Literatura española I






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títuloLiteratura española I
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Escuela Normal Superior “Julio A. Roca” - Literatura española I - 2014



Dossier de:
Literatura española I
“La literatura medieval, renacentista y barroca de España”
Material bibliográfico destinado a los alumnos que cursan la carrera de Profesorado de lengua y literatura para la educación secundaria – Escuela Normal Superior “Julio A. Roca”.

Autor: Prof. Fabián Barrera

-2014-


Introducción

Estimados alumnos y alumnas del Profesorado de lengua y literatura para la Educación Secundaria que cursan este año su tercer año de la carrera, y que por lo tanto, tendrán entre otras materias: Literatura española I; me resulta grato darles la bienvenida e instarlos a que mediante un recorrido -no sólo literario sino también socio histórico y cultural- conozcamos más respecto de la génesis de la literatura medieval, renacentista y barroca de España.

Por último, el espacio curricular de Literatura española I espera que ustedes adquieran durante el proceso enseñanza-aprendizaje las herramientas teórico-prácticas, una mirada crítica -acerca de los elementos ideológicos e intencionalidades que se manifiestan como huellas en los textos por parte de los diferentes autores-, la valoración del proceso lector de los textos, la producción de sus propios mensajes y de los demás, a fin de favorecer sus facultades cognoscitivas que requieren como futuros profesionales de la enseñanza de la lengua y de la literatura.

Prof. Alberto Fabián Barrera

El Cid del cantar: el héroe literario y el héroe épico - Rafael Beltrán (Universidad de Valencia- 2000)

La dedicación de Ramón Menéndez Pidal a la figura histórica de Rodrigo Díaz de Vivar y al Cantar de Mío Cid, que había comenzado con la magna edición del Cantar de Mío Cid. Texto, gramática y vocabulario (3 vols., 1908-1911), y seguido con la publicación de La España del Cid (1929), supuso un inestimable aluvión y una incesante criba y revisión de datos, hasta el final de sus días. En la obra pidaliana, el riguroso uso de información documental subraya siempre la extraordinaria significación histórica y simbólica del Cid. Se le reprocha al filólogo e historiador una exagerada estima del valor histórico del Cantar, y la consiguiente minusvaloración de su condición primordial de obra literaria, de obra de ficción. Pero Menéndez Pidal interpretaba sus datos; tal vez erróneamente a veces, partiendo del deslinde previo insoslayable entre verdad histórica y realidad literaria, deslinde que él contribuyó como nadie en su momento a fijar, y en el que los estudios del último cuarto de siglo han seguido incidiendo, tratando de enfatizar su fractura con una visión pidaliana todavía excesivamente historicista, pero advirtiendo, sobre todo, que, desde el mismo siglo XI en el que Rodrigo Díaz de Vivar vivió, la persona, el personaje literario (no sólo el del Cantar, sino los distintos Cides de una tradición plural y compleja) y el símbolo se han presentado profusa y en muchas ocasiones confusamente amalgamados. Esa advertencia se ha hecho denuncia en la crítica histórica y literaria de los últimos treinta años, con una llamada de atención; y parece la alerta continúa siendo necesaria; ante el hecho de que estos tres aspectos del Cid han de ser claramente disociados, si se quiere que sigan manteniendo una relación comunicante rica y abierta, como la que muchas veces los ha iluminado recíprocamente. Porque, lamentablemente, otras muchas veces la falta de clarificación ha permitido un aprovechamiento vil e indigno de la memoria histórica y literaria, con ejemplos muy patentes, no tan lejanos, durante el franquismo. Nadie querrá hoy ver cómo "el Cid, con camisa azul / por el cielo cabalgaba", guiando a los nuevos cruzados, como pretendía la historiografía y mitología nacionalista de los vencedores de la guerra civil de 1936-1939. Pero nadie querrá tampoco que el Cid se asocie a unas supuestas y rancias esencias hispánicas, por culpa de la desviada extrapolación de ideas que se explican perfectamente dentro del espíritu de la Generación del 98, o de afirmaciones del propio Menéndez Pidal, heredero orgulloso de ese espíritu, como continúan haciendo algunos; cierto que ya muy pocos;, cuando intentan metamorfosear lo que fue una literatura de exaltación de un héroe castellano, en un ambiente de guerra y frontera durante los siglos XII, XIII y XIV, en glorificación ucrónica de una visión feudal y grandiosa de Castilla, identificando lo castellano con una realidad plurilingüística y multicultural mucho más amplia que lo respeta, integra en su pasado y presente, y supera. Si queremos contribuir a que se elimine definitivamente cualquier resabio de interesada confusión entre persona histórica y personaje literario y simbólico, no parece ejercicio vano tratar de rebajar hasta prácticamente cero, si no borrar del todo, el ruidoso volumen de hueca altisonancia en el uso de una palabra tan sobreutilizada como héroe; y más, cuando va unida al Cid, valorando la figura heroica no como abstracción, sino como realidad dentro de un contexto histórico y literario muy concreto. A cambio, ver de entroncar, de manera lo más sencilla y cabal posible, la heroicidad cidiana dentro de ese contexto que la justificaba y exigía. Nuestro pensamiento, hoy, podrá entender (intelectual y distanciadamente) el valor de esa figura en el pasado, al tiempo que despreciará; y no hay por qué buscar excusas a ese desprecio; lo que significarían en la actualidad los valores de exaltación guerrera de la violencia arrogante y despiadada que representan héroes con base histórica, como el Cid Campeador.

El héroe no existe

 El héroe es, dice Joseph Campbell, una de las mil caras de Dios. El héroe, por tanto, no existe... como ser humano. El poder divino se multiplica en mil ayudantes delegados que, como las propias divinidades, son fundamentadores arquetípicos de un orden. Héroes míticos o culturales, creadores de leyes y normas y, por tanto, de vida social. Héroes trágicos o épicos, que reafirman con sus acciones el orden general y los papeles y estatutos personales y de grupo en la sociedad. Héroes literarios, nacidos en fases posteriores, de circunstancias muy variadas, que pueden corresponder incluso a seres con biografía real. Héroes humanos (pero aquí ya estamos utilizando la metáfora): personas que admiramos o reverenciamos, porque alcanzan la excelencia en su campo de actuación personal o pública. El héroe, en fin, no existe como tal, empíricamente; sólo representa, o nos representa. ¿Existió alguna vez el Cid heroico? Nos interesará contestar a la pregunta, en la medida en que nos interese mínimamente; por razones literarias, pero también, ¿por qué no?, éticas; el asunto de la heroicidad, "la tarea del héroe", como la llama Fernando Savater. "Héroe es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia". La virtud (del lat. vir, 'fuerza, valor'), entendida como un comportamiento socialmente admirable, en el que los hombres reconocen su ideal activo de dignidad. "Los ejemplos heroicos inspiran nuestra acción y la posibilitan: cuando actuamos, siempre aceptamos en cierto modo el punto de vista del héroe y nada lograríamos si no fuera así. (...) Todo hombre sano y cuerdo, activo, vive alentado por la saga de sus hazañas y es noble y acosado paladín en su fuero interno. No es incompatible este saludable delirio con la lúcida visión de nuestra condición menesterosa, sino que es en parte corregido por ella, pero en parte sirve para corregirla".

Se habla constantemente del Cid heroico, cuando no del Cid mítico, confundiendo términos como "mito", "epopeya", "cuento" "leyenda", "fábula", "ficción", que se entrecruzan conceptualmente a veces y que el lector medio no delimita con exactitud. ¿Fue el Cid un héroe? ¿Representó a un héroe? Una vez aceptada la premisa de que el héroe no es más que una representación simbólica, asumiremos la idea que la Edad Media tenía de héroe, es decir, la de un guerrero o santo tan excelente o sobresaliente que sus hechos resultaban dignos de recitación, canto y alabanza, susceptibles de gesta. Desde ese punto de vista, desde luego que el Cid fue héroe. Tenemos testimonios de que, todavía vivo, sus hazañas ya eran cantadas. El panegírico cidiano más antiguo que conservamos es el Carmen Campidoctoris ('Canto del Campeador', sería la traducción; compuesto probablemente entre 1093 y 1094), que comienza aludiendo a la necesidad de cantar las hazañas de nuevos héroes, más cercanos en tiempo y espacio, que reemplacen a los antiguos, puesto que las de éstos dejan insensibles a los oyentes. El carmen comienza diciendo (traducidos los versos del latín original): "Narrar podríamos algunos hechos / de los de Paris, de Pirro y de Eneas / que muchos poetas con alabanzas / nos han escrito. / Mas ¿a quién recrean lances paganos, / si por antiguos ya no nos gustan? / Cantemos, por esto, las nuevas guerras / de don Rodrigo". El poeta utilizaba, desde sus primeros versos, un tópico retórico culto, el desprecio de la materia antigua, el mismo que introduciría Jorge Manrique casi cuatro siglos más tarde para justificar la presentación de la figura heroica de su padre, Rodrigo Manrique: "Dexemos a los troyanos / que sus males no los vimos / ni sus glorias; / dexemos a los romanos, / aunque oímos y leímos / sus historias. / No curemos de saber / lo de aquel siglo passado / qué fue d'ello; / vengamos a lo de ayer, / que también es olvidado / como aquello". El Carmen Campidoctoris, primer panegírico cidiano conocido, habla, así, de la historia del Cid; como Jorge Manrique habla de la historia de su propio padre;, pero lo hace aferrado desde el primer momento a la literatura, como con miedo al despegue de lo histórico, esbozando con pinceladas de encendido color retórico; pura técnica, nada natural ni espontáneo; la primera pintura de la figura cidiana.

El Cid: héroe literario

La leyenda épica, el mito épico, forma parte de la segunda de las dos grandes esferas narrativas alrededor de las cuáles; dice Northrop Frye; ha girado la literatura occidental desde siempre: la bíblica y la profana. El universo mítico bíblico relata la epopeya del creador: su héroe es Dios. El universo mítico profano cuenta la de la criatura humana, a través de vidas o fragmentos de vida del hombre que busca a alguien o busca algo. Podrá ser Ulises, podrá ser el Cid. El regreso a Ítaca, la recuperación de la honra. ¿Historia o ficción? Ficciones en la historia, puesto que cada época inserta en sus producciones artísticas consignas y preceptos políticos y religiosos, normas ideológicas, como piezas de un código con el que se ofrece integración al receptor en un mundo cohesionado y organizado. No podemos comparar la vida del Cid con la heroica de Edipo, Teseo, Rómulo, Jasón, Heracles, Apolo, Zeus, Dionisos, Moisés, José, Sigfrido, Arturo, Robin Hood, etc., que son algunos de los héroes que para Lord Raglan cumplen la mayoría de las etapas; pues la historia del héroe mítico y folclórico, decía Raglan, no es la de los incidentes de una vida real, sino la de las etapas de una carrera ritual, y por tanto repetitiva; dentro de un esquema común: la madre del héroe es una virgen de la realeza, su padre es un rey, a menudo pariente de su madre, las circunstancias del nacimiento del héroe son extraordinarias, se dice que es hijo de un dios, nada más nacer su padre o su abuelo materno tratan de matarlo, pero logra escapar a la muerte, al hacerse mayor regresa o va al que será su reino, vence a un rey, gigante, dragón o bestia salvaje, muere misteriosamente, a veces en lo alto de una montaña, su cuerpo no es enterrado...

La carrera ritual va asociada al relato mítico, folklórico y, a veces; pero no precisamente en el caso del Cantar; épico, pues en la liturgia de la recitación importaba más la celebración que la información o el recuerdo, más la repetición que la valoración. Y la celebración es insistencia en el rito: renovación de la victoria con sentido cada vez diferente. Los relatos de héroes históricos, como el Cid, mantienen a veces muy fresca la huella de los incidentes de esa carrera ritual, transformando esas etapas en pasos iniciáticos de una mayor verosimilitud, que hacen compatibles vida heroica ideal con vida histórica real. Aunque el personaje del Cid y el mundo que nos presenta el Cantar sean llamativamente realistas, reflejando usos, costumbres y actitudes históricas, otros Cides de la literatura no escaparán a la atracción del esquema mítico. Así, el Cid joven de Mocedades de Rodrigo, poema épico del siglo XIV, mata a Diego Laínez, padre de doña Jimena, y se auto-impone cinco pruebas antes de casar con ella; o el Cid legendario de algunas crónicas particulares de los siglos XV y XVI gana batallas después de muerto; o el Cid del Romancero o de las Mocedades hace gala de una rebelde osadía contra el rey Alfonso que ni por asomo se muestra en el poema. El Cid del Cantar mantiene elementos épico-míticos de gran rentabilidad literaria; la tríada de posesiones honoríficas: barba, caballo y espada, pero no sigue la carrera del héroe mítico.

El Cid: héroe épico 

La imagen heroica del Rodrigo Díaz de Vivar que nos ha legado el Cantar de Mío Cid es, así, una de las muchas; aunque posiblemente la más sólida; que ha tenido el Cid a lo largo de la historia del arte y la literatura. En este caso, se trata de una imagen mediatizada por la pertenencia a un género que imponía un marco literario, es decir, una serie de posibilidades temáticas y técnicas (de disposición y estilo), al tiempo que una serie de restricciones. La epopeya ya era definida por Aristóteles, que partía del referente homérico, como relato de hechos nobles (primera restricción, que implica temáticamente heroísmo bélico o religioso). El anonimato, la composición en versos uniformes, sin partición estrófica, la transmisión oral, el uso abundante del discurso directo, la acumulación de fórmulas o clichés que se repiten a lo largo del recitado, y que permiten breves descansos mentales al recitador, etc., son algunas de las características técnicas que permiten incluir dentro de la épica obras producidas a lo largo de nada menos que 4000 años, desde la epopeya del héroe asirio Gilgamesh, h. 2000 a. J., hasta los poemas épicos serbo-croatas que perduran hasta este siglo y que se han grabado en la antigua Yugoslavia. A la vista de este enorme mundo épico referencial, de cuya cadena la épica medieval es sólo un conjunto central de eslabones, lo destacable de la imagen cidiana en el Cantar es, además de su coherencia y solidez, su novedoso realismo. El personaje del Cid en el Cantar está mucho más cercano a la realidad histórica que la imagen que nos presenta de Roland la Chanson de Roland, o del rey Etzel el canto de Los Nibelungos, o de Fernán González el Poema de Fernán González, o del propio Cid las Mocedades de Rodrigo. Pese a esa cercanía y aunque el Cantar de Mío Cid sea mucho más fiel a la realidad histórica que la gran mayoría de los poemas épicos, se debe relativizar esa fidelidad. Entre el acontecimiento histórico que narra un poema épico y la primera noticia de ese poema pueden pasar tres siglos, como ocurre entre la batalla de Roncesvalles (778) y la versión más antigua de la Chanson de Roland (h. 1125), o entre la vida de Fernán González (siglo X) y la composición del Poema de Fernán González (segunda mitad del siglo XIII). Durante ese lapso se producirán una serie de alteraciones de la historia inicial que justifican el apartamiento de los hechos históricos a veces irreconocibles. Hay que tener en cuenta que la audiencia de la épica, en su mayoría analfabeta, no sólo consentía la alteración de hechos históricos del pasado a la luz del presente, sino que la exigía. No sabemos con exactitud el lapso transcurrido entre la muerte del Cid (1099) y la composición del Cantar, puesto que el códice que conservamos sólo consta una fecha de escritura o copia, que corresponde a 1207, firmada por Per Abat, que pudo haber copiado otro texto ¿cuántos años anteriores?. Pero incluso en el muy improbable caso de que el poeta hubiese coincidido en vida con el Cid, y aunque hubiese asistido a alguna de sus campañas, habría tenido una visión limitada y parcial de sus hazañas, de las geografías lejanas, de los personajes, y su relato se habría plegado, por exigencias del auditorio, a modificaciones sustanciales de la realidad; sin conciencia de estar mintiendo; desde el primer momento. En el Cantar se encuentran elementos históricamente contrastados, pero no es un relato histórico, ni de la vida del Cid (cubre sólo una parte, la última, de su vida), ni de sus andanzas durante su postrer destierro y conquista de Valencia. Naturalmente que exilio y conquista son históricos, así como también las campañas aragonesas, o la fundación de la sede episcopal en Valencia. En la primera parte del Cantar hay, de hecho, un reflejo simplificado del destierro del Cid (aunque el Cid histórico fue desterrado dos veces), y hay errores explicables poéticamente (como que Murviedro aparezca conquistado antes que Valencia (históricamente fue al revés). Pese a que la ruta cidiana literaria no se corresponde con la ruta histórica, hay bastante exactitud geográfica. La mayoría de personajes mencionados tuvieron existencia real, aunque no siempre manteniendo la relación que se establece en el Cantar. Álvar Fáñez era sobrino del Cid, pero no lo acompañó en todo su destierro. Las hijas del Cid existieron (también un hijo, que no menciona el Cantar), pero no se llamaban Elvira y Sol, sino Cristina y María, y no iban a ser reinas, como el poeta confunde. Hay personajes totalmente inventados, como los judíos Raquel y Vidas. Martín Antolínez y Félez Muñoz no tienen existencia histórica comprobada. Tamín, rey de Valencia, y sus generales, Fáriz y Galve, son personajes fabulosos. Más aún, en la segunda mitad todo el argumento gira en torno a episodios ficticios: el casamiento de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, la afrenta de Corpes, la corte de Toledo, los duelos... En fin, el Cantar es una obra histórica; historia verdadera para sus oyentes, pero no un reflejo exacto ni objetivo de la realidad de Rodrigo Díaz de Vivar y su época. Dentro de este contexto, podemos entender mejor el comportamiento del Cid como personaje heroico del Cantar. Su caracterización entrará siempre dentro de la vertiente de lo factible, de lo posible. El único episodio que podría ser considerado fantástico, la aparición y palabras proféticas del arcángel Gabriel (vv. 404-10), se produce verosímilmente en sueños.

¿Qué más verista que un héroe "mesurado"? Como ya destacaba Menéndez Pidal en 1913, el componente fundamental del carácter del Cid poético es la mesura. La mesura, que es una virtud retórica, de habla ("Fabló Mio Cid bien e tan mesurado", es frase épica, o cliché en el Cantar), se extiende al terreno del comportamiento, que revela un carácter equilibrado, sensato. A veces la templanza, virtud cristiana relacionada con la mesura, implica resignación. Armado de ella, ni en los momentos de más honda preocupación, como a la salida de Vivar, pierde el Cid; y tenía "grandes cuidados" como echarla al traste; la compostura: Sospiró Mio Cid, ca mucho avie grandes cuidados; fablo Mio Cid bien e tan mesurado (vv. 6-7) Como señala Alan Deyermond, esa mesura, aplicada a la acción, se convierte en prudencia y destreza mental:  Todo héroe de un poema épico es fuerte y valiente, pero no todos son prudentes. A veces la división entre fortitudo y sapientia es explícita, como en la Chanson de Roland: "Rollant est proz e Oliver est sage" (v. 1093). (...) Es notable que emplee tácticas muy parecidas en la toma de Alcocer (vv. 574-610) y en la corte (vv. 3145-3214): hace creer a sus adversarios que pueden aprovecharse de su debilidad, les corta el camino de escape y les vence. (...) En sus acciones demuestra la misma mesura que en sus primeras palabras ("bien e tan mesurado", v. 7).

En efecto, la fortitudo no será solamente fortaleza física, sino capacidad de actuación, ya en solitario, ya como caudillo. Y la sapientia, incluirá la sagacidad y la astucia. Aplicada a la esfera familiar, la sapientia implica una responsabilidad hacia la honra de su mujer y el bienestar de sus hijas, que se cifra en el logro de unos buenos matrimonios. Pero el Cid es un infanzón feudal, un militar y, obviamente, un temible guerrero violento: ¡Quál lidia bien sobre exorado arzón/ mío Çid Ruy Díaz el buen lidiador (vv. 733-34)

Su violencia sería inmisericorde, como se trasluce en el asalto a la pacífica villa de Castejón, contra cuyos laboriosos habitantes, moros inermes que acuden al trabajo, cae la espada cruel: En mano trae desnuda el espada/ quinze moros matava de los que alcançava (vv. 471-72) Pero la misma mesura le conduce a no entender la ganancia como algo personal, sino colectivo. La alegría del Cid; entiéndase satisfacción; siempre es compartida, y recorre el Cantar a medida que se va cumpliendo el proceso de recuperación de su honra difamada: Alegre era el Çid e todas sus compañas (v. 1157) Alegre era mio Çid e todos sos vasallos (v. 1739) Alegrava's el Çid e todos sus varones (v. 2315)

No por desprendida generosidad caballeresca, que no sería cualidad loable, sino porque como jefe supremo su obligación es velar por el bienestar de sus hombres y recompensarlos, no sólo con ganancias perecederas, sino con posiciones estables, como cuando llegan a Valencia. ¿Y el Cid majestuoso, el Cid grandioso, la pieza pétrea del texto románico? Rebajado y humanizado: modelo creíble e imitable (por alcanzable) para el varón guerrero, oyente del Cantar, que luchara en frontera; como había luchado el propio Cid; en el siglo XII. Lo cierto es que donde otros héroes épicos luchan aguerridamente contra el mal absoluto, representado por monstruos terribles (Ulises contra el Cíclope, Beowulf contra Grendel, Roland contra los sarracenos), en el Cantar, donde ese mal esta rebajado a términos mensurables de mezquindad humana (la de los Infantes de Carrión), el Cid se comporta, dentro de esa humanización, con virtuosa grandeza de héroe, imperturbable al no dejarse llevar por los duros ataques del mundo exterior. Ni actúa con rebeldía ante el rey, ni con saña contra los Infantes: en vez de tramar una venganza sangrienta, común en otros textos épicos castellanos y europeos, la restitución de su honra vendrá dada por la legal seriedad de un proceso jurídico en regla. La solidez poética del personaje hace que ese comportamiento resulte integrador de voluntades (desde el rey hasta los vasallos) y evita que la solemnidad se haga hierática, o plana, como en el chato bajorrelieve que perfilan otros héroes medievales. Hasta cierto punto, esa gravedad de la figura, que provoca orden y concierto en cuanto alcanza y rodea al Cid, podría tener que ver con un fondo religioso, y relacionaría al personaje del Cantar con las biografías de santos, es decir, con las hagiografías, como ya apuntó Leo Spitzer: El carácter del Cid; nada dramático en el sentido moderno de que no hay en su alma conflictos; es el de un santo laico, que por su sola existencia, por la irradiación milagrosa de su personalidad, logra cambiar la vida exterior alrededor de sí, gracias a una Providencia cuyas intervenciones, si no frecuentes, son decisivas en el Poema. En todo caso, esas posibles actitudes de "santo laico" no eliminan la prioridad del pragmatismo bélico del personaje, por encima de cualquier tipo de conmiseración u otra virtud cristiana. Baste otro ejemplo de comportamiento con los moros vencidos, donde el Cid rechaza fríamente la posibilidad de acabar con los pocos moros vivos tras el asalto a Alcocer, ante la poca rentabilidad de una nueva masacre, y prefiere mantenerlos como esclavos: Oíd a mí, Álbar Fáñez e todos los cavalleros: en este castiello grand aver avemos preso, los moros yazen muertos, de bivos pocos veo; los moros e las moras vender non los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos, cojámoslos de dentro, ca el señorío tenemos, posaremos en sus casas e d'ellos nos serviremos.&emdash; (vv. 616-622)

El Cid, como si de un héroe realista (casi barojiano) se tratase, combate la adversidad con todo un programa de acción, desplegando incesantemente fuerza y poder, con la mesura siempre como principio rector. Alberto Montaner, en la mejor edición del Cantar publicada hasta la fecha, reconoce en el carácter heroico del Cid una variedad de registros muy considerable, y más teniendo en cuenta las convenciones del género. El poeta no hace infalible al personaje, porque quiere humanizarlo. Sin menoscabo de su talla heroica, lo presenta comportándose de manera afectuosa con su mujer e hijas (llega a desfallecer, al separarse de ellas en Cardeña), no consiguiendo siempre la victoria completa, con raptos de cólera o desagrado (pese a la templanza dominante), irónico y hasta socarrón en los momentos más solemnes. Así, el Cid no es un héroe imposible para su auditorio medieval, sino verosímil, porque:

Transmite un programa de acción concreto y posibilista. (...) El Cid se convierte así en un modelo paradigmático al que se podría intentar imitar o bajo cuyas órdenes se podía militar. Él ya no estaba, pero sus descendientes aún podían desempeñar su papel de caudillo, ya que "oy los reyes d'España sos parientes son" (v. 3724). Con estas conclusiones coincide Francisco Rico, en el "Estudio preliminar" a la edición mencionada: No hay que pasar de los primeros versos para advertir que los rasgos más notorios del Campeador, apenas sale a escena, no son el ímpetu o la extremosidad distintivamente épicos, sino actitudes y sentimientos que pertenecen al ancho marco de las experiencias posibles en todos los hombres. (...) Inútil, pues, insistir en que la semblanza del protagonista es la manifestación primaria de la voluntad de arrimar el mundo de la gesta al mundo del auditorio. ¿Qué auditorio? El de infanzones, como el propio Cid, el de caballeros villanos, el de hombres que luchan en frontera durante la lenta reconquista, en los siglos XII y XIII, al servicio de un señor o del rey, con oportunidades mil de hacer fortuna, como había hecho el Cid, su héroe. En tal atmósfera, pues, el Cantar narraba una historia que no sólo se sentía sustancialmente verdadera como cosa del pasado, sino como modelo viable para el porvenir. La elevación del Cid y los suyos era un proceso que caballeros y aun peones de la Extremadura de Soria y Segovia podían imaginar como propio, en tanto acorde con sus mejores esperanzas económicas y sociales. Al bajar al Cid al terreno de los mortales, el autor del Cantar compuso tal vez un poema menos "épico" que otros europeos medievales, pero la expansión de Castilla en aquellos siglos de Reconquista, alrededor de la derrota de los almohades en la Navas de Tolosa (1212), necesitaba exhibir los modelos plausibles de héroes que encarnaran, como el Campeador, el éxito de aventureros emprendedores, reclamando con ese grave modelo, temerario como el joven Roldán pero cauteloso como el viejo Carlomagno, el apoyo de una clase necesitada de constantes estímulos de acción y signos de victoria.

La configuración del protagonista en el Cantar del Mío Cid - Enric Mallorquí Ruscalleda (Universidad Autónoma de Barcelona)

Cuando se dio por primera vez el Cantar a la imprenta (1779), eran años de incomprensión para todo lo medieval, y se recibió con bastante desprecio. Fue el romanticismo el que supo encontrar sus valores; autores como Wolff, Bello y Milà llamaron la atención sobre el arte con que el autor del cantar pinta a sus personajes, tanto desde un punto de vista moral como físico, y don Ramón Menéndez Pidal ha sido el que nos ha enseñado a penetrar en todos los aspectos del poema: artístico, histórico, arqueológico, social; nos ha enseñado a comprender la acción, los episodios y los personajes. Por su parte, don Ramón Menéndez Pelayo afirmaba, a propósito del protagonista del Cantar, que “el Poema del Cid se distingue de sus semejantes por el ardiente sentido nacional que, sin estar expreso en ninguna parte, vivifica el conjunto, haciendo al héroe símbolo de su patria (...) Es de admirar el temple moral del héroe, en quien se juntan los más nobles atributos del alma castellana: la gravedad en los propósitos y en los discursos, la familia y la noble llaneza, la cortesía ingenua y reposada, la grandeza sin énfasis, la imaginación más sólida que brillante, la piedad más activa que contemplativa (...), la ternura conyugal más honda que expresiva (...), la lealtad al monarca y la entereza para querellarse de su desafuero”. Sin embargo, de un poema épico dedicado a cantar y ensalzar las hazañas de un héroe, destinado a un público popular y de concepciones morales ingenuas, elaborado en una época poco dada a complejidades psicológicas y dominada por una concepción religiosa y moralista de la vida, no podemos esperar un retrato del Cid muy matizado. A priori es interesante destacar que el poeta nos presenta al héroe castellano no sólo con sus nombres, Rodrigo o Ruy Díaz de Bivar, sino también con el título del “Cid” (honorífico, derivado del árabe çid, “señor”) y el de “Campeador” (Campidoctor, campiductor). Además, don Rodrigo aparece, en ocasiones, realzado por alguna aposición explicativa que eleva su figura a la categoría heroica, y la sitúa encima de la de los restantes personajes. Esta aposición puede referirse a su nacimiento (“el que en buena hora nasco”; “el que buena çinxó espada” con la que realiza las hazañas), el que sea conquistador de Valencia o a sus largas barbas, como bien analizaremos más adelante. Por lo que a la primera se refiere, cabe señalar que en Mio Cid no se nos relata el nacimiento de los personajes; no obstante, se bendice constantemente la hora en que nació el protagonista: el que en buena hora nasco (v. 787)

La obra prescinde del nacimiento a la vida porque no trata de ser una biografía completa; el Cantar es un relato de hazañas gloriosas, y el autor concibe el nacimiento de la gesta como nacimiento del personaje a su papel de guerrero. Se bendice, pues, la hora en que el Campeador: el que buena çinxó espada (v. 1560). Además, el nacimiento del Cid como héroe estuvo debidamente acompañado de agüeros, como el de la corneja: Allí pienssan de aguijar,   allí sueltan las riendas. A la exida de Bivar   ovieron la corneja diestra, e entrando a Burgos   oviéronla siniestra (vs. 10-12) (...) y de sueños, con el ángel Gabriel: (...) I se echava mio Cid   después que cenado fue, un sueño.l’ priso dulçe,   tan bien se adurmió. El ángel Gabriel   a él vino en sueño  (vs. 404-406)

De esta forma el poeta nos alaba al personaje, según los preceptos de las retóricas clásicas. Asimismo, las retóricas, generalmente, al dar normas sobre el estilo elegante, solían desaconsejar el empleo de pleonasmos. Sin embargo, el pleonasmo fue muy valioso para nuestro autor, que deseaba deleitar a un público poco letrado. Este escritor, además, contaba con un singular precedente muy rico en pleonasmos: la Biblia. Y curiosamente en ésta encontramos el siguiente ejemplo: "in oculis suis lacrymatur", que se parece al verso que da entrada a Mio Cid: De los sos ojos tan fuerte mientre lorando (v. 1) De esta forma empieza el manuscrito. Rodrigo, lleno de dolor, tiene que abandonar Castilla, deshonrado, víctima del injusto destierro que ha decretado el rey don Alfonso, al que había servido tan lealmente. Nada, sin embargo, se dice de sus hazañas anteriores, como si ya fueran muy conocidas del público; este comienzo in media res realza más la figura del héroe, que va creciendo en medio de la injusticia y el abandono. Nuestro gran poema épico empieza así bajo el tremendo signo de la soledad. Cesa para Ruy Díaz la convivencia con los suyos (salvo la compañía de los fieles que le siguen, tal y como lo exponía el Fuero Viejo de Castilla), y la tierra, que a la salida de Bivar le hizo saltar las lágrimas, ha de venir más adelante evocada por aquella denominación cabal, que supone una enorme concentración de emociones, recuerdos y experiencias: de Castiella la gentil exidos somos acá (v. 672)

Todo cuanto es la “patria” queda prendido en la mención de “Castilla la gentil”, representación de la tierra propia, evocada desde lejos de ella, en un momento en que siente vivamente la nostalgia de su patria. Pues Castilla es la tierra y cuanto sostiene encima: las casas y los palacios; y también comprende a las gentes que el Cid ama. La familia aparece entonces con su amor ceremonioso. Este episodio sirve al poeta para presentarnos un Cid humanísimo, familiar, derramado en lágrimas al despedirse de su mujer e hijas: Enclinó las manos   la barba vellida, a las sues fijas   en braço’ las prendía, llególas al coraçón,   ca mucho las quería. Llora de los ojos,  tan fuerte mientra sospira: Ya doña Ximena,   la mi mugier tan complida, commo a la mie alma   yo tanto vos quería. Ya lo veedes   que partir emos en vida   (vs. 275-280). Este Cid familiar y humano paralelo a su faceta de héroe, vuelve a aparecer preso de la duda y la indecisión ante el matrimonio de sus hijas : deste vuestro casamiento   creçeremos en onor; mas bien sabet verdad   que non lo levanté yo: pedidas vos ha e rogadas   el mio señor Alfons, atan firme mientre   e de todo coraçón que yo nulla cosa   nol sope dezir de no. Metivos en sus manos,   fijas, amas ados; bien me lo creades,   que él vos casa, ca non yo.  (vs. 2198-2204)

No obstante, como ya hemos apuntado, el Campeador nos ofrece otra faceta: la del lidiador y señor feudal. Así, pues, en el Cantar el Cid es presentado como el más perfecto dechado de las virtudes humanas y feudales. Tal y como hemos visto, la propia situación dramática desde la cual arranca el poema inclina decisivamente la emotividad del público hacia las actuaciones del Cid, siempre acorralado por la saña y la injusticia del monarca. De hecho el poema se abre con una pequeña bajeza, la única, realizada por el Campeador: la estafa operada a costa de los judíos Raquel y Vidas. Posteriormente, todo el poema transcurre como un alarde constante de las supremas cualidades del Campeador, empezando por aquellas virtudes feudales esenciales: la lealtad y el respeto a la palabra dada. La lealtad del Cid frente a su rey, que tan mal obró con él, nunca se desmiente en el poema. El autor concibió a su héroe siempre fiel al rey que le destierra, por lo cual renuncia al derecho, que el fuero de los fijosdalgo le daba, para combatir al señor que le ha airado : Con Alfonso mi señor no querría lidiar (v. 62)

Con ocasión de cada batalla importante el Cid envía al rey unos magníficos presentes (excepto después de la primera batalla); eso no era solamente generosidad, era por supuesto la voluntad de alcanzar el perdón del monarca, pero también firme propósito de demostrar al rey que nunca rompería su vasallaje. La lealtad del Cid se pone otra vez de manifiesto con la libertad generosamente concedida al conde Ramón Berenguer a cambio que renuncie a su “huelga de hambre”: e si vos comiéredes   don yo sea pagado, a vos, el comde   e dos fijos falgo quitarvos de los cuerpos   e darvos e de mano  (vs. 1034-1035 b) El campeador deja que el conde se vaya sin exigirle el habitual rescate, muestra clara de su generosidad. Otro aspecto de este Cid combatiente, y que nos parece original del Cantar, es su representación con su espada sangrienta y su brazo cubierto de sangre, fórmula muy repetida en nuestro Mío Cid: Espada tajador,   sangriento trae el braço, por el cobdo ayuso   la sangre destellando (vs. 780-781) y que nos muestra a un héroe humano, pegado a la tierra ; un Cid de carne y hueso que a lo largo del Cantar pasa grandes vicisitudes, siempre por culpa de terceros; primero son los enemigos intrigantes que aconsejan mal a don Alfonso, pero una vez restablecida la concordia y el honor con éste, son los infantes de Carrión quienes le vuelven a atacar su punto más vulnerable: el honor (podríamos equiparar este concepto al de honra). Los infantes, humillados en su fuero interno por el desagrada-ble episodio del león, sólo encuentran una forma de limpiar su honor: deshonrando a sus esposas. Sin embargo, este episodio sirve al autor para realzar aún más la entrada apoteósica del Cid en Toledo , donde se habían de celebrar las Cortes convocadas por el rey Alfonso. Es en este punto donde la honra del Cid llega al punto más alto de su honra, además acaba emparentándose con los reyes de Navarra y Aragón: ¡Ved cuál  ondra crece   al que en buena ora nació/ cuando señoras son sus fijas   de Navarra e de Aragón!/ Oy los reyes d’España   sos parientes son, a todos alcança ondra   por el que en buen ora nació   (vs. 3720-3724)

A pesar de que ya lo hemos tratado, ni que sea implícitamente, destaca en el Cid una cualidad por encima de todas. Se trata de la mesura, que afecta al Cid en todos sus aspectos (familiar, lidiador, buen señor feudal, etc.). La mesura, el comedimiento, el modesto dominio de sí, era, según la literatura cortés de la Edad Media, cualidad primordial para el caballero palaciego y enamorado, pero no lo era para el protagonista de los cantares de gesta, en los que la desmesura viene a ser la consagración del heroísmo. La epopeya ofrece abundantes ejemplos de violencia, atropello y guerra como enaltecimiento del vasallo rebelde, Fernán González, Girard de Roussillon, etc., pero en el Cantar, dejando a un lado las formas corrientes del género literario a que pertenece concibió a su héroe siempre fiel al rey que le destierra, como ya hemos advertido. Roland, en cambio, héroe mítico, deja desbordar la desmesura de su orgulloso pundonor, negándose a pedir auxilio a Carlomagno y sacrificando la vida de veinte mil franceses; el Cid, héroe humano, aparece siempre como dueño de sus más pungentes pasiones: fabló mio Cid   bien e tan mesurado  (v. 7) La cólera no estalla jamás en su pecho. Así, por ejemplo, al recibir en Valencia a sus hijas ultrajadas y heridas: besándolas a amas   tornós’ de sonrisar (v. 2899)

También es notable la conducta del Cid con los moros. Y otras muchas situaciones de esta índole. Por lo que se refiere a los rasgos físicos de los personajes, y más concretamente a los del protagonista, los desconocemos; en todo caso, cuando se cita la barba o los ojos o las manos se hace en un sentido traslaticio. Estos datos tienen que ver con la acción o con la jerarquía; la barba, por ejemplo, caracteriza al Cid: ¡ Merçed, ya Çid,   barba tan complida!   (v. 268) ¡Dios, commo es alegre   la barba velida!  (v. 930)

Cuando Milà escribe tan bien que “es sencillo cuanto preciso y claro perfil, parecen las cosas y los sucesos y en especial los caracteres físicos y morales de los actores del drama”, [no se refiere a rasgos personales, lo que dice es que el poeta admira tanto el traje, las armas, la sonrisa, etc., como la piedad o la entereza. Precisamente la figura del Campeador tiene tanto bulto por la decisión con que está trazada su índole moral. Las acciones, las palabras, los gestos, todo converge a la manera de ser del personaje, a su psicología en su sentido etimológico porque como bien dice el proverbio: la cara es el espejo del alma. A modo de conclusión cabe señalar que el Cid resulta en el poema un ejemplario de virtudes, y en torno al héroe, como divisoria de un eminente monte, se parten los campos en dos grupos: el de los amigos y el de los enemigos, y en esta organización dual y enfrentada se agrupan los restantes personajes de la obra. Con la moderación o mesura como virtud fundamental, su esfuerzo en la lucha, la conciencia de la honra, el amor a los suyos y el que siente por la tierra que es raíz de su linaje, don Rodrigo resulta un personaje literario de medida caballeresca, propio de una épica que sobrepasa la rigidez heroica de la poesía primitiva y abre caminos hacia narraciones más complejas y matizadas. Así ha podido ser elevado a símbolo del valor y de la hidalguía castellanos, por lo que desde las primeras manifestaciones de la épica hasta el romanticismo, y aún después, ha inspirado numerosas obras literarias. Entre ellas el Cantar de Rodrigo o Mocedades de Rodrigo, que le sigue cronológicamente, algunas obras de teatro como Las almenas de Toro, de Lope de Vega y, sobre todo, Las mocedades del Cid y Las hazañas del Cid (ambas publicadas en 1918) de Guillén de Castro. En el siglo XIX destacan el drama Jura en Santa Gadea (1845), de Hartzenbusch, y una novela histórica, El Cid Campeador (1851), de Antonio de Trueba. En el siglo XX el drama de Eduardo Marquina Las hijas del Cid (1908), y el emotivo poema “Castilla” de Manuel Machado, por citar algunos de los numerosos ejemplos.
Análisis de las figuras femeninas del Poema de mío Cid - Paola D’Avella, Antonella Scarnecchia y Cinzia Xodo

 

  El Poema de mío Cid está escrito en lengua castellana y pertenece a la poesía épica, caracterizada por la oralidad, un estilo alto, un lenguaje culto y la finalidad de entretener y de transmitir valores universales. Estas características se pueden observar claramente en nuestro poema, donde la acción se desarrolla alrededor del héroe, figura perfecta desde el punto de vista social (valor y honra) y humano (el contexto familiar).

Aquí analizaremos la figura de la mujer en el Poema. Las mujeres que desempeñan un papel en la obra son tres:

  • Doña Ximena, mujer del Cid

  • Doña Sol y doña Elvira, hijas del Cid

Como todo está centrado en la figura del Cid, las mujeres tienen una función accesoria y son funcionales a los objetivos del protagonista y del poeta. El héroe, a través de las hijas, logra obtener una posición económica y social mejor; el cantor se sirve de los personajes femeninos para enaltecer la figura del protagonista.

El autor nos enseña los aspectos domésticos y familiares de la vida del héroe para subrayar su humanidad1[2]. No es casual que la acción central consista en el primer casamiento de sus hijas, que causará la venganza del Cid y nuevas bodas más ventajosas. Estos aspectos sirven también para crear una impresión de verosimilitud a nivel humano, que se relaciona con el concepto de “historicidad”2[3]. El poeta juega con las emociones para conmovernos y hacernos participar, llevándonos a una identificación emocional con los personajes. Por esto, las primeras bodas, la afrenta de Corpes, el juicio y los duelos (que casi van formando un clímax) representan el núcleo dramático de la historia3[4].

Muchas veces se cuentan los acontecimientos a través de los ojos de doña Jimena y de sus hijas (por ej. la entrada en Valencia). Se utiliza este artificio para subrayar momentos de gran dulzura y poesía, delicados y sugestivos, pero también porque los ojos de las mujeres son más sensibles y por esto todo se hace más grande, aun (y sobre todo) la figura del Cid. Además, las tres mujeres se impresionan mucho porque ven por primera vez una ciudad mora y, sobre todo, el mar, que para ellas tiene un valor exótico: esto nos da la idea de la imposibilidad para las mujeres medievales de moverse y viajar. En particular, al entrar en Valecia, los ojos tienen también otro valor: son los primeros ojos de mujeres cristianas que los hombres de la ciudad mora ven después de mucho tiempo4[5].

 

Doña Jimena

 

Todos los gestos del Cid hacia su familia, aun los más naturales, son enfatizados: así el hecho de que él deje toda su ganancia a la mujer antes de irse al exilio es considerado como un gesto de gran merced. Jimena, en este sentido, desempeña un papel muy importante, sobre todo con su conmovedora plegaria en la iglesia antes de que el Cid se marche. En su “Credo”, Jimena relaciona nuestro héroe con un ángel y coloca toda su acción en un plano universal, deseado por Dios5[6] y enaltece su figura a nivel sagrado.

 

Las hijas

 

También doña Elvira y doña Sol son utilizadas muy bien por el poeta, en su intención de subrayar las calidades humanas del protagonista. Las dos hijas son obedientes y son consideradas “peones en la lucha para el poder”. El Cid siente por ellas la ternura de un padre, pero las mueve como juguetes en el tablero de la guerra, como cualquier señor medieval hacía con sus mujeres6[7]. Y en esto el Cid no tiene ninguna actitud especial o sagrada. Esto se puede ver muy claramente en las bodas de doña Elvira y doña Sol:

  • ·        sobre ambas bodas, el padre expresa dudas, no por la posible infelicidad de las hijas, sino porque hay diferencias sociales7[8] (el Cid pertenece a los infanzones, la categoría más baja de la nobleza);




  • la ofensa de Corpes es considerada más como un daño económico y social del Cid que de las hijas, a pesar de que hayan sido físicamente maltratadas y abandonada por los maridos8[9];

  • las segundas bodas se valoran sólo por la posición social, sin considerar la felicidad de las hijas y el fracaso de las primeras bodas9[10], que fueron decididas de la misma manera.

 

Los primeros maridos tratan a Elvira y a Sol como objetos, ya que son socialmente inferiores y los maridos se sienten autorizados a maltratarlas. No las matan, pero les dejan cicatrices como signo perpetuo de la ignominia, como si fueran criminales10[11]. El Cid no se desespera por esta ofensa, porque ve la posibilidad de venganza y de mejores bodas11[12]. El interés económico y social está por encima de todo y las mujeres son objetos sin valor, juguetes en las manos de una sociedad de carácter fuertemente “machista”.

En definitiva, las mujeres en el Poema de mío Cid son prototipos femeninos típicos del Medioevo: son pasivas, raras veces tienen voluntad propia y siempre tienen que obedecer a su señor, marido o padre que sea. En esto, el autor refleja las costumbres de su época, representando a las mujeres como instrumentos para describir al Cid como esposo y padre, dándole una dimensión de amor, ternura y vida doméstica al lado de la guerrera y del honor12[13].

 

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