I centenario del nacimiento de Juan Antonio Gaya Nuño






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Juan Antonio GAYA NUÑO

EL SANTERO DE SAN SATURIO
I Centenario del nacimiento de Juan Antonio Gaya Nuño

1913-2013


DEPARTAMENTO DE ESPAÑOL PARA EXTRANEJEROS

Escuela Oficial de Idiomas de Soria
Para utilización exclusiva por parte de los alumnos del Departamento de Español para Extranjeros.
Curso 2012-2013

Ha muerto en Madrid Juan Antonio Gaya Nuño

CAMÓN AZNAR

8/07/1976, ABC

Solitario, bravo luchador solitario, sin apoyos en la Universidad, en las Academias, en la Prensa, sin ningún halago oficial ni publicitario, sostenido sólo por su gran espíritu, Juan Antonio Gaya Nuño se ha ido dejando una obra colosal, magna en sus proporciones y en su contenido, fieramente fructífera, mostrando a la faz de España sus tesoros de arte conservados aún, los ya perdidos, y los a punto de perderse. En su último libro, “Historia de la crítica de arte en España”, nos muestra su bibliografía ¡624 títulos! De ellos, 50 libros. Y esta producción titánica, realizada sin cátedra, sin ayudantes, sin el mínimo reconocimiento de esta gigantesca labor. Marginado en las Academias y en la enseñanza, sin siquiera las migajas de algunos de esos homenajes que con tanta facilidad se prodigan. Protagonista sólo de una obra que admirará el futuro. Y ello no sólo por su impresionante tarea erudita. Sino por la gran calidad de escritor que hay en Gaya. Por su garra, por su sensibilidad, por una dicción cerrada y brava, por ese encararse con los problemas a rostro descubierto; desde su raíz, con las palabras más exactas y definidoras. Sin retórica, pero penetrado de la esencia del idioma, encontrando el giro exacto que merece cada situación, cada monumento, cada giro de estilo artístico, cada hombre. Porque Gaya consigue humanizar sus estudios y sus libros tan fundamentales como “La pintura española fuera de España”; “Pintura europea perdida por España” y la “Arquitectura española en sus monumentos desaparecidos”, reviven la sociedad y los hombres que hicieron posible esta definitiva erosión de nuestro tesoro artístico. ¡Qué inmensa nostalgia, mezcla de lloro y de rabia, el pasar las páginas de estos libros! ¡Y qué inmenso patriotismo el que ha animado a su autor a evocar lo que pudo ser la plenitud de España en sus artes, desaparecidos por una mezcla de incuria y codicia! Después –y antes– las publicaciones se suceden.

Es imposible su simple enumeración, abrumadora de títulos. Pero sí podemos decir que desde la antigüedad clásica a nuestros días, la genialidad de Juan Antonio Gaya Nuño ha abordado el temario artístico con una pasión, que es la principal característica de su prosa. Pasión por el arte, pasión por España, pasión por la justicia. Y en el fondo, Gaya, víctima de esa pasión. Lobo solitario que exaltaba y condenaba según su criterio apoyado en esa frenética independencia que lo mantenía alejado de cualquier favor oficial. Temas estéticos, críticos, históricos, que en cientos, en miles –varios miles– de páginas, colman su asombrosa producción. Con un magisterio auténtico, al enjuiciar el arte moderno.

Pero la calidad de escritor de Gaya no podía limitarse a tareas eruditas, aunque éstas tuvieran siempre un costado literario. Y sus libros de creación –“El Santero de San Saturio”; “Tratado de mendicidad”; “Historias del cautivo”, entre otros– son obras con huella viva en la literatura de nuestro tiempo.

Gaya ha muerto en plena producción. Cuando su gran libro sobre Picasso está reciente en los escaparates de las librerías, cuando su polémica y exhaustiva “Historia de la crítica de arte en España” está con la tinta tierna. ¡Qué inmenso panorama el de sus proyectos –expuestos con entusiasmo hace pocos días– en relación con el arte en España. ¡Porque era España su torcedor y su amor! ¿Descanse en paz uno de los hombres más generosos, desbordado, entusiasta de todos los temas, entrañable, Juan Antonio Gaya Nuño!

YO, SANTERO

Llegué a Soria en Octubre, el mes del Santo y del Otoño, el mes que separa la estación veraniega de los tremendos, largos, aburridos días de invierno. Es un mes plácido, fresquillo, plateado, que se divierte aproximando las sierras a la ciudad. Durante sus días, todo se torna recogido y sosegado, y la corrida de toros, en las fiestas del Patrón, si mucho más aburrida, queda también más formal que las capeas solanescas de junio, cuando San Juan. Los catedráticos poetas que abrillantaron esta tierra cruda y medieval –Antonio Machado y Gerardo Diego-, llegaban por parecidas fechas desde lejanas latitudes a encargarse de sus cursos; y, por eso, hallaban una Soria tan justa, tan “total, precisa y exacta”-

La traca, en la última noche de las fiestas, corta de una tajante manera cualquier conexión entre la canícula y el invierno. Así es como los ciudadanos más cumplidores de las leyes sorianas, no escritas, como la constitución británica, vestían un día de traje fresco y sombrero de paja; y, al siguiente, luego de la traca, acumulaban, sobre sus torsos, cuantos chalecos de punto, gabanes y bufandas les dictaban la previsión de sus Doñas. Clausurábase la Dehesa, ya sólo frecuentada hasta la primavera siguiente por la chiquillería estudiante y por las devotas de la Soledad. Comenzaban a caldearse “La Amistad” y “Numancia” con el aliento de su pleno de socios y con las calderas a punto de estallar. Luego, claro, se sale al cierzote de la calle y hierve la crónica de las pulmonías.

Siempre, siempre hubiera escogido este mes para llegar a Soria; pero ahora fue coincidencia. Pocos días antes, bebiendo la página de anuncios en la hoja agraria de la pequeña ciudad, entre la oferta que un individuo de Fuentelmonje hacía de cuarenta ovejas machorras y veinticinco por parir, y la petición de sirvienta cuarentona para el señor cura párroco de Camparañón, encontré que se precisaba santero para San Saturio; anuncio redactado en ese estilo indefectible soriano que han modelado muchísimas demandas de criado y dulero. Helo aquí:

Se halla vacante la plaza de santero de San Saturio, en la ciudad de Soria, con el haber anual de ochocientas pesetas, cinco fanegas de trigo y tres medias de cebada. Para tratar, con el señor Alcalde de Barrio.

Éste es el modelo de anuncio que regula centenares de actos numantinos. Se paga, parte en dinero y parte en especie frumentaria, en fanegas de trigo, cebada o centeno. Y se reconoce igual señorío y capacidad a las dos partes, pues no se estipula prueba, oposición, concurso ni otro medio selectivo que implique superioridad del solicitante sobre el solicitado. Pues el trato, este “para tratar”, o sea para regatear, para hablar mucho, es bocato di cardinale de los secretarios rurales, que, en realidad, son los estilistas creadores de este género de anuncios. Les gusta tratar, porque, al fin y al cabo, es oficio de políticos y de la más alta diplomacia, y el secretario de ayuntamiento, con su tapabocas y su gorra de gato, no es sino la diplomacia actuando por cuenta del Estado cerca del campesino. Y como el campesino ha costeado todas las aventuras y empresas españolas, la Reconquista, la guerra de los Treinta Años y la Ciudad Universitaria, hay que cobrarle, no en sus caros dineros, sino en especie, en especia frumentaria. Del mismo modo que conviene dejar un portillo de escape a su pequeña y concisa vanidad, permitiéndole tratar.

Y yo fui a tratar. Ya estaba harto de ciudades populosas, de caretas perpetuamente sonrientes escondiendo intenciones horrendas; estaba harto de perder todas mis horas hablando con algunos listos y muchísimos tontos, sin que para mí y para mis confesiones quedara alguna. El hígado daba señales de vida, y todas mis viejas ambiciones se iban resolviendo en un deseo de Duero, de altos chopos, de sierras grises, de agua fresca, de berros y lechugas de San Polo, de barbos y truchas, pero, sobre todo, de paz. Sólo había un punto en la tierra que ofreciese todas estas felicidades, porque ya concluyó la vida eremítica en la Tebaida. Y, además, ¿no soy demasiado cómodo para renovar ese dificilísimo deporte de San Simeón el Estilita, albergando su cuerpo retorcido en lo alto de una columna? ¿No soy excesivamente hosco para llegar al Monte Athos, reverdecer mi olvidado griego y ser un monje más, reclamo de las Agencias Cook, y, lo peor de todo, expuesto un mal día a ser pasado a cuchillo por turcos o por servios? Por otra parte, debo buscar un retiro donde no me exijan profesión de fe ni de dogma. Ciertamente, una cláusula no mentada en el contrato, pero bien sabida, obliga al santero de mi ermita dilecta a parecerse a San Saturio. Confío en que, dentro de pocos años pueda lograrlo, pues pronto me quedaré calvísimo, y por bigote y barba no he de apurarme, que en cuanto deje de afeitarme, luego me crecerán como a un San Onofre. Me haré retratar sólo de busto y heme fiel retrato del Patrón.

Marchó todo de perillas; bastaba agarrar, en la estación de Atocha, el automotor que llaman de Pamplona, del cual bajé en Almazán, donde puede procurarme un traje de pana muy vieja. Allí, también, me hice cortar el pelo al cero, quedando con aire intermedio entre presidiario y santo tonsurado. Ya en Soria, enderecé hacia el Ayuntamiento y exhibí el anuncio de marras. Me tomaron, por incontable vez en mi vida, la filiación, y contesté a todo muy bien mandado:

- ¿Nombre?

- Fulano de Tal y tal.

- ¿Edad?

- Treinta y ocho años.

- ¿Natural de…?

- Tardelcuende, provincia de Soria –y lo dije muy ufano, como un probable mérito, aunque en mi pueblo sólo creen en la Virgen.

- ¿Sabe leer y escribir?

- Sí, señor.

- Bueno, pues es usted el único solicitante. Así que me imagino que le darán la plaza.

Y me la dieron, al tiempo que el sayal de las procesiones, las llaves de la ermita y la caja del santo. El Alcalde de Barrio me informó de mis obligaciones; tener abierta la ermita a las horas de luz, y todo tan limpio como un oro; facilitar, no ayudar, a los señores curas que dijeran misa; podía y debía pedir limosna con la imagen del santo una vez por semana, y lo recaudado serían gajes; si había boda, servir el chocolate en el salón; si turistas, acompañarles y celebrar la gloria de Saturio. Nada me indicaron sobre mujeres; parece que podía tener más que un sultán, siempre que fuera lejos de los recintos sagrados.

Me quedé en la ermita, ya dueño de las llaves, y acomodé el ajuar. Conmigo traía una maleta de libros, a saber: Santa Teresa, Eça de Quiroz, Sartre, Baroja, la Biblia, Baltasar Gracián, Antonio Machado, San Juan de la Cruz, Unamuno, Proust, Valle-Inclán, Gerardo Diego y Dostoievski. Puse junto a los tales el librillo de horas que traje en la faltriquera para leer a ratos perdidos, no otro sino el famosísimo Fray Gerundio de Campazas, del Padre Isla. De todos ellos me servía y todos venían en calidad de amigos. Por lo demás, me acompañaba el material preciso para continuar trabajando en mi Bibliografía crítica de Picasso. A la cabecera de la cama clavé, con chinchetas, una reproducción del Guernica, de Picasso, y otra de La amistad de las bestias, de Paul Klee. Quedé satisfecho, por haber entendido siempre que el primer santo surrealista, con su busto cortado como en un collage de Max Ernst, era San Saturio.

Yo estaba borracho de alegría. Acabé de colocar mis trastos, encendí una fogata de retamas, de la abundante provisión dejada por el anterior santero, y me dediqué a recorrer mis pertenencias. No pasé del salón, porque abrí una ventana y respiré muchas veces. El Duero venía de la sierra de Urbión con una transparencia y una paz verdaderamente mitológicas, y en él se reflejaban, con su exacto matiz de plata, los hitos de la chopera. No se veía un alma, no se oía un rumor. Pasó rato hasta que graznó una corneja y culebreó un barbo, deshaciendo por dos segundos la lámina del río. Me fijaba en las aguas, que luego viajarían por tierras de Burgos, Valladolid y Zamora, hasta acabar en la Lusitania, proporcionando la más bella de las disyuntivas: o dejarlas correr, acompañándolas en su periplo, o quedar quieto, bebiendo siempre el agua de San Saturio, que es la del río Razón, y la del recodo de Numancia. Aún mejor, remontar la corriente hacia Salduero, vivir un tiempo en la sierra y dejarse luego traer hasta aquí, hasta este mirador.

Porque hacia el Atlántico, no, resueltamente. Los hombres de la meseta no somos amantes del mar, y sólo lo concebimos como una curiosidad que conviene ver; el mar es como la torre Eiffel o como el rinoceronte. Porque cuando se dispone de un bello río, silencioso y manso como este mi Duero, que, afortunadamente, no ha escuchado demasiados tópicos patrioteros, cualquier otro accidente baja de categoría. Hay ríos de cometido fronterizo, como el Guadiana, y otros de estampa regional, como el Turia y el Guadalquivir. Pero el Duero y el Tajo son ríos, por derecho propio, ríos de aguas puras y sin misión delimitadora ni turística; son ríos indiferentes a todo, serenos, hermosos y tranquilos, sin menguar ni ensoberbecerse, y aún más regular y sabio el Duero. Su caudal es casi el mismo a lo largo de todo el año, que no se regalan en balde las nieves del Urbión, por lo que la lámina del río es uniforme; de un color azul en los días más fríos; tirando a verdoso cuando el estío. Siempre silenciosa y tersa, no invita a viajar, sino a quedarse gozándola. Pero, si desea viajar un soriano no debe hacer sino botar una piragua en Salduero y seguir hasta Oporto, cargándose a lomos la barquichuela cuando se presente el rápido de una fábrica de harinas. Me temo, sin embargo, que los sorianos prefieren otros ríos lejanos, vistos en el cine, y el que así piense no merece el Duero.

Pues hay un corto trecho del gran río que casi emociona por su majestad y belleza; desde el Perejinal, el Duero tuerce hacia Soria, sin dejar de verse el cerro del Mirón; entrase, luego, hasta el puente, y, antes de él, ancla en San Juan de Duero, con sus tapias húmedas de río, frente a la ermita de la Virgen y a vista de la ciudad. ¡Ah, ya sabían los sanjuanista del siglo XII lo que se hacían! Como caballeros auténticos, eligieron lo mejor de la ribera y alzaron un monasterio donde comienzan las huertas, muy cerca de la puente, y tan delicioso paraje que, si hubiera en el mundo algo mejor que la santería de San Saturio, no sería sino el abaciazgo románico de San Juan de Duero, merendando, como harían los sanjuanistas, un cordero asado en el claustro, a cinco metros del agua y de su hierbas. Después viene el puente, y el soto, y ahora el viajero queda, a la derecha, bajo las terrosas ruinas del castillo. Y, después, a la izquierda, las mejores huertas de Soria, en verdores y en fresco. En seguida, San Polo, de los señores Templarios, que comían las ricas lechugas y pepinos del Duero bajo sus bóvedas de crucería. Aquí empieza una tabla de agua, con viejos batanes, acabando en las rocas blancas que componen la cara del santo. Sobre ellas está mi ermita; entre san Polo y san Saturio, un camino flanqueado por los chopos melancólicos, con muchísimas iniciales de enamorados y sus fechas sacras. Pueden continuar grabándolas, porque todo esto es demasiado limpio y sencillo para resultar cursi. Yo elegí un buen mozo de chopo, barnizado de letras viejas, saqué la navaja de partir las hogazas y grabé mis iniciales; no sé por qué, en vez de datarlas en este año, agregué las fechas de los que he faltado de Soria: 1937-1951.

Trabajaré, sí, en el libro sobre Picasso. Pero no será sólo en él. Gozando de tan privilegiado observatorio, me creo más dueño de la ciudad y de su tierra que las autoridades, y, tanto en Soria como en la ermita, palpo todos los días el vivir de sus gentes. Debo escribir algo, muy poco, sobre Soria y su provincia, aunque no sea sino un capítulo quincenal. Un diario sería aburrido y seudonovelesco. Sólo es ya un recuerdo de mal novelista, éste de llevar un supuesto diario. El censuario sería más cierto, por sus lunas, pero, para inventar algo, prefiero el quincenario, que da un más frecuente pretexto para picotear en un tema y saltar a otro diverso, que es lo que me place. El Duero me ha despejado tanto el caletre como para poder escribir imparcialmente, rectamente, como para poder intentar un proceso judicial – y sentimental – de la ciudad, de la provincia y de sus moradores. Estamos a finales de octubre. Comienzo el proceso de Soria y de los sorianos.

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