De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125






descargar 109.35 Kb.
títuloDe la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125
página1/4
fecha de publicación13.07.2015
tamaño109.35 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Ley > Documentos
  1   2   3   4
De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125
Ningún jugador debe ser más grande que el juego.

ROLLERBALL.
Es lo que dice el Diario de un Seductor en la seducción no hay sujeto dueño de una estrategia y ésta,

cuando se despliega con plena conciencia de sus medios, también está sometida a una regla del juego que

la supera. Dramaturgia ritual más allá de la ley, la seducción es un juego y un destino, de tal manera que los

protagonistas son guiados hacia su fin ineludible, sin infringir la regla — pues están unidos por ella — y esa

es la obligación fundamental: es necesario que el juego continúe, aun al precio de la muerte. Una especie de

pasión une a los jugadores con la regla que los une, y sin la que no habría juego posible.

Normalmente vivimos en el orden de la ley, incluso cuando tenemos el fantasma de aboliría. Sólo vemos

un más allá de la ley en la trasgresión o la suspensión de lo prohibido. Pues el esquema de la ley de lo

prohibido remite al esquema inverso de trasgresión y liberación. Lo que se opone a la ley no es en absoluto la

ausencia de ley, es la regla.

La regla juega con un encadenamiento inmanente de signos arbitrarios, mientras que la ley se funda

en un encadenamiento trascendente de signos necesarios. La una es ciclo y recurrencia de procesos

convencionales, la otra es una instancia fundada en una continuidad irreversible. La una es del orden de

la obligación, la otra de la coacción y de lo prohibido. La ley, al instaurar una línea divisoria, puede y

debe ser transgredida. En cambio, no tiene ningún sentido [125] «transgredir» una regla del juego: en la

recurrencia de un ciclo no hay línea alguna que franquear (se sale del juego y ya está). La ley, sea

la del significante, la de la castración o la de la prohibición social, al pretenderse el signo discursivo de

una instancia legal, de una verdad oculta, siempre instaura la prohibición, la represión, y en

consecuencia la división entre un discurso manifiesto y un discurso latente, La regla, al ser convencional,

arbitraria y sin

verdad oculta, no conoce la represión ni la distinción entre lo manifiesto y lo latente: sencillamente

no tiene sentido, no lleva a ninguna parte, mientras que la ley tiene una meta determinada. El ciclo

reversible sin fin de la Regla se opone al encadenamiento lineal y final de la ley.

Los signos no tienen el mismo estatuto en una y otra. La ley pertenece al orden de la representación, en

consecuencia está sometida a la jurisdicción de una interpretación y de un desciframiento. Pertenece al

orden de un decreto y de una enunciación a la que el sujeto no es indiferente. Es un texto, que cae

bajo el peso del sentido y de la referencia. La regla no tiene sujeto, y la modalidad de su enunciación poco

importa; no se la descifra, y el placer del sentido no existe — lo único que cuenta es su observancia y el

vértigo de su observancia. Esto distingue también la pasión ritual del juego y su intensidad, del goce que se

deriva de la obediencia a la ley o de su trasgresión.

2

Sin duda hay que deshacerse, para captar la intensidad de la forma ritual, de la idea de que toda

felicidad proviene de la naturaleza, de que todo goce proviene del cumplimiento de un deseo. El juego, la

esfera del juego, al contrario, nos revela la pasión de la regla, el vér-tigo de la regla, la fuerza que proviene de

un ceremonial y no de un deseo.

ëEl éxtasis del juego proviene de una situación de sueño de tal modo que uno se mueve en él desprendido de

lo real y libre de abandonar el juego en todo momento? Es falso: el juego está sometido a reglas, lo que no es

un sueño, y no se abandona el juego. La obligación que crea es del mismo orden que la del desafío.

Abandonar el juego no es jugar, y la imposibilidad de negar el juego desde el interior, que provoca

su encanto y lo diferencia del orden real, crea al mismo tiempo un pacto simbólico, una coacción de

observancia sin restricción y la obligación de llegar hasta el final del juego como hasta el final del desafío.

El orden que instituye el juego, siendo convencional, no tiene comparación con el orden necesario del

mundo real: no es ético ni [126] psicológico, y su aceptación (la de la regla) no es resignación ni coacción.

Sencillamente no hay una libertad del juego en nuestro sentido moral e individual. El juego no es

libertad. No obedece a la dialéctica del libre arbitrio que es la hipotética, de la esfera de lo real y de la ley.

Entrar en el juego, es entrar en un sistema ritual de obligación, y su intensidad proviene de esta

forma iniciática — en absoluto de un efecto de libertad, como nos gustaba creer, por un efecto

estrábico de nuestra ideología, que bizquea siempre hacia esta única fuente «natural» de felicidad y de goce.

El único principio del juego, que nunca es planteado como universal, es que la opción de la regla le libra a uno

de la ley.

Sin fundamento psicológico o metafísico, la regla tampoco tiene fundamento en la creencia. En una regla

ni se cree ni se deja de creer — se la observa. Esta esfera difusa de la creencia, la exigencia de

credibilidad que envuelve todo lo real, se volatiliza en el juego — de ahí su inmoralidad: proceder sin creer

en ello, dejar irradiar la fascinación directa de signos convencionales, de una regla sin fundamento.

La deuda también está borrada: no se redime nada, no se ajusta ninguna cuenta con el pasado. Por la

misma razón, la dialéctica de lo posible y de lo imposible le es ajena: no se ajusta ninguna cuenta con el

futuro. Nada es «posible», ya que todo se juega y se decide sin alternativa y sin esperanza con una

lógica inmediata y sin remisión. Por eso no se ríe alrededor de una mesa de póker, pues la lógica del juego es

cool, pero no desenvuelta, y el juego, carente de esperanza, nunca es obsceno y nunca se presta a la risa.

Ciertamente es más serio que la vida lo que se ve en el hecho paradójico de que la vida puede ser lo que está

en juego.

No está fundado sobre el principio de placer ni sobre el principio de realidad. Su ámbito es el hechizo de

la regla, y la esfera que ésta describe — que no es en absoluto una esfera de ilusión o de diversión, sino

de una lógica distinta, artificial e iniciática, donde son abolidas las determinaciones naturales de la vida y

de la muerte. Ese es el carácter específico del juego, eso es lo que se ventila — y sería inútil abolirlo con

una lógica económica, que remitiría a una inversión consciente, o con una lógica del deseo, que remitiría

a un poner en juego inconsciente. Consciente o inconsciente: esta doble determinación es válida para la

esfera del sentido y de la ley, no lo es para la de la regla y el juego. [127] La ley describe un sistema de

sentido y de valor virtualmente uni-versal. Busca un reconocimiento objetivo. Sobre la base de esta trascendencia

que la funda, se constituye en instancia de totalización de lo real: todas las transgresiones y las

revoluciones abren el camino a la universalización de la ley... La regla es inmanente a un sistema

restringido, limitado, lo describe sin trascenderlo, y en el interior de este sistema es inmutable. No busca

3

lo universal y no tiene exterioridad propiamente dicha, ya que tampoco instaura un corte interno. La

trascendencia de la ley es lo que funda la irreversibilidad del sentido y del valor. La ínmannecía de la regla, su

arbitrariedad y su circunspección es lo que implica, en su propia esfera, la reversibilidad del sentido y

la reversión de la ley.

Esta inscripción de la regla en una esfera sin más allá (ya no es un universo, pues ya no busca lo

universal), es tan difícil de entender como el concepto de un universo finito. No hay límite imaginable para

nosotros sin un más allá: nuestro finito siempre se perfila en un infinito. Pero la esfera del juego no

es ni finita ni infinita — transfinita, quizás. Tiene su curvatura propia, y resiste mediante esta curvatura

finita al infinito del espacio analítico. Volver a inventar una regla, es resistir al infinito lineal del espacio

analítico para encontrar de nuevo un espacio reversible — pues la regla tiene su revolución, en sentido

propio: convección hacia un punto centra y reversión del ciclo (así es como funciona el escenario ritual en el

ciclo del mundo), fuera de toda lógica del origen y el fin, de la causa y del efecto.

Fin de las dimensiones centrífugas: gravitación repentina, intensiva del espacio, abolición del tiempo, que

hace implosión en el momento y se hace de una densidad tal que escapa a las leyes de la física

tradicional — mientras toda la evolución toma una curvatura en espiral hacia el centro donde la

intensidad es máxima. Tal es la fascinación del juego, la pasión cristalina que borra la huella y la memoria,

que hace perder el sentido. Toda pasión converge con ésta por su forma, pero la del juego es la más

pura.

La mejor analogía sería la de las culturas primitivas que se han descrito como cerradas en sí mismas y

sin imaginario sobre el resto del mundo. Y es que precisamente el resto del mundo sólo existe para nosotros y

su carácter cerrado, lejos de ser restrictivo, responde a una lógica distinta que nosotros, atrapados en lo

imaginario de lo universal, ya no llegamos a concebir, sino peyorativamente, como ho-rizonte limitado en

relación al nuestro. [128] La esfera simbólica de estas culturas no conocía el resto. El juego es también, a

diferencia de lo real, aquello de lo que nada queda. Porque no tiene historia, ni memoria, ni acumulación

interna (lo que está en juego se consume y se revierte sin cesar, esa es la regla secreta del juego, en la que

nada se exporta bajo forma de beneficio o de «plusvalía»), la esfera interna del juego no tiene residuo. Ni

siquiera se puede decir que queda algo fuera del juego. El «resto» supone una ecuación sin resolver, un

destino sin cumplir, una sustracción o una represión. La ecuación del juego siempre se resuelve

perfectamente, el destino del juego se consuma cada vez sin dejar huellas (en lo que difiere del

inconsciente).

La teoría del inconsciente supone que ciertos afectos, escenas o significantes ya no pueden ponerse

en juego — prescrito, fuera de juego. El juego descansa sobre la hipótesis de que todo puede ser

puesto en juego. Si no habría que admitir que siempre se ha perdido de antemano, y que se juega sólo

porque siempre se ha perdido de antemano. No hay objeto perdido en el juego. Nada irreducible al

juego precede al juego, ni tampoco una deuda hipotética anterior. Si hay exorcismo en el juego, no es el de

una deuda contraída respecto a la ley, sino exorcismo de la ley como crimen inexpiable, exorcismo de la ley

como discriminación, como trascendencia inexpiable en lo real, y cuya trasgresión no hace sino añadir

crimen sobre crimen, deuda sobre deuda, duelo sobre duelo.

La ley funda una igualdad de derecho: todos son iguales ante ella. En cambio, no hay igualdad ante la regla,

ya que ésta no constituye una

4

jurisdicción de derecho, y hay que estar separados para ser iguales. Los miembros no están separados,

son instituidos de pronto en una relación dual y agonística, nunca individualizados. No son solidarios: la

solidaridad ya es el síntoma de un pensamiento formal de lo social, el ideal moral de un grupo competitivo.

Están ligados: la paridad es una obligación que no necesita solidaridad, su regla la envuelve sin que tenga

necesidad de ser reflexionada ni interiorizada.

La regla no necesita para funcionar ninguna estructura o superestructura formal, moral o psicológica.

Precisamente porque es arbitraria, infundada y sin referencias, no necesita consenso, ni una voluntad o

una verdad del grupo — existe, eso es todo, sólo existe compartida, mientras que la ley flota por encima

de los individuos dispersos.

Esta lógica podría ilustrarse perfectamente con la que enuncia Goblot como la regla cultural de casta (que

según él es también la de la clase burguesa), en La Barriere et le Niveau: [129]

1. Paridad total de los miembros ante la regla: es el «nivel».

2. Exclusiva de la regla, prescripción del rest o del mundo; es la «barrera».

Extraterritorialidad en su propia esfera, reciprocidad absoluta en las obligaciones y en los privilegios:

el juego restituye esta lógica en estado puro. La relación agonística entre pares no pone en cuestión

nunca el estatuto recíproco privilegiado de los miembros. Y éstos pueden llegar a una transacción

nula, pueden desaparecer todos los objetivos, lo esencial es preservar el hechizo recíproco, y lo arbitrario

de la regla que lo funda.

La relación dual excluye por eso cualquier trabajo, cualquier mérito y cualquier cualidad personal (sobre todo

en la forma pura del juego de azar). Los rasgos personales no son admitidos sino como una especie de gracia

o de seducción, sin equivalencia psicológica. Lo mismo ocurre con el juego, lo exige la transparencia

divina de la regla.

El hechizo del juego proviene de esta liberación de lo universal en un espacio finito — de esta liberación de la

igualdad en la paridad dual inmediata, de esta liberación de la libertad en la obligación, de esta liberación de

la ley en lo arbitrario de la regla y del ceremonial.

En cierto sentido, los hombres son más iguales ante el ceremonial que ante la ley (de ahí quizás esta

reivindicación de cortesía, de un conformismo ceremonial en las clases poco cultivadas en especial: se

comparten mejor los signos convencionales que los signos «inteligen-tes» y cargados de sentido). También son

más libres en el juego que en ninguna otra parte, pues no tienen que interiorizar la regla, sólo le deben una

fidelidad protocolaria, y están liberados de la exigencia transgredirla, como ocurre con la ley. Con la

regla, estamos libres de la ley. ¡Liberados de la coacción de elección, de libertad, de respon-sabilidad, de

sentido! La hipoteca terrorista del sentido no puede levantarse más que a fuerza de signos arbitrarios.

Pero no nos engañemos: los signos convencionales, los signos rituales son signos obligados. Nadie es libre

de significar aisladamente una relación de coherencia con lo real, en una relación de verdad. Esta

libertad que los signos han tomado como los individuos modernos de articularse al capricho de sus afectos y

de su deseo (de sentido) no existe para los signos convencionales. No pueden salir a la aventura, lastrados

por su propia referencia, de su parcela de sentido. Cada signo está ligado a otro, no en la estructura

5

abstracta [130] de una lengua, sino en la evolución sin sentido de un ceremonial, i se hacen eco y se

multiplican en otros signos también arbitrarios.

El signo ritual no es un signo representativo. No merece en consecuencia la inteligencia. Pero nos

libera del sentido. Y por eso estamos especialmente unidos a él. Deudas de juego, deudas de honor: todo

lo que concierne al juego es sagrado porque es convencional.

En fragmenta
  1   2   3   4

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconConsulta en la biblia los siguientes textos génesis cap. 3, 1-24;...

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconResumen del Cap. 2 de gerencia y planeación estratégica (Jean-Paul...

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 icon"baudrillard en tiempo de descuento"

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconJean piaget seis estudios de psicología jean piaget

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 icon1. La Dulce Seduccion

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 icon•Realiza uso de la regla, compás y transportador

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconAlteridad, seducción y simulacro

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconBibliografíA 125

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconPrólogo del autor a la edición española
«Der Mensch vor Gott», Festschrift für Theodor Steinbüchel, pág. 365 y ss.) y Por qué creo en Cristo («Hochland», año 41, fase. 5,...

De la seducción. Jean Baudrillard. Cap La pasión de la regla. Pag 125 iconResumen # 125 y 126






© 2015
contactos
l.exam-10.com