La literatura española desde 1975 hasta la época actual: narrativa, poesía y teatro






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fecha de publicación29.05.2015
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La literatura española desde 1975 hasta la época actual: narrativa, poesía y teatro

INTRODUCCIÓN

Resulta muy complejo abordar el panorama de la literatura de las últimas décadas porque la ausencia de censura y el empuje editorial han traído consigo una tremenda variedad de publicaciones que, en algunos casos, no se pueden adscribir a tendencias concretas. Si tuviéramos que establecer unos rasgos generales para los tres géneros, diríamos que se recupera el pasado (a fin de cuentas, no nos equivocaremos con una afirmación así), puesto que la novela y el teatro se inclinan al realismo –no exento de crítica y ciertos elementos experimentales-, mientras la poesía recupera la emoción individual del 27 o la Generación del 50 y, en los últimos años, se vuelve de nuevo comprometida.

LA NARRATIVA

El fin de la dictadura, la restauración monárquica y la llegada de la democracia abren un nuevo periodo. El ambiente de libertad, la desaparición de la censura y el acercamiento a Europa son hechos relevantes de esta nueva etapa. Así, se publican en España obras prohibidas y editadas en el extranjero (Goytisolo, Marsé); textos inéditos o mutilados aparecen ahora en su integridad (Martín Santos); se recupera la obra de los exiliados (Sénder, Ayala, Rosa Chacel); se traducen obras extranjeras antes prohibidas... Además, la novela se convierte en objeto privilegiado de consumo literario. Algunos de sus rasgos vienen dados, de hecho, por los gustos de los lectores y los intereses de la industria editorial. Se maneja un eficaz aparato publicitario que, basado en la proliferación de premios, publicación de listas de ventas, ferias del libro, incorporación a la literatura de rostros conocidos, etc., a veces genera obras sin demasiada calidad. Rasgos destacables de la narrativa de la democracia son el interés por recuperar la importancia del argumento o la preferencia por personajes a menudo desdibujados, mediocres, que representan problemas de comunicación.

Recuperación de la trama argumental

Existe un renovado interés por contar una historia; el objetivo parece ser recuperar al lector y el placer de leer. Por ello la narrativa se aleja del experimentalismo puro y del mero juego literario. Los relatos vuelven a tener argumento, frente al hermetismo de los novelistas experimentales. Algunos autores, sin renunciar a las nuevas aportaciones, vuelven sus ojos a la novela tradicional; incluso a veces la narración se inspira en ciertos géneros antes “marginales”: relato fantástico, novela policíaca, folletín... (La verdad sobre el caso Savolta). Pero tampoco se retorna al realismo decimonónico ni al más próximo realismo social de los cincuenta: ya no se trata de reflejar la realidad “como un espejo en el camino” ni de utilizar la novela como soporte de un compromiso social o político, dado que los medios de comunicación revelan, eliminada la censura, la realidad inmediata. La ambientación realista tendrá ahora como objeto servir de marco verosímil de las preocupaciones individuales de los personajes. Así, muchas novelas eligen épocas pretéritas, con lo que renace la novela histórica.

Temas

Al abandonar las referencias culturales y el hermetismo, el sostén de la obra es la intriga. Más que temas comunes, lo que hay son notas frecuentes: El sentimiento de desencanto (tras los anhelos de “cambiar la vida”, de Mayo del 68), el rechazo de los valores imperantes, pero adoptando una mirada distanciada, incluso cínica, cuando se observan los problemas colectivos, separando el compromiso político del estético. Resurgen la mirada existencial (se ha hablado de Neoexistencialismo) y la presencia de la intimidad: soledad, relaciones personales, erotismo, amor... (intimismo). El desencanto y el escepticismo se manifiestan con frecuencia en un tono desenfadado y humorístico con un trasfondo amargo o tierno. Es frecuente también que la novela hable de su propia elaboración y que se introduzcan historias que los personajes inventan (metaliteratura) o que se aluda a otros textos, literarios o no (intertextualidad). Son habituales las referencias al cine, explícitas o implícitas: hay “guiños” al lector, que debe conocer los referentes cinematográficos para lograr una lectura plena.

Cabe añadir que, a partir de los ochenta, la novela se decantará por lo sensual, la ambigüedad, el escepticismo. Lo moral o lo religioso pasan a un segundo plano; importan el aspecto individual y las relaciones amorosas. Muchos principios antes aceptados son ahora cuestionados o producen indiferencia (la familia, la política, las estructuras sociales tradicionales...). Son algunos rasgos de lo que se conoce como “Posmodernismo”.

Personajes

Disminuyen los personajes secundarios y el protagonista adquiere más relevancia, pero éste es a menudo un ser amorfo, mediocre, mal delimitado en su caracterización psicológica, precisamente porque el autor lo muestra “sin hacer”. Además, no pretenden ser ejemplos para una explicación global del mundo. Reflejan problemas individuales: incomunicación, ansiedad, frustración, inadaptación...

Procedimientos técnicos

  • La estructura externa del relato se organiza de nuevo en capítulos.

  • Se tiende a la acción única, moderando la complejidad del contrapunto, que sigue existiendo.

  • La linealidad del tiempo narrativo predomina frente a la ruptura temporal de la década anterior.

  • Concreción del espacio.

  • Vuelta al relato cerrado y con final explícito, en muchos casos.

  • Utilización de la primera y tercera personas narrativas y abandono progresivo del "tú".

Tendencias

La variedad de tradiciones narrativas a las que han podido acogerse los novelistas actuales y los distintos recursos técnicos a los que pueden optar explican la pluralidad de tendencias. Podemos hablar, entre otras, de:

  • Novelas policiales y de intriga: La mayoría de las novelas de Eduardo Mendoza (El misterio de la cripta embrujada, El año del diluvio...) y de Antonio Muñoz Molina (Beltenebros, Los misterios de Madrid, Plenilunio...) suelen basarse en una trama de intriga, que enseguida atrae al lector. Es un subgénero que ha experimentado un desarrollo rápido y espectacular, con muchos cultivadores: Pérez Reverte (La tabla de Flandes, La piel del tambor, El maestro de esgrima,...); Vázquez Montalbán (adapta la novela negra americana a la realidad social española en las novelas de Pepe Carvalho), Lorenzo Silva (sus novelas protagonizadas por una pareja de guardias civiles, Bevilaqua y Chamorro) y otros, aunque haya sido de forma ocasional: J. Benet (El aire de un crimen), J.J. Millás (Papel mojado), etc.

    • Novelas históricas: recrean el pasado con mayor o menor fidelidad. Ejemplos son: Torrente Ballester (La isla de los jacintos cortados, Crónica del rey pasmado); Félix de Azúa (Mansura, sobre las cruzadas medievales); Terenci Moix (No digas que fue un sueño); José Mª Merino (El oro de los sueños), Julia Navarro (La hermandad de la sábana santa), Lorenzo Silva (El nombre de los nuestros, “Carta blanca”) o Miguel Delibes (El hereje).

    • Novelas intimistas, con temas subjetivos e introspección psicológica: Julio Llamazares (La lluvia amarilla, El río del olvido, muestran su preocupación por la soledad del hombre y la agonía del mundo rural); Soledad Puértolas (Burdeos), Luis Landero (Juegos de la edad tardía, con un personaje quijotesco y frustrado, El guitarrista)...

    • Novelas experimentales: se aprovechan algunas técnicas de los sesenta. Mencionaremos a Julián Ríos (Larva, donde lo narrativo prácticamente desaparece); Miguel Espinosa (Escuela de Mandarines)...

    • La metanovela: la novela habla de sí misma. Son ejemplos Fragmentos de Apocalipsis, de Torrente Ballester o El desorden de tu nombre, de J. J. Millás.

Citaremos, por último, algunos autores más, dentro de una larga nómina que sería imposible reproducir: Corazón tan blanco o Todas las almas son conocidas y prestigiosas obras de Javier Marías. Juan Manuel de Prada, que salta a la fama desde Coños, 1995, y continúa con títulos como Las máscaras del héroe o La Tempestad. Y lo dicho, muchos más: José Ángel Mañas, Rosa Montero, Almudena Grandes, Marina Mayoral, Ray Loriga, Carlos Ruiz Zafón (con su exitosa La sombra del viento), Bernardo Atxaga, Gustavo Martín Garzo, Ángela Vallvey, Javier Cercas (Soldados de Salamina), Andrés Trapiello (Los amigos del crimen perfecto, Al morir don Quijote), Juan Bonilla, Elvira Lindo, Benjamín Prado, Ignacio Martínez de Pisón, Clara Sánchez

EL TEATRO

En los últimos años, la característica más destacada es la variedad de tendencias – conviven autores de distintas promociones – junto a la proliferación de festivales de teatro, la rehabilitación de viejos edificios teatrales y las representaciones ajustadas a los programas académicos, con las que se pretende atraer a un público joven. Con todo, las esperanzas que trajo la democracia no han resultado satisfechas: no han abundado los autores nuevos con obras de valía, y el teatro se enfrenta, además, con la competencia del cine y la televisión. Veamos algunas de las tendencias más significativas:

  • Un teatro experimental y vanguardista: a los ya mencionados en temas anteriores Fernando Arrabal y Francisco Nieva, con audacias innovadoras que no despiertan el interés del público mayoritario, se unen otros como Alfonso Vallejo (Orquídeas y panteras). Continúa la labor teatral de los grupos de teatro independiente: La fura dels Baus, La Cubana, Dagoll-Dagom, Yllana, Els Comediants o Els Joglars, en cuya última puesta en escena, Omena-ge recogen el motivo del teatro dentro del teatro a la vez que configuran una mordaz crítica a la sociedad española de nuestro tiempo.

  • En una modalidad tradicional, se sitúan las últimas obras de autores consagrados (Buero, Sartre, Antonio Gala). Claro exponente de un retorno a la línea tradicional es Fernando Fernán Gómez, con Las bicicletas son para el verano (1982), drama realista ambientado en la Guerra Civil. También predomina la estética realista, unida a una moderada renovación formal, en dramaturgos como José Sanchís Sinisterra (¡Ay, Carmela), Ignacio Amestoy, Domingo Miras (La monja alférez), etc. Más cerca del realismo convencional, lindante con el teatro comercial se encuentran las obras de Santiago Moncada (Salvar a los delfines). Y de lleno en la comedia burguesa, heredera del teatro que triunfaba en épocas pasadas, se inscriben las obras de Juan José Alonso Millán, Jaime Salom o Ana Diosdado. También con planteamiento realista pero con una óptica algo más novedosa encontramos a Juan Mayorga (La tortuga de Darwin) o a Jordi Galcerán (El método Gronholm).

  • Otra amplia tendencia, que algunos han llamado teatro social, se ocupa de realidades del momento (el paro, la violencia, la droga y otras modalidades de marginación social) por medio de técnicas renovadas del sainete y la farsa y el esperpento, de la comedia costumbrista e incluso de un realismo poético y fantástico. Es el caso de José Luis Alonso de Santos (La estanquera de Vallecas, Bajarse al moro) y Fermín Cabal (Desde Tú estás loco, Briones, farsa ambientada en la transición, hasta Castillos en el aire, que aborda el tema de la corrupción política).

Como se puede apreciar, parece que predomina en estos últimos tiempos una vuelta a la estética realista (como también ocurría en la novela), aunque ese realismo vaya desde las fórmulas más convencionales hasta las que introducen elementos novedosos.

LA POESÍA

En la poesía contemporánea existe una extraordinaria complejidad debida, entre otras causas, a la convivencia literaria de poetas procedentes de distintas promociones y a la multiplicidad de corrientes o tendencias que se han venido sucediendo. A poetas consagrados como Bousoño, José Hierro, Valente, Brines o Claudio Rodríguez se suman autores más jóvenes, por eso no resulta fácil enunciar unas características comunes. Tan sólo indicaremos que, en general, los poetas renuncian a menudo a la ambición de explicar el mundo y prefieren expresar limitadas experiencias íntimas.

A finales de los setenta, con tendencias como el neorromanticismo, la poesía del silencio o el prosaísmo elegíaco, la poesía se aleja de la estética novísima, rechaza el excesivo culturalismo y la exagerada experimentación lingüística. Valoran la emoción y la introspección como ejes del poema, en el que dan entrada al humor y la ironía. Destacaremos a Andrés Sánchez Robayna (Palmas sobre la losa fría), Jaime Siles (Música de agua, 1973), Luis Alberto de Cuenca (Scholia, 1972) y Eloy Sánchez Rosillo (Maneras de estar solo, Premio Adonáis 1977).

Desde los años ochenta la variedad de tendencias se hace más evidente. Podemos rastrear algunas características comunes, como el interés por los poetas de la promoción del 60, la relectura de la tradición (se recupera la métrica tradicional) y una vuelta al tono narrativo y al lenguaje coloquial: se cuentan historias personales a partir de una anécdota, se introducen términos antes extraños a la poesía (supositorio, resfriado, Kódak instamatic, cepillo de dientes, por citar ejemplos). Aparecen, pues, continuas referencias a la sociedad de consumo. Son habituales el humor, el pastiche o la parodia, se renuevan los temas (recobran importancia la elegía, lo íntimo y personal, lo urbano y lo cotidiano). Palabras clave en la nueva concepción de la poesía son emoción, percepción y experiencia. Pese a los elementos comunes, hay diferentes tendencias: neoimpresionismo, neosurrealismo – con autoras como Blanca Andreu (De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, 1981) o Ana Rosseti, en cuya obra se reconoce el nuevo erotismo o poesía sensualista (Punto umbrío, 1995) – la nueva épica (Llamazares: Memoria de la nieve, 1982), el tradicionalismo o la poesía elegíaca y metafísica. Pero destacaremos dos que parecen haberse impuesto en la década de los noventa:

  • Poesía de la experiencia: es una poesía que habla de la vida y de la realidad inmediata, con un tono coloquial, y que revaloriza la experiencia, el humor y la emoción. Recrea vivencias, a menudo de carácter urbano, sugiere situaciones e invita a la reflexión, sin rehuir la mirada crítica. El poeta busca transmitir su emoción al lector y ser comprendido por él. Para ello introduce en el poema la narración y el monólogo dramático. Es importante la influencia de Gil de Biedma y de Brines. Autores: Luis García Montero (que, junto con otros poetas granadinos lidera la corriente llamada la “Otra sentimentalidad”: Habitaciones separadas, 1994; Completamente viernes, 1997), Jon Juaristi (Diario de un poeta recién cansado, 1985), Felipe Benítez Reyes (Premio Nacional de poesía con Vidas improbables, de 1996), Miguel d’Ors (Es cielo y es azul, 1984). Cercana a estos planteamientos poéticos por la esencialidad y la sencillez de sus versos encontramos a Amalia Bautista (Cuéntamelo otra vez, 1999).



  • Poesía del silencio (minimalismo y conceptualismo): Con autores como José Carlos Castaño o Julia Castillo (Siete movimientos, 1991), continúa la corriente neopurista con poemas breves y densos en los que se elimina la anécdota. Hay, además, una gran desnudez expresiva: su estética está influida por la poesía pura de los años veinte y José Ángel Valente es uno de sus maestros. El discurso se interrumpe o se fragmenta para hacer oír la voz del silencio, para dejar que el silencio diga lo que las palabras no son capaces de expresar.

Al finalizar el siglo XX, poesía de la experiencia y poesía del silencio marcaban las tendencias. Progresivamente, se fue manifestando un rechazo al relativismo moral de ambas tendencias en favor de un compromiso social del poeta frente a un mundo injusto e insolidario con el sufrimiento ajeno, una poesía del compromiso civil. El hombre de la calle (2001) es el título de una antología publicada por Fernando Beltrán, que cultiva una poesía “entrometida” en la que se desarrollan temas como la globalización, la ecología, las guerras imperialistas, el subdesarrollo o el neoliberalismo. El poeta de referencia para muchos de ellos es Jorge Riechmann (Poesía desabrigada, 2006). Se considera la poesía como el espacio de la resistencia, y el realismo como instrumento de indagación, vigilancia y alerta, que pretende la transformación del sujeto del mundo. Riechmann, junto con Antonio Orihuela, David Eloy Rodríguez o Vicente Muñoz, entre otros, es representante de una corriente denominada poesía de la conciencia, contra el capitalismo de la globalización.

El poeta y novelista Agustín Fernández Mayo postula una suerte de Postpoesía (2009). Así reivindica una poesía en consonancia con el mundo que nos ha tocado vivir, de forma que integre los discursos de la ciencia, la publicidad, la economía o el diseño en el texto poético.

Por último, citaremos a un poeta de la tierra, Rubén Martín (Albacete, 1980), uno de los recientes ganadores del premio Adonáis con “El minuto interior”, poemario sobre la naturaleza, la luz y lo cotidiano, que también ha obtenido el premio Ojo Crítico, concedido por Radio Nacional de España. Rubén Martín reconoce la trascendental influencia de Ángel González, cuyo recital en Albacete hace unos años lo condujo por el camino de la poesía.

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