Gustavo Adolfo Bécquer






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títuloGustavo Adolfo Bécquer
fecha de publicación05.07.2015
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Liliana Florio Literatura Española II


Gustavo Adolfo Bécquer

La teología romántica: el amor, la muerte y el más allá

Dice Octavio Paz: “Apenas el hombre adquirió conciencia de sí se separó del mundo natural y se hizo otro en el seno de sí mismo”. Desde entonces, la palabra no es idéntica a la realidad que nombra porque entre el hombre y las cosas -y mucho más entre él y su ser- se interpone la conciencia de sí, equivalente al conocido tópico del “paraíso perdido”. Agrega luego O. Paz que toda la poética de Gustavo Adolfo Bécquer sigue una línea, aquella que busca siempre la identidad perdida entre la palabra y la cosa. Esas evasiones (típicamente románticas), esos estados de inspiración a los que luego sigue el acto de escritura no son sino una invocación y convocación de lo que Novalis llamara “lo invisible”. Pero son además -y de un modo particular- la oscura contradicción central del ser humano que se revela como el intento de recuperación de su conciencia, enajenada de la historia. Es este, en definitiva, el problema crucial del hombre moderno que el Romanticismo abre a la interpelación, como el gran movimiento totalizador que, en las primeras décadas del siglo XIX, comienza a vislumbrar una manera nueva de concebir el mundo y el hombre.

El romántico es un sujeto con espíritu independiente, que otorga primacía al sentimiento y a la pasión por sobre la razón y el análisis crítico. Se muestra absolutamente libre frente a las normas y una fuerte tendencia hacia lo subjetivo lo lleva a valorar lo espontáneo y sincero. Tiene ansias de originalidad y una desubicación respecto del mundo que lo induce en no pocas ocasiones a la soledad, la neurosis y aun al suicidio. Para lograr librarse de esta realidad, se evade por el ensueño y por el retorno a un tiempo pasado remoto.

El sentido fatalista de la existencia no le permite sino la aceptación de un destino que no por cruel es menos ineludible. El amor habitualmente no le da esperanza porque siempre hay obstáculos para su concreción. Su pasión, que arde como el fuego de un volcán, choca con la represión de los prejuicios que norman la vida social y religiosa y se convierte en una fatalidad. De ahí, la idealización de la mujer y del sentimiento amoroso.

Respecto del tema de la muerte, en el caso de Bécquer que aquí nos ocupa, si se tiene en cuenta su carácter melancólico y contemplativo, su intensa capacidad de evasión y ensoñación y sus dotes de poeta lírico, todo ello unido al fuerte presentimiento personal de una muerte temprana, parece indudable que la reflexión de lo temporal y de la vida en general lo han inclinado particularmente al pasado o a la muerte. Así, en Cartas literarias desde mi celda (1864), en la carta tercera dice el poeta sevillano:



No sé si a todos les habrá pasado igualmente: pero a mí me ha sucedido con bastante frecuencia preocuparme en ciertos momentos con la idea de la muerte; y pensar largo rato y concebir deseos y formular votos acerca de la destinación futura, sólo de mi espíritu, sino de mis despojos mortales.



Dice más adelante, meditando sobre el sitio donde descansaría definitivamente:

Pero, ¿para qué leer mi nombre? ¿Quién no sabría que yo descansaba allí? Algún desconocido admirador de mi versos plantaría un laurel que descollando altivo entre otros árboles, hablase de mi gloria; y ya una mujer enamorada que halló en mis cantares un rasgo de esos extraños fenómenos del amor que sólo las mujeres saben sentir y los poetas descifrar (…) echaría una flor sobre mi tumba, contemplándola un instante con tierna emoción.





Y luego agrega:

Desde que, impresionada la imaginación por la vaga melancolía o la imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba a construir con fantásticos materiales uno de esos poéticos recintos, último albergue de mis mortales despojos (…) Allí, rodeado de esa atmósfera de majestad que envuelve todo lo grande, sin que turbara mi reposo más que el agudo chillido de una de esas aves nocturnas de ojos redondos y fosfóricos que acaso viniera a anidar entre los huecos del arco, viviría todo lo que vive un recuerdo histórico y glorioso unido a una magnífica obra de arte; y en la noche, cuando un furtivo rayo de luna dibujase en el pavimento los severos perfiles de las ojivas (…), después de haberse perdido la última vibración de la campana que toca la queda, mi estatua, en la que habría algo de lo que yo fui, un poco de ese soplo que anima el barro encadenado por un fenómeno incomprensible del granito, ¡quién sabe si se levantaría de su lecho para discurrir por entre aquellas gigantes arcadas con los otros guerreros que tendrían su sepultura por allí cerca.





Siguiendo con la ensoñación que lo lleva a imaginar su lugar de reposo final, añade:

(…) encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos lugares santos donde vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color misterioso e indefinible. Dos guerreros inmóviles y vestidos de su fantástica y blanca armadura velarían día y noche; y mientras que mi estatua de alabastro riquísimo y transparente dormiría majestuosa, los ángeles que envueltos en largas túnicas y con un dedo en los labios sostuviesen el cojín sobre que descansaba mi cabeza, parecerían llamar con sus plegarias a las santas visiones de oro que llenan el desconocido sueño de la muerte de los justos, defendiéndome con sus alas de los terrores y de las angustias de una pesadilla eterna.



Asimismo, hacia el final de esta carta tercera, escrita desde Veruela, el poeta afirma:

He aquí todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad; y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se dé cuenta siquiera de mi salida.

No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón de azúcar (…) para esperar allí la trompeta del Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente el lugar y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. Esta profunda preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas las que he ido abandonando en el curso de los años, pero, al paso que voy, probablemente mañana no existirá tampoco (…)

Ello es que cada día voy creyendo más que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.



A pesar de que los críticos coinciden en calificar la obra becqueriana como post-romántica, debido a que la misma ofrece ciertos caracteres implicados en el simbolismo, en los párrafos citados a propósito del tema que circula el campo semántico de la muerte, pueden observarse algunos rasgos caracterizadores del Romanticismo que persisten en nuestro poeta.

En efecto, la exaltación del amor como satisfacción del ansia de infinito que otorga a ese sentimiento una intensidad mística y sin el cual el mundo es cárcel, tumba, destierro de sí y estalla en una pasión autodestructiva, se ve disminuida por el peso de las leyes que transforman esa luz magnífica en oscuridad y sombras. Mundo que está lejos de ser la proyección del deseo infinito de la libertad que podría crear una sociedad en la que la satisfacción individual sea posible. La ley es la expresión de un poder que detesta el amor humano y por tanto la libertad. Sin embargo llega la muerte y prevalece alzándose victoriosa sobre el amor.

Si bien parece encontrarse en Bécquer una fe en Dios creador, no se advierte un reconocimiento de su acción providente (característica en el Neoclasicismo anterior): el Dios que mantiene una jerarquía de valores no puede ser el fundamento de esa nueva libertad deseada, porque no permite que el hombre destruya las bases del orden tradicional imperante.

La idea de trascendencia después de la muerte queda planteada como una pregunta implícita: aquí solo quedarán algunos gestos, “algo de lo que fui”, “un poco de ese soplo que anima el barro encadenado por un fenómeno incomprensible del granito”. Su muerte, incluso el destino de sus despojos mortales, son motivo de una preocupación, pero esta cada vez se torna más lejana y más leve, va perdiendo consistencia hasta la afirmación final en la que el poeta asegura que no pervivirá aquí ni un poco de lo que realmente vale. Es la amarga desesperanza de quien siente que ha vivido en continuo desajuste con el mundo de su tiempo

La civilización ha creado divisiones y la sociedad enseña a disimular los sentimientos bajo una máscara de artificio; como consecuencia crea seres infelices y autoescindidos de sí. Desde este punto de vista y marcando el aspecto socio-político del problema, todos los elementos de la ficción romántica: el amor, el hombre, la mujer, la muerte, el más allá son significantes de un movimiento teológico y filosófico que señala la transición de la monarquía absoluta a la democracia parlamentaria. Sin embargo, el romántico anhela mucho más que un orden democrático mejor organizado, desea el paraíso terrenal, una nueva realidad, un hombre nuevo.

Todo romántico -y Bécquer puede considerarse uno de ellos en este aspecto- no hace sino intentar cumplir la propuesta de Schlegel: hacer poética la vida y la sociedad. En palabras de Octavio Paz: “La situación de destierro de sí y de sus semejantes lleva al poeta a adivinar que sólo si se toca el punto extremo de la soledad cesará la condena. Porque allí donde parece que ya no hay nada ni nadie, en la frontera última, aparece el otro, aparecemos todos”.

Esta Carta desde mi celda III, considerada por la crítica como la mejor de la serie, manifiesta los rasgos fundamentales de la ficción poética del autor sevillano, señalados por la plasticidad impresionista de su prosa, cuyo dinamismo y movimiento semejan el gesto del travelling cinematográfico. También la profusa adjetivación que la caracteriza -dos o tres adjetivos que con fuerza y rotundidad acompañan a un nombre-, como por ejemplo: “un recuerdo histórico y glorioso”, “aves nocturnas de ojos redondos y fosfóricos”, “estatua de alabastro riquísimo y transparente”, entre otras.

La realidad becqueriana tiene vaguedad onírica; sin embargo ella no constituye una imprecisión, antes bien resume un perspectivismo de enfoques diversos para captar diferentes aspectos de una meditación sobre el mundo y sobre sí mismo. Las cuatro primeras Cartas desde mi celda, más personales y ensayísticas que las cinco restantes, en las que su autor se abre al mundo exterior, constituyen un viaje literario en el que cada desplazamiento físico o espacial da origen a otros “viajes interiores”. Los párrafos citados en el presente trabajo atestiguan el recorrido introspectivo mediante el que Gustavo Adolfo Bécquer se interpela sobre el amor, la muerte y el más allá.


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