Novecentismo o generación del 14. Características de la novela y el ensayo. La poesía: Juan Ramón Jiménez






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fecha de publicación05.09.2015
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Lengua y Literatura II. 2º Bachillerato. Tema 11: La generación del 14 y el novecentismo


TEMA 11.

Novecentismo o generación del 14. Características de la novela y el ensayo. La poesía: Juan Ramón Jiménez
Varios acontecimientos políticos van a protagonizar las primeras décadas del siglo. En Europa, la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa; en España, el final de la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera y el advenimiento de la Segunda República. Se vive también un periodo de efervescencia cultural y artística que se manifestará en los movimientos de renovación llamados vanguardias, que inauguran una nueva forma de entender el arte: ruptura radical, originalidad y deshumanización.



  1. El novecentismo o generación del 14: definición y características



El novecentismo es un movimiento estético, artístico y literario, extendido a otros ámbitos de la cultura, que se asocia genéricamente a las vanguardias de comienzos del siglo XX. El grupo de autores que se vinculan a esta tendencia alcanza su máximo esplendor a partir del año 1914, de ahí el término generación del 14, que también se les aplica.1 Se trata de autores nacidos en los años 80 del s. XIX, que buscan reafirmar lo propio del nuevo siglo rechazando lo característico del anterior: romanticismo, realismo e incluso el modernismo. Guillermo Díaz Plaja lo define como «lo que ya no es ni modernismo ni noventayochismo y no es todavía vanguardia -de difícil delimitación- y confluirá en la generación del 27»
Lo que caracteriza a los autores novecentistas es, en primer lugar, el gusto por un arte racional, riguroso y analítico. Desprecian, por tanto, todo lo que recuerde los excesos románticos, incluidas las nostalgias noventayochistas o el exceso de fantasía modernista. Defienden el arte puro, que Ortega llamará “deshumanizado”, desprovisto de sentimentalismo, autónomo, válido por sí mismo. Un arte que será además minoritario, dirigido a una élite que lo comprende y disfruta, lejos del arte para el gran público que fueron el romántico y el realista. Poseen un estilo cuidado, elegante, que aspira a la “obra bien hecha”, con un lenguaje pulcro y riguroso, sin dejar por ello de ser brillante. Precisando un poco más, podemos aplicarle los siguientes rasgos:
El arte ha de ser imaginativo y debe romper con las visiones apegadas a la realidad (rechazo del realismo). Es importante en ese sentido el papel del humor y la renovación de los géneros con nuevas técnicas: en la novela pierde importancia el argumento y tiende a la digresión o al lirismo; la poesía pretende ser creación absoluta, alejada de lo anecdótico. Todo ello contribuye a crear una literatura “para minorías”, con una actitud elitista. Dicho “elitismo” se compagina con una intención vanguardista en lo estético, pero también en lo intelectual y lo social2.
El hecho artístico se plantea desde una postura intelectual. Se huye de lo sentimental (de ahí el rechazo a la estética romántica y modernista). En el devenir pendular de la historia de la cultura esta época significaría un retorno a los clásicos greco-romanos, a sus formas y a sus temas.

Escapan de los aspectos más nacionalistas de la cultura: se aborda el tema de España con un interés desprovisto de patriotismo o exaltación. Los componentes de esta generación son conscientes del papel político que debe desempeñar la intelectualidad, tanto en la investigación de la realidad del país como en la defensa del avance liberal, pero creen que la creación artística debe desdramatizar su reflexión, y esto lo consiguen mediante una elegante prosa y el recurso del humor, que logra revertir el pesimismo noventayochista. Es el suyo un talante cosmopolita y europeísta. Así, frente al ruralismo de la generación de 1898 (que buscaba en el paisaje y el paisanaje, especialmente el de Castilla, la esencia de lo español), la atención se vuelve hacia la ciudad y los valores urbanos (civiles y civilizadores).
Resulta muy significativo el discurso de Ortega en el Teatro de la Comedia, en marzo de 1914, a modo de presentación de la nueva generación, que se define sin ambiciones personales, austera, privada de maestros hispánicos, nacida de la reflexión de 1898 pero sin concesiones a los tópicos del patriotismo. Ortega sostiene que hay que emprender una cultura biológica, con sentido deportivo y festivo de la vida.
Otros rasgos destacables de la concepción novecentista de la literatura son pulcritud, distanciamiento, equilibrio, «deshumanización» (Ortega), búsqueda del «arte puro», del arte por el arte, de la poesía pura y de la autonomía de la obra artística. Así mismo interesan a los escritores el orden, la perfección y la belleza. Por eso afrontan la renovación del lenguaje. El artista ha de huir de lo vulgar, de lo fácil y de lo monótono; ha de romper con las formas tradicionales.
El género más abundante y cultivado es el ensayo, vehículo de sus ideas, que se extiende a los otros géneros (se diluyen las fronteras genéricas y la novela se hace ensayística, como en “Belarmino y Apolonio”, de Ramón Pérez de Ayala).

  1. La novela y el ensayo novecentistas




    1. La novela

Los novelistas del 14 tienen en común el deseo de renovar el género aportando, con diferentes estrategias narrativas, una concepción distinta de la novela que, según Ortega, era un género condenado a morir.

Hemos de mencionar a Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) (aunque es objeto de otro tema), prolífico autor que introdujo el espíritu vanguardista y trasgresor en nuestro país. “El caballero del hongo gris” y “Automoribundia” quizá sean sus novelas más citadas. Por su parte, Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), no tan innovador, publicó unas cuarenta novelas y libros de relatos, caracterizados por un fino humor irónico a veces cercano a lo fantástico y con elementos simbólicos e incluso un profundo lirismo. “Volvoreta” y “El bosque animado” son sus títulos más conocidos.

Gabriel Miró (1879-1930) cultivó en “Nuestro padre San Damián” o “El obispo leproso”, que transcurren en Oleza (trasunto de Orihuela), lo que se llamó novela lírica: obras en las que la trama cede terreno a una elaborada descripción de ambientes y a un exquisito tratamiento de la psicología de los personajes. Miró recuerda el modernismo en su vertiente decadentista y entronca con la novela lírica de Azorín. Se puede destacar su excepcional capacidad para captar sensaciones, por la que Dámaso Alonso lo denominó “gran poeta en prosa”.

Cabe destacar a Ramón Pérez de Ayala (1880-1962)
Nacido en Oviedo, ciudad donde estudió Derecho y fue discípulo de Leopoldo Alas 'Clarín'. Realizó estudios en Inglaterra, Alemania e Italia. Durante la I Guerra Mundial fue corresponsal en Buenos Aires. En 1928 ingresó en la Real Academia Española. Estuvo vinculado con José Ortega y Gasset y con Gregorio Marañón a través de la Agrupación al servicio de la República, de la que fue embajador en Londres. Al estallar la guerra civil emigró a Buenos Aires, donde permaneció hasta 1954.
Periodista y escritor de poesía, novela, ensayo y crítica, en su obra de ficción se reconocen dos etapas:

En la primera, correspondiente a su época juvenil, aparece como un escritor realista con una visión pesimista de la vida, que se trasluce a través de una sutil ironía. Pertenecen a esta etapa una serie de novelas en parte autobiográficas (el protagonista, Alberto Díaz de Guzmán, es el alter ego del autor) como Tinieblas en las cumbres (1907), historia cruda de libertinaje, publicada con el pseudónimo de Plotino Cuevas; La pata de la raposa (1911), segunda parte de la anterior, análisis del amor puro y sensual; A. M. D. G. (1910), que causó cierto escándalo por su descripción de un internado administrado por jesuitas, y Troteras y danzaderas (1913), descripción de la vida bohemia de Madrid. En estas novelas se realizan algunos experimentos narrativos, como la alternancia de puntos de vista en contrapunto.

De transición pueden considerarse las novelas cortas Prometeo, Luz de domingo, La caída de los limones y El ombligo del mundo, donde se encuentra una visión muy negra y sórdida de la brutalidad y violencia caciquista de la vida rural.

Con Belarmino y Apolonio (1921) empieza su segunda etapa, donde abandona el realismo en favor del simbolismo caricaturesco y la novela se acerca al ensayo. En ella analiza el tema de la duda trascendental en un alma profundamente religiosa. Pertenecen también a esta etapa Luna de miel, luna de hiel (1923) y su segunda parte, Los trabajos de Urbano y Simona (1923). Se trata de la historia de dos jóvenes educados tan estrictamente que no saben qué es el sexo. Tigre Juan (1926) es considerada como la mejor novela de Pérez de Ayala, y refleja la evolución de un hombre extremadamente machista. La segunda parte, El curandero de su honra, constituye un sutilísimo examen psicológico del machismo, que coloca a Pérez de Ayala en la cima de la narrativa psicológica en castellano.

El estilo de Ramón Pérez de Ayala se caracteriza por la ironía y un lenguaje donde abundan las alusiones, las citas encubiertas y la intertextualidad, así como, ocasionalmente, las técnicas degradantes del esperpento. También se sirve del perspectivismo y el contrapunto. Su afán innovador dio lugar a la llamada novela intelectual donde la acción no es lo más importante, sino los diálogos y las ideas que en ellos se defienden, así como el carácter alegórico de sus personajes.

Pérez de Ayala cierra pronto su obra narrativa. Publica sus novelas entre 1907 («Tinieblas en las cumbres») y 1929 («La revolución sentimental»), y se retira del género con esta última. A partir de entonces se dedica a asuntos públicos, a la política y a la diplomacia, y escribe preferentemente ensayos: género que se adecuaba mejor a su estilo pulido, artificioso, irónico, arcaizante, levemente humorístico, que se burla de sí mismo, que el género narrativo, muchas veces interrumpido por largos excursos o digresiones, a modo de expresiones ensayísticas intercaladas, que unas veces dispersan y otras detienen la acción. Como ensayista, Pérez de Ayala se manifiesta como uno de los escritores españoles más cultos de su tiempo.

3.2. El ensayo. Ortega y Gasset
Es el género por excelencia. Además del propio Pérez de Ayala, Eugenio D’Ors, Manuel Azaña, Rafael Cansinos-Assens, Américo Castro, Salvador de Madariaga o Gregorio Marañón son algunos de los ensayistas destacados.
Eugenio D’Ors (1881-1954) se formó en los ambientes literarios modernistas, pero más adelante rechazó el individualismo y el sentimentalismo propios de la estética modernista, y la esterilidad del tradicionalismo catalanista, anclado en un mundo rural y folclórico. Para la renovación de la sociedad propuso un proyecto esencialmente educativo que denominó noucentisme, “novecentismo” en castellano. En sus “glosas”, artículos breves e ingeniosos, vertió su pensamiento sobre arte, política y filosofía.

Manuel Azaña (1880-1940), político y escritor español, fue un escritor sobrio, sagaz, dado a la polémica intelectual y a la crítica fría, precisa, a menudo irónica y desdeñosa. Destacan sus estudios sobre Juan Valera y sus ensayos críticos (Los gitanos en España, Plumas y palabras).

Pero se considera a Ortega y Gasset (1883-1955) como “guía” indiscutible del grupo (“generación de Ortega”, se llegó a llamar). Es, a la vez, la máxima figura de la filosofía española del siglo XX y un espectador agudo de la vida, las artes y la cultura. Literariamente destaca por su estilo claro y elegante, en el que las metáforas y los símiles, manejados con maestría, hacen más plástica la idea. Desde el punto de vista filosófico, se opuso al irracionalismo imperante; sus teorías se sitúan entre el racionalismo y el vitalismo. Ensayos como “Meditaciones del Quijote”, donde habla de los géneros literarios, “La rebelión de las masas”, análisis sociológico de la realidad de su época, o “La España invertebrada”, donde encontramos su teoría de las fuerzas centrífugas y centrípetas al tratar sobre el problema de los nacionalismos, le dieron pronto fama, pero es “La deshumanización del arte” su obra sobre estética más importante. En ella describe el arte joven como un arte deliberadamente difícil, creador y no imitador, artístico en oposición a sentimental, deshumanizado frente al anterior arte naturalista: las características que él vio con lucidez en el arte de vanguardia. El arte moderno, nos dice, «no solo es impopular, sino que es también antipopular, siempre tendrá a las masas en contra». El arte moderno divide al público entre la minoría que lo entiende y una mayoría incapacitada que prefiere el arte puramente referencial del XIX, según Ortega, un planteamiento que lo vincula con el poeta de la generación, del que hablaremos a continuación.


3.1. La poesía: Juan Ramón Jiménez

El Modernismo simbolista, al que pertenecen los primeros libros de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881 – San Juan, Puerto Rico, 1958), se considera agotado a partir de 1915, aunque algunos poetas, los posmodernistas, sigan esta corriente varios años más. Le sucede el novecentismo, que en la lírica estará representado por la poesía pura de Juan Ramón, figura fundamental de este periodo en la que convergen todas las tendencias y cuyo magisterio fue indudable para poetas posteriores.



Aspectos biográficos destacables son su formación con los jesuitas en Puerto de Santa María, su atracción por la pintura y la poesía, contra la voluntad de sus padres, que lo habían enviado a Sevilla para estudiar Derecho; la muerte de su padre, que le ocasionó trastornos nerviosos por los que hubo de permanecer internado en un sanatorio en Francia, donde tomó contacto con los simbolistas franceses; sus estancias en Moguer, durante su recuperación, y en Madrid, en la Residencia de Estudiantes. Fundamentales en su vida y en su obra fueron su matrimonio con Zenobia Camprubí Aymar y el viaje en barco a Nueva York, donde se casaron, en 1916. El contacto del poeta con el mar le inspiró una de sus obras clave y, el apoyo incondicional de su esposa le permitió aislarse del mundo y encerrarse en “la Obra”, como él la llamaba.

Juan Ramón tuvo que exiliarse por sus ideas republicanas. Vivió en Cuba, Miami y Washington, y fijó su residencia en Puerto Rico en 1951. Zenobia murió en 1956, pocos días antes de que al poeta se le concediera en Nobel de Literatura, que premiaba “el ejemplo de alta espiritualidad y de pureza artística” que había sido.

Su obra poética



Juan Ramón sobresale como prosista en libros como Españoles de tres mundos (1942), colección de breves apuntes sobre la vida y la obra de algunos escritores, y en Platero y yo, elegía poética en prosa, pero es en la poesía donde encontramos sus mayores logros. Vivía consagrado por entero a su obra poética, despegado de la vida pública, encastillado en su “torre de marfil”, recluido en sus obsesiones personales, su hipocondría, su morboso temor a la muerte. Su costumbre de corregir, suprimir y reordenar su inmensa producción poética demuestra hasta qué punto le preocupaba cómo iba a leerse su obra, que es un caso acabado de poesía minoritaria, de dificultad creciente.
Para él la poesía es belleza, un modo de conocimiento, de inteligencia, de penetración en la esencia de las cosas y, finalmente, es expresión de un ansia de eternidad; de ahí su obsesión por la fugacidad de las cosas y su especial idea de Dios, a quien identifica con la Naturaleza, con la belleza absoluta, o con la propia conciencia creadora. Veamos las etapas en que se suele dividir su producción3:


  • Etapa sensitiva:


Los primeros libros (1903-1907)
La lectura de unos poemas de Rubén Darío alentó sus tendencias renovadoras, y los poetas románticos – Bécquer, Byron, Heine – cargaron sus versos de una melancolía muy acorde con sus aprensiones y temores. Llamado a Madrid en el año 1900 por Rubén y Villaespesa para apoyar el Modernismo, allí viajó con el manuscrito de su libro Nubes. Aconsejado por Rubén y Valle-Inclán, dividió la obra en dos volúmenes: Ninfeas y Almas de violeta, cuyo sentimentalismo adolescente le movió a repudiarlos en años posteriores. Después de estos libros de aprendizaje, toda su producción es una búsqueda incansable del absoluto a través de la poesía. Ya en Rimas de sombra (1902) se atenúa el tono exaltado inicial. Sus temas son la nostalgia, la persecución de algo misterioso y la presencia de la muerte, y conectan con el clima de esteticismo y decadentismo de la época.
En 1903 publicó Arias tristes, y de este periodo son también Jardines lejanos y Pastorales, donde pese a la melancolía y el cromatismo, los metros sencillos (octosílabos, romances) y el lenguaje sobrio alejan a esta poesía del modernismo ornamental; se trata más bien de un intimismo simbolista con influencia de Bécquer, el Romancero y poetas catalanes y gallegos. Ensaya nuevas formas métricas e introduce elementos orientales (Las hojas verdes, 1905).

  • Los ropajes del Modernismo (1908-1915)


A partir de 1908 (Elejías)4 y hasta 1915 (La soledad sonora, Melancolía, Laberinto, Poemas májicos y dolientes…), se produce en su poesía un enriquecimiento de la métrica – alejandrinos, endecasílabos – una vigorización de los sentimientos y una variación en los colores, con uso destacable de la sinestesia; son los ropajes del Modernismo, como él los llamará, aunque su lenguaje es más intimista y depurado, con lo que adelanta la desnudez que caracterizará la siguiente etapa.
Están presentes en sus versos el amor, la tristeza y la nostalgia. Le inquieta la fugacidad de lo vivo y reflexiona sobre el tema de su propia muerte.


  • Etapa intelectual: hacia la poesía “desnuda” (1916-1936)


Tras Estío (1916) y Sonetos espirituales (1917), que auguraban el cambio de orientación poética, se inicia esta nueva etapa con Diario de un poeta recién casado (1917), escrito durante su viaje en barco a Nueva York y más tarde titulado Diario de poeta y mar. El océano y su boda con Zenobia representaron una experiencia extraordinaria que cuajó en esta obra fundamental que marca la transición a una nueva época. En este libro, influido por la poesía pura del francés Paul Valéry, Juan Ramón abandona el léxico brillante, la adjetivación sensorial y los ritmos sonoros, propios del modernismo, que dejan paso a una expresión más escueta, caracterizada por la concentración conceptual: como él mismo afirma, necesita encontrar “el nombre exacto de las cosas”. Utiliza el verso libre o alguna asonancia en poemas breves y, a veces, el poema en prosa: “El verso libre vino con el oleaje, con el no sentirse firme, bien asentado”, dijo el poeta. El mar descrito en el libro, un mar siempre cambiante, se convierte en el reflejo del poeta que inicia su andadura de adulto, su madurez afectiva.
Otros libros importantes de esta etapa de poesía desnuda son Eternidades (1918), donde manifiesta su desacuerdo con toda su poesía anterior, que consideraba demasiado ornamental, Piedra y cielo (1919), Poesía (1923) y Belleza, del mismo año, en los que continúa el proceso de interiorización y depuración. Apunta ahora a la realidad profunda o escondida de las cosas o a los enigmas de su alma y del mundo. Esta etapa se corona con un libro publicado en 1946, La estación total. Su título alude a lo que es ya la obsesión dominante del poeta: el anhelo de abolir el tiempo y de llegar a una posesión total de la belleza, de la realidad y del propio ser. En suma, ansia de eternidad: “Sólo en lo eterno podría / yo realizar esta ansia / de la belleza completa”.


  • Etapa suficiente o verdadera (1936-1958)


El proceso de abstracción se intensifica en sus últimos libros: En el otro costado (1936-1942), que contiene el poema en prosa “Espacio”, Romances de Coral Gables (1948), centrado en el dolor de la soledad, y Dios deseado y deseante (1948-1949), poemario traspasado por un extraño misticismo “neoplatónico” donde ese “dios” se identifica con la naturaleza, con la belleza o con la propia conciencia creadora. Utiliza el verso libre y un lenguaje conceptual, profundo y oscuro. Crece, pues, en estos libros escritos en el exilio, la intensidad y la profundidad en el camino del conocimiento y la aspiración al absoluto.
Se considera a Juan Ramón Jiménez el mayor renovador de la lírica española del siglo XX, ya que facilitó la aparición de las vanguardias y de la Generación del 27 al acercar a España la obra de los poetas extranjeros más innovadores (T. S. Eliot, Paul Valery, etc.). Pero su concepto elitista e íntimo de la poesía, dirigida “a la inmensa minoría”, le atrajo la crítica y el distanciamiento de autores más comprometidos con lo humano, como Pablo Neruda, que abogaron posteriormente por la “rehumanización” del arte.
En definitiva, el inclasificable Juan Ramón se convierte en el escritor destacado de una generación sin otras figuras de primer orden, por lo que el novecentismo se puede considerar como un movimiento inaugural del siglo XX con más brillo por su esfuerzo teórico que por sus frutos literarios. A caballo entre el 98 y el 27, un poco oscurecido por ambos, sentó las bases de lo que será nuestra época contemporánea.

1El uso de ambas etiquetas (novecentismo y generación de 1914) no es totalmente intercambiable, puesto que el término novecentismo fue acuñado en catalán por Eugenio D'Ors (noucentisme), con un propósito más restringido al ámbito catalán. G. Díaz Plaja lo adaptó al castellano. Digamos que “novecentismo” alude al movimiento de renovación que aboga por un arte intelectual y minoritario, entre otros rasgos, mientras con el término “generación del 14” nos referimos a una serie de pensadores y literatos que coincidieron con estos planteamientos estéticos en el ámbito nacional.


2La preocupación por las minorías se dio también en Europa: tendencias similares en Francia, Inglaterra, Alemania e Italia se hacen eco de la ascensión de las élites intelectuales juveniles al poder y la denuncia de la "literatura caduca".

3Para estudiar su trayectoria poética es importante conocer su poema “Vino, primero, pura” del libro Eternidades. En él el propio poeta resume la evolución de su obra hasta ese momento.


4 Recordemos la peculiar ortografía de J. R. Jiménez, una ortografía fonética que igualaba las grafías j/g o s/x en algunos casos. Con ello pretendía eliminar lo superfluo en su obra.


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