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María Emilia López

Compiladora


Propuestas
Este nuevo volumen de la colección “Relecturas”, compilado por María Emilia López tiene la particularidad de aunar distintas voces abocadas al arte, la literatura, la experiencia compartida y la educación.

La revista “Punto de Partida” significó un aporte singular, serio y comprometido, dedicado a docentes, bibliotecarios, padres y lectores interesados en descubrir la palabra de creadores, teóricos, escritores consagrados y también experiencias inéditas. Su tiempo fue breve y es de lamentar que dejara de publicarse. Sin embargo, la propuesta de María Emilia López hizo resurgir en forma de libro, algunas de las notas publicadas en distintos números de la revista.

“Punto de Partida” aparece fragmentada en un volumen, donde quedaron afuera, muchas notas, entrevistas y experiencias, que por razones de espacio no están en este libro. Una cuidadosa selección logra que aparezcan las temáticas que fueron surgiendo en distintos números, durante los dos años que duró la publicación.

Para quienes cuentan con la colección completa, este libro significa un “recorte”, por así decirlo, de palabras, voces, dispuestas a ser nuevamente leídas, discutidas y propuestas para dialogar con el lector. Para aquellos que nunca accedieron a la revista, este libro aporta, como dice María Emilia López, en la Introducción, “un nuevo atajo, armando un nuevo objeto, preparándonos para recibir lectores nuevos”.

La variedad acumulada en este libro, posee la virtud de ofrecer distintas miradas acerca de la literatura y el arte. Laura Devetach, y su referente a la poesía; Yolanda Reyes, con respecto a la literatura en la vida de un lector; la narración vista a través de Juana La Rosa, la poesía de tradición oral, a cargo de la directora de esta colección; nuevamente la poesía, a cargo de Elena Stapich; Claudia Segretin propone una lectura con el cuerpo; una mirada de Mariano Medina acerca de la literatura infantil y juvenil relacionada con la dictadura.; un elogio a la lectura: por Guillermo Saavedra y la aventura de leer, por Gustavo Roldán. Cuentos, experiencias como “Un mundo de palabras”, de Marta Minatta; la fábrica de libros “Benteveo”, coordinada por Mirta Colángelo en Bahía Blanca y otras voces como las de María Inés Bogomolny, Valeria Heres y Sabrina Pizarro, Diana y Carina Tarnofky; entrevistas con Graciela Montes, Isol e Itsvan Schritter.

El recorrido propone aprendizaje, debate y nuevas propuestas. La selección de la compiladora permite al lector nuevas voces y voces reconocidas. Creemos que será un libro para todos los mediadores, con ganas de descubrir.
Susana Itzcovich

Introducción
Los oficios de los que leeremos este libro serán probablemente variados: docentes, escritores, ilustradores, especialistas en literatura infantil, psicopedagogos, psicólogos, padres o madres de niños, bibliotecarios, curiosos, libreros, artistas, investigadores, lectores polimorfos y quién sabe cuántos más. Un público heterogéneo pata un libro heterogéneo, hecho de múltiples voces. Un libro que surge a partir de la necesidad de aunar textos, experiencias y diálogos que a lo largo de dos años fueron nutriendo una publicación mensual destinada al nivel inicial: la revista “Punto de Partida”.

Cuando estaba dando forma a ese proyecto editorial, el arte se imponía ante mí como un motor insoslayable en la constitución del proyecto. La revista como un objeto estético, donde la palabra, la imagen, el cuerpo total de cada número interpelara al lector, lo conmoviera, lo inquietara, despertara su sensibilidad, lo acompañara. “Punto de Partida” como un acto creador que intentaba traspasar la frontera de lo puramente educativo para investigar otros territorios; acto creativo y acto poético en tanto cada lector pudiera componer algo de sí en la relación con la publicación. El objetivo era ambicioso, desafiante, trabajoso, y a veces parecía una quimera. Sin embargo, el tiempo nos devolvió otra cosa: un cúmulo de experiencias y transformaciones de las que los lectores fueron dando cuenta en diferentes intercambios por vía electrónica, en encuentros personales, en proyectos compartidos gestados a partir de esa apuesta intensa al trinomio sensibilidad- creatividad-pensamiento.
Entre todos los materiales que se publicaron, la literatura cobró un protagonismo especial. Buena parte de esos escritos están aquí, intentando construir un nuevo atajo, armando un nuevo objeto, preparándose para recibir nuevos lectores.

Sabemos que llevar el arte a la escuela no es tarea fácil, a veces genera mucha dificultad sobrepasar los códigos de la enseñanza, y el arte implica —si intentamos llegar a una verdadera experiencia estética- muchos otros modos de abordaje además de los contenidos a enseñar. El arte exige una modalidad de encuentro con el niño o adulto que lo produce o recibe distinta a otros aspectos de la cultura. Lejos de la repetición y el didactismo, atravesando la subjetividad de cada quien, rompiendo moldes, buscando la pregunta, generando transformaciones, inventando nuevos modos de decir, dinamitando lo obvio… así, a veces, ocurre el arte.

Hay en mi alma algo insatisfecho, algo que nunca se satisfará: y esto es lo que canta, decía Nietzsche.

Hay en Artepalabra múltiples voces pensando la poética de la infancia. De eso los hacemos cómplices de aquí en más. No sabemos si esta lectura los satisfará, pero intuimos que hay cantos susurrantes en muchos lectores curiosos dispuestos a gozar-sentir-pensar-discutir-descubrir la literatura y el arte en la infancia con nuestro mismo afán.

Afán de compartir, afán de compensar, afán de difundir, afán de encuentro. Por eso agradezco a Editorial Lugar y a Susana Itzcovich, directora de la colección Relecturas, que Artepalabra tenga materialidad. Agradezco muy especialmente a todos los queridos autores y entrevistados que participan de este proyecto su disponibilidad para el trabajo poético. Agradezco a todos los viejos y nuevos lectores la compañía para seguir pensando y creando. Y deseo calurosamente que disfruten de este libro. Ojalá hayamos hecho todo lo necesario para que eso sea posible.

María Emilia López
Un punto de partida
Demoro las palabras en el aire como si pudiera detener el tiempo, prolongarlo, eternizarlo, hipnotizarlo y convencerlo de lo útil que sería que admitiera mi compleja sensación de desaliento, mi angustioso transitar que no coincide con su paso y con su ritmo sin fisuras, mi alegato y mi protesta contra su hábito de avanzar a ciegas, impetuoso, impasible, inalterable.
Si una hora fuese a veces diferente, si una noche se estirara y hechizara a las estrellas para no dejar que el sol acelere cada día el final del breve sueño, si los sueños de mis noches duplicaran los segundos que le caben a un minuto y el minuto decidiera apiadarse de nosotros, que vivimos tantas vidas en el día en que una vida apenas puede desplegarse, si pudiéramos hacer que cada día se adaptara en tiempo horario a las ganas de vivir y de crear de cada uno...

TIEMPO. T I E M P O. T I E M P O. T I E M P O.

PAUSA.

PAUSA.

P a u s a.
Una pausa.
Breve pausa.
Porque al fin uno se anda muriendo un poquito a cada instante, y no es cuestión de que el tiempo en su impiadoso devenir determine por su cuenta que no hay tiempo de leer.

LEER.
L E E R.
Leer pausadamente, al propio ritmo, este número de “Punto de Partida”. Demorarlo, prolongarlo, estirarlo, hipnotizarse con palabras de otras voces que nos lleven nuevamente hasta el “Punto de Partida”. Partir, partir con la lectura hacia algún lado, buscando las fisuras, los ruidos, las imágenes que cantan en nosotros y pueden escucharse si el tiempo se suspende en una pausa breve o breve pausa o pausa al fin, para alojar el pensamiento.

María Emilia López

Literatura y salud

El espacio poético

Laura Devetach
Quiero comenzar estas reflexiones haciendo pie en algunos textos y en algunos hechos de la vida cotidiana especialmente elegidos. Son textos y hechos que dan cuenta del “valor salud” que posee el descubrimiento del espacio poético interno. Un espacio que todas las personas podemos desarrollar.

Estos poemas se llaman Coplas copleras, y surgieron del taller de escritura del Patronato de la Infancia de Bahía Blanca, coordinado por Mirta Colángelo, durante el año 2002.

En la sierra vi volando

un hornero saltarín

con plumas color ladrillo

y en el piquito un jazmín.

Yamila, 9 años
No te vayas de la hamaca

que yo te quiero hamacar

verte volar por el aire

y tu pelo acariciar

Abel, 13 años
Un chico que yo conozco

tiene ojos de papel

le escribo con la mirada

sin lápiz y sin pincel.

Johanna, 11 años
Una vez me enamoré

pero no lo dibujé

dejé mi amor en la mesa

y se lo llevó el pincel.

Isaías, 9 años
Coplas copleras. Bahía Blanca, Edición Vox, 2002.
El poema que sigue pertenece a Laura K., asistente adulta al Centro de Día Parque, de Buenos Aires.
Frutas

Me como una naranja,

la saboreo, le saco el jugo.

La manzana la corto

y me apiado de su cáscara.

Las uvas son como bolitas

muy ricas

y el melón me da cierto sabor

y me acuerdo de que soy muy golosa

cuando me enamoro de ti mi amor
Libro artesanal realizado por la autora,

incluido el papel. Buenos Aires, 2002.

Coordinación del taller: María Inés Vázquez Esteves
Los siguientes poemas pertenecen al poeta de Santa Fe, Roberto Malatesta. El libro se llama Por encima de los techos. Nació, como su título lo indica, mientras su autor estaba sobre los techos, durante la inundación de su ciudad en el año 2003.
Luego de que el río

Luego de que el río desbordó mi aldea

y el mundo se enterara

cuán grande es mi aldea y ancho el río,

fueron dos, tres, cuatro semanas

en las que mi poesía versó sobre tan trágico hecho.

Ahora, un poco más tranquilo,

no quiero para mí

ni para mi poesía

grandes temas.

Volveré a escribir sobre el sol

posado sobre alguna mínima flor, que,

ciertamente, habré de buscar

fuera de casa, puesto,

y ya ven qué difícil se me hace

y qué trágica reincidencia,

el río entró en mi patio

y no dejó ninguna.

Barrilete

Mínimo recurso de papel y caña

y el sustento del viento en la complicidad del sol.

Lo veo alzarse: bandera de armisticio,

alto sobre el barrio bajo,

no veo quién lo remonta,

no veo desde acá quienes miran al azul,

quienes siguen su dibujo de un solo color.

Color amarillo que escapó al río.

No veo quienes miran a ese juguete del viento,

pero los sé, a ellos, a nosotros,

a todos los sé juguetes del destino,

aunque ahora, no menos cierto,

en este momento,

mirando alto

muy alto,

un barrilete junto al sol,

aunque sólo sea en el viento,

somos uno,

y somos sin quebranto.
Por encima de los techos, Ediciones Leviatán, 2004.
Quiero referirme también a otro aspecto del funcionamiento del espacio poético. Se trata de una comunicación que recibí por correo electrónico, como hay tantas hoy, anónima, sin fuente rescatable, y enviada por amigos que comparten las mismas obsesiones.

Este correo relata que, en una reunión escolar de padres de familia, la directora resaltaba el apoyo que los padres deben darles a los hijos. Ella entendía que, aunque fueran trabajadores muy ocupados, deberían encontrar un poco de tiempo para dedicar a sus niños, para entenderlos.

Un padre explicó en forma humilde que él no tenía tiempo de hablar con su hijo pequeño durante la semana. Era la conocida situación de salir dejando al hijo dormido y regresar, encontrándolo igual. Dijo que era la única forma de obtener el sustento familiar. Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba e intentaba achicar la culpa yendo a besarlo todas las noches. Para que el niño supiera de su presencia, él hacía cada vez un nudo en la sábana. Cuando el hijo despertaba y encontraba el nudo, sabía que su papá había estado allí y lo había besado.

Todos estos textos, estos hechos, nacen del reconocimiento de poseer un espacio diferente que se va construyendo a partir de lo que ya tenemos: nuestra historia y nuestras capacidades para crear vínculos. Desde ese reservorio que se puede cultivar y alimentar constantemente, surgen, entre otras cosas, las posibilidades de enfrentar situaciones e ir transformándonos frente a la adversidad. Llámese ésta enfermedad, crisis, o cualquier otra circunstancia que nos acerque peligrosamente a la noción de punto final.


El espacio poético

Para poder conectar la salud con la Literatura quisiera referirme a la construcción del espacio poético personal y colectivo, sus vínculos y sus diálogos. Podríamos entender al espacio poético como ese tiempo, ese lugar, esa dimensión de la interioridad donde toda búsqueda, todo descubrimiento pueden ser posibles. Donde puede ser posible también la expresión con la palabra escrita de lo que esos movimientos producen. Donde se aviva el deseo y la curiosidad que ayudan a romper límites convencionales y por eso nos acercan a la ficción y a la poesía. Donde todas esas cosas puedan ser incorporadas a nuestras vidas cotidianas como factores de sensibilización y conocimiento. Por lo tanto, también, como factores de crecimiento y valorización de lo existencia. Y no sólo en lo que atañe a cada individuo sino en la vinculación transformadora de este individuo con el medio.

Johannes Pffeifer1, un estudioso alemán preocupado por ahondar en la naturaleza de la creación poética, escribía en los años 30 que la senda de lo poético radica en la capacidad de ver lo obvio. Años después, un poeta del cuerpo, psicomotricista y filósofo, Moshé Feldennkrais, titulaba su libro sobre el movimiento humano La dificultad de ver lo obvio2. Ambos, desde el área de la poesía, la filosofía y la salud, se referían a un espacio como el que quiero destacar hoy para nosotros. Muchas veces ya estamos instalados en ese espacio, pero de una manera no reconocida, incómoda, cuando no vergonzante. Tuve la oportunidad de trabajar y recoger experiencias sobre estos temas con muchos adultos. Hicimos también reconocimientos y registros de situaciones sentidas como pertenecientes al espacio poético. Estas situaciones, entre otras, eran:
• Las miradas, cuando comíamos choclos a las brasas por las noches.

• Cómo veo y no veo cuando hay neblina.

• Una palabra inventada: “nunjamás”. (La unión de nunca y jamás)

• Encuentros de miradas en el subte.

• La caricia de la barba incipiente de mi hijo.

• Etc.

(Taller de Capacitación. Dirección Gral. de Educación Artística

del Gobierno de la Ciudad. Buenos Aires, 2000.)
El hecho de reconocer estas situaciones, en un primer momento, fue acompañado por la vergüenza y la dificultad para expresar.

Después creció la confianza necesaria y el espacio quedó instalado. Y en él se fue valorizando el espíritu juguetón, trasgresor, afectivo, onírico, que es la sal de esta tierra poética.

Cada vez se hace más necesario apuntalar estos espacios para que no los barra la injusta distribución de la riqueza, con su secuela de hambre, miedo, mercantilismo e ignorancia.

¿Qué es ver lo obvio? Pffeifer habla de lograr cierta pureza de sentimiento que consistiría en:
(...) Aprender a no quedarnos insensibles ante lo que nos parece obvio. Debernos hacernos sencillos e ingenuos; preguntar consciente y expresamente por cuanto creíamos ya sabido y conocido, cambiar los grandes billetes de la comprensión consagrada por humildes moneditas; sólo así podremos llegar a la esencia de las cosas.
Pffeifer estaba muy cerca de la filosofía, y basándose en Kierkegaard y Heidegger definía la actividad poética como una forma de la existencia de las personas.

Qué es ver lo obvio, lo muestran los poetas cuando llevan el lenguaje a altos grados de representación. A diferentes modos de expresión de descubrimientos pequeños y profundos realizados a través de la emotividad. Descubrimientos que se convierten en conocimiento poético. Lo hace César Vallejo cuando dice:
Hay golpes en la vida

tan fuertes, yo no sé.

Golpes como del odio de Dios.3
O los poetas del tango:
A yuyo de suburbio su voz perfuma.

Malena tiene pena de bandoneón4.
No sé si eras el eco de una vieja canción

María, la más mía, la lejana5..
…trenzas del color del mate amargo

que endulzaron mi letargo gris...

¿Adónde fue tu amor de flor silvestre6?
Era más blanda que el agua

que el agua blanda...

Era más fresca que el río...

Naranjo en flor7.
No es casual que los autores de estas letras se llamaran Homero Manzi, Cátulo Castillo, Homero y Virgilio Expósito. Portaban en sus nombres la impronta cultural de la poesía latina instalada entre los saberes de la inmigración europea.
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