Literatura norteamericana






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títuloLiteratura norteamericana
fecha de publicación30.05.2015
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LITERATURA NORTEAMERICANA
La literatura se desarrolla en cada región del mundo de una forma que refleja los valores, las intrigas, los sueños y los miedos de las sociedades en las que nace. Como no podía ser de otra manera, cuando la surgida en las colonias inglesas del norte de América empiezan a tomar conciencia de sí mismas, y a desarrollar una idiosincrasia propia y única, desarrollan con ellas una literatura característica, suya y propia.
Si bien el siglo XVII estuvo dominado por las influencias europeas, y la continua llegada de nuevos colonos hacía difícil la germinación de un movimiento literario genuinamente americano, la consolidación social sí se alcanzó en el XVIII. Sobre todo, tras el gran impulso que supuso la independencia, y la enorme necesidad que la nueva nación mostraba por desarrollarse de forma auténtica, original y separada de Europa.
La primera literatura surgida en las colonias tuvo, como no podía ser menos, un carácter marcadamente religioso, así como un panorama creativo muy reducido. La práctica totalidad de las obras producidas giraban en torno a la religión, y los temas más repetidos eran la inocencia y el pecado. Todas ellas se basaban en pasajes de la Biblia, y casi ninguna manifestaba siquiera un deseo de sobresalir de ese ambiente reaccionario y conservador tan propio de aquella mentalidad puritana.
A pesar de ello, el paso del tiempo vino a traer una mentalidad progresivamente más abierta, que la literatura recibió con los brazos abiertos. Uno de los temas más frecuentes fue, con el paso del tiempo, el de la descripción de la naturaleza, sobre todo de los nuevos parajes que iban siendo descubiertos por el hombre blanco. Así, por ejemplo, el célebre John Smith escribía un libro de gran importancia en su momento: Descripción de Nueva Inglaterra. Reconocido explorador, y parte fundamental en la creación de Virginia, Smith se convertía así, también, en uno de los primeros escritores no religiosos de la sociedad colonial.
Otro que también destacó fue William Bradford, holandés de origen, que fue gobernador de Plymouth y escribió otro libro descriptivo sobre esta colonia, así como de la vida colonial en general.
El caso de Bradford no es único. Así como él y Smith publicaron libros tras haber sido gobernadores, John Winthrop –el severo puritano que gobernó Massachusetts- legó un diario de incalculable valor histórico, con el que podemos aprender mucho de la vida cotidiana de aquella colonia, en su época de mayor fanatismo religioso.
En cualquier caso, no era esta la única literatura propia de los primeros tiempos. Otro tema muy recurrido era el de la conflictiva relación entre los colonos y los indios. Destacó en ello la escritora Mary White Rowlandson, también de Massachusetts, que fue secuestrada por unos indios cuando era niña.
Posterior a todos ellos, ya del siglo XVIII, destaca la obra del predicador Jonathan Edwards, uno de los primeros representantes de la nueva generación de nacidos en las colonias. Su obra, además de mostrar un depurado estilo literario, sentó las bases del posterior desarrollo de la filosofía americana, y supuso una cierta apertura para una sociedad que todavía era sumamente conservadora.
Los primeros pasos de las letras estadounidenses tienen influencia europea. Washington Irving (1783-1878) es el primer autor importante; escribió relatos de ambientación exótica y medieval, como los Cuentos de la Alhambra.
Con las novelas de aventuras de James Fenimore Cooper (1789-1851), la nueva literatura adquiere carácter propio al tratar asuntos de su realidad inmediata, como la lucha de los pioneros o la gran naturaleza norteamericana. Su obra más famosa es la novela El último mohicano, que narra la desaparición de una tribu india en el proceso de colonización.
Edgar Allan Poe (1809-1849) es el primer gran escritor del siglo. Tanto sus teorías sobre la literatura como sus poemas (el más famoso es El cuervo) sientan las bases de la poesía moderna partiendo de ciertas nociones del Romanticismo, e influyeron enormemente en la poesía europea de finales de siglo.
Su fama se debe a sus extraordinarios relatos, que también influirán en los cultivadores del género en los siglos XIX y XX. Sus cuentos combinan una tendencia hacia lo fantástico con la exactitud realista y la intriga de la trama. Gracias a algunos de ellos (La carta robadaEl escarabajo de oroLos crímenes de la calle Morgue) se le considera el fundador del género policiaco; en otros alcanza la maestría en el género del misterio y el terror (El corazón delatorLa verdad sobre el caso del señor ValdemarLa caída de la Casa Usher). Es también autor de una novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym, que narra la historia -a veces truculenta- de un viaje en barco por el Atlántico.
CLÁSICOS DE LA LITERATURA NORTEAMERICANA DEL SIGLO XX
Edith Wharton: No es Edith Wharton (1862-1937) una escritora fácil de encasillar. Sus novelas y relatos abordan temas muy variados, aunque puede decirse que la obra que la hizo más famosa, La edad de la inocencia, con la que consiguió en 1920 el premio Pulitzer —era la primera vez que se lo concedían a una mujer— define bastante bien sus temas preferidos y el mundo que le gustó retratar, las relaciones sentimentales y sociales de la alta sociedad norteamericana, pues novelas de temática más o menos parecida abundan en su variada y potente trayectoria literaria. Afirmar que Wharton es, sin más, una discípula aventajada de Henry James sería rebajar su altura literaria.
Por ejemplo, Los niños, novela que sin ser de las más citadas, sirve para adentrarse en su inconfundible mundo literario. En ella, un hombre maduro y soltero acude a Europa para encontrarse con un antiguo amor. Sin embargo, durante el viaje conoce a un enjambre de hermanos entre los que sobresale la hermana mayor, encargada de cuidarlos, personaje que atrae poderosamente su atención. En esta novela, Wharton trata el tema del amor, el cortejo de dudas que lo acompaña y el lastre de la comodidad como obstáculo para tomar decisiones cruciales.
En la línea de La edad de la inocencia está La casa de la alegría, donde aparece uno de esos personajes femeninos a los que Wharton les suele sacar tanto partido, Lily Bart. La protagonista es una joven huérfana que vive con su tía en Nueva York y que tiene como única obsesión lograr un ventajoso matrimonio para ascender en la escala social. Como en otras obras, Wharton utiliza este argumento para criticar irónicamente las costumbres de su tiempo y el destino al que, por una errática educación, se ven abocadas muchas mujeres como Lily.
Buena parte de la crítica destaca Las costumbres nacionales como una de las obras maestras de Wharton y junto con La edad de la inocencia, la novela más representativa de su mundo narrativo. En ella se cuentan las aventuras de Undine Spragg, una joven ambiciosa, hija de una familia de nuevos ricos. Ambientada en París, Wharton describe con mucha elegancia los sentimientos de la joven Undine a la vez que retrata como nadie la sociedad aristocrática de su tiempo, con sus luces y sombras.
Henry James: Las obras del norteamericano Henry James (1843-1915) continúan teniendo una asidua presencia en el mercado literario español, y eso que su literatura sí que está bastante alejada de las novelas más de moda, aquellas que tienen como objetivo el éxito comercial. James es un escritor minoritario, de gran altura literaria, que viene muy bien  como contrapeso para la abundancia de literatura de usar y tirar que circula a nuestro alrededor.
Al igual que Edith Wharton, de la que ya hemos comentado que se la considera su mejor discípula, la literatura de Henry James sirve también de puente entre el Viejo y el Nuevo continente. Más todavía en el caso de James, mejor valorado en Europa que en Estados Unidos. Y es en Europa donde ambienta muchas de sus mejores novelas, describiendo los contrastes entre los dos mundos: Los embajadores (1903), Las alas de la paloma (1902) o Las bostonianas (1886). Mejor que nadie, James utiliza sus novelas para realizar un concienzudo ejercicio de introspección psicológica de sus personajes. Y lo hace con unas tramas leves que, en ocasiones, se sustentan en un tímido misterio.
La figura de la alfombra, novela de 1896, es un excelente ejemplo de su manera de narrar, sustentada en una exquisita erudición. Un joven inglés, crítico literario, entabla amistad con un prestigioso escritor, Hugh Vereker. Este escritor le lanza un reto: descubrir cuál es el auténtico secreto de sus obras literarias. En torno a este sutil tema se despliega el argumento de una novela sencilla que, sin embargo, transmite inquietantes reflexiones sobre la trascendencia del arte.
Los papeles de Aspern también tiene un trasfondo literario, pues en esta ocasión la trama se centra en la estrategia de un editor, alojado en el palacio de una anciana señora, para conseguir unos papeles secretos e inéditos del poeta Jeffrey Aspern, escritor de renombre ya fallecido. James deslumbra a la hora de describir los pliegues ocultos de los pensamientos del editor, de la anciana y de su sobrina, lo más destacado de esta novela.
William Saroyan: Tras su muerte en 1981, la literatura de William Saroyan cayó injustamente en el olvido. La culpa hay que echársela a las modas literarias. Durante y después de la Gran Depresión, la crítica y los lectores norteamericanos se identificaron más con un grupo de autores (Mark Twain, Dos Passos, Hemingway, Faulkner, Scott Fitzgerald) que mostraron en sus escritos una imagen más conflictiva y problemática del hombre y la sociedad norteamericana, bastante vapuleada tras los desastres de las dos guerras mundiales.
Saroyan, un escritor optimista y esperanzado por naturaleza, no ocultó estas realidades negativas, muy presentes de hecho en sus libros, pero prefirió apostar por el optimismo. Para él, los seres humanos se merecen una nueva oportunidad para la redención. Como él mismo escribió definiendo su propia literatura: «Si algún deseo albergo es mostrar la confraternidad humana». Los personajes de sus novelas, relatos y obras de teatro son sencillos, positivos, idealistas; todos tienen un alto aprecio por la amistad, el amor y la religión. En sus argumentos no suceden grandes cosas porque para Saroyan la vida corriente y cotidiana es ya un trasunto de lo maravilloso.
Supo escribir de manera positiva sobre la vida sin caer en la cursilada. Sus personajes son auténticos (sin esconder nunca el dolor), transmiten vida, sentimientos, emociones reales: «En todas partes donde voy —escribe el narrador y protagonista de Las aventuras de Wesley Jackson—, agradezco a la gente la bondad de sus corazones».

Saroyan nació en 1908 en Fresno (California), hijo de emigrantes armenios, tema que aparece muy bien descrito en los relatos que forman parte de Me llamo Aram. Muy pronto perdió a su padre (interesante tema el del padre en su literatura) y vivió en un orfanato con sus hermanos mientras su madre trabajaba como sirvienta. En 1916 la familia logró reunirse de nuevo. Pronto también abang donó los estudios para trabajar yayudar a la familia. Trabajó en correos repartiendo telegramas, experiencia que revive en La comedia humana, donde uno de los protagonistas, el joven Homer, se dedica a entregar telegramas procedentes del ejército, la mayoría comunicando la muerte de algún familiar. Su vocación como escritor nace leyendo los papeles que su padre había dejado escritos. En la novela Las aventuras de Wesley Jackson y en algunos de los relatos que forman parte de El joven audaz sobre el trapecio volante se cuenta su iniciación a la escritura.
Vivió y trabajó en Fresno, Los Ángeles, San Francisco, Nueva York. En 1932, en un periódico armenio de Boston, se publicaron sus primeras poesías. Y en 1934 se inicia su vida como escritor, pues se publica El joven audaz sobre el trapecio volante, veinticinco relatos que muestran su amable mundo narrativo y que describen su apasionada relación con la literatura y con la vida. Este es el primer libro que Acantilado ha publicado de Saroyan, iniciando así la recuperación de un escritor excepcional.
El siguiente fue la novela La comedia humana, que apareció el mismo año que Saroyan contrajo matrimonio, aunque la pareja no duraría demasiado tiempo juntos y se divorciarían en 1952 (Saroyan tuvo serios problemas con el juego y con el alcohol). Se trata de una novela que resume acertadamente el mundo vitalista de Saroyan, una realidad poblada de seres honrados y comprensivos que desean vivir en un mundo mejor. La tristeza viene provocada por las malas noticias que sobre la marcha de la Segunda Guerra Mundial van llegando a una pequeña localidad de Ithaca y que han afectado de lleno a la familia Macauley, a la que pertenece el joven Homer, un muchacho de catorce años que reparte los telegramas. El libro es profundamente humano y quiere mostrar cómo, aun en medio de las dificultades, el hombre puede encontrar siempre una señal de esperanza. Saroyan desea transmitir un mensaje optimista, lo que no significa que viva en otro planeta y no se dé cuenta de las dificultades por las que atraviesan sus protagonistas.
Después publicó Me llamo Aram (1940), conjunto de relatos en los que el joven Aram Garoglanián revive las historias protagonizadas en Estados Unidos por sus parientes armenios. De manera más explícita que sus cuentos anteriores, estos relatos aportan muchos rasgos autobiográficos relacionados con la infancia y la juventud del autor en Fresno, donde vivió desde 1915 hasta 1925. Saroyan sabe dotar de trascendencia literaria, de humor y de humanidad a los hechos cotidianos, menudos, intrascendentes, que adquieren en sus relatos una magia especial.
Las aventuras de Wesley Jackson es una novela pacifista sobre la Segunda Guerra Mundial. El protagonista es el joven Wesley, quien acaba de ser llamado a filas. Wesley vive con su padre, que lleva una larga temporada sin aparecer por casa, como suele suceder cuando se emborracha. Por culpa del alcohol, fue abandonado por su mujer. Auque no siente ninguna vocación militar, Wesley se  adapta de la mejor manera posible a un mundo que no entiende. En medio de las dificultades, encuentra unos excelentes amigos con los que se establece un cordial clima de compañerismo y amistad. En uno de sus traslados, de Nueva York a Ohio, vuelve a encontrarse con su padre, a quien convence para que vuelva con su madre. En el ejército, de manera casual, descubre su vocación como escritor. Pero lo más importante que le sucede es que, por fin y tras varios intentos frustrados, encuentra en Londres el amor de su vida.
Además de estas obras, también en Acantilado se han publicado sus novelas Cosa de risa y El tigre de Tracy, la última en aparecer.
James Thurber: James Thurber (1894-1961) fue dibujante y periodista y está considerado como el mejor humorista norteamericano después de Mark Twain. Su trayectoria profesional estuvo vinculada a la revista The New Yorker. En La vida secreta de Walter Mitty se ha recogido una buena parte de sus cuentos. El que da título al libro, que fue llevado al cine, es su relato más famoso y en él aparecen algunas de sus obsesiones narrativas: el  conflicto entre la realidad y los sueños, las relaciones de pareja analizadas desde una perspectiva irónica, una divertida e intrascendente misoginia, la obsesión por la naturalidad estilística. Aunque su costumbrismo urbano refleja el mundo de hace ya décadas, las anécdotas que cuenta, por su agudeza y sentido del humor, son perennes.
De alguna manera continuación del anterior, los relatos que componenCarnaval siguen reflejando con mucho acierto y humor la vida social norteamericana, con una galería de tipos muy verosímiles y atrayentes. Entre ellos sobresale el matrimonio Monroe, protagonista de unos cuantos relatos, con los que Thurber, sin ponerse ácido, parodia de manera desternillante la vida matrimonial.
Willa Cather: Willa Cather (1876-1947) fue una escritora muy leída en su tiempo en los años veinte y treinta del siglo pasado, contemporánea de Scott Fitzgerald, McCullers, John Steinbeck y Flannery O’Connor. En los últimos años ha sido redescubierta en España gracias a la aparición en la editorial Alba de sus mejores obras: La muerte llama al arzobispoUna dama extraviadaMi AntoniaMi enemigo mortal... También Alba publicó Los libros de cuentos, que reúne todos sus relatos.
Su última novela en publicarse ha sido Lucy Gayheart, breve novela que Cather escribió en plena madurez creativa, a los 62 años. La protagonista es Lucy Gayheart, huérfana de madre, mimada por su padre y criada por su hermana Pauline, que parte del pequeño pueblo de Haverford para estudiar piano en Chicago. Allí se enamora del barítono Clement Sebastian, un hombre infelizmente casado, que ve en el ardor juvenil de su futura ayudante una tabla de salvación para su vida en declive. Lucy se abandona a esa quimera, y no duda en renunciar al banquero Harry Gordon, el pretendiente con quien todos pensaban que se casaría. Pero una tragedia obliga a Lucy a regresar a su pueblo.
Dividida en tres partes, con un salto temporal de veinticinco años,Lucy Gayheart es una narración sincera que condensa temas atemporales: el primer y doloroso amor; la fuerza del destino; el consuelo del arte, en este caso la música; el contraste entre la vida rural y la gran ciudad; o el sentimiento de culpa.
También recientemente la editorial Nórdica ha rescatado El caso de Paul, uno de los mejores relatos de Cather, ya publicado en Los libros de cuentos. Se trata de un intenso relato basado en un hecho real cuando la autora era profesora en Pittsburg. En él reflexiona sobre el mundo del arte y los artistas. Paul es un muchacho con fama de díscolo entre sus profesores y que se siente muy por encima de la vulgaridad que le rodea. Hay en su espíritu una morbosa fascinación por lo romántico y lo artístico, que le lleva a estar en un permanente estado de rebeldía. Para ganar algo de dinero, trabajaba de acomodador en el teatro Carnegie Hall, el único lugar «donde Paul vivía de verdad: el resto no era sino sueño y olvido». Hastiado de tanta mediocridad, huye de casa y se embarca en una trágica aventura con la que pretende satisfacer sus ansias de belleza y eternidad.

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Sinclair Lewis: Primer premio Nobel de la literatura norteamericana, que recibió en 1930, Sinclair Lewis (1885-1951) es uno de los escritores que mejor representó los modos de vida norteamericanos de la primera mitad del siglo XX, un maestro para muchos de los grandes escritores norteamericanos que comenzaron a publicar a partir de 1950. Aunque llevaba tiempo sin editarse, pues su literatura, en parte, ha acusado el paso del tiempo, la editorial Nórdica ha rescatado recientemente sus dos mejores novelas: Babbitt y Doctor Arrowsmith.
Doctor Arrowsmith es una larga y pausada narración dedicada al mundo de la medicina, que Lewis conocía muy bien pues él era hijo de médico. Cuenta la vida de Martín Arrowsmith, un joven que estudia Medicina en la universidad del estado de Winnemac (inventado por el autor). La descripción del ambiente de la facultad de medicina es deprimente, pues a los estudiantes solo les interesa ganar dinero y ascender en la escala social. Martín decide dedicarse a la investigación y se convierte en discípulo del profesor Max Gottlieb, de origen alemán. La novela describe con morosidad los pormenores familiares y profesionales de la vida del doctor Arrowsmith.
La novela se publicó en 1926 (recibió el premio Pulitzer, pero Lewis lo rechazó). En su momento, la novela tuvo una importante repercusión, pues Lewis abandona la literatura complaciente de moda en la década de los veinte y afronta los aspectos más oscuros de la profesión médica, como el importante peso que tienen las industrias farmacéuticas en ese mundo y la escasa vocación profesional de muchos de los médicos, más pendientes del dinero que de los valores filantrópicos.

En Babbit, el protagonista es el agente inmobiliario George F. Babbitt, de 46 años, casado y con tres hijos. Como en la anterior, sorprende la capacidad de Lewis para captar el alma de su tiempo, pues fueron muchísimos los lectores que cuando se publicó en 1922 se identificaron con el retrato que hace de Babbitt, típico ciudadano americano que sobrevive en Zenith, ciudad que encarna los peores valores de la modernidad. Sumergido en una rutina aplastante, Babitt no tiene fuerzas para rebelarse y acepta lo que le depara un destino gris, aunque lo que salva a Babbitt es precisamente que es consicente de estas limitaciones y del alcance existencial de la vida que ha asumido.
Stephen Crane: La prematura muerte de Stephen Crane (1871-1900) nos privó de conocer las fronteras de un estilo redondo y audaz que la crítica de su país emparentó con el movimiento naturalista. El éxito de La roja insignia del valor (1895), una novela ambientada en la guerra civil americana, ha eclipsado otros títulos que confirman el carácter innovador de su obra, como Historias de Nueva York.
«Crane estaba enamorado de la realidad. No consentía en darle un ápice de importancia a la imaginación ni a la fantasía», apunta el escritor Juan Bonilla en el prólogo; y ese apego a la realidad, a la calle, se testimonia en cada uno de los once relatos que conforman este volumen. ¿Relatos? Las fronteras aquí son difusas. Crane salía a pasear en busca de una «epifanía» que se consumara en una historia, sin importarle que el resultado se sometiera al clásico esquema de principio, nudo y desenlace.
Tampoco pueden encasillarse estas piezas en el género del reportaje, pues las anécdotas suelen ser tan livianas, que carecerían del menor interés informativo. En vida, sus piezas breves se designaron con el nombre de sketches —alumbró más de 300—; y Crane se asemeja hoy a un fotógrafo que, a través de cientos de instantáneas caleidoscópicas, intentara captar el pálpito de la ciudad.
Historias de Nueva York se abre con la escena de un atasco causado por un leve accidente de carruaje: la excusa permite a su autor presentarauna curiosa galería de tipos que van del inoperante al resolutivo, pasando por los simples testigos. Y se cierra con un artículo publicado en el New York Journal del 20 de septiembre de 1896 acerca de una prostituta injustamente acusada de ejercer su oficio. De nuevo aparece en este relato la figura del testigo, solo que en este caso el observador es el propio Crane.
Gracias a su mirada, que buceó en los barrios más sórdidos de la ciudad con un positivo afán de denuncia, Nueva York se asoma más cercana y accesible.
William Sydney Porter: (O’Henry es el seudónimo que se puso al salir de la cárcel) sigue siendo uno de los principales maestros del relato corto. Nació en 1846 y desempeñó diferentes oficios: dependiente, peón, delineante, cajero... Contrajo matrimonio cuando aparecieron los primeros síntomas de alcoholismo. Huyó a Centroamérica tras descubrirse un desfalco en el banco donde trabajaba. Regresó de incógnito en 1897 para enterrar a su mujer, pero fue detenido y condenado a prisión. Ya libre, en 1901, decide dedicarse a escribir, sobre todo para mantener a sus dos hijos. Murió en 1910. O’Henry, editado frecuentemente en nuestro país (lo último,La voz de Nueva York en Ediciones Traspiés), supo dotar a sus relatos de una perfecta arquitectura que culmina con un sorprendente e ingenioso final. En esta otra selección hay cuentos ambientados en Nueva York (para mí, los mejores) y el resto han sido agrupados con el título El Norte y el Sur, los indios y el Viejo Oeste (Esto no es un cuento y otros cuentos. Barataria, 190 págs.).
Flannery O’Connor: (1925-1964) está considerada como una de las principales voces de la narrativa breve americana. En sus personajes e historias se palpa un realismo que contempla lo peor y lo mejor de las personas, lo vulgar y la búsqueda de Dios. A partir de acontecimientos muy desconcertantes de la vida profesional o familiar de los protagonistas, se muestran al lector un conjunto de intuiciones que señalan esas verdades profundas. En la antología Un encuentro tardío con el enemigo (ediciones Encuentro) se puede apreciar la fuerza de este original y nada complaciente mundo narrativo. Recientemente, Lumen ha publicado algunas de sus novelas y la editorial Nórdica ha recuperado uno de sus mejores relatos, La buena gente del campo. La señora Hopewell y su hija, Joy, viven en una granja sureña cuando un joven vendedor de biblias llama a su puerta. Manley Pointer pertenece a la «buena gente del campo», sencilla e inocente, en oposición a Joy, quien, a sus 32 años, se muestra descreída y recelosa. Joy y Pointer se citan para dar un paseo por el bosque, ella con la intención de seducirlo y él con otra muy diferente. Inteligente relato que resume las intenciones y el estilo de O’Connor (La buena gente del campo, Nórdica, 72 págs.).


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