La Metafísica de Antonio Machado y la Razón Poética de María Zambrano






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La Metafísica de Antonio Machado y la Razón Poética de María Zambrano
Por Ángel Martínez Samperio

Ateneo de Madrid 15 de julio de 2011-06-20
Les planteo un nuevo diálogo para esta tarde de verano somnoliento. El tema, es cierto, no tiene la ligereza requerida, aunque en su abstracción sople un vientecillo poético que lo suaviza. Se trata de un diálogo entre la metafísica de Antonio Machado y la Razón poética de María Zambrano, tan diferenciada de la Razón vital de su maestro Ortega. A ese respecto, el 7 de noviembre de 1944, con Europa en llamas, dice María por carta a Rabel Dieste desde su La Habana:
“Hace años, en la guerra, sentí que no eran nuevos principios ni una reforma de la razón, como Ortega había postulado en sus últimos cursos, lo que había de salvarnos, sino algo que sea razón, pero más ancho, algo que se deslice también por los interiores, como una gota de aceite que apacigua y suaviza, una gota de felicidad. Razón poética es lo que vengo buscando. Y ella no es como la otra, tiene, ha de tener muchas formas, será la misma cosa en géneros diferentes”.
¿Hay un atisbo poético en la razón vital de Ortega? Hay que recordar que, ya en las Meditaciones del Quijote, en 1914, Ortega sostenía que la identidad del hombre dependía de la circunstancia (pag. 25). Y sin embargo, allí, en esa circunstancia que describe, en el bosque de la Herrería, donde canta en el boscaje una oropéndola y discurre a sus pies el Manzanares, como un recién nacido, como un murmullo del Logos, dice Ortega: “Al alejarme de las aguas que corrían, entré en una zona de absoluto silencio. Y mi corazón salió del fondo de las cosas, como un actor se adelanta en la escena para decir las últimas palabras dramáticas” (pag. 76)
¿Era eso lo que María pretendía? ¿Hacer avanzar el corazón desde el exilio de su tierra, no de su pecho? Según nos cuenta Goretti Ramírez en su “Crítica Literaria” (pp. 143-147), María pretendía aceptar el inevitable envite, sumergirse en los ínferos donde la habían arrojado, emergiendo de ellos con nuevas cosechas como Demeter, “una operación de hundimiento órfico-poético en una Physis primigenia donde aún no existen categorías racionales”.
Como es sabido, hay un vínculo entre Antonio y María: Machado y Zambrano cruzaron la frontera hacia el exilio en 1939. Machado, según Oreste Macri en su edición crítica, lo hace el día 29 de enero. Moriría el 22

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de febrero, con dos últimos versos hallados luego en el bolsillo de su gabán: “Estos días azules y este sol de la infancia”. En el caso de Zambrano, difieren las fuentes entre el 28 y el 29 de enero. Había regresado a España el 19 de junio de 1937, el mismo día de la toma de Bilbao. ¿Por qué vuelve, si la guerra está perdida?, le preguntó una periodista, y ella le respondió: “Precisamente por eso”. En 1938, bajo las bombas, escribe en Barcelona “Misericordia” sobre la novela homónima de Galdós. Allí, en el cementerio de Las Corts, deja sepultado el cadáver de su padre, D. Blas Zambrano. Allí, en Barcelona, se encuentra con Antonio Machado por última vez, yendo ella con su padre.
Antonio y María habían compartido compromiso por la República. Ambos profesan también un humanismo jacobino de orientación socialista y carácter laico. Ahora los dos comparten exilio. María cruza la frontera con Francia. Va con ella el último escrito de Mairena, dedicado a la muerte de su padre: “Era D. Blas un alma benevolente, quiero decir deseosa del bien de ningún modo indulgente con el ruin o encanallado… una esponja que se empapaba de virtudes… un magnífico instrumento de selección, y un guía seguro para otros” (Obras, IV, 2411). María pasa la frontera con Francia. No lo hace en las mismas condiciones que Machado. Va acompañada de su esposo, Alfonso Rodríguez Aldabe, que había sido primer secretario de la Empajada Española en Santiago de Chile, con quien había contraído matrimonio el 14 de septiembre de 1936,. Al poco tiempo, en su compañía, parte para París y luego a México.
Es allí, en su exilio de México, en 1939, cuando escribe “Pensamiento y Poesía en la Vida Española” y “Filosofía y Poesía”, ambos inspirados según Anna Bundgard en el “Cancionero Apócrifo de Machado”. En el primero de los dos encontraremos, en su lectura de la vida española, el entorno del segundo donde haremos cala y cata de su metafísica. Surge su propuesta metafísica, afín a Machado, en el contexto de su interpretación de la vida española.
Se abre el libro “Filosofía y Poesía” con la siguiente afirmación: “Este libro, nacido en un momento de extrema, no me atrevo a decir, imposibilidad, lo cual no me parece tan excepcional, ya que no se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”. ¿Era ese un momento de “extrema imposibilidad”? Sí, por cierto. Como María dice en “Los exiliados”, estamos ante una “peregrinación entre las entrañas esparcidas de una historia trágica”… donde el ser exiliado “es el devorado por la historia”, y tiene que “ir ganando presente y presencia” en ese no

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tener lugar en el mundo, ni geográfico, ni social, ni político, ni ontológico”, en ese desamparo, María encierra el desierto dentro de sí, caminante de su interioridad, y agarra la pala y se da en ahondar para sacar los muertos a la luz, esperando que una brisa de creación sople sobre ellos y, aún más allá, buscando los veneros del ser de la vida española más allá de los cementerios en que se han convertido los campos, los pueblos y los caminos de España. ¿Es ese también el papel de la poesía, ir en un exilio desde lo imposible a la realidad de lo verdadero? ¿Sorprende que María dé este paso de la mano de la metafísica de Machado, “ta meta ta physika”? ¿Tanto le agobia esa física, esa naturaleza muerta que han matado a sangre, que, por ver en la Physis una fuente, un manadero de sangre y de muerte, pretende ir más allá de ella buscando el ser en la unión entre filosofía y poesía?
Una breve relectura de Pensamiento y Poesía en la Vida Española, nos pone ante los ojos un erial en que se destacan y recortan sobre el cielo europeo, dos hechos: faltan en nuestra historia los grandes sistemas filosóficos y “el gran decaimiento que aconteció en la vida española en todos los órdenes, incluso en el del pensamiento, cuando avino la edad de oro de Occidente. La edad Moderna”, dice.
María encuentra dudoso que hayamos tenido Renacimiento y mucho menos Reforma. Ahí va una cita: “La Contrarreforma –dice- podría significar una reforma a nuestra manera”. Pero lo que no encuentra dudoso “es la decadencia rapidísima que sufrió el espíritu español al triunfar con plenitud la Edad Moderna, la edad de la burguesía. España no supo vivir con plenitud, con brillantez en esta época, en este clima del capitalismo burgués europeo; y se encontró sorprendida, ajena y enseguida hostil contra todo esto… Y es más de señalar cuanto que España realizara dos de las hazañas más fabulosas que inauguran y dan sentido a esta Edad Moderna: la creación del Estado netamente moderno, con los Reyes Católicos, y el descubrimiento de América. América ensanchando el horizonte, redondeando realmente el mundo, abre esta nueva época. El Estado nacido del Renacimiento crea un nuevo instrumento de poder y un nuevo ámbito de convivencia humana y política. España está presente en ambas cosas. Y es Europa quien va a sacar provecho de ello. Es el Occidente en su ciencia y en su filosofía quien va realmente a ganar con estos descubrimientos tan esencialmente españoles.
España no produce sistemas filosóficos; entre nuestras maravillosas catedrales, ninguna de conceptos, entre tanto formidable castillo de nuestra Castilla, ninguno de pensamientos. No es genio arquitectónico lo que falta,

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no es poder de construcción, de congregar materiales y someterlos a la violencia de un orden”. Mi pregunta a María es: ¿De veras no pretendió el Estado de la España de entonces someter todo desarrollo en la sociedad a un poder omnímodo, cerrándose así el camino a las sucesivas transformaciones que constituyeron la Modernidad? María parece responder: “En el terreno del poder también se supo y se pudo –bien que ello entraña nuestra más grande tragedia- levantar un estado que es orden y violencia. Solamente en el saber renunciamos o no tuvimos nunca este ímpetu de construir grandes conjuntos sometidos a la unidad. Podemos decir que en cuanto al pensamiento fuimos anárquicos, si por anárquico se entiende lo que la palabra manifiesta: sin poder ni sometimiento”.
Es en esa anarquía en el pensar donde Maria encuentra la clave explicativa de nuestra carencia de pensamiento sistemático. Para ello se detiene en lo que marca el principio del pensar filosófico: Por un lado, la admiración –ad miraculum-, donde la vida queda como en suspenso, abrazada a las cosas, estremecida ante lo que le parece milagroso. De otro lado, lo que María llama violencia de un “pensamiento inquiridor, develador”, y yo denomino distanciamiento crítico del pensamiento frente a la naturaleza para manipularla. María dice: “Hace falta la violencia para que surja algo que se atreva a rasgar el velo en que aparecen encubiertas las cosas. La violencia quiere, mientras la admiración no quiere nada”. Luego pregunta: “¿No será tal vez que el pensamiento español no sea hijo de la violencia, sino únicamente de la admiración, o que haya intervenido quizá algún ingrediente distinto; algo que confiera a nuestro modesto y humilde pensamiento su manera de ser específica?” Y este que habla se pregunta si nuestro pensamiento es hijo de la admiración o de la contemplación del horror, y con la boca bien cerrada por si acaso, o del arrojo heróico contra el horror.. Veo surgir del fondo del pozo de la historia un conjunto de pueblos aguerridos, una forma de espíritu “montañés”, pueblos de frontera nunca establecida, vigilantes de sus límites y de sus amenazas, y junto a Prisciliano veo también el espíritu de Teodosio, aquí en Occidente nacido para ser emperador de Oriente, con ínfulas de absoluto, una pretensión de absoluto aliada con nuestra natural desmesura que aherrojó el libre impulso constructor.
En mi opinión, una violencia represora del ser se impuso a la otra constructora, afirmadora del ser, y nos nació una forma fragmentaria de pensar, reservada y reservona; temerosa de consecuencias; sujeta a lo que deba ser pensado; “orto-doxa”. Dice María: Desposeídos de la violencia en el origen de nuestro pensamiento, ello explicaría los caracteres originales

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de nuestro vivir y nos lleva como de la mano a cosas tan esenciales como el que se ha llamado realismo español… Su forma no es el sistema… La necesidad ineludible de saber que tiene todo hombre y todo pueblo sobre las cosas que más le importan se ha satisfecho en España en formas diríamos `sacramentales´ como la novela y su género máximo, la poesía. Novela y poesía funcionan como formas de conocimiento en las que se encuentra el pensamiento disuelto, disperso, por las que discurre el saber sobre los temas esenciales y últimos sin revestirse de autoridad alguna, sin dogmatizarse, tan libre que puede parecer extraviado. Visto así, el pensamiento español, presenta graves cuestiones en esta forma de existencia, vagabunda y anárquica. ¿Es que la voluntad, origen de la violencia, se ha quedado fuera del pensamiento en España? ¿Se explicaría con ello… el que el pensamiento haya estado tan ausente de la política y el que la política haya sido casi siempre ciega expresión de la voluntad bruta, estallido de violentísimo querer? ¿Entramos ya aquí en el laberinto de la vida española, en su ardiente atmósfera, en sus peligrosos enigmas?
Si Europa fuera el resultado de dos mitos: El de Sísifo, emancipado, secular y solidario con los hombres frente a los dioses, dándoles el fuego, y el de la Caverna de Platón, rompiendo las cadenas que obligan a permanecer inmóvil, obligado a mirar sombras, aquí llegamos a gritar: “¡Vivan las cadenas!”, o las llevamos como una ofrenda en los propios tobillos, o las colocamos sobre lomos rebeldes.
Europa hizo el camino desde el apeirón de Anaximandro a la idea platónica y a la definición aristotélica, dice María. Un camino que sin duda puede siempre ser de ida y vuelta, recuerden si no el viaje de Machado: “De la mar, el percepto;/ del percepto al concepto;/ del concepto a la idea;/ ¡oh, qué linda tarea!;/ de la idea a la mar/ y otra vez a empezar”.. Pero en el día de hoy vamos con coche acelerado en la pura instrumentalidad. Hace 72 años María ya lo percibía, con las pupilas abrasadas por la guerra, sin que todavía ese incendio nuestro no fuera la cerilla de ese otro mundial que arrasara pensamiento y poesía: “El drama se ha consumado. La suerte de la filosofía, de la cultura y de la religión en Occidente… Todo es consecuencia de la violencia como engendradora de la filosofía; ese ímpetu que hace romper las cadenas del filósofo en el mito platónico de la Caverna; ese no poder soportar las tinieblas arriesgando los ojos mismos por donde entra la luz, para llegar hasta la propia luz; esa ansia de verdad compensada luego por su vuelta a la Caverna a libertar a sus compañeros (vuelta mediadora, misericordiosa, prometéica, cristiana), ese avariento afán de verdad, revela muy claramente el ascetismo de la verdad filosófica.

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Su verdad no era de este mundo. Y este mundo quedaba en la sombra, donde trataba de escrutar el conocimiento, el ávido afán de verdad.
Ese prometéico y ávido afán de verdad, solidario para con los encadenados,

anacoreta crítico que cobra distancias frente a un cosmos, un orden artificialmente fabricado; ese visitador de horizontes para traerlos luego como tenaza que rompa cadenas y construya sistemas como ciudades de refugio, ha sido en Europa función de la filosofía. Luego, es cierto, la conducta colonial de Europa, los desastres que la asolaron, rompieron las pintadas vidrieras de los sistemas filosóficos que daban cobijo, y sólo quedan las cadenas de la inmediatez, de un positivismo pragmático, servidor de un sistema-mundo que, en tanto desprecia viejas metafísicas, se transforma en forjador de cadenas de otras nuevas, y un nuevo idealismo del artificio sustituye al antiguo.
María Zambrano establece que “la voluntad española no ha caminado como la greco-europea acuciando al entendimiento admirativo, y así vino a quedar nuestro conocimiento desasido, desprendido y a-metódico, ¿no será necesario retroceder siquiera hasta algo originario, matriz de nuestra cultura, su fondo último religioso?”. En ese punto no evita la sugerencia de que persistan en la sociedad española raíces, vivas todavía, de todo aquello que fue salvajemente arrancado y sea imprescindible recuperar.
Llegados a este punto, María establece una comparación entre el idealismo europeo, constructor de realidades, y el realismo español como conducta aprendida que se pliega a lo establecido, sea mediante el colaboracionismo, o sea mediante el entreguismo disidente pero impotente.
De este modo dice: “El idealismo en Europa, lejos de ser paralizador de la acción, la ha hecho posible en su más alta escala, le ha dado perspectivas ilimitadas, horizonte. Y en su forma más extrema –la de Fichte- idealismo es activismo, la idea es el ser y el ser es la actividad pura…”
Alejada la vida española de estas raíces, el realismo español será, ante todo, un estilo de ver la vida y, en consecuencia, de vivirla; una manera de estar plantado en la existencia… El realismo, nuestro realismo, no se condensa en ninguna fórmula, no es una teoría… El realismo es una forma de conocimiento porque es una forma de tratar con las cosas, de estar ante el mundo; es una manera de mirar el mundo admirándose sin pretender reducirlo en nada. Tal es la manera de conducirse del enamorado. El realismo español no es otra cosa como conocimiento que un estar enamorado del mundo, prendido en él, sin poderse desligar”, claro que ese

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realismo español, como ya queda enunciado, mezcla de senequismo fatalista que permanece impasible ante la tragedia y de “franco goce epicúreo de vivir el instante que se tiene a mano, no siempre puede dirigir una mirada enamorada y contemplativa hacia su mundo, sino que, conocedor experimentado de su propia impotencia, aprende a sobrevivir renunciando; a vivir el individualismo como refugio; al retraerse en sí mismo, se ahonda mientras renuncia y entra en el silencio sabio o en el disimulo.

AHÍ QUEDA EL MARCO HISTÓRICO. VAYAMOS A LA METAFÍSICA
La historia es como un río en crecida que rompiera los diques metafísicos, y en ese arroyadero de los cienos hay que escoger puntos de amarre. Decía Machado, en su Juan de Mairena (Obras, IV, pag. 1947), que “para pensar bien conviene elegir temas esenciales”. En el debate de quién fue primero a la hora de plantear la poemática del ser, Heidegger, en su “Parménides” (pag. 5), dice: “pensar lo verdadero significa experimentar lo verdadero en su esencia y saber la verdad de lo verdadero en dicha experiencia esencial”. De lo cual se deduce que hay que pasar del adjetivo al sustantivo, hecho experiencia, hallado en el ser; la esencia es el objeto del pensar bien, para experimentar lo verdadero, de forma que llegue a constituir un saber. Esencia. Experiencia, saber, verdad son el objeto del pensar, en todo momento, pero especialmente en momentos críticos. Abramos esa nuez donde, según Hawking reside el universo: La ESENCIA, “OUSÍA”, es una sustantivación del participio presente “EIMÍ”, que significa algo así como “lo que está siendo”, continuidad orientada hacia el futuro de una identidad que ocupa espacio en un ahí, en una circunstancia. ESENCIA, añade Hedegger, es “lo universal que de tal modo vale de lo singular que es siempre lo que vale a todos por igual”. Saber de lo universal hecho singularidad en una manera de ser que va siendo; sustantivación de un valor, a un tiempo singular y universal que “vale a todos por igual”. Lo universal y lo singular en uno, con valor para todos. ¿Es ese el objeto de toda metafísica, sea esta el resultado de la fabricación de un artificio con pretensión de valor de universalidad, o sea la identificación del ser con su propia naturaleza universal?. Dice Juan de Mairena (XXXIX) que esa metafísica consiste en tener como campo de ocupación “… la gran nostalgia del no ser que el Ser Supremo siente, o bien, la gran nostalgia de lo Otro que padece el Uno”, estar siendo en un viaje de ida y vuelta, “ir de lo uno a lo otro”. Dice Mairena: “Hay hombres que van de la poética a la
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filosofía; otros van de la filosofía a la poética. Lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto, como en todo” (Obras, IV, 1995-96).
Es un ir desde el ÔN”, con omega, hacia el ON, con ómicron, desde lo cósmico a lo ontológico esa nueva y dimensionalización del ser que aporta el cristianismo; desde qué sean las cosas en esa “naturaleza que gusta de ocultarse”, que dijo Heráclito, donde “todo está lleno de dioses” que son “la inteligencia del mundo” y cuyo principio en “lo infinito”, según Tales, hacia “el ser que se dice de muchas maneras”, sea por accidente o por sí mismo, en potencia, o en acto, como formuló Aristóteles, pero ahoya ya siempre de modo reflexivo, hacia sí mismo y hacia lo incognoscible del concepto de “lo divino” de María Zambrano. Decía Heidegger: “Ser es apertura al infinito, patencia hacia lo ilimitado, atmósfera de luz en que todo se hace visible, menos él; simple lugar y función de hacer aparecer todo, menos a sí mismo… realidad elusiva… La esencia de la poesía, al igual que la esencia de la metafísica, es tan singular, única, original como ser” (Hölderling y la esencia de la poesía, p. 59, 61). El ser es elusivo como la naturaleza, que “gusta de ocultarse”. El hombre es indagador en el misterio, misterio en acción, también para sí mismo. Una esencia que acontece o sucede en existencia, o se siente extraviada y desubtanciada en ella.
Buena nos la hizo Andrónico de Rodas cuando quiso ordenar los libros de Aristóteles, colocando algunos detrás de los ocho que dedicara a la física, llamándolos “ta meta ta physica”. Buena nos la hizo, con la afición que tenemos, y quizás naturaleza, a ver más allá del orden próximo de las cosas. De ese modo, y quizás apoyándonos también en el hecho de que el propio Aristóteles los había dedicado a “La filosofía primera” (“prötê phylosofía), los colocados detrás de la física, pasó a ser “las cosas que están detrás de las cosas físicas”. Dice Juan de Mairena (XXXIX, 4, 5) que “Dios vio el Caos y lo llamó mundo”, y queriendo ver más allá de lo inmediato, sacamos la cabeza buscando horizontes metafísicos. “Saber de la realidad radical”, la llamó Ortega, en cuya ciencia se ocupa el hombre, este hombre que es “una realidad radicada”, como le matizó su discípulo Julián Marías, una realidad que busca la raíz de todo pasando primero por las raíces del propio ser en la circunstancia que ocupa. “En su sentido esencial es saber del Logos, el lugar en el que alcanza la plena conciencia de sí mismo. Saber absoluto de lo que se puede saber”, dijo de la metafísica Heidegger, haciéndole un guiño a Hegel (Hitos, p. 210). De ello se deduce que poco se puede saber de una metafísica de creación si se pretende dominar las cosas desde sus raíces dejándose en el olvido la propia raíz. De poco sirve conocer si no se reconoce al mismo que indaga como causa primera.

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Quizás por ello, con el ser del hombre en crisis, sitiado por una circunstancia que lo amenaza y enanece, habrá que seguir la recomendación de Heidegger cuando dice que hay que hacer meta-mtafísica. Buscar el ser perdido entre metafísicas totalitarias.

Meta-Física.
Vayamos primero a la física antes de tratar de rebasarla en su más allá:
La PHYSIS primigenia era aquella que se aparecía a ojos de los griegos como la sustantivación de un verbo (PHYÔ), que en su forma infinitiva (PHYEIN), significaba producir, hacer crecer, engendrar, incluso, aplicado al hombre, “producir hombres buenos” (“phyein ànoras àgathous”) y con carácter. Con ello querían designar la fuerza vital que algo tiene por sí mismo; la fuerza del movimiento desde su ARJÉ, su principio propio, con arreglo a una finalidad; “una actividad que incluye el fondo del cual procede, una fuente, un hontanar, una fuente del ser en cuanto llegar a ser”, dice Ferrater Mora (Dicc. Fil. III, pp. 2569-2571).
Heidegger matiza (Introducción a la Metafísica, p. 11-12): “los presocráticos experimentaron la Physis, no a través de la observación de los fenómenos naturales, sino a través de una experiencia poético-pensante, de modo que el concepto abarcaba el cielo y la tierra, las piedras y las plantas, los animales, el hombre, la historia humana obra de hombres, y los dioses mismos. En este poder paridor tienen su raíz tanto el devenir como el ser del estar siendo. Es un OR-IGINARSE, forma reflexiva del hecho de salir los astros, del cual se yergue lo oculto”, un hacer y hacer presente y operativo el propio origen abriéndose camino.
Por ese camino, después de haber contemplado durante siglos el fluir de esa fuente, como un viento libre, la atrapamos como en los odres de Ulises. Con la confianza hecha pedazos, la metafísica se nos ha convertido en metafísica de creación que ha sido capaz de formar otra Physis que ha canalizado para sí la fluencia de la primera; otra nueva meta-física, un más allá, un orden dado cuyo misterio también gusta de ocultarse, una muestra del poder creador al margen de la creatividad de la persona, atrofiada por esa metafísica dogmática que se ha dado ley de facto, sustituyendo aquellas otras metafísicas rotas por la experiencia de la brutalidad, configurando en uno los dominios de la cultura, la ciencia, la economía, la política, y la convivencia social, como ya argumentaba Dilthey en su “Teoría de la configuración del mundo” (pp. 119, 125 ss.). Al citar esto, no tengo por menos que recordar a la paloma de Kant, que Juan de Mairena menciona (Obras, IV,

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1967-1968): Aquella paloma que al sentir el viento en sus alas, soñaba que podía volar mejor en el vacío. Así el hombre se ha quedado solo frente a esa metafísica a la vez virtual y tan real que lo apabulla. Así, cuando Machado propugna que el ave divina vuele de nuevo hasta Platón, y deje la gallina atrás, lo que está diciendo es que torne a la realidad de la metafísica de la idea que en “las ideas trascendentales “salvó a Grecia del `solus ipse´ en que la hubiera encerrado la sofística”. ¿Será por eso que proponga para la que llama su Escuela Popular de la Sabiduría Superior dos cátedras que actúen dialécticamente, de la una a la otra, la de sofística y la de metafísica? La sofística para argumentar, persuadir y refutar, distinguir entre las cosas próximas para diferenciarlas y singularizarse, como en aquel tiempo del s. V cuando la filosofía tuvo que dar razones en un tránsito desde la cosmología a la antropología. La metafísica para pensar dialéctica y universalmente las raíces del ser. De lo uno a lo otro. Lo uno y lo otro.
No voy a detenerme en la poética de Antonio Machado, porque según lo determinado debo al menos enunciar su metafísica, y con mayor amplitud en cómo ve esa metafísica machadiana María Zambrano. Permítanme que tan sólo señale que, en mi opinión, estamos ante una poesía intimista y al tiempo narrativa porque cuando mira el paisaje ve en él su propia alma; un alma que cuenta una historia siempre, donde se deja sentir el paso del tiempo. Quiero proponerles un ejemplo: Allí, en Soledades, se recoge una silva romance, la VII que Oreste Macri fecha en 1898, y que titula “El poeta visita el patio en que nació (CF.pp. 432-433). En esa soledad del poeta, en el mismo patio donde discurrió su infancia, ¿no sienten ustedes el latir melancólico del tiempo, como brotando del fondo del espejo del agua donde se reflejan, creando conocimiento? Al concluir un poema de Machado, por su propio relato inserto en la temporalidad discursiva, no alcanzamos un final acabado, como en Juan Ramón, mil veces retocado, sino una continuidad en el silencio, una atmósfera poética donde el poema sigue para ser respirado. Esta poética viene a ser una Physis fluyente y continua donde fluye, como por una acequia escondida o como un río, en un solo relato, naturaleza, tiempo y ser. Por ser narrativa, esta poesía es también temporalista; en ella se percibe el transcurrir del tiempo cronológico; el tiempo y la historia vienen a formar un solo caudal del río heraclitiano, que deja y lava las cenizas en los ojos de aquel que lo contempla. Nunca será el mismo para un lector que se sumerja en él; es una poesía donde, en un momento dado, brota el instante eternizado como una clave para la existencia; la pura esencialidad, aquella que hace preguntar a su autor “¿Quién ha pulsado el corazón del tiempo”, como si una desconocida e invisible mano hubiera pulsado sin ser vista una de las

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cuerdas de su guitarra, que no es de mesón. Es una poética como “metáfora del corazón”, el centro palpitante, con habitaciones y huecos que María solicitaba, como un ardiente sol, como un parque sombrío no visitado con frecuencia, que al ser abierto chirría bajo las tres llaves; como una encrucijada de todos los caminos (¡oh!, la heterogeneidad del ser); como una colmena que fabrica con viejas amarguras blanca cera y dulce miel. Como dejó escrito Pedro Salinas: la poesía de Machado no es una “simple colección de materiales, aparece como fábrica viva constantemente renovada en un trabajo interior, callado y profundo”.
Vayan como segundo ejemplo unos versos de su CXLIX, un serventesio alejandrino que dedica a Narciso Alonso Cortés:
“… En tu árbol viejo anida un canto adolescente,

del ruiseñor de antaño la dulce melodía.

Poeta, que declaras arrugas en tu frente,

tu musa es la más noble: se llama Todavía.
Al corazón del hombre con red sutil envuelve

el tiempo, como niebla de río una arboleda.

¡No mires: todo pasa; olvida: nada vuelve!

Y el corazón del hombre se angustia… ¡Nada queda!
El tiempo rompe el hierro y gasta los marfiles.

Con limas y barrenas, buriles y tenazas,

el tiempo lanza obreros a trabajar febriles,

enanos con punzones y cíclopes con mazas.
El tiempo lame y roe y pule y mancha y muerde;

socava el alto muro, la piedra agujerea;

apaga la mejilla y abrasa la hoja verde;

sobre las frentes cava los surcos de la idea.
Pero el poeta afronta el tiempo inexorable,

como David al fiero gigante filisteo;

de su armadura busca la pieza vulnerable,

y quiere obrar la hazaña a que no osó Teseo.
Vencer al tiempo quiere. ¡Al tiempo! ¿Hay un seguro

donde afincar la lucha? ¿Quién lanzara el venablo

que cace esa alimaña? ¿Se sabe de un conjuro

que ahuyente ese enemigo, como la cruz al diablo?

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El alma. El alma vence –la pobre cenicienta,

que en este siglo vano, cruel y empedernido,

por esos mundos vaga escuálida y hambrienta!-

al ángel de la muerte y al agua del olvido…
Poeta, el alma sólo es ancla en la ribera,

dardo cruel y doble escudo adamantino;

y en el diciembre helado, rosal de primavera;

y sol del caminante y sombra del camino.
Poeta, que declaras arrugas en tu frente,

tu noble verso sea más joven cada día;

que en tu árbol viejo suene el canto adolescente,

del ruiseñor eterno la dulce melodía”.
Otra vez el paisaje. El árbol, como aquel olmo, como aquel otro roble de castilla, como aquel limonero. Y en aquel árbol, el nido y canto y el tiempo, la alimaña, y el corazón, y el alma, la que vence…En sus poemas el ser dialoga con el tiempo, con la tarde, con la noche, con el día; con la fuente como surtidor del tiempo. con todo dialoga, todo lo atraviesa el Logos, mientras el tiempo, como jirones de niebla entre las cosas, las va desvaneciendo. ¿Recuerdan ustedes esas moscas que se posan en todo?: “ –que todo es volar- sonoras/ rebotando en los cristales/ en los días otoñales…/ Moscas de todas las horas”. ¿Hacen memoria ustedes de su pregunta a Guiomar?: “Yo pregunté. ¿Qué ofreces?/ ¿Tiempo en fruto, que tu mano/ eligió entre madureces/ de tu huerta/ ¿Tiempo vano/ de una bella tarde yerta?...” ¿Escuchan ustedes su diálogo con el reloj: “Daba el reloj las doce… y eran doce/ golpes de azada en tierra…” (XXI). El tiempo cronológico que nos erosiona a lametadas; la alimaña que a lamidos va preparando la dentellada final. “Desde nuestro punto de vista, siempre metafísico, el reloj es un instrumento de sofística como otro cualquiera”, dice Mairena en XL.6. Sofística que practica la indagación en lo uno y en lo otro, metafísica del alma que lo trasciende. Del reloj en la muñeca que solo a veces consultamos aceleradamente sin escuchar el pulso, o aquel otro “que en la tristeza del hogar golpea”, o ignoramos en nuestra algarabía, que dejamos clavado a una pared como para que no se mueva. Todos ellos son un instrumento de sofística para que desde ese tiempo que nos mide, trascendamos hacia ese otro tiempo en fruto o tiempo vano que somos.
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“Vivir es devorar tiempo, dice Mairena; esperar, y por muy trascendente que quiera ser nuestra espera, siempre será espera de seguir esperando… Adrede evito la palabra esperanza, que es uno de los grandes superlativos”. ¿Esperar sin que sea otra cosa que desesperante cambio de postura mientras esperamos? “Poesía como diálogo del hombre con el tiempo… poesía palabra en el tiempo” (Obras, IV, 1936-1937), ¿palabra del tiempo también? ¿Cosecha que recolectamos en todo lo vivido como experiencia? Si tal cosa fuera a lo mejor tendríamos que dar la razón a Dilthey cuando pide la “negación de la metafísica tradicional y el reconocimiento de una aspiración metafísica insoslayable en el hombre, la elaboración de una concepción del mundo a la vez inevitable e indemostrable”
Que la metafísica tradicional se nos ha roto entre las manos cuando comprobamos que la alimaña no estaba muy lejos de nosotros, es cosa evidente, y que hemos dejado atrás con su rechazo no pocos elementos positivos, también. Quizás esa conducta es consustancial al hombre. Dice Zambrano: “El hombre no puede navegar en la unidad y cuando lo logra, lo destruye para volver a buscarla de nuevo” (Filosofía y poesía, p. 73-74)
Apunta María hacia la metafísica de la creación como posibilidad, con el acento puesto en la individualidad creadora; en el ser logrado más acá de la muerte; en la existencia humana individual como fundamento de la realidad. Creación artística que el ser lleva a cabo con su vida en la creación. Metafísica de sí desde la ontología; acto de creación, dice María, acto estético de dar forma.; acto creador de la voluntad por antonomasia, en el que se muestra la identidad de lo que parecía separado por un abismo: el espíritu y la naturaleza; manifestación inmediata de la identidad donde el arte y la metafísica se concretan, realizando los arquetipos, las ideas eternas”, tipologías emanadas del “ARJÉ”, tiempo primordial comparecido.
¿Pero qué sucede cuando en tiempos de crisis el ser se deja su identidad por el camino, y con esa pérdida sufre una merma de su individualidad creadora, una carencia expresiva de su propio estilo como aportación a la vida? ¿Qué consecuencia tiene que la voluntad pierda su orientación creativa de ser y hacer ser, enceguecida en el tener y dominar, como una metafísica a la que nunca se llega? ¿Qué sucede si se impone una forma de naturaleza artificial que exige el sacrificio del espíritu, y se hace hegemónico el arquetipo de lo fugaz?
En la antigua Grecia, sostiene María, por conocimiento se entendía conocer a un ser que nos rebase, que sea más que nosotros, que nos venza

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enamorándonos, prendiéndonos por amor”. En esa línea de reflexión, el poeta es un exiliado: va encadenado por el encanto y no pretende el poder; no quiere lograr y asegurar la existencia por sí mismo, con actos deliberados de voluntad. La angustia es el vértigo de la libertad o de la conciencia culpable; la poesía es el vértigo del amor. Su angustia es angustia de creación bajo el punzamiento de la nada. Hoy, denunciaba María, ”vivimos bajo un nuevo imperio pseudo-racionalista”. Dándole la vuelta al conocido soneto de Machado, hoy nos movemos y vamos siendo como podemos bajo la mirada de un ojo de halcón que nada ve por verse a sí mismo. Una nueva forma ciega de solipsismo seducido, hace recordar aquello de Juan de Mairena (Obras, IV, 1995-1996): “Naufragar en el espejo, como el hijo de Liriopea, ¡qué desatino!”. Asistimos a una sublevación levantisca del yo contra el ser, a una escisión entre vida y pensamiento. Y aquí Maria marca posición: “Ni irracionalismo, ni racio-vitalismo donde la razón es servidora del ego del yo, trágica divergencia entre razón humana y ser humano”
Desde esa perspectiva, se escinden naturaleza y espíritu; naturaleza y pseudo-naturaleza añadida; ego y yo; razón y racionalidad. ¡Hay que reinventar la Razón!, dice Maria, más allá de la dialéctica de Zubiri entre realidad primordial (conocimiento previo al juicio logico sobre la realidad sentida) e inteligencia sentiente como sentir iluminante que sea método de aprensión de la realidad. Más allá de la razón vital de Ortega, donde la vida da cuenta y razón de la realidad radical y de la realidad de toda circunstancia. Más allá de “la Religión poética de Unamuno”, que Maria recoge en “España, sueño y verdad” o en el extenso estudio que dedica a su tiempo y obra, donde encuentra “una apertura de su corazón y aún de sus entrañas a su conciencia”, donde “bebe en las tinieblas del corazón y en las aguas que de ellas manan; sed sin tregua la que padece este místico sin método, sed de beber en las aguas primeras de la creación. No como sed de vida, sino como sed de vivir. Unamuno, cuya filosofía Pedro Cerezo Galán (“Las máscaras de lo trágico”. Ed. Trotta, p. 333) presenta “como metafísica trágica de la voluntad en que el deseo de ser se transforma en poder, en acción que crea aquello que anhela”, tan visible en sus salmos. Filósofo y poeta agónico, apasionado y a-metódico, Unamuno está en sintonía cuando en su credo poético dice: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento;/ que tus cantos tengan nidos en la tierra, y que cuando en vuelo a los cielos suban/ tras las nubes no se pierdan… Que tu cantos sean cantos esculpidos,/ ancla en tierra mientras tanto se elevan,/ el lenguaje es ante todo pensamiento,/ y es pensada su belleza./ Sujetemos en verdades del espíritu/ las entrañas de las
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formas pasajeras,/ que la Idea reine en todo soberana;/ esculpamos, pues, la niebla”.
Esa metafísica trágica, capaz de acariciar al buitre que le come las entrañas, ensaya una filosofía y una poética, en tanto que María plantea, ya en aquel 1939, una filosofía de la esperanza en tiempo de crisis; una filosofía auroral desde la reforma del entendimiento desde el Ordo Amoris. ¿A quien le extraña que concluya su “Hacia un Saber sobre el Alma”, con el capítulo que dedica a Diotima de Mantinea?, donde dice cosas como “el amor ha de hacerse ley, que las leyes verdaderas son momentos de amor… el tiempo cubre las cosas de la tierra y de ellas, sólo el amor lo sobrepasa. El amor atravesado por el tiempo lo atraviesa…. El tiempo penetra el amor y así el amor engendra siempre”. Quizás por ello, en su primera referencia a “una razón poética”, aparecida en el artículo “Sobre la guerra de Machado” en Hora de España, diciembre de 1937, María se refiera a ella como “razón poética, de honda raíz de amor”
¿CUÁL ES LA METAFISICA DE MACHADO?
María dice (Filosofía y Poesía, p. 87), “la metafísica europea es hija de la desconfianza, del recelo, y en lugar de mirar hacia las cosas, en torno de preguntar por el ser de las cosas, se vuelve sobre sí en un movimiento distanciador que es la duda… intimidad del hombre consigo mismo, posesión de sí y desconfianza de lo que le rodeaba, así que la razón al desconfiar y alejarse, se afirmaba a sí misma con una rigidez, con un absolutismo nuevo,,, de modo que cerrándose ya no podría encontrar otra cosa que a sí misma. De ahí la angustia…”
En Machado se produce un movimiento contrario, porque su intimación corre pareja con su acercamiento de alma al alma de las cosas, tal y como son y como van siendo en el tiempo, captadas en su temporalidad. El ser con las cosas, no sólo pensadas para que permanezcan inmutables, ancladas en el río de Heráclito, en este mundo apócrifo, fabuloso, fingido, falso en que vivimos, donde se construye y destruye la conciencia: “aunque lográramos recabar para nosotros una sombra del ser, una realidad mas o menos opinable, los átomos pueden ser sin nosotros, y nosotros no podemos ser sin los átomos” (Juan de Mairena, XII,1).
La conciencia no es sólo “como un espejo que copia, reproduce o representa imágenes”, y queda por probar “que los espejos ven las imágenes que en ellos se forman, o que una imagen en la conciencia es la

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conciencia de una imagen”. Tampoco es una simple traductora para sí de un mundo escrito en otra, cosa que a Machado le parece literalmente “gedeónica”, quizás porque, como aquel Gedeón, lleva la antorcha encendida, atrapada en el fondo de su cántaro de barro, que debe ser roto para que luzca. Es igualmente inaceptable para Machado una concepción pragmatista de la conciencia como actividad utilitaria. Así es que, expresamente dice: “Hemos de volver a pensar la conciencia como una luz

que avanza en las tinieblas, iluminando lo otro, siempre lo otro… Pero esa concepción tan luminosa de la conciencia, la más poética, la más antigua y acreditada de todas, es también la más oscura, mientras no se pruebe que hay una luz capaz de ver lo que ella misma ilumina…”, porque una luz sin ojos es tan ciega como todo lo demás”. Esa actitud de conciencia en espera, como todo en Machado, permanece receptiva de otredad, como la última gota en la clepsidra, como la barca en la ribera, “antes que me llegue. Si me llega el día,/ la luz que ve increada”.
Esa conciencia intensiva, intimada, se extiende hacia lo vivo y no pensado, sin intenciones de apropiación: “Sólo el pensamiento filosófico tiene alguna nobleza. Porque él se engendra, ya en el diálogo amoroso que supone la dignidad pensante de nuestro prójimo, ya en la pelea del hombre consigo mismo” (Juan de Mairena XXV.1). Diálogo, “día-logos”, exploración mutua de profundidad a profundidad, como decía Tillich, del hombre frente a su hondura, del hombre con su prójimo, sin aterrorizarse ante las zonas oscuras o tenebrosas del ser porque, como Machado dice, “para las inquietudes metafísicas no se aceptan fronteras”
Y es aquí donde les animo a considerar la “heterogeneidad del ser”, una metafísica de humanismo laico que Juan de Mairena propone como “hipótesis atrevida de la razón sobre la realidad absoluta, apoyada en un acto de fe individual”, tal y como es toda metafísica: una propuesta donde se nos vienen “con el Cristo y el prójimo, a la rica alteridad, la otredad de lo uno, la esencial heterogeneidad de la sustancia, la sed metafísica de lo otro que el amor nos revela y nos hace padecer” (Mairena XXXIX, 4, 5). ¿Es heterogéneo el ser?, ¿o es uno por singular? ¿Es heterogéneo y uno? Cuando se afirma en sí mismo y dice “ego eimí”, yo soy, ¿puede el ego querer ser a olvido del ser, una sustantivación del ousía? Acaso en la historia de la metafísica occidental llegamos a un punto de bifurcación donde olvidamos la incitación parmenidiana de tratar de ver la totalidad de la esfera desde adentro, y quisimos tomarla sobre nuestros hombros como el atlante farnesiano bajo el peso de su ceguera, desprendiéndonos de los “caprichos metafísicos” que dijera Marx. ¿Tendremos que volver a

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considerar la identidad entre pensar y ser, un pensar sobre lo otro, no monádico, sino profundamente heterogéneo por solidario? En línea con la heterogeneidad del ser, piensen unstedes también en la “metafísica de lo popular” de Antonio Machado. ¡Cuan solidaria es cuando, con su soledad a cuestas, donde cultiva su fe individual, se plantea el folklore andaluz como saber metafísico o saber vivo en el alma del pueblo”! (Mairena XXXIV, 4).
En “Sobre la Guerra de Antonio Machado”, María lo presenta como la voz que con palabras paternales “agudizó la sensibilidad de los españoles e hizo posible la mejor comprensión de una poesía clásica, la de Machado, que ya desde sus comienzos se había caracterizado por llevar en sí una mirada hacia lo cierto, hacia la verdad honda, que en otros momentos más superficiales se había podido eludir”. Al leerle, “no creemos escuchar a un hombre determinado, sino a un pueblo, una mística de lo popular que transmite la autenticidad esencial de una cultura latente en el pueblo, que sabe más y, sobre todo, mejor”. Esa voz paternal de Machado le venía de lejos a María. Recuerden si no lo que escribe para Diario 16, publicado en el suplemento de cultura el 18 de febrero de 1989: “De todos los poetas que en su casi totalidad han permanecido fieles a su poesía, que se han mantenido en pie, ninguna voz que tanta compañía nos preste, que mayo seguridad intima nos dé, que la del poeta Antonio Machado… La voz poética de Antonio Machado canta y cuenta de la vida más verdadera y de las verdades más ciertas, universales y privadísimas al par de toda una vida. Sus palabras parecen venir del fondo mimo de nuestra historia, adquieren categoría de palabras supremas, esas que todo pueblo ha necesitado escuchar alguna vez de boca de un legislador poético, padre de un pueblo. Palabras paternales son las de Machado, en que se vierte el sabor amargo y a la vez consolador de los padres, y que con ser a veces de honda melancolía, no da seguridad al darnos certidumbre. Poeta, poeta antiguo y de hoy; poeta de un pueblo entero al que enteramente acompaña. Es Antonio Machado un clásico al que se oye llegar de lejos, un de lejos que oímos resonar en su voz los últimos saberes que nos acompañan, lo que en la cultura viene a ser la paternidad, aquello que poseemos de regalo, de herencia.
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