La escritura de ana rossetti






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José Jurado Morales

(editor)


LA POESÍA IBA EN SERIO.

LA ESCRITURA DE ANA ROSSETTI

VISOR LIBROS

ÍNDICE

José Jurado Morales
Ana Rossetti de ayer a hoy, con Gil de Biedma al fondo ………………… 9

Ana Rossetti
Apertura del III Seminario de Literatura Actual………………………… 21

Marina Bianchi
La poética independiente de Ana Rossetti……………………………….. 25

Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier
«EL NOMBRE DE LA ROSA» (pequeña divagación sobre magia y poesía a propósito de Ana Rossetti)…………………………………………………………….. 69

María Payeras Grau
Cuerpo y transgresión: Ana Rossetti en el contexto de la poesía femenina contemporánea……………………………………………………………… 111

Blas Sánchez Dueñas
De Venus a Eros. Ana Rossetti: renovación y ruptura lírica con las poetas del 50 ……………………………………………………………………………….. 143

Jennifer Heacock-Renaud
El potencial queer de la androginia en la poesía de Ana Rossetti………… 167

Tina Escaja
Ludismo y culto al miedo en el Devocionario de Ana Rossetti…………… 189

Antonia Víñez Sánchez
El viaje de Isolda …………………………………………………………….. 211


«EL NOMBRE DE LA ROSA» (Pequeña divagación sobre magia y poesía a propósito de Ana Rossetti)
Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier

Universidad de Cádiz



  1. CAMPO DE BATALLA (DE RECEPCIÓN, GÉNEROS Y VIDAS PELIGROSAS)


Cuando estamos casi a finales de 2012, podemos decir que Ana Rossetti lleva treinta años instalada en el canon de la poesía española y que a día de hoy parece haber sobrevivido muy dignamente a su con­dición de mito. Cuando Rossetti se dio a conocer, en 1980, a raíz de la concesión del Premio Gules de Poesía a su libro Los devaneos de Erato, con ella empezó un fenómeno característico de la Democracia: la incorporación al panorama literario de una poderosa corriente de escritura femenina. El fenómeno se hizo rápidamente visible, pues no habían pasado cinco años cuando Ramón Buenaventura publica en Hiperión su antología Las Diosas Blancas (1985). Muy poco después vinieron Litoral femenino (1986), Conversaciones y poemas de Sharon K. Ugalde (1991), Ellas tienen la palabra (1997) de Noni Benegas y Chus Munárriz, Mujeres de carne y verso de Manuel Francisco Reina (2001), el tomo IV de la serie Poetisas españolas de Luzmaría Jiménez Faro (2002), Ilimitada voz de José María Balcells (2003), o, más recientemente, El poder del cuerpo (2009), de Meri Torras1.

Con todo, más allá del circuito (y mercado) de la discriminación positiva, el impacto real del «boom» femenino queda bastante relativizado si comparamos los porcentajes de hombres y mujeres incluidos en las antologías de poesía actual no marcadas por el género, hechas generalmente por hombres e integradas en su mayor parte por poetas masculinos. Este estudio (anticipado por Luzmaría Jiménez Faro) lo llevó a cabo María Rosal en su tesis doctoral, publicada bajo el título Con voz propia. Estudio y antología comentada de la poesía escrita por mujeres (1970-2005) (2006). A partir de un corpus que incluía no sólo antologías sino también los libros de texto de la Enseñanza Secundaria y del Bachillerato, Rosal mostraba un panorama donde la presencia femenina era (y sigue siendo) escasa.

Pese a ello, Ana Rossetti es una de las pocas autoras con presencia efectiva en los panoramas literarios generales, y así nos la encontramos en antologías como Treinta años de poesía española de José Luis García Martín (1996), Los poetas tranquilos de Germán Yankee (1996), La nueva poesía (1975-1992) de Miguel García Posada (1996), la antolo­gía consultada de la poesía española que, dirigida por José-Carlos Mainer, saca Visor en 1998 con el título de El último tercio del siglo (1968- 1998), la selección de Poesía española reciente (1980-2000) de Juan Cano Ballesta (2001), o Metalingüísticos y sentimentales. Antología de la poesía española (1966-2000) (2007), de Marta Sanz Pastor (por citar sólo algunas de las más conocidas)2.

En la recepción de la poesía de Ana Rossetti se ha valorado su mezcla de erotismo, seducción, transgresión, culturalismo refinado y espi­nal lúdico, irónico, teatral y posmoderno. Se la considera como una de las alma mater de una potente poesía neo-erótica que da voz al deseo femenino y al deseo homo y bisexual, lo que la proyecta sobre la línea feminista y de género, y sobre la línea de la teoría «queer». Esta doble subversión bastaría para explicar el lugar que ocupa Rossetti en nuestra lírica actual, un lugar fronterizo entre las estribaciones de los novísimos de los años 70 y los poetas de la experiencia, sentimentales y figurativos de los años 80.

Con más precisión, Rossetti pertenece a lo que se denomina segunda promoción de la Transición: son los nacidos entre 1945 y 1954, bajo el signo de las explosiones atómicas y el fin de la II Guerra Mundial, que llegan a la universidad a mediados de los 60, participan en el ambiente contestatario y, en algunos casos, toman parte en la contracultura posterior a la muerte de Franco. Germán Labrador Méndez sintetiza perfectamente las coordenadas que definen a esta promoción:
Sus disidentes, marcados en muchos casos por la experiencia psicodélica, toman parte en la cultura de tintes libertarios que se genera des­pués de la muerte de Franco, en el entendimiento de que el proceso transicional no satisfacía las expectativas de cambio que les habían movilizado en la década anterior. Ese sector, entre 1974-1977, se des­plazará de actitudes políticas a una postura de tipo bohemio, abando­nando el lastre conceptual y teórico del antifranquismo en favor de tendencia vitalistas, hedonistas y antiautoritarias. A ella pertenecen las «pre-movidas», primero barcelonesa y posteriormente madrileña, que hacen de puentes entre esta generación y la siguiente3.
La obra primera de Ana Rossetti se inscribe en el discurso de la revolución sexual del 68, dentro de un sector juvenil fuertemente influido por la contracultura americana hippy y la reivindicación del irracionalismo y malditismo de los románticos y los decadentistas. Los poemas de Los devaneos de Erato (1980), escritos entre 1974 y 1979, coinciden justo con lo que G. Labrador identifica con un tiempo en que la militancia orgánica de la primera promoción de la Transición (nacidos entre 1935-1944) deja paso a un vitalismo anarquizante que quiere hacer político el disfrute de los espacios de libertad consegui­dos. Los felices años 80 verán converger la euforia de la democracia y la ética de la subversión con un primer desencanto ideológico que será conmoción cuando las huestes de la «movida» sean diezmadas por la sobredosis, el sida y el suicidio. En este contexto hay que entender los libros de Rossetti que van de 1980 a 1988: Los devaneos... (1980), Dióscuros (1982), Indicios vehementes (Poesía 1974-1984) (1985), Devocionario: poesía íntima (1986) y Yesterday (1988). En ellos cul­mina un juego de identidades teatrales construidas en los límites entre la ética del exceso y la ambigüedad, el malditismo elegante y un glamouroso encanallamiento nocturno (compartido este por los poetas de la «nueva sentimentalidad»).

Ahora bien, a lo largo de los 80 el mundo de Ana Rossetti se va transformando: el ludismo de Los devaneos... va a dar en la sombría fascinación de la muerte en los Indicios...·, la malicia irónica se va deshaciendo en el tedio y la melancolía de Yesterday. A finales de la década, a la vez que explora el cauce expresivo del verso libre, su lenguaje se va haciendo más elegiaco (Quinteto, 1989; Apuntes de ciudades, 1990), más dramático [El secreto enamorado, 1993; Virgo potens, 1994), más decididamente intimista y urgidamente pasio­nal (Punto umbrío, 1995). Tras apurar los teatros del deseo, su dardo parece atravesar la máscara para entregarse a la autodilucidación: la propia condición impar y disonante (La nota del blues, 1996; Simparidades, 2004), la sublimación del deseo en la palabra poética (Llenar tu nombre, 2008). A partir de aquí se inicia lo que parece un giro hacia una nueva dimensión de compromiso: sin prescindir de su pulso imaginativo, de su íntima necesidad de belleza, de la reflexión sobre la función de la escritura, El mapa de la espera (2008, 2010) es poesía para acunar la nostalgia y mante­ner la esperanza del exiliado, en general, y en particular del pueblo saharaui4. El más reciente proyecto de la autora, comentado en este seminario por José Jurado Morales, lleva el título provisional de Geografía de las lágrimas» y tiene que ver con el dolor del mundo y su denuncia5. Lo que hasta ahora conocemos de él son tres poe­mas publicados en una edición de la Fundación Juan March: «Sunt lacrimae rerurrn, «Ciudad profanada» y «Ciudad prometida»6.

Si bien algunos sectores de la crítica siguen empeñados en fijar la obra de Rossetti en su primer vector de erotismo libertino y libertario, la autora se ha resistido desde el principio al encasillamiento, conven­cida de que cualquier etiqueta —profana o religiosa— es una trampa7, y hastiada de los excesos de lecturas más o menos delirantes que no parecen tener en cuenta lo que en su trayectoria hay de búsqueda, de cambio, de evolución. Desde que un inesperado azar la introdujese en el mundo literario, Rossetti ha sido una poeta muy autoconsciente y cuidadosa, tanto de lo que publica como de la imagen que de sí misma ha querido proyectar al elegir a los prologuistas de sus libros. En este sentido encuentro muy revelador el estudio que antepone Paul M. Viejo a la edición de la poesía reunida en La Ordenación (Retrospectiva 1980-2004)8. En él, Paul Viejo insiste en que la poesía de Rossetti está hecha a base de superponer elementos de diferentes niveles que coe­xisten en el poema y que deben permanecer así, coexistiendo, interaccionando sin anularse, como sucede con las veladuras en un cuadro: distintas capas de pintura que forman juntas el cuadro total. Las vela­duras sucesivas son, en Rossetti, una mezcla de anécdotas personales y vivencias puntuales que luego son diluidas en un escenario de ficción en el que convergen elementos de distintas mitologías e imaginarios: el grecolatino, el católico, el romántico, el decadentista, el pop, las canciones emblemáticas de una época, las biografías de personajes geniales, extravagantes y malditos... Con estos elementos heterogé­neos el sujeto poético, enmascarado, establece relaciones variables de distancia y proximidad, de reverencia y parodia, de adoración y burla, de ternura o de sarcasmo. Todo ello, dentro de un constante proceso de autoexploración y reinvención a partir de la memoria.

Tengo la impresión de que detrás de este prólogo hay una Ana Ros­setti que intenta reconducir a la crítica más allá de los clichés al uso en un momento que es de cambio esencial, porque los alegres años de la movida quedaron lejos, los del monopolio de la poesía de la experien­cia pasaron también9, y ahora se anuncia el reino de lo que, tomando el título de una antología donde no está (pero pudiera haber estado) Ana Rossetti, son Las ínsulas extrañas (2002)10. Con este verso extra­ído del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz se autodefine la poe­sía que tiende el arco de su deseo más allá de lo visible, más allá de lo terreno, más allá de lo real. Este mismo sintagma, «ínsulas extrañas», comparecerá en uno de los más recientes poemas de Rossetti, «Intui­ciones». Pero a este poema llegaremos luego.


  1. DIVINO EROS (CAMINO DE PERFECCIÓN)


A la hora de abordar la obra rossettiana es necesario ahondar en el concepto de erotismo que unifica toda su producción, que se revela más amplio que los significados que nuestra lengua (nuestra cultura) da a la palabra. En efecto, todos los diccionarios al uso, empezando por el de la Real Academia11, circunscriben el erotismo a aquello que excita, representa o exalta el amor sensual, físico, sexual, un sexo que nuestra sociedad postcapitalista ha reducido a efímero placer de los sentidos, a objeto de consumo banalizado. En la transición la primera poesía de Rossetti se leyó como gozosa ruptura de los tabúes sexuales de un país largamente aprisionado en el nacionalcatolicismo: de ahí el éxito fulminante de una propuesta tan traviesa, desinhibida y provocativa como Los devaneos de Erato, cuyos poemas surgieron a partir de juegos epistolares entre amigos con un sentido de broma cómplice en plena época del destape. A partir de aquí, con una conciencia nueva de «escritora», la autora va a dar forma a un intenso despliegue de sensualidad, que es en ella la vía de la emoción estética y el (auto)conocimiento.

Dióscuros y Devocionario desarrollan, más aún que Los devaneos de Erato, una incursión en una sensibilidad donde se agudizan los extre­mos de placer y dolor, amor y muerte, en sintonía con un acerca­miento del yo poético a la sensibilidad de una pubertad y una infancia marcadas por el imaginario católico, con su sensualidad, su drama y su liturgia. El objeto del deseo es algo que arrebata pero también excede el cuerpo, y el afán de fusión y posesión va más allá del placer, con una intensidad que no cuesta definir como dionisíaca. No hay que olvidar la vigencia, en los ambientes sesentayochistas, de pensadores como F.Nietzsche, G. Bataille o G. Deleuze. De amor y muerte le hablaba Ana Rossetti a Emilio Coco en una magnífica entrevista de 1986: de cómo el amor místico, incomprensible, se convierte para ella desde los años del colegio en paradigma amoroso insuperable; de la obsesión por la muerte, erigida en experiencia límite; de la atracción por los relatos sangrientos de los mártires y la fascinación por Lucifer, el ángel más hermoso y letal, el más irresistible:
Las primeras noticias de las palabras de amor, yo las tuve a través del devocionario, porque en todas las plegarias de antes y después de la comunión, en todos los himnos, yo adivinaba un amor superior a cualquier otro de cualquier literatura. Yo no he visto decir a ningún amante, ni a ningún novio, palabras tan encendidas, tan ardientes, como las que se pueden decir a Jesús. Yo he leído mucha poesía amo­rosa pero no hasta tal punto es desgarrada, no hasta tal punto es mara­villosa como la poesía rozando a lo místico. Es que un amor cuando está en abstracto, cuando es a un ser que tú en realidad no tienes, ese amor te dura siempre, ese amor está arraigado en ti y no te lo puedes quitar, es como un cáncer que se va apoderando de ti. Una pasión te la puedes desgarrar, la puedes destrozar y la puedes terminar, pero sin embargo eso es como lo de San Juan de la Cruz, una llama de amor viva. Y eso a mí me desespera mucho, porque yo no sé rezar en abs­tracto, no sé sentir en abstracto. [...]12
En entrevista publicada en Ínsula, Rossetti le explicaba a Antonio Núñez la intensidad con que había vivido en la infancia el rito cató­lico y su propia condición dionisíaca: «Yo veo a Dios como algo dionisíaco, accedo a la espiritualidad a través de los sentidos»13. Por aque­llas fechas la suya no era ya (hacía mucho tiempo que había dejado de ser) una religiosidad ortodoxa, sino un gesto imaginario y cultural de búsqueda de infinito trasvasada a la poesía.

En un texto relativamente reciente, publicado en 2006, Rossetti da una definición del «deseo» mucho más amplia y trascendente, que es la que explica su evolución y también la unidad última de su quehacer:
la palabra «deseo», que no hay que confundir con «concupiscencia», tiene una raíz religiosa. Viene de desiderium, es decir, de mirar a las estrellas, el espacio sideral, para descifrar sus mensajes. Era lo que hacían los augures, las hechiceras... los Reyes Magos: desiderare, escru­tar el cielo esperando la señal14.
Esta concepción se adentra en el terreno de las viejas cosmogonías, del platonismo y neoplatonismo, de la mística, de los saberes herméticos y de la teosofía. En última instancia, bajo el erotismo se conden­san todas las pulsiones de vida y se convocan también sus contrarias, (odas las pulsiones de muerte. El lenguaje de Rossetti, como el de Rubén Darío, como el de Valle-Inclán, es esencialmente panerótico, y por ello, a la vez, regido por la necesidad de música y belleza. Para explicarlo podemos acudir a La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán, cuyos «ejercicios espirituales» ha efectuado Rossetti durante años15:
En todas las cosas duerme un poder de evocaciones eróticas. Algunas pare­cen despertarse apenas nos aproximamos, otras tardan en revelarse, otras aún no se revelaron, otras no se revelarán jamás. Pero si un día pudiésemos conocerlas íntegramente, las veríamos enlazarse en sucesión matemática y concretarse en un solo impulso de amor, como las entrañas de la tierra concretan en la claridad de los cristales el esfuerzo de miles de años. [...] Las almas estéticas hacen su camino de perfección por el amor de todo lo creado; limpias de egoísmo, alcanzan un reflejo de la mística luz, y como fuerzas elementales, imbuidas de una oscura conciencia cósmica, presienten en su ritmo, el ritmo del mundo. Adustas acaso para el amor humano, se redimen por el amor universal, y cada una es un pentáculo que sella la maravillosa diversidad del Todo. Aún se acuerdan del día genesiaco cuando salieron del limo, y sienten el impulso fraterno que enlaza las formas y las vidas en los números del sol. La luz es el verbo de toda belleza. Luz es amor16.
Para Valle-Inclán el camino de la belleza es un camino de perfección que conduce al núcleo amoroso del universo, que es sumo saber, piedra filosofal. No difieren demasiado las razones de Diotima en El banquete de Platón. Allí, el personaje de Sócrates explica cómo el ser humano, movido de su ansia de inmortalidad, busca huir de la muerte y perdurar en la memoria bien a través del amor físico heterosexual, que se perpe­túa en la progenie de la carne, bien a través del amor del alma, que busca la belleza y en ella engendra las obras de la sabiduría moral y demás vir­tudes que dan fama inmortal. El camino de aprendizaje, en palabras de Diotima reproducidas por Sócrates-Platón, es el siguiente:
He aquí, pues, el recto método de abordar las cuestiones eróticas o de ser conducido por otro: empezar por las cosas bellas de este mundo teniendo como fin esa belleza en cuestión, y valiéndose de ellas como de escalas, ir ascendiendo constantemente, yendo de un solo cuerpo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a las bellas ciencias, hasta terminar, partiendo de éstas, en esa ciencia de antes, que no es ciencia de otra cosa sino de la belleza absoluta, y llegar a conocer por último lo que es la belleza en sí17.
Luis Gil resume el planteamiento de Diotima estimando que el impulso erótico, en última instancia manifestación del deseo de inmortalidad, no tiene como función propia la de «deparar la felicidad del individuo en cuanto que tal, sino la de asegurar la perduración de la especie y del conocimiento. El hombre se siente feliz en el cumpli­miento de este fin (que es un agatbón, un bien en sí), trascendente a su singularidad existencial, y la belleza es algo “bueno”, en cuanto indi­cio de la posibilidad de la consecución de dicho fin»18. La totalidad del proceso se apoya en el instinto sexual para, a partir de aquí, «concen­trar su impulso en metas de creciente abstracción», de modo que «resulta evidente que el motor del conocimiento es la sublimación del impulso erótico»19 y su último fin, la contemplación, mística, de la belleza en sí20.

Si lo vamos a ver, la obra de Rossetti no sólo ha recorrido los caminos de la figuración erótica sino también los de las «normas de conducta»: hay en su producción un importante filón sapiencial que, diversificándose en la literatura infantil, y sin rehuir el humor (ya sea comicidad, ya ironía), culmina en gran medida en la singular ejemplaridad de los relatos de Una mano de santos (1997), la gnosis metapoética de Punto umbrío, La nota del Blues y Llenar tu nombre, la com-pasión que ilumina imaginativamente El mapa de la espera, el examen de conciencia al que invitan los tres poemas que parecen destinados a «Geografía de las lágrimas».

A poco que reflexionemos, resulta muy interesante el título que escogió Ana Rossetti para la edición de su poesía completa a la altura de 2004: la «Ordenación», con mayúsculas, no sólo implica una secuenciación cronológica sino también una concepción de la escritura como sendero iniciático, como ejercicio sacerdotal de consagración de la vida a través de la palabra poética.

Esta consagración supone, en Rossetti, un proceso de depuración, superación y transfiguración del «yo» que ofrece concomitancias, por ejemplo, con el de Antonio Machado y Ramón del Valle-Inclán (en lo que respecta a una asunción de los compromisos éticos del propio tiempo histórico), y también con el Juan Ramón de la «Conciencia» suprema en una poesía altamente metapoética y metafísica21. En general, lo que vemos en Rossetti se parece mucho a la evolución del simbolismo francés, que
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