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CÁTEDRA GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

GREGORIO CASTAÑEDA ARAGÓN

Por: TOMÁS RODRÍGUEZ ROJAS
El maestro Gregorio Castañeda Aragón, es el más prolífico entre los escritores del Caribe colombiano de la primera mitad del siglo veinte. Su fuego interior, en cuanto a las áreas del saber, dio para casi todo lo que tiene que ver con la creación literaria. Mientras que su estilo trasciende con palabras sonoras, teñidas con los más vivos colores. Palabras exóticas plenas de música y cadencias sensuales. Palabras marineras ebrias de sol y palmeras al viento.

Así, por ejemplo, en el campo de la narrativa publica Zamora, y Náufrago de la tierra. Novela, esta última, con una apasionante dedicatoria: “A vosotros, pobres de la ración diaria, mendigos sin migaja, caterva de baldados, turba de la desesperanza, hijos ilegítimos de la fortuna, esclavos de la audacia, escuadrón de los excluidos, regimiento de los hambreados, perdularios del jornal en blanco, labradores sin hacienda, derrotados de toda lid, servidores de la habilidad, amanuenses de la ignorancia, taifa de los idealistas, banda de bolsillos rotos, bebedores del agua amarga, comedores del pan negro de todas las injusticias, a vosotros, dedico estas páginas”. Enumeración que anuncia ya, toda la desmesura que después difundirían los cultores del realismo mágico.

En Papeles de la huelga, y García Toledo o el hidalgo de la revolución, el bardo transita con éxito por los terrenos de la historia. No por el método, ni el lenguaje, mas, si por las fuentes documentales y la claridad en los conceptos. En Papeles analiza la legendaria huelga y masacre de las bananeras, cuando aún los hechos latían en la memoria de los colombianos, pues el libro aparece en 1931.

En extensos trabajos como, Geografía turística del Magdalena, Pueblos de allá, y El Magdalena hoy, nos revela sus amplios conocimientos en el campo de la geografía, lo mismo que las técnicas y recursos para manejar esta disciplina. Mientras que en Recortes de vida, Nuevos recortes de vida, y Lápices de café, recoge buena parte de su copiosa producción periodística, que antes había trascendido en periódicos y revistas del país y el exterior.

Pero fue en el campo de la poesía, sin lugar a dudas, donde su musa alcanza signos y contenidos superiores. Máscaras de bronce, el primero entre sus poemarios, que publica la Editorial J. V. Mogollón de Ciénaga, en 1916, abrió en seguida nuevos derroteros a la creación poética nacional, a pesar de que allí se siente la impronta de los clásicos españoles. De todas maneras, estilo, símbolos y estructura se entretejen, para dar vida a una obra perfumada de mares generosos, aunque todavía ése no sea el tema predominante.

Apenas tres años después publica Campanas de gloria. Ahora el elemento sustancial es el mar, repleto de algas, rémoras, caracoles y banderas al viento. Ramón Vinyes, el célebre Sabio Catalán, anota en el prólogo: “¡Cómo es de evocador el título de tu libro nuevo! Cómo es más ágil, conforme a tu nuevo espíritu, que el de tu otro libro”.

En 1925, en Barranquilla, publica Rincones de mar. Aquí el poeta se aleja de las formulaciones poéticas conocidas, en la misma medida en que se acerca a una íntima comunión entre sus vivencias y el acto creativo. Viajero impenitente, ahora el mar aparece cargado de lejanías. Por ello en Salinas marítimas evoca:

Cambiante azul, tintas ultramarinas.

Y un insomne balandro entre agua y cielo

que abre sus trapos de cansado vuelo

en un fondo de platas vespertinas.

Copos de nieve audaz, nubes marinas

levantan su fastuoso rascacielos

y una luna de hielo

que aterriza convexa en las salinas.

Además, aquí el mar es una pintura. Mas, no en calidad de paisaje, sino de memoria viva, de nostalgia acariciante. Porque en cada verso brota tanto sentimiento, que aparecen con cierto aire de innovación.

En 1931, en la Tipografía Olimpia de la ciudad de Barcelona, España, publica Faro, y Orquesta negra. En aquel entonces suaves melodías que dedica a las ciudades porteñas de cualquier latitud. Es una geografía pintoresca que aprovecha para jugar con las imágenes inherentes al mar. Precisamente, en el poema Mar, el aeda señala:

Mar de vidrio,

mar de vidrios rotos,

este mar

de esta costa.

Las gaviotas

se rompen las alas.

Botellas verdes

rotas,

un mundo de botellas

en la taberna del mar.

Vidrios del Cantábrico,

vidrios del golfo

de México.

Catástrofe

de bar.

Asimismo, la obra presenta un anexo donde el bardo inserta sus inmortales greguerías, que gesta y publica mucho antes que Ramón Gómez De La Serna, el notable humanista español, popularizara ese género. Las greguerías son creaciones muy breves, valiosas no sólo por lo que dicen, también por lo que no dicen, lo que apenas sugieren.

De otra parte, Orquesta negra es un fresco sobre la vida urbana, que el poeta capta en los más variados tiempos y latitudes. En Madrigal del café advierte:

Café, licor de brujas,

brebaje ambiguo, de burdel,

alcohol de los noctámbulos,

y de los que cabalgan nubes

persiguiendo quién sabe qué

Más de un lustro después, en 1939, en la remoto Tokio, publica Canciones del Litoral. Es una creación madura, de alto vuelo poético, donde el aeda confirma su excelsa calidad estética. Allí despuntan, con luz propia, poemas como Isla de carne. Observemos los dos primeros cuartetos.

Isla de carne!

carne de islas!

Dónde, algún día,

la he de encontrar?

Será en Jamaica

o en las Bermudas?

En Curazao

o en Trinidad?

También brillan, Rumbo Río Janeiro, En la cala, Flota negra, Inútil lobo, y la sonora Canción para el niño que nació en el mar, que debían recitar todos los infantes de nuestro Caribe marinero.

Abro el camarote

que abierto ha de estar.

Deja que entre el aire.

Lo dejo pasar?

Deja que entre el agua.

La dejo llegar?

Te daré una estrella,

la estrella polar!

Y nieve de espuma

con sol y con sal.

Con sol de las olas

con sal de la mar!

En 1940, en San José de Costa Rica, publica Mástiles al Sol. Obra que el bardo presenta en dos partes que guardan unidad de forma y contenido, ellas son: Canciones de olas, con catorce poemas, y Rondallas marineras, con ocho. A todo lo largo del poemario, Castañeda muestra su sensibilidad a flor de piel, su permanente éxtasis creativo.

Allí afloran, en medio de las olas y los vientos marineros, los inspirados versos de Piedra submarina, Diario de abordo, Mar amarillo, Rondel de playas, y la singular Invitación a la isla, de la cual tomamos los dos primeros cuartetos:

Irma, tiéndete a soñar

sobre la menuda arena.

Nuestra carne se serena

al viento libre del mar.

Ya han empezado a sacar

las barcas de la carena

y la marisma se llena

de la áurea gloria solar.

Ya en las postrimerías de su fecunda existencia, en la Barranquilla de 1959, publica Islas flotantes. Son versos donde Castañeda derrama todo el ergón y la inspiración del viajero infatigable. Allí despuntan, entre otros muchos otros, La gran flota negra, y El poema Afro–vocal. Recordemos, del primero, la estrofa inicial.

Los hombres tristes que mataron

su ansia insaciable de viajar,

los que zarparon de cien puertos

y no volvieron a ellos más,

saldrán del agua como sombras

de nuevo día a navegar,

en esos barcos que se fueron

al fondo lívido del mar.

Mientras que El Poema Afro–vocal es rítmico, sonoro, sensual, pleno de sugerencias ambientales y connotaciones afectivas. Apreciemos:

Por islas de Sotavento

un avión zumba en el viento.

Marino viento que zumba

en el tambor de la rumba

por Islas de Sotavento.

La palmera afromarina

negra, verde, seca, fina,

cómo se retuerce y comba

en un aire de zambomba

la palmera afromarina.

Castañeda Aragón es, con mayúsculas, nuestro primer poeta del mar. En sus versos palpita la red, los barcos pesqueros, la arena húmeda, esbeltas palmeras, hermosas mujeres, marinos salitrosos y puertos encantados.

Con razón Manuel Zapata Olivella, médico y narrador eximio, afirma: “Es necesario ser pescador como Castañeda Aragón. Jugarse la aventura del mar de leva para saber de las poesías de las aguas quietas bajo el puente. Tener, como él, rocosa osamenta de corales para andar por la tierra sin que la nostalgia del mar lo mate con la nostalgia del recuerdo. Casarse con la nostalgia marinera. Haberse dejado cincelar por las olas como un risco solitario y que sobre sus espaldas, los alcatraces y las gaviotas descansen sus remos”1.

El poeta del mar nació en Santa Marta, el 21 de febrero de 1884. Física y espiritualmente creció en el hogar formado por Mercedes Aragón Pissón y el general Policarpo Castañeda, quien lo reconoció como hijo y le dio su apellido, a pesar que el niño provenía del primer matrimonio de Mercedes, el que había contraído con Manuel Barbosa y Madariaga.

Cursó los estudios primarios en Ciénaga, ciudad donde transcurrió su infancia frente al mar Caribe, entre barcos y alcatraces y el paisaje tropical que enciende el espíritu. De allí que algunos biógrafos ubican su nacimiento en la legendaria ciudad bananera. Después amplió su horizonte mediante escogidas lecturas y viajes que lo llevaron a las más variadas y remotas latitudes.

Participó con entusiasmo en la vida cultural de Barranquilla, siempre en la categoría de protagonista. Es para destacar su participación en Voces, revista con proyección internacional que orientara Ramón Vinyes, su amigo entrañable; lo mismo que en la Revista del Atlántico, órgano de difusión cultural que funda Néstor Madrid–Malo en 1958, desde su posición de gobernador y de intelectual comprometido con la suerte de la región.

En reconocimiento a su condición de hombre de la cultura, Castañeda Aragón representó a Colombia en calidad de cónsul, en las ciudades de Guatemala, Panamá, San José de Costa Rica, Quito y Belén de Pará. Cargo que, para él, era un punto de partida hacia remotas geografías, que cincelaron su espíritu con imborrables huellas de mar, que luego plasmó en iluminados poemas que seducen y hablan en la fiebre.

El escritor Lino Gil Jaramillo, en su ensayo El mar en la poesía colombiana, advierte: “Es el mayor cantor de los temas marinos de la lírica colombiana [...] es nuestro poeta marino por antonomasia [...] El mar de Castañeda Aragón no es ni subjetivo ni interior, como el de otros poetas colombianos, sino exterior”2.

El poeta del mar exterior, mar de vivencias felices, falleció en la capital del Caribe colombiano, el 11 de agosto de 1960. Si tuviéramos que escoger un epitafio, que resumiera su agitada existencia, no dudaríamos para extraerlo de sus propios versos. Qué tal aquellos que descubrimos en, Elegía del viejo marino.

El único paisaje que no ha muerto

en tus cansados ojos es el mar...
O, tal vez éstos, que hallamos en La voz del mar al poeta:

Tú que seguro de la mar un día

adiós dijiste a la nativa tierra.
Ahora, mientras disfrutamos su poesía bella y sentenciosa, frente al mar Caribe que tanto le inspiró, viene a la memoria el inmortal texto hindú: “He olvidado la palabra que iba a decir y mi pensamiento incorpóreo ha volado al reino de los sueños”. 

1ZAPATA OLIVELLA, Manuel. Un poeta de la nostalgia marinera. En: Suplemento Dominical Diario del Caribe. Barranquilla, 1984.

2GIL JARAMILLO, Lino. El mar en la poesía colombiana. En: Magazín Dominical de El Espectador. Bogotá. (21, Dic, 1970).

Octubre 2001 Vol. 1 No. 3


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