Paula, Ana y María






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PAULO COELHO:
LAS CONFESIONES DEL PEREGRINO



(CONVERSACIONES CON JUAN ARIAS)


1999

Índice

La conversación en Copacabana ¿Quién es Paulo Coelho?

I. Las señales

II. Manicomio, cárcel y tortura

  1. La vida privada

  2. Política y ética

V. LO FEMENINO

VI. La magia

VII. Las drogas

VIII. La conversión

IX. El escritor

X. LOS LECTORES

XI. Paula, Ana y María

LA CONVERSACIÓN EN COPACABANA

Estas conversaciones-confesiones con Paulo Coelho tuvieron lugar en su casa de Río de Janeiro, frente a la espléndida playa de Copacabana, a primeros de julio de 1998, en plena fiebre del Mundial de Francia, de manera que sólo se vieron interrumpidas para que el escritor no dejase de ver los encuentros sobre los cuales debía informar para la prensa francesa.

Durante aquellas largas conversaciones, Coelho abrió su alma y desveló, por vez primera, momentos dolorosos de su pasado, como la travesía por los desiertos de las drogas, de la magia negra y satánica, el manicomio, la cárcel y la tortura. Al término de las conversaciones, manifestó su deseo de no tener que volver a hablar de su vida en los próximos veinte años.

En aquellos encuentros participó mi compañera, la escritora y poeta brasileña Roseana Murray. Al principio, tenían lugar por la tarde, después de que Coelho hubiese dado su habitual paseo por la playa, nada más levantarse. Porque el escritor trabaja durante la noche, se acuesta al amanecer, duerme por la mañana y dedica la tarde a encontrarse con la gente y a revisar los montones de correspondencia, fax, mensajes electrónicos y llamadas de teléfono que le llegan desde los cuatro puntos del mundo.

Por eso, nuestras conversaciones -que se realizaban en su dormitorio, situado en la parte de la casa que da a la playa de Copacabana, y donde tiene instalado su ordenador- se veían interrumpidas muchas veces por los mensajes que recibía continuamente. A veces esos mensajes se oían amplificados por un altavoz. Coelho aguzaba el oído y, según de qué se tratase, se levantaba o no a contestar. Una de las veces dijo: «Perdonad, pero me anuncian que me va a llegar un fax de Boris Yeltsin invitándome a ir a Moscú.»

Alguna tarde quiso abrir la abultada correspondencia que recibe cada día para comentarla con nosotros. Suelen ser cartas de gente anónima, a veces de muchas cuartillas, que le hablan de lo que sienten leyendo sus libros, que le piden las cosas más peregrinas y que se confiesan con él como con un mago bueno. Aquella tarde, entre las docenas de cartas había también una del ministro del Ejército de Brasil. Le decía que había leído su libro El guerrero de la luz. «Esto no es normal», dice Coelho. «La gente importante no se molesta en escribir, aunque cuando se encuentran conmigo me dicen que leen mis libros, como hizo Shimon Peres, durante el congreso de Davos, en Suiza, en la reunión de los grandes genios de la economía mundial, a la que este año me invitaron para que les hablase.»

Comentando aquel encuentro en Davos, al que por parte de Brasil fueron invitados sólo Coelho y el presidente de la República, Fernando Enrique Cardoso, el escritor diría en estas conversaciones que los «verdaderos juegos de magia» los realizan hoy los economistas y los financieros y no los pobres magos de profesión.

Aquella vista sobre el mar de Copacabana, que iba adquiriendo todos los tonos de azul a medida que la tarde se iba echando encima, hizo que Coelho usara con frecuencia la imagen del mar para responder a nuestras preguntas. Lo hizo siempre en español, una lengua que ama y domina. El autor de El Alquimista no es hombre de medias tintas; es más bien de extremos, pasional, acostumbrado a lo que él llama «el buen combate», a quien no le importa polemizar, aunque le distingue siempre una enorme sencillez, que no le hace sentirse seguro de nada, que le lleva a saber escuchar y a admitir que ha podido equivocarse.

Una tarde hubo que interrumpir durante una hora la conversación porque había llegado una representante de su editorial de Brasil con un fotógrafo profesional, que debía realizar toda una serie de nuevas fotografías para el lanzamiento de su última novela, Verónika decide morir. Quiso que asistiéramos a aquella sesión fotográfica que le inmortalizó en todas las poses, incluso descalzo, sentado con las piernas cruzadas en su mesita del ordenador. Observando la maestría del fotógrafo, era evidente que iban a ser las mejores fotografías que se le habían hecho hasta entonces. Por eso, la editora le comentó: «Y ahora, ¿qué hacemos con las fotos anteriores?» Coelho contestó: «Puede enviarlas a los periódicos de provincia.» En aquel momento, mi compañera, Roseana, le recriminó con cariño: «Paulo, estás haciendo como el Primer Mundo rico hace con nosotros: enviarnos su basura.» Coelho no lo pensó dos veces: «Tienes razón, Roseana», y pidió que se prescindiera de las fotos anteriores y que se enviaran las nuevas también a los periódicos de provincias.

Días después comentaba yo este episodio con el teólogo Leonardo Boff, en su nueva casa en medio de la floresta de Itaipava, cerca de Petrópolis. Boff siempre ha defendido a Coelho contra sus críticos, porque considera que en un mundo tan distraído y frío él despierta con sus libros el amor por el misterio y por el espíritu. Oído el episodio de las fotos, Boff comentó: «Siempre aprecié a quienes no temen reconocer sus errores. Supone, en definitiva, grandeza de alma.»

Durante los últimos días, las conversaciones tuvieron lugar de noche. Coelho, acostumbrado a trabajar cuando la gente empieza a dormir, se siente fresco como una rosa. Más comunicativo incluso. Interrumpíamos sólo cuando a nosotros nos podía el cansancio. Si de él dependiese, hubiésemos continuado toda la noche. Sólo había un momento en que el escritor hacía una pausa: a medianoche. Es una hora ritual para él, al igual que las seis de la tarde, al caer el sol. Pide unos segundos de silencio para un momento de oración.

En aquellas noches, más íntimas, más de confesiones, participaban a veces otras personas. Su mujer, Cristina, delicada y discreta, preguntaba siempre si podía quedarse a escuchar. En un cierto momento, Coelho le dice: «Estáte muy atenta porque vas a oír cosas que ni tú has escuchado nunca, ya que he decidido contarlo todo, desnudarme, para que todos sepan quién he sido y quién soy, y no se me construyan personajes falsos.»

Por la noche manteníamos nuestras conversaciones en la sala del comedor, en la parte opuesta de la casa. Sobre la mesa había siempre unas fuentes con tapas, a la española, de jamón y queso, regadas con un soberbio vino italiano. Todo invitaba a la confidencia. Y sobre todo, nadie del exterior interrumpía, porque a esas horas enmudecían teléfonos, fax y ordenadores varios. Y en la casa se masticaba el silencio, ausente durante el día por el acoso mundial al que se ve sometido el escritor más de moda en la actualidad.

En una de aquellas noches participaron en el encuentro tres jóvenes universitarias españolas: las hermanas Paula y Ana, y María, una amiga de ellas. Sus padres trabajan en una multinacional en Río de Janeiro, ellas estudian en Madrid y en las vacaciones se reúnen con sus padres. Las conocí en el avión, viniendo de Madrid. Al tener noticia de que iba a hacer un libro con el escritor Paulo Coelho se les iluminaron los ojos. Y cada una de ellas me mostró un libro del escritor que venían leyendo: eran Brida, La Quinta Montaña y A orillas del río Piedra. Observé en sus ojos que su sueño sería poder conocerle.

Coelho, que es muy sensible a ciertas señales, interpretó mi encuentro con aquellas tres jóvenes universitarias, que venían a Río leyendo sus libros, como un feliz auspicio para la tarea que teníamos entre manos.

El encuentro del escritor con las jóvenes universitarias fue no sólo emotivo sino también vivaz, atrevido y sincero. Y contó con una presencia de excepción: la de Mauro Salles, empresario de publicidad, intelectual y poeta, una personalidad muy respetada en Brasil, a quien Coelho considera como su padre espiritual. Suelen celebrar, junto con sus mujeres, el fin de año en la soledad de la gruta de Lourdes. Salles presenció el encuentro de Coelho con las jóvenes sentado entre ellas, tomando apuntes de lo que decían e interviniendo como uno más.

El escritor y mago Coelho es muy fiel a ciertos rituales y no los oculta. Así, la noche en que se decidió a abordar sus dolorosas experiencias del pasado con la magia negra y con los ritos satánicos, hizo apagar la luz eléctrica e iluminó la sala con velas de cera. «Así me siento más a gusto para hablar de estas cosas», comentó. Y contó todo, sin que yo necesitara casi hacerle preguntas, como si estuviese hablando consigo mismo, recordando viejas heridas de su alma.

Uno de los momentos de mayor tensión emotiva se produjo cuando, al relatar su experiencia espiritual en el campo de Dachau, en Alemania, que habría de cambiar radicalmente su vida, rompió a llorar. Tras unos momentos de silencio, para quitarle importancia, comentó: «Quizá he bebido demasiado.» Y el momento de mayor gozo fue cuando su mujer, Cristina, recogió una pluma blanca de ave de debajo de la mesa y se la entregó a su marido. «Mira, Paulo, lo que había aquí.» Y colocó la pluma sobre la mesa. Coelho, radiante, le tomó la mano a su mujer y le dijo emocionado: «¡Gracias, Cristina!» Y es que para él la señal de que va a nacer un nuevo libro suyo es la aparición fortuita a su lado de esa pluma blanca de ave. Y en aquel momento estábamos ya casi al final de este libro.

Quiso que terminásemos nuestras conversaciones en el mismo lugar donde habíamos comenzado, en su dormitorio, frente a la playa de Copacabana iluminada por el sol del dulce invierno de Río. Le pregunto si se considera un mago además de escritor, y responde: «Sí, soy también un mago, pero como lo son todos los que saben leer el lenguaje oculto de las cosas en busca de su destino personal.»

He querido mantener en el libro el carácter informal de conversaciones amistosas con el escritor. Conversaciones que a veces tuvieron su punta de polémica y otras de confesión por el clima de intimidad que se había creado. En un gesto de confianza, Coelho no ha querido revisar el texto dejándome toda la responsabilidad del mismo. Por ello, cualquier tipo de error que contenga será sólo culpa mía.

Agradezco de corazón a Mauro Salles, la persona que mejor conoce de cerca a Paulo Coelho, el apoyo moral e informativo que con gran generosidad me brindó para profundizar mejor en la compleja y rica personalidad del escritor brasileño.

Y a los lectores antiguos y nuevos de Coelho quiero asegurarles que fueron ellos, en todo momento, el objeto de atención del escritor. Los tuvo delante cada vez que emitía un juicio o revelaba una faceta desconocida de su vida rica y ajetreada. Ellos son, pues, los auténticos protagonistas y destinatarios de este libro.

¿QUIÉN ES PAULO COELHO?

Paulo Coelho, uno de los escritores más vendidos del mundo, nació en el barrio de Botafogo de Río de Janeiro, bajo el signo de Virgo, el 24 de agosto de 1947. Nació -cosa de la que se siente orgulloso- el mismo día, el mismo mes y bajo el mismo signo, aunque muchos años después, que su ídolo literario, Jorge Luis Borges. Para conocerle personalmente, después de haberse aprendido de memoria sus poesías, siendo aún muy joven, se subió a un autobús en Río de Janeiro y viajó durante cuarenta y ocho horas hasta Buenos Aires. Le encontró al cabo de no pocas peripecias y, cuando estuvo ante él, se quedó mudo. Le miró y pensó: «Los ídolos no hablan», y regresó a Río.

No niega que hay mucho de Borges en sus obras, empezando por El Alquimista, el libro que le ha hecho famoso en todo el mundo. Sin duda, fue el genial escritor argentino quien metió en la cabeza del entonces inquieto hijo de un ingeniero, Pedro Queima Coelho de Souza, el deseo de ser escritor, cuando en realidad su padre quería que fuese abogado. Por desobedecerle, acabaría internado en un manicomio.

En realidad, el niño Paulo, que llegó al mundo tras un parto difícil -lo que llevó a su madre, Lygia Araripe Coelho, profundamente religiosa, a bautizarle en la misma clínica donde había nacido-, soñó desde siempre con ser artista, algo que agradaba muy poco en su hogar de clase media alta. Quizá por ello le costaron mucho los estudios. A él le gustaba leer no sólo a Borges sino también a Henry Miller, y empezó a encariñarse con el teatro. Sus padres, al ver que no progresaba en los estudios, acabaron ingresándole en el entonces severo colegio jesuíta de San Ignacio, en Río de Janeiro, donde aprendió a ser disciplinado en la vida pero donde también perdió la fe religiosa. Que no había perdido, sin embargo, el gusto por la literatura lo demuestra el que ganara en el colegio su primer concurso de poesía.

Coelho fue siempre un inconformista, un buceador de cosas nuevas, lo cual le llevó a probar todo lo bueno y lo malo que se le presentaba en su camino. Cuando en plena fiebre del 68 nacen los movimientos guerrilleros y hippies, el futuro escritor se enamora de Marx, Engels y Che Guevara. Participa en comicios y manifestaciones callejeras. Se introduce en todos los movimientos progresistas y forma parte de la generación Paz y Amor.

Es en este momento cuando Coelho empieza a poner en crisis su ateísmo y sale en busca de nuevas experiencias espirituales recurriendo a drogas y alucinógenos, a sectas y a magias, viajando por toda América latina tras las huellas de Carlos Castañeda.

Al final hace caso a su padre y se matrícula en la Facultad de Derecho, en la Universidad de Río de Janeiro. Pero pronto abandonaría los estudios para dedicarse al teatro, su nuevo sueño. Con el dinero que gana como actor y, tras escapar del manicomio, marcha a Estados Unidos, donde los movimientos hippies le ayudan cuando se le acaba el dinero.

Su pasión continúa siendo la escritura y así escarcea con el periodismo y funda una revista alternativa con el título de 2001. La revista sobrevivió sólo dos números, pero fue para él de enorme importancia ya que, a través de uno de los artículos, entró en contacto con el productor musical Raúl Seixas, para quien acabaría escribiendo cientos de letras para sus canciones. Fue su primer gran momento de gloria. El cantor se movía a nivel de multinacional y Coelho empezó a ganar tanto dinero con sus letras que acabó comprándose cinco pisos. Escribió también en el diario O Globo de Río hasta que, en 1974, publica su primer libro sobre el teatro en la educación.

Son también los tiempos más duros de sus experiencias de magia negra, inspirada en Aleister Crowley. Una experiencia de las más duras y difíciles de su vida, de la que habla a fondo en este libro de confesiones. Cuando consiguió liberarse de aquellas cadenas de la magia negra, que le estaban llevando al borde del abismo, le tocó vivir otra de las experiencias más duras de todas: su secuestro y la tortura a manos de un grupo de paramilitares en la época de la dictadura brasileña.

Escapó con vida de aquel secuestro y de las duras torturas sufridas casi de milagro. Decidió entonces poner punto final a la locura de las drogas y la magia negra y se propuso emprender una vida normal trabajando con varias casas discográficas. Pero, en 1976, de nuevo el gusanillo del escritor le roe por dentro y se traslada a Inglaterra como corresponsal de algunas revistas brasileñas, y decide relatar su vida, a lo que dedicó un año. Sin embargo, antes de regresar a Brasil, olvida sus manuscritos en un pub de Londres y su vida queda sin publicar.

Después de tres matrimonios fallidos, en 1981 se casa con la que aún es su feliz esposa, Cristina Oiticica, una pintora con la que iba a compartir los grandes éxitos de su vida como escritor de fama mundial. Pero su pasión por los viajes, a la búsqueda de su misión personal, no se había apagado. Con el dinero que tenía, emprende un viaje de seis meses por todo el mundo hasta que en Alemania, en un campo de concentración, tendría una experiencia espiritual muy intensa que imprimiría un nuevo cambio en su vida, devolviéndole la fe católica de sus padres. Es el momento en que, con su maestro espiritual, recorrerá durante cincuenta y cinco días los setecientos kilómetros del camino de Santiago de Compostela, como los viejos peregrinos medievales.

La experiencia del camino de Santiago le empujó a publicar el que sería su primer texto literario: el Diario de un mago. Tras éste llegarían sus otros libros, desde El Alquimista hasta el reciente de Verónika decide morir, que le consagrarían como uno de los diez autores con mayores ventas en el mundo, un escritor que suscita polémicas, odios y amores desenfrenados, pero que sigue adelante, sonriente y seguro, en su camino de intentar despertar en los hombres y mujeres de este final de milenio el gusto perdido por el misterio y por la magia, que salva del tedio y del desamparo en el seno de una sociedad mecanizada y aburrida.

Coelho suele decir que tiene dinero suficiente para tres reencarnaciones. Gana tanto que ha decidido dedicar cada año cuatrocientos mil dólares de sus derechos de autor a una fundación que lleva su nombre y de la que se encarga su mujer, Cristina, dedicada a ayudar a los niños abandonados de las favelas más miserables de Río, a los ancianos más desprotegidos, a promover la traducción a otras lenguas de autores clásicos brasileños y a la investigación de los orígenes paleontológicos de su Brasil que tanto ama y al que considera el país más mágico del mundo, porque, según dice, en él no existe diferencia entre lo profano y lo sagrado y nadie se avergüenza de creer en el espíritu.
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