Rayuela, a ritmo de tango






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RAYUELA, A RITMO DE TANGO
La Humanidad empezará a merecer su nombre

el día en que haya cesado la explotación

del hombre por el hombre (Julio Cortázar)
El escritor argentino Julio Cortázar Descotte, que por ser hijo de un diplomático argentino nació en la legación de Bruselas en 1914, murió de leucemia en París en 1984. Alguno dijo que murió de Sida, lo que no es cierto; y otro dijo que, al igual que el tanguero Edmundo Rivero o el gigante bíblico Goliath, Cortázar sufrió de acromegalia o gigantismo hipofisario, lo que es cierto y explica su estatura de casi dos metros, la forma de su cabeza y la mirada estrábica.(1) Tuvo tres esposas: la lituana Ugnes Karvielis, la canadiense Carol Dunlop que lo dejó viudo, y la argentina Aurora (hermana del poeta Francisco Luis Bernárdez), su viuda y albacea. Pero se sabe que tuvo un amor fugaz y tormentoso con la alemana Edith Aron a quien conoció durante un crucero, y se cree que es ésta, y no otra, la que inspiró el personaje de La Maga en Rayuela; si bien no se descarta que en la construcción del personaje hubiera tomado un poco de otras mujeres.

Cortázar amó el tango y tiene un poema con el tanguero título de “Rechiflao en mi tristeza”,(2) pero parece que no fue “tanguero de ley”, tal como nosotros lo entendemos. Lo que no obsta para que Tomás Barna (que con Susana Rinaldi, Benjamín Kruk, Antonio Seguí y otros 20 socios liderados por Edgardo Cantón fueran fundadores en noviembre de 1981 de un establecimiento que se llamó “Tanguería Trottoirs de Buenos Aires” en París), afirmara que “El padrino espiritual de La Tanguería fue Julio Cortázar quien, en las postrimerías de los años 70 había presentado un disco con letras de tango suyas y música de Edgardo Cantón, grabado en la voz de Juan “Tata” Cedrón”. Ese disco salió en 1980 y su afrancesado título fue puesto por Cortázar, dando lugar a que se fundara esa Tanguería ahijada suya con el mismo nombre que marcaría la resurrección de un tango que estaba medio olvidado y que gracias a ese establecimiento de la ciudad Luz revivió para el mundo. El CD titulado “Trottoirs de Buenos Aires” (“aceras”, para nosotros; o “veredas”, para los argentinos) con 10 tangos de la autoría de Cortázar, contiene los siguientes títulos, todos con letra suya y música de Edgardo Cantón: Medianoche, aquí; Guante azul; Tu piel bajo la luna; Tras su rastro; Veredas de Buenos Aires; El buscador; Java; La camarada; Paso y quiero; La Cruz del Sur.
TU PIEL BAJO LA LUNA 
Desnuda ella se brindó 
cuando mi voz 
buscó su piel bajo la luna. 

Dulce abandono, 
dando, riendo, amando, 
brindándose hacia el encuentro de la luz. 

Ritmo delirante, 
oscuridad, 
los cuerpos buscan el más allá. 

Oscura conjunción de sed y de soledad, 
bocas que beben en un agua de paz. 

Pero el amor es una lucha sin piedad, 
una lucha febril, de fuego y de hiel. 
Tus labios me buscan, me queman. 

Desnuda te tuve 
bajo esta luna 
que nos dio su miel. 

El fuego de un aliento nos quemó, 
combate de flores, juego del amor. 

Piel de mujer, 
grito azul cuando un beso le da vida. 

Y en mi pecho 
florece un rosal para tu jardín. 

Desnuda ella se brindó 
cuando mi voz 
buscó su piel bajo la luna. 



El tango, como todo, es cuestión de gustos; y sinceramente les confieso que, para mi gusto, las letras de los tangos de Cortázar me parecen ser buenos poemas, pero no buenos tangos. No por lo menos en la medida de esos tangos que se le meten a uno al corazón y uno los aprende y se los bebe y sale cualquier día de madrugada cantándolos a voz en cuello hasta que a algún policía le da por enviarlo a uno a encierro por andar perturbando la paz del vecindario. El tango, siempre lo he dicho, es música de borrachos y por culpa de un amor perdido Horacio Oliveira, el personaje de la novela “Rayuela” de Cortázar, se pegó “una borrachera como pocas veces” hasta llegar a la conclusión, después de “litros y litros de vómitos verdes”, de que no se deben “mezclar el vodka y el vino tinto”.(3)
Uno de los sentimientos más agobiantes, que ha inspirado infinidad de canciones, poemas, obras de cine, teatro, y literatura en general; es el del amor perdido. “Amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichosa sin mí, vive dichosa. Quizá otros besos te den la fortuna que yo no te di”, suena el bolero de Pedro Flores, muy resignado, cuando la verdad es que sentimientos de profundo dolor y baja autoestima golpean al abandonado. “Te miré partir sin sollozar y ahogó mi llanto la emoción que sentí al separarnos. Tuve mucho miedo de estar solo”, dice el tango “Tu voz” con letra de Ricardo Duggan y música de Juan Migliore. “Te me vas, te me vas de la vida, como van las arenas al mar. Te me vas, sabe Dios si es mentira, o quizás otra vez volverás”, dice Agustín Lara en “Cuando Vuelvas”, con la esperanza de que el bien perdido alguna vez regrese. “Ya no abriré tu puerta y tu balcón… si alguna vez volviera la que amé, vos le dirás que nunca la olvidé”, canta el tango “Cuartito azul” con letra de Mario Batistella y música de Mariano Mores. En fin, son muchos los temas musicales que giran alrededor de las penas del desamor. Son tantos, que han dado lugar a un género: el de las canciones de despecho. Y han dado lugar a que se diga que el tango es música de cabrones, por la cantidad de veces que los tangos han cantado al hombre abandonado por la mujer que se ha ido tras de otro.
Luis Tomasello dice que Cortázar “Sabía mucho de pintura, y la fama de experto en jazz es justificada, pero nunca sonaba como el tipo que se jacta de saberlo todo”. Y Cortázar pone en boca de Horacio Oliveira que la Maga admiraba enormemente “mis conocimientos diversos y mi dominio de la literatura y hasta del jazz cool”.(4)
Los latinos monolingües o uníglotas nos perdemos de las palabras y “el argumento” en ese ritmo universal que es el jazz. Qué de quejas y lamentos habrá en sus letras, supongo. Pero, más que suponer, afirmo; puesto que solamente de oír uno sonar esas trompetas, esos clarinetes, esos oboes, esos saxofones, esos violines, ese piano; ya sabe que están llorando y se están lamentando de amores perdidos. Julio Cortázar, además de su bilingüismo francoespañol, también debió saber mucho de inglés. A él le encantaba el jazz, y lo entendía. Dice Xavier Quirarte en “Julio Cortázar, ese jazzman” que:
“Las referencias a la música son continuas en la obra de Cortázar, con un especial cariño por el jazz… Como ejemplo, un fragmento de `Rayuela´, donde habla del sensual efecto de la trompeta de Louis Armstrong `el falo amarillo rompiendo el aire /y gozando con avances y retrocesos, /y hacia el final, tres notas ascendentes, /hipnóticamente de oro puro, /una perfecta pausa /donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, /y entonces la eyaculación de un sobreagudo /resbalando y cayendo como un cohete /en la noche sensual´.”(5)
El Johnny Carter del cuento “El perseguidor” es un alter ego del saxofonista Charlie Parker. Cortázar dice por boca de su narrador que: “Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros... Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que los dioses hayan renunciado a las liras y a las flautas”.
Tiene Cortázar un cuento sobre tango cuya historia es la siguiente:
“…Cuando la galerista y editora belga Elisabeth Franck, vio los dibujos del pintor holandés Pat Andrea, le propuso que buscara a alguien que le firmara un prólogo, con la idea de editar un libro con sus obras. Andrea acudió a ver a Julio Cortázar, con quien quedó de reunirse para ver los dibujos en un pequeño cuarto que el pintor tenía entonces alquilado cerca de la Place Pigalle, en París. «Recuerdo que me pareció un tipo enorme. Cuando entró tuvo que agacharse para no darse en la cabeza con la puerta. Estaba claro que era mucho mayor que yo, pero sin embargo mostraba una extraña apariencia juvenil, iba vestido con una parka,(6) de manera muy informal. Vio los dibujos despacio, y le encantaron». Cortázar acepta hacer un texto para el libro, pero anuncia a Andrea que no será ni un prólogo, ni una presentación, sino un cuento; que le entregó cinco meses más tarde y se tituló El tango de la vuelta. El texto, escrito en español en 1982, fue de inmediato traducido al holandés y al francés, para las ediciones originales del libro (en sendas ediciones de 400 ejemplares que seguramente se imprimieron en los años siguientes; ya que a Pat Andrea le llegaron los ejemplares «de autor» que certificaban la tirada). Fue entonces cuando la editora se planteó publicar también el libro en inglés y en español. Lo cierto es que hay un momento a partir del cual los hechos empiezan a difuminarse; Elizabeth Franck sufre una profunda crisis, de la que no conseguirá recuperarse. Abandona la galería, cambia de domicilio, y desaparece durante largas temporadas. Tras la muerte de Franck los libros, que de hecho nunca llegaron a distribuirse, desaparecieron definitivamente. Más allá de algunos ejemplares que aparecieron en la galería, y que se distribuyeron en librerías y mercados de ocasión, nadie en los siguientes quince años volvió a tener noticias de ellos”.(7)
Bueno, pero no es del jazz en la obra de Cortázar (ni de ninguna otra clase de música), sino del tango del que queremos ocuparnos, específicamente de los temas mencionados en la novela “Rayuela”.
Sobre su obra dice José Blanco Amor: “Es imposible entender a Cortázar si a uno no le gustan el tango y su metafísica, o si no se evoca a Buenos Aires. El tango, con su efusión sentimental y distanciamiento crítico, es la síntesis sutil entre el profundo sentido del porteño y su universalidad”. Sin embargo, más tarde Cortázar expresa: "Creo que el tango, en general y especialmente si se lo compara con el jazz, es una música muy pobre... pobre, ¡pero bella!". Contradicciones de un genio, remata Blanco.
Con el mismo título de la novela “Rayuela” seguramente haya más obras por ahí. Al fin y al cabo es el nombre de un juego infantil muy común, que por estos lados llamamos “golosa”, en el que uno trataba de ir chutando con el pie una piedra de una casilla a otra para llevarla desde la tierra hasta el cielo, sin salirse de casillas. Dos ejemplos son la milonga instrumental “La rayuela”, de Pablo Ziegler;(8) y el tango instrumental “La rayuela”, de Julio de Caro.(9)
En una entrevista para The Paris Review dijo el inefable Julio Cortázar que: "...yo crecí en una atmósfera de tangos. Los escuchábamos por radio, porque la radio empezó cuando yo era chico, y después fue un tango tras otro. Había gente (que amaba el tango) en mi familia como mi madre; o una tía, que tocaba tangos al piano y los cantaba... El tango se convirtió en parte de mi conciencia y es la música que siempre me devuelve a mi juventud y a Buenos Aires". 
En el último capítulo de Rayuela, Horacio hace reminiscencia de cuando Mi tía tocaba “Milonguita” o “Flores negras”, al piano, y luego Tocaba “La payanca”. Si querés, te la silbo; es de una tristeza…(10) “La payanca”, el tango con letra de Francisco N. Bianco y Juan Andrés Caruso y música de Augusto P. Berto, es un artilugio para cazar a corta distancia, enredando una cuerda en las patas del animal y atrayéndolo, con lo que puede compararse a promesas de brujo: “Sortilegios y amarres de amor. Le atraemos el ser querido en tres días”. Así dice la letra: “Ay, yo te imploro, que enlaces para siempre a la que adoro...”(11).
No son pocas las referencias al tango que se encuentran en esa novela que trata de un hombre (Horacio Oliveira-Julio Cortázar) que encuentra a la mujer de su vida (la Maga-Edith Aron) y comparte la vida con ella en un cuarto de alquiler, por un tiempo feliz que parecía interminable. Juntos recorren las calles, los puentes, y los escondederos de París. De pronto, la pierde para siempre y pasa el resto de la vida buscándola, sin encontrarla. Eso es un tango al que no le faltaría sino la música, si no fuera porque es presumible que se inspiró en “Mi noche triste”, con letra de Pascual Contursi y música de Samuel Castriota. Su música es ese tango: “La guitarra en el ropero todavía está colgada, nadie en ella canta nada, ni hace sus cuerdas vibrar”.(12)
“Mi noche triste”, al decir de don Ricardo Ostuni, es un canto dolido por la ausencia del amor: A despecho del juicio apresurado de José Sebastián Tallón que dijo “que este tango inaugura el tema repelente del canfinflero que llora abonado por su querida prostituta”, es el canto angustioso de la soledad y del amor perdido, dramas que el hombre sufre simplemente por su condición humana.(13)
También debió inspirarse Cortázar en “La cumparsita”, el tango de Gerardo Mattos Rodríguez, cuya letra parece haberse escrito para él: “Desde el día en que te fuiste siento angustias en mi pecho. Decí, percanta, ¿Qué has hecho de mi pobre corazón? Al cotarro abandonado ya ni el sol de la mañana asoma por la ventana como cuando estabas vos. Y aquel perrito compañero, que por tu ausencia no comía, al verme solo el otro día, también me dejó”. Percibir eso me abrió los ojos hacia ese nuevo contacto de la música con la literatura y empecé a buscar información, pero no encontré referencias respecto al tema en las fuentes consultadas, lo que me dio a entender que ese descubrimiento equivalió a dar una lectura novedosa de la novela que tiene muchas facetas y en cincuenta años ha dado de qué hablar y seguirá dando.
Cortázar, en la novela, pudo dar cualquier nombre a la Maga y pudo haberle puesto como país de origen el suyo, Argentina; o cualquier otro, si no quería poner Alemania, de donde era Edith Aron; pero escogió como nombre el de “Lucía” y la puso como originaria de Uruguay. “La uruguayita Lucía” es admirada, pero no se sintió atraída por ninguno esta especie de “Madame Ivonne que era la papusa del barrio latino, hasta que un día llegó un argentino y a la francesita hizo suspirar”, como dice el tango de Enrique Cadícamo y Eduardo Gregorio Pereyra. A “La uruguayita Lucía” le llegó de Argentina su Horacio Oliveira y es una curiosidad, que tal vez no sea simple coincidencia, esta velada alusión al tango con letra de Daniel López Barreto y música de Pereyra que habla de que “Ningún gaucho jamás /pudo alcanzar /el corazón de Lucía. /Hasta que al pago /llegó un día /un gaucho que nadie conocía”.(14)
Como era de esperarse, en un comienzo las cosas marcharon bien entre Horacio y la Maga; y él le hablaba al oído, enamorado, mientras la acariciaba:
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