Literatura femenina Latinoamericana contemporánea






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títuloLiteratura femenina Latinoamericana contemporánea
fecha de publicación15.03.2016
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Literatura femenina Latinoamericana contemporánea

por David Hernández
I ¿Existe una literatura femenina?

El mundo editorial de habla hispana vive, desde hace poco más de una década, un inusitado lanzamiento de las escritoras latinoamericanas. Este fenómeno, más que responder a una situación de desarrollo extraordinario de la literatura escrita por mujeres, es una bien diseñada operación de mercado de los grandes consorcios editoriales en Barcelona, México, Buenos Aires, Francfort del Meno, París y Nueva York. Agotada la mina de oro que fue el boom de los años sesenta-setenta que logró cimentar en un sólido pedestal a la literatura latinoamericana contemporánea, el tema de las escritoras es un as que las casas editoras se sacan de las mangas, en primer lugar, para que los negocios marchen bien, sacrificando algunas veces la calidad literaria.

Una pregunta insistentemente formulada por periodistas, filólogos, estudiantes de letras, críticos y agentes literarios -los chacales de la creación, expertos en cazar vacas muertas- es si existe una literatura femenina. La pregunta en sí es una perogrullada, sin embargo se ha hecho de ésta un punto central de discusión. Fomentar lo femenino en estos tiempos políticamente correctos es muy chic y es la onda que se lleva. Al respecto es ilustrativo el escándalo en que se vio envuelto Julio Cortázar en los setenta cuando se refirió al lector pasivo y carente de criterio como “un lector hembra”. Ante la protesta airada de grupos feministas, Cortázar tuvo que retirar su epíteto y hacerse un hara-kiri público, disculpándose ante los grupos feministas que pedían su cabeza, por su “lector hembra”.

¿Existe una literatura femenina? Todo escritor o escritora es un ser andrógino, como la misma esencia del ser humano y lleva en sus cromosomas lados femeninos y masculinos. Y la creación, algo tan misterioso que no puede ser clasificado como un simple insecto, tiene sus propias leyes que no son las de la lógica racional. Claro que existe una literatura femenina, como existe una literatura homosexual, heterosexual, lesbiana, bisexual, criminal, depravada, beata, angelical y hasta sádica o masoquista. El Marqués de Sade con su Justine o Leopold Masoch con su Venus en Piel son ellos mismos escritores. La literatura es como la misma condición humana, rica en acepciones. Si no: ¿dónde quedarían Proust, George Sand, Colette, Lezama Lima, Joyce, Francois Villon, Virginia Wolf, Oscar Wilde, etc., etc? En cada creador o creadora coexisten lados femeninos y masculinos. Y no es raro que una mujer como Gertrude Stein escribiese una obra “masculina”, ni que el muy “macho” Ernest Hemingway refleje en sus toreros y cazadores de leones un complejo de castración que lo deja en las mismas puertas de la literatura homosexual. Ni que En busca del tiempo perdido pueda haber sido escrito por una mujer. O que un asesino de sacerdotes y salteador de caminos como Francois Villon escriba los más tiernos poemas que bien podrían atribuírsele a un santo. Cada autor o autora es un universo donde coexisten lo masculino y lo femenino, lo homosexual y lo heterosexual, los deseos criminales como las ganas de hacer milagros que se reflejan en sus libros dependiendo del estado de ánimo en que se encuentran consigo mismos y con sus personajes cuando escriben su producto cultural.

II. El boom de las escritoras latinoamericanas

La presencia de la mujer en la literatura latinoamericana hasta hace poco más de dos décadas es relativamente escaza. Salvo excepciones como Gabriela Mistral, Teresa de la Parra, Claudia Lars, Delmira Agustini, Rosario Castellanos, Carmen Naranjo, Silvina Ocampo, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, no se encuentra en la literatura continental una fuerte presencia femenina.

No es sino hasta los ochenta, cuando surge una serie de latinoamericanas que con una personalidad muy definida a veces, otras con modelos literarios prestados a sus coetáneos, logran consolidarse como escritoras. Ya en la década de los sesenta existían precedentes como la mexicano-polaca Elena Poniatowski, la salvadoreña Claribel Alegría, la portorriqueña Rosario Ferré o la cubana Dulce María Loynaz, pero no es sino hasta la llegada de la chilena Isabel Allende con su novela La casa de los espíritus (1982), cuando comienza el despegue de las escritoras. La literatura, hasta entonces un coto vedado para las mujeres, deja de ser un monopolio de los hombres. Recordemos que el boom es ante todo un hecho masculino: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante. Y antes del boom los antecesores son todos hombres: Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Miguel Angel Asturias, Alejo Carpentier, José María Arguedas, Juan Rulfo. Sin embargo, a partir de Isabel Allende hasta nuestros días, surgen una serie de escritoras que son publicadas a lo largo y ancho de la América Latina. En México Ángeles Mastretta, Laura Esquivel, Carmen Boullosa; en Puerto Rico Mayra Santos-Febré, Mayra Montero; en Cuba Zoé Váldez; en Nicaragua Gioconda Belli; en Chile Marcela Serrano; en Argentina Sylvia Iparraguirre. A estas escritoras que gozan de una reputación internacional también hay que agregar otras hasta el momento menos conocidas pero con una obra que no desmerece. Tal es el caso de la argentina Esther Andradi, de la salvadoreña Jacinta Escudos, de la costarricense Ana Istarú, de la portorriqueña Ana Lydia Vega o de las mexicanas Silvia Molina y Martha Cerda, ésta última, autora de Toda una vida (1998) y La señora Rodríguez y otros mundos (1999).

La presencia de las mujeres latinoamericanas en la literatura contemporánea es producto de los tiempos modernos. Un importante rol jugó la “revolución sexual” del 68 que redistribuyó papeles y destruyó mitos, pasando por la invención de “la píldora” y la participación activa en el mercado laboral de la mujer. Esto le dio a las mujeres una independencia económica y espíritual. Por otro lado son también significativos los derechos de la mujer conquistados a fuerza de luchas en el siglo pasado, como el del sufragio o el de poder ejercer profesiones “masculinas” como médico, ingeniero, astronauta, mecánico o albañil. En América Latina, un continente donde entre otras cosas debido a la dependencia económica de la mujer, se vive aún en un machismo secular, la liberación de la mujer se expresó sobre todo en las ciudades y más concretamente en las clases medias e intelectuales. Y ahí es donde se dio el mejor caldo de cultivo para que surgiera una genuina pléyade de escritoras. Pero no todo lo que brilla es oro. A nivel latinoamericano cualitativamente el punto culminante lo constituye la mexicana Angeles Mastreta, quien ha sido la primera mujer en ganar el más prestigioso premio literario, el “Rómulo Gallegos”, con su novela Mal de amores (1995). Su obra de más calidad es Arráncame la vida (1985), que con Puerto libre (1994) constituyen sus libros más importantes.

A nivel cuantitativo es Isabel Allende, con su increíble aparato de ventas y promoción, quien más destaca. Es una de las escritoras más prolíficas y que más vende, no sólo en el mercado hispanoamericano, sino también en Alemania, Francia, Japón y otros países. Aparte de la novela que le dio celebridad, La casa de los espíritus, donde se siente una fuerte presencia del “realismo mágico” garcíamarqueziano. Allende ha publicado otras obras como De amor y de sombra (1984), Eva Luna (1987), El plan infinito (1991), Paula (1991), Afrodita (1998) o La hija de la fortuna (1999). Excelente escritora, su literatura sin embargo linda con el best seller, lo cual le resta méritos y calidad.

La mexicana Laura Esquivel con su novela Como agua para el chocolate (1989) constituyó toda una sensación, también gracias a la película del mismo nombre. Esta novela, junto con Arráncame la vida de Angeles Mastreta, bien pueden considerarse lo mejor que ha producido hasta el momento el boom femenino. Sin embargo, la segunda novela de Esquivel La ley de la selva, resultó un aparatoso fracaso a nivel literario y comercial. Ella misma se autocriticó al declarar que la novela la había escrito por encargo, presionada por la voracidad de los editores, quienes querían aprovechar la coyuntura del éxito de su primera novela.

Gioconda Belli, la poetisa nicaragüense que fue la musa de los movimientos de solidaridad en Europa y EE.UU., es una autora cuya fama y promoción se la debe más a la propaganda política que a su calidad literaria. Su novela más conocida La mujer habitada (1988) adolece de una serie de defectos en la estructura literaria como en el relato en sí. No logra convencer, ni con ésta ni con las siguientes novelas publicadas: Sofía de los presagios (1990) y Waslala (1996).

No podría decirse lo mismo de la argentina Esther Andradi, quien con dos brillantes libros Come, este es mi cuerpo (1991, 1997) y Tanta vida (1998) nos deja con la sensación de haber leído alta literatura. Hay rigurosidad en su escritura. Leerla es más que un placer, una delicia. Su economía expresiva es sorprendente, recuerda a Juan Rulfo o al Maccullers de El cartero llama dos veces. Los libros de Andradi son verdaderas joyas de la expresión, con una calidad estética que da cuenta de la disciplina y el arduo trabajo que se esconde tras las líneas de sus libros que se leen de un tirón. Quizás le falta un poco de valor para decidirse a escribir un verdadero novelón de unas 500 páginas, que estamos seguros sería genial. Quizás es su estilo la brevedad del relato. De todas formas, gracias a libros como Come, este es mi cuerpo podemos tener un referente cualitativo y separar la paja del heno, la buena literatura de la basura.

Otra escritora promovida a bombo y platillo es la chilena Marcela Serrano. Sus obras anteriores Nosotras, que nos queremos tanto (1991), Para que no me olvides (1993) o El albergue de las mujeres tristes (1997) sirven de contexto y de marketig para el lanzamiento de su última novela Nuestra señora de la soledad (1999). Marcela Serrano vende muchísimo, en parte gracias a que tiene todo un aparato editorial y comercial a sus espaldas. Sin embargo su literatura, en concreto Nuestra Señora de la Soledad no responde a las espectativas que la propaganda despierta. Después de leerla queda la sensación que nos ha dado gato por liebre. Una novela que no logra resolver sus problemas de género, que desarrolla un argumento banal y nada original que casi puede leerse como un ensayo. Pretende escribir un “thriller” sin lograrlo, por mucho que mencione en sus páginas que ha leído muy bien a Raymond Chandler. El argumento, una escritora de novelas policiacas que desaparece y un marido desesperado que encarga su búsqueda a una abogada chilena experta en exilios, recuerda la misma trama en la vida real que acaeció a Agatha Christie, quien en su lejana juventud, al igual que la escritora-personaje de Nuestra Señora de la Soledad, también desapareció sin dejar rastro. Incluso hay una película sobre esta faceta biográfica de Agatha Christie. El argumento no se sostiene y el final, así como la trama misma, parece demasiado forzado.

En contraposición, una novela con un tema tan árido, como es el del relato histórico y la biografía novelada, ha logrado constituirse en una verdadera revelación a nivel artístico. Me refiero a La tierra del fuego (1998), de la argentina Sylvia Iparraguirre. El argumento es histórico, un indio de la tierra del fuego que en el siglo XIX es llevado a Inglaterra donde es “educado”, “civilizado” y luego regresado a su tribu. El “buen salvaje”, que termina viéndose implicado en el asesinato de unos pastores evangélicos británicos en la tierra del fuego, motivo por el cual es condenado por un tribunal inglés, nos da la pauta de la complejidad del ser humano, y de la profundidad de las raíces ancestrales. Ante la disyuntiva de ser un colaboracionista de los colonialistas británicos o un caníbal asesino con su tribu, el indio se decide por el llamado de la selva. Excelente novela, que entre otras trata la crucial temática “civilización o barbarie” del siglo XIX. Su manejo del lenguaje y su calidad expresiva la ubican entre lo mejor de la literatura latinoamericana en general, de hombres y mujeres, escrita en los últimos años. Merecidamente, esta obra fue elegida la novela del año durante la feria del Libro de Buenos Aires en 1999.

III. Voces del silencio

Si bien es cierto que una serie de escritoras latinoamericanas han conquistado con mucha justicia el mercado internacional del libro, también es cierto que hay voces femeninas, de gran calidad y acierto en su producto cultural, que no logran romper el cerco de la soledad y el aislamiento. Todo se debe a la balcanización de la literatura en Latinoamérica, a que el libro es caro, se ha vuelto un objeto de lujo, a que paradójicamente, en esta era del internet y la aldea global, estamos más incomunicados que nunca. La escritora mexicana Silvia Molina desarrolla una interesante historia de familia en El amor que me juraste, excelente novela que no ha tenido la atención que se merece. (Es interesante señalar la gran cantidad de letras de canciones que están dando motivo para títulos de novelas: Arráncame la vida, El amor que me juraste, Sólo cenizas quedarán, No habrá más penas ni olvido, Adiós muchachos, Te di la vida entera, etc.)

La salvadoreña Jacinta Escudos ha producido excelentes libros sin tener la repercusión internacional que se merece. Su primera noveleta Apuntes de una historia de amor que no fue (1987) está bien lograda, adecuadamente construida y es creíble. Además, es de una lectura amena y rápida. Su libro de relatos Cuentos sucios (1997) se ubica en esta misma línea. Jacinta Escudos, residente en Nicaragua, es además una excelente poeta y publica sus poemas con el seudónimo de Rocío América.

El caso de Esther Andradi, autora también de Ser mujer en el Perú y del libro de cuentos Chau Pinela (1988) es verdaderamente extraordinario. Su libro Come, este es mi cuerpo (1991), reúne en 30 textos culinarios y sensuales, la historia de la humanidad y, si se quiere, la de la cultura occidental. Esta misma temática, recetas de cocina y amor, también fue genialmente desarrollada por Laura Esquivel en Como agua para el chocolate y en Afrodita de Isabel Allende. Sin embargo, Esther Andradi publicó su libro antes que estas dos obras de cocina literaria. En este sentido, le tocó la mala suerte de la precursora, sentó las bases, descubrió una mina temática, pero la gloria y la fama se la comieron otras. ¿Por qué una obra de tal calidad es menospreciada por el mundo editorial y en cambio Afrodita, es promocionada a bombo y platillo? ¿Estrategias, contactos, suerte, saber moverse, saber venderse, saber empaquetar bien el producto? Hay una serie de considerandos en esta sociedad de consumo que pueden hacer que una obra ordinaria sea promocionada como genial, las leyes del mercado son las de la selva.

Partiendo de la literatura como filosofía de la vida, las recetas de cocina que Andradi nos enseña en su obra recuerdan la sencillez, sabiduría y brevedad de la poesía china.Textos concisos que son verdaderos poemas en el sentido alemán y riguroso del término, Dichtung, de “condensación, brevedad, rigurosidad.” Como colofón a esta pequeña excursión por el mundo de las letras femeninas latinoamericanas transcribo el texto de Esther Andradi, sacado de su recetario mágico, Cebollas: “Somos como la cebolla. Apenas se abren, comienza el llanto. Superfluo, cierto, porque basta un chorro de agua fría para que todo se supere. Y después, sólo después, es posible separar hoja por hoja, sin presiones ni sugestiones hasta llegar al fondo mismo del misterio, sin perder la visibilidad entre la niebla de las lágrimas”.

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