Carlos Fuentes fue uno de los cuatro notables miembros de lo que se conoció como el Boom latinoamericano. Junto a García Márquez, Cortázar y Vargas Llosa le






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La silla del aguila

Carlos Fuentes fue uno de los cuatro notables miembros de lo que se conoció como el Boom latinoamericano. Junto a García Márquez, Cortázar y Vargas Llosa le dieron a la literatura del continente una conjunción única de visibilidad internacional, éxito editorial, diversidad, unidad, compromiso político y una extraordinaria renovación estilística que –Borges de por medio– terminaba de insertar al continente en la historia de la lengua traída por los conquistadores.

Desde entonces y durante décadas, con novelas, cuentos, guiones, obras de teatro y ensayos, Carlos Fuentes se erigió como el gran historiador de la sangrienta historia americana, un escritor infatigable de ambiciones balzacianas que dejó una obra enorme en la que indagó la identidad del continente en clave narrativa y puso la historia en movimiento. A continuación, los escritores lo despiden. Y Radar comenta sus dos últimos libros, recién publicados: un inmenso fresco de la literatura continental y una colección de relatos sobre la mujer imposible.

Por Susana Cella

Radar

20 de mayo de 2012



Con su porte impecable, sus modales de caballero, Carlos Fuentes ha sido, en sus frecuentes visitas a Buenos Aires, algo así como una consuetudinaria presencia que, sumando a las sucesivas publicaciones su palabra directa, nos trasladaba a una década en que la literatura latinoamericana vivió un excepcional momento de plenitud.

De algún modo, era el eco persistente del boom latinoamericano de los ‘60 al que contribuyó sustancialmente con su novela, hoy ya canónica, La muerte de Artemio Cruz, escrita en México y La Habana, entre 1960 y 1961. No son poco elocuentes ni las fechas ni los lugares. Por entonces Fuentes ya afincaba en su país (aunque nacido circunstancialmente en Panamá, no podía sino ser mexicano) y Cuba transitaba los primeros años de la Revolución, convertida en punto de encuentro para los intelectuales del continente partidarios de un cambio social y político que a la vez parecían impulsar una literatura acorde con esos objetivos.

Ese libro de Fuentes emergió junto con La ciudad y los perros, de un efímero partidario de tales posturas, Mario Vargas Llosa; Rayuela, de Julio Cortázar, y poco después, la emblemática Cien años de soledad, como puntales –textos y autores– de un fenómeno singular que logró dar visibilidad y proyección internacional a una literatura muchas veces circulante en ámbitos reducidos, nacionales o incluso regionales y que conocía escasamente la fortuna de las traducciones.

Es decir, no faltaban antecedentes, escritores que venían alimentando una tradición que sirvió como sedimento a este denominado boom de la literatura latinoamericana, no una súbita irrupción surgida de la nada (como se trató de argüir), sino el resultado de experiencias y búsquedas realizadas en el vasto territorio durante su historia de siglos, camino compartido entonces, que ha sido sintetizado como unidad y simultánea diversidad.

“La literatura de la América latina es una y es varias. Es la de 18 naciones distintas, pero sólo es comprensible como experiencia conjunta. Aislar de esta totalidad a las literaturas nacionales de México, Cuba o Perú es empobrecer la constelación y opacar sus estrellas. Como escritor mexicano yo me sentiría empobrecido sin el nicaragüense Darío y el argentino Lugones, sin el peruano Vallejo o el chileno Neruda. Quiero decir con todo esto que la literatura en lengua española de las Américas es la respuesta común del nuevo mundo al idioma de los conquistadores y los colonizadores de nuestras tierras, una regeneración de su fuerza a partir de la experiencia americana del lenguaje, un asalto a las ortodoxias inservibles, pero también un retorno, en tierras de América, a la grandeza imaginativa y al riesgo literario del arcipreste de Hita, de Fernando de Rojas, de Miguel de Cervantes, de Quevedo y de Góngora”, afirmaba Fuentes en el prólogo a otra de las novelas que surgía por esos años, El siglo de las luces, del cubano Alejo Carpentier.

El feliz encuentro de modalidades innovadoras para mentar al ámbito americano, sus habitantes y su historia dejando de lado clisés narrativos y tendencias más o menos convencionales, fue piedra de toque –en un momento de transformaciones cuya cúspide era sin duda la Revolución Cubana, dentro del marco mayor de procesos de descolonización del Tercer Mundo– para ese movimiento irrepetible que pudo configurarse en las letras del continente mestizo, como se lo ha llamado. El boom, pese a denostaciones que intentaron reducirlo a mera maniobra editorial, ha probado ser, por la pervivencia de algunas de las obras que cayeron bajo su denominación, un fenómeno, por lo menos, mucho más complejo y perdurable.

En este mismo año en que llegó intempestiva la noticia de que Fuentes había muerto, están cumpliendo medio siglo esa novela clave para su autor y para el boom, La muerte de Artemio Cruz, y Aura, extenso relato que incursiona, como sucedió también con otros textos de Fuentes por el fantástico, aunque cabría decir que Fuentes es, fundamentalmente, por sus afanes de totalidad, por sus nítidos modos de representar, un realista balzaciano del siglo XX.

“Quisiera comentarle que siempre me ha llamado mucho la atención que los lectores y los críticos se asombrasen de la utilización de la segunda persona del singular en las novelas. ¿Qué han hecho los poetas? Toda la vida han hablado de tú. Tú eres, tú sabes, tú, tú, tú. Tú es esencial a la creación poética, ¿por qué no puede serlo también para los novelistas?”, me retrucó una vez Fuentes ante mi insistente pregunta sobre ese tú. Y efectivamente, la combinación de ese repetido tú con los verbos en futuro (“Tú irás, serás, harás, encontrarás”, etc.) introduce una inquietud, se diría, trágica, en tanto pauta los hechos como si marcara un destino inexorable. Así en el caso de Artemio Cruz, para contar a través de un personaje representativo, en una prolija ordenación de capítulos donde van apareciendo la primera persona del protagonista, esa segunda y una tercera que aporta necesarios datos; el fracaso de los objetivos de la Revolución Mexicana y la conformación de la burguesía del país, tema que ya había iniciado en La región más transparente (1958), respecto de la cual le escribió Julio Cortázar: “Me queda de México una idea terrible, negra, espesa y perfumada”.

Carlos Fuentes desarrolló desde sus primeros textos una permanente atención a su patria, en la que ancló después de sus varias y ricas experiencias de formación en otras ciudades donde, por los destinos de su padre diplomático, le tocó vivir, entre ellas Buenos Aires. La constante itinerancia –por la lograda estatura de escritor internacional, de profesor en prestigiosas universidades europeas y americanas, de su participación en instituciones, de la recepción de premios y doctorados honoris causa, de la promoción cultural que animaba–, permite erigir su figura como evidencia de la sabia conjunción entre lo cosmopolita y la definitoria asunción de su propio espacio, ese México omnipresente en las varias y múltiples escrituras que, acumulándose en la marea cambiante de los tiempos, fue no sólo tenaz reflexión sobre el pasado sino, al mismo tiempo, atención constante a lo que, en el devenir, iba planteando desafíos y cuestionamientos ante las complejas situaciones sociales y políticas, no sólo en México, sino también en América latina.

Pudo poner palabra, implicarse y sentar postura en declaraciones, pero más y sobre todo, en nítidas imágenes imbricadas en la muy extensa obra que suma novelas, cuentos, ensayos, guiones de cine y obras de teatro sucediéndose en un lapso que se inició al promediar el siglo pasado y siguió sin solución de continuidad. Testimonios de vida y literatura, como en Diana, la cazadora solitaria; incesante indagación acerca de un pasado acuciante remontado a la herencia precolombina (“Chac Mool”), a los episodios de la conquista (El naranjo), a notorios artistas mexicanos, Frida Kahlo y Diego Rivera (Los años con Laura Díaz), a una conflictiva situación vigente: los mexicanos en la frontera con Estados Unidos (La frontera de cristal), y así siguiendo hasta traspasar con la publicación de sus libros su propia existencia, en tanto a los dos recién aparecidos van a sumarse otros ya en imprenta. Sus intervenciones en el espacio cultural no soslayaron posturas polémicas, así sus desavenencias con Cuba, que, vale destacar, no abonaron el terreno de las actitudes contrarrevolucionarias (como en el caso de Vargas Llosa, entre otros) en tanto no cesó la crítica a las políticas represivas del Gran Norte, esos Estados Unidos tan cerca de los mexicanos.

Fuentes es un patriarca siempre rejuvenecido. Su legado es entonces el de alguien que siempre ha sostenido la importancia de la literatura, potencia imaginativa y abarcadora posibilidad e incidencia en el Valiente mundo nuevo. Y memoria, porque según dijo Fuentes: “La muerte es el olvido. Entonces la capacidad que tengamos de mantener el recuerdo, el tiempo que podamos hacerlo, es nuestra única victoria sobre la muerte”.

Un gran plan

Por Hector Tizon



Carlos Fuentes fue uno de los primeros escritores que conocí y traté cuando fui a México como diplomático, en 1958; también conocí allí a Juan José Arreola, a Monterroso, a Rulfo. Ahí nos veíamos seguido; luego pasó un tiempo largo sin vernos, hasta que nos reencontramos en la inauguración del Congreso de la Lengua en Rosario. El había cambiado de mujer, yo seguía con la misma; su primera esposa fue una actriz de cine muy buena, Rita Macedo. Tenía una gran pasión por conocer la historia, y a nuestro país lo conocía muy bien; había vivido aquí unos años, mientras su padre fue embajador mexicano en Buenos Aires, allá por 1936, 1937. El me contó que en la Argentina había empezado a escribir y que lo había influido mucho el comienzo de lo que se llamó después cine argentino.

Siempre me llamó la atención su extraordinaria voluntad para sentarse a escribir: lo hacía todos los días, desde muy temprano. Y no creo que esa modalidad haya cambiado hasta el momento de su muerte. Tenía en la cabeza un gran plan, una perspectiva de obra enorme, y creo que emprendió y desarrolló casi todo lo que se propuso. La muerte de Artemio Cruz es una gran novela, una excelente pintura de los primeros años de la Revolución Mexicana; también es un gran libro Aura. La de Fuentes es una obra perdurable, que por supuesto ha provocado la admiración de muchos que lo conocimos, y también el desdén de algunos, entre los cuales se cuenta la gente que elige los candidatos al Premio Nobel, que se ocupó de negárselo permanentemente, habiéndoselo otorgado a escritores que a su lado son de tercera o cuarta categoría.

Historia universal del Boom

Por Fernando Bogado



Hay cuatro nombres que, por separado o uno después del otro (cada uno dirá en qué orden), evocan ese momento de la literatura en el que ser latinoamericano y escritor era garantía de calidad o, al menos, de ventas: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Se puede mencionar a otros anteriores (como Juan Carlos Onetti o Juan Rulfo) o contemporáneos que no han tenido la misma trascendencia (como José Donoso). Incluso, la literatura latinoamericana comenzó a utilizar la categoría de “post-Boom” para entender todas las producciones posteriores, como si la presencia de estos nombres hubieran instaurado la idea de una generación que difícilmente pueda volver a repetirse o que, incluso, haya tenido antecedentes en algún otro momento. Viajeros, globales, universales, cada uno de estos cuatro escritores, de todos los escritores que entran dentro de esa (por momentos, molesta) etiqueta del Boom Latinoamericano de los ’60 supo articular las características de su “aldea” con las pretensiones universales de innovar en la forma y de renovar la lengua del conquistador a partir de los murmullos de las lenguas indígenas que, en la oralidad o en diversas producciones culturales, habitaban entre las bibliotecas de las grandes obras provenientes de Europa. Carlos Fuentes, en el reciente La gran novela latinoamericana, no hace otra cosa que entender y ubicar al escritor latinoamericano dentro de la literatura universal ampliando las circunstancias del Boom a posibilidades universales: lo de los ’60, amigos, no fue solamente un fenómeno editorial.

¿Pretensiones universales?: la novela latinoamericana es una continuación de las búsquedas artísticas europeas, de la lengua que trajeron Colón y sus posteriores, pero a partir de las angustiosas situaciones que tuvimos que atravesar. Por eso el libro comienza por ubicar la primera novela latinoamericana como producto de un español, Bernal Díaz del Castillo, quien en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España –publicado de manera póstuma en 1632, ciento once años después de los hechos narrados–, se diferencia de los relatos épicos en donde la conquista queda en manos de una sola figura heroica, Hernán Cortés. ¿Qué hay en esa crónica para que Fuentes la considere la primera novela latinoamericana? La crónica de la conquista de los aztecas se convierte en el relato personal de un soldado que busca recordar a sus compañeros caídos en la contienda, los muchos soldados, sus caballos, cada uno de los pequeños detalles olvidados por el relato oficial. Lo que hay en Bernal Díaz es la búsqueda del tiempo, del instante perdido y evocado, a lo Proust, con la intención de dejar un registro en la memoria de los hombres de los caídos y, al mismo tiempo, la afirmación de que todo lo que veían en esas contiendas, lo que experimentaban, parecía propio de los sueños.



La gran novela latinoamericana. Carlos Fuentes Alfaguara 448 páginas

Tiempo y ensoñación, memoria e imaginación, tradición y creación: cada uno de estos aparentes extremos son combinados por los diversos escritores mencionados por Fuentes, creando una genealogía que va de Bernal Díaz a Villoro, de Maquiavelo y Tomás Moro a Lezama Lima y Carpentier. Y cada nombre no es otra cosa que la manifestación de ese interés latinoamericano por transformar la lengua del conquistador a su antojo, “respetando” la tradición europea para continuarla a través de creaciones que emergen de las más encantadoras imaginaciones: así hay que entender el barroco, por caso, regalo latinoamericano al renacimiento, no sólo una innovación sensual y descollante de la Contrarreforma en oposición al ascetismo de Lutero y Calvino, sino también ventaja que toman los latinoamericanos para llenar a los europeos de sueños increíbles, de imágenes propias de un mundo que nadie esperaba encontrar pero que existe con toda su abundancia. ¿No es el barroco el arte de la desmesura? ¿No será esa la sensación que un europeo siente ante un Nuevo Mundo? ¿No está eso en Sor Juana Inés de la Cruz, en el “milagroso” Memórias póstumas de Brás Cubas de Machado de Assis o, inclusive, en las figuras fantásticas (el aleph, el Universo como biblioteca) de un anglófilo Borges?

La gran novela latinoamericana es el gran texto final de Carlos Fuentes. En una prosa ensayística, insistente, asumiendo un carácter subjetivo y abierto a cualquier futura contingencia, realiza una historia de la literatura latinoamericana como renovadora de la literatura occidental. Así, los saltos abruptos en el tiempo que se dan en cada línea no hacen otra cosa que “imaginar un pasado”, combinar tiempos distantes para entender las obras de sus congéneres y, si se quiere, jugar con el tiempo: Pedro de Mendoza en Buenos Aires, leyendo a Erasmo de Rotterdam en 1538, es un antecedente, a su manera, de Julio Cortázar.

Cada página de este libro tiene el dejo de una mirada final, de la búsqueda de una síntesis: Fuentes, escritor del tiempo, trata de reorganizarlo para darle sentido, un sentido que sale desde las búsquedas literarias, desde las propias pasiones de los escritores de su tiempo, los del Boom. No faltan las menciones a cuestiones exclusivas del mercado (como la ventaja que tenían en los ’60 con la presencia de una red de distribución bien organizada que permitió esta lectura en conjunto), ni tampoco las anécdotas, como esa de que Yo, el supremo de Roa Bastos nació a partir de un proyecto de Gallimard gestionado por Fuentes y Vargas Llosa para editar varias novelas que tuvieran como tema superar, a través de la imaginación, a los ya de por sí excéntricos dictadores latinoamericanos. Frustrado el plan, no sólo Roa Bastos continuó por separado la idea que había planteado tras la solicitud, sino también García Márquez y Alejo Carpentier: en la misma línea, verían la luz El otoño del patriarca y El recurso del método.

Lenguaje, puro lenguaje. Alguien habla en un rincón imprevisto de Latinoamérica, en el sertao del nordeste brasileño o en el centro de la Pampa, en las ferias interminables de La Paz o las quebradas veredas del Zócalo en México, y ya hay en ese gesto un tratamiento con el lenguaje que forma parte medular de haber nacido en este continente, todavía exuberante porque la lengua que utilizamos para nombrar a los animales y las plantas que la pueblan, para escribir o hablar con las personas que nos rodean, tiene poco más de quinientos años en el territorio. La gran novela latinoamericana de Carlos Fuentes no es solamente un ensayo que revisa la historia de la literatura latinoamericana, sino que, por momentos, tiende a ser un estudio global de estos avatares del lenguaje, de lo latinoamericano, de su imaginación, de su memoria. Como las intenciones de Bernal Díaz con sus compañeros soldados, este libro es una mirada final a lo que se deja atrás para que sea recordado por los que están por venir. Digamos: un testimonio.

La musa desconocida

Por Juan Pablo Bertazza



Carolina Grau. Carlos Fuentes Alfaguara 177 páginas.
El boom latinoamericano no fue una escuela ni un movimiento, fue un milagro. El azar mágico de que se encontraran, casi al mismo tiempo, escritores grandes y trascendentes más allá de los gustos, las preferencias, los rencores y la maligna indiferencia que llega con el paso de los años. “El azar hace mejor las cosas que la lógica”, apuntaba Cortázar en la famosa entrevista con Joaquín Soler Serrano. Pero ese movimiento azaroso, esa agrupación milagrosa, terminó teniendo también algún rasgo común: una marca de época, un olor, cierto resonar en los oídos cada vez que se nombra a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes. Pero también el Boom se caracteriza por haber tenido algunos vaivenes políticos: desde la euforia por la Revolución Cubana hasta el odio extremo de Vargas Llosa hacia la isla. Acaso, esa misma trayectoria, esa trama de principio, nudo y desenlace sea, justamente, lo que terminó de dar forma a algo ciertamente amorfo como el Boom.

En la obra de Carlos Fuentes sucede también ese itinerario, esa trayectoria que nunca es circular. No una trayectoria a nivel político como en Vargas Llosa ni tampoco en lo que respecta a la relación entre vida, compromiso político y obra, como puede suceder con Cortázar, pero sí una trayectoria acerca de su ser escritor.

Desde aquella infancia nómade debido al trabajo de diplomático de su padre que, según cuenta la leyenda, lo devolvía cada verano a la Ciudad de México donde, mientras todos los chicos disfrutaban de las vacaciones, él seguía estudiando para no perder el idioma, hasta su cargo como miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en 2001, Carlos Fuentes constituyó la pata casi científica del boom, el historiador autodidacta metido en la piel del escritor, el profundo conocedor de una cultura tan compleja como la mexicana vestido de narrador; el hombre de las tragedias –sufrió la muerte de sus dos hijos, Carlos y Natasha– que jamás lo pusieron en riesgo de romanticismo, que no le despeinaron ni un ápice el bigote.

En definitiva, el intelectual que circunstancialmente era un artista. Lo notable es que esa imagen que para muchos lectores puede parecer ya indeleble empezó a cambiar con sus últimos libros, sobre todo sus volúmenes de cuentos: Todas las familias felices, y su última y casi prematura obra póstuma, Carolina Grau.

Es todo un género inexplorado el de los últimos libros de escritores, un género neblinoso y apasionante en el que sobresalen La hora de la estrella de Clarice Lispector, Caín de José Saramago y –más allá de que pronto aparezca Federico en su balcón, una novela sobre Nietszche– este volumen de relatos notablemente breve que tienen como único denominador común a una mujer enigmática, sutil y bella “como una noche con dos lunas o un día con doble sol”. Un libro hipnótico, brillante, ya no erudito sino más bien de una narrativa tan brutal como descarnada que sigue las vicisitudes de una mujer imposible, una mujer con la que sueña un prisionero para lograr huir, una mujer que enamora en una visión e inspira toda la obra del gran poeta italiano Giacomo Leopardi, una mujer que lleva a donde va luz y tragedia, una mujer que cada vez que aparece genera una muerte: la de Cristóbal de Olmedo, que muere al eyacular sobre Carolina, y también la de su propio hijo, a quien ella le pone Brillante, y que muere en una especie de reversión porno de Edipo, devorado por su propia madre.

Tal vez en un último rapto de deseo de inmortalidad, a los que son tan afectos los escritores aun cuando intenten negarlo, Carlos Fuentes decidió organizar toda su obra literaria bajo el nombre global de La edad del tiempo, una especie de Comedia humana de Balzac, autor que influyó no sólo a Fuentes sino también a todos los involuntarios miembros del Boom. Hacerlo revelaba un afán de inmortalidad: esa agrupación por subíndices y temáticas como “El mal del tiempo”, “El tiempo romántico”, “El tiempo político” o “Los días enmascarados” suponía no sólo dislocar cualquier cronología sino también dejar infinitos casilleros para ir completando progresivamente. Pero, a su vez, dentro de ese afán de inmortalidad se escondía también cierta pulsión tanática, acaso la primera cesión de derechos a la muerte. Porque en su monumentalidad lo que escondía también esa clasificación era un testamento. Ese es el gran itinerario en la obra de Fuentes.

En los ocho relatos de Carolina Grau siempre hay un pasaje, una transición, una fuerte tensión entre dos mundos, una permanente disyuntiva entre entrar y salir. “Me doy cuenta de que ella es no sólo discreta. Es desconocida y me desconoce. ¿No es esto lo que buscaba? ¿Desconocer y ser desconocido? Duermo y despierto inquieto, temeroso de que, al lado de ella, yo deje de distinguir entre el sueño y la vigilia...,...entre el cuerpo y el alma..., entre el hoy y el ayer.”

Además de ser uno de los mejores personajes femeninos de su obra, Carolina Grau, el último libro –casi casi póstumo– de Fuentes, marca un punto alto de su trayectoria literaria, la última dirección en su notable parábola.

No por ser un último libro.

Sino porque es un canto a la muerte.

La eternidad en movimiento

Por Juan Villoro

Es posible que Carlos Fuentes haya sido el primer escritor profesional de México. Dispuesto a vivir de la máquina de escribir, tecleaba a una velocidad frenética, usando un solo dedo que se le torció como el aguijón de su signo zodiacal, Escorpio.

Como conferencista, transmitía el carisma intelectual de Naphta, personaje de Thomas Mann en La montaña mágica: “Mientras hablaba, siempre tenía razón”.

No inauguró la novela urbana en México, pero transformó al D. F. en protagonista absoluto de La región más transparente, ruidoso mural de la metrópoli.

Su sostenida aventura fue la indagación de la identidad en clave narrativa. En El espejo enterrado recreó la tragedia de Quetzalcóatl, que no se aceptó a sí mismo. El dios ilustrado odió el rostro reflejado en el espejo humeante de Tezcatlipoca.

Con proteica desmesura, Fuentes trató de restituir esa identidad perdida. Su obra de conjunto aspira a ser leída como una rueda calendárica; es La edad del tiempo, y su antología personal lleva un título astronómico, Los cinco soles de México. Durante 83 años vivió convencido de la sentencia de Platón: “El tiempo es la eternidad en movimiento”.

Me enteré de su muerte en un escenario que parece de su invención. El teléfono de un amigo sonó poco antes de que descendiéramos a un cenote recién explorado en Chichén Itzá. Mientras atisbaba el inframundo maya, se me agolparon imágenes del cuento “Chac Mool”, de Cambio de piel, ubicada en la pirámide de Cholula, de “Gente de razón”, relato donde dos hermanos practican modos complementarios de entender el país: uno explora la ciudad, otro el subsuelo.

En la gruta que sugiere una entrada a Xibalbá, reino de los muertos, entendí que allá arriba la superficie había cambiado. El rito de paso tenía que ver con la inmersión al corazón de la tierra, pero también con la muerte de un insoslayable precursor. La cueva del fin y del origen adquiría otro sentido.

Carlos Fuentes es uno de los nombres propios de la tradición. Su vastísima obra queda abierta al escrutinio de los lectores y los arqueólogos del tiempo. El mismo día de su muerte leí una de sus máximas entusiastas: “Si no vives como joven, te carga la chingada”. A los 83 años, su corazón se detuvo un segundo antes de que eso sucediera.

Verlo todo, contarlo todo, desenterrarlo todo

Por Sergio Ramirez

Carlos Fuentes deja con su muerte un vacío en mi vida, devoto suyo como fui desde mi lectura de Aura y el Cantar de ciegos, dos libros que abrieron en mí la perspectiva del escritor que yo quería llegar a ser en tiempos de adolescencia. Pero me conquistó también su visión ecuménica de la literatura, como un reflejo revuelto de la historia total de nuestra América, de la que, haciendo uso de la imaginación, el escritor no debía ser sino un cronista osado y aventurado, obligado a verlo todo y contarlo todo, desenterrándolo todo. La lección perpetua del pasado para aprender a mirar el futuro, sin dejarse desalentar por las constantes decepciones de los ideales rotos y de los sueños pervertidos. Su obra es una galería de espejos para mirar la historia y mirarse en la historia, desde La muerte de Artemio Cruz a Adán en Edén, la tragedia de nuestra América que siempre ha navegado en las aguas oscuras de la traición y el crimen. En este sentido, Fuentes enseñó siempre a lo largo de su vida de escritor una incontestable calidad ética teñida de rebeldía juvenil, nunca dispuesto a callarse. Su palabra como un ejercicio constante de la libertad. Siempre persiguiendo la excelencia de la escritura, su novedad, libro tras otro, hasta el mismo final.

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