiritual que tomó su vida.

Sus biógrafos destacan su condición de alumno muy aventajado en sus años de estudiante. Sobresalía en todos los estudios, y aprendía más que cualquiera de sus condiscípulos sin hacer ningún esfuerzo. Pasado a Samarcanda, la otra gran capital de los timúridas en aquella época, arrancó de uno de sus maestros allí, Qâzî Rûm, la siguiente afirmación, hecha ante una gran concurrencia: «Nadie igual a Jâmî en agudeza intelectual ha cruzado jamás el Amu Daria y entrado en Samarcanda desde la fundación de esta ciudad».

Su interés se cifraba especialmente en las ciencias coránicas, y su formación en este campo fue muy completa. No obstante, no era la teología la que podía saciar su búsqueda de la Verdad, y fue estando todavía en Samarcanda cuando, según su biógrafo Lârî, tuvo una visión cuyo mensaje le persuadió a volver a Herât y seguir la instrucción de Sa’d ad-Dîn Muhammad al-Kâshgharî, entonces superior de los naqshbandiyyab, quien, efectivamente, pasaría a ser su shaykh, además de suegro.

Jâmî no llegó a ser shaykh taríqah, función que ocupó, a la muerte de al-Kâshgharî, el shaykh ‘Ubayd Allâh al-Ahrâr, pero podía recibir en la tarîqah a los aspirantes, y así él inició, seguramente entre otros, a dos personajes que luego serían sus biógrafos, ‘Abd al-Ghafûr Lârî y ‘Alî Shîr Nawâ’î. De este último tendremos ocasión de ocuparnos con cierto detenimiento más adelante, pues fue una figura histórica y literaria muy importante.

A la muerte de Jâmî, el propio Sultán dirigió los funerales, que fueron muy concurridos3, y fue enterrado en un lugar de las afueras de Herât, junto al que fuera su maestro, Sa’d ad-Dîn. Un alfóncigo gigante, nacido de la propia tumba, sombrea hoy la sencilla lápida en la que se reproducen algunos de sus versos. A su lado fueron posteriormente enterrados, también, su discípulo y biógrafo Lârî y otro poeta importante, Hâtefî, sobrino de Jâmî.
* * *
Jâmî, como cualquier otro gran hombre, no fue un mero producto de su tiempo, pero no puede ser entendido adecuadamente sin una referencia a los distintos marcos en que su figura y su obra se inscribieron necesariamente, algunos de los cuales tuvieron una especial significación. El marco más inmediato, en cierto sentido, y uno ciertamente clave, venía dado por la situación de la Herât de su tiempo, que hizo que ésta fuera un auténtico foco de vida intelectual y artística.

Herât vivía, en tiempos de Jâmî, sus días más esplendorosos. Conocida de antiguo (es la Haraiva del Avesta), ya fue capturada por Ciro el Grande, y, posteriormente, Alejandro Magno edificó en ella una fortaleza-ciudadela, la cual constituye el asiento de la que aún hoy se levanta en el centro de la ciudad. Herât conoció con especial virulencia los efectos de los tormentosos avatares históricos que se abatieron sobre aquellas regiones del Asia Central. Devastada y destruida completamente varias veces por las hordas invasoras de turno, lo fue también, en 1383, por las de Tîmûr-i Lang (Tamerlán), el fundador de la dinastía de los timúridas. No obstante, fue ésta la que proporcionó a Herât su época más floreciente, al convertirla, junto con Samarcanda, en capital de su Imperio y beneficiaria con un largo período de paz. Reconstruida por Shâh Rukh Mirzâ, cuarto hijo de Tamerlán, conoció luego un renacimiento en todos los órdenes, especialmente bajo el sultán Husayn Bayqarâ, que hizo de ella un centro de vida cultural, y ello gracias, en gran medida, a la contribución de su visir, el ya mencionado ‘Alî Shîr Nawâ’î.

En esa gran época floreció, en Herât, por ejemplo, la famosa escuela de miniaturas persas, con su gran representante, Bihzâd; y todas las ciencias y artes tradicionales experimentaron un gran auge. Y hay que señalar que esa actividad cultural fue de signo inequívocamente persa. Aunque turco-mongoles, los timúridas, ya islamizados, se dejaron absorber completamente por la cultura persa y se convirtieron, a su vez, en sus propagadores: lo que se conoce como el Imperio del Gran Mogol, penetrado profundamente de cultura persa y que impuso la impronta de ésta en el Islam indio, fue una dinastía fundada por Akbar, nieto de Bâbur4, último descendiente éste de Tamerlán, a quien los uzbekos obligaron a abandonar definitivamente Samarcanda.

Aunque el largo reinado del sultán Abû’l-Ghâzî Husayn ibn Mansûr ibn Bayqarâ (1468-1506) corresponde sólo a los últimos años de la vida de Jâmî, fue en éstos en los que se concretó su abundante producción, lo cual se vio favorecido, precisamente, por las condiciones reinantes en aquellos años. Condiciones en las que, como decíamos, tuvo mucho que ver ‘Alî Shîr Nawâ’î. Hermano de leche y compañero de estudios de Husayn Bayqarâ, el patronazgo que ejerció sobre las ciencias y las artes, así como el impulso que dio a las construcciones religiosas y civiles, hacen de él la figura clave de aquel momento. A su entorno se congregó una auténtica pléyade de artistas y literatos, entre los cuales, además, él mismo destacó. Creador de la literatura en turco chaghatay (la variante oriental), lenguaje que se propuso enaltecer y llevar a la misma categoría literaria que el persa, es autor de un buen número de obras. Entre éstas destaca su Muhâkamat al-lughatayn, en la que, precisamente, compara el turco y el persa, para terminar pronunciándose por la superioridad del primero. Entre sus obras está el Majâlis an-nafâ’is, dedicada a dar reseña de todos los poetas de su tiempo, así como de grandes personajes que hubieran escrito también poesía. Lo numerosos que eran los poetas en Herât viene ilustrado por esta graciosa anécdota: Estando ‘Alî Shîr en una ocasión jugando al ajedrez, del que era entusiasta, estiró una pierna y fue a golpear accidentalmente al poeta Bannâ’î, a lo que exclamó: «¡La peste de Herat! Aquí no puedes estirar una pierna que no le des a un poeta». A lo que el otro repuso: «Y lo mismo si la encogéis».

Produjo cuatro dîwâns y seis mathnawîs, uno de ellos, titulado Lisân at-Tayr, en imitación del famoso Mantiq at-Tayr (el Lenguaje de los Pájaros) de ‘Attâr. Otro famoso matnawî suyo está dedicado a tratar uno de los temas más populares del Oriente islámico, la historia de Laylâ y Majnûn, tratada por infinidad de literatos, sobre todo persas y turcos.

Escribió un tratado sobre prosodia, Mizân al-Awzân, y algunas otras obras sobre temas místicos5, y cultivó también la poesía en persa. Pero aquella de sus obras que tiene más interés para nuestros efectos aquí es la titulada Khamsat al-Mutahayyirîn, dedicada enteramente a Jâmî6. Consta de cinco partes: en la 1.ª, traza la biografía de Jâmî; en la 2.ª, trata de conversaciones entre ambos; en la 3.ª, de su correspondencia mutua; en la 4.ª, habla de las obras que Jâmî compuso bajo su sugerencia; y en la 5.ª, de las obras que él leyó bajo la dirección de Jâmî, así como de la muerte y funerales de éste, a los que acudieron miembros de la Familia real, nobles y notables del lugar.

El propio ‘Alî Shîr murió en Herât el 12 Jumâdâ II, 906 AH. (3-1-1501 A.D.), donde había nacido 61 años antes.
* * *
Como místico, Jâmî estuvo vinculado, como hemos visto, a la tarîqah naqshbandiyyah, una de las más importantes y de máxima implantación en todo el Asia menor y central.

En la gran tradición sufí del Khurâsân, que se origina en la gran figura de al-Bastâmî, se advierte una característica que, entre otras, la distingue de la otra gran tradición, la de Bagdad, vinculada a la figura de Junayd. Se trata de la mayor importancia concedida a la iniciación transmitida de forma puramente espiritual. Es decir, si, por lo general, todo shaykh tarîqah se vincula en origen al Profeta a través de una cadena (silsilah) de maestros sucesivos, que se transmiten regularmente la influencia espiritual originada en aquél, y así es siempre posible encontrar una filiación humana directa entre todos aquellos en quienes ha recaído el maestrazgo, no siempre es de este modo en la tradición del Khurâsân. En ésta es dado invocar antepasados espirituales que no fueron hallados en vida, de los que se habría recibido la investidura de forma espiritual7.

Así es con los orígenes de la que luego vino a ser conocida como la tarîqah naqshbandiyyah, que se remontaría a esa gran figura que fue Ansârî. Éste, que no fundó directamente ninguna tarîqah, es considerado uno de los sufíes más eminentes de todos los tiempos. También de Herât, de la cual es patrono, su título de shaykh al-Islâm lo muestra como un personaje al que se tenía en una altísima consideración, como veremos en lo que dice el propio Jâmî. Ansârî, o mejor la esencia de su enseñanza, habría tenido un continuador en Abû Ya’qûb Yûsuf al-Hamadânî al-Bûzanjirdî (1049-1140), quien inspiró directamente a ‘Abd al-Khâliq al-Ghujdawânî. Éste, propiamente, sería el iniciador de la tarîqah que sólo a partir de su sexto sucesor, Bahâ’ ad-Dîn an-Naqshbandî (1318-1389), recibió el nombre con el que se la conoce. Antes era conocida como la silsilat al-Khawâjagân (la Cadena de los Maestros)8. Esta tarîqah se extendió por toda la ancha zona del Asia Central, hasta Anatolia por un lado y la India por el otro, y es de signo fundamentalmente persa, no habiendo llegado a cobrar arraigo en el mundo específicamente árabe.

En la tarîqah naqshbandiyyah tienen especial importancia las técnicas del control del soplo, y la respiración, en general, desempeña un papel destacado como soporte que es del dhikr. Esto, que lo podemos encontrar también en el hesicasmo y en algunas escuelas del Yoga, no tendría en otras órdenes tanta importancia como en ésta. «La base exterior de esta vía mística es el soplo», habría dicho Bahâ’ ad-Dîn. Se trata, en definitiva, de la correspondencia, en el plano iniciático, de la doctrina metafísica de la creación «renovada a cada soplo», donde el dhikr corresponde al Amr (la «Orden»: el Verbo), y la respiración, como tal, al Nafas ar-Rahmân (el «Soplo del Compasivo»).
* * *
Hemos aludido varias veces al Khurâsân, y habrá que referirse nuevamente a él para destacar el hecho de que allí cobró realidad espléndida la aspiración espiritual. En pocas otras zonas, si alguna, se vio una floración igual de místicos de gran relieve, y así al-Hujwîrî9 pudo decir, ya en el siglo XI: «el Khurâsân, donde está ahora la sombra del favor de Dios… El Sol del amor y la fortuna de la Vía sufí están en su ascenso en el Khurâsân». Pues en el Khurâsân se produjo la reunión de su tradición propia con la tradición de Bagdad. Así, en su suelo pasó a florecer la nueva semilla fruto de la unión de las dos grandes tradiciones. Esta unión se concretó en la figura de Abû ‘Alî al-Fârmadhî, contemporáneo de al-Hujwîrî, el cual ya vaticinaba que todos los sufíes reconocerían su autoridad. Su ascendencia espiritual lo ligaba, por una parte, a la tradición del Khurâsân por Abû’l-Hasan ‘Alî al-Kharaqânî, y por otra, a la tradición de Bagdad por Abû’l-Qâsim al-Gurgânî, ambos auténticas sumidades espirituales de su tiempo. Y también estaba vinculado al famoso al-Qushayrî, uno de los autores sufíes más invocados por éstos. De al-Fârmadhî traen su origen muchas de las órdenes posteriores, que hacen remontarse hasta él sus «cadenas de oro» (salâsil adh-dhahab), pero fueron dos discípulos suyos, en especial, quienes tuvieron una mayor significación. En primer lugar, Yûsuf al-Hamadânî, el originador, como veíamos antes, de lo que vino a ser la tarîqah naqshbandiyyah; y en segundo lugar, Ahmad al-Ghazzâlî, hermano del famoso teólogo sufí Abû Hâmid y uno de los más grandes poetas del amor místico. Vinculado él también a la escuela de Bagdad por Abû Bakr an-Nassâj at-Tûsî, discípulo de Abû’l-Qâsim al-Gurgânî, Ahmad al-Ghazzâlî ha podido ser considerado una figura clave de aquel momento cuando se lo ha ido sacando de la sombra que su ilustre hermano venía a hacerle a los ojos de los investigadores, y actualmente su figura ha cobrado el relieve que merecía. A él se remontan las cadenas de tres grandes órdenes posteriores: la
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