El Modernismo y la Generación del 98






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fecha de publicación10.03.2016
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El Modernismo y la Generación del 98




(0. Contexto histórico)

Los años que median entre la última década del siglo XIX y la I Guerra Mundial, durante los que se desarrolla en España el Modernismo y la Generación del 98, son una época de profundo malestar e inquietud conocida como la “crisis de la conciencia europea de fin de siglo”. La crisis afecta también al pensamiento: quebrada la confianza en el positivismo por los descubrimientos científicos, en filosofía surgen corrientes irracionalistas: Schopenhauer, Kierkegaard o Nietzsche introducen la duda, la inseguridad, el pesimismo, la angustia existencial.

Para Arthur Schopenhauer el pesimismo se apoya en la idea de que la existencia del hombre está marcada por la miseria, el dolor y la lucha; Sören Kierkegaard define al ser humano como síntesis de contrarios generadora de la angustia existencial; y Friedrich Nietzsche preconiza una existencia creadora y real basada en los instintos vitales y no en la razón.

En España, con la regencia de Mª Cristina y el reinado de Alfonso XIII (1902-1931), tenemos una época de permanente crisis política (huelgas, guerras de África, Semana Trágica...), ya que el bipartidismo de Sagasta y Cánovas, que se turnan el poder amparándose en el caciquismo, solo conducen a un aumento de las desigualdades sociales. La crisis culmina con el Desastre del 98 y la pérdida de las últimas colonias (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Todo esto lleva a los intelectuales a denunciar la gravedad de la situación, clamando por una modernización política, económica y social. Son los movimientos regeneracionistas, muy influyentes en la Generación del 98.

Esta crisis desemboca en el decadentismo modernista (cuyas características son la atracción por lo oscuro, lo morboso, lo refinado, lo exquisito, lo artificial, las ciencias ocultas, lo feo o grotesco, el hastío, el culturalismo... Oscar Wilde es un compendio de todo esto, como se ve en Retrato de Dorian Grey). El Modernismo es un movimiento artístico de signo antiburgués que se traduce en una profunda renovación estética caracterizada por el afán de belleza para huir de la realidad cotidiana. Su rebeldía, su rechazo de lo cotidiano, del materialismo y las normas sociales y morales que coartan al ser humano, así como la defensa de la libertad creadora, son signos de una actitud neorromántica.

El Modernismo rechaza los ideales burgueses (familia, religión, patria, negocios...) a través de la bohemia, con un sistema de valores basado en el arte, la belleza, la libertad, la rebeldía; en la soledad, el burdel, el alcohol o las drogas como medios para escapar de una sociedad que sienten hostil, bien porque se consideran superiores a ella (dandismo), bien porque se consideran malditos, rechazados por sus actitudes amorales y antisociales.

El fin último del arte ha de ser la Belleza, la obra bien hecha, la autonomía del arte (ideas que beben del Prerrafaelismo inglés). Rechazan el concepto utilitarista del arte (como vehículo de ideas) del Realismo. Aparece la figura del artista aislado en su “torre de marfil”, a través de una sensibilidad dolorosa y excesiva, con la intuición y el irracionalismo como vías para explicar el mundo..

En España ese malestar se manifiesta en la cultura a través de dos movimientos paralelos: Modernismo y la llamada Generación del 98. Ambos coinciden cronológicamente y comparten algunos rasgos (rebeldía ante los valores burgueses, parecido enfoque centrado en el irracionalismo y el subjetivismo y, sobre todo, en el deseo de renovar la literatura), pero se oponen principalmente en la estética. Algunos autores creen, no obstante, que el 98 no sería más que una manifestación española del fenómeno general del Modernismo.

El Modernismo se gesta en Hispanoamérica hacia 1882 (fecha de la publicación de Ismaelillo, de José Martí) y hacia 1892 Rubén Darío la introduce en España. Bebe a su vez de la poesía francesa de finales del siglo XIX, el Parnasianismo (Théophile Gautier, Charles Leconte de Lisle: “arte por el arte”, defensa de una poesía de gran perfección formal, brillantez sensorial y rigor métrico, inspirada en la mitología griega, bíblica o culturas exóticas) y el Simbolismo (avanzado por Charles Baudelaire con Las flores del mal, y culminado por Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud: el mundo sensible es solo reflejo o símbolo de realidades escondidas y la misión del poeta es desvelarlas con un tono intimista; la intuición poética es la única capaz de descubrir las esencias ocultas y las misteriosas correspondencias entre los elementos que componen la realidad, el símbolo expresa una emoción y tiene gran importancia la imaginación, los sueños).

En España fue menos brillante y exótico que en América, ya que está más influenciado por Bécquer y el Simbolismo. En novela, el máximo representante es Ramón María del Valle-Inclán (Sonatas: Sonata de Primavera, Sonata de estío, Sonata de otoño, Sonata de invierno, protagonizadas por el Marqués de Bradomín, “un don Juan feo, católico y sentimental”), aunque también podemos nombrar Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. En poesía, el género más característico del Modernismo, además de Rubén Darío (Azul, Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza), tenemos a Manuel Machado (Alma) y la primera etapa de Juan Ramón Jiménez (Rimas, Arias tristes, Jardines lejanos) y de Antonio Machado (Soledades, y la ampliación: Soledades, galerías y otros poemas). Renovaron la métrica y el lenguaje literario.

Hacia 1913, José Martínez “Azorín” divulga el nombre de Generación del 98 para referirse a un grupo de jóvenes escritores que expresan un profundo desagrado ante la sociedad y abogan por la regeneración del país. Muchos, eso sí, niegan su existencia porque no cumple todos los requisitos para constituirla (existencia de un guía intelectual, semejante formación intelectual, relaciones personales entre ellos...). Sea como sea, se incluye en la nómina a Ramiro de Maeztu, Azorín, Pío Baroja y Miguel de Unamuno. Más polémica resulta la inclusión de Antonio Machado y Ramón Mª del Valle-Inclán, que comparten algunos rasgos con los anteriores, pero son dos autores inclasificables. A partir de 1905, cada escritor evoluciona por caminos diferentes (de posturas juveniles radicales hacia posiciones conservadoras en su madurez).

Pretenden entender qué es España, qué la define y cuál es su identidad. El tema del paisaje castellano y la identificación Castilla-España se convierte en uno de los temas característicos. Emprenden una búsqueda del alma de España a través del paisaje castellano, de sus mitos (don Quijote y Sancho) y de sus orígenes históricos y literarios (gran importancia del romance, por ejemplo). Además, aparecen preocupaciones existenciales y religiosas. Todos persiguen una expresión personal, lejos de ampulosidades y retoricismos.

El ensayo y la novela son los géneros más cultivados por estos autores, aunque en poesía hay que destacar Campos de Castilla, de Antonio Machado, cuyos temas recurrentes son la muerte y el tiempo (simbolizados a través de los ríos, los caminos, los atardeceres...). Abandona el intimismo de su anterior etapa y pasa a un primer plano la realidad exterior; aunque conserva cierto simbolismo, interpreta un paisaje concreto y real, el de Castilla, a través de Soria. Miguel de Unamuno también cultivó poesía (Poesías, El Cristo de Velázquez), con estrofas tradicionales como el soneto o el romance, donde introduce sus temas habituales (angustia existencial, preocupaciones religiosas...).

En el ensayo destacan Maeztu (Defensa de la Hispanidad), Azorín (La ruta de don Quijote, Castilla) y Unamuno, que aborda dos temas obsesivos: el problema de España (En torno al casticismo, Vida de don Quijote y Sancho) y la angustia existencial (Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo). En novela, los autores más importantes son Unamuno, Azorín y Baroja:

En sus novelas, Miguel de Unamuno elimina todo lo que no es esencial en el relato (alusiones al paisaje y a las circunstancias que rodean al personaje). Son novelas densas, filosóficas, esquemáticas (él las llamaba “nivolas”). Los protagonistas siempre se debaten en un conflicto existencial, que se manifiesta a través de la presentación escueta de los conflictos, la concentración de la acción (pocas descripciones por tanto), extensísimos diálogos y a veces mediante el monólogo interior. Presenta experimentos narrativos como la introducción de la novela dentro de la novela, distintas perspectivas para mostrar la realidad o la existencia de prólogos o epílogos contradictorios para plantear un juego intelectual. Destacamos Amor y pedagogía, Niebla, La tía Tula y San Manuel Bueno, mártir.

José Martínez Ruiz, Azorín es un gran prosista. En sus novelas (próximas al ensayo y con tres motivos fundamentales: el tiempo, el paisaje y España) casi no existe la acción, sustituida por digresiones y descripciones de sensaciones, de ambientes. Las descripciones se presentan de forma impresionista (es decir, yuxtapuestas, sin enlace cronológico), lo que confiere un tono fragmentario a la narración. Encontramos en ellas el detallismo, la frase corta y el tono melancólico, rasgos característicos del autor. Destacamos La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo, trilogía de inspiración autobiográfica cuyo tema esencial es la abulia.

Pío Baroja es el novelista más importante de su época. Sus novelas incluyen reflexiones, descripciones, anécdotas y numerosos personajes. La novela para Baroja debe reflejar la vida de la forma más clara y más directa posible y puede caber en ella todo, por lo que sobre todo consisten en una sucesión de acontecimientos que podrían continuar indefinidamente con un personaje central que es un inadaptado. En general esa realidad que refleja está impregnada de un tono pesimista, y así suele retratar los ambientes suburbiales, las vidas de los humildes y los problemas sociales. Tono conversacional, estilo antirretórico con párrafos cortos y frases breves. Su modernidad viene en su idea de novela abierta, entendida como un trozo de vida. Clasificó sus abundantes novelas (unas 60) en arbitrarias trilogías. Destacamos La lucha por la vida, formada por La busca, La mala hierba y Aurora roja, ambientada en Madrid, además de Zalacaín el aventurero o El árbol de la vida.

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